CAPÍTULO 9

A la mañana siguiente, llegó el médico, sir Genzō, para revisar a Sakura. Era un anciano con cabello gris y ojos azules que chispeaban como el mar en un día tranquilo. Tanto la vestimenta como los modales del hombre eran impecables. A juicio de Sakura, tenía la apariencia de un mapache artero, pues el cabello de las sienes estaba peinado formando curvas que terminaban a escasos centímetros de los bordes de la nariz puntiaguda.

Tal como Sakura le había predicho a Sasuke, sir Genzō le hurgó y la pinchó. Sasuke, de pie a los pies de la cama, con las manos a la espalda, actuaba como un centinela cuidando su tesoro. Cuando el médico concluyó el examen, indicó que el descanso era el mejor remedio para el estado de la joven. Como Sakura no estaba convencida de estar en una situación especial, ignoró todas las sugerencias.

Por su expresión Sasuke parecía estar memorizando cada una de las indicaciones. «Está decidido a convertirme en una inválida», se dijo Sakura. Cuando Genzō indicó la necesidad de poner una compresa fría en el chichón que ya estaba desapareciendo, Sasuke fue de inmediato a buscarla.

Sakura se alegró de quedar a solas con el médico

—Me enteré de que lo llamaron para atender al padre de Sasuke —comenzó—. Me apenó sabe que no se sentía bien. ¿Está mejor?

El médico negó con la cabeza.

—Ya no puedo hacer mucho más por él. Es una pena. Desde que le arrebataron a Itachi, se dio por vencido. Itachi era su preferido, ¿sabe?, y la pérdida lo quebró.

—¿Por qué dice que Itachi es el preferido?

—Es el primer hijo que tuvo con su segunda esposa —respondió Genzō—. La madre de Sasuke murió cuando él era pequeño, de no más de cinco o seis años.

Era obvio que Genzō disfrutaba de una buena sesión de chismorreo. Acercó una silla al costado de la cama, se acomodó y dijo, con un susurró entusiasta:

—El primer matrimonio fue obligado, ¿entiende? , y, según lo que sé, fue una unión bastante desdichada, aunque Fugaku hizo lo mejor que pudo.

—¿Fugaku?

—El padre de Sasuke —aclaró Genzō—. Fugaku aún no se había convertido en el duque Uchiha de Williamshire, pues su propio padre todavía vivía. Por eso tenía más tiempo para dedicarse a su matrimonio. Pero fue inútil, pues la madre de Sasuke era una arpía. Convirtió la vida en un infierno para el esposo y el hijo. ¡Si hasta trató de volver al hijo contra el padre! ¿Puede creer semejante blasfemia? Cuando murió, nadie la lloró mucho tiempo.

—¿Conoció usted a esa mujer?

—En efecto —respondió el médico—. Era atractiva, pero su belleza escondía un corazón negro.

—Y el segundo matrimonio del duque, ¿es feliz?

—Oh, sí —respondió Genzō, haciendo un gesto elocuente con la mano—. Mikoto es una mujer estupenda. En cuanto comenzó sus funciones de anfitriona con el esposo, tuvo a la alta sociedad atrapada por la oreja. ¡La elite la sigue casi con tanto fervor como siguen la moda que impone Brummel en la vestimenta y los modales! Debo decir que Mikoto es una buena esposa y madre. Los hijos están muy unidos, prueba de que hizo bien su tarea.

—Cuando se refiere a los hijos, sir Genzō, ¿incluye a Sasuke?

—Así es —respondió Genzō—. Los otros recurren a Sasuke, por ser el mayor, pero él tiende a separarse del resto de la familia. A menos que alguien intente hacerle daño a alguno de sus hermanos o hermanas, desde luego. En ese caso, Sasuke interviene. —Hizo una pausa, se inclinó hacia delante y dijo en tono conspiratorio—: Algunos hablan de venganza.

Movió las cejas, para enfatizar el comentario.

—¿Por qué hablan de venganza? —preguntó.

A Sakura le pareció que en su voz resonaba la preocupación, pero Genzō no lo notó y no quería que terminara la conversación en ese mismo momento. Compuso una expresión un tanto desinteresada, y hasta sonrió.

—Me despertó la curiosidad, señor —agregó.

El interés de Sakura satisfizo a Genzō.

—Querida mía, Sasuke difundió que estaba tras de Pagan. Hasta hizo que sus hombres pegara anuncios en toda la ciudad. Los jugadores hicieron apuestas, diez a uno a favor de Sasuke, por supuesto. Atrapará al pirata —predijo—. Y, cuando lo haga, que Dios se apiade de él.

