Disclaimer: Los personajes de Ranma ½ no me pertenecen. Historia creada sin fines de lucro.
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—|Serendipia|—
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"—¿Quién eres?
—Calcula milenios multiplicados por eras y ciclos infinitos. Desde entonces existo…"*
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Nota: Historia inspirada en el corto animado de Marsha Onderstijn: "The Life of Death".
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Normalmente las personas suelen ver el lado negativo de las cosas; el vaso medio vacío, los días grises, las piedras en el camino… viviendo sin realmente hacerlo… pero él, no.
Él…
Él era la persona más encantadora sobre la tierra, al menos eso decían los que llegaron a conocerle. Siempre amable, atento y simpático, brillante, cálido, un amigo entrañable y un hijo ejemplar. El tipo de persona que todos deseamos tener en nuestra vida.
Juiciosamente todos los días se levantaba muy temprano –aun y cuando la bruma no se esparcía del todo–, recorría trotando lo equivalente a 7km colina abajo, en un bosque por demás precioso.
Después, al llegar a un claro que había cerca de un riachuelo, se despojaba de su camiseta empapada en sudor que aterrizaba en el pasto, los zapatos de correr y calcetines seguían el mismo camino, inhalaba profundamente el embriagante aroma a bosque y, comenzaba a entrenar, y lo hacía con mucho rigor hasta que sus músculos clamaban piedad. Al finalizar su entrenamiento, se sentaba en flor de loto y meditaba mientras los rayos del Sol comenzaban a tostar suavemente su piel.
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Ella…
Ella había estado en este sitio desde su origen, que era también el suyo propio. Su andar era liviano al igual que el de una hoja llevada al viento y su presencia solo se advertía por su aroma, aunque nadie vivo podía dar seña de ello.
Su piel, cabellos y rostro ostentaban una belleza sobrenatural, casi como la de un ángel… y lo era, pero no del tipo que deseamos tener en nuestra vida, no al menos todavía.
Su existencia era solitaria al igual que su bosque: vacío, pacífico, evitado y olvidado… hasta ese día.
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La primavera estaba en ese punto donde todo lo que alcazaba la vista había sido cubierto por un verde irreal y esponjoso, en el que el aire estaba tan cargado de fragancia floral que llegaba a picar la nariz y los múltiples sonidos de los animales se mecían entre las hojas, igual a una sinfonía, la vida, en su máximo esplendor.
Lo había visto llegar. Una pequeña camioneta roja quebró el verdor del bosque y rompió la calma del sitio. Un chirrido de metales seguido de una estela de humo negruzco manchó el verde ambiente e hizo que varios animales huyeran en todas direcciones.
Pero ella tenía curiosidad…, el intenso follaje le brindaba un camuflaje perfecto, que aunque no lo necesitaba, le venía bien. Se encaramo en el árbol más cercano y colgando igual que una fruta, observó. La camioneta aparcó frente a una destartalada casita a unos 500 pasos de donde se encontraba ella.
Él descendió de un salto del vehículo, puso los brazos en jarra y escrutó su alrededor con una sonrisa esplendida adornando su rostro. Ella abrió sorprendida los ojos y se inclinó un poco más hacía adelante para verle mejor, no era la primera vez que veía a un hombre, pero sí la primera vez que lo veía a él.
Atenta a todos sus movimientos, le vio secarse el sudor de la frente con el dorso de la mano y le imitó, aunque su frente jamás sudara. Él giro sobre sus talones y la curiosa trenza que portaba, trazo un arco ondulado en el aire; caminó a la parte trasera de la camioneta y de la cajuela destechada alcanzó un par de sacos que se colgó al hombro y entró a la casita.
Ella suspiró, estaba fascinada con él.
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Lo suyo había sido un encuentro fortuito, de esos que jamás debieron ocurrir, pero ocurrió.
