CAPÍTULO 1: POR FIN HOGWARTS

La mañana del 1 de septiembre amaneció nublada aunque no llovía, estaba oscuro a pesar de ser temprano y Sirius se levantó con un nudo en el estómago. Por fin. Por fin se iba al colegio. Se vistió enseguida y repasó su baúl, esperando que no se dejara nada: los libros, el caldero, la ropa… ¡Ay! ¡La varita! Estaba encima de su escritorio. ¡Casi se olvida la varita! No sabe qué hacer con ella. ¿La guarda en el baúl? No. Mejor que no. Al final se la guardó en un bolsillo, para tenerla a mano y que no se le volviera a olvidar. ¡Ah! Y parte del dinero que tenía guardado, regalos de todas las navidades y cumpleaños, nunca se sabe cuándo vas a necesitar algunos galeones. En el escritorio también está la radio rota que le regaló el tío Alphard el año pasado por su cumpleaños. Estaba casi arreglada, pero Sirius creía que necesita algunos toques mágicos que ahora mismo no sabía cómo hacer y la guardó también en el baúl, en el colegio es posible que descubriera cómo terminarla. Vuelve a repasar el baúl y la habitación, ahora ya está seguro que no se deja nada.

Al bajar a desayunar, ve que Regulus ya está desayunando en la cocina y sigue con la misma cara larga que viene trayendo las últimas semanas. Es la primera vez que iban a estar separados tanto tiempo y eso le hacía estar triste. O eso suponía Sirius. La verdad es que últimamente no habían estado mucho tiempo juntos ya que Sirius se encerraba a menudo en su habitación a mirar los libros del colegio, y lo poco que estaban al final acababan peleándose porque, según Regulus, estaba mal lo que hacían. Estaba mal que hiciera enfadar siempre a madre, estaba mal que no hiciera caso a padre y, en definitiva, estaba mal todo. Pero eso Sirius lo achacaba a que Reg estaba un poco celoso de que él fuera al colegio ya y el pequeño no. Durante el desayuno, confirmó sus teorías.

- Buenos días –Regulus contestó con un gruñido -. ¡Eh! ¿Qué te pasa?

- Nada.

- El que nada, no se ahoga. Dime, ¿qué te pasa?

- Que no quiero que te vayas – los ojos de Regulus empezaron a brillar.

- ¡Eh! No irás a llorar, ¿verdad? Un Black nunca llora.

- Ya lo sé, pero… - por fin las lágrimas brotaron de los ojos de Régulus.

- ¡Venga! – Sirius abrazó a su hermano -. Si ya lo hemos hablado. Te escribiré mucho y al año que viene volveremos a estar juntos ¡Que me vas a hacer llorar a mí también!

- Prométemelo – Regulus se secó las lágrimas, cerró un puño y extendió el meñique, como siempre hacían para prometerse algo seriamente.

- Prometido – Sirius cogió el meñique de su hermano con el suyo y apretaron fuerte.

En ese momento bajó Orión Black, que iba a acompañar a su hijo a la estación. Le apremió que fuera terminando y que bajara el equipaje, pues iban a ir andando a la estación. Su madre no iba a acompañarles, pues se encontraba algo indispuesta y se había quedado acostada. Regulus tampoco iría, pues su padre se marcharía a reunirse con algún señor importante después de dejarle en el tren y no tenía tiempo para volver a traerle a casa. Así que cuando terminó de desayunar, Sirius bajó su baúl y se preparó para irse. En la entrada, Reg y él se dieron un último abrazo y salió con su padre.

Después de 20 minutos de caminata, y quejas sobre los muggles por parte de su padre, por fin Sirius llegó a la estación (Lleno de muggles, por supuesto). Tras atravesar la barrera mágica que separa la estación muggle del andén 9 y 3/4, ve por primera vez el tren que le ha de llevar al colegio, a no tener que aguantar más, lo siento mucho por Reg, a su familia, a la libertad. El andén estaba lleno de brujas y magos, estudiantes que se despiden de sus padres con sus lechuzas, búhos y gatos que se suman a todo el jaleo. Entre todas las personas que hay, distinguen a la tía Druella, acompañada de Narcisa y su padre empuja a Sirius a ir hacia ellas para saludarlas.

