Al principio la idea es solo el zumbido de una molesta mosca, que ronda de vez en cuando y se cuela en sus pensamientos. A medida que pasa el tiempo, que los intentos con su marido por engendrar son estériles e insatisfactorios y que la nueva Reina continúa alumbrando hijos con todo el aspecto que debe tener un príncipe de la antigua sangre valyria, fortaleciendo así su poder y debilitando el reclamo de Rhaenyra, amenazando con quitarle lo que por derecho y amor es suyo, aquella idea va tomando fuerzas y deja de ser el vuelo de una mosca para transformarse en un dragón escupiendo fuego.
En un inicio quiere negarse así misma el plan, porque el mismo involucra a un muchacho diez años menor que ella y que aún es más niño que hombre, con unas diminutas garras de dragón creciendo que no alcanzarían ni para desollar a una oveja. Y por sobretodo, quiere negarse porque el chico es el hijo primogénito de su mayor enemiga, la espina permanente en su reclamo por el trono de hierro, su mayor obstáculo. Sin embargo, a medida que rumia la idea cada día y se sienta a pensar con frialdad, son más las ventajas que se presentan y se instalan en su cabeza.
Tiene claro que su matrimonio con Leanor no va hacia ningún lado, y bajo la promesa de cada uno cenar lo que más les apetezca, sabe que su marido no hará mayores preguntas y se limitará a apoyarla. Si bien le preocupan los rumores sobre su posible infertilidad, es consciente de que esto sea probablemente más un problema de su señor esposo que de ella, siendo algo fácilmente comprobable; solo le bastaría con tomar a algún amante, a cualquiera de los muchos hombres deseosos por su persona que la rodean, como su adalid Sir Harwin Strong, pero sabe que con ello se arriesga a que los susurros empeoren, estos se vuelvan sobre bastardía y con ello su reclamo en lugar de fortalecerse, se debilite cada vez más. Debe buscar algún amante que tenga rasgos similares a los Targaryen, lo que no es sencillo, ya bien lo sabe. Una opción son los Lannister, pero es de conocimiento casi público que su lealtad yace con los Verdes, no estando dispuestos a que una mujer los gobierne; la venderían a la primera oportunidad a sus enemigos. Otro Velaryon también la delataría, y dicha casa jamás se lo perdonaría.
Y más importante aún, Rhaenyra sabe que cualquier hombre perteneciente a esas casas buscaría someterla, tenerla bajo su yugo, relegandola al puesto de Reina consorte y mera yegua de cría, aún cuando su derecho sea el de gobernar los Siete Reinos. Así que se ve obligada a girar la cabeza hacia su propia casa. Quiere vomitar al simplemente pensar en su padre, su tío -siempre su primera opción- es un fuego que podría buscar, pero sabe que el viaje hacia el otro lado del mar podría costarle más de lo que está dispuesta a dar. Ella aún ama a ese fuego hecho hombre, pero sabe que él también va a consumirla y someterla, gobernarla a ella y a lo que por derecho es suyo. Es entonces cuando la idea termina de instalarse en su cabeza, asentándose y no permitiéndose salir.
Aegon era el mayor de sus medios hermanos, si bien aún diez años menor que ella, ya era una edad en la que los muchachos podían embarazar a una mujer. Además el chico era impresionable, fácilmente manejable y se notaba lo falto de cariño que estaba, salía por sus poros la necesidad de afecto en que se encontraba. Rhaenyra sabía que manipularlo sería sencillo, el seducirlo no sería un problema y sería fácil lograr que pusiera su semilla en ella, manteniéndolo en silencio con la promesa de más encuentros y afectos, siempre y cuando jamás dijera la verdad sobre los hijos de su hermana, los que también serían sus vástagos y condena. Además, si conseguía obtener no solo su semilla, sino que también su corazón y lealtad, habría obtenido al mayor aliado de todos, debilitando a los Verdes a un punto irreparable. El que fuese su hermano no representa nunca un cuestionamiento ni una barrera en su mente o corazón, después de todo, son la sangre del dragón, y esta siempre se busca a sí misma, es el inevitable destino de todos los nacidos bajo la casa Targaryen. Con este plan obtendría lo que necesitaba en este momento. No lo que quería, claramente, pero por como estaban las cosas, no podía pedir placer e hijos, una de las dos tendría que sacrificarse.
