Los primeros copos de nieve coincidieron con los primeros días de Diciembre. Al principio todo el mundo estaba entusiasmado con ella, los chicos hacían guerras de bolas nieve en cualquier rincón, Sirius y James llegaron a quedarse castigados por ser los autores de una auténtica avalancha de bolas que acabó con un ataque de pánico de un chico de primero de Hufflepuff al quedar sepultado hasta el cuello en bolas. En realidad el objetivo habían sido los de Slytherin, pero un golpe de mala suerte había querido que el pobre chico pasara por allí antes.

Tras cuatro días seguidos de nevada, ya no fue tan divertido, la nieve acumulada en el exterior no les permitía salir del castillo, ni siquiera el que se suspendieran las clases de Herbología fue un alivio, ya que la profesora Sprout a cambio les había mandado hacer un trabajo larguísimo sobre las plantas invernales y sus propiedades, así que pasaban esas horas libres en la sala común o en la biblioteca haciendo el dichoso trabajo.

Después de terminar el temporal, el ambiente festivo de las Navidades y las vacaciones empezaron a animar a los habitantes de Hogwarts. A todo el mundo, excepto a Sirius, que no le hacía ninguna ilusión volver a su casa. La perspectiva de pasar dos semanas encerrado en su casa con sus padres dándole la lata por no respetar las tradiciones de los Black no era muy halagüeña, aunque tenía la esperanza de poder hablar con Regulus más tranquilamente y que por lo menos las cosas no hubieran cambiado mucho entre ellos.

Sirius había metido en su cartera tan sólo los libros que necesitaba para hacer algunas tareas que les habían mandado los profesores y se dirigió junto con sus compañeros de cuarto hacia una de las carrozas que esperaban en la puerta del colegio a que subieran los alumnos para llevarlos a la estación de Hogsmeade. Ya en el tren, el mal humor de Sirius era tan evidente que ni James con sus bromas era capaz de animarlo, a pesar de que Peter se partía de risa. Remus le miraba con lástima mientras jugaban una última partida de ajedrez en completo silencio. Al llegar a la estación de Londres, se le puso un nudo en el estómago, le parecía que dejaba atrás todo lo bueno y no tenía ninguna gana de enfrentarse a sus padres.

Al bajar del tren, Remus y Peter se despidieron, que nada más pisar el andén habían localizado a sus padres y se fueron corriendo con ellos. James acompañó un rato a Sirius hacia el final del andén, donde estaban los señores Potter. Sirius no sabía bien a quién buscar, quién iba a ir a recogerle, si es que iba alguien, pero un poco más atrás, por fin vio a Walburga Black, estirada, con un elegante abrigo y suspiró, como para darse ánimos a sí mismo.

- ¿Esa es tu madre? – dijo James -. Da un poco de miedo.

- Miedo no, pero sí es odiosa. En fin, feliz Navidad. Nos veremos a la vuelta si es que no me han matado antes.

- Ánimo, que son sólo dos semanas. Si ves peligrar tu vida, escribe y voy al rescate inmediatamente. ¡Feliz Navidad!

Sirius sonrió un poco ante las palabras de su amigo y volvió a coger aire.

- Madre – saludó Sirius.

- Los Potter – dijo ella, torciendo un poco el gesto. No era una pregunta -. Por lo menos son de sangre limpia.

Y sin mediar una palabra más, cogió a Sirius por el hombro con unos dedos como si fueran garras y se desapareció junto con él para aparecer justo en la entrada de su casa. Por poca que fuera la distancia a donde se desplazaran, Walburga Black siempre hacía uso de la aparición, usar la chimenea con los polvos flu era un método sucio y el caminar entre muggles ni siquiera se le pasaba por la cabeza.

