Septiembre dio paso a Octubre y con el cambio de mes también llegó el cambio de estación. No quedaba ni rastro ya del verano, los árboles empezaban a tener un tinte rojizo y sus hojas empezaban a caerse. El viento soplaba ya frío y los días cada vez más lluviosos. Sirius se había acostumbrado a pasar las tardes al aire libre y el tener que quedarse dentro del castillo lo hacía ponerse de mal humor, no le gustaba sentirse encerrado como si estuviera de vuelta en su casa en Londres. Por eso, siempre que James le animaba a dar una vuelta por el colegio para buscar nuevos escondrijos y pasadizos iba con él, por lo menos estaba entretenido. Hasta el momento ya habían encontrado dos más. Uno que comunicaba el sexto piso con el tercero y otro que bajaba desde el primero hasta más debajo de las mazmorras de pociones, aunque en este último no llegaron a salir a ver qué había en esa planta, porque Filch, el conserje, los había pillado y castigado por ello.

- Vaya, vaya – dijo el hombre -. Merodeando por sitios prohibidos, ¿eh? Bien, estáis castigados. Busquemos a un profesor y veamos qué castigo os ponen. Si por mí fuera, os colgaría del techo por los pulgares, pero para suerte vuestra no me dejan.

Quien se ocupó de ponerles el castigo fue el profesor Slughorn, que fue el primero a quien encontró Filch. Tras convencer al profesor de que se habían perdido y que no sabían que no se podía ir a ese sitio, el castigo resultó sólo en copiar unas cuantas líneas. Sin embargo, el castigo no les impidió seguir buscando siempre que tenían ocasión, aunque a partir de ese momento siempre con más cuidado para que nadie les viera.

A mediados de Octubre, Sirius recibió carta de Regulus. Desde que empezó el colegio, Sirius le había mandado ya unas cuantas cartas, pero no había obtenido respuesta hasta ese día. Reconoció una de las lechuzas de su padre, que llegó durante el desayuno.

Sirius,

Me alegro que estés bien y que ya hayas hecho amigos. Pero voy a ser directo. En casa estamos todos muy disgustados contigo. Madre no hace nada más que lamentarse y padre está todo el día enfadado, aunque supongo que poco a poco se les irá pasando. Personalmente, el que estés en Gryffindor no me parecería tan malo si no fuera porque has roto la promesa que me hiciste, ya no vamos a poder estar juntos en el colegio, porque yo sí quiero ir a Slytherin. Ya sé que no depende de uno mismo, pero eso no quita que esté enfadado contigo.

Por suerte para ti, ha ocurrido algo que ha hecho olvidar un poco tu asunto al resto de la familia. Pensé que deberías saberlo, porque te llevabas muy bien con ella: Andrómeda se ha fugado de casa para casarse con un hijo de muggles. Te puedes imaginar cómo están todos. Madre ya ha quemado su retrato del tapiz.

Un abrazo,

Regulus.

PD: Aunque esté enfadado, espero que vengas a casa por Navidad.

- ¡Ja! – rió Sirius sarcásticamente –. Esto se está poniendo divertido.

- ¿Qué ocurre? – Preguntó Remus cautelosamente.

- Una de mis primas, Andrómeda, hermana de Narcisa, sí hombre… - explicó Sirius a Remus, que no la conocía – la chica rubia que va siempre colgada del brazo de Malfoy, el Premio Anual de Slytherin… Esa. Pues su hermana se ha ido con un nacido de muggles.

Sirius dio un vistazo rápido a la mesa de Slytherin y comprobó que Narcisa no estaba allí.

¿Se habría enterado ya de la noticia? Seguro que sí y la vergüenza no la dejaba salir en público, Narcisa era así de idiota.

- No entiendo… ¿qué tiene eso de malo?

- ¿No te acuerdas del vociferador que me mandaron a principio de curso? – Ahora Remus parecía empezar a entender, porque asintió y puso los ojos como platos -. Pues eso, si conmigo estaban horrorizados por haber ido a una casa que no consideran buena, imagínate lo que deben de pensar de ella. Pobre. Me alegro mucho por ella, ojo, pero ya no la consideran ni de la familia, por lo que dice mi hermano.

- ¿Te dice algo más en la carta? – preguntó James, al ver que Sirius estaba algo serio.