Es así como poco a poco comienza a acercarse a su hermano, como se vuelve atenta con él, le aconseja y acompaña en sus estudios, busca enseñarle la tradición y orgullo de su familia, incluso le educa con respecto a los dragones. Sabe que esa es la debilidad de todo Targaryen, así que le acompaña e instruye sobre cómo fortalecer su vínculo con Sunfyre, como ser un digno jinete dragón. Al principio el chiquillo parece una gacela deslumbrada, un pequeño cervatillo asustado, con sus grandes ojos de cachorro confundidos, no entendiendo por qué la hermana que siempre lo había ignorado de repente le prestaba tanta atención. Se asusta en un inicio, pero como bien suponía Rhaenyra, la falta de un sano afecto por parte de sus padres lo vuelve vulnerable a sus atenciones, y pronto el chico comienza a buscarla para conocer más, le sonríe y la sigue a todos lados deseoso de aprender de su hermana mayor, de ser receptor de su atención y su trato cálido.
La Heredera sabía que este sería el paso fácil, y que el verdadero obstáculo a vencer sería la madre del chico, su ex mejor amiga y actual Reina de Poniente. Sin embargo, la Princesa es la sangre del dragón, malditos todos si ella se dejaba vencer por una insignificante torrecilla bien vestida. Cuando los reclamos comienzan y Alicent intenta alejar a Aegon de ella bajo cualquier pretexto, la Princesa se gira hacia la única persona que sabe la defenderá e inconscientemente la ayudará. No se siente mal manipulando a su padre, aún resentida con este por haberle quitado a su mejor amiga, su otra mitad. Le habla e insiste en que la cercanía con su hermano debe mantenerse, pues ella es actualmente la única jinete de dragón presente con sangre Targaryen, la única capaz de enseñar plenamente las verdaderas costumbres a los miembros sanguíneos de su casa. La Reina se colorea de ira, porque indirectamente Rhaenyra la ha llamado extraña para la casa Targaryen, incapaz de educar a sus hijos y la ha vuelto a exponer como una Hightower invasora; desea contestar, pero se ve incapacitada para reclamar cuando el Rey accede feliz a la petición de su primogénita, contento de ver como esta finalmente acepta a sus hermanos.
Pobre e iluso monarca, nunca dispuesto a ver más allá de lo que quería, incapaz de visualizar las verdaderas intenciones de su hija.
Aegon por su parte se siente exultante una vez se entera de cómo su hermana ha defendido su tiempo juntos, sintiéndose inmensamente feliz porque nunca nadie había peleado para estar con él sin pedir nada a cambio. Siempre que lo querían cerca era porque esperaban algo de él.
Pobre cría de dragón, ignorante de las intenciones que su sangre tenía para con él.
Rhaenyra aprovecha esto para acercarse aún más, viendo atentamente como Aegon cada vez está más predispuesto a su compañía, a sus palabras y miradas. Así que comienza lentamente con la siguiente etapa del plan. Primero son roces de manos cuando estudian, intercambio de miradas fijas cuando le explica algo, toques suaves en su brazo al pasar, abrazos profundos cuando lo felicita. Se vuelve más osada cuando no ve rechazo, y por el contrario, ve timidez mezclada con ansias, deseo de más. Continúa en su atrevimiento, ahora tomando su brazo para caminar por los pasillos de la Fortaleza, brazo que estratégicamente pone en medio de sus senos y aprieta para que su hermano los sienta; sabe que está teniendo éxito cuando siente cómo el muchacho se tensa y desvía la mirada, pero se mantiene a su lado. Las acciones continúan y escalan, suspirando cálidamente en el oído del príncipe cuando se separan de esos abrazos de felicitaciones, haciéndolo enrojecer; inocentemente solicitando que la reciba cuando desciende del lomo de Syrax, solo para aprovechar el deslizamiento y restregar todo su adulto cuerpo en el adolescente de su hermano. Ya se ha dado cuenta de las favorables reacciones que tiene el cuerpo de Aegon cuando ella hace esas cosas, así que solo continua con las mismas haciéndose la desentendida.
Llega el día en que Rhaenyra está segura de que su plan ha madurado lo suficiente, por lo que se presenta en la alcoba del príncipe mayor, justo cuando este está masturbandose susurrando el nombre de su hermana mayor. La Heredera sonríe secretamente y se acerca al muchacho, quien luce confundido. Obviamente lo está, pues Aegon no logra saber si lo que tiene ante sí es realmente su hermana o solo otra de las alucinaciones que lo acosan, siempre producto del profundo deseo que lo aqueja.
