Lágrimas
Aquella noche, después de terminar su audiencia con Aioros, Shion se enteró de que Mu había intentado verlo. Pensando que se trataba de contratiempo, bajó al templo de Aries. Estaba despierto aún, estudiando como siempre en sus pergaminos. Una sonrisa de felicidad se marcó en su rostro al verlo. De todos modos, Shion notó la ambivalencia de su semblante.
– Maestro – dijo con una sonrisa.
– Me enteré de que necesitabas verme ¿Sucede algo?
– No, sólo quería verlo.
Shion sonrio. Mu seguía siendo para él aquel infante pequeñito que había llegado para ser educado. Incluso aún usaba aquella pulserita que él mismo había fabricado para dársela cuando empezó a ser su pupilo. La dulzura de su carácter, la suavidad de sus movimientos enternecían a cualquiera. Pero no por eso había sido blando con él. Su entrenamiento había sido tan duro como el de los demás. Mas la forma de ser de Mu le permitía cambiar siempre la rudeza por la dulzura.
– Estuviste en la casa de Virgo ¿verdad?
No había caso negarlo, su maestro lo conocía tan bien. Y tampoco tenía por qué hacerlo, no tenía nada de malo en compartir con un compañero. Sin embargo, el tiempo que pasaba con Shaka no podía compararse al que pasaba con los demás. Ni siquiera el trato con Aldebarán era tan seguido, a pesar de que eran vecinos.
– Sí. Nos gusta hablar con Shaka. De tantas cosas…
– Ya veo. Pero pasas mucho tiempo con él. Se han hecho buenos amigos.
– Sí – Mu se comenzó a poner algo nervioso ¿Hacia dónde se dirigía esa conversación?
Shion pensó un rato. Sabía lo que sucedía.
– Es bueno que compartas con el resto de los santos que componen la Orden. Recuerda que trabajarán juntos en pos de un ideal. Un objetivo noble y justo. Pero, a la vez, no te involucres en demasía con alguno de tus compañeros, no porque sea malo, sino porque, llevando la vida que llevamos, entre más fuerte se da un lazo entre compañeros, más fuerte resulta ser el sufrimiento.
Mu lo sabía pero ¿qué se puede hacer ante aquéllo? Los sentimientos florecen sin que uno pueda hacer mucho. Es como si se mandaran solos.
– También soy muy cercano a usted, maestro.
– Y me temo que, llegado el tiempo de separarnos, sufras más de lo debido.
Mu se desconcertó. Primero había sido el asunto de los sales y, con ello, la muerte de Shaka y, ahora, su maestro hablaba de su separación. Sabía que la muerte era una etapa más de la vida, lo único que tenemos seguro al nacer, pero…
– Es tarde, ya es hora de que duermas – dijo Shion.
– No tengo sueño.
– Duerme, mañana será un largo día – dijo el Patriarca acariciando la barbilla de su, más que discípulo, hijo. Luego, comenzó a desvanecerse en el aire para retornar a su puesto. Mu lo vio sonriendo, con un brillo extraño en los ojos. No sabía por qué, pero sintió ganas de llorar. Esa fue la última vez que lo vería en su vida pero entonces no lo sabía.
ooooooooo
El día siguiente sería especial y nadie podía aún imaginarlo. Durante la mañana y tarde, no pasó nada extraordinario. Pero en la noche se produjo el evento por el que habían esperado cientos de años.
