DISCLAIMER: los personajes y universo pertenecen a Riot, la trama y la narración son mías.

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Capítulo 3

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Por alguna razón, la genética siempre encuentra un paso más allá de lo físico para parecerse a sus padres.

Akali bebía un trago de agua cuando un estornudo le barrió la concentración y una risotada exagerada saltaba por detrás. Kayn y sus burlas siempre eran casi de calibre inocente, si es que no lindaban las ideas sanguinarias y zafadas. Parecía tener quince años en físico pero no demasiados en carácter, en éste sólo parecía querer encerrarse en lo que le decían en casa: entrenar, matar, poder.

Y de repente se reía de que su compañera casi se ahoga por estornudar.

—Vuelve a ahogarte con una castaña y que te ayude tu árbol —rugió Akali, sacándole la lengua.

¿Por qué se hacía amigos tan extraños?

—Guárdate tu insolencia, aprendiz.

—¿Aprendiz? —Ahora fue ella la que empezó a reírse a carcajadas—. ¡También lo eres, idiota! ¿Así es como te regañan cuando entrenas? Aprendiz es una categoría.

Kayn rodó los ojos. La chica hablaba muchísimo y casi siempre lo dejaba en ridículo, para más: casi siempre estaba atenta a todo lo que pasaba a su alrededor y, por ende, incluso tomarla por sorpresa era un problema. Siempre al pie a la hora de alguna broma o de lo que ocurriera consigo para poder soltarle una bocanada de cualquier cosa.

Las pocas veces en que salía victorioso de ahí, ella pedía revancha y volvía a hacerle comer tierra.

—Necesitas más agilidad y firmeza.

—No puedo sacarle peso a mi guadaña —refunfuñó el muchacho.

—Entonces aumenta tu fuerza física, duh.

—¿Crees que entreno durmiendo siestas? ¡No hagas ese gesto desagradable!

¡Duh! —Otra risotada de ella y una palmadita después, seguido de lo que le compartió su cantimplora con agua.

La tomó como quien no quiere la cosa y le dio unos buenos tragos.

Nunca llevaba nada consigo más que su arma y un par de suplementos. Éstos morían camino al lugar, por lo que Akali comenzó a llevar de más desde la segunda vez que se encontraron. Iba a cumplirse casi un año de eso y los descansos de los jugueteos se volvían cada vez más cómicos por sus conversaciones.

El muchacho se limpió la boca con la mano y lanzó la cantimplora al piso. Ella pareció saltar en su lugar.

—¡Júntalo! ¿Quién te crees? —Y ella que le había convidado y todo.

—Oblígame —El tono mañoso fue increíble. Kayn olvidaba que así como él se tomaba a realidad las ironías, Akali se tomaba reales los retos y amenazas.

Le pateó la guadaña y brindó un puñetazo con kunai empuñado, directo al rostro. Fue tan veloz que no le dio tanto tiempo, pero debió preverlo. Dio un paso hacia el costado por el golpe, y alzó la mirada donde ella le esperaba lista para otro asalto.

La sonrisa en su cara era tan…

—Insolente —masculló el muchacho.

—Me lo dices seguido, ¿es tu forma de coquetear conmigo? —insinuó.

Kayn no sabía muy bien qué era lo que Akali le hacía sentir en cuanto al ámbito emocional. Le costaba arrancar en sus indicios y muchas veces se comprendía enojado con ella casi por cualquier cosa. Le molestaba su falta de respeto, le molestaba que le gane, le molestaba cuando ponía ese tono diferente en sus consultas, donde parecía molestarlo como si fuera un niño pequeño.

Ni hablemos de cuando se insinuaba con esos desgastes de mocosa y él, sin saber cómo responder pero entendiendo de lo que se trataba, se sentía abochornado.

