Sirius llegó al andén nueve y tres cuartos pronto, no habían llegado muchos estudiantes, así que se despidió de su madre, que le había acompañado hasta la estación y se desapareció inmediatamente, y buscó un compartimento para sentarse y esperar a que llegaran sus amigos. Primero llegó Peter. Luego, vieron pasar a sus compañeras de curso, que saludaron y se fueron a sentar a otro compartimento vecino. También pasó Snape por delante del compartimento y Sirius cerró de un portazo, no fuera a ser que se le ocurriera asomar la nariz por allí. James llegó poco antes de que el tren empezara a pitar señalando su partida.
- ¿Y Remus? – preguntó James tras acomodarse.
- Aquí no está – dijo Peter.
- Ya lo veo, señor obvio, por eso pregunto.
- Por aquí no ha pasado – dijo Sirius al mismo tiempo que el tren se ponía en marcha -. O si ha pasado no le he visto. Y no ha podido estar antes que yo en el tren porque he llegado cuando no había casi nadie en el andén.
- ¿Y si vamos a buscarle? – preguntó James -. Peter, ¿te importa quedarte aquí solo? Por si viniera…
- No claro, yo me quedo.
Sirius y James recorrieron todo el tren mirando en cada compartimento, pero al fin volvieron al suyo sin éxito, no había rastro de Remus por ningún sitio y tampoco nadie parecía haberle visto. Pensaron que quizá volviera a estar enfermo. Los chicos empezaron a contarse sus vacaciones. Peter había estado aburrido en su casa las dos semanas, Sirius les contó cómo había tenido que acompañar a su padre a todos lados y lo más interesante que hizo James fue el partido de quidditch benéfico al que le llevó su padre. Luego siguieron con los regalos que habían recibido
- Muy chula tu taza, James – dijo Sirius, pero me temo que mi elfo doméstico la rompió por orden de mi madre.
- Vaya, qué pena. Pero no te preocupes, el año que viene te regalaré otra.
- Te lo agradezco, pero va a acabar igual de rota que ésta.
- Entonces te regalaré cien tazas para que se aburran de romperlas. Cierra la puerta, Sirius, os voy a enseñar lo que me han regalado a mí – Sirius se levantó y cerró la puerta -. Quería enseñároslo a todos, pero no puedo esperar a Remus. Es increíble. Ya veréis – sacó de su bolsa un bulto que parecía de tela, lo extendió.
- ¡Guau! ¡Qué maravilla! – dijo Sirius, burlón -. Te han regalado una capa. Creo que en mi casa hay una igualita que era de mi bisabuelo, el último grito en 1900.
- No idiota – rió James -, a ver, sí, es una capa, pero espera… – se asomó por la puerta del compartimento, moviendo la cabeza a los lados varias veces y bajó las persianas. Volvió a sacar la cabeza al pasillo.
- ¡Venga, James! – Apremió Sirius, ya curioso - ¿A qué tanto misterio? Ni que fuera algo ilegal…
- Quizá lo sea. Mirad.
James se puso la capa rápidamente, quién desapareció al momento ante la atónita mirada de sus dos amigos.
- ¡Ostras!
- ¡Vaya!
- ¿Veis cómo es increíble?
- No se te ve para nada. ¿Dónde estás?
- Aquí.
- ¡Ay! – Sirius recibió un puntapié en la espinilla de la nada.
- No me vas a encontrar – la voz de James provenía del frente, así que Sirius movió los brazos en esa dirección.
- ¡Ay! – volvió a quejarse Sirius cuando sintió que su amigo le propinaba una buena colleja -. ¡Para!
Riéndose, James se quitó la capa, volviendo a ser visible, y la guardó rápidamente otra vez en la bolsa.
- ¿Os imagináis la de cosas que podemos hacer con ella?
- Buah, Filch nunca nos encontrará.
- Entrar a sitios prohibidos.
- Espiar sin ser vistos.
- Estoy deseando probarla.
Y así, inventando infinidad de posibilidades de uso para su nueva capa llegaron de nuevo al colegio. Durante la cena, los chicos estuvieron debatiendo sobre usarla esa misma noche, James no se podía aguantar las ganas de hacerlo, pero al final Sirius y James tuvieron que darle la razón a Peter en que al día siguiente había clases y no iba a ser muy conveniente faltar por quedarse dormidos. James no se quedó conforme hasta que fijaron el siguiente viernes para la salida nocturna, pues era algo que había que hacer sí o sí, que para eso era su capa.