- Buenos días, Druella, Narcisa – saluda el señor Black.

- Buenos días, Orión, Sirius – responde la tía de Sirius.

- Buenos días – contestan los dos chicos.

- ¿Lleváis mucho tiempo, Druella? Veo que no han venido ni Cygnus ni Andrómeda.

- No, primo. Cygnus está ocupado y no ha podido y Andrómeda no ha querido venir, lleva un tiempo muy rara. ¿Walburga y el pequeño Regulus están bien?

- Walburga se encontraba un poco mal hoy y Regulus se ha quedado con ella a hacerle compañía. Ah, ahí está Porthus Avery, voy a saludarle antes de que se vayan. Chicos, tened buen año. Sirius, pórtate bien y deja bien alto el apellido Black – acto seguido, Orión Black se marchó dejándolo con sus familiares.

- Bien, chicos, id subiendo ya al tren o no vais a encontrar sitio. Querida – dijo a su hija -, escríbenos.

- Sí, madre. Vamos, mocoso, subamos.

Y la tía Druella también se marchó, dejando a los dos primos aproximándose al tren. Enseguida llegó un chico alto de pelo largo y rubio, recogido en una coleta con una cinta, saludó a Narcisa y les ayudó a subir sus baúles al tren. Narcisa se quedó en uno de los primeros vagones, donde estaban sus amigas y el chico acompañó a Sirius hasta el primer compartimento vacío que vieron.

- Tú eres Sirius, el primo de Narcisa, ¿verdad? Lucius Malfoy, Premio Anual de Slytherin. En Slytherin, un Black siempre es bien recibido, te encontrarás como en casa, ya verás. Si tienes algún problema o necesitas ayuda, no dudes en contar conmigo. Nos vemos por el colegio.

Otro que daba por hecho que iba a ir a Slytherin. Ya hasta empezaba a resignarse a que iba a acabar allí de todos modos, quisiese o no. Malfoy le ayudó a colocar su baúl y se marchó, dejándole solo en el compartimento.

Su soledad duró poco tiempo, ya que al poco rato llegó una chica pelirroja preguntando si se podía sentar. Sirius afirmó y le ayudó a guardar su baúl en el portaequipajes. Quería preguntarle cómo se llamaba y si era también su primer año allí, pero cambió de idea al ver que la chica apoyaba su cara contra el cristal, sin dejar de mirar hacia la estación. No parecía tener ganas de hablar así que lo dejó estar. Ya pesaba que se iba a tirar todo el viaje al colegio en silencio y con esa chica aburrida cuando, a la vez que sonaba el silbato que indicaba la salida del tren, entró otro chico con gafas y pelo negro y alborotado arrastrando su baúl.

- ¿Se puede? Está todo lleno ya… - la chica pelirroja levantó un poco la vista pero no dijo nada.

- Claro – contestó Sirius, ayudando al chico con su equipaje. Cuando lo hubieron acomodado, se sentaron uno en frente del otro.

- James Potter – dijo el chico de gafas, extendiendo una mano.

- Sirius Black – respondió estrechándole la mano a su vez.

El tal Potter le hizo una seña a Sirius con la cabeza, apuntando hacia la chica, a lo que Sirius contestó con un encogimiento de hombros. Rápidamente, olvidaron a la chica pelirroja, pues el chico de gafas hablaba mucho. Sirius se enteró que venía de una familia de magos, que no tenía hermanos, que su helado favorito era el de fresa con chocolate y que le gustaba mucho el quidditch, en concreto del Puddlemere United y como Sirius tenía simpatía por el Falmouth Falcons, enseguida comenzaron una discusión sobre ambos equipos.