Le provocaba enojo, le daban ganas de someterla, hacerla comer tierra, que perdiera más seguido sin darse lugar a los escapes burlones que luego también se asentaban en la lista mental de timadas. Era difícil de atrapar. Era difícil de tratar desde su punto de vista. Pero llevaba un año frecuentándola porque, quizá, perder era de las pocas cosas que a Kayn no le dejaban hacer de donde venía.

Aquí con ella podía, aprendía, ella misma le levantaba y volvía a insistir. No era un maestro ni nada parecido a ello, era una compañera de lucha con la que iba poniéndose mano a mano, todavía bajo sus diferencias de estilo. Akali le enseñaba cómo replantearse las situaciones antes de sólo lanzarse a atacar aguerrido, le enseñaba que no todos peleaban como él y que las debilidades estaban en cada caso.

—Junta la cantimplora.

—No.

—Tú lo quisiste.

Cuando Akali se lanzó sobre él de nuevo, Kayn la esperó con las manos vacías. Por lo mismo, pateó de una vez las manos de la chica para desarmarla también. El kunai voló directamente a enterrarse sobre la parte baja del tronco de unos de los árboles. Fue cuando Akali titubeó y él aprovechó de lanzarse sobre ella.

Barrió sus pies para hacerla caer al suelo, le sujetó con rapidez de las manos para evitar que volviera a armarse —para lo que la maldita mocosa pequeña era muy eficaz—. Akali despegó apenas entonces la vista de su kunai en el árbol y lo miró con cierta alarma, que él pareció identificar como la de quien perdía y temía por su muerte.

En especial porque cayó sentada al suelo y él le sujetaba los brazos hacia arriba. Toda una completa perdición.

—Voy a marcar esta victoria con tu sangre.

Sádico.

Akali acostumbraba a esas frases idiotas salidas casi del contexto de juego, pero la expresión de Kayn la eclipsó por un instante, en donde sabía que olvidaba algo. Tenía los ojos grises, ¿un poco azules? Casi los creyó más oscuros bajo otras miradas. Parecía estar disfrutando el juego, bajo un esquema más insolente y de imposición. Le hubiera encantado invertir todo y dejarlo bajo de sí otra vez mascando pasto.

Pero entonces pasó lo que olvidó.

Siempre tenía consideraciones en no golpear los árboles directamente con sus armas. Respeto primero y sabiduría después. Pues si faltaba el respeto, la sabiduría se pasaba por debajo de los pies de todos sin acatarla.

Bueno, sí acatabas algo en esos casos: no golpees o lastimes a la naturaleza jonia cuando tienen espíritus fuertes, como los árboles, porque éstos no dudarán en tomarte de los pies junto a tu compañero y lanzarte varios metros por encima del suelo para caer como bolsas de papas después.

Kayn no supo qué le dolió más, si la presión de las raíces en su pierna, la caída en seco sobre su espalda en un colchón de pasto o que Akali le cayera encima justo con el mismo envión con que cayó él. Por lo menos le amortiguó la caída, pensó ella, mientras se levantaba frotándose la coronilla y rodaba hasta quedar echada a su lado.

—Lo lamento —dijo la chica—. Vi el kunai volar al árbol, pero…

—No —dijo Kayn, respirando para retomar el aire de sus pulmones luego de que el peso de ella se lo quitara. Agradecido de que fuera liviana y no cayera con los codos o rodillas sobre algún lugar que pudiera doler más—. Yo hice que lo lances.

Akali abrió la boca, incrédula.

Hasta se sentó de la impresión y se asomó sobre él con un poco de dudas.

—¿Te golpeaste mucho la cabeza? —preguntó.

—¿Qué? No. Solamente me cayó un costal de huesos de niña encima.

Le vio arrugar la nariz y le pareció todavía más aniñada. Desde que se conocieron él era aún más alto que ella, con el pasar del tiempo seguía siendo así e incluso él continuaba creciendo más. Una vez la muchacha mencionó que le pondría dentro de una caja, para ver si así se adaptaba al espacio y no continuaba hacia arriba.

