Escribí este one-shot cuando estaba en medio de exámenes de posgrado. El Lucemond me mantuvo viva durante esos días xd Si, aun sigo de luto por la muerte de Lucy. Así que todo un mes de ideas acumuladas resultaron en esto. Denle amor, pls
Actualización: este one shot participa en la Lucemond Week 2023. Fingimos a partir de aqui que todo esta escrito en Alto Valyrio. Imaginemos el precioso acento de Rhaenyra cuando proclama su bello Drracarrys.
Día 1: Reencarnación y Alto Valyrio
Capítulo único.
Todos los hombres deben morir
Hay poemas en Alto Valyrio que se presentan lejos de sus dueños, según los maestres. Uno de ellos anuncia la naturaleza de la muerte con aspereza y ruido solemne. Dice, sin haber sido escrito en papel ni declamado entre las multitudes de Poniente, palabras que el mismo Desconocido reza en su propio septo. Ronda por el cóncavo espacio y se esparce a través del camino recto-torcido de los hombres. Es una tempestad de metal clavada con fiereza desde el orbe hasta el hueso, donde nada hay y todo lo hay. Un breve segundo entre el sueño y la vigilia.
A lo lejos alguien entona una canción en Alto Valyrio. «Aemond, ¡Aemond!».
«¿Quién», los ojos le danzan impacientes debajo de los parpados.
En medio de un grito-susurro alguien llama. «¡Aemond! Despierta».
La voz lo abstrae a regañadientes de las aguas claras donde navega sin ásperos pesares. La voz cambia, madura como los árboles del bosque y el rio que fluye.
«Te he estado esperando», manos suaves y cálidas se atreven a tomarlo del mar donde transita.
Abre los ojos, meditabundo, de repente vuelve a poseer ambos pares de orbes; resulta ligeramente extraño, evoca con dificultad y se da cuenta de que ha mirado a través de una rendija por un largo tiempo. Su visión se aclara y la sombra frente a él toma sentido. Un niño sin nombre sonríe con sutileza, como si se tratase de un viejo amigo.
—Aemond, no tengas miedo—su tono de voz es suave, el valyrio en su lengua es grávido, perfecto: retumba en su cuerpo entero y le calienta el pecho. Su voz ha cambiado; lo mira bien, es ligeramente mayor, como hubiera sido de haber vivido.
—Taoba…— pronuncia desbaratado con la podredumbre de un zafiro-recuerdo incrustado en el cráneo. Es el estallido de las fauces de un dragón en la silla de montar donde un niño sin nombre se aferra. Algo se le escapa de ambas cuencas, es salado y fluido. Se le resbala por las mejillas. El niño sin nombre se da a la tarea de recoger el líquido con las yemas de sus dedos.
—Ven, tío, camina conmigo—se sitúa a su lado y lo asa con delicadeza de la muñeca. El niño ha crecido, su voz se ha agravado, se da cuenta cuando el valyrio que pronuncia su lengua se estrella frenético detrás de su nuca; el cabello color chocolate le cae por encima de los hombros y sus mofletes están más pálidos de lo que solían ser. Es conducido a través de un camino donde la luz absorbe el color entero. «La muerte es blanca», dice el poema.
—¿Lucerys?—inquiere, no quiere que sea más un niño sin nombre—. Lucerys… los mate a todos— el líquido vuelve a brotar de sus ojos violetas. El niño detiene el paso y le seca las lágrimas una vez más.
—Todo terminó para ti, tío— Lucerys construye apenas una sonrisa y no se esfuerza en denotar en sus ojos una expresión de calma —.Ya todo ha pasado— Aemond se interna en sus ojos verdes y se siente abrazado, acogido. Eso basta, es todo lo que necesita. Pronto se deja guiar por el muchacho a través del camino; está lleno de incertidumbre, su corazón se siente menos amargado y pesado al menos.
—Nunca quise matarte— confiesa de manera repentina. Lucerys lo sabe, lo ha visto. Guarda silencio.
—Tampoco quería lastimarte, Aemond.
El niño es genuino, reconoce Aemond.
A Lucerys le sienta una sonrisa escondida en el rostro capaz de calentarle el pecho, es todo lo que Aemond necesita. No un ojo o una vida.
—Mi pobre tío, el mundo seguirá incendiándose allá afuera, tú y yo debemos continuar — Lucerys lo sostiene de la muñeca y continúa avanzando. ¿Cómo puede Aemond continuar? Si él ha contribuido a llenar de fuego el mundo.
—¿Entonces…estuviste esperándome?— se ve en la desesperada necesidad de confirmarlo.
—De la misma manera en la que mi padre lo hizo conmigo.
—¿Harwing Strong? — Aemond no puede evitar preguntarlo, a lo que el niño se muestra divertido y reacio ante la pregunta. A Luke le sientan aquellas facciones en su rostro que encierran una travesura. Aemond supone que se trata de un misterio que ha preferido llevar consigo más allá de la muerte.
—No podría importar más o menos que antes, tío. He decidido acompañarte a ti, es lo que importa— Lucerys no aparta los ojos del frente, así como no aparta el cálido agarre de la muñeca de Aemond, quien se siente bien de ser sostenido de esa manera
—¿Por qué acompañarías a alguien como yo?
—Así como tú permites ser acompañado por alguien como yo, tío.
—Jamás mereciste lo que te hice.