- Que siguen igual enfadados conmigo. De mis padres me lo esperaba pero no de Reg. Supongo que tiene derecho a enfadarse, según él he roto una promesa que le hice. Le dije que el año que viene estaríamos juntos en el colegio – explicó a ver las caras de sus amigos.

- Pero eso no sabe si va a pasar o no…

- Lo dudo, la verdad. Él es todo lo contrario a mí. Nunca haría nada que disgustara a nuestros padres, así que lo más probable es que acabe en Slytherin. Y por mucho que pasáramos juntos las tardes, no es lo mismo. Es más, me sorprende que no le hayan prohibido hablar conmigo. Bueno, creo que voy a llevar a Palas a la lechucería.

- Voy contigo – dijo James levantándose de un salto -. Así aprovecho a escribir también a mis padres. ¿Os venís?

- Tengo que hacer el trabajo de Transformaciones – dijo Remus y Peter se encogió de hombros.

Al subir hacia la lechucería, pasaron primero por la torre de Gryffindor y James se acercó a una de las mesas en las que unos chicos de quinto estaban estudiando y cogió un trozo de pergamino, una pluma y un tintero (Luego os lo devuelvo) y ambos salieron por el hueco del retrato.

Ya en la lechucería, Sirius contestó a su hermano con un escueto Gracias por las noticias, te escribiré más adelante y, por si acaso, nos veremos en Navidad, ya que no quería que su hermano tuviera problemas si recibía muchas cartas suyas porque no sabía bien si la falta de cartas por su parte se debía al enfado o porque no le extrañaba que limitaran el contacto con él. Aprovechó también el pergamino que había cogido James para escribir a su prima Andrómeda, quería felicitarla por su próxima boda y que supiera que a él no le importaba que se hubiera fugado con un muggle. Estuvo acariciando a su lechuza mientras James terminaba, que parecía que estaba escribiendo un libro a sus padres.

- No sé qué tanto tienes que contarles, si les escribiste antes de ayer.

- Cosas, Black. Muchas cosas. Como que me manden más chicles explosivos –James rió.

- ¿No pensarás volver a ponerlos en las patas de las sillas? – Sirius se reía con su amigo -. A Flitwick no le hizo mucha gracia…

- Pero la cara de susto que puso Durham mereció la pena.

Mientras bajaban de la lechucería se cruzaron con Narcisa, que subía. Tenía mala cara e iba despeinada y con los ojos rojos, señal inequívoca para Sirius de que ya conocía la noticia sobre su hermana y que no le había hecho ninguna gracia. No se pudo contener en pincharla un poco más.

- ¡Oye, Prima! ¿Has tenido alguna noticia de Andrómeda recientemente?

- ¡Sirius! Sirius, por favor – Narcisa se había acercado a Sirius, cogiéndole la mano y suplicándole, lo que descolocó al chico -. Por favor, habla con ella. Ella te tenía mucho aprecio, si todos le decimos que vuelva es posible que recapacite, aún está a tiempo para volver. Por favor, Sirius, ¿lo harás?

- Eh… Yo… Lo siento, Narcisa, no puedo hacerlo.

- ¿Por qué? Por favor, Sirius, ayúdame a convencerla para que vuelva con nosotros, su familia.

- No puedo y no quiero hacerlo. Lo Siento. Si ella es feliz así sólo puedo alegrarme por ella.

- Pero tú no lo entiendes, ¿qué va a ser de ella?, desheredada y sin dinero, ¿no ves que se está condenando? Ninguno de nosotros va a querer hablar con ella más, la vergüenza que va a pasar y está haciendo pasar al resto de la familia. Y Bella… Además, ya estaba todo arreglado para que se casara con un hombre de buena familia y va ella y se larga con un hijo de muggles. ¿No querrías desearla lo mejor? ¿No harías tú lo mismo por tu hermano?

- ¿Eso es lo que realmente te importa? ¿Que no se case con un sangre limpia? La sangre debería ser lo de menos, si de verdad quieres lo mejor para ella, eso debería ser que se casara con quien quisiera, no con quien más convenga a la familia. ¿Tú estás con ese estirado de Lucius por su sangre o porque te gusta? Y diría lo mismo si algo parecido le pasara a Regulus, le apoyaría con lo que fuera aunque eso suponga enfrentarme a la familia.

- No metas a Lucius en esto – la súplica se había eliminado del rostro de Narcisa, había puesto el dedo en la llaga.

