CAPÍTULO 12
No tomó muy bien la novedad. Durante un prolongado momento, sencillamente se negó a creer que Sakura pudiese ser Pagan. «Sólo un hombre podría cometer actos tan atrevidos —pensó—. Sólo un hombre.»
Itachi, B y Deidara lo observaban con atención. Sasuke negó con la cabeza, y los otros tres asintieron al unísono.
—Veo que te cuesta creerlo —dijo Itachi, con expresión de simpatía—. Pero es cierto, Sasuke. B le puso ese apodo hace años, porque...
—Yo se lo diré —interrumpió B—. Fue por el color del pelo, hijo. Cuando era pequeña, era rosa claro.
La expresión de Sasuke indicaba a las claras que todavía no podía creerlo. B creyó que no entendía el motivo para un sobrenombre tan especial.
—En aquel entonces, también era salvaje como el demonio —explicó—. Como una pequeña infiel, era.
La expresión de Sasuke pasó lentamente del escepticismo a la furia, y Itachi y Killer B se inquietaron. Sólo Deidara disfrutaba de la situación.
—Sasuke, ¿acaso a un hombre se le ocurriría dejar una rosa cuando se marchara? —dijo, con la intención de frotarle sal en la herida—. Es el trabajo de una mujer. A mí me asombra que nadie, hasta ahora, se haya dado cuenta. ¿No te parece, Itachi?
—Sí —respondió Itachi, con la mirada fija en el hermano—. Es asombroso.
Después de esa afirmación, nadie dijo palabra por un buen tiempo. Killer B y Deidara esperaron a que Sasuke comenzara a digerir la verdad. Itachi conocía mejor a su hermano que sus amigos, y esperó, sin impacientarse, a que Sasuke explotase.
Sakura estaba en el comedor, ayudando a Jūgo a tender la mesa. En cuanto el mayordomo echó un vistazo al semblante de la muchacha, comprendió que algo malo sucedía: estaba pálida como el mantel.
Lo único que Sakura dijo a Jūgo fue que había llegado el tío, y que él y cuatro de sus hombres querrían tomar la cena antes de marcharse. También insistió en que usaran la mejor cristalería. Jūgo fue a la cocina a ordenar la comida, cosa que provocó en la cocinera y en Bemice, la ayudante, un frenesí de actividad, y luego el mayordomo volvió al comedor.
Encontró a Sakura observando una bandeja ovalada de plata.
—Al tío le gustaría —comentó—. El diseño es magnífico.
Jūgo asintió.
—Es un obsequio del rey —explicó—. Cuando el marqués recibió su título, Itachi dio una fiesta estupenda en su honor. Asistió el rey y le dio esa bandeja. Si le da la vuelta, verá la inscripción.
Sakura negó con la cabeza y lanzó la bandeja a Jūgo.
—Escóndala.
—¿Cómo dice?
—Escóndala, Jūgo —repitió, mirando alrededor, y luego preguntó—: ¿Hay otras cosas que Sasuke tendría especial interés en conservar?
—El juego de té de plata, al costado del bar —dijo—. Creo que tiene un sentido especial para milord.
—¿También se lo regaló el rey?
—No, ese juego se lo regaló la abuela.
—Ocúltelo también, Jūgo. Ponga esas cosas bajo la cama de Sasuke, ahí estarán seguras.
—Milady, ¿se siente mal?
—No.
—Lo parece —afirmó Jūgo—. Y anda como si estuviese en trance. Sé que sucede algo malo.
Sakura fue hacia la puerta, y una vez allí, se volvió hacia Jūgo.
—Ha sido usted muy bondadoso conmigo. Nunca lo olvidaré.
Jūgo se sobresaltó. Sakura estaba a punto de cerrar la puerta, cuando Sasuke llegó en su busca.
—¡Sakura!
El bramido hizo temblar las copas de cristal. Sakura no reaccionó, pero Jūgo dio un brinco.
—Creo que su patrón acaba de oír noticias inquietantes —dijo la muchacha—. Esperaba que mi tío aguardara... bueno, no importa.
Jūgo la siguió hacia la entrada, y, cuando comenzó a subir las escaleras, la llamó:
—Creo que a milord le agradaría que usted fuese junto a él, lady Sakura.
Sakura siguió subiendo.
—Yo me quedaría gustoso a su lado —le prometió el mayordomo—. Sé que, en ocasiones, su carácter puede asustar.
Jūgo esperó a que Sakura desapareciera de la vista, y luego corrió al salón.
Al ver a Itachi, el mayordomo tuvo dificultades para mantener su rígida compostura.
—¡Dios mío, Itachi, eres tú! —balbuceó.
—Hola, Jūgo —dijo Itachi—. Me alegra volver a verte. ¿Sigues dándole órdenes a tu señor?
Jūgo demoró en recobrarse.
—Lo hago lo mejor que puedo.
—Sasuke, ¿éste es un criado? —preguntó B.
—Es un dictador, no un sirviente –afirmó Itachi, sonriendo.
Jūgo giró hacia el hombre mayor que, evidentemente, no veía muy bien, y trató de no lanzar, una exclamación.
—¿Todavía no está lista mi cena? —vociferó Killer B.
Jūgo llegó a la conclusión de que ese debía de ser el tío de Sakura. El extraño sentado junto a Itachi era demasiado joven.
—Ya está casi lista –dijo al fin, girando hacia Sasuke—. Milord, tengo que hablar con usted, de inmediato, en el vestíbulo. Es una cuestión muy importante.
—Ahora no, Jūgo —dijo Sasuke, en tono fatigado—. Hablaremos luego.
—Tal vez no me haya escuchado –insistió Jūgo—. Hay un problema que requiere solución inmediata. Se trata de lady Sakura.
Sasuke no se sorprendió en absoluto.
—¿Qué quemó ahora? ¿La cocina?
