Alicent no corre, por supuesto que no, pues ella es la Reina de Poniente y como tal no puede conducirse con otra cosa que no sea decoro y elegancia, así que se ve limitada a deslizarse por los pasillos de la Fortaleza Roja lo más veloz que su posición en el Reino le permite. Necesita arribar lo más pronto posible a los aposentos de la Princesa Heredera, debe llegar y sacar de ese lugar a su mayor dolor de cabeza, a la causa de los conflictos que se suscitan entre su padre y ella, a la mayor espina existente en los planes que los Verdes traman para asegurar la sucesión. También necesita aparecer en dichos aposentos para confirmar lo que en el fondo de su corazón, ya sabe.

Una vez es suerte, dos pueden ser casualidad, pero tres veces ya era un patrón. Un patrón que los llevaría directo a los siete infiernos.

Cuando entra a la Torre perteneciente a la Heredera puede escuchar los gritos de la misma; apenas se ha puesto de parto hace unos momentos y ya parece que el bebé va a salir berreando, tan rebelde, intrépido e impaciente como su madre. Alicent no lo soporta.

Acelera más el paso, todo lo que las buenas costumbres y los modales le permiten, quiere comprobar con sus ojos los susurros que recorren el castillo, quiere impedir también que estos se sigan propagando. Desea tener las armas suficientes para negarlos. se descubre la velocidad de sus pasos correctos no son tan ágiles como su mente y corazón, no van al mismo ritmo, y para cuando finalmente llega a la habitación de parto, la Princesa está dando los últimos pujos de vida, gritando con dolor, una mano aferrada a las sábanas de seda y la otra sosteniendo una mano masculina. No se corresponde esta extremidad a la de su señor esposo, quien brilla por su ausencia, claro que no. Esa delicada mano que parece puede romper huesos en este momento está firmemente aferrada a su primogénito. La mandíbula de la Reina se aprieta, su ceño se arruga,

Por supuesto que es Aegon Targaryen, segundo con el nombre, su flamante primogénito quien está tomando la mano de Rhaenyra. Por supuesto que es él quien limpia el sudor de la mujer, quien le da suaves y amorosas palabras de aliento, y quien espera ansioso la llegada del tercer hijo de la Heredera. Obviamente es Aegon quien está presente al lado de la cama, como lo ha estado en los dos partos anteriores, sosteniendo la mano de su hermana mayor, de la madre de sus bastar-, de sus bien amados sobrinos.

Alicent quiere agarrar del cuello a Aegon, sacarlo de esa habitación y darle vuelta la cara con una bofetada. Lo hará, claro que sí, pero tendrá que ser después, pues el último pujo ha sido decisivo y un nuevo Targaryen ha llegado a este mundo.

Ya podría esa puta haber muerto en el parto junto a su bastar- junto a su hijo.

Ojalá Rhaenyra se hubiera quedado como la comidilla de Poniente, o hubiera escogido a otra persona, otro hombre menos incauto y enamoradizo. Alicent deseaba que todo permaneciera como hace cinco años, con los nobles dudando de la fertilidad de la primogénita tras siete años de matrimonio sin herederos, poniendo aún hubiera más en duda su reclamo por el Trono de Hierro. O por último que todo se hubiera mantenido como hace poco más de cuatro años, cuando la Heredera quedó embarazada, pero se dudaba de la legitimidad del vástago, pues era sospechoso que de pronto un desierto floreciera con la misma semilla de siempre. Sin embargo, para su horror nadie continuó el cuestionamiento una vez nació el primogénito de la primogénita, porque ¿Cuál era el sentido de preguntas venenosas si el bebé no solo era un niño, sino que además poseía todos los rasgos valyrios propios de sus padres? Después de todo, si Laenor no era el padre ¿Quién lo sería? Daemon estaba del otro lado del mar con su embarazada esposa, y no había visitado Poniente desde la boda de su sobrina ¿Su propio padre? Eso era impensable hasta para las mentes más perversas y podridas ¿Sus hermanos de catorce, once o siete años? Como si la Reina fuera a permitir algo similar. Lástima que la corte no entendió que una simple torre no era capaz de encerrar a un dragón, pues este de igual forma encontraría la manera de volar y reunirse con los suyos. y no había visitado Poniente desde la boda de su sobrina ¿Su propio padre? Eso era impensable hasta para las mentes más perversas y podridas ¿Sus hermanos de catorce, once o siete años? Como si la Reina fuera a permitir algo similar. Lástima que la corte no entendió que una simple torre no era capaz de encerrar a un dragón, pues este de igual forma encontraría la manera de volar y reunirse con los suyos. y no había visitado Poniente desde la boda de su sobrina ¿Su propio padre? Eso era impensable hasta para las mentes más perversas y podridas ¿Sus hermanos de catorce, once o siete años? Como si la Reina fuera a permitir algo similar. Lástima que la corte no entendió que una simple torre no era capaz de encerrar a un dragón, pues este de igual forma encontraría la manera de volar y reunirse con los suyos.

