CAPÍTULO 11
Poco tiempo después, Sakura regresó a casa de Sasuke. Entregó las riendas a Darui y corrió por la escalera de atrás, hasta su dormitorio. Cuando dobló la esquina, encontró a Jūgo como un centurión, vigilando la puerta de la habitación.
Cuando la vio, el mayordomo hizo una doble reverencia y luego cruzó los brazos sobre el pecho.
—Milady, se supone que tendría que estar en el dormitorio.
Sakura optó por tomar la ofensiva e hizo que fuese Jūgo quien diera explicaciones
—¿Y qué se supone que está usted haciendo aquí?
—Vigilando la puerta.
—¿Por qué?
—Para que usted no se marche.
—Pero ya me marché —replicó la muchacha, sonriendo con suavidad—. Jūgo, estoy convencida de que su tiempo es demasiado valioso para estar vigilando a la puerta de un dormitorio vacío.
—Pero, milady: yo no sabía que estaba vacío —protestó el anciano.
Sakura le palmeó el brazo.
—Me lo explicará luego, señor. Ahora, por favor, déjeme pasar. Tengo que cambiarme esta ropa de montar e ir a ayudar a Sasuke.
Pasó junto al enfurruñado mayordomo y cerró la puerta, interrumpiendo las protestas. En pocos minutos, se puso un vestido verde oscuro y bajó corriendo por la escalera principal.
Ahora, Jūgo vigilaba la puerta del frente, y la expresión de esa mandíbula tensa le indicaba que no cedería con facilidad.
—No tendría que salir —afirmó, en tono lo bastante helado para congelar a un oso polar.
Sakura ni se inmutó y le brindó una amplia sonrisa.
—Puedo y lo haré.
—Mi señor insistió en que se quedara usted dentro.
—Yo insisto en que saldré.
En respuesta al desafió, Jūgo se apoyó contra la puerta y negó con la cabeza.
Sakura optó por distraerlo.
—Jūgo, ¿cuántos criados viven aquí?
La pregunta lo sorprendió.
—En estos momentos, está sólo la mitad del personal. En total, somos cinco.
—¿Dónde están los demás?
—En Londres, ayudando a limpiar la casa de la ciudad.
—Pensé que la había destruido el fuego –dijo Sakura.
—No del todo. El costado fue reparado con tablas, y ahora sólo quedan los rastros del humo. Mientras los obreros reparan la estructura, los criados limpian el interior.
—Jūgo, me pregunto si se puede confiar en los sirvientes que hay aquí.
Antes de responder, el mayordomo se irguió en toda su estatura.
—Milady, todos los criados son de confianza. Son leales al patrón.
—¿Está seguro?
El mayordomo se alejó un paso de la puerta.
—¿Por qué tiene tanto interés en...?
—Dentro de un par de días, tendrá dos invitados, Jūgo, pero nadie tiene que saber que están aquí. El personal deberá guardar silencio.
—El marqués no me habló de ningún invitado —repuso el criado, algo ofendido.
Sakura corrió, pasando junto a él y abrió la puerta de par en par.
—Sasuke todavía no sabe nada de esas visitas —dijo—. Por eso no se lo dijo a usted. Será una sorpresa, ¿sabe?
La expresión confundida del anciano le demostró que no entendía nada.
—Me pareció que le gustaría estar sobre aviso, para poder preparar las habitaciones de los huéspedes.
Se alzó las faldas y comenzó a bajar los escalones.
—Y deje de fruncir el entrecejo, Jūgo: le diré a Sasuke que intentó mantenerme dentro.
—Y yo le diré a milord que usted no estaba en la habitación —gritó Jūgo.
Sakura encontró a Sasuke andando entre los restos de los establos: sólo quedaban rescoldos humeantes. La destrucción era absoluta.
Sakura advirtió que ahora los caballos estaban alojados en un gran corral donde los trabajadores acababan de reunirlos.
La camisa blanca de Sasuke estaba cubierta de suciedad.
—¿Ya reuniste todos los caballos? —preguntó Sakura, al llegar junto a él.
El hombre se volvió con lentitud y, sin duda, el ceño de Sasuke habría sido capaz de iniciar otro incendio. Sin embargo, habló en tono bastante moderado:
—Todos, menos el que te llevaste prestado.
—¿Prestado? –exclamó la muchacha, con inocencia fingida.
—Ve a esperarme en el salón —le ordenó el hombre.
—Pero, Sasuke, quiero ayudar.
—¿Ayudar?
Sasuke estuvo a punto de explotar en ese mismo instante.
—Tú y tus hombres ya me ayudaron bastante. —Hizo varias inspiraciones y luego agregó—: Entra ya.
El bramido hizo que Sakura le obedeciera. La muchacha giró de inmediato y se apresuró a volver a la casa. Sentía la mirada fija de Sasuke en la espalda y no se habría asombrado si se le hubiese quemado el vestido: ese hombre estaba furioso.
En ese momento, habría sido inútil tratar de razonar con él. Tendría que esperar a que se calmara un poco.
Al llegar al primer escalón, se volvió.
—Sasuke, si tienes que quedarte fuera, trata de no ser un blanco tan fácil.
