CAPÍTULO 3: SEPTIEMBRE
Sirius se despertó temprano y vio que Remus se había levantado antes que él. Los otros dos seguían durmiendo. Se preguntó dónde estaría el baño porque tenía muchas ganas de hacer pis, así que salió al rellano. Al subir corriendo la noche anterior no se había fijado, pero había otras dos puertas en la misma planta, una con el letrero de 'Segundo curso' y otra con el de 'Aseos'. Bien, no tendría que ir muy lejos entonces, ya casi no se aguantaba y entró deprisa. Mientras terminaba de hacer sus necesidades oyó que alguien vomitaba en el compartimento de al lado. Se asomó y vio que era su compañero de cuarto.
- Oye, ¿estás bien?
- Sí, sí. Creo que no me sentó muy bien la cena de ayer –Sirius lo ayudó a levantarse, temblaba un poco -. Gracias.
- Todavía me tengo que vestir, pero si lo necesitas, espérame y bajo contigo al desayuno.
- No, gracias, de verdad. Puedo yo solo. Muchas gracias.
- Como quieras…
Sirius se encogió de hombros y volvió a la habitación. Los otros dos ya se estaban levantando también. En lo que Sirius tardó en vestirse, James ya había ido también al baño, vuelto y se había vestido también. Eso era despertarse con energías y lo demás tonterías.
- ¿Bajáis? – preguntó James. Peter hizo un débil ruido, que parecía decir que no, porque aún llevaba puesto el pijama.
- Sí – contestó Sirius -. Pero no te aceleres tanto, hombre. Los demás tenemos nuestro ritmo.
- Es que sois lentísimos. Menos Remus, que ya no está. ¿Le has visto? ¿Ha bajado ya?
- Le he visto antes en el baño – Sirius no quiso decirle que había estado vomitando -. Supongo que ya estará abajo.
Pero tampoco lo vieron ni en la sala común ni en el comedor. Habían empezado a desayunar cuando empezó a entrar una bandada de lechuzas, llevando el correo de los estudiantes desde sus casas o el periódico los que estaban suscritos a él. Al levantar la vista, Sirius reconoció a una de las lechuzas de su padre, que llevaba un sobre rojo, dejó caer su paquete y se marchó enseguida. Las lechuzas y búhos cercanos parecieron adivinar lo que pasaría a continuación, porque también levantaron el vuelo y se fueron.
- Vaya – dijo Sirius al verlo.
- ¿Eso es un vociferador? – preguntó James, a su lado -. ¿Cómo es posible si acabas de llegar aquí?
- Me lo puedo imaginar… - contestó Sirius, torciendo el gesto -. Lo que no me imaginaba es que fuera a ser tan pronto.
- Está humeando… Deberías abrirlo.
- Es igual, ya que voy a dar el espectáculo, que se haga bien.
Sirius dejó de comer y se cruzó de brazos, esperando lo inevitable. A los pocos segundos, la voz de la señora Black resonó por todas las partes del Gran Comedor.
¡QUÉ VERGÜENZA, SIRIUS BLACK! EN NUEVE GENERACIONES NO HA HABIDO COSA IGUAL, NO SE CÓMO VAMOS A PODER MIRAR A LA CARA AL RESTO DE LA FAMILIA. CUANDO NOS TRAJO LA NOTICIA EL TATARABUELO PHINEAS NO QUERÍAMOS CREERLO. NO SÉ CÓMO LO HAS HECHO PERO ESTOY SEGURA QUE LO HAS HECHO PARA FASTIDIARNOS. AUNQUE ESTÉS EN GRYFFINDOR, ESPERO QUE TENGAS CUIDADO Y NO MANCHES MÁS EL APELLIDO BLACK O TE SACAREMOS DEL COLEGIO. ¡ERES LA VERGÜENZA DE LA FAMILIA!
Y el vociferador estalló en llamas. El silencio que se había producido empezó a romperse con murmullos de los estudiantes y profesores que habían presenciado la escena. Sirius no sentía la más mínima vergüenza por lo que había hecho, pero le molestaba un poco la situación en sí. Para acallar los rumores, no se le ocurrió otra cosa que subirse al asiento para que todos lo vieran bien.
- Y ese, señoras y señores, soy yo, Sirius Black, la oveja blanca de la familia. – Hizo varias reverencias, como un actor que acabara de representar su función -. Gracias por la atención, muchas gracias.