—Milord, no es hora de bromear —le espetó el mayordomo.
—¿Acaso te parece que bromeo, Jūgo?
El mayordomo cruzó los brazos sobre el pecho.
—En este momento, lady Sakura no está quemando nada, está marchándose.
Esa noticia obtuvo la reacción que Jūgo esperaba. Al ver que el señor se ponía de pie, se apartó del camino e hizo un gesto de satisfacción, cuando Sasuke vociferó:
—¡No saldrá de aquí!
El mayordomo esperó a que el patrón saliera de la habitación, y se dirigió otra vez al tío de Sakura:
—La cena será servida en un momento –anunció, ya recuperado el tono altivo.
Sasuke subió de dos en dos los escalones. El corazón le golpeaba con fuerza. Por primera vez en la vida, sentía pánico, y ese sentimiento no le agradaba en lo más mínimo.
En cuanto abrió la puerta del dormitorio de Sakura, la vio y el pánico lo abandonó de inmediato. Dio un portazo y se apoyó contra la puerta.
Hizo una profunda inspiración, tratando de, calmarse. Sakura fingía no verlo y, de pie junto a la cama, plegaba un vestido de color dorado. El bolso estaba abierto y lleno casi hasta el tope.
—Ya puedes dejar de empacar —dijo, asombrado de que su voz sonara tan enérgica—. No irás a ningún lado.
Sakura giró para enfrentarlo. Estaba resuelta a cantarle cuatro frescas antes de marcharse, pero, cuando le vio la expresión, el corazón le dio un vuelco y olvidó todo lo que quería decirle.
Estaba tan colérico que se le contraía un músculo de la mandíbula. Mientras intentaba recuperar el valor, Sakura lo contemplaba fascinada.
—Nunca dejaré que me abandones, Sakura —dijo Sasuke—. Nunca. ¿Me oyes?
A juicio de Sakura, lo habían oído en toda la aldea, y a ella le zumbaban los oídos del grito de Sasuke. Tuvo que recurrir a todas sus fuerzas para enfrentarlo y movió con lentitud la cabeza.
—Me llamaste ramera —murmuró.
La angustia que resonaba en la voz de la muchacha sacudió a Sasuke y parte de la ira se disipó.
—No, no te llamé ramera.
—Lo pensaste —replicó la joven—. Estabas a punto de decirlo.
—No es así —repuso el hombre—. Sakura, en este momento tenemos un asunto más importante que tratar.
Sakura ahogó una exclamación:
—¿Más importante que llamarme ramera?
Sasuke se alejó de la puerta y se encaminó hacia la muchacha y, de inmediato, Sakura retrocedió.
—No te me acerques. No quiero que vuelvas tocarme otra vez.
—En ese caso, serás desdichada el resto de tu vida, Sakura, pues estaré tocándote todo el tiempo.
—En realidad, no me quieres —gritó Sakura—. A la que quieres es a la mujer vulnerable y débil que fingí ser, Sasuke. No conoces a la verdadera Sakura. No, no la conoces —insistió, al ver que el hombre negaba con la cabeza—. En realidad, soy muy fuerte y decidida. Sólo fingí necesitarte, pedazo de tonto, para que te sintieras obligado a quedarte junto a mí, por honor. Además, usé todas las tretas que usan las mujeres débiles. ¡Sí, eso hice! Me quejé con frecuencia y lloré cada vez que quería salirme con la mía.
Sasuke la aferró y la sujetó con brusquedad contra sí.
—Me marcharé —exclamó Sakura—. ¿Acaso no puedes meterte eso en la...?
—Te quedarás.
—Te odio —murmuró Sakura, para luego estallar en lágrimas.
Sasuke apoyó la barbilla sobre la cabeza de la muchacha.
—No, no me odias —susurró.
—Odio todo lo que tiene que ver contigo —gimió, entre sollozos—. Pero, sobre todo, odio la forma en que me contradices.
—Sakura.
—¿Qué?
—En este momento, ¿tus lágrimas son una treta?
Sakura no pudo dejar de llorar el tiempo suficiente para responder con claridad.
—Por cierto que lo son —balbuceó—. Yo nunca, jamás lloro —agregó, un instante después—. Las únicas que lloran son las mujeres débiles.
—Pero tú no eres débil, ¿verdad, mi amor?
La sonrisa de Sasuke era tan tierna como su voz, pero seguía apretándola con manos de hierro, aunque Sakura ya no forcejeaba para soltarse.
Sintió deseos de tenerla abrazada el resto de su vida.
—Sakura.
—¿Y ahora, qué?
—Te amo.
La única respuesta de Sakura fue ponerse a temblar. Sasuke comprendió que la aterrorizaba.
—Eres la mujer más confusa que conozco —murmuró, suspirando—. ¡Sin embargo, que Dios me ayude, pues te amo!
—Yo no te amo —balbuceó Sakura—. Ni me gustas, ni confío en ti.
Concluyó la enumeración con un hipo. El rechazo de Sakura no inmutó siquiera a Sasuke.
—Te amo —repitió—. Ahora y para siempre.
Le gustaba abrazarla mientras lloraba. ¡Por Dios, cuántas lágrimas tenía almacenadas!
Debieron estar ahí, abrazados, cerca de diez minutos, antes de que Sakura pudiera recobrarse.
Se enjugó las mejillas con las solapas de la chaqueta del hombre, y se apartó de él.
—Será mejor que bajes —murmuró.
—Sin ti, no.
—No —replicó Sakura—. Deidara y Killer B se darán cuenta de que estuve llorando. Me quedaré aquí.
—Sakura, no puedes... —Se interrumpió en mitad de la frase, y le preguntó—: ¿Qué importa si lloras o no?
—Si llorara, no sería lo que esperan de mí —respondió.
—Trata de explicarme lo que quisiste decir —le pidió él, con gentileza.