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Los siguientes días corrieron a prisa hasta convertirse en semanas y frente a una mirada curiosa e invisible, el chico de la trenza reconstruyó esa vieja cabaña volviéndola un hogar, su hogar. Después, su rutina cambió por completo. Se levantaba al alba y corría, eso sí, sin alejarse demasiado del hogar.
Los animales del bosque poco a poco se acostumbraron a su presencia y empezaron a acercarse a la cabaña. Él los miraba con cautela y cierta fascinación, igual que ella hacía con él.
Más confiado y con una vaga sensación de pertenencia, el chico de la trenza exploró más allá de los límites que él mismo se había trazado. Abrigado entre trinos de aves y el penetrante olor a musgo, recorrió los confines del bosque hasta llegar a un descampado. Allí, el sonido de los animales en general era amortiguado por la potencia de un riachuelo que bordeaba el claro.
Desde ese momento, ese lugar se convirtió en su espacio favorito en medio de la nada.
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Mientras él meditaba, ella dejó su escondite. Sus pies desnudos se plantaron en la tierra esponjosa sin nunca llegar a hundirla y se deslizó hasta quedar a escasos metros. Desde ahí podía ver como el pecho del chico de la trenza se hinchaba y deshinchaba cada vez que inhalaba o exhalaba aire.
Los músculos de los hombros y brazos del chico permanecían relajados, pero aun así, se insinuaban bajo la piel tostada los tendones y las venas exaltadas y, su curiosidad creció: cómo se sentiría tocarlo. Se acercó todavía más, poquitos centímetros la separaban de él y observó su cara: los párpados cerrados suavemente bordeados de pestañas negras tan infinitas como el universo, un pequeño lunarcito debajo de la ceja izquierda, su nariz respingona y sus labios pachoncitos entreabiertos, todo en él era fascinante y ella estaba encantada.
El chico de la trenza inhaló profundo y una mueca trasformó la paz de su rostro. Abrió los ojos de golpe y frente a él… no había nada, sólo flotaba en el aire, un aroma muy peculiar.
Recorrió con los ojos centímetro a centímetro el claro, a simple vista no había nada distinto. De pronto, fijo la vista en un punto frente a él, ladeó la cabeza y parpadeó despacio y, ella casi que pudo sentir que él sí podía verla a pesar de su incorporeidad.
El chico de la trenza soltó un sonido que mezclaba un suspiro y una risita y se levantó, estiró sus brazos sobre la cabeza hasta que un par de vértebras hicieron crack, recogió sus prendas y las aventó sobre su hombro, lanzó una última mirada y se marchó del claro.
Y mientras ella le veía marcharse, algo en su interior comenzó a revolotear tan fuerte como un enjambre de abejas, ese algo, hacía que su existencia vibrara frenética y de ese algo, deseaba mucho más.
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Él se sentía intrigado, no lograba apartar de su memoria ese peculiar olor y la sensación de sentirse observado cobraba una fuerza cada vez mayor. Pero, contrario a lo que se podría suponer, no sentía ningún temor.
Día tras día, el chico de la trenza buscaba replicar ese momento, hacía todo igual, incluso vestía igual, pero la experiencia no se repetía. Y aunque sabía que era una tontería, no podía evitar sentirse un tanto desilusionado.
Un día, justo cuando iba a comenzar su rutina, un anciano que llevaba a cuestas una carreta, irrumpió a porrazos la puerta.
El chico de la trenza acudió al llamado y cruzó algunas palabras con aquel anciano, ella observaba pero aunque intento, nada podía escuchar. El anciano le entregó un sobre y se marchó.
Él, abrió con apremió el sobre y leyó la misiva. Su expresión se transformó y en menos de un segundo había desaparecido del umbral para aparecer de nuevo cargando una mochila que arrojó como si nada en la cajuela, se montó en la camioneta y una estela de humo negro le siguió hasta que el vehículo se convirtió solo en un puntito en el infinito.