Jūgo se precipitó escaleras abajo, la aferró por el codo y susurró:
—Lady Sakura, haga lo que le ordena. No querrá irritarlo más, ¿no? Vamos, entre —agregó, ayudándola a subir la escalinata—. Creo que nunca lo vi tan furioso.
—Sí, está furioso —susurró Sakura, irritada por el temblor en la voz del criado—. Jūgo, ¿Podría beber una taza de té? Al parecer, este día se estropeó por completo. Y todavía no llegó ni a la mitad.
—Claro, le haré preparar té —se apresuró a decir Jūgo —. Milady, estoy seguro de que el marqués no tuvo intención de gritarle. Cuando se le pase el enfado, sin duda se disculpará.
—Tal vez nunca se le pase —murmuró Sakura.
Jūgo abrió la puerta principal y luego entró tras ella.
—Hacía menos de un mes que construyeron los establos —dijo el criado.
Sakura intentó prestar atención a lo que decía Jūgo, pero las palabras de Sasuke seguían resonando en la mente de la muchacha. «Tú y tus hombres ayudaron bastante.» Sí, esas fueron las palabras. Sabía algo acerca de Darui y Omoi... «¿Cómo? —se preguntó—, y, lo que es más importante aún, ¿qué más sabe?»
Mientras Jūgo iba a ocuparse del té, Sakura recorría los confines del salón. Abrió la contraventana al extremo del cuarto para que entrase el aire fresco de la primavera. También era una medida de precaución, pues, si Sasuke estaba dispuesto a matarla, tendría por dónde escapar.
—Pamplinas –murmuró, volviendo a pasearse.
Sasuke jamás le levantaría la mano, por más que se enfadara. Además, era imposible que supiera toda la verdad.
De pronto, la puerta del frente se abrió y rebotó dos veces contra la pared interior antes de cerrarse de un golpe.
Había entrado Sasuke.
Sakura se apresuró a acercarse al sofá de brocado, se sentó y cruzó las manos sobre el regazo, componiendo una sonrisa serena. «Sabrá que estoy temblando —se dijo—. No, moriré antes que dejarle adivinar que estoy asustada.»
Luego se abrieron las puertas del salón y Sasuke apareció en el vano. Cuando le vio la expresión, Sakura no pudo conservar la sonrisa: parecía deseoso de matar. Estaba tan furioso que temblaba.
—¿Adónde fuiste esta mañana? —rugió.
—Señor, no me alce la voz, o me dejará sorda.
—Respóndeme.
Como Sasuke, haciendo caso omiso de la observación de Sakura, había vuelto a gritar, la muchacha lo miró, ceñuda.
—Fui a visitar a tu querido papá.
La afirmación desinfló un tanto a Sasuke, que sacudió la cabeza.
—No te creo.
—Digo la verdad.
Sasuke entró en el cuarto y no se detuvo hasta cernirse sobre Sakura. Las puntas de sus botas rozaron el ruedo del vestido de la muchacha. Parecía un dios vengador, y Sakura se sintió atrapada. En el fondo, la joven sabía que Sasuke quería que se sintiera así.
—Lamento que no me creas, Sasuke, pero fui a ver a tu padre. Estaba muy preocupada por él, ¿sabes? Sir Genzō me comentó que no se sentía bien, y me pareció que una charla agradable lo reanimaría.
Mientras lo confesaba, Sakura se contemplaba las manos.
—Sakura, ¿cuándo iniciaste el fuego?
Sakura lo miró de frente.
—Yo no inicié ningún fuego —afirmó.
—¡Claro que sí! —rugió el hombre.
Se alejó de Sakura y fue hacia el hogar, pues estaba tan furioso, que no se atrevía a estar cerca de ella. De pie, con las manos sujetas por delante, Sakura dijo:
—Sasuke, yo no incendié los establos.
—Entonces ordenaste a uno de tus hombres que lo hiciera, y yo quiero saber por qué.
—¿Qué hombres?
—Los dos miserables que están rondando por aquí desde el día en que llegamos.
Sasuke esperó que Sakura lo negara, pues desde que se conocieron no había hecho más que mentir. Ahora lo comprendía.
—Ah, esos dos hombres —respondió la muchacha, alzando los hombros en un gesto muy femenino—. Debes de referirte a Darui y a Omoi. Te topaste con ellos, ¿no?
Ya la angustia del hombre llegaba a límites intolerables.
—Sí, me topé con ellos. Ésas fueron dos mentiras más, ¿cierto?
Sakura no podía mirarlo. «Que Dios me ayude por fin, veo al sujeto del que hablaba el archivo —pensó—. Frío, metódico, mortífero. La descripción encaja a la perfección.»
—Darui y Omoi son dos hombres excelentes — murmuró la muchacha.
—Eso significa que no niegas...
—No niego nada —lo interrumpió Sakura—. Me colocas en una posición imposible. Di mi palabra y no puedo faltar a ella. Simplemente tendrás que confiar en mí un tiempo más.
—¿Confiar en ti?
Lo dijo casi rugiendo, como si pronunciara blasfemias.
—Nunca volveré a confiar en ti. Si creíste que lo haría, debes de pensar que soy un tonto.
Sakura estaba aterrada. Hizo una inspiración profunda y dijo:
—Mi problema es muy delicado.