—Sí, que Dios se apiade —se hizo eco Sakura—. ¿Dijo usted que el padre de Sasuke está enfermo? —preguntó, llevándolo al tema inicial—. ¿Muy enfermo?

—Grave —afirmó Genzō.

—¿No se puede hacer nada?

Genzō movió la cabeza.

—Mikoto está tan afligida por Fugaku que casi se volvió loca. Ese hombre no come ni duerme. No puede seguir así. No, me temo que, si no es capaz de aceptar la muerte de Itachi, será el próximo en morir.

—Quizá necesite ayuda —dijo Sakura.

—¿Quién necesita ayuda? —preguntó Sasuke, desde la puerta.

—Tu papá —dijo Sakura.

Se volvió otra vez hacia sir Genzō:

—¿Qué es eso que oí de que un amigo de usted desapareció?

—Oh, sí, pobre sir Bansai. Era un buen médico —dijo Genzō, con gesto enfático.

Como el médico le dirigió una mirada expectante, Sakura dijo:

—Habla como si estuviese muerto.

—Estoy seguro de que lo está —afirmó sir Genzō.

De pie al otro lado de la cama, Sasuke intentaba, sin mucho éxito, colocarle la compresa sobre la herida. Sakura tenía más interés en escuchar las opiniones del médico que en atender ese pequeño chichón. Seguía apartando la mano de Sasuke, y este insistía en colocarle la compresa. Genzō observó la lucha silenciosa unos minutos, conteniendo la sonrisa: no cabía duda de que esos dos eran toda una pareja. La siguiente pregunta de Sakura lo retrotrajo al tema principal:

—¿Por qué cree que Bansai está muerto?

—Tiene que estarlo —repuso Genzō—. El cocinero fue el último en verlo con vida. Bansai paseaba por los jardines traseros. Dobló en una esquina y se esfumó.

—¿Cuánto hace de esto? —preguntó Sasuke.

—Hace ya unos tres meses —respondió el médico—. Todos sabemos qué le sucedió.

—¿En serio? —preguntó Sakura, sobresaltada por la dureza del tono del médico—. ¿Y qué fue lo que le sucedió?

—No tendría que comentarlo —respondió Genzō.

Aunque la expresión de su rostro indicaba precisamente lo contrario: parecía tan ansioso como un niño que estuviese a punto de abrir los regalos de cumpleaños.

Sir Genzō se inclinó hacia delante y dijo, en un susurro dramático:

—Esclavos blancos.

Sakura creyó que no había entendido bien.

—¿Cómo dice?

—Esclavos blancos —repitió Genzō.

Enfatizó la afirmación con un gesto y se respaldó en la silla.

Sakura tuvo que morderse el labio inferior para contener la risa. No se atrevió a mirar a Sasuke, pues estaba segura de que, si veía en él la más mínima señal de diversión, no podría controlarse.

—No lo sabía —murmuró.

El aspecto de Genzō demostraba que disfrutaba de la reacción de la joven.

—Claro que no lo sabía —se apresuró a agregar—. Es usted una dama gentil y es imposible que haya oído hablar acerca de asuntos tan desagradables. Tras esta trampa, también debe de estar Pagan. Es el que atrapó a Bansai y lo vendió a los esclavistas.

Sakura ya no se divertía, y hasta sintió que enrojecía.

—¿Por qué será que se culpa a Pagan por cada uno de los pecados que se cometen en Inglaterra? —preguntó, sin poder evitarlo.

—Vamos, vamos, no se altere así –murmuró sir Bansai. Le palmeó la mano y dijo—: No tendría que haberle contado estos rumores que circulan por ahí.

—No estoy alterada —mintió Sakura—. Lo que sucede es que me exaspera el modo en que todo el mundo usa a Pagan como chivo emisario. Tampoco estoy preocupada por su amigo, sir Genzō; pues en el fondo estoy convencida de que sir Bansai aparecerá sano y salvo cualquier día de estos.

El médico le oprimió la mano con cariño.

—Tiene usted un corazón muy tierno.

—El padre de Sasuke ¿tiene un corazón fuerte?

El que respondió fue el propio Sasuke:

—Sí.

El enfado en la voz del hombre sorprendió a Sakura, y giró para mirarlo.

—Es bueno saberlo —dijo—. ¿Por qué frunces el entrecejo? ¿Porque yo pregunté por tu padre o porque tiene un corazón fuerte?

