CAPITULO 2: GRYFFINDOR
Gryffindor. ¡El sombrero había dicho Gryffindor! Lo había logrado, había conseguido no ir a Slytherin. La mayoría de los otros alumnos aplaudían cortésmente, pero al caminar despacio, con la cabeza bien alta y una media sonrisa de triunfo hacia la mesa de Gryffindor, dirigió una rápida mirada a la mesa de Slytherin. Narcisa estaba con la boca abierta, inmóvil, algunos de sus compañeros más cercanos la estaban hablando pero ella no parecía oírles, gran parte de la mesa de Slytherin se puso a cuchichear entre ellos (Qué raro, un Black en Gryffindor, decían). Al ver que Sirius la estaba mirando, de repente, Narcisa cambió la expresión a extrañeza y luego a enfado. Pero a Sirius no le importó, se alegraba de no estar allí con su prima y fue recibido con más aplausos y palmadas en la espalda al llegar a su mesa por ser el primer alumno que había ido a parar a Gryffindor.
Si Sirius hubiera estado más atento, podría haber advertido un movimiento apresurado entre los cuadros que decoraban el Gran Comedor. Sin embargo, estaba más pendiente de la selección de sus compañeros, en la que la siguiente, Elisa Brawn fue elegida para Ravenclaw. Uno de los chicos que había conocido en el tren fue para Ravenclaw. La siguiente en llegar a Gryffindor fue la pelirroja del tren, Lily Evans, y parecía que seguía enfadada, pues se alejó todo lo que pudo de Sirius. El otro aficionado al quidditch a Hufflepuff. Poco a poco la lista fue avanzando y los chicos de primero repartiéndose entre las casas. Se detuvieron un largo rato en Pettigrew, Peter y cuando los murmullos ya empezaban a ser escandalosos el sombrero por fin gritó Gryffindor, y el chico llegó más colorado que un tomate a su mesa. Después, James Potter recuperó el tiempo perdido siendo llamado inmediatamente a la casa que había prometido ir y Sirius le hizo un hueco para que se sentara junto a él. El amigo de la pelirroja, Severus Snape, alias Quejicus, también terminó donde quería estar, en Slytherin. Por fin sólo quedaba ya una chica por sortear, Sylvia Zanelli, que se fue con los de Ravenclaw. La profesora McGonagall recogió el sombrero y el taburete y en el comedor se hizo el silencio, viendo que el director se levantaba de su asiento.
- Bienvenidos todos a Hogwarts. Una vez concluida la selección debo dar la bienvenida a nuestro nuevo profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras, el señor Tiberius Animus – el hombrecillo, bajito, bastante mayor, canoso y muy flaco, se levantó y saludó con la mano antes de volver a sentarse rápidamente, como si hubiera hecho un gran esfuerzo -. Ahora, ¡a comer!
La mesa se llenó de repente de platos y comida de todo tipo. Sirius se sirvió un filete con patatas asadas, que era lo que más cerca tenía, mientras que James cogió un poco de todo, no se quería perder nada. Ese chico no se callaba ni debajo del agua, de pronto hablaba de la comida como de las noticias que había leído en el periódico. El que había tardado tanto en ser seleccionado, Peter, se dedicaba a observar a todo el mundo con aire asustadizo y el último de sus compañeros, Remus Lupin si mal no recordaba Sirius, escarbaba en su plato de pollo con verduras, parecía un poco enfermo, pero intervenía en la conversación cuando James le dejaba.
- Qué pena que no dejen traer escobas a los de primero – decía el de gafas -. Creo que vuelo muy bien. Mi padre me regaló una escoba de carreras las navidades pasadas y desde entonces llevo practicando. En cuanto pueda pienso presentarme a las pruebas del equipo de quidditch. En mi opinión, es una tontería que no dejen jugar a los de primero.
- Supongo que será para que no nos hagamos daño – consiguió decir tímidamente Remus, mirando a lo largo mesa de su casa -. Los mayores parecen muy grandes. Y yo, por ejemplo, nunca he montado en escoba.
- Yo tampoco - aseguró Sirius -. No en una de carreras, claro. En mi casa no teníamos permitido volar, sólo las veces que iba a la casa de mis primas y sus escobas estaban hechas una porquería. No levantaban ni un metro del suelo.
- ¿No os dejaban volar? – preguntó James, horrorizado - ¿Qué clase de magos no quieren volar?
Sirius no tuvo que responder a esa pregunta, no le apetecía hablar de sus padres en ese momento que se encontraba tan a gusto, porque el director volvió a levantarse y pidió silencio.
- Bien, mis queridos alumnos. Ahora que ya tenemos las barrigas llenas, llega la hora de descansar para empezar el día de mañana frescos como lechugas. Pero antes, quería recordaros unas pocas normas. No se permite hacer magia fuera de las aulas. El Bosque Prohibido se llama así por algo, así que mejor que no os acerquéis, al igual que al nuevo árbol plantado en los terrenos, es un sauce boxeador que puede hacer que visitéis las instalaciones de la querida señora Pomfrey con algún que otro hueso roto. Y seguro que me olvido de algo más, pero como todos estamos cansados, ¡a dormir se ha dicho!
Los alumnos se fueron levantando de las mesas y salían en tropel por las puertas del Gran Comedor hacia sus respectivas casas. Los de primero se quedaron esperando, sin saber si seguirles o esperar, cuando un chico mayor se les acercó.
- Hola. Me llamo Frank Longbottom. Soy de sexto y uno de los prefectos de Gryffindor…
- ¿Qué es un prefecto? – interrumpió una de las chicas, la más pequeña, Mary si Sirius no se equivocaba.
