Sombras crepusculares

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Capítulo 1

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En Jonia los paseos de los niños por las calles, por los campos, en medio de la naturaleza más revitalizada y consciente que nunca, siempre eran usuales. Incluso donde los días se hacían de nubes copiosas y todo explotaba en una lluvia torrencial, que nada parecería detenerla. La naturaleza, el mismo territorio, la misma región de magia, protegía y guiaba a sus destinos a cada persona que adoptara como suya.

Hubo batallas llenas de sangre que la misma lluvia limpió, marcas inmensas que se fueron enterradas bajo el paso de los años; que revitalizaron una zona de guerra que previamente hubiera dañado su propia consistencia.

La tierra de Jonia era sabia, y por tierra hablamos de todo lo que la región comprende. Todo río, todo árbol, todo animal, persona e incluso climas desatados, decían ser por algún motivo. La guía de los espíritus en ese territorio te llevaba a donde debías estar, siempre.

Y la seguridad de una tierra defendiéndote era inigualable.

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—La lluvia en nuestra región es una bendición.

Su madre le peinaba el cabello con una dedicación bastante pobre.

Era bailarina y guerrera, no adepta a la peluquería como tal. Había intentado muchísimas veces hacerle trenzas, moños e incluso insistir en que lo recorte bajo sus orejas o permita que creciera más, pero Akali desde niña era muy inquieta e impetuosa, y la mujer no iba a ponerse a pelear sólo porque su visión de la elegancia no concordaba con ella.

Akali era muy similar a su padre, después de todo: sencillez, sin perfecciones ni preferencias terrenales. Y tenía lo suyo: letal, salvaje y preciosa, la vanidad que alguna vez pudo tener, pero expuesta en su propio recuento de una niña que no atravesó todo lo que por su parte sí. Era libre y sin tapujos.

Significaba la crianza que ninguno de los dos pudo siquiera completar.

—¿Entonces puedo salir igual? —Ahí ella apropiándose de las oportunidades.

Si llovía no había entrenamiento, normalmente. Si llovía podía salir a dar vueltas y perderse en sí misma con la región que la complementaba, como buena hija de Jonia.

—Aguarda a que Irelia termine, Akali.

Ambos lo sabían, era inteligente y conocedora, sabía defenderse y darse el tiempo para salir huyendo en caso de que cualquier incidente ocurriera. No que ésto fuera común. Shen se había ocupado de que todo un perímetro tuviera sus marcas para evitar que las malas intenciones se acerquen a propagarse.

Un punto a favor de su magia y desconfianzas. Al menos eso había dejado tranquila a la madre de su hija.

Irelia suspiró, oyendo a sus espaldas a Shen reír con una suavidad que, ojalá, fuese más inexpresiva. El equilibrio interno que supuestamente ese hombre se cargaba se iba al demonio desde que tenían a su hija en común. Se dejaba expresar mucho más. Se notaba que el hombre en medio de todo su entrenamiento sobre equilibrio y paz, caía excesivamente rápido en la tentación del desorden.

Él dijo más de una vez, mientras Irelia pasó meses a su lado, que eso era parte de su mismo equilibrio —o que al menos de esa forma lo había adoptado—: en su paz equilibrada, siempre habría un punto de colisión que sacaría el desequilibrio a relucir. Era humano a fin de cuentas, su integridad misma tenía ese gesto por defecto y ella no iba a ponerse a rebatir.

La niña hizo todos los gestos de reproche en cuanto su madre volvió a tironear de su cabello para sujetarlo. No importaba cuánto demorara o ajustara, probablemente acabaría desarmado y vuelto a peinar por sí misma.

—¿Te falta mucho? —Tenía trece años, su ímpetu no iba a menguar y a ellos dos, esas actitudes los revitalizaban. Shen le dio un agarrón suave a una de las mejillas más infantiles. Su carita redonda todavía era de niña.