Claramente, Kayn creyó que en serio quería meterlo a una caja y amenazó con descuartizarla.

Dos minutos después el desenlace fue parecido al de hoy.

—¿Ibas a lastimarme? —indagó Akali ahora. Él la miró como si la pregunta fuera obvia y estúpida.

La manera en que lo hizo, sin embargo, daba a entender que lo era para el lado del «sí». Y por primera vez en su vida, Kayn detectó esa confusión en el rostro de la chica y fue el primero en reírse de ella.

Quizá el golpe los había afectado a los dos.

—Tienes sangre aquí —dijo él, alzando un brazo para limpiarle con el pulgar justo encima de su mejilla. Un corte demasiado superficial y, como cada vez que se lastimaba él mismo, llevó el mismo pulgar a su boca para limpiarlo. Todo bajo el control de la chica que le observaba como si de verdad se le zafara un tornillo—. ¿No se te hizo tarde?

Ella le miraba y le miraba, no le ponía incómodo pero el silencio fue despertándolo. El sabor metálico en su boca era usual, siempre que se lastimaba alguno de sus dedos los llevaba a su boca para limpiarlo. Era algo que Akali le reclamó alguna vez, pero era gesto que no podía controlar por inercia. No había pausas en una pelea para buscar algo con lo que limpiarte, a fin de cuentas.

La chica no miraba exactamente su rostro, más bien su boca.

Y de ese sentimiento que le acababa de hacer sentir que hervía su estómago y toda su cara. Kayn no alcanzó a decir nada sobre eso, ni de que parecía una fresa madura por lo pequeña, roja y dulce de su sangre. Era bastante horrible el halago en su cabeza, pero hubiera empeorado todo para ella, en especial porque casi pareció ver que disfrutó ese sabor.

—Estás muy demente —murmuró, levantándose de un saltito y permitiendo el escalofrío barrer su espalda—. Me tengo que ir.

—Pues adiós —dijo él, entonando ironía recientemente aprendida mientras se sentaba en el pasto, con pereza. Ella se detuvo dos segundos antes de seguir su camino, de nuevo hacia el sitio de donde les había echado el árbol. Sus cosas estaban ahí, a la final.

—Kayn, ¿sabes lo que es besar a una chica?

Consulta que pareció inundarlo de dudas.

—¿Por qué besaría a una chica?

Akali se fue riendo.

Kayn no entendió nada, otra vez.

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No desconocía mucho sobre el interés por los muchachos, la verdad. Akali sabía muy bien que Kayn le gustaba y por eso lanzaba las insinuaciones y coqueterías molestosas hacia él, más allá que para simplemente molestarlo.

Era un buen combo, en realidad.

Lo molestaba con su verdad, expresándose tal cual era y, a la vez, aprovechaba que esas cosas lo descolocaban y, a veces, le hacían enojar por no comprender del todo. Algo dentro de ella tenía en claro que a Kayn también le caía bien, que le gustaba al menos como compañera de entrenamiento, de juego y por la burda amistad que tenían desde hace tiempo.

En un año lo había conocido muy bien, y ella se había recluido bastante a sólo pasar tiempo con él antes que haciendo cualquier otra cosa. Si bien no se veían todos los días, ya que él parecía llegar desde lejos. Ambos parecían tener la ansiedad de estar juntos en su lugar predeterminado o en sus alrededores, pero juntos.

Ella sabía que él se sentía libre en ese lugar, con ella.

Y él entendía que ella se entretenía muchísimo consigo, pero no lo juzgaba e incluso al molestarlo, lo hacía a esa versión de sí mismo que comenzaba a conocer, independiente de toda influencia externa.