—Por ninguna de las dos cosas –respondió Sasuke, volviendo su atención al médico—. Mi padre comenzará a sentirse mejor cuando Pagan sea castigado. La venganza será un bálsamo para él.

—No, Sasuke —repuso Sakura—. La justicia será su salvación.

—En esta situación, son la misma cosa —arguyó Sasuke.

La línea tensa de la mandíbula revelaba el disgusto y también la obstinación del hombre.

La muchacha sintió ganas de gritarle, pero cambió de idea.

—Fuiste muy amable al traerme la compresa.

Tocó el paño frío que tenía en la sien y luego se volvió hacia sir Genzō.

—Y gracias a usted, señor, por atenderme. Ahora me siento mucho mejor.

—No fue nada —repuso sir Genzō. Le tomó la mano otra vez y añadió—: En cuanto se sienta mejor, tendrá que mudarse con el duque y la duquesa. Estoy seguro de que los padres de Sasuke se sentirían más que dichosos de tenerla como huésped, hasta que esté recuperada por completo.

Giró la mirada hacia Sasuke.

—Desde luego que guardaré el secreto. No habrá ningún chisme desagradable relacionado con esta dama encantadora.

—¿Qué secreto? —preguntó Sakura, confundida.

Sir Genzō lanzaba a Sasuke una mirada tan punzante que inquietaba.

—Está preocupado por tu reputación —le aclaró Sasuke.

—Ah, eso.

La muchacha lanzó un suspiro prolongado.

—Ella no está demasiado preocupada —afirmó Sasuke, con sequedad.

Sir Genzō adoptó un aire horrorizado.

—¡Pero, querida, eso sencillamente no se hace! No tendría que quedarse aquí sola, con un hombre soltero.

—Sí, supongo que tiene razón.

—Pero estuvo enferma, querida, y estoy seguro de que no pensó con claridad. No los culpo ni a usted ni a Sasuke —agregó, haciendo un ademán hacia el marqués —. El anfitrión actuó de buena fe.

—¿En serio? —preguntó Sakura.

—Sin duda —respondió sir Genzō—. Aquí vive todo el personal doméstico completo y, aun así, los chismosos se harían un festín con estas noticias y los rumores lastimarían a muchas personas. La madre de Sasuke...

—Mi madrastra —corrigió Sasuke.

—Sí, claro, su madrastra —admitió Genzō, y prosiguió —: Sufriría daño y ya que estamos, también sufriría su prometida.

—¿Su qué?

No quiso alzar la voz, pero el comentario casual de sir Genzō la dejó estupefacta. De pronto, se sintió descompuesta y palideció.

—¿Dijo usted la prometida de Sasuke? —preguntó en un susurro áspero.

—Sakura —comenzó Sasuke—, creo que sir Genzō se refiere a lady Amaru.

—Entiendo —repuso, obligándose a sonreírle al médico —. Ahora recuerdo: lady Amaru, la mujer con la que vas a casarte.

Hacia el final de la frase, la voz de Sakura era casi un chillido. Ni conocía a esa Amaru, pero ya la detestaba y, cuanto más pensaba en el asunto, más se enfurecía con Sasuke. Para ser sincera, también lo odiaba a él.

—Lady Amaru no tomará a la ligera la novedad de que usted se hospede aquí —predijo Genzō.

—No es mi prometida —intervino Sasuke—. Es la prometida que mi madrastra quisiera para mí —precisó.

No pudo evitar que la risa resonara en su voz. La forma en que reaccionó Sakura al oír hablar de lady Amaru fue muy reveladora y le demostraba que le importaba.

—Pero su querida madrastra está...

—Está empecinada en unirnos a lady Amaru y a mí —lo interrumpió—. Eso no ocurrirá, Genzō.

Sakura sintió la mirada fija de Sasuke e hizo un esfuerzo desesperado para mostrarse desinteresada. Vio que retorcía la compresa entre las manos y cesó de inmediato.

—A mí no me interesa con quién te cases —afirmó.

—Debería.

Sakura negó con la cabeza.

—Sólo habría preferido que me hablaras anoche de tu compromiso.

—No estoy comprometido —le espetó Sasuke—. Y anoche habría...

—¡Sasuke! —gritó la joven, y bajó la voz para agregar—: No olvides que tenemos un invitado.

Genzō soltó una risita y fue caminando con Sasuke hasta la puerta.

—Tengo un presentimiento en relación con ustedes dos. ¿Estoy en lo cierto?

—Depende de cuál sea ese presentimiento —respondió Sasuke.