Athena llegó al caer la tarde, en la forma de un bebé hermoso que, como cualquier criatura en sus primeras horas, sólo dormía. Shion la acogió, en su deber de Patriarca y la recostó en la habitación que se había preparado para ella. Posteriormente, comunicó la noticia, primero a su gran amigo Dohko para luego dar aviso a toda la Orden. El día tan esperado había llegado y, con él, Shion sabía que se terminaba una era. Su era. Por lo mismo había arreglado todo para que, cuando su tiempo llegase, fuera Aioros de Sagitario quien se encargara de guíar a los ochenta y ocho santos. Era una decisión de la que estaba seguro y que sobre la que había reflexionado mucho tiempo. Él era el más indicado por todas las cualidades que poseía. Le pidió a Aioros que mantuviera todo el silencio pero, sin saber cómo, alguien más escuchó sobre estos planes y la información no le alegró en absoluto. Sigilosamente se las arregló para ingresar a las habitaciones del Patriarca y, ahí, antes de que su hora hubiese llegado, le dio muerte. Fue más fácil de lo pensó, el tipo no profirió el menor ruido. Luego, y poseído por un espíritu malévolo, se dirigió a los aposentos de la pequeña Athena y, ahí, cometiendo la falta más grave con la que podía ensuciarse las manos un santo de la Orden, intentó acabar con la vida de la Diosa. Afortunadamente, Aioros estaba ahí para detenerlo. En el forcejeo, pasó a llevar la máscara del Patriarca la que, al caer al suelo, mostró la verdadera fisonomía de quien se ocultaba bajo ella: Saga de Géminis. Aioros vio al impostor comprendiendo de inmediato la tragedia que había sucedido y decidió que no podía luchar contra él en esas condiciones: la vida de Athena estaba primero. Sin pensarlo, se lanzó por la ventana junto a la pequeña y decidió abandonar el Santuario no sin antes llevarse su armadura consigo.
Saga de inmediato dio cuenta de la situación acusando a Aioros de haber tratado de asesinar a la Diosa y, además, darse a la fuga, lo que lo convertía en un traidor. Dio órdenes para que salieran tras de él y le encargó esta misión especial a alguien que sabía que la cumpliría a la perfección: Shura de Capricornio. De este modo, se dio inicio a la persecusión del santo de Sagitario.
Mientras todo esto sucedía, Mu estaba en su templo. Tenía pensado visitar a Shaka pero de prontó una sensación extraña lo atormentó: el cosmos de su maestro había desaparecido. Sin embargo, por todos lados ya corría la noticia de la traición de Aioros y las órdenes del Patriarca ¿Cómo podía ser posible si él sabía que estaba muerto? Ingenuamente pensó que su maestro había ocultado su cosmos por alguna razón. Pero una voz desde lo lejos le dijo que no. Efectivamente, Shion, Patriarca de la Orden de Athena, había muerto. Era Dohko de Libra. El dolor más profundo que había experimentado se apoderó de su pequeño corazón y sintió que le apretaban el pecho hasta casi ahogarlo ¿Su maestro muerto? No, no podía ser. Dohko le indicó que se avecinaban tiempos de dolor y sangre en el Santuario y que, por su bien, debía salir de ahí. Él era el discípulo de Shion y, junto a él, uno de los pocos que podrían darse cuenta de la traición de Saga. No podía arriesgarse a que éste lo encontrarse y acabara con él tambíen. Él era el heredero de Shion, debía salir cuanto antes de ahí. Mu pensó en Shaka ¡Tenía que avisarle! Dohko se negó, no había tiempo. Saga probablemente ya había mandado a que lo prendiesen. Debía abandonar el Santuario ahora. Pero Mu no podía irse sin hablar con Shaka, no podía hacerle aquéllo. Era su amigo, lo quería. Debía avisarle. Una vez más, Dohko le dijo que no. Él sabía perfectamente lo que era separarse de una persona querida pero esta vez era demasiado lo que estaba en juego. Él, como caballero de Aries, debía saberlo. En su desesperación intentó comunicarse con Shaka a través de su cosmos pero, por alguna razón, no pudo. Con el corazón roto tuvo que obedecer. Guardó sus cosas, pergaminos, polvos de estrellas, herramientas celestes, la armadura de Aries y salió. La última mirada que dio fue hacía el Santuario primero y la casa de Virgo después. Deseaba que Shaka apareciera por ahí pero no fue así. Desolado, emprendió su marcha.