Era agradable. Akali era agradable. Se metía por su mente en los momentos de tensión y cuando, de repente, deseaba desaparecer y ponerse a prueba para conseguir todavía más de lo que le educaron para obtener. El poder que quería aumentar para impresionar a su padre y conseguir superarlo, carecía casi de su total importancia cuando salía del templo para dirigirse con la chica.

Lo mejor de todo eso, era que volvía más revitalizado, tranquilo de sus presiones, más ágil para los siguientes entrenamiento, más fuerte y ordenado para enfrentarse a diez de los hombres que le ponían en frente y salir victorioso. ¿Podía someter a la ninja si quería? No, no podía. Y eso le dejaba en claro que tanto él como ella, eran más fuertes que cualquier imposición en frente.

El poder que Akali le estaba haciendo descubrir venía de sí mismo.

Alguien que sólo entrenaba su físico no podía tener el suficiente cerebro para saber manejar esas aptitudes. Conocerse a sí mismo como lo que era en sencillez y dispersar la mente de presiones tan agotadoras era un bálsamo. Sólo era un adolescente de quince años, aunque no fuera a admitirlo en voz alta. Sólo quería estar con su amiga y disfrutar de un lugar donde podía no entender algo sin castigos, donde podía perder sin castigos, donde aprendía a tratar con alguien más.

Donde no le juzgaban por dar un paso en falso.

Otra vez: alguien que no estaba pidiéndole ser nada. Sólo que sea él mismo.

Gracias a la coordinación mejorando y a sus capacidades aumentando fue que su padre, y Maestro también, no sospechó de que estuviera realmente yéndose para socializar o huir de él. Ésto último hasta comprensible para sí mismo, porque se entendía como un sujeto muy estricto con el que su propio hijo quiso pelear más de una vez, por ende alguien que tuvo que castigar al susodicho Kayn por su insolencia, para demostrarle cuánto le faltaba.

Y Kayn volvía más capacitado, no le buscaba roña y tenía más paciencia para escucharlo, así que suponía que se dirigía a canalizarse solo y era mejor para todos.

La mayor cantidad de días que pasaban sin visitarse eran dos continuos. Era cuando Akali tenía su soledad con Shen invadiéndola y cuando el propio Kayn se encontraba bajo presiones. Eran los días donde los dos buscaban complacer y ganarse el espacio libre para el siguiente día, o los que venían.

Formas claves de manipular a sus maestros: hacer lo que se suponía y aprovecharse de ser buenos.

La cierta ansiedad que brotaba de sus espíritus cuando el segundo día iba terminando les hacía casi cegados y en automático hacer todo. Les hacía pasar cosas por alto, a veces. Como que Kayn se olvide de sus suplementos para el camino y llegara dos veces más cansado e irritado, o que Akali olvidara que era mujer y cada período llegaba eventualmente, todos los meses.

Al reencontrarse, las situaciones eran un poco cotidianas. Prácticamente no se saludaban siquiera, iban directo al hecho: Akali lo esperaba con trampas si llegaba primero, Kayn la esperaba escondido y listo para atacarla de sorpresa. Él usaba más magia que la que ella podía contemplar, lo de esconderse entre las sombras y volverse más rápido para atravesar los espacios, volverse una misma sombra para conseguir hacerlo.

Era quizá contra lo que más demoraba Akali, y por ende lo que él perfeccionaba más allá. Pero también lo contrarrestaba con su rapidez para escurrirse de sus agarres.

Esta vez, en concreto, la ninja había saltado detrás de su barrera de humo para poder desligarse del agarre de la guadaña a uno de sus pies. Casi lanzándola lejos. Probablemente fuera la flexión de piernas, o el salto, o la caída sobre sus propios pies. Pero apenas pudo levantarse, notó más gotas de sudor de las normales en sus sienes.

Escondida tras unos árboles, a unos metros de donde acababa de dejar a Kayn esperándola.