Y ella aún permitía ese gesto del peinado por la simpleza de que llevaba al menos cinco días sin ver a Irelia. Su rutina desde pequeña había sido que la mayor se encargara de su apariencia, inclusive la ropa de ninja que estrenó desde su niñez iban de mano de la mujer. Podía creerse hoy mismo ya una adolescente, más refunfuñona y reacia que cuando niña, pero en ese permitido y otros menores siempre agradecía tenerlos.

Le daban libertad, enseñanza y heredaron una fuerza de voluntad inmensa. ¿Algo más, aparte de la belleza? Sí: una seguridad sobre sí misma y paso libre a ser quien era casi sin ataduras. No había complejos más allá de lo que comprendía su entrenamiento físico y espiritual.

De eso era de lo que quería huir más diariamente.

—Adelante, puedes salir. Pero recuerda volver antes de que la tormenta llegue encima de nosotros —La niña no tardó en bajarse de un salto de la silla y salir corriendo fuera, con todo y coleta crespa encima de la cabeza, cuando su madre finalizó de hablar.

Era demandante, impaciente y no se guardaba nada. Buen producto mutuo que iba a paso rápido, atravesando el patio de entrenamiento y dirigiéndose a los bosques que rodeaban todo el inmenso campo de su hogar.

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Las protecciones de su padre igualmente la resguardaban, lo sabía y tomaba en cuenta cuando salía del perímetro, pero la verdad era que no necesitaba demasiado hacerlo. Con estar entre los árboles y lejos de su vista era suficiente para tener su soledad.

El hogar de Akali era sólo de ella. A la vez, era el lugar donde sus padres reaparecían para descansar después de períodos largos en donde se dispersaban a sus ocupaciones. Había aprendido a mantenerse sola, aunque siempre sabía que al volver estaría alguno de los dos presentes: jamás la dejaban.

Al menos en trece años no había pasado y esperaba que no ocurriera, no sin que le digan primero sobre tal acontecimiento.

Que había ocurrido ya, le daban lapsos en donde se encontraba sola, pero en los que sabía a su vez dónde encontrarlos en casos de emergencias. Los métodos a tomar para salir de ahí sin ser vista y las señales para que no la tomen desprevenida.

El mundo exterior, dentro de Jonia, podía defenderla y no tenía por qué temerle. Pero las invasiones estaban siempre al margen, había personas que no eran tan buenas como las que conocía y quién sabía qué podía pasar, así que las preventivas las llevaba entre los ojos como imán.

A veces se cansaba.

Akali deambulaba por los bosques cuando estaba sola.

Desde la lección de su padre, en donde se puso en juego la vida de un niño noxiano bajo la defensa de la misma tierra y ella consiguió salvarle (aprendiendo mucho con ello), su independencia general era muchísimo más abierta en el ámbito mental. No podía dejar que alguien inocente muera por ser parte de algo que, según otros, indicaba dejarlo morir.

Fue una prueba que comprendió cuando Shen se lo explicó después.

La templanza de su maestro era grande; las meditaciones, dormir bien, comer saludable, saber las normas de la orden de la que él era líder, todo funcionaba por su bien y porque era el método que él podía enseñarle, era la manera de dar un entrenamiento abierto.

Ella podía entender que no estaba acoplándola a la orden Konkou.

Estaba enseñándole lo que sabía, lo bueno y malo, el hecho de que todos los humanos son lo mismo, independientemente de la etnia que compartían. Akali no pudo dejar morir al niño noxiano. Un niño que para su madre no hubiera sido persona, por ejemplo. No pudo tampoco evitar ser impulsiva y casi morir por salvarlo, cosa que su padre no dirigió: dio a entender que no era algo que él debiera hacer. Sólo dependía de ella.

Otro punto para hacerle notar las diferencias entre lo que era la esencia de Shen y que buscaba para ella un punto de vista independiente. Le ponía a veces pruebas que ayudaban a su terquedad a abrirse para comprender su propia forma de pensar.

Toda acción tiene una repercusión a futuro. En el caso de Jonia, los árboles te lo devolvían en seguida. Y por eso Noxus no pudo con ellos, recordó de su madre.