El bosque quedó en total silencio, ella se había quedado sola.
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Había una sensación que ella jamás había experimentado, era una especie de nudo que se extendía sobre toda su existencia y que la comprimía de una forma tan cruel y dolorosa que era imposible para un ser como lo era ella; pero ahí estaba, lo sufría y era arrastrada a un agujero inmenso y sofocador. No estaba bien, aquello era antinatural.
Con el ir irreversible de los días, ella intentaba convencerse de que su partida había sido lo mejor, no podía descuidar aquello para lo cual había sido creada. Sí, realmente lo intentaba y en su intento, su esencia se apagaba un poquito cada vez; sus pies que siempre levitaban se hundían irremediablemente en la hierba y ella era visible, tan visible como él…
—¿Quién eres?
La pregunta había resonado en medio del claro, pero era seguro que no iba dirigida a ella, ¿quién podría hablar con un ser invisible?
—Hola, ¿cómo te llamas? ¿estás bien? —aquella voz sonaba tan preocupada que instintivamente alzó la mirada para descubrir de donde provenía. Sus ojos se toparon con otros de un azul profundo.
Era él… y la miraba a ella.
—¿Estás perdida? ¿Lastimada? —continuaba preguntando a una distancia prudente—. Perdón, creo que te he asustado. Mi nombre es Ranma —dijo llevándose la mano al pecho e inclinándose levemente.
Ranma… ese era su nombre.
Lo suyo había sido un encuentro fortuito, de esos que jamás debieron ocurrir, pero ocurrió.
—Ran…ma —susurró apenas abriendo los labios.
Él asintió. —¿Cuál es tu nombre? —preguntó acercándose un par de pasos.
Mi nombre… Ella cerró los ojos, su creador le había asignado uno, uno que jamás había vuelto a ser pronunciado en voz alta, hasta ese momento.
—Akane
—¿Akane…? Igual que el bosque… —ella agachó la mirada experimentando una sensación muy extraña— Me gusta, es muy lindo —sonrió.
Y esa sonrisa era aún más bonita que la primera vez que le había visto, era mágica, tan mágica que se quedó embobada mirándolo.
—Akane… ¿estás bien? —se acercó hasta estar a escasos centímetros.
Ella retrajo los pies del suelo y casi que se hizo una bolita, no debía acercarse tanto a ella.
—Lo siento… yo… perdón —alzó las manos y retrocedió tan rápido que tropezó y cayó de nalgas sobre la hojarasca.
Ella abrió los ojos y la boca en clara señal de preocupación. Sin embargo, él comenzó a reír, primero de forma penosa para luego soltar sonaras carcajadas. Y por primera vez, ella sonrió.
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El tiempo es una cosa relativa, para unos va tan lento como una tortuga, para otros es tan veloz que apenas y pueden soltar un suspiro. Para Akane el tiempo nunca había existido, no añoraba días pasados o anhelaba un futuro que aún no se ha escrito, ella simplemente estaba ahí… imperturbable como el tiempo mismo…
Así había sido hasta ese encuentro. Desde esa tarde, todos los días esperaba con ansias la aparición del Sol, porque con el Sol, él volvía. Y si ella hubiese tenido el poder, habría hecho que el Sol jamás volviera a ocultarse.
Ranma iba a su encuentro día con día. Aun sin que el Sol saliera del todo, él ya se encontraba en camino al claro. El tiempo que pasaban juntos le parecía una nada, anhelaba verla desde el minuto que ponía un pie de regreso a su cabaña, la extrañaba desde el segundo en que se daba vuelta para marcharse y deseaba que el tiempo fuera más indulgente con él y corriera más y más despacio, o, aún mejor, que se detuviera del todo.