Notó que sus piernas temblaban y que súbitamente una presión se ubicaba en su vientre bajo. El dolor fue tan espontáneo que no le dio tiempo ni a pensarlo de manera exacta. Como si le apuñalaran lentamente desde adentro hasta hacer que se doble sobre sí misma, abrazándose el estómago y el vientre.

—¿Te parece digno huir? —lanzó, a modo de burla. Kayn la encontró justo ahí, sujetándose de unas de las ramas del árbol que estaba encima de ella, de donde se balanceó para caer en frente. Justo para desmoronar su barrera de jugarreta al verla hecha un ovillo consigo misma, gimoteando de dolor.

Bajó de una sola vez su arma.

Se notaba que Akali inclusive doblaba los dedos de sus pies para apretar y resistir las oleadas de dolor. Se notaba en sus mismas manos cómo las empuñaba, la tensión en su cuerpo y el sudor más abundante. ¿Estaba herida? ¿La lastimó sin darse cuenta? ¿Se acababa de golpear?

—Oye, ¡respóndeme!

Ella alzó el rostro y Kayn casi se cae.

Sus mejillas rojas a fuego iban palideciendo, la tensión por el aguante en su rostro, los labios rojos de mordérselos. Y unos ojos cristalinos que no parecían comprender qué pasaba tampoco, no del todo.

—¿Qué insecto te picó ahora?

Akali meneó la cabeza y pareció soltar un suspiro que le dolió también. El muchacho se puso en cuclillas frente a ella y le puso una mano sobre la cabeza. No tenía fiebre, sólo sudor. Lo que fuera que estaba pasándole parecía estar matándola o hacerla sufrir realmente mal.

¿La había visto alguna vez en esa posición fetal, tan derrotada? No, jamás. Y por eso se sugestionó en seguida con que algo acababa de ocurrir fuera de sus ojos.

—¿Alguien apareció y no lo vi?

—No, Kayn —masculló la chica. Su respiración agitada hacía subir y bajar su pecho con rapidez. Golpeó el suelo con uno de sus puños, como si intentara con eso mitigar el dolor que ya sentía por dentro. ¿Qué demonios estaba pasándole? ¿Por qué dolía de esta manera? Casi quería llorar de la propia incertidumbre.

—¿Qué te duele? ¿El estómago?

Ella asintió. Él la forzó a despegar sus brazos para ver si hallaba alguna respuesta física. Sólo tuvo a Akali sin fuerzas en su agarre y dejándose hacer mientras hipaba y contenía su frustración por la dolencia. Lo que fuera, no iba a volver a tomarla desprevenida. Pero ¿y si era algo que estaba matándola y moriría justo ahí, junto a él, sin haberlo esperado siquiera?

Sólo se sintió sudar aún más.

Kayn no vio nada. Sólo el estómago y vientre planos, tonificados por la actividad física. Cuando tocó una de las piernas flexionadas de la chica para extenderla, ésta chilló más fuerte. No la soltó, pero analizó la situación frente a él.

—¡Despacio, imbécil! —Jadeó, pero extrañamente la tensión había disminuido y no entendía si la sensación era mejor o peor.

—Cuando un hombre se hiere internamente o recibe un golpe que le deja falto de circulación, lo mejor es extender el cuerpo para que no siga la presión —recitó como se lo recitaron un millón de veces, lo puso en práctica y volvió a estirar la otra pierna de la chica. Ella permaneció con las mismas ligeramente flexionadas, ligeramente abiertas. Kayn sin titubeos tocó sobre su estómago, haciendo presión.

Tuvo náuseas, pero se dio cuenta rápido de que ahí no era donde dolía precisamente. Y la tensión de sus piernas disminuyó había conseguido relajar sus músculos, era verdad.

Cuando Kayn bajó más su mano, ella pudo sentir el calor de su piel justo sobre su vientre. Echó la cabeza hacia atrás y le miró desde su postura, semi sentada. Tocándola de esa manera que hasta era suave viniendo de él. Resopló, sin embargo, con un poco de frustración por ver arruinado su rato de diversión.