Ya llevaban un rato cuando otros dos chicos que también parecían de primer año aparecieron por la puerta del compartimento, se presentaron como Marcus Daniels y Robert Gallagher y al ver que estaban hablando de quidditch se quedaron a discutir con ellos. Más adelante, una segunda interrupción, esta vez el chico flacucho que entró pasó de largo entre los chicos y, sin saludar si quiera, se puso a hablar con la chica pelirroja, que había estado callada y taciturna todo el tiempo. Parecía que a la chica tampoco le interesaba hablar con este nuevo chico y empezaron a medio discutir. En un punto de su conversación mencionaron la casa Slytherin y el chico Potter, se metió en la conversación manifestando que él iría a Gryffindor, como su padre. Por fin alguien que no quería estar en Slytherin, empezaba a caerle bien ese chico. Sirius confesó que su familia entera había estado en esa casa y que a lo mejor él decidía que no. Era la primera vez en su vida que manifestaba su idea en voz alta a alguien tan claramente, no sabía exactamente por qué, pero ese chico le inspiraba confianza. Finalmente, tanto la pelirroja y el chico flaco se molestaron con ellos y se fueron.

- ¡Hasta luego, Quejicus!

- ¡Vaya humos! Por poco rompen el cristal con el portazo que han dado.

- Hablando de las casas del colegio… ¿Cómo funciona? ¿Os han dicho algo a vosotros?

Los que se quedaron en el compartimento, siguieron charlando de lo que sabían y esperaban del colegio y comieron algunos dulces que compraron en el tren hasta que cayó la noche y dedujeron que ya estarían cerca, por lo que se cambiaron de ropa. Los otros chicos se fueron a donde estuviera su equipaje para hacer lo mismo.

Y no se equivocaron mucho, pues a los diez minutos, el tren aminoró la marcha hasta que se detuvo por completo y todo el mundo empezó a bajar a la estación. Los estudiantes se arremolinaban en el andén. Los más pequeños, al igual que Sirius, miraban hacia un lado y a otro sin saber qué hacer o a dónde ir, hasta que oyeron una voz que se alzaba por encima de las demás llamando a los alumnos de primer año. Sirius buscó de dónde provenía la voz y la verdad es que no le costó mucho averiguarlo, pues el hombre que les llamaba destacaba claramente, el triple de alto que ellos por lo menos, y les estaba esperando en un extremo del andén con un farol en la mano. Dio un codazo a James para advertirle que empezaran a caminar, pues el chico se había quedado mirando al hombretón con la boca abierta, sin disimulo.

- ¡Seguidme! – gritó el hombre cuando parecía que ya no había ningún otro niño despistado.

- ¡Es un gigante! – susurró James.

- Que va, hombre. No hay gigantes por aquí. Creo. Vamos o nos quedaremos atrás.

Siguiendo el farol, se encontraron en un estrecho sendero que desembocó al borde de un lago, en el que se reflejaban multitud de luces, que como Sirius comprobó al alzar un poco más la vista, correspondían al castillo de Hogwarts. La vista era sobrecogedora, el colegio se alzaba imponente en la cima de un risco, con muchísimas torres que se levantaban intentando tocar el cielo, con todas sus ventanas iluminadas. Parecía una antorcha en medio de la oscuridad, un refugio, que le invitaba a entrar y quedarse, su hogar, mucho más que su casa en Londres lo fue jamás. Por lo menos eso fue lo que sintió Sirius.

- Id subiendo a los botes – el hombretón rompió el encantamiento que había producido la primera visión del castillo -. No más de cuatro personas. ¡Marchando!

Sirius y James se montaron en el mismo bote cuando les llegó el turno, junto a un chico y una chica que aún seguían un poco embobados. Ninguno de ellos habló durante el trayecto, expectantes y con la vista fija en el castillo, hasta que un risco a los pies de éste les hizo perderlo de vista y entraron en una especie de cueva oculta a sus pies. El gigante les guió por una escalera para salir finalmente a una explanada de hierba, desde donde el castillo parecía más imponente si cabe. Allí les salió al encuentro una mujer alta, con gafas y un moño muy apretado.

