Disclaimer: Black Clover y sus personajes pertenecen a Yūki Tabata.
-Quererlo todo-
Solo había pasado una vez, pero los recuerdos de aquel día no creía poder borrarlos de su mente jamás. No sabía si volvería a suceder algo más entre ellos, pero al menos, le quedaba el consuelo de que lo había experimentado.
Siempre le resultó difícil entender que una mujer tan increíble como Charlotte Roselei se hubiese fijado en él. No solía decírselo a nadie, pero pasar tantos años solo lo habían convertido en una persona bastante exigente consigo mismo. Nunca se veía suficiente.
Cuando Finral le contó que la Capitana de las Rosas Azules estaba enamorada de él y que además se le había confesado delante de todos, entre lágrimas y cuando estaba a punto de morir, le chocó mucho. Necesitó tiempo para reflexionar cómo, por qué y en qué circunstancias ese sentimiento había brotado en su interior. Sin embargo, en el momento en el que se decidió a enfrentar aquella situación, a hacer que ella la enfrentara también, la guerra estalló y esa charla pendiente simplemente se quedó en suspensión.
Muchos fueron los momentos durante las arduas batallas que se sucedieron en ese tiempo en los que pensó que se moriría con la incertidumbre de saber si Charlotte y él podrían llegar a ser algo más que dos compañeros que fingen apatía, desidia o burla. Y también, con la duda de cómo sonarían palabras de amor vergonzosas y entrecortadas saliendo de sus labios.
Al final, tuvo suerte, porque los dos sobrevivieron a una guerra más. Charlotte logró ser valiente para su consuelo. Fue a buscarlo a su propia base para pedirle perdón. Ese día, Yami se sintió completamente aturdido. Quien debía pedirle perdón era él. Por no saber verla, por no darse cuenta de que su ki le gritaba con sus altibajos violentos que lo amaba, por haber desaprovechado la oportunidad de estar con la mujer más maravillosa de todo el Reino del Trébol. Sin embargo, ella se excusaba en un discurso lleno de arrepentimiento, porque le aseguraba constantemente que sentía mucho no haber podido encontrar ese valor y arrojo antes.
Le dijo que, en esa época de su vida, ya le daba igual el rechazo, pero que necesitaba verbalizar lo que sentía o acabaría pudriéndose en sus entrañas.
«…Porque te quiero, Yami. Estoy enamorada de ti desde hace tanto tiempo que ya no sé cómo se vive sin estarlo. Y, si soy sincera conmigo misma, ya no quiero vivir sin este sentimiento dentro de mí», expresó, entre otras muchas palabras que no recordaba con tantísima exactitud.
Se acordaba también de que, mientras le confesaba sus sentimientos, no podía dejar de mirarla. Pero no superficialmente como siempre había hecho, sino observándola concienzudamente, de verdad, como nunca antes. Cuando estaba nerviosa, Charlotte no podía dejar de mirar hacia los lados. Se sujetaba las manos entrelazando sus dedos, aunque de vez en cuando subía la mano izquierda para llevarse un mechón de pelo detrás de la oreja. Su sonrojo, al contrario de otros muchos momentos que habían compartido, era de un tono tenue. No sonreía. Casi nunca lo hacía.
Por eso, al comprobar que le estaba dando mil vueltas al asunto aun sin saber bien qué más decir, solo repitiendo lo mismo por su estado frenético de nervios, Yami se acercó y alzó su mano para tocar su mejilla. Lo hizo con sus dedos, despacio, haciendo que se callara al instante. Él tampoco le dijo nada. Su rostro era cálido, delicado, así que temía molestarla con la rudeza de su piel. Al instante, comprobó que no le desagradaba su toque, ya que cerró los ojos durante tres segundos exactos y, cuando los volvió a abrir, llevó su propia mano hasta la caricia que le estaba dando.
Sus pupilas vibraban o… temblaban, aunque no sabía bien cómo debía describirlo. Sus labios, semiabiertos, parecían querer hablar, pero de un modo distinto al de hacía tan solo unos instantes.
El rostro de Charlotte se movió sin previo aviso, haciendo que la mano de Yami quedara encerrada entre su propia mano y los labios tersos de la mujer, que besaron la piel de sus dedos con una lentitud cercana al castigo pero también al mayor deleite que había experimentado jamás.
Su cerebro reafirmó que no podía dejar de mirarla. No sabía cuáles serían sus próximos movimientos, pero sabía que la paciencia no era su mayor virtud así que no esperaría para descubrirlo. Fue él quien la besó primero. La caricia de sus labios era suave, lenta, dulce. Se movían despacio, pero sin parar y así continuaron durante varios segundos.