- Entonces supongo que tienes suerte de que te guste alguien a quien aprueban tus padres, me gustaría verte si no fuera así.

- Eres despreciable, Sirius.

- No soy yo quien desea que mi hermana sea infeliz por contentar a la familia y evitar una vergüenza que no lo es en absoluto. Vámonos, James.

Sirius comenzó a andar, dejando atrás a Narcisa. James, que había presenciado la escena en silencio, corrió tras su amigo.

- Jo. Y yo que pensaba que exagerabas con tu familia.

- Pues ya ves que no. Es más, creo que me quedo corto.

El encuentro con Narcisa le había dejado de mal humor y eso, junto con el mal tiempo, terminó de arruinar el día de Sirius, que se encerró en su habitación intentando arreglar su radio mágica. Se le daba bien arreglar cosas y esperaba que centrarse en ello le ayudara a olvidarse de la discusión.

El último día de Octubre llegó con un gran revuelo en la sala común de Gryffindor. Los cuatro chicos de primer curso bajaron a desayunar. Al llegar al Gran Comedor, Sirius vio que la excitación se extendía también al resto de las casas. Pudiera ser por el banquete de Halloween de esa noche, pues el comedor estaba decorado para la ocasión con grandes calabazas, innumerables telas con sus arañas y una bandada de murciélagos que sobrevolaban las mesas, pero Sirius prefirió asegurarse y pregunto a uno de los prefectos, que se encontraba junto a él desayunando en la mesa.

- Oye, Longbottom, ¿qué ocurre hoy, por qué este alboroto?

- Ah, claro, vosotros no lo sabéis… El colegio programa salidas de vez en cuando al pueblo de Hogsmeade, pero es sólo para los de tercero en adelante.

- ¡Anda! ¿Y por qué los de primero y segundo no podemos? – Protestó James.

- Ni idea, siempre ha sido así – respondió Longbottom -. Y vuestros padres os tienen que firmar una autorización. Si no, tampoco podéis ir.

- Pues vaya lata. Allí está la tienda de artículos de broma más famosa del mundo mágico. Estaría guay poder ir, ¿verdad Sirius?

- Estaría genial. Me gustaría poder comprar algunas bombas fétidas para tirárselas a Filch en sus narices. ¿Si te las encargo, me las traerías, Longbottom?

- Eh… No, creo que no. Tendría que quitar puntos a nuestra propia casa después de dártelas, sabiendo para qué las vas a usar – rió el aludido.

- Recuérdame que si te encargo algo, no te diga para qué es – dijo Sirius también riendo.

- Bueno, yo me marcho, ya. Sed buenos – Frank Longbottom se despidió de ellos, levantándose y saliendo por la puerta del comedor con sus amigos.

- Podríamos intentar ir también – propuso James -. Seguro que con todo el revuelo de gente saliendo, ni se enteran. ¿Qué os parece?

- Me apunto – respondió Sirius de inmediato.

- No creo que sea tan sencillo – dijo Remus -. Pero me gustaría ver cómo lo intentáis.

Cuando hubieron terminado de desayunar, los cuatro chicos se posicionaron en el vestíbulo, calculando cuándo había más afluencia de gente hacia el exterior para poder pasar más desapercibidos.

- Ahora – anunció James -. Vamos, Sirius. Deseadnos suerte, chicos.

Los dos caminaron decididos y disimulando hablando entre ellos. Una vez fuera, creía que lo habían conseguido cuando una voz los detuvo.

- Potter, Black. ¿Dónde creen que van? - Se dieron la vuelta, la profesora McGonagall estaba detrás de ellos.

- A pasear por el lago, profesora – dijo James, sin dudar.

- Buen intento, Potter. Podréis salir cuando se vaya el último de los alumnos a Hogsmeade. Adentro ahora mismo o me veré obligada a castigaros.

Volvieron al castillo, derrotados. En el vestíbulo todavía estaban Remus y Peter. Remus se empezó a reír en cuanto los vio de vuelta.

- Una visita rápida, ¿eh? – dijo.

- Calla, calla. En cuanto podamos salir de nuevo, iremos a investigar – anunció James -. Antes de que McGonagall nos pillara he visto que todos bajaban por un camino de tierra hacia la derecha. ¿Te vienes, Remus?

- Creo que no. No me apetece pasarme Halloween castigado.

- Pues si cambias de opinión estaremos fuera.