Sakura lo miró, enfurruñada:
—Sasuke, hay que cuidar las apariencias.
Sakura fue hasta la cama y se sentó.
—No quiero hablar de esto. —Suspiró y luego agregó—: Oh, está bien, nos veremos abajo...
Sasuke ya meneaba la cabeza.
—Te esperaré.
—¿No confías en mí?
—No.
Sasuke esperaba que Sakura explotara, pero la muchacha lo sorprendió, pues se limitó a encogerse de hombros.
—Bueno —dijo—. No confíes en mí, Sasuke. Me marcharé a la primera oportunidad. No me quedaré aquí, a esperar que me abandones. No soy tan tonta.
Por fin, el hombre entendió, Sakura ya no podía ocultar que se sentía vulnerable frente a él.
—Y estás totalmente segura de que voy a abandonarte, ¿no es cierto?
—Por supuesto.
La réplica fue tan candorosa que Sasuke no supo cómo proceder.
—Aunque acabo de decirte que te amo, de todos modos...
—Deidara y Killer B también me aman —lo interrumpió.
Sasuke desistió de hacerla entrar en razones, pues supuso que sería inútil. Comprendió que tendría que esperar y buscar otro modo de sortear las barreras de Sakura.
De súbito, Sasuke sintió deseos de bajar y matar a Deidara y a B. Pero no podía deshacer el pasado de la mujer que amaba. No, sólo podía brindarle un futuro seguro y sólido.
—Nunca abandonaría... —se interrumpió, y luego dijo—: Muy bien, Sakura, puedes irte cuando quieras.
Al oírlo, los ojos de la muchacha se abrieron, sorprendidos. Pareció a punto de llorar otra vez, y Sasuke se sintió como un ogro.
—En cualquier momento que quieras marcharte, puedes hacerlo.
Sakura bajó la mirada.
—Gracias.
—No hay por qué —respondió Sasuke, marcando las palabras. Caminó hacia ella, la hizo poner de pie y le alzó la cabeza—. Sólo un pequeño detalle —agregó.
—¿Qué cosa?
—Cada vez que te marches, yo iré a buscarte. No habrá lugar donde puedas esconderte, Sakura. Yo te encontraré y te traeré otra vez aquí. Este es tu lugar.
La muchacha trató de apartarle la mano de su barbilla.
—Nunca me encontrarías —murmuró.
El hombre percibió el pánico en la voz de la mujer. Se inclinó para besarla, pero no encontró su boca, pues Sakura apartó el rostro. Entonces Sasuke atrapó la cara de Sakura entre las manos y capturó los labios suaves con los suyos.
La lengua tomó posesión. Cuando Sakura lo pellizcó, Sasuke gimió y luego profundizó el beso. Por fin la lengua de la muchacha se frotó contra la de él, ya evaporada toda resistencia.
Le rodeó la cintura con los brazos y pareció derretirse sobre él.
—Te amo —repitió Sasuke, al alzar la cabeza.
Sakura comenzó a llorar otra vez.
—¿Cada vez que te diga que te amo te pondrás a llorar? —le preguntó el hombre.
Más que irritado, estaba divertido. Sakura negó con la cabeza.
—Todavía no lo has comprendido, Sasuke. No te entró en la cabeza.
—¿Qué es lo que no entiendo? —preguntó, con voz colmada de ternura.
—No entiendes quién soy –exclamó Sakura.
Sasuke suspiró otra vez. Le tomó la mano y la sacó de la habitación. Sólo cuando estaban a mitad de camino hacia el vestíbulo, se dignó responderle:
—Lo entiendo muy bien: eres mía.
—También detesto tu posesividad —le dijo Sakura, a la espalda de Sasuke.
Sasuke se detuvo en la puerta del salón y entonces le soltó la mano.
—Si tratas de alejarte de mí mientras estoy aquí dentro, te juro que te avergonzaré del peor modo. ¿Entendiste?
Sakura asintió. Cuando Sasuke comenzó a abrir la puerta, captó el cambio que se produjo en la muchacha: ya no existía la mujer vulnerable que había tenido en los brazos instantes atrás. Sakura tenía un aire sereno, y Sasuke quedó tan atónito que movió la cabeza.
—Ya estoy preparada —anunció Sakura—. Pero, si le cuentas a Killer B que dormimos juntos...
—No lo haré —la interrumpió Sasuke, antes de que comenzara otra vez a asustarse—. A menos que me abandones, por supuesto.
Sakura le lanzó una breve mirada de reproche, luego compuso una sonrisa y entró en el salón. En cuanto ella y Sasuke entraron, la conversación cesó. Sakura se sentó en el brazo del sillón junto al fuego y le hizo señas de que se sentara.
—¿Falta poco para que esté lista mi cena? –le preguntó Killer B.
—En uno o dos minutos —respondió Sakura—. Tío, insistí en que prepararan lo mejor para ti, y eso lleva un poco más de tiempo.
B la miró, radiante.
—Soy afortunado, Pagan, al tenerte a ti para que me cuides —gorjeó.
—No la llames Pagan.
El áspero murmullo de Sasuke hizo estremecer a Sakura, por la ira que vibraba en él.
Deidara rió entre dientes, mientras que Killer B miraba a Sasuke con los ojos entornados.
—¿Por qué no? Ése es su nombre.
—No, su nombre es Sakura —espetó Sasuke.
—Mi nombre es Pagan.
La voz de la muchacha parecía de hielo.
—Lamento que no te agrade, Sasuke, pero es...
Cuando Sasuke le tomó la mano y comenzó a oprimírsela, Sakura interrumpió la explicación.
—Todavía no lo cree —dijo B.
Sakura no le contestó al tío pero, para sus adentros, creyó que estaba en lo cierto. Si lo hubiese comprendido, Sasuke no le habría sostenido la mano de esa forma.