Pero el tiempo no obedece a deseos, siempre avanza…
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Akane esperaba sentada en su mismo sitio, el sonido del bosque estaba apagado casi por completo, la entrada del invierno era inminente. Cuando lo vio llegar se levantó de inmediato y caminó hacia él deteniéndose lo suficientemente cerca. Él sonrió al verla y de su boca escapo vaho.
—Hace muchísimo frio… —fue lo primero que dijo y lo hacía, él estaba completamente cubierto y aun así tiritaba, pero las ropas que ella portaba, aunque la cubrían hasta el tobillo, se veían tan finas casi como si levitaran sobre su cuerpo y siempre iba descalza—, ¿no tienes frío?
Frío…
Ella se miró los pies, movió los dedos y negó con la cabeza.
—Podrías enfermar y…
—No podría —se apuró en contestar para que él no se preocupara.
—No lo sabes, lo mejor sería que vayas a casa y te abrigues bien… —musitó—, o podría… —se sacó el abrigo y se lo ofreció. Ella lo miró y dudo— Por favor, tómalo.
Y lo hizo, aunque permaneció con la prenda entre las manos sin saber realmente que hacer.
—Es muy viejo, pero sirve bien —dijo un poco avergonzado ante la actitud de Akane.
Ella sonrió y se lo puso, el aroma de Ranma estaba tan impregnado en la tela que por un momento ella imagino cómo se sentiría si pudiera tocarlo… poder tocarlo sin que muriera.
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Llorar…
Llorar era algo que jamás antes había experimentado, y ahora sus ojos estaban a punto de hacerlo.
—Tengo que irme —susurró sin atreverse a mirarlo.
—Pero…
—Lo siento… yo no debería est… —quiso sacarse el abrigo para devolverlo, a ella no le hacía falta.
—No, quédatelo. Me lo devuelves mañana.
—Sí, mañana…
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Te lo suplico, por favor… su voz susurraba una plegaria que sabía que jamás sería escuchada. Y se ahogaba en un llanto que la oscuridad del bosque se tragaba junto a su infinita suplica.
Por favor…
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Sus ojos se abrieron con pesadez, le dolía hasta la más mínima parte de su cuerpo, la blancura de la nieve le lastimaba los ojos haciéndole apretar los parpados, su boca estaba seca y tenía frío… ¿frío?
Despacito, se incorporó hasta quedar sentada, y sentía mucho frío, se miró las manos que siempre estaban pálidas y ahora tenían un color rojo, imposible…
Cuando sus ojos se acostumbraron a la blancura, se levantó del suelo y dio un paso. Su pie se hundió en la nieve y aunque la sensación fría era dolorosa, no se comparaba con la emoción que crecía en su interior…
Estaba viva.
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Le había costado conciliar el sueño, las palabras de Akane le habían sonado a despedida y no entendía el por qué. Cuando su cuerpo por fin había sucumbido a la pesadez de sus pensamientos y caía irremediablemente en el mundo de los sueños, un golpeteo suave en la puerta lo despertó. Avanzó arrastrando los pies mientras se frotaba los ojos, abrió la puerta y…
—Akane…
—Hola.
Su primer y único impulso fue abrazarla.
Akane permaneció un momento estupefacta, él la estrechaba y seguía vivo. Muy lentamente, temiendo que aquello fuera un espejismo, levantó las manos hasta corresponder el abrazo y con un suspiro de alivio, pegó la cabeza al pecho de Ranma, su corazón hacía un bum bum rítmico. Eso era maravilloso.
—Estaba preocupado por ti… —susurró contra su cabello.
—Estoy aquí —dijo y se afianzó más a él.
—No te iras ¿cierto?
—Nunca.
Esa palabra calmó su corazón y se sintió con la confianza de soltarla. Cuando analizó la apariencia de la chica, vio como estaba totalmente colorada y despeinada. —Viniste corriendo —dijo acomodando un poco el cabello de Akane.
—Sí.