Así pues llegaron de inmediato a su casa en Grimmauld Place. En el recibidor, ya estaba Kreacher esperándolos para recogerles los abrigos. Sirius esperaba ver allí también a Regulus, pero no estaba. En cambio, su madre le condujo escaleras arriba hacia el despacho de su padre y eso no auguraba nada bueno, tenían estrictamente prohibida la entrada a esa habitación y las veces que era llevado allí era para castigarle de forma extraordinaria. Orión Black estaba sentado en su escritorio e indicó a Sirius que se sentara en la silla que había enfrente de él. Su madre se posicionó de pie al lado de su marido, que tomó la palabra.

- Sirius, como te habrás imaginado, estamos todos muy disgustados contigo – Sirius no habló ni hizo ningún gesto, sino que dejó que su padre siguiera hablando -. Y decepcionados – eso era nuevo -. No sé ni quiero saber si ha sido deliberado o no, pero con acabar en Gryffindor has roto una de las tradiciones que definen a la familia y ahora todo el mundo se está cuestionando si eres el heredero adecuado, si con este hecho vas a dar la espalda a los Black.

- ¿Y qué pasaría si así fuera? – Se atrevió a decir Sirius.

¡Plaf! Orión Black agitó su varita y Sirius recibió un bofetón de una mano invisible. Sin demostrar una pizca del dolor que sintió, volvió a enderezarse.

- Más te vale guardar toda esa arrogancia para otras personas. Te enseñaré a respetar a la familia a golpes si hace falta. Además, aprenderás lo que significa ser el cabeza de familia. No de nosotros, sino de todos los Black. Durante el tiempo que estés de vacaciones me acompañarás hasta al retrete. Ahora, fuera de mi vista.

Sin correr, pero deprisa, Sirius salió del estudio para dirigirse a su habitación. Le dolía la mejilla y podía notar cómo enrojecía por momentos y las lágrimas empezaban a inundar sus ojos, cosa que por nada del mundo quería hacer. Llegó a su cuarto y dio un portazo. No había acabado de soltar sus cosas cuando Kreacher se apareció allí.

- La señora Black me manda a decir que los portazos no se toleran en esta casa y que el señorito debe cuidar su temperamento.

- Piérdete, Kreacher – el elfo desapareció inmediatamente y Sirius arrojó un libro que había sobre su mesilla de noche hacia el lugar en donde había estado, aun sabiendo que ya no podía darle.

Sirius se tiró abatido a la cama. La vuelta a casa había sido tal y como había imaginado y, acordándose de cómo había sido su vida en el colegio que acababa de dejar y que no podía ser más diferente, por fin una lágrima cayó por su cara. Se la limpió con la manga de inmediato, pues llamaban a la puerta. Debía ser su hermano, pues era el único en la casa que pedía permiso para entrar en su habitación.

- ¿Reg?

- ¿Sirius, puedo entrar? – en efecto, era él. Abrió la puerta y cuando hubo entrado volvió a cerrarla -. Bienvenido a casa.

- Gracias. ¿Qué tal estás?

- Bien – respondió el niño, encogiéndose de hombros y sentándose al lado de Sirius -. Aburrido. Esto sin ti por aquí no es lo mismo.

- Yo también te he echado de menos. ¿Sigues enfadado conmigo?

- Un poco, pero ahora que estás aquí menos. ¿Qué tal en el colegio?

- Bien. Ya sabes, hay mucho más que estudiar y las lecciones con el tío eran más divertidas, pero está bien. La verdad es que hacer magia es más fácil de lo que pensaba.

- ¿Y qué tal con padre y madre?

- Ya sabes, más de lo de siempre. Bueno, padre me ha castigado con que ahora voy a tener que acompañarle a todos sitios.

- ¿Y si, para variar, les haces caso?

- Pues es que no puedo hacerles caso sin más. Hay cosas que no me cuadran.

- ¿Cómo qué?

- Como ese horror que tienen a los muggles y a los que no son de sangre limpia. ¿Qué nos han hecho?