Cuando bajó, los murmullos ya se habían convertido en risas. Así estaba mucho mejor. Se sentó y siguió con su desayuno como si nada.
- Jo, tío. Si me hubiera pasado a mí me hubiera muerto de vergüenza. Pero, ¿te mandan un vociferador sólo por haber ido a Gryffindor? ¿Qué clase de familia es esa?
- Pues la mía – contestó Sirius con tristeza -. Esperaban que hubiera ido a Slytherin, como todos ellos, la noble y ancestral casa de los Black. Llevan toda la vida machacándome con que si somos algo así como la realeza, que tengo que mantener las tradiciones familiares, la pureza de sangre y no sé cuántas chorradas más. Hace tiempo que dejé de escucharles.
- Qué pena me da la tía Walburga – Narcisa había aparecido por detrás -, alguien que no respeta las tradiciones no merece llevar el apellido Black. El abuelo Phineas me ha ahorrado tener que escribir yo misma a casa. Por lo que a mí respecta, desde este momento ya no somos familia, no quiero que me relacionen con alguien como tú, no me vuelvas a dirigir la palabra.
- Qué tragedia – dijo Sirius con toda la ironía que pudo, mientras veía a Narcisa marcharse.
- ¿Quién es esa? ¿Y ese tal Phineas, es un profesor?
- Mi prima Narcisa. Nunca me ha caído bien y Phineas Nigellus Black era un antepasado de la familia, lleva muerto siglos pero como fue director de Hogwarts, tiene un retrato aquí y otro en mi casa y puede ir de uno a otro cuando quiera. Debe haber avisado a mis padres en cuanto me seleccionaron. No me extrañaría nada que un día de estos vengan y hablen con Dumbledore para que me cambie de casa y vaya a Slytherin, como ellos quieren.
- No se ha cambiado a nadie de casa desde que se abrió el colegio, señor Black – interrumpió la profesora McGonagall -. Y unos padres disgustados no son motivo suficiente como para que sea la primera vez que se haga. Sus horarios para este curso. Señor Potter.
La profesora les tendió a los dos sendos pergaminos con las clases programadas para el primer curso. Empezarían sus clases con una doble hora de Pociones, que se encontraban en las mazmorras, al cabo de una hora.
- Bueno, será mejor que subamos a por nuestras cosas y luego bajemos otra vez, tenemos que encontrar la clase, que aquí dice que está mazmorras.
Así lo hicieron. Al volver a bajar, ya cargados con sus mochilas, Sirius y James se perdieron por una de las escaleras, pero pudieron regresar a un lugar conocido y siguieron su camino. Ya en el sótano vieron que había más gente en su misma situación. El grupo de chicas de su misma casa estaba mirando por los corredores, en busca del aula. Los chicos se les unieron a la búsqueda hasta que la más alta de ellas, Jane Newman, anunció que había encontrado el lugar.
Aún faltaban cinco minutos para que empezara la clase, pero el aula estaba abierta y entraron. Sus otros compañeros de habitación ya estaban sentados juntos en una de las mesas. También estaba allí el chico del tren, al que habían apodado como Quejicus. La chica pelirroja se alegró de verle y se apresuró a sentarse junto a su amigo, detrás de otras dos de sus compañeras. Parecía ser que compartirían las clases de Pociones con los alumnos de Slytherin, ya que en ese momento también entró un grupo de tres de ellos.
- Vaya – empezó a hablar uno de los Slytherin mientras se dirigía a una mesa, el que Sirius reconoció como Avery -. Parece que tendremos que compartir clase con el traidor a la sangre. Espero que no sea contagioso o todos empezaremos a renegar de nuestras familias.
- Estate tranquilo, Avery – contestó Sirius. Viendo más de cerca al chico le pareció que le sonaba de algo, pero no sabía de qué exactamente -, que no pienso acercarme a ti ni aunque me paguen, no vaya a ser que se me pegue a mí esa cara de asco.