—Tío, él está convencido de que todas las mujeres son débiles —murmuró Sakura.
Killer B resopló, y estaba a punto de lanzarse a contar algunas de sus anécdotas preferidas acerca de las habilidades de Sakura, cuando regresaron de su tarea los hombres que había mandado a la aldea.
Los hombres se acercaron a Killer B con paso torpe.
—¿Y bien? ¿Qué conseguisteis, muchachos?
—Once pares —respondió el más bajo de los dos marinos.
Bajo la mirada cada vez más atónita de Sasuke, comenzaron a aparecer gafas de todos los tamaños y formas, que caían sobre el regazo de Killer B. El viejo se probó el primer par, miró de reojo a Sasuke, se quitó las gafas y las arrojó sobre el hombro.
—No sirven —musitó.
La ceremonia se repitió una y otra vez, hasta que se hubo probado ocho, y lanzó un suspiro feliz.
—Estas sirven —afirmó.
—Tío, pruébate las otras —propuso Sakura—. Tal vez haya otro par que te vaya bien.
Killer B hizo lo que le proponía y metió otro par de gafas en su bolsillo.
—Muchachos, cumplisteis bien la tarea; estoy orgulloso de vosotros.
Sasuke dejó caer la cabeza. La imagen de cómo habían conseguido las gafas los hombres de Killer B lo obligó a sonreír sin ganas.
—Antes de que B llegue a su casa, media Inglaterra estará entornando los ojos –predijo Itachi, riendo por lo bajo.
—¿Tratas de ofenderme, muchacho? —preguntó B.
—No, me limito a ser sincero –respondió Itachi.
Jūgo abrió las puertas y anunció que la cena estaba servida. B saltó de la silla. Deidara y Itachi se apartaron de su camino justo en el momento en que el tío pateaba el banquito.
—¿Vienes conmigo, muchacha? –preguntó Killer B, pasando junto a Sakura como una tromba.
Sasuke le apretó la mano con más fuerza.
—No, tío, me quedo aquí. Tengo algo que explicar. Que tú y los muchachos disfrutéis la comida.
En cuanto Killer B salió; Sakura indicó a los hombres que lo siguieran. Omoi pareció a punto de discutir la indicación. La expresión del hombre lindaba con la hostilidad, y su blanco era Sasuke.
Sakura se limitó a mirarlo. El mensaje sin palabras logró su objetivo, y el grandote se apresuró a salir del cuarto.
—Cierra las puertas —le indicó Sakura.
—Si me llamas quizá no te oiga –arguyó Omoi.
—Me oirás —le prometió Sakura.
—A mí también —dijo Deidara, entre dientes—. Soy capaz de cuidar a mi hermana, Omoi.
—Eso habría que verlo —murmuró Omoi, lo bastante alto para que se oyera. Lanzó una última mirada ceñuda a Sasuke, y salió, cerrando las puertas.
—¿Estás lo bastante tranquilo para explicarle el problema a Sasuke? En realidad, Itachi, quisiera terminar con esto para poder irme.
Sasuke le dio otro apretón.
—Sí, estoy tranquilo —dijo Itachi.
Se volvió hacia Deidara, que le hizo, un gesto afirmativo, y luego se concentró en Sasuke.
—Cuando yo cursaba mi último año en Oxford, me abordó un hombre llamado Sarutobi. Era de la Oficina de Guerra, y estaba reclutando hombres para hacer un trabajo de inteligencia para Inglaterra. Nuestro país aún no estaba en guerra oficial con Francia, pero todos sabíamos que se avecinaba. De cualquier modo, Sarutobi sabía que tú trabajabas para Morino. Yo todavía estaba bajo secreto. En aquel momento, tendría que haberme preguntado por qué no podía comentar mis tareas contigo, Sasuke, pero no lo hice. Tú nunca hablabas de tu trabajo, y yo saqué en conclusión que así era como debía ser. Para ser sincero, creo que estaba enamorado de esta cuestión del espionaje. —Agregó, con expresión humilde—: De todos modos, me veía como el salvador de Inglaterra.
—¿Cómo conociste a Deidara? –preguntó Sasuke.
—Casi un año después de haber comenzado a trabajar para Sarutobi: nos puso juntos. Fue reclutado casi del mismo modo que yo. Después, Deidara y yo nos hicimos buenos amigos. —Se interrumpió, para sonreírle al amigo—. Nathan no es fácil de querer.
—Lo advertí —dijo Sasuke.
—Continúa, Itachi —exigió Deidara.
—Llevó mucho tiempo conquistar la confianza de Deidara, de hecho, casi otro año trabajando juntos. Hasta entonces, no confió en mí. Luego, en un viaje de regreso desde Francia, me contó lo de las cartas que había encontrado Pagan.
Itachi cambió de posición, haciendo muecas de dolor. Deidara se dio cuenta antes que nadie, y de inmediato le acomodó el taburete. Con delicadeza sorprendente en un hombre tan corpulento, alzó la pierna herida de Itachi, le deslizó un almohadón bajo el talón y preguntó:
—¿Así está mejor?
Sasuke observaba a Deidara y vio la preocupación reflejada en sus ojos. De pronto comprendió que, a fin de cuentas, no podría odiarlo.
Semejante revelación fue una decepción amarga, pues Sasuke quería odiarlo. Ese canalla había abandonado a su propia hermana, la dejó para que se las arreglara sola. Por su culpa, Sakura tenía tantos escudos ante su corazón, por ese motivo guardaba dentro tanto dolor. Pero Itachi estaba vivo.
—Sasuke —dijo Itachi, guiando otra vez al hermano a la conversación—. ¿Te parece posible que un gobierno opere dentro de ese gobierno?
—Cualquier cosa es posible —respondió Sasuke.
—¿Oíste alguna vez hablar del Tribunal? —preguntó Itachi, apenas en un susurro.