—No me importa cuán delicado sea tu problema —vociferó—. En nombre de Dios, ¿cuál es tu juego? ¿Por qué estás aquí?
Estaba gritando otra vez, y Sakura sacudió la cabeza.
—Sólo te diré que estoy aquí por ti.
—Respóndeme.
—De acuerdo —murmuró Jade—. Estoy aquí para protegerte.
A juzgar por la atención que le dio, Sakura podría haberle dicho que venía del cielo.
—Quiero el motivo real, maldición.
—Ése es el motivo real: estoy protegiéndote.
Jūgo apareció en la entrada con una bandeja de plata en las manos. Echó un vistazo al semblante del patrón y se dio la vuelta, de inmediato.
—Al salir, cierra la puerta, Jūgo –ordenó Sasuke.
—No le alces la voz a Jūgo —exigió Sakura, casi gritando —. No tiene nada que ver con esto, y no tendrías que tomártela con él.
—Siéntate, Sakura.
Ya la voz de Sasuke era mucho más suave y menos amenazadora, y Sakura tuvo que apelar a toda su resolución para no hacer lo que le ordenaba.
—Seguramente patearás a tus mascotas cuando estás de mal humor, ¿no es cierto?
—Siéntate.
Sakura echó una mirada hacia la puerta, calculando la distancia para ponerse a salvo, pero la siguiente afirmación de Sasuke la hizo cambiar de opinión.
—No llegarías.
Sakura giró hacia Sasuke.
—No estás dispuesto a mostrarte razonable, ¿verdad?
—No —respondió el hombre—. No pienso ser razonable.
—Esperaba que, cuando te calmaras, sostuviéramos una conversación tranquila, y...
—Ahora —la interrumpió—. Sakura, la conversación será ahora.
Sintió ganas de aferrarla y sacudirla para que le respondiese todas las preguntas, pero sabía que si la tocaba la mataría. Sasuke sentía como si acabaran de desgarrarle el corazón por la mitad.
—Te envió Pagan, ¿no es así?
—No.
—Sí —insistió Sasuke—. ¡Dios mío, ese canalla mandó a una mujer para hacer lo que él tendría que hacer! ¿Quién es, Sakura? ¿Tu hermano?
Sakura negó con la cabeza y retrocedió.
—Sasuke, por favor, trata de escuchar...
Sasuke comenzó a avanzar hacia ella, pero luego, con un esfuerzo, se detuvo.
—Todo eran... mentiras, ¿no es cierto, Sakura? No estabas en peligro.
—No todas fueron mentiras —respondió la joven—. Pero el blanco primitivo eras tú.
Sasuke negó con la cabeza, y Sakura comprendió que no le creería nada de lo que dijese. Detectaba el dolor y la cruda agonía en los ojos del hombre.
—Mandó a una mujer —repitió Sasuke—. Tu hermano es un cobarde. Morirá. Será estricta justicia, ¿no crees? Ojo por ojo o, más bien, en estas circunstancias, un hermano por otro.
—Sasuke, tienes que escucharme —exclamó Sakura.
Tuvo ganas de llorar por la tortura que le causaba.
—Tienes que comprender. Al comienzo, yo no sabía qué clase de, hombre eras tú... ¡Oh, Dios, lo lamento tanto...!
—¿Que lo lamentas? —preguntó él, en tono neutro.
—Sí —murmuró—. Si quisieras escucharme...
—¿Acaso crees que puedo creer algo de lo que me digas?
Sakura no le contestó. Sasuke parecía atravesarla con la mirada y, por largo tiempo, no dijo nada. Sakura casi podía ver cómo crecía la furia dentro de él. Cerró los ojos para no ver esa expresión lúgubre, airada, colmada de odio.
—¿Dejaste que te hiciera el amor porque Pagan te lo ordenó?
Sakura sintió como si la hubiese golpeado.
—Sasuke, si hubiese hecho algo semejante, sería una ramera, y yo no me prostituyo, ni siquiera por mi hermano.
Sasuke no le dio la razón con bastante rapidez para apaciguarla, y los ojos de Sakura se llenaron de lágrimas.
—No soy una prostituta —exclamó.
El súbito rugido que llegó por la contraventana los distrajo a los dos. Ese sonido que helaba los huesos era como un grito de batalla. Sakura lo reconoció: había llegado Deidara. Por fin, el engaño terminaba.
—¿Acaso llamaste ramera a mi hermana?
La indignación en la voz profunda de Deidara hizo temblar las paredes. Sakura nunca lo había visto tan enfadado.
Dio un paso hacia el hermano pero, de súbito, Sasuke la alzó contra su costado.
—No te pongas en mi camino —le ordenó, en tono espantosamente calmo.
—¿En tu camino hacia dónde? —preguntó la joven—. Sasuke, no permitiré que lastimes a mi hermano.
—¡Quítale las manos de encima! —vociferó Deidara—. ¡Si no, te mato!
—Deidara —gritó Sakura—. Sasuke no sabe nada.
Quiso apartar a Sasuke, empujándolo por los hombros, pero fue imposible: su apretón era tenaz como el de las algas marinas.