Rozó la corteza de uno de los árboles y masculló, casi para sí misma. Era un claro muy pequeño, había piedras que a veces usaba de dianas y otras de sillas, de almohadas. El cesped verde le había manchado la piel y la ropa en varias ocasiones, pero le importaba poco mientras se supiera en su círculo confiada.

—Ojalá fuera un árbol —Se dijo. Estaban quietos, tenían fuerzas, aterrorizaban invasores y no parecían preocuparse por nada mientras permanecían dormidos. Después de su entrenamiento intensificado, pensar en esas posibilidades era agradable.

Ser un árbol.

Sin obligaciones, sin prejuicios por acciones, sólo mandar a volar a los que ofendían o intentaban hacerle daño...

Y entonces algo cayó del cielo.

Justo a su lado. Golpe seco.

Y siguió algo aún más pesado después.

PUM.

Pegó un salto hacia atrás y alzó su kunai para defenderse, del susto que le dio casi lo lanza directo a la extrañeza que, para más, le habló:

—Sí, así no me volverías a distraer.

Ah.

El algo era una persona.

«Si no tienen malas intenciones, podrán entrar. Así que no tengas miedo». No había pasado más allá del río, así que…

La jovencita se relajó y volvió a una pose más confiada. Batallando un poco para calmar su corazón que no dejaba el susto de lado. Incluso había medido de manera inconsciente el cómo salir corriendo al campo vacío donde se perdía, para que no supieran hacia donde iba. Pero se perdió el inicio del plan en cuanto vio al chico que se cayó del árbol levantarse, usando una guadaña de bastón para conseguir hacerlo.

Primero había caído la guadaña, después él.

No había un solo muchacho de su edad que no fuera un idiota, pensó.

Pero uno que se caía de un árbol sólo por escuchar a alguien murmurar y dentro de un perímetro protegido, no parecía demasiado peligroso.

—Te enredaría un pie y lanzaría más lejos si sólo quisieras acercarte a mí —Levantó una ceja, se cruzó de brazos y colgó el kunai de su índice, viéndole frotarse un brazo y una mejilla—. Si fuera un árbol, claro.

Él no entendió.

Claro que no entendió, era un muchacho. ¿Quizá tendría su edad? Todavía no era más alto que ella, su pelo era negro, estaba largo y trenzado, una chaqueta de tela que le dejaba el pecho a descubierto y pantalones típicos de entrenamiento. Ella misma los usaba, sólo que desde su desarrollo fue esencial cubrirse el torso, no sólo por el pudor que sí tuvo fuerza, sino por los movimientos. Dolía cuando no se mantenía quieto.

Y regresando:

¿Entonces era aprendiz de alguien?

No le vio cara conocida, pero sí una guapa. Aunque fuera de desentendimiento y de idiota.

¿Ya lo había pensado como idiota?

—¿Quién eres?

—Kayn —respondió, a regañadientes—. Quería alcanzar la guadaña.

—Pero ahí la tienes.

—Porque pude bajarla, duh.

—¿Y cómo hiciste para arrojarla allá, duh?

—... me enojé.

En sus trece años, Akali había conocido a dos tipos de chicos: los idiotas con potencial y los más idiotas. En este caso parecía un caso nuevo: un idiota muy idiota, con potencial.

Miró donde faltaban un par de hojas del árbol y, supuso, había estado el arma bastante mediocre del muchacho. Luego volvió a mirarlo, con una mueca de muchas dudas.

—Y ahora te duele la cara, idiota.

Kayn pareció recalcular para comprender ese tipo de comentario y lo que incluía —un sabio «por algo no hay que enojarse a lo imbécil», pero no pareció llegar al punto.

—¡No me digas idiota! —Fue lo que reclamó. La risa de Akali fue muy icónica y entretenida.

—Es normal que no lo aceptes.

Le oyó gruñir de rabia.

Qué temperamental.