—Es su prometida, ¿verdad?

—Lo es —contestó Sasuke—. Lo que sucede es que todavía no lo admitió.

Los dos rieron.

—Muchacho, puedo decirte que será difícil.

—Difícil o no —replicó Sasuke, en un tono lo bastante alto como para despertar a los muertos—, será mi esposa.

La puerta se cerró, cubriendo el grito de negativa de la muchacha.

Sakura arrojó la compresa a través de la habitación y se dejó caer sobre las almohadas, rechinando los dientes de exasperación.

«¿Qué me importa a mí con quién se case? —pensó—. En cuanto Deidara regrese, no volveré a ver a Sasuke. Además, ¿por qué diablos todo tiene que ser tan complicado? Sólo Dios sabe que proteger a Sasuke de por sí es bastante trabajoso, y ahora también tengo que ocuparme del padre de Sasuke.»

¿Sería bonita lady Amaru?

Sakura apartó ese pensamiento de su mente. En realidad tendría que hacer algo por el duque Uchiha de Williamshire. Sin duda, cuando Itachi regresara, si veía que el padre había muerto de pena, se sentiría muy perturbado.

¿Sasuke se habría acostado con lady Amaru?

«En este momento no puedo pensar en ella —se dijo Sakura—. Tengo muchos otros problemas de qué preocuparme.»

Haría algo con respecto al padre de Itachi. Una nota no sería eficaz. Tendría que ir a verlo y tener una firme conversación con él.

¿Acaso habría hecho ya la madrastra de Sasuke arreglos para la boda? «¡Oh, Dios, espero que Sasuke me haya dicho la verdad! Espero que no quiera a lady Amaru». «Esto es ridículo», murmuró para sí. Claro que Sasuke se casaría, y por supuesto que no lo haría con Sakura. Cuando descubriese la verdad acerca de ella, no la querría más.

Con un gemido de frustración, Sakura desistió de hacer planes. Sus emociones eran como los mástiles del Emerald, soportando el viento más intenso. En ese momento, era inútil que intentara concentrarse. El padre de Sasuke tendría que soportar un poco más la desesperación.

Evitó a Sasuke la mayor parte del día. Cenaron juntos, en silencio. Para sorpresa de Sakura, Jūgo apartó una silla y se sentó a cenar con ellos. Casi todo el tiempo prestaba atención a Sasuke, pero, cuando la dirigía la mirada hacia Sakura, adoptaba una expresión amable y cariñosa.

Sakura llegó a la conclusión de que, a fin de cuentas, Jūgo no había descubierto que habían dormido juntos, y sintió un gran alivio. Ya había advertido que la relación entre Jūgo y Sasuke iba mucho más allá de la de un empleado con su patrón. Eran como una familia, y Sakura no quería que un hombre encariñado con Sasuke pensara que ella era una ramera.

Sakura lanzaba al mayordomo miradas afligidas, hasta que el hombre se estiró y le palmeó la mano.

Durante la cena, el que hizo todo el gasto de la conversación fue Sasuke. Se refirió a los problemas del manejo de una propiedad grande. Sakura estaba muy interesada, y también sorprendida, pues Sasuke mostraba verdadero interés por los habitantes de sus tierras. En verdad, se sentía responsable por el bienestar de ellos.

—¿Ayudas a los necesitados? —le preguntó.

—Por supuesto.

—¿Les das dinero?

—Sólo cuando es la única solución —explicó—. Sakura, el orgullo de un individuo es más importante que el hambre. Cuando tiene el estómago lleno, el paso siguiente es ayudarlo a mejorar.

Sakura pensó largo rato y por fin dijo:

—Sí, la autoestima de un hombre es importante. Y también la de la mujer —agregó.

—Si le quitas el respeto por sí mismo, existe la posibilidad de que él... o ella se den por vencidos. Se puede hacer sentir a un hombre que se lo manipula o que es un fracasado.

—Hay diferencia entre manipulación y fracaso —arguyó Sakura.

—En realidad, no —repuso Sasuke—. Si permite cualquiera de las dos cosas, es un tonto, ¿no es verdad, Jūgo?

—Por cierto que lo es —admitió Jūgo.

El mayordomo tomó la tetera y continuó:

—El orgullo de un hombre es lo más importante. Tiene que estar sobre todo lo demás.

—Pero admitirán que hay ocasiones en que es preciso dejar el orgullo de lado —intervino Sakura.

—¿Por ejemplo?

—Un buen ejemplo sería cuando está en juego la vida de un hombre —respondió la joven.