Remus se marchó, seguido de Peter que, para variar, nunca decía nada. Sirius y James se quedaron sentados en las escaleras, esperando a que los alumnos más mayores terminaran de salir. Cuando el último de ellos hubo salido, McGonagall entró en el vestíbulo, los miró detenidamente y suspiró antes de hablar.

- Ya podéis salir afuera. Pero os advierto que aunque lo intentéis no vais a poder salir por las puertas exteriores.

- Gracias, profesora.

Los dos chicos salieron y vieron que los últimos alumnos que llevaban rumbo a Hogsmeade aún se divisaban por el camino y fueron en su dirección. Tras un largo trecho, llegaron a unas verjas de hierro decoradas con cerdos alados que estaban abiertas de par en par. Sirius avanzó decidido, pero al llegar a las puertas mismas, se tropezó con un muro invisible, cayéndose de culo al suelo. Al verlo, James se empezó a partir de risa. Como venganza por reírse de él, Sirius le tiró un puñado de hojas caídas de los árboles cercanos. Cuando consiguieron calmarse y que se les pasara el ataque de risa, los dos se acercaron al hueco de las rejas y comprobaron que, aunque tiraban piedras y éstas atravesaban normalmente la puerta, a ellos no les dejaba avanzar.

- Ya me extrañaba a mí que McGonagall se quedara tan tranquila dejándonos salir – comentó Sirius.

- Sí. Debe estar encantada para que puedan salir sólo los que tienen autorización. Qué fastidio, vamos a tener que esperar hasta estar en tercero.

- Intentemos seguir los muros, puede que haya algún hueco - propuso Sirius.

- Por ese lado no – dijo James, señalando hacia la derecha -. El muro termina en el lago y no me apetece bañarme ahora.

- Pues vamos por el otro lado. Además, yo no sé nadar, así que el lado del lago, descartado – Y comenzaron a caminar a lo largo del muro por la parte de la izquierda.

- ¿Cómo que no sabes nadar? – preguntó James, sorprendido.

- Al vivir en el centro de Londres, no hay muchos sitios en los que pueda nadar – respondió Sirius -. Y las veces que hemos ido a casa de mis primas, que sí que tiene una laguna cerca, no han considerado que mereciera la pena enseñarnos, dicen que para eso está la magia.

- Pero, ¿y si no tienes una varita a mano? ¿O no conoces ningún hechizo para no ahogarte o nadie cerca para ayudarte?

- Pues supongo que me ahogaría. Tampoco creo que les importara mucho si lo hiciera.

- ¡Venga! No seas tan cenizo. Pues te voy a enseñar a nadar. No se cómo ni donde, pero te prometo que te enseñaré.

- En el lago no, que prefiero morir ahogado a congelarme. Y está el calamar gigante. Tampoco me apetece conocerlo – rió Sirius.

Y hablando de las posibilidades de dónde poder bañarse calentitos y sin criaturas que molestaran recorrieron una buena parte del muro. Éste parecía rodear el castillo. Había árboles a los lados, pero no lo suficientemente cerca como para trepar a ellos y de allí poder saltar al muro. Tampoco encontraron ninguna grieta, parecía que los profesores lo tenían bien controlado para que nadie pudiese escapar de allí sin permiso. Cuando se cansaron, decidieron volver, ya casi era la hora de comer y tenían hambre.

Al acercarse al castillo, vieron que se estaban aproximando por la parte trasera. Nunca habían estado por esa parte y el aspecto de los terrenos contrastaba con el césped limpio y cuidado que tenían por la parte más transitada. Allí los matorrales y zarzas campaban a sus anchas. Hubieran cambiado de rumbo hacia la puerta principal de no ser porque a Sirius se le antojó coger unas moras tardías que había visto en los arbustos. Ya llevaba los bolsillos casi llenos de los frutos, pero al ir a recoger los que estaban del otro lado de la zarza, se tropezó con algo que había en el suelo.

- ¡James! ¡Mira esto! – gritó mientras retiraba del suelo algunas ramas y hojas secas -. ¡Una trampilla!

Sin pensárselo mucho, ambos muchachos limpiaron el resto de maleza que había y dejaron al descubierto un tablón de madera con una argolla, que era con lo que había tropezado Sirius. Durante un instante, se miraron y sin mediar ninguna palabra, los dos tiraron de la argolla con todas sus fuerzas. Nada. No se abría.