Itachi y Deidara intercambiaron un gesto de acuerdo, preparándose para escuchar la negativa de Sasuke, y luego lo dejarían estupefacto cuando le contaran los hechos que habían descubierto.
—Sí, oí hablar del Tribunal.
Itachi quedó atónito.
—¿En serio?
—¿Cuándo? —quiso saber Deidara—. ¿Cómo?
—Deidara, poco después de la muerte de tu padre, hubo una investigación y se vinculó al conde con toda clase de actividades subversivas. Se confiscaron sus tierras, los hijos quedaron en la pobreza...
—¿Cómo sabes todo eso? —preguntó Deidara.
Antes de responder, Sasuke miró a Sakura.
—Cuando ella me dijo quién era su padre, le pedí a Naruto que hiciera averiguaciones.
—¿Quién es ese Naruto? —preguntó Deidara.
—Un amigo nuestro —respondió Itachi.
—¿Se puede confiar en él? —preguntó Deidara.
—Sí —respondió Itachi, antes que el hermano—. Sasuke, esa fue una elección prudente: Naruto no habría interrogado a las personas equivocadas, como hice yo.
A Sakura comenzó a dolerle la espalda por lo incómodo de la posición, y soltó su mano de la de Sasuke, sorprendida porque él no se la retuvo. Pero sabía que no debía irse. Si algo se podía asegurar de Sasuke era que no amenazaba en vano: la haría avergonzarse, tal como había dicho. Se sentó en la silla que dejó vacía.
—Naruto no interrogó a nadie —explicó Sasuke—. Se limitó a buscar la información en los archivos.
—No pudo haberlo hecho —intervino Sakura— pues el archivo de mi padre no está.
Ante una afirmación tan significativa, Sasuke alzó una ceja.
—¿Y tú cómo sabes que falta?
Sakura se encogió de hombros con delicadeza.
—Porque yo lo saqué —admitió.
—¿Que tú qué?
—Sasuke, en este momento el archivo no es el tema —se precipitó la muchacha, tratando de apaciguarlo.
—¿Cómo fue que Naruto...? —comenzó Deidara.
Mientras le respondía al hermano, Sasuke siguió mirando, ceñudo, a Sakura.
—Morino también era director de Naruto, además de mío, y tenía sus propios registros. Esos fueron los que Sasuke leyó.
—Después de la investigación, ¿mi padre fue reivindicado? —preguntó Deidara.
—No —respondió Sasuke—. Tampoco fue condenado, Deidara, pues no había pruebas suficientes.
—Ahora las hay —murmuró Sakura.
—¿Pruebas para reivindicar a tu padre? —preguntó Sasuke.
—No, para condenarlo. Leí las cartas de papá.
La tristeza que se adivinaba en el tono de Sakura oprimió el corazón de Sasuke. Todavía sentía deseos de estrangularla por haberlo engañado pero, al mismo tiempo, quería besarla.
—Sasuke, ¿cómo puedes sonreír en este momento? — preguntó Itachi—. Esto no es...
—Perdón —dijo Sasuke, que no sabía que estaba sonriendo—. Estaba distraído.
Mientras lo decía, miraba a Sakura que, a su vez, se contemplaba las manos.
—Continúa, Itachi —ordenó entonces Sasuke, concentrándose otra vez en el hermano.
—Después del funeral del padre, Pagan..., quiero decir, Sakura, se marchó con Killer B. El conde confiaba por entero en B.
—Eso es difícil de creer —comentó Sasuke.
—Killer B es un buen hombre —dijo Sakura—. Tiene buen corazón.
—Estoy seguro de que es así —afirmó Sasuke—. Pero tú hablaste de otra amiga íntima, de una mujer llamada lady Utatane, que hubiese estado más que dispuesta a llevaros a Deidara y a ti a su casa. No entiendo por qué tu padre prefirió a un ladrón, en lugar de...
—Fue una cuestión de confianza –explicó Deidara—. Mi padre había vuelto su corazón contra Inglaterra, Sasuke, y creía que ninguno de nosotros estaría a salvo aquí. Killer B era la mejor posibilidad.
—¿Por qué creyó que no estaríais seguros?
—Las cartas —respondió Itachi—. El conde conservaba todas las que recibió de los otros dos. El nombre operativo del padre de Deidara era zorro, y era uno de los tres integrantes del Tribunal. Los otros dos eran Hielo y Príncipe.
—Mi padre era muy idealista —intervino Deidara—. Al comienzo, creo que guardó las cartas para las generaciones futuras. Estaba convencido de que hacía algo... heroico por Inglaterra. No obstante, las cosas se deterioraron con mucha rapidez. Pronto, lo hacían sólo por el bien del Tribunal. Cualquier cosa era válida si contribuía a reforzar el poder de ellos.
—Fue una lenta metamorfosis —dijo Itachi—. La primera carta, se cerraba con la frase «por el bien de Inglaterra». Luego, tras la décima carta, o quizá la undécima, la frase cambió.
—¿Qué ponían? —preguntó Sasuke.
—Comenzaron a usar la frase «por el bien del Tribunal» —respondió—. Hielo fue el primero en usar ese saludo, y los otros dos lo siguieron. Para ese entonces, la corrupción era completa.
—Itachi, mucho antes de eso comenzaron a actuar de forma independiente —señaló Deidara.
—El fin justificaba los medios —explicó Itachi a Sasuke—. Siempre que creyeran que lo que hacían ayudaba a la patria, eran capaces de justificar cualquier cosa.
—Una actitud muy similar a la tuya, Sakura —afirmó Sasuke.
El comentario la sorprendió tanto, que abrió grandes los ojos.
—No, no se parece a mi actitud –replicó—. Sasuke, yo no me parezco a mi padre, no apruebo lo que hizo. Aunque sea pecaminoso admitirlo, tampoco abrigo ningún sentimiento hacia él. Mi padre eligió su propio camino.