No necesitó mucho tiempo para que todo cerrara: el dolor era en su vientre bajo, el calor de Kayn en la zona le reconfortó, el objetivo de que su circulación corra mejor tenía que ver con claridad con que algo estaba inflamado en su interior. Y sólo recordaba a Irelia mencionando la posibilidad de cólicos alguna vez cuando su período llegara. Quiso reírse de sí misma, pero la verdad es que ahora mismo quería a Irelia a su lado para que le asista, como cada vez que alguna cosa extraña le había pasado a su cuerpo.

—Ya sé qué es —resopló.

La sola idea de no estar muriéndose ya le mejoró la sensación.

—¿Qué tienes? —cuestionó él.

—Estoy por empezar a sangrar —respondió, con algo de pesadumbre y haciendo otro gesto de dolor que le arrugó la cara—. Ugh —Abrió los ojos y miró a quien silenciosamente todavía mantenía su mano sobre su vientre. No iba a quejarse de un contacto inocente y menos si venía de él, era agradable la tibieza sobre el lugar. Pero Kayn, otra vez, simulaba no estar entendiendo cómo iba a empezar a sangrar sin una herida y ni cómo sabía que eso ocurriría.

Vio pasar todas las consultas, no necesitó que diga nada.

—No tienes idea, ¿verdad?

—¿De qué?

—Las mujeres… sangramos, por unos días. Cada veintiocho o treinta días.

Él retiró con suavidad increíble sus manos de ella, observándola con detenimiento.

—Sí…

—¿No sabías?

—¡Sí! —afirmó él—. Pero no sé cómo ocurre algo así.

Y, sinceramente, era una explicación que ella tampoco quería hacer ahora. Claro, ir a charlar sobre lo que era tener sexo sería una cosa, coqueterarle sobre sus intenciones era otra. Contarle que sangraba por su vagina por temas uterinos naturales era otra muy diferente que no le hizo muchas ganas. Tampoco parecía que Kayn quisiera sentirse cómodo con el asunto.

—¿Felicitaciones?

—¿Por qué me felicitas?

—¿No se les felicita cuando sangran? Que eres ya mujer y esas cosas.

Pfff. La hizo reírse.

Con eso se calmaron los dos. El dolor menguaba, aparentemente el pico del mismo había sido el que la derribó.

—Gracias, qué sexy que lo tomes tan natural.

—¡Shh! ¡¿No se supone que lo es?!

Lo era, sí. Por eso ella ahora tenía ganas de estrujarlo. Y lo hizo, de hecho.

Se sentó en un quejido y levantó los brazos hacia él. Sujetó primero la muñeca del muchacho, que estaba cerca por haberla tocado, tiró de él y se dejó caer encima de su pecho y hombro, rodeándole por debajo de sus brazos. Casi lo obligó a tener que sentarse, dubitativo el muchacho le sujetó de las piernas y le acomodó sobre su regazo.

Akali era pequeñita.

No creyó posible la idea de poder sujetarla de esta manera. Ella suspiró y acurrucó con las ojeras remarcándose bajo sus ojos semi abiertos, por donde el color iba regresando.

—¿Quieres poner tu mano otra vez en mi vientre? —consultó—. Se sintió bien.

Le respondió directamente con la presión en el lugar, sin ser presión exacta. Kayn colocó ahí lo pedido y se permitió mirarle al rostro sin perder oportunidad. Silencioso y sin intenciones o motivos para hablar, notó una de las propias manos de Akali sobre la suya. La mirada de la chica estaba puesta más allá de ambos y no perdía contemplación. Se notaba relajándose por la fuerza, para evitar que las oleadas de dolor empeoraran.

El muchacho concentró de su energía en la mano que le estaba tocando.

Akali pudo sentir las vibraciones de la magia rozando su piel. Levantó su mirada y se encontró con la de Kayn.

