Este fic es fruto de necesitar rellenar los años de los merodeadores, desde la perspectiva de Sirius Black. En concreto, el primer año escolar. En previsión diré que habrá tantos fics como años escolares, con lo que si todo sale bien, tengo tiempo e ideas, iré creando un fic por año.

He intentado que tanto las fechas, como los nombres y los personajes que puedan aparecer sean lo más semejante al canon posible. Evidentemente, hay tantos huecos que es imposible no inventarse nada. Siento de ante mano si veis algo que no cuadra. Si veis algo que dista mucho de la 'realidad', por favor comentadlo e intentaré corregirlo en la medida que pueda o, simplemente, será cosa de la magia XD.

Algunas de las cosas que menciono tienen su base en mis otros fics. Sobre todo, porque en ellos se van viendo los pensamientos de Sirius hacia su familia. No he leído otros muchos fics sobre los merodeadores, más que nada para no 'pervertir' mi visión de ellos, pero sí que he leído algunos y algunas cosas puede que coincidan. En ningún momento se me ha pasado por la cabeza copiar nada, es sólo que yo también me lo he imaginado del mismo modo (y si dos personas tienen la misma imagen de algo, ¿no será que es muy posible que sea 'la verdad'?)

Por último, agradece Rowling por crear este mágico mundo. Ahora sí, espero que disfrutéis de la historia tanto como yo de crearla.


CAPITULO 0: EL FIN DEL VERANO

Por fin Sirius había recibido la tan ansiada carta de Hogwarts. No es que contemplara la posibilidad de que no llegara, para nada. Había demostrado poder hacer magia involuntariamente muchas veces (y alguna voluntaria), demasiadas veces para un chico sin varita según sus padres. Como aquella vez que puso a su hermano Régulus boca abajo cuando cogió sus juguetes sin permiso. O cuando estaba tan enfadado con su madre que le cambió el pelo de color a rosa. Y también la vez que hizo que Kreacher anduviera a la pata coja sólo por ver si esforzándose mucho podía hacerlo. Y lo hizo.

Sí. Sin duda, Sirius podía hacer magia y recibió su carta. Pero estaba ansioso por recibirla porque eso significaba que pronto dejaría de ver a diario a su familia. Estos últimos meses no habían sido los mejores de su vida. Teniendo en cuenta que había disfrutado por un breve período de tiempo de cierta libertad, sentaba aún peor que ahora se la negaran.

Debido a su buen comportamiento, de vez en cuando, sus padres dejaban que los hermanos salieran a la calle, seguidos por un invisible Kreacher. Sólo había una condición estrictamente prohibida: no entablar ningún tipo de contacto con muggles. Así que cuando salían de la casa solían simplemente pasear por los alrededores o sentarse en un parque cercano cuando hacía buen tiempo, lo cual en Londres no sucedía muy a menudo en invierno. Conforme llegó la primavera, el parque estaba más concurrido de todo tipo de gente y les era más difícil pasar desapercibidos. Hasta que un día pasó lo inevitable. Estaban sentados en el césped, a la sombra de un árbol, cerca de donde unos niños jugaban dándole patadas a una pelota. A uno de ellos, se le escapó la pelota justo en su dirección. Sin pensarlo mucho, Sirius se levantó para devolvérsela a pesar de que Régulus le estaba tirando fuerte de la ropa y le gritaba en susurros que no lo hiciera. Pero lo hizo igualmente. Ya estaba harto. Eso no tenía nada de malo. No era como si estuviera hablando o jugando con ellos directamente, sólo había dado una patada a una pelota. Pero Kreacher en cuanto no vio peligro, salió de su escondite, agarró a los chicos y los transportó directamente a la presencia de Walburga Black.

La consecuencia fue que se les volvió a prohibir pisar la calle, y a Sirius en concreto, de su habitación por dos semanas. A parte, las consiguientes charlas de su padre sobre lo malos que son los muggles, la vergüenza de la traición a la sangre sobre la familia y bla bla bla. Sirius se sabía el discurso de memoria y oírlo una vez más no le iba a hacer cambiar de opinión.

La primavera dio paso al verano y ahí estaba su carta. Llegó una mañana a mediados de Julio y hacía un calor espantoso. Sirius estaba tirado en la cama con los brazos abiertos y Régulus estaba en el suelo en la misma postura. La ventana abierta de par en par, a ver si conseguían sentir una mínima brisa para refrescarse. Estaban jugando a inventarse una historia en la que tuvieran algo que ver un gigante, un tiburón y un mago borracho. Le tocaba el turno a Sirius, con lo que tenía los ojos cerrados imaginándose la situación.