Al terminar la cena, los tres amigos se dieron prisa por subir a la habitación y poder volver a probar la capa a gusto y a salvo de posibles mirones.
- Las cosas de Remus están aquí – dijo Peter observando la cama de su compañero ausente.
- Es muy raro. Quizá haya pasado algo. Mañana deberíamos preguntar a McGonagall por si sabe algo.
- Sí. Será lo mejor. Venga James, saca esa capa que la veamos bien – apremió Sirius.
Al principio, los tres amigos se turnaron para ponerse la capa y acabaron por probar a meterse todos juntos, viendo así que cabían los tres perfectamente. Quizá con cuatro el espacio era más justito y habría que ir con mucho cuidado, pero parecía suficiente. En un momento dado, Sirius se envalentonó convenciendo a James para probar la capa en la sala común, donde los alumnos más mayores estaban haciendo una fiesta de año nuevo con música, aperitivos y bebidas que habitualmente no se encontraban en las mesas del comedor. Era difícil caminar estando los tres tan juntos y entre gente que no tenía ni idea de su presencia, así que de vez en cuando chocaban con alguien. La gente con la que chocaban miraba alrededor, intentando adivinar quién les había molestado y se quedaban desconcertados. Tras un incidente particularmente desagradable, a James le dio un ataque de risa y Sirius no tuvo más opción que dirigir a los otros dos chicos hacia el dormitorio para que nadie les descubriera.
- ¿Habéis visto la cara de Prewett cuando creía que Anderson le estaba intentando tocar el trasero? -preguntó James todavía riendo a carcajadas.
- Sí - contestó Sirius, también riendo – casi abofetea al pobre chaval.
- Creo que fue por mi culpa – dijo Peter, tímidamente -. Pisé la capa sin querer.
- ¡Peter le ha tocado el culo a Prewett! ¡Peter le ha tocado el culo a Prewett!
- No lo hice a propósito – se defendió Peter, poniéndose colorado.
- ¡Peter le ha tocado el culo a Prewett! ¡Peter le ha tocado el culo a Prewett!
A la mañana siguiente, encontraron a Remus sentado en la mesa de Gryffindor, desayunando. A Sirius le pareció que estaba un poco más pálido de lo habitual.
-¡Eh! ¡Remus! - saludó Sirius.
-¡Feliz año nuevo, Remus! - dijo James.
- Hola chicos - contestó el aludido.
- ¿Te ha pasa algo? No tienes buena cara – Se preocupó Sirius.
- Estoy un poco cansado, pero bien, gracias.
- ¿Por qué no viniste ayer en el tren con los demás? – Quiso saber James.
- Mi madre cayó enferma y estuve con ella. He llegado esta mañana.
- Pero tus cosas estaban aquí – Se extrañó Peter.
- Mi padre se las envió ayer a McGonagall.
- ¿Y cómo has venido? No sabía que se podía llegar al colegio de otra forma que no fuera en tren.
-Con polvos flu.
- Creía que habías dicho que esas cosas no funcionaba en Hogwarts.
- Eh... creo que han hecho una excepción.
- Tiene sentido… ¿Y tu madre ya está mejor?
- No. Está en el hospital. Es posible que me tenga que ir otra vez algún día de estos.
- En San Mungo seguro que dan pronto con lo que tiene. Mi padre tiene amigos allí, si quieres le pregunto.
- No. Gracias James, pero está en un hospital muggle. Ella es muggle.
- Ah. Vaya. Cierto. Jo. Lo siento. Espero que se mejore.
- Sí, yo también espero que se mejore. Y no te preocupes, que si pasa algo seguro que McGonagall te avisa enseguida – Dijo Sirius para animarle, viendo la cara de asustado que tenía Remus.
La primera clase después de las vacaciones fue una doble de Transformaciones, en la que tenían que conseguir transformar una caja de cartón en una caja de latón. Para no variar, los primeros siempre en conseguir realizar el hechizo eran o James o Sirius. Al principio del curso, la profesora McGonagall les daba puntos por hacerlo bien, pero después se los quitaba porque se emocionaban y acababan por armar algún estropicio, así que había optado por no darles los puntos de entrada y así después no se los tendría que quitar. Esta vez, estaban haciendo un concurso entre ellos a ver quién conseguía transformar la caja de la forma más fea posible y Peter sería el juez. Por supuesto, ganó Sirius, por su caja con relieves de gárgolas y juraría que una de ellas se parecía muchísimo a Kreacher.