—Pero la vida de un hombre no es tan importante como su autovaloración —dijo Jūgo—. ¿No lo cree así, milord?

Sasuke no respondió, pues, una vez más, miraba a Sakura con expresión indescifrable. Sakura no supo qué pensar. Le sonrió para ocultar su propia inquietud y luego, alegando fatiga, regresó al dormitorio.

Jūgo ordenó que le preparasen el baño. En el hogar ardía un fuego entibiando el aire. Sakura se demoró en la bañera y luego fue a acostarse. Se removió y dio vueltas casi una hora, hasta que al fin cayó en un sueño intermitente.

Poco después de medianoche, Sasuke fue a la cama de Sakura. Se desnudó, apagó las velas y se metió en la cama, junto a la muchacha. Sakura dormía de costado, el camisón enrollado en torno de los muslos. Lentamente Sasuke se lo subió y luego apretó el trasero sedoso de la muchacha contra sí.

Dormida, la muchacha suspiró, y Sasuke sintió como una fiebre. ¡Dios, era tan tibia, tan dulce! Metió la mano debajo del camisón. Le acarició la piel, los pechos, frotó los pezones hasta que se irguieron, y la muchacha respondió moviéndose inquieta y gimiendo en sueños.

«Quizá crea que está teniendo un sueño erótico», pensó Sasuke. Le mordisqueó el cuello, le acarició el lóbulo de la oreja con la lengua, y, cuando el trasero de la mujer se apretó contra él con más insistencia, el hombre deslizó la mano hacia el calor que surgía entre los muslos de Sakura.

Encendió en ella el fuego, hasta que estuvo caliente y húmeda, preparada para él. Con el otro brazo, le rodeaba la cintura. Sakura trató de girar hacia él, pero no se lo permitió.

—Ábrete para mí, Sakura —murmuró—. Déjame entrar en ti.

Con la rodilla le hizo separar los muslos desde atrás, hasta que quedó metido entre esos muslos.

—Dime que me quieres —exigió.

Sakura pudo sentir la punta aterciopelada del sexo del hombre y se mordió el labio inferior, para no gritarle que detuviese ese tormento.

—Sí, te quiero —murmuró—. Por favor, Sasuke, ahora.

Sasuke no necesitaba más estímulo. Con suavidad, la acostó boca abajo, sosteniéndola con la mano extendida a la altura de la pelvis, y la penetró con un solo impulso poderoso. La apretada funda lo recibió, lo oprimió, y el hombre estuvo a punto de derramar su simiente en ese mismo instante. Aquietó los movimientos e hizo una profunda inspiración.

—Quieta, mi amor —murmuró él, gimiendo, cuando ella se apretó contra él.

Las manos de Sakura retorcían las sábanas, y Sasuke unió sus manos a las de ella. Metió la cabeza en el hueco fragante entre el cuello y el hombro de la muchacha.

—Sasuke, quiero...

—Lo sé —respondió.

Esa vez, estaba resuelto a ir despacio, a prolongar esa dulce agonía, pero los ruegos insistentes de la mujer lo descontrolaron. La penetró una y otra vez, hasta que olvidó todo, salvo lograr la satisfacción plena de los dos. Cuando supo que estaba por echar su simiente, deslizó la mano por el vientre de Sakura y la acarició hasta que alcanzó el orgasmo.

El clímax de los dos fue glorioso. Sasuke cayó sobre ella, exhausto y completamente saciado.

—Mi amor ¿todavía respiras? —le preguntó, cuando el corazón dejó de latirle en los oídos.

Aunque estaba bromeando, al ver que no le respondía se apartó de inmediato:

—¿Sakura?

La muchacha se dio la vuelta y lo miró.

—Me hiciste suplicar.

—¿Qué?

—Me hiciste rogar.

—Sí, lo hice, ¿no es cierto? —respondió el hombre, con amplia sonrisa.

—No estás para nada arrepentido —afirmó la joven,
acariciándole el pecho tibio con las yemas de los dedos —. Eres un canalla. No entiendo por qué me resultas tan atractivo.

La expresión soñadora y apasionada permanecía aún en los ojos de la muchacha. Sasuke le besó la frente, la punta de la nariz pecosa y luego la boca, con un beso largo, húmedo en el que también participó la lengua.

—¿Quieres más, mi amor?

No le dio tiempo a responder.

—Yo sí —anunció, en un murmullo ronco.

Mucho tiempo más tarde, los amantes cayeron dormidos, uno en brazos del otro.