- El mago estaba en la taberna, había estado bebiendo whiskey de fuego toda la tarde y por eso iba borracho, cuando al mirar por una ventana ve un gigante y…

¡Plaf! Algo le cae en el estómago, se incorpora rápidamente y recoge el paquete. La lechuza que había traído la carta se había posado en el escritorio, con el pico abierto. Régulus se apresura a por un vaso de agua para la lechuza, la cual bebe, sedienta y descansa, mientras Sirius ya se encuentra rompiendo el sello de lacre. Un pergamino con el emblema de Hogwarts en la cabecera. Sirius comienza a leer:

Señor S. Black. Grimmauld Place, 12, Islington, Londres.

Querido señor Black,

Tenemos el placer de informarle de que dispone de una plaza en el Colegio Hogwarts de Magia. Por favor, observe la lista del equipo y los libros necesarios.

Las clases comienzan el 1 de septiembre. Esperamos su lechuza antes del 31 de julio.

Muy cordialmente,

Minerva McGonagall

Directora adjunta

Régulus salió corriendo de la habitación llamando a su madre (¡Madre! ¡Madre! ¡La carta! ¡Sirius ya tiene la carta del colegio!). Sirius no cabe en sí de gozo. ¡Por fin! La mira y la remira una y otra vez, como para asegurarse que era de verdad. Contempla también la lista del material: túnicas, libros, caldero,… ¡La varita! No ve el momento de tener entre sus manos una varita. Sirius sigue ensimismado mientras llega Walburga.

- Enhorabuena, hijo. Escribiré a la tía Druella por si tiene que ir ella también al Callejón Diagon a por algo para Narcisa -. Se acercó a la lechuza, que aún seguía descansando, cogió un trozo de pergamino del escritorio y con la varita escribió algo en él (Sirius supuso que la respuesta al colegio). Luego, se lo entregó al animal y éste salió por la ventana -. Esta noche haremos cena especial. ¿Te apetece algo en concreto?

- Mmmm… Pollo. Pollo asado estará bien, madre.

- Perfecto, le diré a Kreacher que lo prepare.

Los hermanos pasaron el resto de la mañana y la tarde imaginando cómo sería el colegio y lo que harían allí. Sirius ese año y Régulus el siguiente, éste último estaba un poco triste porque aún no le tocaba a él.

- Jo, Sirius, a mí me queda un año todavía para ir allí.

- Un año pasa muy rápido, Reg.

- No sé. Sin ti esto va a estar muy aburrido. Y seguro que en el colegio enseguida haces amigos y te lo pasarás genial y te vas a olvidar de mí.

- Pero Reg, ¡si siempre te estás quejando de que no hago nada más que tonterías! Además, no me voy a olvidar de ti. Te escribiré a menudo.

- Más te vale. Y es que siempre estás haciendo tonterías, pero algunas son divertidas.

- Te voy a dar tonterías…

Y Sirius comenzó una guerra de cosquillas en la que Régulus tenía las de perder: cuando su hermano le hacía cosquillas de esa manera se reía tanto que le entraba flojera y no tenía fuerzas para defenderse.

El mes siguiente a recibir la carta de Hogwarts pasó muy deprisa y llegó el día en que tenían que ir a comprar el material escolar al Callejón Diagon. Allí se encontraron con la tía Druella y sus primas, Narcisa y Andrómeda. Desde que se casó, a Bellatrix sólo la había visto un par de veces, por suerte, ya que estaba más insoportable que antes. Andrómeda ya había terminado el colegio y no necesitaba comprar nada, pero había ido igualmente de compras para distraerse y ver a sus primos. Se dirigieron primeramente a por las túnicas, ya que tanto Sirius como Narcisa las necesitaban para el colegio. A Sirius le despacharon rápido, le midieron y la dependienta no tardó en traerle tres túnicas negras, sencillas, más una gris un poco más elegante que su madre se había empeñado en comprar. A Narcisa se le había antojado también algún que otro vestido y Walburga también quería comprarle algo a Régulus, así que para ahorrar algo de tiempo dieron permiso a Sirius para ir a comprar otras cosas junto a Andrómeda.

- ¿Estás bien, prima? – preguntó Sirius ya en la calle -. Últimamente estás más callada de lo habitual. Y cuando fuimos a vuestra casa hace un par de semanas no quisiste salir a jugar con nosotros.

- No es nada, cielo. Es que echo de menos el colegio y a mis amigos.

- ¡Es verdad! El pasado fue tu último año. ¿Has pensado lo que vas a hacer ahora?