- Cuidado, Black – Avery se acercaba amenazante hacia Sirius, que a su vez, se levantó de la silla para hacerle frente -. Yo que tú…
Pero nunca supo qué iba a decirle porque en ese momento apareció el profesor y Avery se marchó a una mesa libre, mientras que Sirius volvía a sentarse. Perfecto, primero el vociferador y ahora el imbécil éste, parecía que entre todos se habían propuesto arruinarle el primer día de clases. El profesor se presentó como Horace Slughorn y comenzó a hablarles de las maravillas que podrían hacer con las pociones y la importancia de escoger bien los ingredientes. Estaba claro que esa mañana no iban a tocar los calderos, que era lo que Sirius tenía más ganas de probar porque era lo único que no había podido probar en casa. Puso sus esperanzas en la clase de Encantamientos que tendrían después, pero fue igual de aburrida que la de Pociones, los profesores se dedicaron a dar charlas sobre sus asignaturas, que ya más adelante tocaría usar las varitas, pero que de momento era necesario que aprendieran lo más básico. Lo único bueno fue que no tenían tareas que hacer, cosa de la que sus otros compañeros de casa se estaban quejando en la sala común, sobre todo los más mayores. Por ello, pudo pasar la tarde con James explorando por los terrenos del colegio, hablando de todo un poco, hasta que empezó a anochecer y tuvieron que volver al castillo para cenar. Allí se encontraba su compañero de cuarto, Remus, así que se sentaron a su lado para charlar.
- ¿Dónde te habías metido después de Herbología? – le preguntó James.
- En la biblioteca.
- ¿El primer día? ¿Con el buen tiempo que hace?
- Sí – Remus se encogió de hombros -. Quería saber dónde estaba y qué libros tenían.
- ¿Y había allí algo interesante?
- Hay muchísimos libros, si eso te parece interesante.
- Pues no mucho, la verdad. Me pareció más interesante el árbol del que habló ayer el director. Ahí plantado en medio de la nada… ¿A ti te interesan los libros, Sirius?
- Tampoco. Pero ¿por qué tienes tú interés en el árbol? ¿Quieres que te rompa algún hueso o qué?
- No hombre – rió James -. No sé, es que me parece raro. Si es tan peligroso, ¿por qué lo han plantado ahí? ¿No sería más seguro que lo hubieran puesto más lejos o en el bosque? O no haberlo plantado directamente… ¿Y cómo te puede romper los huesos? ¿Lo hace con una rama sólo? ¿Con todas? Me ha parecido curioso, nada más.
- Entonces, tendremos que averiguar cómo funciona, ¿no? – Ahora Sirius también estaba intrigado por el árbol -. Un día de estos tendremos que acercarnos a ver qué pasa.
- No creo que sea buena idea – dijo tímidamente Remus -. Si está ahí es por algo… Digo, a lo mejor sirve para ingredientes de pociones o algo así.
- Puede ser, pero aun así quisiera verlo de cerca.
Terminaron de cenar y se fueron hacia los dormitorios, discutiendo aún sobre el sauce boxeador. Allí ya se encontraba Peter, su otro compañero ya dormido, así que intentaron hacer el menor ruido posible para no despertarlo y se acostaron.
El sábado siguiente, Sirius se despertó tarde pero descansado. Miró alrededor y vio que sus compañeros de habitación ya se habían marchado y quiso quedarse un rato más en la cama, disfrutando de ese pequeño momento de soledad y pensando en los tres últimos días que habían pasado desde que dejó su casa. No se había sentido tan libre, a pesar de las obligaciones del colegio, y tan en paz consigo mismo desde hace mucho tiempo, quizá desde que era muy pequeño, cuando sus padres no lo atosigaban tanto. Sus padres. Siempre diciéndole lo importante que era su familia, el apellido, lo que tenía que hacer, regañándolo si se salía de lo que para ellos era lo aceptable. No quería pensar más en ellos, en lo que estarían pensando de él y en cómo le tratarían la próxima vez que los viera. No muy bien, seguro. Se acordó de su hermano y en que lo echaba un poco de menos, los ratos que no terminaban en peleas o en castigos. Por fin se desperezó y decidió que le escribiría una carta, así que cogió pluma, pergamino y tinta y se puso a ello.
Hola Reg,
Prometí que te escribiría y aquí estoy. Yo estoy muy bien. Esto es alucinante, de verdad, el colegio es un castillo enorme y tiene mucho terreno al aire libre, como nos dijo Andrómeda hace tiempo. Creo que te gustará cuando vengas. Al siguiente día de llegar empezaron las clases, los profesores están bien, aunque no son tan divertidos como el tío Alphard (dale saludos de mi parte, ¿vale?), pero tenemos un profesor que es un fantasma, ¿te lo puedes imaginar? Aunque es el más aburrido de todos.