No era lo más usual en el pueblo donde merodeaba cuando se aburría o donde buscaba provisiones. Fue el doble de gracioso presionarle la ironía, en especial porque Kayn parecía querer mostrarse grande y pudiente y no podía de ninguna manera con todo el cesped, las hojas y ramitas colgando de su pelo.

Había sido una presentación poco productiva para él, con un machucón en su mejilla del golpazo.

Tampoco entendía la expresión divertida con que ella le miraba, así que la actitud defensiva se hizo espacio en segundos. ¿Por qué se reía? ¿Por qué le respondía? ¿Cómo siquiera estaba consiguiendo hacerlo sin un pelo en la lengua? Claro era, desde ese lugar hasta el otro lado del mundo, que no acostumbraba a que le anticipen las jugadas verbales.

Siquiera que le respondan.

El muchacho le apuntó con su arma.

—¿Quién eres tú?

—¿Qué te importa? —Alzó los hombros ella y levantó un poco su mentón.

Tsk. Qué seguridad, cuánta confianza.

La expresión del muchacho era muy clara para la chica, analista de las situaciones por propio entrenamiento: venía de un ambiente enaltecido donde acostumbraba a que todos obedecían sin rechistar. Y ella estaba rechistando muchísimo. Es más: le estaba cuestionando y burlándose.

¿Era una burla? ¡Debía ser una burla!

Y vaya crisis interna estaba teniendo, muy clara a través del shock. Ella parecía muy a gusto y tranquila con todo. Claro, no lo conocía. Si lo conociera posiblemente fuera imposible que todo esto se desarrollara de tal forma.

Imposible, claro que sí.

—¡Yo te he dicho mi nombre!

—Fue tu decisión —Le vaciló. Kayn bajó su arma y refunfuñó como buen mocoso.

—Qué insoportable eres para ser común campesina.

Akali soltó un tosido exagerado, moviendo su kunai a la vista del chico. —¿Disculpa? ¿Y tú qué eres? ¿Rey del árbol? Te recuerdo que él también te expulsó.

Él frunció el entrecejo, gesto que le copió la muchacha. Ya no le gustó tampoco tanto intento de superioridad.

—¡¿Quién te crees para hablarme así?!

—¡¿Quién te crees tú para que deba hablarte de cualquier manera?!

—¡KAYN!

—¡¿Y?!

Claro, no sabía quién era.

Por supuesto que no iba a saberlo

Akali analizó otra vez el comportamiento físico, porque el chico volvió a gruñir irritado y alzó su arma para asestarle un golpe, muy presa del mismo enojo que le explotó como chispa con su reproche. No pasó nada para que Kayn se quedara ciego bajo una nube de humo y ella se desapareciera de su radar.

Dos segundos después los pies juntos de Akali estaban golpeándole la espalda a la vez, justo en el centro, haciéndole comer tierra… otra vez. Primero fue el tonto árbol, ahora era la tonta chica. Por inercia fue a levantarse y el pequeño pie de la chica se plantó en su nuca. Alcanzó a ladear el rostro antes de que su nariz y boca se hundieran en el pasto, la presión de ella encima de su cuerpo era tan ligera como pluma.

Pero sabía con cuánta presión y dónde pisar.

Era pequeña, recordó. Más que él, ligerísima… e insolente. Una persona que no le temía, que le tenía sobre el suelo y dando una imagen bien patética. Se ganaría una senda tunda si su padre lo viera en tal situación. Y la frustración bajo ese pensamiento le hizo empuñar las manos con fuerzas.

Ella lo notó, sin decir palabra.

—Muévete de encima —Le oyó decir, y pensó en dejarlo ir.

Pero su padre la había entrenado en el arte de reconocer, ver dos veces y aprender. Le dio bastante pena actuar de la siguiente manera, pero le fue beneficioso para hacerle entender el punto que buscaba desde que le habló mal y le respondió sin pelos: respeto.

—Pídemelo bien.

¿Bien?