—Pero… —y se calló, el ruedo de la ropa y los pies de Akane estaban llenos de barro y tenían manchitas de sangre. —Estás lastimada…
—Ah… no es nada…
La alzo en brazos y la llevó a una silla, se acuclillo frente a ella y limpio con suavidad los pies que tenía tan fríos como el hielo mismo. —Estás helada… seguro tienes frío.
—Sí, tengo mucho frío —dijo con un poco de orgullo.
—Pondré a calentar agua…
Ranma se apresuró a poner todo en disposición para que Akane se diera un buen baño, la miraba de vez en cuando para cerciorarse de que no se hubiese esfumado…
Akane seguía con la mirada todo cuanto hacia Ranma y de vez en cuando se quedaba viendo los curiosos objetos que poseía el chico de la trenza, nunca antes había entrado en una casa, lo suyo siempre había sido el bosque…
—Listo —extendió la mano, Akane se apuró a tomarla y sonrió con la sensación cálida que irradiaba. —Lamento no tener un baño decente… pero servirá —dijo abriendo una puerta.
El cuarto de baño solo tenía una modesta tina de madera con un escalón en medio del sitio. Ella se acercó curiosa y por un momento se quedó contemplando el reflejo que el agua le devolvía… su propio reflejo.
—Si necesitas otra cosa me puedes gritar, estaré cerca… —Akane le miró y Ranma de pronto se sintió como un pervertido— no tanto… yo no espiaré… aaah… me voy —tropezó las palabras y salió casi que corriendo.
Akane soltó una risita y cuando se hubo sola miró todas las cosas que allí había. —Y ¿cómo se usa esto? —pensó tomando un cuenco.
Ranma miraba hacía la pared y de vez en cuando lanzaba miraditas hacia la puerta del baño, aun sentía la cara roja de vergüenza, esperaba que ella no malinterpretara su actitud…
—Aaaaaaahhhh
El grito fortísimo de Akane le hizo salir corriendo y sin titubeos abrió la puerta. Akane estaba de pie completamente desnuda y con el cuenco tirado a sus pies. Ranma abrió los ojos tan grandes que casi se le salían de sus cuencas, rápidamente se dio vuelta y comenzó a disculparse en todas las formas que conocía.
—Te oí gritar y me preocupe… ¿estás bien? —dijo inhalando profundamente.
—El agua…
—¿Está muy fría?
—¿Fría? no, es… no sé… —eran sensaciones completamente nuevas para ella.
—Voy a acercarme —dijo y avanzó de lado como un cangrejo. Metió la mano —. Está caliente, tal vez demasiado caliente.
—¿Caliente? —Akane se acercó a la espada de Ranma y metió las puntas de los dedos—. Caliente…
—P-p-puedo traer agua fría… —logró decir entre tartamudeos, la cercanía de Akane le ponía nervioso.
—Sí… por favor.
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Después de lo que le pareció una eternidad, Akane salió del cuarto de baño vistiendo las ropas que Ranma le había dejado y aunque eran varias tallas más grandes, a ella le quedaban perfectas.
—Me gustó.
Ranma estaba embobado viéndola, que no había captado lo que dijo. —El qué.
—El baño… fue bueno —se acercó y se sentó justo a su lado.
Él lanzó un profundo suspiro y le acarició el dorso de la mano suavemente, Akane respondió acariciándole su mejilla.
—¿Tienes hambre?
—¿Hambre? —y como si algo se activara en su interior, sus tripas reclamaron. Ella llevó sus manos a la barriga e hizo un puchero, eso jamás lo había sentido.
—Creo que sí.
Cuando Ranma dispuso el menú sobre la mesa, el olor de los alimentos invadió los sentidos de Akane.
—Provecho —dijo él y comenzó a comer. Akane le observó mientras usaba los palillos, los tomó y por más que intentaba no pescaba ni un grano de arroz—. Cuando era niño, siempre me salvaba —sonriendo le acercó una cuchara.