Cuando se separaron, solo pudo ver el azul de sus ojos destilando felicidad, mirándolo solo y exclusivamente a él, haciendo que se sintiera amado como nunca le había sucedido. En ese momento, parecía que no había nadie que no fuera él para Charlotte. Se aferró a la tela de su camiseta por la parte de atrás y le sonrió. Esa era una de las pocas veces en las que había sonreído genuinamente y ser el motivo de ese gesto tan bello y puro hizo que su corazón se acelerara un poco.
Tras aquellos momentos tan emocionantes como raros, se volvieron a besar. Y, pronto, la ropa comenzó a molestarles y ellos, a dejarse llevar. Porque no tenían tiempo para seguir posponiendo lo que querían ni tampoco oportunidades que malgastar. Así que comenzaron a besarse más allá de la piel, a sentirse más profundo y todo en aquel cuarto se resumió en sonrisas sinceras pero repletas de nervios, en caricias temblorosas e inexpertas pero entregadas y en gemidos entrecortados que dignificaban su vínculo, dándole así inicio.
Desde ese día, se habían visto en un par de ocasiones, pero no habían podido hablar a solas. Siempre surgía un impedimento, siempre tenían algo más importante que hacer, siempre se quedaba con la duda de qué pasaría entre ambos.
Intentando no tener la mente sumergida en esos pensamientos durante más rato, porque no lo llevarían a ningún sitio, se acabó de fumar el cigarro que sostenían los dedos de su mano derecha. Miró por la ventana brevemente; el cielo, de un tono gris oscuro, anunciaba una gran tormenta. Para colmo, tenía que ir a una reunión de capitanes a la que no tenía ganas de asistir.
Bajó las escaleras con parsimonia, colocándose otro cigarro entre los labios y con las manos metidas en los bolsillos. Cuando llegó al primer piso, se encendió el cigarro y se puso a fumar de nuevo. Finral parecía cuchichear con Gordon, así que se acercó para saber qué decían, aunque no era alguien a quien soliera interesarle los asuntos de los demás.
—¿Qué hay tanto que murmurar? —preguntó con tono desinteresado, como distante.
Finral se dio la vuelta y lo miró. Sonrió incómodamente, su espalda se irguió por completo y pronunció las palabras que más rabia le habían provocado en todos los días de su existencia.
—Parece ser que la Capitana Charlotte se va a casar.
Entró en la sala de reuniones relajada, tranquila y hasta contenta. Era uno de los pocos días en los que podía ver a Yami, así que debía aprovecharlo. Además, quería hablar a solas con él, decirle que podrían verse más a menudo porque la cantidad ingente de misiones de los últimos meses por fin iba a menguar.
Se sentía ilusionada, pero también algo fuera de lugar. Sin embargo, las ganas siempre prevalecían, la felicidad se imponía y ella, siendo consciente de que sentía tanto que parecía que el amor se desbordaría en cualquier momento de su corazón y regaría toda la sangre de sus venas, quería más.
No podía conformarse con un encuentro fortuito de dos personas que se desean, porque sabía que aquel día en esa habitación había habido mucho más que lujuria o pasión. Yami no le había dicho que la quería. Esas palabras no se habían materializado como tal, pero sí había sentido que eran reales sin siquiera escucharlas, simplemente se manifestaron cuando le besó los hombros desnudos o cuando la abrazó al terminar, aferrándose a su cintura como si de aquello dependieran los cimientos de su estabilidad.
Sin embargo y a pesar de las ganas que tenía de verlo por fin, al entrar lo notó muy serio. Casi no la miró, no le habló y prácticamente no participó en la reunión, ni siquiera para hacer saber a los demás que estaba terriblemente aburrido.
Eso era raro. Era muy, muy raro. Yami era una persona muy bromista, desenfadada y sí, a veces también con mal humor, pero no solía dedicarle esas miradas tan llenas de rabia nunca. Empezó a impacientarse y a ponerse nerviosa, así que, a mitad de reunión y aprovechando que siempre se sentaban uno al lado del otro, le susurró que si podían hablar cuando todo terminara. Él, de nuevo con seriedad, asintió simplemente.
Los minutos se le hicieron eternos esperando a que se pasaran, pero, cuando aquel encuentro llegó a su fin, se levantó decidida y rápidamente, sabiendo que Yami la seguiría. Se fue a uno de los pasillos más alejados de la sala de reuniones y se detuvo en seco, escuchando unos pasos pesados a su espalda.