- Pues están la quema de brujas y esas cosas…

- Ya, pero eso pasó hace cientos de años, ahora ya no queman a nadie, ¿no? Me refiero a qué les han hecho a los que están vivos ahora. A padre, a madre, a nosotros… Ya te lo digo yo, nada. No nos han hecho absolutamente nada.

- Pero algo tiene que haber, aunque no nos lo hayan dicho. Y madre siempre dice que es muy importante mantener la sangre limpia.

- Lo de la sangre limpia me parece una estupidez. Siempre lo he pensado y ahora que he ido al colegio, lo he comprobado. No se es mejor mago por tener la sangre más limpia. Hay gente nacidos de muggles que son mejores magos que muchos sangre limpia, lo único es que se tienen que esforzar un poco más, porque nosotros llegamos al colegio sabiendo más cosas. Ya lo verás cuando vayas tú también al colegio.

- Como te oiga madre decir eso, te mata – dijo Regulus muy serio y con los ojos abiertos como platos, como si no quisiera terminar de creer lo que había dicho su hermano -. Bueno, te dejo que descanses y que te quites esas ropas muggles, dentro de poco será ya hora de cenar.

Y así, dejó a Sirius solo de nuevo en su habitación, que se refrescó la cara, se puso una túnica del armario (que a pesar de ser nueva se le había quedado un poco corta) y se tumbó en la cama, intentado dejar la mente en blanco hasta que llegó Kreacher a avisarle para ir a cenar.

Tal y como había amenazado su padre, Sirius se vio obligado a acompañarle en sus tareas diarias. Primero fueron al Callejón Diagon, donde se pasaron por varias tiendas que tenía alquiladas a recoger la mensualidad. Allá donde iban, vio que la gente trataba a su padre con exagerado respeto e incluso temor a veces, algo que parecía que le complacía. En una de las tiendas, una pequeña joyería, el joyero no tenía el dinero suficiente del alquiler y le rogó a Orión que se pasara después de Navidad, que entonces lo tendría, pero su padre no lo aceptó y, en cambio, cogió un collar de una vitrina. El valor era superior a lo que le faltaba por pagar al tendero, que lo miraba con horror, pero no se atrevió a decirle nada y dejó que se lo llevara. Más tarde, se pasaron por Gringotts para dejar parte del dinero que había recaudado, la otra parte se la guardó Orión en una bolsa que llevaba dentro del abrigo. A continuación se dirigieron al Callejón Knockturn, a la tienda de antigüedades de Borgin y Burkes y que estaba llena de objetos siniestros. Al pasar Sirius y su padre, un chico se asomó por la puerta de la trastienda y lo reconoció del colegio, era Justin Burke, compañero de su curso de Slytherin. Orión Black depositó un poco de oro en el mostrador y le dijo al hombre, que debía ser el padre de Burke, que esperaba tener el objeto para antes de año nuevo y que cuando lo obtuviera tendría el resto del pago. El señor Burke le aseguró que así sería y sin más explicaciones, salieron de la tienda.

Su siguiente parada fue la casa de sus abuelos paternos, la abuela Melania había cogido una gripe unos días antes y se estaba recuperando, allí comieron y el abuelo Arcturus volvió a soltarle un sermón a Sirius por su comportamiento rebelde con la familia. La última parada antes de volver a su casa fue la mansión de sus tíos Cygnus y Druella. Narcisa estaba allí también, saludó y se retiró a su habitación. Sirius notó que en el salón antes se podía ver un gran retrato del matrimonio con sus tres hijas y ahora lo habían sustituido por un espejo. Su padre le dio el resto del oro de la bolsa a su tío y firmaron ambos varios papeles y una vez hecho esto, por fin volvieron a su casa.

- ¿Has aprendido algo? – preguntó Orión a su hijo antes de encerrarse en su despacho.

- ¿Qué se supone que tenía que aprender?

- Volverás a acompañarme mañana – Orión le miró de arriba abajo, con expresión clara de desagrado.