Sakura no supo quién de los dos estaba más furioso: el ceño de Deidara era tan horrible y amenazador como el de Sasuke. Esos dos adversarios gigantes, eran igualmente formidables. Si tenían oportunidad, se matarían.
Deidara también tenía aspecto de pirata. El cabello largo, rubio, le llegaba más abajo de los hombros anchos. Estaba vestido con unos calzones negros ajustados, y la camisa blanca abierta casi hasta la cintura. Si bien Deidara no era tan alto como Sasuke, era igual de musculoso.
Sí, podrían matarse. Desesperada, Sakura intentó pensar en un modo de calmar la tensión, mientras los dos hombres se medían con la mirada.
—Te hice una pregunta, canalla —volvió a gritar Deidara, dando un paso adelante con aire amenazador —. ¿Llamaste ramera a mi hermana?
—Él no me lo dijo —gritó Sakura, al ver que Deidara estaba a punto de tomar el cuchillo que llevaba en la cintura—. No sabe nada de Itachi: mantuve mi palabra de no decírselo.
Deidara dudó, y Sakura aprovechó la vacilación.
—Cree que tú mataste a... Lo adivinó todo, Deidara.
La mano de Deidara se apartó del cuchillo, y Sakura, aliviada, se aflojó.
—Conque lo imaginó, ¿eh? —dijo Deidara, marcando las palabras.
Sasuke observaba al intruso, y al hacerlo supo que no podía haber duda alguna de que fuese el hermano de Sakura: tenía los mismos ojos verdes.
—Es cierto: lo adiviné todo —rugió de pronto Sasuke—. Tú eres Pagan y asesinaste a mi hermano.
Sakura empujó a Sasuke y se acercó a Deidara, pero Sasuke la empujó con rudeza detrás de su espalda.
—Sakura, no intentes acercarte a él.
—¿Acaso intentas protegerme de mi propio hermano?
Sasuke no le respondió.
—¿Acaso te tocó? —gritó Deidara, como si maldijera.
—Guarda silencio —ordenó Sasuke.
Cuando intentó avanzar, Sakura lo aferró por la espalda de la camisa, pero no logró detenerlo. Sasuke pateó fuera del camino el carrito del té y siguió avanzando hacia su presa.
—Ya lo creo que la toqué —vociferó—. ¿Acaso eso no formaba parte del plan, canalla?
Deidara lanzó un grito y se precipitó hacia delante. Eran como dos toros que cargaran uno contra otro.
—¡No! –gritó Sakura—. ¡Por favor, Deidara, no lastimes a Sasuke! Sasuke, tú tampoco tienes que herir a Deidara...
Al ver que no le prestaban la menor atención, dejó de suplicarles.
Sasuke conectó el primer golpe, que casi arrojó a Deidara contra la pared. Una encantadora pintura que representaba al Támesis de años atrás, cuando estaba limpio, cayó al suelo con ruido sordo. Deidara completó la destrucción de la obra de arte al pisarlo, cuando intentó clavar la rodilla en la ingle de Sasuke.
Estaba decidido a castrarlo. Pero Sasuke eludió el golpe sin dificultad y arrojó otra vez a Deidara contra la pared. El hermano de Sakura le asestó el primer golpe fuerte, aunque fue por medio de tretas sucias. Sasuke sujetó a Deidara por el cuello y ya iba a incrustarle el puño en la parte trasera de la cabeza, cuando atrajo su atención un hombre, de pie en la entrada, y, de inmediato, aflojó el apretón. Deidara aprovechó y dio un puñetazo en la mandíbula de Sasuke.
Sasuke se sacudió, como si hubiese recibido un golpe insignificante, y empujó otra vez a Deidara hacia la pared.
—¿Itachi?
Lo pronunció en un susurro estrangulado y escéptico, pues su mente se negaba a aceptar lo que veían sus ojos. Itachi, apoyado contra el marco de la puerta, exhibía esa sonrisa torcida que le resultaba tan familiar, tan infantil... tan propia de Itachi. Estaba muy delgado, pero bien vivo.
Sasuke estaba tan estupefacto que no se dio cuenta que estaba estrangulando a Deidara, hasta que oyó sus jadeos ahogados. En cuanto lo soltó, Deidara se libró de Un tirón y lo golpeó nuevamente. Sasuke no hizo caso del golpe y, por fin, lo dejó ir.
Casi como de pasada, Sasuke incrustó el codo en las costillas de Deidara y luego dio un paso hacia Itachi.
—¡Itachi, te juro que voy a matar a tu hermano! —gritó Deidara—. ¿Sabes qué le hizo a mi hermana? Le...
—Deidara, no tienes por qué decírselo a Itachi —gritó Sakura—. ¡Por favor! —agregó—. Por una vez, trata de ser un caballero.
Lentamente Itachi se alejó de la puerta y, con ayuda del bastón, se acercó a su hermano. Sasuke temblaba de emoción cuando rodeó al hermanito con sus brazos.
—¡Dios mío, en verdad estás aquí! ¡No puedo creerlo!
—Me siento muy feliz de verte —dijo Itachi—. Sé que estás sorprendido, y te lo explicaré todo. No te enojes demasiado conmigo. No quise que nadie te lo dijera. Quería ser yo el primero en decírtelo. Son hombres malvados, y tú los habrías atacado...