Comparto habitación con otros cuatro chicos que parecen muy simpáticos, aún no los conozco bien. Uno de ellos habla demasiado, pero creo que vamos a llevarnos bien.
¿Qué tal las cosas por casa? ¿Qué tal estás tú? Espero que no te estén dando mucho la lata.
Nos escribimos,
Sirius.
Una vez que hubo terminado de escribir, se vistió, se guardó la carta en un bolsillo para mandarla más tarde y bajó a ver si no llegaba demasiado tarde para desayunar. La sala común estaba casi vacía, así que dedujo que sí, que aún estaba a tiempo.
En el gran comedor vio a James, sentado con sus compañeras de curso, contando chistes y riéndose. Le oyó casi desde la entrada. James era un poco escandaloso.
- ¿Sabéis qué le dice un boggart a otro? ¡Aaaaaah! – algunos que estaban cerca se rieron.
- No lo pillo – dijo Mary Macdonald.
- ¡Anda! Claro, eres hija de muggles, ¿no? – la chica asintió -. Entonces no me extraña, no sabrás lo que es un boggart.
- Buenos días.
- ¡Hola, Sirius! Bajas un poco tarde a desayunar.
- Me he quedado escribiendo una carta. ¿Sabéis dónde está la lechucería?
- ¡Sí! – Respondió otra de las compañeras, Anne Vaughan -. Yo estuve ayer, aunque no sabría explicarte bien, me perdí un poco. Sé seguro que está en una de las torres. Si quieres te acompaño.
- Gracias, pero iré más tarde. Ya me apañaré, pero si veo que no la encuentro, te aviso.
- Oye Potter, ¿no ibas a explicar lo que es un boggart? – preguntó Lily Evans -. Yo tampoco lo sé y tengo curiosidad.
- ¡Ah! Sí, pues es una criatura…
Y mientras Sirius desayunaba, James explicó a las chicas lo que era un boggart, ya que como eran hijas de muggles no tenían ninguna idea sobre criaturas mágicas que para ellos, de padres magos, eran comunes y corrientes. Sirius recordó que en el desván de su casa una vez sacaron uno, aunque no lo llegó a ver porque no le dejaron.
En el momento que terminó de desayunar, el amigo de Lily Evans, Snape, se acercó a la mesa de Gryffindor mientras les dedicaba a los chicos una cara de lo más desagradable.
- ¿Vamos, Lily? – apremió a la chica.
- Claro, Sev – contestó ella, levantándose.
- Oye, Quejicus… - llamó James -. Esa cara que has puesto, ¿es la que llevas siempre o es que acabas de olerte el pelo?
Algunos de los que estaban más cerca rieron. Snape se puso muy colorado y sin decir nada, Lily lo cogió del brazo y lo sacó del Gran Comedor, llevando ella ahora la cara desagradable.
- ¿Te apetece que investiguemos ese sauce boxeador? – James se volvió hacia Sirius.
- ¡Claro!
Sirius y James saltaron de sus asientos y salieron corriendo al exterior. Una vez fuera, a lo lejos Sirius vio a Lily Evans con Snape paseando por la orilla del lago. No dejaba de extrañarle la amistad entre los dos, pues casi la totalidad de la casa Slytherin mantenía las distancias con la gente nacida de uno o los dos padres muggles. A lo mejor eso era otra de las tonterías que decían sus padres, pero en esto parecía que no estaban tan equivocados.
Llegaron a la explanada donde hacían plantado el árbol, y no eran los únicos que habían tenido la idea de curiosear. Había grupos de chicos que miraban el sauce pero ninguno parecía que se atreviera a acercarse demasiado. Se arrimaron a un grupo de Ravenclaw.
- ¿Estáis pensando en ir hasta el árbol? – les preguntó James.
- Es imposible acercarse – contestó un chico alto y moreno -. Ya lo han intentado un Gryffindor de cuarto y otro de Hufflepuff de segundo. Y en cuanto se acercan demasiado… - hizo un gesto con su brazo, barriendo el aire como si diera una bofetada.
- Mirad – dijo Sirius -. Ahí parece que va otro.