- Profesora, aquí traigo a los de primero.

- Muchas gracias, Hagrid. Ya sigo yo con ellos desde aquí al castillo.

La mujer les condujo hacia la entrada. Una vez en el vestíbulo, se dirigió a los estudiantes que se agolpaban frente a ella.

- Bienvenidos a Hogwarts. Mi nombre es Minerva McGonagall, profesora de transformaciones, subdirectora de Hogwarts y jefa de la casa de Gryffindor. En unos minutos o acompañaré a la ceremonia de Selección, en donde todos vosotros os repartiréis entre las cuatro casas, nombradas en honor a los fundadores del colegio: Gryffindor, Ravenclaw, Hufflepuff o Slytherin. Durante los años que estéis aquí, vuestra casa será como vuestra familia y todo lo que hagáis contribuirá a ganar o perder puntos. Al final del año escolar, la casa que más puntos consiga tendrá el honor de ganar la Copa de las Casas, así que de vosotros depende la victoria. Seguidme.

La profesora se abrió paso a través de unas grandes puertas, que revelaron un gran espacio con cuatro largas mesas dispuestas a los lados, decoradas cada una con los colores de las casas a las que pertenecían. Allí estaban ya el resto de estudiantes y Sirius consiguió entrever a su prima Narcisa y al chico que le había ayudado en el tren en la mesa correspondiente a Slytherin, con los colores verde y plata. Justo en frente de donde caminaban y en perpendicular a las mesas de las casas se encontraba una mesa llena de adultos, la de los profesores, presidida por el que suponía era el famoso director Dumbledore que miraba curioso a los nuevos estudiantes. Delante de esta mesa, habían colocado un taburete y encima de él un sombrero. McGonagall se situó a un lado del taburete e indicó a los chicos que esperaran. De repente y ante el asombro de sus nuevos compañeros, el sombrero se puso a cantar. Cuando terminó, la profesora sacó un pergamino.

- Cuando diga vuestro nombre, vendréis hasta aquí y os ponéis el Sombrero hasta que éste os diga a qué casa pertenecéis. Entonces, podréis marcharos a vuestra mesa. ¡Armstrong, Alex!

Un chico grande y muy rubio se adelantó un poco temeroso, se puso el sombrero y fue el primer seleccionado para Hufflepuff, mientras el resto de su casa irrumpió en sonoros aplausos. Le siguió Armstrong, Mira, un poco más menuda pero igual de rubia que, supuso Sirius, su mellizo ya que eran idénticos, también fue a Hufflepuff. El siguiente en ser seleccionado fue Avery, Julius. Ese era el apellido de los amigos de los padres de Sirius, sería ese el chico del que su madre quería que se hiciera amigo, pero al verle no le agradó nada su expresión, como dándose importancias, andaba como si todo eso le aburriera. Como pudo imaginar, el chico fue a parar a Slytherin.

- ¡Black, Sirius!

Bueno, pues ya le tocaba. Al ver que iban por orden alfabético, sabía que no iba a tardar mucho en ser seleccionado, pero eso no evitó que el corazón le latiera tan fuerte que parecía que se le iba a salir del pecho. Avanzó, cerró los ojos y se puso el sombrero, que pasara lo que tuviera que pasar.

- Mmm. Otro Black – una voz resonó en sus oídos.

No, otro Black no. Yo soy Sirius, no soy como los otros Black.

- Ya veo. Sí, tienes muchas cualidades que podrías desarrollar en Slytherin. La pureza de sangre, terquedad, ambición. También hay valentía, de eso no cabe duda, e inteligencia y lealtad… Difícil elección.

Me importa un comino la pureza de sangre, me niego a estar en Slytherin. No quiero ser como ellos.

- Muy bien, entonces donde mejor estarás será en ¡GRYFFINDOR!