—Estoy enviando sanación —dijo él.

Era algo que su Maestro le enseñó para recuperarse rápido de las batallas. Canalizarse, siendo maestros y aprendices de su orden, era una necesidad que debían aprender. Si bien era algo que por momentos le había costado bastante, que notaba poder hacer mejor cuando se distanciaba y utilizaba más de su magia una vez terminada la pelea.

—No es la primera vez que ocurre —colaboró ella. Notaba el dolor menguando con un poco más de rapidez—. Ni será la última.

—Sólo fue la primera que te dejó en este estado —respondió, en tono de burla. Dedujo por su cuenta, la chica se fascinó y hasta resopló una risita divertida.

—¿Cuándo aprendiste a hacer esto?

El viento sobre las copas de los árboles hacían un arrullo para Akali, sus dolencias casi se sentían como tenerla al borde de un abismo e iba alejándose del mismo conforme los minutos pasaban y todo nudo de dolor parecía desbloquearse para poder seguir. Mágico, ni casi, sólo eso.

—Es la primera vez que intento sanar a alguien, sólo sé hacerlo conmigo mismo.

No se daban cuenta de que llevaban mirándose a los ojos desde hacía un buen tramo. La tierra bajo ellos parecía un colchón burbujeante en donde se encontraron tan cómodos y armoniosos que parecía una estupidez soltarse. El hueco entre las piernas de Kayn, en su posición de loto, ella con sus piernas hacia un lado y, ahora, su nuca y espalda recostadas en uno de los brazos del muchacho, que le sostenía.

Se miraban.

Ella parecía muy indefensa, generándole sensaciones que no pudo distinguir de otras veces. Con su rostro pálido y ojeroso, la boca roja del maltrato previo y el dejo de dolencia que permanecía por apenas ir recuperándose… regresó la vista a sus labios, casi a la par en que su mano salía del vientre de la chica y subía a rozarle una de las mejillas pálidas.

La máscara de la ninja en su cuello ya estaba ahí cuando llegó, tuvo vía libre para acunar su rostro. Casi por inercia —o por un instinto que sintió llegarle desde el fondo de su corazón—, Akali alzó el brazo y también le sostuvo el rostro, permisiva.

—¿Qué pensarías si no me vieras una semana? —cuestionó la chica, con una voz aterciopelada y baja. Casi como si estuvieran en un rincón secreto desapareciendo del mundo a su alrededor.

Kayn pareció pensarlo. De hecho, lo hizo bastante.

—Que no quieres hablar conmigo nunca más.

Respuesta esperada. La chica le palmeó la espalda, con la mano del brazo que todavía estaba rodeándolo.

—Creo que aún habiéndote mandado al demonio, querría hacerlo.

Deslizó la mano hasta la nuca del muchacho, haciéndole inclinarse. Sus frentes se presionaron por unos cuántos minutos que parecieron extremadamente fugaces. Se arremolinaban alrededor los bailes del viento, las caricias del cesped, la sombra de los árboles. Había latidos en sus corazones que parecían estar acelerándoles la concepción del tiempo.

Una emoción diferente y tentaciones distintas.

Kayn asintió. Su pulgar rozó la mejilla de la chica y, a la vez, la comisura de sus labios. Akali sintió un golpecito de electricidad con la realidad de su cercanía llegando a su consciencia. Se separaron lo suficiente para mirarse a los ojos otra vez.

—Tengo que irme antes de tener un accidente —murmuró ella. Si hasta el aroma entre ambos parecía ser un acoplo e incentivos inmensos. Sus interiores rebosaron y el muchacho fue capaz de notar un despertar intenso en su interior.

—Empieza por levantarte de mis piernas.

Lo hizo.

Se alzó con menos complicaciones y mayor ligereza. Maldijo internamente a los cólicos y se permitió abrumar por todo lo que acababa de ocurrir. Akali era consciente de su alboroto interno haciéndose mucho más grande, casi pareció que estaban bajo un velo de unidad tan o más intenso que todo lo que pudo traerse previo a ello.