—Quiza no. Hasta donde sé, desde tu único punto de vista, tenía una deuda que pagar— Luke se permite bromear para esclarecer a su tío —. Lo siento mucho, Aemond, no importa si ambos lo merecíamos o no. Ya este hecho.
—¿De dónde viene tanta sabiduría, taoba?— Aemond arquea una ceja, le agrada lo reflexivo que Luke se ha tornado.
—Cuando llevas un tiempo aquí esperando, entiendes algunas cosas.
—¿Qué hay de la Fe de los 7? ¿es real?— Aemond piensa inevitablemente en su pobre madre, quien reza todas las noches al Padre, Herrero, Guerrero, Madre, Doncella y Anciana. No al Desconocido, al Desconocido no se le reza.
—Bueno… eso sí que no lo sé, supongo que depende de lo que cada uno elija creer.
Aemond se ve inmerso en las capas de luz blanca que se abren por delante y elije deshacerse del agarre que el muchacho ejerce en su muñeca. Aemond prefiere tomar su mano. Ahora que mira con ambos ojos, el espacio parece ser un poco más fácil, libre de las artimañas de los hombres, a lado de aquel a quien ahora elije considera su compañero. De repente, la recuerda.
—¿Qué ha pasado con Alys? Estaba embarazada— Aemond se inquieta, aunque poco puede hacer ahora por la mujer.
—¿Alys Ríos? Cierto, no te preocupes, tío. Ella está bien, dará a luz a un niño malformado, como lo fue mi hermanita, Visenya, y luego, por un tiempo, será llamada la reina bruja— el joven continúa caminando hacia el frente, se siente mal por Aemond. Sus ojos se posan tristes en el joven de cabello plateado que lo acompaña colgado de su mano.
— ¿La amaste?— se atreve a preguntar, curioso.
Aemond siente un vuelco en las entrañas, se está acostumbrando a mirar con ambos ojos así como a volver a elucidar emociones con ellos.
—Tú, quien parece saberlo todo, mi señor Strong, ¿la ame, a mi señora Alys?
—Lamento decirlo, tío Aemond, pero todo este tiempo no he sido del todo omnipresente— el muchacho se revuelve el cabello y una risilla apenada lo atraviesa. Aemond lo nota y da una media sonrisa.
—La ame— En su búsqueda por expiarse a sí mismo, la amó, genuinamente, así como en su locura, terminó por masacrarlos a todos.
—Entiendo, me alegra que hayas amado en el mundo. Alys era una hechicera de la cual no me habría fiado del todo, pero en verdad me alegra.
—Si, eso decían… ¿Luke, qué hay de todos los demás? ¿qué hay de tu madre?
—Espero pronto volver a verla, quizá en otro cuerpo u otro lugar— Luke está tranquilo, meditativo, inexorable. Aemond nunca lo había visto de aquella manera, tan quieto. De repente, Lucerys se detiene frente a la luz que se torna más intensa, más brillante, más blanca. Sonríe y Aemond lo percibe, de alguna manera u otra sabe que su estancia en ese lugar pronto terminará; no lo quiere así, se siente tan cómodo estar ahí, esa es la idea, así es la muerte, ¿no?
Lucerys está al tanto de su inquietud, por lo que afianza el lazo que ambos han formado entre los dedos.
—Si tenemos suerte, quizás nazcamos en algún lugar menos cruel, uno menos violento. Quizá un mundo más avanzado. Por ahora, al menos podemos elegir a donde ir en el universo.
—¿No nos queda más tiempo aquí?
Ante sus palabras, el niño se rio y de nuevo, apareció esa sonrisa de travesura en su rostro.
—¿Qué pasa, tío? ¿Es que acaso el mundo no es suficiente para ti ahora?
—Taoba, no fui yo quien murió en las fauces de un dragón…— Aemond se cruza de brazos y levanta una ceja. A Luke le tiene sin cuidado la forma de su muerte; parpadea un par de veces, toma aire y le dirige una sonrisa.
—Te propongo algo, tío.
—¿Qué cosa es?
—Las cosas no funcionan así, al parecer—de nuevo, una calma aparece en la mirada del niño—.Debemos ir y vivir cuantas veces sean necesarias. Pero quisiera estar contigo un poco más, si tú lo permites.
Aemond no parece comprender, una mirada llena de desconfianza le asalta el rostro. Ir a un lugar menos violento, uno donde sea feliz, es todo lo que desea.
—¿A qué te refieres? — lo implacable y reacio de su carácter disminuyen cuando se ve atraído por las facciones y la calidez que Luke desborda.
—Digo que si tú quieres, a donde sea que vayamos, a cualquier universo, o a cualquier mundo o país de este linaje cósmico, quiero volver a encontrarme contigo.
—¿A pesar de todo lo que he hecho?
—A pesar de todo. ¿Sabrás reconocerme al instante, tío? ¿seguirás tomando mi mano en cuanto volvamos a nacer en este u otro mundo?
Aemond duda, pero finalmente lo entiende.
—Todos los hombres deben morir.
—Todos los hombres deben servir.
Sin más, Aemond retoma el lazo entre los dedos de Luke para internarse dentro de la masa luminosa del orbe de la muerte.
Notas de la autora: Siempre he sentido gran predilección por redimir a mi bebito Aemond, soy de la fiel idea de que solo necesitaba un abrazo y cariñito.
Y así termina. ¡Cuéntame qué te ha parecido!