En efecto, un chico mayor se aproximó muy decidido, mirando fijamente el árbol. Cuando llegó a más o menos medio metro del perímetro de las ramas el sauce se inclinó ligeramente hacia el chico y vio como el tronco se retorcía, para girar inmediatamente al sentido contrario, como si fuera un muelle. El chico saltó hacia atrás, pero no fue lo suficientemente rápido pues algunas de las ramas le alcanzaron en el brazo dándole un latigazo.
- Y ahí lo tenéis – dijo el chico de Ravenclaw -. Eso es lo máximo que se ha conseguido hasta ahora.
- Entonces, ¿no vais a probar vosotros? – preguntó Sirius.
- Aún no. Sólo estamos observando.
- Sí – dijo uno de sus amigos -. Hay que encontrar una buena estrategia.
- Bueno, pues yo lo voy a intentar – anunció James -. ¿Vienes, Sirius?
- ¡Por supuesto!
- Oye, ¿cómo os llamáis? – preguntó el chico alto -. Por poner vuestro nombre en la lápida.
- Potter. James Potter y Sirius Black – James rió -. ¡Poned también que fueron los primeros en tocar el tronco! – luego, se acercó a Sirius y le llamó en voz baja -. Sirius, tengo una idea. Si vamos cada uno por un sitio a la vez, el sauce se inclinará hacia uno de los dos y entonces el otro tendrá una oportunidad. Uno se ha de sacrificar para que el otro pueda ser un héroe.
- Buena idea, Potter. Tú por la izquierda y yo a la derecha. Veremos qué pasa, pero espero ser el héroe.
Así hicieron los dos muchachos, avanzaron y se separaron. Cuando estuvieron posicionados los dos avanzaron hacia el tronco. Cuando estuvieron a tiro de las ramas, el truco de James funcionó. Parcialmente. El árbol se inclinó hacia Sirius, quien rápidamente se apartó sin que ninguna rama le golpeara fuerte. Vio a James aproximarse corriendo al tronco, pero a mitad de camino tuvo que parar, tirarse al suelo y rodar fuera del alcance de las ramas, pues el sauce corrigió inmediatamente su inclinación para atacar a James, que por fortuna sólo salió con un pequeño corte en el brazo y un montón de hojas enredadas en el pelo.
Los chicos que habían estado mirando expectantes, les vitoreaban. Sirius corrió al lado de James, que seguía despatarrado en el suelo.
- ¡Casi lo consigues! – le animó y ayudó a levantarse.
- ¡Sí que es difícil! – dijo riendo y sacudiéndose las hojas -. Hay que ser más rápido, la próxima vez lo conseguiremos.
- Buena táctica, Potter – los chicos de Ravenclaw se habían acercado también -. Ahora tú tienes el récord, pero no descartaremos las lápidas por si lo intentáis otra vez.
- Y ahora que ya se sabe cómo acercarse, más de uno intentará arrebatarte el título – rió Sirius.
Se quedaron un rato sentados en la hierba, viendo cómo otros chicos intentaban la maniobra de distracción Potter (así la había bautizado Sirius), riéndose de las caídas especialmente tontas y analizando cada jugada, como si fueran comentaristas deportivos. Los chicos que estaban más cerca también los oían y se reían con ellos. Hasta que llegó Hagrid, el guardabosques, y los echó de allí.
- Maldita, sea. ¡Fuera de aquí! ¡Largo! Os podéis hacer mucho daño, no es un juego. ¡Fuera!
Los chicos empezaron a dispersarse. Quedaba aún un rato para la hora de la comida y Sirius decidió que ya era hora de ir a la lechucería. Según Anne estaba en una torre así que lo más probable es que la entrada se encontrara en el mismo piso que la torre de Gryffindor y por ello James también se animó a escribir una carta para sus padres, así que Sirius tuvo que esperar un rato en la sala común hasta que acabase. Allí estaba Peter, solo, con unas cartas.
- ¡Hey! ¿Qué haces?
- Un solitario – contestó el chico.
- Qué aburrido. Es mejor jugar con alguien. Oye, ¿Te vienes? En cuanto vuelva James vamos a ir a ver si encontramos la lechucería y luego a comer.
- Mmm. No, creo que me voy a quedar aquí. No les caigo muy bien a las lechuzas.
- ¿Cómo le vas a caer mal a unos pájaros?