Fue como si los dos se acoplaran, fue un instante largo de instintos internos saliendo a la luz. Como la debilidad de ella, y la suavidad de él para contenerla.

Kayn se levantó detrás.

No dejaba de mirarla. Ni porque fuera buscando sus cosas para ambos largarse de ahí con el siempre «hasta la próxima». De reojo lo hacía, intentando encontrar razonamiento para lo que acababa de pasar y no entendiendo cómo su fortaleza se veía invadida de lo que parecía un encantamiento. Era como si ella acabara de hundirle algo en las tripas, pero sin ser exactamente así.

No era doloroso tampoco, le daba energía. Un ímpetu sobre algo desconocido que le hacía visualizar cosas que antes no.

Hasta ese día, Akali había sido una amiga con la que divertirse y despejarse; ahora era una chica de piel ligeramente tostada por el sol, suave, pequeña y confortante, con sus actitudes que de repente eran molestas y todo, con sus kunai que le amenazaban con cortarlo y sus bombas de humo que le dejaban tosiendo a veces por quince minutos enteros.

«Creo que les puse mucho picante», decía ella. Y ahora hasta esa frase le parecía graciosa.

No entendía que haberla visto con debilidades le había sacado a relucir una preocupación que no sintió por alguien más. Había simplicidades en la naturaleza humana que se volvían instintos básicos. Ella era su par, tenía defectos, necesitaba contención y seguro cargaba su propia historia de fondo.

De repente la curiosidad suscitada apareció por el despertar de tal sentimiento. Quizá a estas alturas, de haber tenido la oportunidad de desarrollar este tipo de vivencias en lugar de prácticamente encerrarse del mundo, podría entender y estar a la altura de los pensamientos de ella.

De cómo lo veía. Porque ahora él la veía distinta.

Distintos aspectos de cada uno van enseñando el verdadero ser interior.

Dejó ver una suavidad y sutileza que no tuvo antes, ante la necesidad de cuidado que ella nunca había enseñado tampoco. Y ahora quería mantener la sensación de la chica sobre sus manos, había visto sus labios y pensado en la pregunta que le hizo días atrás. Notaba con muchas fuerzas —de las pobres hormonas a las que jamás dio paso libre sino hasta ahora— el instinto humano comerle de a poco cada parte de sí.

Rotos todos los esquemas bajo la curiosidad de sentir piel bajo sus manos y un aliento cerca del suyo. Una unidad que no recordaba tener con nadie. Un carácter que le impulsaba a querer más de ella.

Instintivo.

Y aparentemente, la muchacha se dio cuenta con mucha sorpresa de su mirada intensa, así como del cambio de perspectiva hacia sí, de la misma.

Pudo sentir la adrenalina del juego volviéndose realidad. La emoción de los propios sentimientos aflorando para recibir a los que acababa de hacer y ver nacer hacia sí. Se los estaba diciendo todo, incluso el silencio engañoso entre ambos, que se rellenaba con las respiraciones y el sonido propio de la naturaleza que les hizo encontrarse.

La vio sonreír, de esa manera en la que sabía que algo soez o insolente saldría de su boca, apenas empezada a ver con mayores deseos.

—¿Ya sabes por qué besarías a una chica? —preguntó, como cantado por el viento.

El muchacho atinó a responder, pero ella le alzó uno de los hombros en señal de burla, de vanidad. De saberse ahora añorada por el chico que intentó arrastrar y por el único que había querido tomarse tales molestias.

Y se fue a casa, escondiendo tras su máscara las mejillas pálidas volviéndose rojas y la curva de su sonrisa picarona.

Y sí, ahora Kayn ya sabía por qué besaría a una chica.

Pero, más importante: sabía a qué chica quería besar.

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