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Por vez primera, el tiempo no importó realmente para ninguno de los dos. Akane estaba encantada con todo lo que aprendía de Ranma y él se sentía feliz de tenerla cerca, así que las horas ni se sentían. La noche los cobijó y el clima se hizo más helado, los parpados de Akane se cerraron y sin darse cuenta, el sueño la había alcanzado; Ranma la cargó entre sus brazos, la acostó en el futon y la cubrió con una manta gruesa y él se hizo ovillo bajo el kotatsu.
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Estar juntos, tan cerca les hizo reforzar más y más ese sentimiento que nació en el claro, un amor que empezaba a desbordar por cada uno de sus poros, un sentimiento de pertenencia que hacía que mundo entero dejará de existir más allá de la puerta de la cabaña.
La última noche del invierno había llegado, Ranma estaba melancólico y Akane que había aprendido a descifrar todos sus gestos, quería levantarle el ánimo.
—Toma —le dio el abrigo y salió de la cabaña.
Ranma frunció el ceño, pero aun así la siguió. Aún estaban esparcidos algunos montoncitos de nieve y el clima era bastante frío como para salir a esas horas.
—¿A dónde vamos?
—Es un secreto… —dijo con una sonrisa cómplice.
Caminaron más allá del claro, mucho más lejos. Akane se detuvo y dio media vuelta hacía Ranma.
—No confío que cierres los ojos, así que… —se alzó sobre las puntas de sus pies y cubrió los ojos del chico con una tela. Tomó su mano entrelazando sus dedos y lo guió despacio, en silencio entre el bosque. Le dejó un momento de pie y después le ayudó a sentarse en suelo. Cuando Akane descubrió sus ojos, Ranma se quedó sin aliento; aquello era tan hermoso.
—¿Te gusta?
Él la miró y asintió. —Es… es… ¿cómo es posible? Nunca antes las había visto en esta fecha...
—No son las mismas que conoces, estas mueren el mismo día que nacen…
—¿De verdad…? eso es…
—Triste, sí. Pero esta vez no lo harán… vivirán —contestó con la mirada fija en aquella infinidad de luciérnagas.
Ranma se acercó a ella y le tomó el rostro con dulzura. —Gracias —susurró y la besó.
Los labios y la piel de aquellos seres se acercaron en forma anhelante. Y bajo el infinito manto de la noche y rodeados de un sinfín de luciérnagas, se hicieron uno solo profesándose un amor que iba más allá de las leyes del universo.
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Hay calma siempre antes de que se avecine una tormenta, una tormenta que arrase con todo a su alrededor, pero ellos no podían verlo.
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Ellos…
Akane había preparado con éxito su décima tortilla de huevo y siempre que podía hacía alarde de su perfecto manejo de los palillos y a Ranma eso le parecía lo más lindo del mundo. Todo era perfecto, hasta esa mañana.
Ranma estaba reparando una fractura en el piso de la cocina cuando un sonido fortísimo perpetró en el bosque. Akane estaba frente a la ventana y en un instante Ranma llegó e hizo que se agachara.
—No vayas a salir —susurró y dejó la cabaña.
Akane espero, no demasiado y fue en su búsqueda. Lo encontró en un sendero cuesta arriba, estaba en cuclillas y su espalda no le dejaba ver lo que había allí. Cuando estuvo cerca de él, un sentimiento de infinita tristeza se apoderó de ella. Ranma sostenía en sus manos un pequeño ciervo…
—Se llevaron a su madre… está herido —habló bajito mientras se levantaba con el ciervo en brazos.
Y mientras avanzaba iba dejando un rastro de sangre tras de sí. En la parte trasera de la cabaña había una pileta, él lo puso allí y comenzó a curarlo, Akane le ayudaba llevándole todo cuanto el pedía…
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Una, dos, tres… en algún momento dejó de contar las noches que pasaba en vela cuidando al ciervo, dejó de contar las veces que él rompía en llanto de la impotencia de no poder curarlo y ella…
Ella lo veía a distancia, aun estando cerca, veía sus cristalinos ojos que le suplicaban parar aquel inmenso dolor y ella se sentía una cruel tirana… ella, ella sabía que no había forma de salvarlos.