- Me picotean – Peter se encogió de hombros.
- Bueno, como quieras – Sirius vio que James ya volvía -. Luego nos vemos.
Salieron por el retrato y empezaron a investigar la séptima planta. Había muchas puertas cerradas, otras eran salas vacías y alguna tenía pupitres y sillas apiladas y polvorientas. Había también una sala con cómodos sillones y mesas que sí que parecía estar en buen estado. Pasaron también por delante de la torre de Astronomía, había un cartel que lo indicaba, y al lado de ésta unas escaleras ocultas detrás de un tapiz que representaba una bruja sentada en una mecedora (si no hubiera habido corriente ni lo hubieran visto) y decidieron que luego bajarían por ahí, a ver dónde salían. Sirius ya se estaba cansando, parecía que estaban dando toda la vuelta al castillo, cuando otro cartel por fin les indicó que habían llegado a la lechucería.
- Si hubiéramos venido por el otro lado cuando te lo dije, habríamos llegado antes – le reprochó James.
- Puede, pero entonces no hubiéramos descubierto ese pasadizo – replicó Sirius -. Bueno, vamos a mandar las cartas y bajamos por él. Apuesto a que no es el único que hay.
Y sin más, subieron a la torre, escogieron a dos lechuzas cualesquiera del colegio y las contemplaron mientras se alejaban con sus cartas. Bajaron de nuevo y se metieron en el pasadizo detrás del tapiz. Eran unas escaleras de caracol que bajaban. Al final de las escaleras, la salida del pasadizo se tapaba con otro tapiz. Cuando lo miraron, era muy parecido al del piso superior pero con un mago en vez de una bruja. Salieron a un corredor cerca de la balconada del patio interior y contando los pisos dedujeron que se encontraban en la quinta planta. Bien, habían bajado dos pisos, pero ahora tenían que encontrar alguna manera de seguir bajando para llegar al Gran Comedor. Caminaron un rato y cuando creían que se habían perdido vieron a lo lejos a un grupo de alumnos de Ravenclaw y los siguieron, pues iban hablando de que tenían hambre y preguntándose qué pondrían de comer. Finalmente, llegaron a la escalera principal. Ya no estaban perdidos y gracias a que encontraron más gente, Sirius y James dedujeron que el pasadizo se encontraba cerca de la sala común de Ravenclaw.
James iba contando que había sido una lástima no haber averiguado también dónde estaba su sala común y que podían haber intentado colarse y comprobar si era igual que la de Gryffindor. Pero ambos reconocieron que el haber ido a la lechucería había sido productivo, pues habían encontrado un pasadizo y dónde estaba, más o menos, la torre de Ravenclaw. Al llegar al comedor estaban tan hambrientos que se pusieron a comer en cuanto se sentaron. Terminaron pronto y se fueron de nuevo a su sala común, donde estuvieron jugando toda la tarde con la baraja de cartas con la que había estado jugando Peter antes.
- Hola – saludó el chico -. ¿No habréis visto a Remus por casualidad?
- Hola, Peter – respondió Sirius -. No. Ahora que lo dices, no le he visto en todo el día. Oye, te hemos cogido las cartas para jugar un rato, espero que no te importe.
- No, no importa. Bueno, voy a ver si le encuentro.
Y el chico se marchó por el retrato. Al bajar a cenar, tampoco había rastro de ninguno de los dos chicos. Ni al volver a la sala común, aunque era posible que se hubieran cruzado en el camino, porque terminaron pronto de cenar y volvieron rápido a jugar a las cartas. James y Sirius se habían picado con el juego y James se empeñaba en tomar la revancha de las cuatro partidas que Sirius llevaba de ventaja.
Ya era tarde, y aunque los más mayores parecía que tenían ganas de charlar y armar escándalo, Sirius estaba cansado y se fue a acostar. Al llegar a su habitación, Peter ya estaba metido en la cama (Sirius no se acordaba de haberle visto volver), aunque despierto, sin embargo la cama de Remus estaba perfectamente hecha.
- No llegaste a encontrarle, ¿no?
- No.
- ¿Estará enfermo? – Sirius se acordó de que había visto a su compañero vomitando hacía poco - En la sala común no le he visto, y no creo que esté por el colegio, a estas horas pueden castigarnos.
- No sé.