Cuando finalmente el joven se da cuenta de que la imagen frente a él es real, intenta cubrirse con el rostro enrojecido producto del pánico y la vergüenza, aterrorizado de que ahora que su hermana mayor sabe lo que provoca en él, cómo la ha mancillado incontables veces en su mente, esta decida alejarse producto del asco que las acciones de Aegon le causan. Sin embargo, él no se espera lo que sucede a continuación. Su adorada y deseada hermana no sólo no retrocede, sino que por el contrario se acerca hasta él, descorriendo la sabana con la que se cubría, mirándolo con un deje de burla y calidez mientras suelta en un susurro su nombre, antes de con su delicada mano, continuar lo que él en su honor ya había comenzado. Sus recuerdos son nebulosos a partir de entonces, pero en su memoria quedan fijas las palabras de Rhaenyra diciendo que como su hermana mayor, es su deber ayudar y enseñarle, incluso en ese ámbito. Recuerda eso sí las sensaciones inconexas, la ardiente sensación que le dejaba el estar siendo masturbado por su Diosa personal, por su amada hermana mayor, la mujer que plagaba todas y cada una de sus fantasías. Aegon recuerda el suave pero firme toque, una mano mucho mejor que la suya propia envolviendo su centro y llevándolo a la cumbre del placer. Lo último que conserva su mente de esa ocasión son los profundos ojos amatistas de su hermana, un suave beso y la promesa de continuar en otra oportunidad.
Y continúan, claro que sí. Rhaenyra ya no solo le enseña sobre dragones y la antigua Valyria, sobre su casa y el idioma Valyrio; ahora también le enseña sobre besos y artes amatorias. En medio de las lecciones ella le besa, a veces como una mariposa posándose sobre los pétalos de una flor, otras veces como lava consumiendo Valyria. Siempre es ella quien inicia y termina el contacto, y a Aegon no le molesta ¿Cómo iba a molestarle aquello si su hermosa y perfecta hermana mayor estaba dandole toda la atención que él quería? ¿Cómo molestarse si su Diosa Valyria le estaba dejando tocar y conocer cada una de sus curvas? Aegon está tan encandilado y enamorado, deslumbrado ante la posibilidad de compartir juntos el lecho en algún momento, que no le molesta jamás carecer del control de la situación.
Y lo comparten. Finalmente una noche Aegon toca el cielo sin necesidad de montar un dragón, por el contrario, es una dragona quien lo monta a él. Alcanza las estrellas con sus dedos y estalla en felicidad cuando finalmente yace con su amada hermana mayor. No dura mucho, casi nada en realidad, el hermoso y curvilíneo cuerpo de Rhaenyra le hace terminar pronto, derramándose en lo más profundo de la mujer que está sobre él y ha comandado todo el encuentro. Se frustra consigo mismo porque es consciente de que su hermana no ha experimentado ni la mitad del placer que él sí, se angustia pensando en la decepción que debe sentir la Heredera acompañado del consiguiente rechazo a una nueva oportunidad de compartir la cama. Sin embargo, es Rhaenyra quien lo calma con un beso en su nariz susurrando palabras dulces, afirmando que la próxima vez será diferente, que ella también le enseñará sobre eso.
Aegon brilla de felicidad, el sentimiento brotando por todos sus poros.
Y Rhaenyra cumple, porque ella siempre le cumple y lo trata con cariño, con respeto. Los encuentros continúan, y él cada vez es más lejano a su madre, a su abuelo; cada vez es menos obediente a sus peticiones y exigencias, tornándose obediente solo ante las palabras de la Heredera, siguiéndola a todos lados, esforzándose por ser un gran caballero que llame su atención, un hermano leal, un guerrero capaz de protegerla a ella y al hijo que esperaban. Y un amante capaz de complacerla.