Se dio la vuelta y lo miró con incertidumbre.
—¿Qué te pasa? —preguntó ella de forma directa. Llevaba tantos años dando rodeos que ya no podía soportarlos.
Dio un par de pasos para acercarse hacia él, pero se apartó, sin dejar que lo tocara. Sintió una punzada extraña en el pecho que hizo que le faltara mínimamente el aire.
—¿No me vas a invitar a tu boda?
—¿Qué?
—Vas a casarte, ¿no?
Charlotte parpadeó un par de veces, confundida. Si fuese en otro contexto, incluso podría pensar que era una proposición por su parte, pero viendo lo enfadado que estaba, obviamente lo descartó enseguida. Además, no habían tenido tiempo ni siquiera para conocerse bien, por lo tanto, llegó rápidamente a la conclusión de que todo eso era un malentendido.
Hacía un par de semanas, visitó la casa de sus padres. Su madre, como siempre, le insistió para que encontrara de una vez por todas alguien con quien casarse. Así que era más que probable que ella misma hubiera esparcido ese rumor para meterle presión.
—¿Dónde has escuchado eso?
—Lo comentan hasta en mi base. ¿Quién es? ¿A qué viene esto? Si me dijiste que me querías, ¿por qué estás actuando así?
Charlotte le acarició entonces la mejilla. Se veía dolido, confuso… y por nada del mundo quería hacerlo sentir de esa forma. Le sujetó el rostro con las dos manos y lo acercó hacia ella.
—Yami, no voy a casarme con nadie —aclaró de forma contundente.
—¿Entonces?
—No sé quién se habrá inventado algo así, pero es mentira. Te lo aseguro.
—Ah, joder... —musitó levemente.
Yami suspiró con alivio y después la abrazó, sin importarle realmente que alguien pudiera verlos. Apoyó su frente sobre su hombro, estrechándola entre sus brazos como si su vida dependiera de ello. Charlotte le acarició la nuca. Sabía lo que era sentirse insegura con respecto a los sentimientos de alguien, así que no quería por nada del mundo que el hombre al que amaba dudara de los suyos, que estaban tan enraizados en su corazón que ya se habían convertido en una parte más de su sistema.
Cuando cortó el abrazo, Charlotte se alzó un poco para besarlo y lo vio sonriéndole. Le correspondió al gesto.
—¿Te has puesto celoso?
—¿Eh? Claro que no.
—Pues yo diría que sí…
—Bueno, es que no quiero que nadie que no sea yo esté contigo.
El corazón de Charlotte brincó de felicidad. Los celos no son buenos, ella lo sabía bien y tampoco estaba dispuesta a soportarlos. Pero claro, también era consciente de que habría reaccionado de la misma forma si hubiese escuchado que Yami estaba con otra persona después de lo que había pasado entre ellos.
—Charlotte, desde que follamos…
—¡No lo digas así! —gritó ella de forma ahogada, mirando hacia los lados con inquietud.
Yami era una persona de contrastes muy fuertes. Si hacía un momento le había dicho que quería estar con ella, de pronto podía soltar cualquier barbaridad que se le pasara por la cabeza. Y así lo había hecho. Era alguien sin filtros y a ella le costaba mucho adaptarse a ese tipo de personalidad, básicamente porque representaba todo lo contrario. Pero realmente quería estar a su lado, que crearan algo especial juntos, así que tenía que ser empática y aceptar su carácter.
—Pero es lo que hicimos, ¿no? Tú y yo… follamos el otro día.
—En serio, podrías aprender a ser un poco más delicado con las palabras —susurró con bochorno, sintiendo además su cara enrojecida.
—Bueno, la cosa es que, desde que lo hicimos, no puedo dejar de pensar en ti.
—¿Es… solo por eso?
—No —musitó mientras sujetaba su barbilla—. Yo… lo quiero todo de ti, Charlotte. No sé explicarlo mejor, pero sé que lo vas a entender.
La besó sin decir nada más. Entre besos, asintió contra su rostro.
Claro que lo entendía. ¿Cómo no hacerlo, si ella siempre se había sentido de ese modo? Siempre, desde el mismo día en el que se enamoró de Yami, había querido tenerlo todo de él. Y parecía que, por fin, iba a obtenerlo.
FIN
Nota de la autora:
Por aquí un poquito de Yami inseguro y celoso, porque se merece pasar un poquito por esto, que la pobre Charlotte ya lo ha sufrido bastante.
Y nada más que decir, solo que muchísimas gracias por leer.
¡Nos vemos pronto!