- No, Sirius. No sé qué voy a hacer…

- Pero has tenido muy buenas notas en todo, no creo que tengas muchos problemas si quieres trabajar. En el Ministerio, por ejemplo…

- Ay, Sirius, no. Las mujeres Black no trabajan. Las mujeres Black nos casamos con hombres de buena familia.

- Ya… eso le he escuchado decir a mis padres. Pero ¿sabes? Yo no pienso casarme, seré como el tío Alphard. Y si alguna vez me caso será con quien yo quiera, no con quien digan.

- Es muy fácil decirlo, pero hacerlo ya no tanto. ¿Sabes los problemas que tuvo el tío por eso?

- No… pero me da igual. ¿Qué puede pasar? ¿Qué me deshereden? Ya ves tú qué problema… Cuando tenga un trabajo y gane oro por mi cuenta no necesitaré nada de nadie…

- Si la tía te oye decir eso… - de pronto la chica se detuvo, mirando a Sirius con una expresión un tanto extraña -. ¿Sabes una cosa? Serás un crio de once años, pero en el fondo tienes razón. Prométeme una cosa: que serás feliz y harás las cosas que te hagan feliz con las personas que te hagan feliz.

Acto seguido le dio un beso en la cabeza y comenzó a caminar de mejor humor hacia la librería. Compraron los libros del colegio y buscaron alguna cosa más. Al salir de la tienda de calderos se encontraron con Régulus y Walburga.

- Os estábamos buscando. ¿Ya tenéis todo?

- Me falta la varita, madre.

- Bien. Vamos a por ella. Drómeda, querida, tu madre y Narcisa se han ido a por unos helados. Si quieres ir con ellas, luego nos encontraremos allí.

Su prima se marchó y Walburga guió a su hijo a la tienda de varitas de Ollivander. Sirius estaba emocionado, lo que más ilusión le hacía del día era tener su propia varita. Una vez dentro, el dueño se asomó por detrás del mostrador.

- Buenos días, señora Black, señores – saludó el señor Ollivander. Se acercó a Sirius, como si supiera de antemano que era él y no Régulus quien necesitaba la varita -. Extienda su mano, señor Black. Veamos.

Sirius hizo lo que pidió. Por segunda vez en el día, una cinta métrica comenzó a danzar a su alrededor, mientras unas cajas volaban desde los estantes y se colocaban en el mostrador. El señor Ollivander le hizo coger algunas de las varitas de las cajas. Con algunas no ocurría nada, de otras salían chispas de diversos colores, pero al señor no parecía convencerle ninguna de momento.

- Pruebe ésta otra, señor Black. Nervio de corazón de dragón y nogal negro –En cuanto Sirius tocó la varita notó un cosquilleo en los dedos y al agitarla salió un chorro de luz blanca-. ¡Excelente! Me temo que ya hemos terminado con usted, hemos descubierto su varita.

Salieron de la tienda, Sirius más contento que unas pascuas, se reunieron en la heladería con sus primas y se marcharon cada uno a su casa. Sirius estaba impaciente por ver qué clase de hechizos le esperaban al llegar al colegio así que, por primera vez en su vida, se encerró en su habitación para hojear los libros que acababa de comprar a pesar de su hermano, que no paraba de pedirle jugar insistentemente. Sólo cuando apareció su madre en la habitación para llevarle a cenar fue capaz de dejar los libros.

El resto del mes de Agosto también pasó muy deprisa, entretenido como estaba todos los días en mirar sus libros y, Sirius no sabía muy bien si podía hacerlo, probar algún hechizo. Régulus volvía a estar triste, ya que su hermano se iba y le dejaría sólo. Llegó un punto que hasta sus padres tuvieron que obligar a Sirius a jugar con su hermano. Se lo pasaba bien con él, pero en esos momentos lo que le apetecía era seguir descubriendo nuevos encantamientos. Durante las cenas, su padre no dejaba de darle la charla continuamente con que estudiara mucho, que tenía que dejar el apellido Black bien alto, que si contribuir mucho a que Slytherin ganara la copa de las casas, que si allí conocería a gente que luego podría ser muy importante para su futuro… Su madre igual, que si el hijo de un tal Avery también empezaba este año el colegio, que tuviera cuidado con los hijos de muggles, que si tenía que mantener la reputación de la familia… Sirius volvía a estar harto de la misma canción de siempre. Si alguna vez se le ocurría discrepar o tener una opinión diferente, ponían el grito en el cielo y amenazaban con castigarle. Menos mal que ya quedaba poco para poder dejar de oírlos.