- Espera – dijo James al tiempo que sacaba su varita -. ¡Alohomora!

Se oyó un click y ahora sí, cuando tiraron de la argolla, la trampilla se abrió con total facilidad dejando al descubierto unas escaleras de piedra que bajaban. Por supuesto, los chicos se adentraron por el hueco, cerrando tras de sí de nuevo la trampilla (¡Fermaportus!). Al hacerlo, se quedaron completamente a oscuras, encendieron sus varitas y a la tenue luz que arrojaban comenzaron a bajar por las escaleras. No bajaron mucho cuando las escaleras se acabaron y llegaron a un corredor húmedo y estrecho. Éste discurría en línea recta y tras unos metros vieron una luz que provenía del fondo, el pasadizo se acababa ya. En el fondo, parecía haber un cristal que separaba el corredor de lo que parecían las mazmorras del castillo. Mientras investigaban cómo abrir el cristal, oyeron unas voces y se quedaron escuchando.

- Nos lo vas a tener que demostrar. Esta noche, con el banquete estará todo el mundo distraído – Sirius se asomó lo que pudo por el cristal, mirando en la dirección de dónde venían las voces, quería ver quién estaba hablando pero a la vez no ser visto. Era Avery, con sus compañeros de Slytherin.

- ¿A quién? – habían reconocido la voz de Snape.

- Eso da igual, quien sea – las voces se alejaban.

Cuando ya parecía que no se oía a nadie, volvieron a intentar empujar el cristal, que se separó de la pared sin mucho esfuerzo y salieron al pasillo. Efectivamente, estaban en las mazmorras y el cristal en realidad era el gran espejo con marco barroco por el que siempre pasaban camino del aula de Pociones.

- ¿Qué estarán tramando los de Slytherin? – preguntó Sirius a James.

- Ni idea. Pero sea lo que sea parece que va a ser esta noche. Tendremos que vigilarlos en el banquete.

Subieron despacio al comedor, cuidándose de no alcanzar a Avery y los demás, no fuera a ser que sospecharan que los habían oído de algún modo. Al entrar, vieron que ellos ya estaban sentados y comenzando a comer. Sin dejar de mirarlos, Sirius y James encontraron un sitio al lado de Remus en su mesa y, mientras comían, le contaron todo lo que habían descubierto esa mañana.

Vigilaron a los de Slytherin durante toda la comida, pero no vieron nada fuera de lugar. Cuando terminaron de comer, se levantaron y James y Sirius, seguidos por un receloso Remus se levantaron también. Los Slytherin se fueron por el camino que conducía a las mazmorras, mientras que a los Gryffindor no les quedaba otra que subir hacia su sala común. Allí pasaron lo que quedaba de la tarde echando una partida al ajedrez mágico, el cual a Remus se le daba extraordinariamente bien y él y Sirius protagonizaron una encarnizada batalla que suscitó una inusitada expectación entre sus compañeros de casa.

- Bien jugado, Remus – dijo Sirius, finalmente asumiendo su derrota -. La próxima no te dejaré jugar tanto con los alfiles.

Y comentando la partida y riéndose llegaron al gran comedor, sentándose con el resto de sus compañeros de curso. James había cogido dos ojos de gelatina y se los estaba poniendo en los suyos y haciendo cómo que se le caían y Sirius, con una dentadura de vampiro de gominola hacía como que mordía a Mary Macdonald, ganándose unas buenas risas de sus compañeras.

- Oye, ¿habéis visto a Peter? – preguntó Remus cuando ya casi habían terminado su comida.

- No. Casi nunca baja con nosotros – contestó James.

- Es un poco rarito – corroboró Sirius -. Nunca habla. Y a las horas de comer o baja antes que nosotros o cuando ya hemos terminado. Parece que es él quien nos evita.

- Siempre le veo solo. Quizá es tímido. Si le insistimos un poco más, igual se anima.

- Pues yo es que siempre hablo para todos, no para vosotros exclusivamente y eso también le incluye.

- A lo mejor necesita que se lo digamos a él.

- Pues a lo mejor tienes razón, Remus.

Los chicos se encogieron de hombros, terminaron de comer y James le dio un codazo a Sirius en las costillas, sus compañeros de curso de Slytherin se levantaban de la mesa y salieron del Gran Comedor. No había mucha gente por los pasillos ya que aún no había terminado el banquete, por ser Halloween habían prorrogado la hora de terminar e irse a dormir y la mayoría de los estudiantes aprovechaban hasta el último minuto para volver a los dormitorios. Iban subiendo por el primer piso cuando una voz que venía de un pasillo les hizo detenerse.