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Hacía frío, Ranma había sucumbido a la fatiga y llevaba un par de horas dormido. Akane miraba fijamente hacía el bosque envuelta en el abrigo que Ranma le había dado desde hace tiempo, suspiró tan profundamente que le dolió el pecho, dio vuelta sobre sus pies e ingresó a su cabaña.
Él dormía inquieto hasta que ella se coló en las mantas. Lo miró un largo rato antes de arrebujarse contra su pecho, sus palabras salían como un murmullo y vibraban contra el pecho del chico de la trenza; levantó su rostro y acercó sus labios a los de él y lo besó despacito.
—Siempre te amaré… —dijo separándose de él. Se despojó del abrigo y lo dejó sobre una silla. Ando hacía el pequeño ciervo y acarició su cabeza— Es hora —murmuró y los ojos del animalito la miraron agradecido antes de expeler su último aliento.
Mientras avanzaban hacía el bosque, la bruma envolvió sus formas hasta desaparecerlas por completo.
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Cuando Ranma despertó se sentía exhausto, había una tristeza en cada recodo de la cabaña que le provocaba unas inmensas ganas de llorar, estaba tan solo y conforme pasaban los minutos, se sentía como un extraño invadiendo ese espacio.
Mecánicamente desayuno y al medio día ya tenía sus pertenecías empacadas. Arrojó todo en la cajuela de su camioneta y cuando se iba a montar la piel de sus brazos se erizó, buscó su abrigo y recordó que lo había dejado dentro, volvió a la cabaña y ahí estaba. Cuando se lo puso percibió un olor peculiar, hundió su nariz en la tela hasta que ese aroma se desvaneció y él se marchó de ahí.
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—Abuelo, ¿está seguro de querer ir a ese sitio?
—Muy seguro… y quién te permitió llamarme "abuelo".
—Lo siento.
Él lo miro serio con sus intensos ojos antes de soltar una carcajada. Él bien sabía de aquella historia sobre el bosque triste, pero algo le llamaba poderosamente a ese sitio y él siempre le obedecía a su sexto sentido. Cuando el taxi se detuvo al pie de la colina, el hombre bajo.
Ayudándose de un vetusto bastón, comenzó el ascenso. La cabaña estaba tal cual la recordaba, sí, justamente destartalada. Cuando abrió la puerta, el chirrido hizo que una parvada de pájaros saliera echando trinos.
Polvo, polvo y más polvo, pero él seguía empeñado en limpiar. Cuando se había marchado poco más de cincuenta años atrás, había jurado nunca volver; pero esa mañana al despertar resolvió volver, no aviso a sus hijos, ni a su nieta porque sabía que harían todo por evitar que fuera.
La tarde cayó y con ella un hambre que le reclamaba pausa. Sacó su bento y comió despacio, saboreando cada bocado, cuando hubo terminado, lavó todo y salió. El cielo estaba teñido de un rojo naranja imposible, un espectáculo visual y permaneció ahí hasta que las primeras estrellas brillaron y el helado viento hizo que le dolieran los huesos.
Su abrigo estaba tan zurcido que parecía un mapa, pero para él era la cosa más preciada que tenía. Fue un regalo de su madre y había un algo inexplicable que le impedía siquiera pensar en tirarlo. Se irían juntos a la tumba, le había dicho una vez a su esposa Kaori cuando intentó tirarlo. Un año antes de morir, Kaori le había dicho en broma que su sueño se haría realidad, en ese momento él no lo había entendido pero ahora, diez años después, ese abrigo seguía con él.
Envuelto en recuerdos de lo que le parecían vidas ajenas, se quedó dormido.