—Las tierras de tu padre fueron confiscadas, y le quitaron su fortuna —dijo Sasuke.
—Sí —admitió Sakura, preguntándose adónde querría llegar.
—Por eso les robas a los ricos, Sakura. Yo diría que así quedas a mano.
—¡No es cierto!
La exclamación indicó a Sasuke que la opinión la disgustaba.
—El poder corrompe —señaló—. Y el poder absoluto corrompe de modo absoluto.
—No necesito que me cites a Machiavello, Sasuke. Admito que el Tribunal pretendía el poder absoluto.
—Estabas en el mismo camino.
—¡No! —exclamó la muchacha.
—¿Estaba, Sasuke? —preguntó Itachi.
—Estaba —confirmó Sasuke, en tono bastante áspero.
—Eso significa que tú... —comenzó Itachi.
—Ahora no, Itachi —le ordenó.
—¿De qué habláis? —preguntó Sakura—. Yo jamás perseguí el poder absoluto.
Sasuke no le hizo caso.
—Cuéntame lo que falta —le ordenó a Deidara.
—Nuestro padre cambió de ideales —dijo Deidara—. Cuando su director, un sujeto llamado Shimura, fue sancionado, la conciencia comenzó a importunarlo.
—¿Sancionado? —se burló Itachi—. ¡Qué palabra tan amable para un hecho tan feo!
—Shimura era el director de los tres —intervino Deidara—. Eran Hielo, Príncipe y Zorro. De todos modos, al principio hacían todo lo que se les ordenaba. Pero no pasó mucho tiempo hasta que comenzaron a actuar de manera independiente. Shimura comenzó a enterarse de lo que hacían, y los tres estaban seguros de que cada vez se tornaba más suspicaz. A Hielo se le ocurrió la idea de sancionarlo.
—Mi padre no quería matar a Shimura —dijo Sakura—. Iba camino de Londres, a advertir al director, cuando lo mataron. Al menos, eso fue lo que pudimos deducir.
—¿Quién fue asesinado? ¿Tu padre o Shimura? — preguntó Sasuke.
—Nuestro padre —respondió Deidara—. Había enviado una nota a Shimura, diciéndole que tenía que verlo lo antes posible, que era urgente, una cuestión de vida o muerte.
—¿Y cómo pudisteis deducirlo? –preguntó Sasuke.
—En el funeral de mi padre, Shimura me mostró la nota —contestó Deidara—. Me preguntó si yo sabía algo acerca de ese problema urgente. Desde luego, yo no sabía nada: había estado en la escuela, y Sakura era demasiado pequeña.
—Nuestro padre confió en Kilker B y le dio las cartas que había guardado.
—Y cuando fuiste mayor, ¿Kilker B te contó todo? —le preguntó Sasuke a Sakura.
La joven asintió, pero sin mirarlo, con la vista fija en su propio regazo.
—B quería que Deidara fuese con nosotros. Papá tenía un barco, y Kilker B tenía inclinación por convertirse en pirata. Deidara quería terminar los estudios. Pensó que B me llevaría a una isla del sur, y que yo estaría segura hasta que él pudiese ir a buscarme.
—Cuando comencé a oír acerca de las incursiones de un pirata llamado Pagan, confieso que jamás se me habría ocurrido que podría ser Kilker B —comentó Deidara.
—¿Por qué no fuiste a buscar a Sakura? —preguntó Sasuke.
—No podía —respondió Sakura, sin darle tiempo al hermano—. B y yo no estábamos nunca el tiempo suficiente en un sitio. Por otra parte, en aquel entonces Deidara tenía sus propios problemas. Los enemigos de papá sabían que él había conservado las cartas, y estaban desesperados por encontrarlas. Después de haber registrado las habitaciones de Deidara, lo dejaron en paz... al menos por un tiempo, hasta que comenzaron una nueva investigación en nuestra ciudad.
—¿Tú tenías las cartas? —preguntó Sasuke—. ¿O B las ocultaba en lugar seguro?
—Las teníamos en el Emerald —respondió la muchacha.
—Las quiero —exigió Sasuke—. ¿El navío está lo bastante cerca para enviar a uno de mis hombres?
Se interrumpió al ver que Sakura movía la cabeza.
—No hay necesidad de ir a buscarlas: yo puedo decirte el contenido.
—Palabra por palabra —confirmó Itachi—. Pagan sólo necesita leer algo una vez, y se le graba en la memoria para el resto de su vida.
Si a Sasuke le pareció un extraño talento, no lo dijo, y Sakura agradeció que guardara silencio.
—Pagan, recita las cartas para Sasuke —propuso Deidara.
—Si la llamas Pagan una vez más, te golpearé hasta desmayarte.
Deidara dirigió a Sasuke una larga mirada furibunda, y luego se rindió.
—Está bien —refunfuñó—. La llamaré Sakura, pero sólo porque no quiero que nadie oiga el apodo.
—Me importa un ardite por qué lo haces: tú hazlo —dijo Sasuke, rechinando los dientes.
—¡Diablos, Itachi, trato de ser complaciente, pero te juro que cuando esto termine, lo golpearé hasta quitarle esa arrogancia!
Sakura creyó que la pelea era inminente, y atrajo la atención de todos al comenzar a recitar el contenido de las cartas. Le llevó más de media hora, pero no se le escapó una sola palabra. Y cuando terminó, todos guardaron silencio largo tiempo. Cada uno intentaba asimilar la información que acababa de recibir.
Por fin, habló Itachi.
—Muy bien —comenzó, con voz llena de entusiasmo—. Esa primera carta estaba dirigida a Kizashi... o sea, al padre de Deidara y Sakura, por supuesto, y estaba firmada por un tal Zabuza.
—Aún no les habían asignado los nombres operativos — informó Sakura.