Kayn acababa de tener un colapso. Otro más. Akali no pudo evitar que se le transformara la cara a una de completa incredulidad.

—¿No sabes pedirlo?

Otro reniego sin respuesta, ella levantó el pie de la nuca del chico. Cuando éste creyó que se podía levantar quedó a medias, notó que la aludida estaba ahora sentada en posición de loto sobre su espalda. Ahora era una silla.

Por todos los espíritus del bosque de Jonia. ¡¿De dónde había salido?!

—Palabras mágicas, Kayn: por favor, quítate de encima.

—¡¿Por qué eres tan…?!

—¿Tan… genial, asombrosa, original, inteligente…?

—¡Para!

—Pero tengo más adjetivos.

—... bien.

—¿Bien? —repitió.

Le sintió respirar profundamente, como si contuviera un animal interior salvaje al que jamás dio un límite y que ahora no tenía más salida.

Detalle interesante.

Kayn dudó casi medio minuto entero, humillado y derrotado por una extraña bajo circunstancias muy poco comunes. En primer lugar sólo deambulaba por haberse enojado con su padre en su casa, los entrenamientos últimamente lo desgastaban y cada vez podía notarse más ajeno a todo. La empatía desapareciendo, el respeto por todo volviéndose mediocre.

Las misiones de las que pronto comenzaría a ser partícipe, el volverse el orgullo de esa persona que vigilaba casi cada paso que daba. Para él no era normal nada del exterior, porque prácticamente no salía de su burbuja.

Hubo algo en toda su rutina de aprendizaje esos días que le hizo salirse sólo en son de rebeldía y, por algún motivo, su padre no lo había seguido.

Calmar el instinto asesino que jamás detuvo y siempre fue alimentado, acababa de ser como un balde de agua fría al fuego que apenas notó que lo consumía. De repente el peso en su espalda no importó y sus músculos se relajaron, los puños de sus manos se deshicieron y volvió a llenar sus pulmones. A fin de cuentas lo que la chica pedía para dejarlo ir no era difícil, aunque le hiciera querer vomitar por su propia caída.

—¿Puedes…?

—¿Mmh? —masculló Akali.

Chasqueó, resoplando esta vez. —¿... puedes quitarte de encima?

Akali sonrió.

Testigo de todo lo que acababa de afrontar para poder llegar a ese punto, ella se levantó pisándolo aún y bajó al suelo como si fuera de un normal escalón. No iba a pedirle más amabilidad a alguien que parecía apenas enterarse de lo que era zafarse con buen trato.

Él se levantó.

Un peso encima y otro el cuádruple de intenso bajo la presión de la vergüenza. El color sutil invadía las mejillas y la chica sintió en ese mismo momento la tranquilidad de acercarse. Tomó una de las ramas en el pelo negro del muchacho, la hizo bailar entre sus dedos y la colocó en medio de los labios del aludido. Las manchas de tierra en todo su rostro le daban un aspecto infantil muy cómico, en medio del rosadito de sus mejillas.

—Si vuelves a tirar tu guadaña y te caes de un árbol, intentaré molestarte el doble.

Él no entendió, claramente. Ella se cubrió la boca para poder reírse con más ganas.

—¡Deja de reírte de mí! —Escupió el palito después de hablar, pero ya la distorsión de sus palabras hizo reír aún más a la chica.

—¡No me rio de ti! Ay, bueno. Un poco —Enseñó casi juntando el pulgar con el índice, para que vea cuán poco.

Temperamental, otra vez, explotó. —¡Es injusto y desagradable todo tu comportamiento!

—¿Injusto? ¿Cuántos años tienes? —ironizó.

—Catorce —respondió él, sin sentir la ironía.

Akali comprendió más todavía entonces. Vaya. Hasta sintió arremolinarse una sensación de fascinación y más incredulidad por todo.

—No hablas con muchas personas, ¿verdad?

Kayn alzó un hombro, ¿era eso importante?

—Entreno con mi padre y sus discípulos en el templo casi todo el tiempo, claro que lo hago.