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La confusión reinaba en el Santuario. Ya era sabido por todos: Aioros era un traidor que, habiendo intentar asesinar a Athena, se había dado a la fuga llevándose con él la armadura de Sagitario. El "Patriarca" convocó a todos los santos para dar las tristes noticias. Además, dio a conocer que, ante semejante hecho, la Diosa decidió no mostrarse ante ellos y sólo se comunicaría a través de él.
En la sala, Shaka notó algo extraño en el Patriarca pero no pudo descifrar con claridad qué era. Notó que Saga no estaba junto a los demás santos y, lo que era peor, tampoco Mu. La angustia comenzó a apoderarse de él ¿Qué le había sucedido? La respuesta la obtuvo pronto: Mu también era un traidor que había huído, llevándose también con él, su armadura. A Shaka le pareció todo muy extraño ¿Por qué Mu abandonaría a su maestro? No lo creía posible. Pero, de acuerdo al reporte de los guardias, sí, Mu había huido, no dejando nada en su casa. Un golpe sacudió el corazón de Shaka: sabía que algo extraño estaba pasando pero, a la vez, le dolía que su amigo, aquél al que había aprendido a querer por sobre el resto de las personas, no hubiese confiado en él y lo hubiese abandonado. Sentía que su alma se rompía en mil pedazos y empezó a sentir un dolor que nunca había sentido, uno que no se iría y que le dejaría vacío irreemplazable en el corazón.
Mientras seguían todos reunidos, apareció Shura de Capricornio diciendo que había cumplido con éxito su misión. Pero ¿qué misión era esa? Había acabado con la vida del traidor. Aquella noticia derrumbó al pequeño Aioria. Unos guardias habían llegado a su casa, registrándolo todo, buscado a su hermano que, al parecer, había huido. Posteriormente se enteró de todo el cuento del intento de asesinato, la traición y ahora, su muerte. Era más de lo que podía soportar un muchacho, santo sí, pero en el fondo, un niño aún. Su sangre hirvió y sintió que su cabeza estallaría. Aioros era su adoración, su modelo, su todo. Y ahora había sido degradado a lo más bajo y, asesinado por quien, hasta hace poco, era su amigo. Bueno, Shura sólo cumplía con su deber. Era Aioros quien había traicionado, no sólo a sus compañeros, sino por sobre todo, a él. Sin embargo ¿no sentía Shura tristeza alguna de haber rematado al que, hasta hace unas horas, había sido su mejor amigo? Juró borrar de su memoria cualquier recuerdo de Aioros y no volver a hablar nunca más de él. El león dorado, se transformó en un ser duro que desconfiaba de todos. Porque ya nunca más volvería a confiar.
No sólo Mu, Shaka y Aioria sufrían con lo acontecido. Luego de dejar la sala del Patriarca, Milo salió a la entrada de su casa y miró las estrellas. Aioros, un traidor. ¡Y él lo admiraba tanto! No había sido su maestro pero si un ejemplo para él, era el mejor de todos. Además lo apreciaba tanto ¿Por qué? ¿Por qué precisamente él? No lo entendía, nunca podría llegar a entenderlo ni tampoco soportarlo. Era más de lo que él pudiese aguantar. Se sentía tan solo: Aioros estaba muerto y Aioria había dejado en claro que no quería contacto con nadie. ¿Y si él sabía todo? Después de todo, era el hermano del traidor. Desesperado comenzó a dar golpes contra una columna hasta hacerse sangrar los nudillos. Maldita sea, nunca se había sentido tan solo. No sería por mucho tiempo. De pronto, sintió unos pasos que se acercaban ¿Quién diablos era? No quería ver a nadie. Repentinamente los pasos cesaron y sintió a alguien junto a él, alguien que suavemente posaba la mano en su hombro. Al mirar vio que se trataba de Camus. Sí, Camus de Acuario que, por vez primera mostraba una emoción en su mirada: compasión. Se sentó a su lado sin decir nada, mirándolo fijamente. Desesperado, Milo se lanzó hacia él y lo abrazó. Sólo en ese momento pudo llorar.