—Sí —admitió Itachi—. Luego, Kizashi se convirtió en Zorro, y Zabuza en Príncipe. Hielo, en cambio, es otra cuestión. No tenemos ninguna clave de su nombre.
—Itachi, luego podremos especular acerca de la identidad de ese sujeto —lo interrumpió Deidara.
Itachi asintió.
—Fui a ver a Sarutobi y le conté lo de las cartas. Deidara y yo decidimos que teníamos que confiar en él. A fin de cuentas, era nuestro director y nos había cuidado bien. Hasta hoy, no creo que esté involucrado con el Tribunal.
—Eres un inocente —musitó Deidara—. Claro que tenía que ver con esos canallas.
—Para convencerme, tendrás que demostrármelo — argumentó Itachi—. Entonces te creeré.
Deidara negó con la cabeza y se volvió otra vez hacia Sasuke.
—Nos enviaron al sur, en lo que ahora sabemos era un arreglo. Teníamos que encontrarnos con dos informantes en el puerto. Por supuesto, era una trampa. Antes de que supiéramos qué estaba pasando, estábamos los dos atados, amordazados, y nos habían arrojado a esas aguas cálidas.
—No lo dirás todo, ¿no es cierto? —preguntó Sakura—. No es necesario.
Ni Deidara ni Itachi detectaron el temor en la voz de Sakura, pero Sasuke sí, y de inmediato la miró.
—Continúa, Itachi —murmuró Deidara.
Sasuke vio que Sakura se retorcía las manos y supuso que debía de haber presenciado algo que la aterraba.
—Yo fui el primero en caer al agua —dijo Itachi, atrayendo otra vez la atención de Sasuke—. Primero me hicieron cortes largos y superficiales con los cuchillos en las piernas y luego me arrojaron del muelle. Deidara comprendió lo que se proponían, pero yo doy gracias a Dios que, en aquel entonces, no lo comprendí. Yo creí que todavía tenía una posibilidad, ¿sabes?
El semblante de Itachi se había tornado grisáceo, y el de Deidara también era sombrío.
—Como Shallow Wharf estaba cerca, pasamos varios días con Sakura y Killer B. En aquel momento, Itachi no sabía que ella era Pagan, y se enamoró perdidamente de mi hermanita –continuó Deidara.
—Sí, es cierto —dijo Itachi, girando hacia Sakura y guiñándole un ojo—. Todavía lo estoy, Sakura, y si me dieses la mínima oportunidad...
La muchacha se ruborizó y negó con la cabeza.
—Eras imposible.
—Itachi la seguía como un perrito —dijo Deidara—. Cuando comprendió que ella no tenía interés, estaba tan decepcionado que tuve que llevarlo a emborracharse.
—Deidara, esa noche me enamoré de otras dos damas —señaló Itachi.
—No eran damas —comentó Sakura.
—No, no lo eran —admitió Deidara—. No sé cómo puedes recordarlo, Itachi: estabas tan ebrio, viejo.
Itachi rió:
—Recuerdo todo —se jactó.
Sasuke se contuvo, pues las expresiones lúgubres de los dos jóvenes le indicaban que necesitaban bromear para poder superar ese recuerdo. Sakura no tuvo tanta paciencia.
—Kayui y yo seguimos a Deidara y a Itachi cuando fueron a la cita. Guardaban tanto secreto sobre sus planes, que me despertaron la curiosidad. También tenía la sensación de que algo estaba mal.
—¿Quién es Kayui? —preguntó Sasuke.
Sakura saltó de la silla y corrió al otro extremo de la habitación.
—Deidara, termina tú la historia mientras yo voy a buscar unos refrescos. Estoy cansada de hablar de esto.
Deidara comenzó a llamarla, pero Itachi lo detuvo, apoyando una mano en el brazo del amigo.
—Todavía resulta difícil para ella —murmuró.
Deidara asintió.
—Claro que es difícil para ella —intervino Sasuke, en tono duro—. ¡Dios mío, tiene que haber presenciado cómo tú...!
—No lo vio —susurró Deidara—. Como explicaba Itachi, en cuanto le hicieron tajos en las piernas, yo comprendí lo que pretendían. Cuando intentaron hacerlo conmigo, yo forcejeé, y terminaron disparándome un tiro. Cuando caí al agua, sentí como un fuego en el hombro.
—Desde luego, nos cortaron para atraer a los tiburones. La bahía está llena de esos depredadores, por toda la basura que arrojan ahí. En efecto, la sangre los atrajo como un cadáver a las moscas.
Itachi advirtió que la paciencia de Sasuke estaba agotándose; el hermano se inclinaba hacia delante en la silla, con una expresión torva en el rostro.
—Ten paciencia, Sasuke: éste no es un recuerdo agradable para nosotros.
Deidara asintió.
—Acababa de terminar el crepúsculo —comenzó.
—Pero yo todavía veía las aletas –intervino Itachi.
Sasuke estaba sentado en el borde de la silla. Ahora comprendía la causa de las pesadillas de Sakura; soñaba con los tiburones. ¡Por Dios, el terror que soportó estrujaba el corazón de Sasuke!
—Pagan le ordenó a Kayui que buscara un bote, tomó un cuchillo y se tiró al agua tras nosotros. Los hombres que nos tiraron estaban seguros de que estábamos perdidos, y ya habían partido. Pagan... quiero decir, Sakura, llegó primero a mí, supongo que porque estaba más cerca. Sea como fuere, me alzó hasta el bote. Mientras estaban subiéndome, un tiburón se llevó un buen bocado de mi pierna. Kayui perdió el equilibrio y cayó sobre la borda. Nunca reapareció.
Itachi se interrumpió, se volvió hacia Deidara, y éste retornó el relato.
—Todavía no entiendo por qué, pero los tiburones se mantuvieron lejos de mí. Estaban frenéticos, y Kayui se convirtió en su presa. Para ese momento, Sakura ya había subido a Itachi al bote.