Sirius subió a su cuarto, exhausto de tanto ajetreo y apariciones y se quedó dormido hasta que Kreacher le despertó para la cena.

El resto de días fue más de lo mismo, visitas a un montón de gente, sobre todo en el Ministerio, incluso a la mismísima Ministra de Magia, cosa que le sorprendió, pues en casa siempre hablaban mal de ella por haber permitido manifestaciones a favor de los derechos de los squibs, pero ahora en el Ministerio el trato de su padre era bastante cordial y amigable. Al final del día, su padre siempre le hacía la misma pregunta y Sirius nunca sabía a qué se refería exactamente. Por fin el día antes de Nochebuena, harto ya, le contestó.

- ¿Qué has aprendido?

- Que conoces a demasiada gente – dijo Sirius.

- Nunca es demasiada gente. Cuanta más gente sepa quién eres, mejor. Que te vean, que sepan que los Black están ahí. Y si te piden algún favor, mejor.

- ¿Cómo el señor ese que tenía el problema con las alfombras voladoras?

- Lo vas entendiendo. Lo de las alfombras es una nimiedad, pero si le ayudo a ponerle en contacto con las personas adecuadas, me deberá un favor. Favor que puedes cobrarte en el momento adecuado. Al mismo tiempo, él se verá beneficiado de tener un contacto importante y su posición a su vez, se verá mejorada, con lo que volverá a tener que estar en deuda conmigo. Aunque a Barty Crouch no le hace falta mucha ayuda, ya es lo suficientemente ambicioso, además de ser familia y aunque sea lejana, a la familia se le ayuda. Preveo que llegará lejos y puede ser conveniente estar en buenas relaciones con él.

Por fin Sirius entendió el propósito de su padre de llevarle a todos lados como un perrito faldero. No sólo le estaba castigando con aburrirle mortalmente y tenerle vigilado, sino que les estaba mostrando a sus conocidos su sucesor. Así que dejarse ver por cualquier sitio e ir consiguiendo favores de personas importantes era otra de las tareas de las que tendría que ocuparse por ser el heredero de la familia Black. Pues lo lleva claro, pensó Sirius. A él no le importaba lo más mínimo mantener relaciones con personas basándose en el provecho que podría sacar de ello para su beneficio o el de su familia.

La cena de Nochebuena iba a celebrarse en la casa de los abuelos paternos, ya que al seguir la abuela Melania aún algo enferma, prefería no desplazarse. Ese año también iría a cenar su tía Lucretia, que pocas veces participaba de las reuniones familiares de los Black, junto a su marido, que a pesar de provenir de una familia de sangre limpia, los Prewett, el resto de la familia Black no le tenían en buena consideración debido a su fama de neutralidad respecto a los muggles. En casa de sus abuelos esto se pasaba un poco por alto, ya que la propia abuela Melania venía de los Macmillan, otra familia que tampoco practicaba políticas anti-muggles. Sin embargo, el abuelo Arcturus era otro cantar, como le había demostrado días antes. Él sí era más estricto en ese tema, pues él mismo fue el cabeza de la familia Black antes de pasarle el testigo a Orión cuando se casó con Walburga, como era la tradición. Por lo demás, la cena transcurrió sin altercados, discusiones o regañinas como podía haber esperado.