Aegon va creciendo y adquiriendo experiencia. Ya es capaz de vencer a Sir Criston Cole, incluso siendo capaz de cortarle la lengua al oírlo hablar mal de su hermana, y cada vez quedan menos caballeros capaces de vencerlo. El joven dragón desea ser el mejor en todo Poniente, pues sabe que es la única forma de garantizar la seguridad de su Diosa amada y sus hijos. Cada vez se luce más en los torneos, siempre buscando que la mirada de la Heredera sea solo para él, y en cada victoria la nombra la Reina de la Belleza, pasando por alto a su madre o su hermana menor. La gente ve a un hermano leal, él se siente un guerrero capaz de cuidar y proteger, y un amante atento y enamorado. Y con los años, totalmente complaciente.
Aegon ya no es el mocoso de trece años capaz de venirse solo entrando en el cálido interior de su hermana, por supuesto que no, ese Príncipe ha quedado atrás. Ahora es más hombre que niño, un amante capaz de complacer el fuego de dragón que habitaba en su dominante hermana mayor. Poco a poco ha obtenido algo de control en esa relación tan desigual que era en un principio, siendo capaz incluso de someter a su hermana en ciertos momentos de disfrute, sorprendiendola al tomar el mando y elevarla a un nuevo nivel de placer. Si bien su polla sigue endureciéndose con la misma facilidad de siempre cuando la mira, ya es capaz de alargar más el encuentro, de utilizar algo más que su verga. Su boca se ha vuelto una experta en el cuerpo de su hermana, otorgándole siempre el máximo placer posible. Aegon se ha convertido en un amante pasional para con Rhaenyra, complaciente pero demandante, cada vez más dominante y deseoso por descubrir más del rostro absorto de placer de su musa personal. Ya es capaz de montarla, logrando que su Diosa convertida en amante se retuerza en sus brazos y le ceda voluntaria y satisfactoriamente el poder sobre el acto. Aunque el Príncipe sigue prefiriendo que sea ella quien esté arriba, pues así obtiene la perfecta vista de sus rellenos muslos encima, observa la magnífica forma en que se hunde en su interior, su cara consumida en el placer que solo él le puede otorgar, cómo sus pechos turgentes y llenos del alimento de sus hijos rebotan sin parar.
La vista siempre es celestial para su persona, porque es la mujer que ama quien está con y encima de él. Es la madre de sus, ahora, tres hijos.
Ah, sus adorables crías de dragón, dignos hijos de la antigua Valyria. Aegon ama tanto a sus retoños como lo hace con su hermana y madre de los mismos; es tan grande el sentimiento que tiene para con ellos que realmente no le importa que Rhaenyra lo use como semental con el fin de procrear, o como una herramienta de poder y seguridad para su persona. Contrario a la opinión pública, él no era ningún imbécil, puede que no dimensionara -o no le importaran- del todo los pormenores, pero al crecer entendió el juego en el que lo habían involucrado desde su nacimiento. Todo por ambición hacia un maldito e incómodo trono. Sin embargo, él prefiere ser utilizado por su amada Diosa Valyria que por su madre o su abuelo, porque al menos a ella verdaderamente la amaba. Su dragona siempre le dio afecto, respeto, esperanza. Y con los años le había dado tres perfectos niños Targaryen, a los que amaba con cada uno de sus respiros. Si debía ser un títere, prefería mil veces serlo de su hermana, y bailar a su orden y son.
Sin embargo, Aegon aún no se ha dado cuenta de cómo su hermana cada vez lo mira menos como el arma a utilizar, y más como el hombre que la acompaña, el padre de sus hijos y en caso de algún día enviudar, su posible consorte. Poco a poco el plan ha dejado de serlo, para cada vez ser más el deseo de su corazón. Para la Heredera la relación con su hermano cada vez representa más de lo que en inicio pensó sería, pues Aegon le brinda seguridad, fortalece su reclamo al trono, la llena de hijos dignos de su sangre otorgándole una bella familia, y además, le da todo su amor, sin sacrificar el placer. El que una vez fue un simple muchacho, pieza importante en el juego por el trono, hoy se asemeja más al hombre que ella desea a su lado para vivir, disfrutar y gobernar. Para amar. Él es todo lo que en su vida desea.
Ah, pero los deseos son castillos de arena ante el mar, suaves nubes que corren ante un vendaval. Dulces ilusiones que mueren ante las palabras del hombre, o en este caso, de una mujer.
- Te casarás con Helaena, Aegon. Es hora de que cumplas con tu deber para esta familia y des hijos legítimos a esta casa. Como tu madre y Reina, te lo ordeno-.
A fin de cuentas, la Torre siempre buscará encerrar al dragón.