Akali asintió, como si fuera molestándose un poco.

—Sí, sobre cómo golpear más fuerte o a dónde atinar, qué divertido —Guardó el kunai y procedió a cruzarse de brazos bajo su sarcasmo y a mirarlo, sin poder creerlo—. No sales mucho, ¿o sí? —replanteó.

Menudo cuestionario.

Pero Kayn estaba cayendo en él como si nada y eso era todo un buen alcance para saber cómo tratarlo. Es más, su confianza crecía por saber qué tipo de persona era y aumentaba la curiosidad por saber por qué. Ahí era cuando la terquedad se hacía lugar en su mente y cuando se distanciaba de todo para entrar en su propio nivel de personalidad.

Al menos a un nivel más interno.

—No. Huí hace rato… —Kayn observó la mirada de la chica y se avergonzó más, quizá ahora estaba siendo cuestionado por la persona que lo redujo y eso daba muchísima vergüenza. Parecía que ella podía verlo de otra manera—... ¡ya me había cansado!

—¡¿Por qué gritas?! —Se calló el muchacho, volteando la cabeza con desdén imaginario—. Está bien, yo también salí de casa para dejar de entrenar. Pero sí salgo más que tú, al parecer…

Akali iba a seguir charlando, sin mediciones. La detuvieron abruptamente las nubes, que de repente resonaron con fuerzas en un trueno sobre sus cabezas.

«Recuerda volver antes de que la tormenta nos llegue encima».

—Mierda.

—¡¿Qué?! —La defensiva de Kayn estaba bien alta.

Ella le dio un empujón.

—Tengo que irme, idiota.

¿Esa era una manera de quejarse?

De repente eso solo hizo que él no quisiera que ella se fuera. Por un buen instante había olvidado incluso los enojos de su hogar y puesto forzosamente en una situación que no acostumbraba. No podía dejar eso de esa manera. Pero del sentimiento extraño a abrir la boca había un abismo de situaciones. Menos mal, o no tan menos, Akali estaba interesada y curiosa por todo este mismo asunto, incluso la advertencia del cielo le había llegado a interrumpir.

Así que miró al muchacho y alzó los hombros.

—¿Volverás por aquí?

Kayn recalculó. ¿No estaban gritándose y llevándose mal? ¿Qué clase de contexto era este? Además, había llegado ahí de pura casualidad, sólo por salir corriendo. Debería pensarlo más para sólo saber cómo volver a aparecer ahí… pero ella no le dio tiempo de darle muchas vueltas.

—Vuelve. Encuentra el camino. ¿Por favor?

Por favor.

Para Kayn esas palabras eran muy literales, y que le debieran favores siempre era beneficioso, ¿o no? Levantó una ceja, casi sintiéndose grande de nuevo por el hecho de que ella se rebajara, aunque no lo fuera realmente y se tratara de su mente divagando sola.

—No me has dicho ni tu nombre —reclamó. Ahora sí pudo tener la cara de hacerlo al fin. Ella se sopló hacia arriba un mechón de pelo que le caía en la frente.

—Qué intenso —Le gustaba y causaba curiosidad, sin lugar a dudas—. Akali.

Akali.

Kayn lo reservó en su mente. Como la misma imagen de ella alterándose porque el siguiente trueno fue aún más encima de sus cabezas. Las nubes grises hicieron que todo se opacara y las luces de las mismas eran más visibles. La vio saltar de un pie al otro y sacudir las manos para apurarse a sí misma.

—¡Nos vemos! ¡Vuelve a casa por hoy o la lluvia te hará enfermar!

La chica se dio la vuelta, le dio la espalda sin un sólo ápice de temor o dudas, saliendo de ahí para que la lluvia no la alcance, que estaba bastante cerca ya.

Kayn la observó desaparecer entre los árboles, quieto, mudo y muy impresionado.

Fugaz, incierta, insolente y extraña. Hm.

Lo pensaría.

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Continuará...