La mañana siguiente, Sirius se despertó con un zarandeo. Era Regulus que le apremiaba para abrir los regalos. Desperezándose, bajó al salón siguiendo a su hermano sin mucho entusiasmo. Allí los regalos estaban amontonados en un rincón junto a la chimenea, los Black nunca habían considerado poner un árbol u otro tipo de decoración navideña porque lo consideraban cosas de muggles. En realidad, los Black, al igual que muchas familias de sangre limpia, no celebraban la Navidad como tal, sino que lo que celebraban era el Solsticio de Invierno, pero poco a poco se fue acomodando con la Navidad. Los pocos regalos de la familia que había recibido Sirius consistieron en ropa, una bufanda de sus padres, un jersey de sus abuelos y unas botas de piel de dragón del tío Alphard que, según decía la nota que las acompañaba, se ajustaban mágicamente al pie, con lo que si las cuidaba bien, no tendría por qué volver a comprar botas nunca más si no quería. Los regalos que abrió con más ilusión fueron los de sus amigos. Peter le había enviado un gran surtido de golosinas, Remus un libro muggle, que Sirius se apresuró a esconder en su túnica por si aparecían sus padres y se lo quitaban, titulado El señor de las moscas, y James una taza con dibujos de snitchs doradas que se movían según la temperatura del líquido que pusieras dentro.

- Qué ordinario – dijo una voz a espaldas de los chicos. Era su madre, que apareció en el salón ajustándose unos pendientes y mirando a la taza, en ese momento Sirius estaba enseñándosela a Regulus -. Id a vestiros en cuanto desayunéis, hoy vamos a comer a casa de mis padres y no quiero llegar tarde.

Ambos chicos dejaron los regalos a un lado, menos la taza, que Sirius llevó consigo a la cocina y comenzaron a desayunar. Sirius y Regulus miraron divertidos cómo las snitchs de la taza comenzaban a moverse a toda velocidad al mismo tiempo que Kreacher vertía chocolate caliente en ella. Terminaron de desayunar y los dos hermanos comenzaron a subir las escaleras cuando un ruido de porcelana rota hizo que Sirius se diera la vuelta. Desde el umbral de la puerta vio cómo Kreacher recogía del suelo los pedazos del regalo de su amigo.

- Kreacher pide disculpas, joven amo – dijo el elfo al verle -. Kreacher es muy torpe y la taza se ha resbalado.

- ¡No es verdad, ha sido aposta! – rugió Sirius, rojo de rabia -. ¡Arréglala!

- Si pudiera, Kreacher lo haría, pero…

- ¿Qué significa este alboroto? – preguntó, enfadada, la señora Black que apareció detrás de Sirius.

- Kreacher ha roto mi taza a propósito – explicó Sirius.

- No seas idiota, Sirius. Kreacher no haría algo así ¿Cierto? Sólo ha sido un desgraciado accidente. – la dulzura con que dijo esto su madre, hizo que Sirius comprendiera la verdad: había sido ella quien se lo había ordenado al elfo -. No se me dan muy bien este tipo de hechizos, pero haré lo que pueda. ¡Reparo!

La señora Black agitó la varita con desdén y los trozos de la taza se unieron de nuevo. Sirius recogió la taza apartando a Kreacher de un empujón y salió de la cocina mirando con enfado a su madre. Mientras subía a por el resto de regalos y luego a su habitación para vestirse contempló la taza, cuyas uniones imperfectas hacían que resultara inservible, su madre también la había arreglado mal a sabiendas. No obstante, la limpió de los restos de chocolate que aún tenía y la dejó encima de su escritorio, por lo menos podría utilizarla como portaplumas.

En casa de sus abuelos se reunieron toda la parte materna de su familia, sus tíos Cygnus y Druella, Alphard y sus primas Narcisa y Bellatrix con su marido Rodolphus. Las reuniones de este tipo siempre habían sido muy formales y este caso no iba a ser distinto, las conversaciones siempre giraban en torno a la política o cotilleos sobre otras familias y eso a los niños les aburría enormemente. En esos momentos, la conversación giraba en torno a un altercado muggle que había ocurrido en Irlanda hacía unas cuantas semanas.

- El Ministerio ha enviado una delegación a investigar el incidente – decía Orión Black.

Sirius fue probablemente el único que notó cómo su prima Bellatrix, que se sentaba justo enfrente de él, dio un pequeño respingo mientras miraba de reojo a su marido durante un segundo.

- ¿Y qué tiene que ver el Ministerio con unos extremistas muggles? Que dejen que se maten entre ellos – preguntaba el abuelo Pollux.