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Ella se acercó con cautela y se recostó a su lado. Podrían pasar eones y siempre lo reconocería. Él inspiró profundamente y entreabrió los ojos, aquel aroma le hizo despertar.
—Sí eres real —balbuceo parpadeando lento. Ella no respondió—. Te he visto tantas veces en mis sueños…, eres más hermosa. —Respiró profundo—. Eras tú…
—¿Yo?
—Sí, esa vez en el claro.
—Ah… ¿lo recuerdas?
—Sí, tú aroma era muy especial, muy dulce como un montón de flores y frutas.
Ella sonrió con tristeza. —Envejeciste —resaltó lo obvio.
—Solo un poco… —sonrió y después suspiro hondamente—, estoy cansado —su voz disminuyó.
—Lo sé, duerme —susurró y aquellos ojos azules volvieron a cerrarse.
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El sonido del viento azotando la puerta lo terminó por despertar. Se puso el abrigo y caminó hacía la puerta ayudándose de su viejo bastón; su mirada quedó fija en una extraña luminiscencia, miró hacia arriba y el Sol ya había salido. La intriga pudo más… mientras se adentraba en el bosque, aquel hombre se dio cuenta de que ya no necesitaba más el bastón, lo tiró a un lado. Sus piernas le pedían ir más y más rápido hasta que empezó a correr, corrió más y más dejando atrás la cabaña, el bosque, el claro con su ruidoso riachuelo, la soledad… la vida.
Corrió hasta que tuvo que parar en seco, nada más verlo lo supo. Aquella mágica noche que soñó durante tantos años había sido real, el sitio donde había amado –y sido amado– con todo su ser, estaba ahí y ella… ella estaba ahí.
—Tardaste mucho.
—Lo sé —avanzó unos pasos y aquel festival de luciérnagas lo envolvió también—. Lo siento.
Ella sonrió. —¿Fuiste feliz? —Ranma asintió con una sonrisa triste—. Eso es bueno —suspiró.
—Me hacías falta…
Akane agachó la mirada y tras un breve silencio, musitó. —¿Te quedaras?
Él se acercó y extendió su mano, ella alzó la vista y lo miró con intensidad, tomó aquella mano. Él la acercó tanto que sus cuerpos se tocaban, con su otra mano levantó la barbilla de Akane y la besó en respuesta.
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Había una leyenda que decía que si una pareja lograba ver las infinitas luciérnagas en el bosque Akane, era seguro que su amor traspasaría el umbral de la muerte.
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Fin.
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N/A
Me hubiese gustado regresar con alguna de mis historias pausadas, pero si soy muy sincera el dejar de escribir por tanto tiempo pasa factura, sobre todo si eres medio lerda como aquí su compañera. Como quiera, esas historias tendrán un fin, solo pido un poquito más de tiempo (sí, todavía más).
Por cierto, ¡HOLA!
En cuanto a esta historia, me ha acompañado durante tres años diciéndome "escríbeme, escríbeme", pero después de haber publicado "Dulce", no me quedaron muchas ganas de escribir si soy muy sincera y aunque la historia no se acerca ni un pico a lo que imagine, el resultado me gusto y por eso se las comparto, tiene guiños a películas que me encantan como: "Un ángel enamorado" y "¿Conoces a Joe Black?" (de aquí es la cita de apertura) y por supuesto al corto "The life of death" que recomiendo mucho ver.
De paso, ya que ando acá, les deseo una feliz navidad y un año nuevo fantabuloso, *3*
AH, no suelo recomendar con que música podrían leer la historia y así, pero con este fic quiero compartirles las que me acompañaron en su creación por si gustan oírlas:
Serendipity (de la cual saque el titulo) y The truth untold de BTS
When love and death embrace y One last time de HIM
Who is she? de I Monster
Ahora sí, nos leemos.
Revontuli
22-12-04