- No grites o va a ser peor para ti – Sirius reconoció la voz de Avery.

- N… n… no, no gr… gritaré, pero soltadme – Era Peter.

- Venga Severus, que no tenemos mucho tiempo.

- No, no, por favor… ¡Sí! Sí, me dejaré p… p… pero no me hagáis daño, por favor.

Sirius, James y Remus corrieron a toda prisa, varita en mano. La escena que se les presentó era a Avery, sus amigotes Mulciber y Burke sujetando a Peter mientras Snape sostenía su varita en alto, dispuesto a lanzar cualquier hechizo.

- ¡Dejadlo en paz! Meteos con alguien de vuestro tamaño – bramó Sirius, olvidando su varita y derribando con el hombro a Mulciber, el más grande de ellos.

- ¡Furnunculus! – lanzó a la vez Remus hacia Burke.

- ¡Petrificus Totalus! – James apuntó a Snape y le dio de lleno, cayendo éste al suelo al momento.

Avery, al verse sobrepasado, salió corriendo, lo mismo que los otros dos que aún podían moverse, Burke con las manos tapándose las pústulas que empezaban a salirle en la cara.

- ¡Peter! ¿Estás bien? – James se acercó al chico, que se había desplomado en el suelo, llorando.

- S… Sí, creo que sí.

- Pues vámonos de aquí antes de que nos vean – apremió Sirius.

- ¿Y qué hacemos con él? – preguntó Remus señalando a Snape.

- ¿Quejicus? Yo no me preocuparía mucho por él –contestó James -. Se le pasará en un rato. Vamos.

Los cuatro chicos corrieron sin parar hasta el dormitorio deteniéndose únicamente para darle la contraseña (murciélago de caramelo) a la señora gorda. Se sentaron cada uno en su cama.

- Vaya chicos – dijo Sirius -. No sabía que dominarais esas maldiciones.

- Hay que conocer la táctica del enemigo – dijo James -. Bueno, Peter, ¿nos vas a contar lo que ha pasado?

- Yo… bueno… en realidad no se… bajaba a cenar y de repente aparecieron esos de Slytherin y me cogieron. Le decían algo al del pelo grasiento, Snape, de que tenía que demostrar no sé qué – de pronto, Peter rompió a llorar de nuevo -. Gracias ch… chicos… muchísimas gracias… Si n… no… hubierais apa… aparecido no sé qué m… me… hubiera pa… pasado...

- Tranquilo, Peter – Remus se acercó a consolar al chico -. Ya ha pasado.

- Pe… pero… si os hubieran vi… visto… habríais tenido pr… problemas... Por mi cu… culpa...

- No importa, Peter. Estabas en un apuro y te ayudamos, nada más – dijo James.

- P… pero… si se chivan…

- No se van a chivar – sentenció Sirius -. Es su palabra contra la nuestra. Si se lo dicen a alguien, contaremos lo que pasaba en realidad y tendrían que explicar por qué eran cuatro contra uno. Cobardes.

- Exacto – corroboró James -. Además, ¿Por qué bajabas tan tarde a cenar?

- Yo… bueno…

- Es igual – interrumpió Remus -. A partir de ahora bajarás con nosotros. Así les será más difícil volver a pillarte desprevenido.

- Por supuesto. Además, los Gryffindor cuidamos de los nuestros.

- ¿De los vuestros? Soy… ¿Soy de los vuestros?

- ¡Pues claro hombre!

- Sí. Aunque para ser de verdad de los nuestros tendrás que hechizar a unos cuantos Slytherin…

- ¡Sirius!

- ¡Que es broma! Claro que eres de los nuestros.

Los tres amigos se echaron a reír y Peter dejó de llorar y esbozó una tímida sonrisa.

Eso era lo que estaban tramando los de Slytherin, habría que tener cuidado con ellos. A partir de entonces Peter ya siempre andaba con ellos a todos sitios y no solo por si los de Slytherin tomaban represalias, sino porque de verdad empezaron a considerar a Peter uno más de la pandilla. Empezaba a ser más abierto con sus compañeros de habitación y parecía que había ganado algo más de confianza.