El comienzo del fin

Shion despertó agitado esa noche. Había tenido un sueño horrible: sentía como un compañero de armas lo apuñalaba por la espalda durante la última guerra santa. No pudo ver quién era, sólo sabía que no era Dohko pues éste recibía su cadáver en sus brazos. No pudo volver a dormir esa noche, por más que lo intentó. Se levantó y, después de dar muchas vueltas por su habitación, decidió salir un momento, algo bastante extraño considerando que las salidas del Patriarca eran pocas y se hacían más escasas a medida que pasaba el tiempo. Se dirigió a la que fue su casa, dio un par de vueltas, recordando la época de juventud, con todos los sueños e ímpetu por delante. ¡Qué lejanos le parecían aquellos días! Luego, se fue a la habitación de Mu quien se había dormido sobre un montón de pergaminos, algo usual en él. Lo cogió en brazos, como solía hacerlo cuando niño, y lo llevó a su habitación. Mu se despertó y estremeció ¿Había pasado algo? No, nada. Sólo quería compartir un rato con aquel ser a quien consideraba un hijo y el que ya era todo un jovencito. Mu sonrió aliviado y volvió a dormirse. Shion lo observó un rato suspirando. Después de un momento, abandonó la casa.

No pudo dejar de detenerse en la casa de Virgo. Esa casa que albergaba a la persona con la energía más fuerte de todas. Aun estaba dormida pero sabía que debía despertar porque él tenía una verdad que entregar. Sin embargo, en esta oportunidad no se puso a pensar en la naturaleza extraordinaria de Shaka sino en la cálida relación que estaba cultivando con su pupilo. Sabía que crear nexos más cercanos de lo permitido con otros santos sólo traía dolor porque, irremediablemente, un día tendrían que separarse. Él lo sabía por experiencia propia. Su amistad con Dohko había traspasado dos siglos. Dos siglos en los que habían tenido que permanecer separados por órdenes de la Diosa. Se contentaba con que estuviera bien y con la certeza de que algún día volverían a encontrarse. Lo que nunca imaginó era cómo se daría ese encuentro.

Con gran nostalgia en su interior, elevó su cosmos y se comunicó con su eterno amigo quien siempre respondía de inmediato. Era como si siempre estuviera esperando su llamado. Y así era, en realidad. Una vez más, Dohko no lo defraudó.

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Aioria y Milo habían bajado a la ciudad para salir un rato de la rutina del entrenamiento. Habían acompañado a Aioros y Shura quien era el mejor amigo del primero. A Aioria no le agradaba mayormente Shura ya que atraía la atención de su hermano, atención que el quería sólo para él. Milo se sorprendió de lo celoso que era Aioria, no lo habría imaginado. Y es que Aioros era lo único que tenía en el mundo. Y no sólo eso, era su ejemplo, su modelo a seguir. Milo también apreciaba mucho a Aioros porque era un ser humano honrado, amable y humilde. Era uno de los santos más poderosos y aun así se daba tiempo para compartir con ellos, de guiarlos, de corregirlos. Y, para ser sincero, no, tampoco le agradaba Shura. Tenía un aire de superioridad por saberse elegido por la Diosa para ser su guardián y por tener esa espada incrustada en su brazo. Pero, como Aioros lo apreciaba, él intentaba también hacerlo.

En su camino se encontraron con Saga de Géminis. A Milo le llamaba la atención Saga, se decía que era poderoso y seguro de sí mismo. Pero ese día, lo notó un poco extraño: se notaba algo agresivo y apenas les habló el muy grosero. Aioros les dijo que le prestaran atención, Saga tenía a veces días malos. Como todo el mundo. Los muchachos no hicieron más preguntas. Pero se sintieron aliviados cuando Shura los dejó.

– No entiendo por qué no les agrada. Es una persona muy correcta y con un gran sentido del honor y responsabilidad. Además, él y yo somos muy amigos. Él confía en mí y yo en él, ciegamente.

Estaba claro, nada más que decir. Una vez en el Santuario, se les comunicó que el Patriarca deseaba ver a Aioros. A solas. La reunión tomaría mucho tiempo por lo que era mejor que volvieran a sus casas. Obedecieron. Una vez en su templo, y en un acto reflejo, Milo dirigió su vista al templo de Acuario. Ahí, afuera, estaba Camus. Solo como siempre, leyendo un libro. No levantó la cabeza, por lo tanto, no lo vio. Milo se había prometido no prestarle más atención y simplemente entró en su casa.