A Itachi ya no le quedaban fuerzas para continuar. Se dejó caer sobre Sasuke, apoyando el peso en el hermano. Sasuke lo sostuvo mientras esperaba que el hermano se recobrara.
—No te apresures, Itachi —murmuró—. Tómate tu tiempo.
Itachi asintió, y Sasuke dio un paso atrás para contemplar al hermano. El hoyuelo había reaparecido en la mejilla de Sasuke y tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Itachi, tú también pareces un pirata. Tienes el cabello tan largo como Pagan —agregó, ceñudo, mirando a Deidara.
Deidara le devolvió la mirada ceñuda.
—No le conté nada, Itachi —dijo Deidara—. Pero el astuto de tu hermano lo adivinó todo. Sabe que soy Pagan y que envié a mi hermanita a hacer de ramera en mi favor.
Sakura deseó que se abriese el suelo y la tragara. Sintió que le ardía el rostro.
—Deidara, si Sasuke no te mata, creo que lo haré yo —lo amenazó.
Itachi la contemplaba. Cuando rompió en carcajadas, Sakura supo exactamente qué era lo que estaba pensando.
—No te dije que —comenzó.
—Itachi, siéntate —le ordenó la muchacha—. No debes apoyar el peso en esa pierna. Es demasiado pronto para que comiences a caminar.
Itachi no quería olvidar el horrible comentario de Deidara.
—Sabía que tú y Sasuke... —Suspiró—. Te lo advertí, ¿no es cierto?
—Itachi, no quiero oír una palabra más acerca de Sasuke y yo —gritó—. Se acabó, terminó. ¿No entiendes? ¿Dónde está Bansai? —agregó precipitadamente, esperando distraerlo—. El médico tendría que estar contigo.
—¿Bansai estaba contigo?
—Pagan lo convenció de que me cuidara a bordo del Emerald —le explicó Itachi. Fue cojeando hasta el sofá y se sentó—. Al comienzo, dudaba un poco, pero Pagan es muy persuasivo. Y, al final, creo que Bansai se divirtió como nunca.
—Bueno, ¿dónde está? —preguntó Sakura.
—Lo dejamos ir a su casa —respondió Itachi—. Deja de afligirte. Tomará cierto tiempo que la pierna se cure.
Sakura colocó una almohada tras la espalda de Itachi y le apoyó el pie sobre un taburete grande, redondo.
—Creo que pediré unos refrescos para ti, Itachi —dijo—. Te veo muy pálido. La caminata desde el camino te fatigó, ¿no es cierto?
Sin darle tiempo de responder, se alzó las faldas y se encaminó hacia las puertas del salón, pero Sasuke le cerró el paso.
—No vas a ningún lado.
Sin mirarlo, Sakura trató de pasar de largo, pero Sasuke la tomó del brazo, con tanta fuerza que le hizo daño.
—Siéntate, Sakura.
—¿Sakura?
Itachi pronunció el nombre con un susurro asombrado.
—Permití que Sasuke me llamara por el nombre que me dieron.
—¿Permitiste? —preguntó Deidara.
—¿Cómo la llamas? —le preguntó Sasuke al hermano.
—Tiene varios sobrenombres —respondió Itachi—. Casi siempre la llamaba Pelirosa, ¿no es cierto, Sakura?
La aludida asintió, y Itachi continuó:
—Deidara la llama Chiquilla, casi siempre. Ese sobrenombre le encanta.
Guiñó un ojo, y Sakura se sonrojó todavía más.
—Killer B me llama Delfín —siguió explicando el joven —. También es un insulto.
Sasuke lanzó un suspiro fatigado.
—¿Quién es Killer B?
De súbito, lo impactaba con toda su fuerza ese milagro asombroso, y sintió que las fuerzas lo abandonaban. Sasuke arrastró a Sakura hasta el sillón de respaldo alto que estaba frente al sofá, se sentó y la obligó a sentarse sobre un brazo del mueble. Todo ello sin apartar la vista del hermano.
—Todavía no puedo creer que estés vivo —dijo.
—Eso tienes que agradecérselo a Pagan —repuso Itachi—. Y yo no puedo creer que estés tan tranquilo. Estaba seguro de que te pondrías furioso cuando supieras que le hice prometer a Sakura que no te dijera nada. Sasuke, tengo mucho que explicarte. Pero antes creo que la hermana de Deidara tiene algo que decirte.
Sakura sacudió la cabeza con vehemencia.
—No tengo nada que decirle, Itachi. Si tú quieres aclararle los hechos, hazlo después de que yo me haya ido.
Sasuke no prestaba atención a las protestas de Sakura. Le soltó el brazo, se inclinó hacia delante con los codos apoyados en las rodillas y dijo:
—Quiero que me digas quién te hizo esto. Dime el nombre, Itachi, y yo haré el resto.
Sakura aprovechó la distracción de Sasuke e intentó marcharse otra vez. Pero Sasuke, sin apartar la mirada del hermano, la sujetó por la mano.
—Creo que te dije que no te vas.
Deidara pareció asombrado.
—¿Por qué todavía no le clavaste un cuchillo?
Sakura se encogió de hombros y respondió:
—Itachi se habría afligido.