En lugar de debilitarse tras el nacimiento de su primer vástago, el reclamo por el trono de Rhaenyra se afianzó, y lo mismo ocurría tras cada nacimiento de niños valyrios por obra de su vientre.

Una lastima que el dragon ponga un nido con los suyos, y sea capaz de incendiar la torre con tal de proteger a sus pequenas crías.

La Reina vio con impotencia desde la entrada de la habitación como el bebé le era entregado a su madre y este empezaba a llorar tras tanto movimiento, siendo calmado por una fugaz caricia de su tío en su coronilla. Alicent sabía que ni para ella, ni para ninguno de los presentes pasó desapercibido ese intercambio de sonrisas entre los hermanos, ni el brillo que parecían derramar los ojos amatistas de ambos.

A paso lento se acercó, cerrando sus ojos antes de encontrarse a la situación que sabía volvería a comprobar. Los abrió y demostró una pequeña mata de cabello rubio platinado en la diminuta cabeza del recién nacido. Rhaenyra entregó a su bebé a los brazos de su hermano mientras ella encontró una mejor posición para descansar, sin dejar de observar un segundo a su antigua mejor amiga, actual Reina y esposa de su padre, quien se debe observando fijamente a su primogénito y como este cargaba con delicadeza y amor al pequeño bebé, mirando absorto y con una gran sonrisa cada respiración y gesto de ese nuevo rostro que sabe, su hijo ya ama.

- Felicidades mi reina, ha vuelto a ser abuela- le dice con sorna la Princesa, sabiendo que el doble sentido de sus palabras serán entendidas por su madrastra.

Puede que para la corte y cualquier extraño que escuche aquello, esas palabras signifiquen que la Heredera ha perdonado y limado las asperezas con la Reina, que la considera una segunda madre, pero Alicent sabe la verdad, la afirma al observar fijamente ese pequeño bulto que descansa cómodamente en los brazos del que es su primogénito, aquel bulto con esa cabecita de cabellos platinados y ojitos amatistas, con piel blanca de porcelana y pulmones de dragón. Sabe que ese bebé, igual que los dos anteriores, realmente la han convertido en abuela, una de sangre .

Yodia por eso a Rhaenyra. Porque la ha vencido, la ha atado de manos y la ha obligado a callarse, a tragarse su moral, a no gritar en voz de pecho la palabra bastar- esa palabra . Porque su antigua amiga sabe que no puede gritar esa verdad sin enviar a la muerte a su hijo.

La Reina desvía su mirada y observa los ojos soñadores de Aegon arrullando al bebé, siendo un buen tío para el resto, un amoroso padre para los que sabían la verdad. El perfecto amante y escudo para Rhaenyra, la gran cadena y condena de la Reina. Ha perdido, los Verdes han sido derrotados, y ella lo sabe perfectamente.

No vuelve a corresponder la mirada de su hijastra, pero conoce los que esos ojos le gritan, pues es lo mismo que sus labios dijeron en un susurro hace años cuando el primer y único reclamo salió de su boca.

Un hijo por un padre ¿No te parece un trato justo, Alicent?

Nota:

Muchas gracias por leer esta historia.

Si se preguntan por qué Alicent nunca termina de pensar por completo la palabra bastardo, es porque ella siente que si lo dice, aunque sea en su mente, aquello se vuelve más real, y por ende, condena a su hijo a la muerte por traición. Puede que muchas veces no lo parezca, pero ella ama a Aegon, y obviamente no quiere que lo maten. Alicent sabe la verdad desde el primer hijo, tiene claro que Jacaerys, Lucerys y ahora Joffrey son hijos de Aegon, de que son su sangre, pero en este caso ella al igual que el Rey Viserys tiene una ceguera selectiva.

Como dato extra, para fines de esta historia e intentando ir con el canon del libro -porque ahí la diferencia de edad no es tanta-, a los 16 años Rhaenyra se casó con Laenor, son 7 años de matrimonio sin herederos. A los 13 de Aegon fue que Rhae y él se encamaron (23 de ella), por lo que Aegon fue papá por primera vez más o menos a los 14 años, en el segundo bebé Aegon tenía 15, y en el tercero ya tiene los 18, Rhae los 28.

Por si acaso, si algún menor de 18 años lee esto, o peor aún, un menor de 14 años, nunca le crean al mayor de 18 años que les dice que son maduros para su edad, ustedes no inicien ninguna relacion sentimental -menos sexual- con un adulto, eso es abuso y/o violación.

Con eso dicho, gracias por llegar hasta aquí, cualquier comentario siempre es bien recibido