- Pues porque uno de los fallecidos era un auror, según me contó Barty Crouch el otro día. No se explican cómo pudo haber acabado allí.

- ¿Y quién era? El periódico no ha dicho nada al respecto – se interesó la tía Druella.

- Su esquela apareció la semana pasada, Gregory O'Connell, pero no creo que digan nada más en el periódico.

- Recuerdo a O'Connell del colegio – anunció el tío Cygnus -. Era bastante capaz, para ser de Gryffindor.

- Pues no sería tan hábil, si se ha dejado matar por unos sucios muggles – interrumpió Bellatrix -. ¿Todos los Gryffindor sois así de inútiles, primito?

Las palabras de Bellatrix habían cogido a Sirius totalmente por sorpresa, que jugueteaba con unos guisantes en su plato mientras escuchaba aburrido la conversación de los mayores.

- Lo suficiente como para llegar a trabajar de aurores. ¿De qué trabajas tú, prima?

- Hago cosas demasiado importantes como para ponerme a trabajar para el mugriento Ministerio. ¡Qué sabrá un mocoso como tú! – Bellatrix se había incorporado.

- Sí, sí. Muy importante, pero estás perdiendo los papeles por discutir con un mocoso de 12 años – Sirius sonreía maliciosamente al ver cómo su prima se ponía roja y hacía amago de sacar su varita.

- ¡Basta! – interrumpió Orión -. Ya está bien. Tengamos la fiesta en paz. Siéntate, Bella. Sirius, ya hablaremos en casa.

Durante lo que quedaba de cena, Sirius se dedicó a mirar a su prima sin dejar de sonreír, intentado provocarla de nuevo, pero ella por fin se había controlado y evitó siquiera mirarle. Cuando tuvieron permiso para levantarse de la mesa, Sirius y Regulus salieron al jardín cubierto de nieve, donde empezaron una pelea de bolas que terminó cuando el tío Alphard salió a fumar un poco y se los llevó adentro a rastras para que se secaran, pues estaban ambos empapados. Por suerte, el tío les secó con aire caliente de su varita antes de entrar al salón porque no querían ni imaginar lo que diría su madre al verlos de esa manera. Aun así, el frío se les había metido en los huesos y no tuvieron más remedio que correr hacia la chimenea para entrar en calor.

De vuelta en Grimmauld Place, Sirius se esperó lo peor cuando le llamó su padre.

- Hijo, procura no hacer enfadar a tu prima, ya sabes lo temperamental que es y últimamente tiene la varita floja.

Y sin más se marchó, dejando tanto a Sirius como a su madre con la boca abierta. No había castigo, se había librado. Quizá fuera por las copas de whisky de fuego que llevara de más, pero el caso es que por esa vez, no le había castigado. Lo mejor de todo fue que Walburga Black también se había enfadado y ésta vez él no había sido la causa, pues tampoco podía contradecir a su marido, así que se tuvo que conformar con mirar a Sirius con odio y salir detrás de Orión.

El resto de la semana no fue tan terrible como la anterior. Su padre se la había tomado de vacaciones y no salía de casa así que no tenía que acompañarlo a ningún lado y Sirius aprovechó para hacer alguna tarea del colegio que tenía pendiente y pasar tiempo con Regulus. Aun con esas, no sabía cómo se las había arreglado para terminar el castigado el último día de las vacaciones. Bueno, sí sabía cómo. El día de año nuevo, sus padres estaban invitados al baile benéfico anual de San Mungo y dejaron a los hermanos solos en la casa al cuidado de Kreacher y Sirius intentó aprovechar un descuido del elfo para colarse en el despacho de su padre, pero al final le pilló intentando forzar la puerta. El castigo no fue tan malo, teniendo en cuenta que le mandaron a su cuarto sin cenar y que al día siguiente salía el tren de vuelta a Hogwarts el castigo duró poco.