—¿Por qué Killer B tarda tanto? —preguntó Deidara a Itachi. Caminó hasta el sofá, se sentó junto a Itachi y apoyó los pies en el mismo taburete.
—Aún tardará un poco —dijo Itachi—. Perdió las gafas.
Los dos rieron, pero Sakura estaba horrorizada.
—¿Killer B está aquí, en Inglaterra?
Le tembló la voz, y sólo Deidara comprendió el motivo de su inquietud.
—Sí, está aquí —afirmó, en tono duro—. Y cuando le diga...
—No, Deidara, no tienes que decirle nada —exclamó la joven, tratando de soltarse de Sasuke, a lo que éste la sujetó con más fuerza.
—¿Quién es Killer B? —preguntó Sasuke, ignorando los forcejeos de Sakura.
—Es su tío —respondió Itachi—. Cuidó de Sakura después que el padre murió.
Sasuke intentaba asimilar la información. La reacción de Sakura al enterarse de que Killer estaba allí le demostró que la muchacha le temía.
—¿Cuánto tiempo estuvo con él? —le preguntó a Itachi.
—Años —respondió el hermano.
Sasuke se dirigió a Deidara.
—¿Dónde diablos estabas tú mientras tu hermana crecía? ¿Robando?
—¡Maldición, Itachi, un hombre no puede tolerar tanto! —musitó Deidara—. Si sigue así, lo mataré, aunque eso signifique perder nuestra amistad.
Itachi aún estaba demasiado agotado por la caminata para participar en la conversación y quería descansar unos minutos más antes de comenzar a explicarlo todo. Lanzando un sonoro bostezo para llamar la atención, dijo:
—Nadie matará a nadie hasta que todo haya sido aclarado.
Se recostó otra vez contra los almohadones y cerró los ojos.
Un fuerte estrépito llamó la atención de todos. Sasuke levantó la vista justo para ver que una enorme maceta con flores caía desde las ventanas sobre la terraza. La maceta se hizo pedazos contra la pared de piedra y, tras el estrépito, se oyó una fuerte blasfemia.
—Llegó Killer B —dijo Itachi, entre dientes.
Sasuke continuó contemplando la entrada y pensó que, en ese momento, ya estaba preparado para cualquier cosa. Ya nada podría sorprenderlo.
Por fortuna, estaba equivocado. El individuo que, por fin, cruzó el umbral tenía un aspecto tan singular, que Sasuke estuvo a punto de reír.
Killer B se detuvo, con las grandes manos en las caderas, y miró con severidad a los presentes. Estaba todo vestido de blanco, con una ancha faja roja en tomo de la cintura gruesa. Tenía la piel bronceada por el sol y el cabello plateado como las nubes. Sasuke calculó que tendría unos cincuenta años, tal vez más.
Este sujeto podría provocar pesadillas a los niños durante meses. Era muy feo, con una nariz bulbosa que le ocupaba gran parte de la cara. Los ojos eran meras ranuras, porque guiñaba con ferocidad.
Sasuke tenía que admitir que el hombre tenía estilo. Casi tropezó al entrar en el salón. Dos hombres se precipitaron delante de él, apartando los obstáculos del camino, y otros dos lo seguían. Sasuke reconoció a estos últimos: eran Darui y Omoi. Los dos tenían los rostros cubiertos de las magulladuras que Sasuke les había infligido cuando tuvo aquella amable conversación con ellos.
—Esto está llenándose de gente —afirmó Sasuke.
Sakura soltó la mano de un tirón y corrió al encuentro de Killer B. Se arrojó en brazos del hombre y lo estrechó con fuerza. En ese momento, Sasuke notó los dientes de oro. Cuando le sonrió a Sakura, uno de los dientes de adelante brilló bajo la luz.
—Oh, tío B, te eché de menos —musitó la muchacha.
—Claro que me echaste de menos —refunfuñó el hombre mayor—. De todos modos, te daré una paliza —agregó después de estrecharla otra vez, con cariño—. Chica, ¿acaso te volviste tonta por completo? Escucharé toda esta historia podrida y luego te golpearé hasta dejarte ciega.
—Vamos, B —le dijo Sakura, en tono tranquilizador—. No quise inquietarte.
Killer B lanzó un resoplido.
—¡Lo que no quisiste fue que te encontrara, eso fue lo que no quisiste! —contraatacó el hombre.
Se inclinó y la besó con ruido en la coronilla.
—¿Ese es Sasuke? —preguntó, guiñando en dirección al aludido.
—Sí.
—No está muerto.
—No.
—Eso significa que hiciste las cosas bien —la elogió Killer B.
—Si se cruza en mi camino, pronto estará muerto —dijo Deidara, entre dientes.
—¿Qué es esta rebelión que llega a mis oídos?
—B —le dijo Sakura, tironeándolo para que le prestara atención.
—¿Qué?
La muchacha se puso de puntillas y le murmuró algo al oído, mientras Killer B fruncía el entrecejo.
Cuando terminó, el tío asintió.
—Quizá sí, quizá no. ¿Confías en este hombre?
Sakura no pudo mentir:
—Confío en él.
—¿Qué significa para ti, chica?
—Nada —barbotó Sakura.
—Mírame a los ojos —le indicó—. Cuando le hablas al suelo, imagino qué hay algo raro.