Pero Remus no apareció ni al día siguiente, ni el lunes. Sirius ya empezaba a preocuparse y planteándole a James ir a ver si estaba en la enfermería, cuando apareció el martes a la hora del desayuno, seguido de Peter. Cuando le preguntaron les dijo que había estado enfermo, que desde que llegó no se encontraba demasiado bien (una gripe) y que había estado todo el fin de semana recuperándose en la enfermería. Lo que más le preocupaba a Remus era el día que había perdido de clase, pero se quedó más tranquilo cuando Peter y las chicas se ofrecieron a dejarle sus apuntes, pues ni James ni Sirius se habían molestado en tomarlos.
Conforme avanzaban las clases, ya empezaron a usar las varitas y las lecciones empezaban a ser más divertidas. Sirius encontró que los encantamientos se le daban especialmente bien. Empezaron aprendiendo Wingardium Leviosa, aunque en realidad Sirius ya lo había probado con éxito antes y al ver que realizaba el hechizo a la primera, se ganó 10 puntos para Gryffindor de parte del profesor Flitwick. Puntos que más tarde perdió por dedicarse a molestar al resto de sus compañeros haciéndoles cosquillas con la pluma que tenía que hacer levitar. Transformaciones tampoco estaba nada mal, pero aún seguían con la teoría, al igual que en Defensa Contra las Artes Oscuras en las que de momento, el profesor Animus tan sólo se limitaba a hablar de las diferentes criaturas mágicas que podían encontrarse en un paseo por el bosque. Pociones había resultado entretenida, pero de no ser por James, al que se le daba bastante bien porque sus padres fueron dueños de una célebre fábrica de pociones, Sirius hubiera conseguido algún que otro desastre con su caldero. Herbología no le resultó atractiva, no le llamaba especialmente la atención las plantas, pero el tiempo que pasaban en el invernadero era también un tiempo de diversión ya que mientras cuidaban las plantas según las indicaciones de la profesora Sprout podían charlar tranquilamente. La asignatura que Sirius encontraba más aburrida era sin duda Historia de la Magia, pues el profesor con su voz monótona no ayudaba a que fuera más amena, al contrario, algunas veces aprovechaba esa clase para echarse una siestecita. Y de Astronomía, lo que más le emocionaba era que la clase se daba en una de las torres, al aire libre. Aparte de eso, también encontraba un tostón tener que aprenderse de memoria todas las constelaciones y estrellas En la familia Black acostumbraban a poner como nombre a sus miembros los nombres de estrellas, incluido el suyo propio, y por eso conocía el nombre de unas cuantas por el árbol genealógico que veneraban sus padres y quizá por eso no le gustaba demasiado.
La novedad en la rutina de clases llegó a finales de septiembre, cuando un aviso en el tablón de la sala común anunciaba el inicio de las clases de vuelo para los de primero, que se realizaría el día siguiente después de la última clase.
- Genial, aunque sea una clase, por lo menos podemos subirnos a una escoba – iba diciendo Sirius camino del campo de quidditch.
- Si, pero no creo que nos dejen hacer mucho, si tienen que aprender los que nunca han montado en una – le contestó James.
- Y esa es una de las razones por las que los de sangre limpia somos mucho mejores – Sirius se dio la vuelta y vio que los cuatro chicos de Slytherin venían detrás de ellos. El que hablaba, para variar, era Avery, su cabecilla.
- Si solo hubiera gente como nosotros en el colegio, estas clases no serían necesarias – corroboró Mulciber.
- Pues vosotros no tenéis mucho de qué alardear – contestó Sirius -. Voláis de pena. Os vendrán bien las clases.
- ¿Y se puede saber cuándo nos has visto volar? – preguntó Avery, desafiante.
- En la boda de mi prima Bellatrix, el año pasado. Iba a haberme acercado, pero como te caíste tres veces de la escoba y acabaste llorando, me fui. No me gusta juntarme con llorones.
Sirius por fin recordó de dónde le sonaba la cara del chico. En realidad lo que había dicho era una verdad a medias. Era verdad lo relacionado al chico, pero no era cierto que fuera a ir a jugar con ellos, en realidad en ese momento no tenía ningún interés en juntarse con cualquier persona que hubiera ido a la boda. Avery empezaba a ponerse colorado. Los chicos de Slytherin hicieron amago de sacar sus varitas, pero habían llegado al campo y la profesora estaba esperando ya a los alumnos, así que se quedaron murmurando entre ellos. Cuando llegó el resto de alumnos, la señora Hooch pasó lista y les hizo ponerse a cada uno al lado de una escoba de las que había en una hilera en el suelo.