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– Mu, hay algo aquí que quiero que veas.

Shaka y Mu se encontraban en la casa de Virgo. Mu se sorprendió al escuchar las palabras de su amigo ¿Qué podría ser? Shaka lo tomó de la mano y lo guió hasta esas dos misteriosas puertas, en un muro lateral de su templo. Desde su llegada, no había dejado de preguntarse por la naturaleza de esas puertas ¿Qué escondían? ¿Qué protegían? No había querido averiguarlo antes. Por eso llevó a Mu, en quien confiaba plenamente y que, además, algo podía saber, al ser el más cercano al Patriarca.

– He escuchado a mi maestro hablar de una sala, o algo así, dentro de las casa de Virgo. Pero nunca he sabido mucho más que eso. Es un secreto de tu templo. A ti te corresponde descubrirlo.

Shaka asintió y se acercó a la pared dispuesto a abrir la puerta. Mu pensó que lo más adecuado era que su amigo estuviera solo. Pero Shaka le hizo saber que no, que quería que él estuviese presente. Había sido su amigo, el más cercano, el que lo había ayudado a ambientarse, a encajar en un lugar tan distinto de donde provenía.

– Quédate, por favor – rogó.

Mu permaneció ahí y entre los dos empujaron las flores de loto incrustadas en la pared. Se maravillaron al ver lo que encontraron del otro lado. Un jardín hermoso, cubierto de flores, pétalos de cerezo. Se respiraba un aire de tranquilidad, de la más absoluta paz. Era lo más cercano al cielo que habrían podido experimentar.

– ¿Qué significa este jardín? Debe tener una razón de ser. Y una razón para encontrarse precisamente en la casa de Virgo – dijo Mu.

Estabán hipnotizados por el ambiente, el aroma, las flores, todo lo que allí había y se producía. De pronto, entre medio de los pétalos, los vieron. Imponentes, en medio del jardín, se alzaban dos árboles idénticos. Dós árboles. Dos sales gemelos. No fue necesario para ninguno de los dos preguntarse por el significado de aquella visión. Ambos sabían lo que eran para el budismo esos árbloes. Buda había muerto junto a ellos… Se decía que Shaka era la reencarnación de Buda. Tendría que morir a la sombra de ellos, pero ¿cuándo?.

La mirada de Mu se ensombreció ¿Shaka moriría? ¿Cuándo? Su amigo lo tranquilizó. Aún no habían siquiera empezado la misión para la que habían sido escogidos. No había de qué preocuparse. De todos modos, no pasó por alto la expresión de Mu al reflexionar sobre el asunto. Su amigo se había entristecido. A él también le sucedería lo mismo si algo le pasara a Mu. No dejó de desconcertarse. Esos eran sentimientos demasiado humanos los que, quizás, no debían florecer en gente como ellos, siempre tan cercanos a la muerte.

Cerraron con cuidado las puertas luego de salir. Ese sería un secreto entre los dos. Mu no necesitó decir que no diría una palabra. Shaka tampoco lo pidió. Confiaba en el santo de Aries. Con usa sonrisa de complicidad y un fuerte abrazo cerraron el compromiso de mantenerse en silencio sobre lo que habían visto.

Antes, de volver a su templo. Mu quiso ver a su maestro. Se anunció pero le dijeron que estaba ocupado en una larga sesión con Aioros. Esperó un momento pero, al no desocuparse Shion, decidió volver a su casa. Aunque el hecho de encontrar los sales lo perturbó un momento al hacerle ver que estaban intimamente relacionados con la muerte de su amigo, también sintió una sensación extraña al compartir ese secreto con Shaka. Ahora los unía algo más que una compromiso de camaradería. La conexión entre ellos era mayor ahora y eso, por alguna razón, le alegró. La misma sensación tuvo Shaka, una vez que estuvo solo en su templo. Nadie más que Mu podía entender lo que ese jardín significaba en ese largo camino que era su vida. O quizás corto. El tiempo lo diría.