—No hay nada raro —murmuró la muchacha—. Sólo que me alegro de que haya finalizado el engaño.
Killer B no pareció convencido.
—Y, si no significa nada para ti, ¿por qué te tornaste tanto trabajo para cuidarlo? —la instó el tío, percibiendo que Sakura no le decía toda la verdad.
—Es el hermanó de Itachi —le recordó al fin—. Por eso lo cuidé.
Killer B decidió esperar a que estuviesen solos para obligarla a que le dijese la verdad.
—Todavía no entiendo —bramó, mirando en dirección a Sasuke, con los ojos entrecerrados—. A mi entender, tendrías que estar besando los pies de Pagan —agregó—. Tu hermano está vivo, ¿no es así?
—Ahora que estás aquí, podremos aclarar todo esto, Killer B —exclamó Itachi.
Killer B refunfuñó y miró otra vez a Sakura.
—Todavía estoy dispuesto a darte una buena paliza, muchacha. ¿Lo dudas?
—No, B, no lo dudo —respondió la joven.
Le costó disimular la sonrisa. En todo el tiempo que estuvieron juntos, Killer B nunca, jamás la había lastimado. Era un individuo tan bondadoso, tan tierno, con un alma tan pura y blanca que sin duda Dios debía de sonreírle, orgulloso. Pero, cuando tenía público, a Killer B le agradaba lanzar toda clase de amenazas espantosas. A menudo le recordaba que, a fin de cuentas, era un pirata, y tenía que guardar las apariencias.
Cuando Killer B lanzó la primera amenaza, Sasuke se había levantado de la silla, pero Itachi le hizo señas de que volviese a sentarse.
—Es una fanfarronada —le murmuró al hermano.
—Hombres, conseguidme una silla —gritó Killer B.
Siguió mirando a Sasuke con los ojos entornados, mientras se acercaba al hogar. Itachi y Deidara sacaron los pies y el banquito del camino justo a tiempo.
Mientras Sakura ayudaba a volver a acomodar a Itachi, Killer B se paró frente al hogar, con las manos tomadas a la espalda.
—No te pareces en nada al Delfín —afirmó.
Sonrió, exhibiendo otra vez ese diente encantador, y dijo:
—Tú y tu debilucho hermano sois domésticos como el pecado, y esa es la única semejanza familiar que puedo ver.
Aunque Sasuke no creía que pudiese ver mucho de ninguna cosa, se guardó la opinión para sí y miró a Itachi, para ver cómo tomaba el insulto. Itachi estaba otra vez con los ojos cerrados, pero sonreía, y Sasuke llegó a la conclusión de que la bravata de B era en beneficio del dueño de casa.
Uno de los hombres llevó una silla junto al hogar, y, cuando al fin se sentó, Sakura se acercó, se quedó de pie, detrás del tío y le apoyó una mano en el hombro.
—Muchacho, ¿tú usas gafas? —le preguntó a Sasuke.
Sasuke negó con la cabeza.
—¿Alguien las usa en esta casa? Por casualidad, ¿alguno de los criados?
—No —respondió Sasuke.
—Tío, ¿sabes dónde perdiste el último par? —preguntó Sakura.
—Vamos, preciosa, sabes que no lo recuerdo —respondió el tío—. Si lo hiciera, no las habría perdido, ¿no te parece?
Killer B se dirigió a Sasuke:
—¿Hay alguna aldea cerca?
Itachi comenzó a reír, y hasta Deidara esbozó una sonrisa.
Sasuke, en cambio, no tenía la menor idea de la causa de tanta diversión.
—Hay una aldea cerca —dijo Itachi.
—A ti nadie te preguntó nada, pedazo de bobo. Duérmete otra vez, Delfín. Es mejor para ti —añadió, con un guiño.
Killer B se volvió hacia sus compinches y bramó:
—Hombres, ya sabéis qué hacer.
Los dos sujetos de aspecto fiero que merodeaban cerca de las puertas de la terraza, asintieron. En el instante en que se disponían a salir, Sakura apretó el hombro de Killer B.
—Oh, está bien, muchacha, —musitó—. Hombres, nada de pillaje —les gritó—. Estamos demasiado cerca de la patria.
—Está bien, Killer B —gritó uno de los hombres.
—¿Saltaron a cumplir mis órdenes? —le preguntó B a Sakura, en voz baja.
—Sí, fueron, veloces como el rayo.
Killer B asintió. Apoyó las manos sobre las rodillas y se inclinó hacia delante.
—Bueno, cuando entré, estaba oyendo palabras de rebelión. Uno pensaría que es hora de regocijo, pero lo que yo escuché no lo parecía. Chica, ¿escuchaste tú voces de regocijo?
—No, Killer B.
—¿Puede ser que, como el Delfín es tan molesto, no te alegres de verlo de regreso? —le preguntó a Sasuke—. Yo lo entendería, este muchacho no es capaz ni de jugar una buena partida de ajedrez.
—La última vez que jugamos, yo estaba bastante aturdido —le recordó Itachi.
Killer B resopló.
—Tú eres un aturdido, bobo.
Itachi sonrió.
—Sasuke, ¿sabes por qué a este lamentable sujeto lo llaman Killer B?