- Bien, niños. Lo primero que tenéis que hacer es elevar la escoba. Extended una mano y decid con fuerza. ¡Arriba!
- Profesora – llamo James, con la escoba ya en la mano -. Los que ya sabemos volar ¿tenemos que hacerlo también?
- Los que dicen que saben volar tendrán que hacer exactamente lo mismo que sus compañeros – le reprochó la señora Hooch, mirándole inquisitivamente - ¡Vamos! Que es para hoy.
Sirius también tenía la escoba en la mano, igual que James y mientras esperaban, contemplaron a sus compañeros de Slytherin. Avery, Mulciber y Burke tampoco tardaron en elevar sus escobas, pero parecía que a Snape le costaba más trabajo. James dio un codazo a Sirius y empezaron a reírse por lo bajo.
- Mira a Quejicus, no tiene ni idea.
La escoba de Snape rodaba por el suelo mientras las risas de Sirius y James empezaban a subir de tono, pero casi todos sus compañeros estaban absortos en levantar sus escobas excepto Lily, que les miró fulminantemente. Al fin los chicos dejaron de reír cuando por fin todos consiguieron tener en el aire su respectiva escoba.
- Muy bien. El siguiente paso es montarse en la escoba y tratar de elevarse un metro. ¡Sólo un metro! – la profesora miró exclusivamente a James mientras decía esto.
Y así hicieron, un metro. Sirius miró a James, el cual estaba observando divertido a su vez al resto de la clase con las manos detrás de la nuca, estático encima de su escoba. Si la señora Hooch hubiera sacado un metro, a Sirius no le hubiera sorprendido que la escoba de James estuviera a un metro exacto del suelo y se preguntó cómo era capaz de tener ese chico tanta seguridad. Se rió, parecía que su amigo quería demostrar a toda costa que la escoba era como un apéndice suyo. Como la vez anterior, los que no habían tocado nunca una escoba tuvieron más dificultades. Algunos, como Peter, se cayeron un par de veces, otros no conseguían mover ni un milímetro su escoba. Al fin, la señora Hooch suspiró.
- Está bien, Potter y los que más o menos sepan volar, pueden dar una vuelta por el campo. Pero no quiero más altura de dos metros ¿Entendido? ¡Y nada de carreras!
Poco a poco, los que ya estaban preparados, fueron saliendo hacia el campo mientras la profesora ayudaba a los más rezagados a mantenerse en sus escobas. Sirius sintió el agradable viento sobre la cara mientras daba una vuelta al terreno, James iba a su lado tranquilamente hasta que se aburrió, aceleró y empezó a hacer requiebros alrededor de los postes de gol, volaba realmente bien. Sirius se animó y empezó a hacer lo mismo. Los de Slytherin los miraban de reojo y con aparente envidia. James se dio cuenta y empezó a volar alrededor de ellos, para provocarles, pero no surtió efecto, parecía ser que aún no se atrevían a mover demasiado sus escobas, alguno de ellos aún volaba a trompicones. Al rato oyeron un silbato y la señora Hooch empezó a hacerles señas para que regresara todo el mundo a su lado, les indicó dónde debían dejar las escobas y dio por finalizada la clase. Cuando ya se disponían a regresar al castillo, la profesora llamó.
- Señor Potter, he visto cómo vuela. Le informo que, aparte de las clases, los sábados por la tarde el campo de quidditch está abierto a todo el mundo que quiera mejorar o entrenar. Si viene de vez en cuando me sorprendería que el año que viene no estuviera en el equipo de su casa.
- Gracias, señora Hooch.
- Pienso bajar todos los sábados desde ahora – le dijo a Sirius cuando ya se alejaban -. Como que me llamo James Potter que el año que viene estoy en el equipo. ¿Me ayudarás? Bueno, si tú también quieres entrar en el equipo, pues nos ayudaremos. Tampoco vuelas nada mal.
- Vale. Si no tengo nada mejor que hacer, te acompañaré, me gusta volar y el quidditch, pero no sé si tanto como para entrar en el equipo.