- Eeeh… digamos que me tienes que hacer caso, tengo que hacer respetar las normas y eso. Vale, seguidme – Longbottom empezó a caminar hacia el hall -. Los dormitorios están en una torre del séptimo piso y la sala común está guardada por el cuadro de la Señora Gorda.
- ¿Señora Gorda? ¿Qué clase de nombre es ese? ¿No tiene uno propio? – Mary no dejaba de acosar al pobre prefecto con preguntas - ¿No sería mejor señora a secas? Me parece una falta de respeto llamarle gorda así como así…
- Eeeh… No, se llama así de verdad, creo. Bueno, como iba diciendo, el cuadro… Eso, el cuadro, la señora, te tiene que dejar pasar y para eso se necesita una contraseña. La de ahora es Ranúnculo. No lo olvidéis. Y tenéis que estar atentos porque se cambia a menudo. Que más… ¡Ah! Sí, también tenéis que tener cuidado con las escaleras cuando subáis, algunas tienen escalones falsos y otras cambian de dirección cuando les viene en gana. Por lo demás, creo que ya está todo – Frank se acercó a Sirius, ahora que ya había terminado de explicar las cosas para todos –. Oye, tú eres Black, ¿no?
- Sí, Sirius Black. ¿Por qué?
- Encantado. Nada, que creía que todos los Black iban a Slytherin. Lo sé porque mi abuela es Black también, así que debemos ser primos lejanos o algo.
- Ah, qué bien. Genial – Sirius no sabía qué decirle, no había oído hablar en su casa de los Longbottom para nada -. Pues encantado igualmente.
Llegaron al susodicho cuadro que, efectivamente, era un cuadro con una señora muy gorda, vestida de rosa. Frank pronunció la contraseña y el cuadro giró sobre uno de sus lados, dejando al descubierto un hueco en la pared por el que pasar a la sala común, que era espaciosa, con unas cuantas mesas, unos sillones que parecían muy cómodos a juzgar por cómo estaban sentados algunos alumnos mayores y un fuego agradable.
- Pues bien, esta es la sala común de Gryffindor. Los dormitorios de los chicos se encuentran por allí, en la puerta habrá un cartel con el curso – señaló hacia un lado, donde se veían unas escaleras de caracol que subían – y el de las chicas por ese otro lado. Si necesitáis cualquier cosa, estaré por aquí. ¡Hasta luego!
Y el chico se fue a charlar con otra chica que parecía que le estaba esperando.
- Es genial ¿no? – James se puso al lado de Sirius -. Venga, vamos a ver los dormitorios. ¡El que llegue primero elige cama!
James salió corriendo como una bala, pero Sirius corría más y al final le adelantó, llegando a una puerta en el último tramo de las escaleras que, como había dicho Longbottom, tenía el letrero de primer curso. Abrió la puerta y entró al dormitorio. Era espacioso, con cuatro camas con dosel, los baúles de sus ocupantes, otros cuatro armarios y una estufa en el medio. Sólo había una ventana en medio de dos de las camas, justo en el lado opuesto de la puerta. Cuando fue a asignarse la cama a un lado de la ventana, James ya se había tumbado en ella.
- ¡Eh! Quería esa cama.
- Haber llegado antes.
- Pero he llegado primero a la habitación. Eres un traidor.
- Pero yo he llegado primero a la cama y en ningún momento dije a dónde había que llegar y resulta que había que llegar a la cama. Se siente.
- Muy hábil, Potter. Es igual, me quedo esta otra, antes de que llegue alguien más y me la quiten.
Entonces Sirius se quedó la del otro lado de la ventana, esperando al resto de sus compañeros. No tardaron en llegar. El primero en entrar fue el chico castaño, alto y de aspecto enfermizo, Remus Lupin, y tras él el más bajito y regordete, Peter Pettigrew.
- Hemos elegido estas camas – dijo -. Espero que no os importe.
- No, que va – contestó Lupin -. En verdad, prefiero estar cerca de la puerta.
Y se acomodó en la cama que estaba libre al otro lado de Sirius. El otro chico no dijo nada y se encogió de hombros, yéndose a la que quedaba libre, al lado de James. Reordenaron sus baúles conforme la nueva disposición, se pusieron los pijamas y se acostaron.
- Chicos – llamó James -. ¿Cómo creéis que serán las clases? ¿Habéis hecho ya algo de magia con vuestras varitas? No la que haces sin querer…
- No – contestó Remus –. Se supone que no se puede hacer magia fuera del colegio, que está prohibido. Te mandan una carta del Ministerio de Magia y hasta te pueden expulsar del colegio.
- Pues yo sí que he hecho algo de magia – replicó Sirius - y a mi casa no llegó ninguna carta.
- ¿En serio? ¿Entonces en casas de magos no funciona lo del Ministerio? ¿Y qué clase de magia hiciste?
- Cambié el color de uno de los juguetes de mi hermano y luego lo hice volar.
- ¡Guau! Pues yo lo intenté, pero no funcionó.
- Chicos – interrumpió Remus -. Tenemos que dormir o mañana nos perderemos las clases.
- Jo, es verdad – reconoció James -. Perdona, Remus. Buenas noches.
Y se hizo el silencio. Sirius estaba tan cansado por todas las emociones del día que casi se queda dormido en el mismo momento en que cerró los ojos.
- Hay mucho silencio.
- No si sigues hablando, Potter –bramó Sirius -. Cállate ya.
- Perdón, perdón…
Ahora sí que sí no hubo ninguna interrupción más y Sirius pudo dormir del tirón hasta la mañana siguiente.