—Yo lo diré —afirmó B—. Es porque tengo un corazón negro.
Hizo la afirmación en tono jactancioso y esperó un minuto entero para darle tiempo a Sasuke de que la apreciara.
—Yo mismo me puse ese sobrenombre. ¿No es adecuado, chica?
—Sí, tío, es muy adecuado. Tu corazón es negro como la noche.
—Qué bueno que lo digas —comentó B, para luego estirarse y palmearle la mano—. En cuanto mis hombres regresen de cumplir su cometido, partiré hacia el Wharf. Me vendría bien una cena para mantenerme en pie.
—Me ocuparé de inmediato –dijo Sakura.
Al instante se encaminó hacia la puerta, haciendo un rodeo lejos de la silla de Sasuke. Cuando llegó a la entrada del vestíbulo, se volvió hacia el tío:
—Por favor, B, no permitas que Deidara y Sasuke vuelvan a pelear mientras me ausento.
—Yo, en tu lugar, no me preocuparía —exclamó el tío.
—Pero yo sí —le replicó Sakura—. Por favor, B.
—Está bien, no dejaré que peleen.
En cuanto se cerró la puerta, Killer B murmuró:
—Es una joya. Tendría que haberle cortado la cara hace años. Es demasiado bonita para su propia seguridad. Por eso tuve que dejarla sola muchas veces. No podía confiar en mis hombres cuando les daba la espalda.
—Es tan hermosa —explotó Deidara— que cualquier tipo poco honrado se aprovecharía de ella.
—Deidara, déjalo pasar, por ahora –intervino Itachi. Abrió los ojos y dijo, mirando a Sasuke—: Mi hermano es un hombre honrado.
—¡Sí, claro! —refunfuñó Deidara, con ironía.
En ese momento, Sasuke no prestaba atención a la conversación, pues se quedó pensando en el comentario de B referido a que tenía que dejar sola a Sakura. ¿Dónde la dejaba? ¿Quién la cuidaba mientras él estaba ausente? Sin la menor duda, no debía de haber ninguna mujer en aquel sitio, pues de lo contrario le habría enseñado algo de las cosas de la vida.
—¿Qué es toda esta charla? —preguntó Killer B, atrayendo otra vez la atención de Sasuke.
—Aunque no es propio de ti, te pido que tengas paciencia, B —dijo Itachi—. Ha habido un pequeño malentendido, nada más.
—Acláralo, pues —exigió B.
—¡Maldición, Itachi, yo sé todo lo que necesito saber! — dijo Deidara—. Sé que tu hermano es un canalla...
—¿Naciste fuera del lecho matrimonial, hijo? —lo interrumpió B, aparentemente encantado con esa posibilidad.
Sasuke suspiró.
—No, no nací fuera del lecho conyugal.
Killer B no intentó ocultar su decepción, cosa que tampoco tenía sentido para Sasuke.
—Entonces no puedes usar ese sobrenombre —le indicó el tío—. Sólo pueden lucirlo los que nacieron con ese estigma. Un hombre es tan bueno como su apodo — agregó, con un gesto enfático.
—O una mujer —intervino Itachi.
Sasuke adoptó una expresión incrédula, y Itachi contuvo la risa.
—B, cuéntale lo de Bastard Bull —propuso.
—Por el amor de Dios, Itachi —comenzó Sasuke.
—A su tiempo, Sasuke —murmuró el hermano—. Necesito un poco más de tiempo para ordenar las ideas.
Sasuke asintió.
—De acuerdo —dijo, y volviéndose hacia B, le pidió—: Cuéntame lo de Bastard Bull.
—A fin de cuentas, no era ningún canalla —afirmó Killer B frunciendo el entrecejo—. Sólo lo dijo para poder alistarse con nosotros, pues sabía cuánta importancia le atribuyo a los apodos. Pero cuando descubrimos que había mentido, lo arrojamos por la borda, junto con la basura.
—Daba la casualidad de que, en ese instante, estaban en medio del océano —dijo Itachi, marcando las palabras —. Pero, Pagan no habría dejado que se ahogara.
—Qué considerado de tu parte —le murmuró Sasuke a Deidara.
—Y estaba ese otro tipo, un buen hombre, fuerte...
Sasuke soltó un prolongado suspiro. Se reclinó en la silla, cerró los ojos y aceptó el hecho de que tendría que esperar hasta que concluyese toda esa ridícula charla acerca de los apodos. Al parecer, Itachi disfrutaba de, la conversación y había pedido tiempo. El hermano parecía dormido... y estaba tan pálido... Durante unos diez minutos, B siguió con su disertación. Cuando al fin terminó, Deidara dijo:
—Sakura también tiene un sobrenombre muy especial.
—Yo lo diré —afirmó Killer B—. Después de todo, fui yo el que lo inventó.
Deidara asintió.
—Está bien, B, dilo tú.
En ese momento, todos miraron a Sasuke y, si se hubiese molestado en abrir los ojos, habría visto que todos sonreían.
A Sasuke le resultaba difícil conservar la paciencia.
—¿Cuál era ese apodo especial, Killer B? —preguntó al fin, en tono cauteloso.
—Bien, muchacho —dijo B, marcando las palabras—. Nos gusta llamarla Pagan.