—Yo intenté ayudar —murmuró Itachi, en voz ronca—, pero me desmayé. Cuando volví a abrir los ojos, estaba a bordo del Emerald. El hombre de apariencia más extraña que yo hubiese visto nunca, insistía para jugar conmigo al ajedrez. Para serte sincero, Sasuke, creí que estaba en el Cielo o en el Infierno. Entonces, vi a Deidara durmiendo en un catre, junto a mí. También vi a su hermana, y de pronto recordé todo. Me parecía que todo acababa de suceder, pero descubrí que había estado inconsciente bastante tiempo.
Tratando de aliviar la tensión de los hombros, Sasuke se reclinó en la silla. Hizo varias inspiraciones profundas, y vio que Itachi y Deidara hacían lo mismo.
—Cuando se metió en el agua... ¿ella sabía que había tiburones?
—Oh, sí –susurró Deidara—. Lo sabía.
—¡Dios mío, cuánto coraje tuvo que tener...!
—No quiere hablar de eso —intervino Itachi.
—Sueña con eso.
—¿Qué? —exclamó Deidara.
—Tiene pesadillas —aclaró Sasuke.
El hermano de Sakura asintió con lentitud.
—Por supuesto, Darui y Omoi querían ir tras los miserables que intentaron matarnos —dijo Itachi—. Pero Sakura no los dejó: tenía buenos motivos. Quería que le informaran a su superior que estábamos los dos muertos. Según ella, era el único modo de mantenernos a salvo. Creo que fue una decisión acertada. Deidara y yo estamos de acuerdo en pasar por muertos un tiempo más, hasta que descubramos quién diablos está detrás de todo esto.
—¡Demonios, Sasuke, nos sancionó nuestro propio gobierno!
—No —replicó Sasuke—. Vuestro gobierno no sabía que trabajabais para ellos. ¿Os presentaron alguna vez ante Morino, o sus superiores? ¿Acaso estabais enterados de...?
—Vamos, dilo —lo interrumpió Itachi.
—De acuerdo —contestó Sasuke—. Vosotros trabajabais para el Tribunal.
—Sabía que dirías eso —murmuró Itachi.
—No puedes estar seguro —arguyó Deidara.
—Hasta que se le informó de vuestras muertes, ni Morino sabía que trabajabais para ese departamento, Deidara. Ahora está investigando.
—Entonces, lo matarán —predijo Deidara.
—Lo hace con discreción —precisó Sasuke.
—Maldición, sé que cometí errores —murmuró Deidara—. Itachi, casi hice que te mataran: nunca debí meterte en esto.
Itachi negó con la cabeza.
—Éramos compañeros, ¿recuerdas? —Volviéndose hacia el hermano, agregó—: ¿En realidad crees que se puede confiar en Morino?
—Por completo. Sakura tendrá que darle las cartas lo antes posible, o recitarle el contenido.
—Podemos escribirlas —propuso Itachi—. Así, las originales permanecerán a salvo. Nadie encontrará al Emerald.
—El nombre del barco fue por ella, ¿no? —preguntó Sasuke, con un atisbo de sonrisa—. Tendría que haberlo adivinado antes. Los ojos de Sakura son del color de las esmeraldas, más aun cuando está enfadada.
—Sí, Killer B bautizó al barco en honor de Sakura —dijo Itachi—. ¿Ahora comprendes por qué te convertiste en el blanco?
Sasuke asintió.
—Sí: yo buscaba a Pagan, y el Tribunal no podía correr el riesgo de que yo descubriese al pirata y supiera la verdad.
—Todavía corres riesgo, Sasuke —le recordó Itachi.
—Pero no por mucho tiempo —repuso el aludido—. Tengo un plan.
Itachi sonrió a Deidara:
—Te dije que se le ocurriría un plan.
El alivio fue inocultable en la voz del joven. Sakura regresó a la habitación, con un aspecto mucho más calmo, casi serena. Sasuke notó que no lo miraba, no le dirigía ni una mirada y se situaba otra vez en la silla que estaba junto al hogar.
—Jūgo ordenó que preparasen dos habitaciones para ti y para Deidara —le dijo a Itachi—. En cuanto la tuya esté lista, tienes que ir arriba a descansar.
—¿Estás segura de que tenemos que quedarnos aquí? — preguntó Deidara, dando un codazo a Sasuke—. Mi casa de campo está en una zona muy aislada, y antes de nuestra última tarea había terminado de remodelarla — agregó, lanzando una mirada en dirección a Itachi—. Estaríamos muy cómodos allí.
Itachi rió entre dientes.
—Oí hablar tanto de ese palacio tuyo que conozco de memoria cada habitación. No hablabas de otra cosa.
—Entonces, estarás de acuerdo conmigo. Sasuke, debo decirte que es la casa más bella de toda Inglaterra en este momento... Sakura, ¿por qué mueves la cabeza? ¿Acaso no estás de acuerdo en que mi casa es grandiosa?
La hermana se apresuró a sonreírle:
—Oh, sí, Deidara, tu casa era grandiosa.
Deidara se sobresaltó:
—¿Dijiste «era»?
—Me temo que tengo que darte una noticia decepcionante, Deidara.
El hermano se inclinó hacia delante:
—¿Cuán decepcionante?
—Verás, hubo un fuego...
—¿Un fuego?
Pareció que se ahogaba, y Itachi tuvo que resistir la tentación de golpearle la espalda.
—Fue un incendio bastante grande, Deidara.
La voz de Sakura desbordó de simpatía, y Deidara se encogió.
—¿Cuán grande Sakura?
—El edificio principal ardió hasta el sótano.
Al tiempo que Deidara murmuraba una sarta de obscenidades, Sakura se volvió hacia Sasuke:
—Te dije que se decepcionaría.
A juicio de Sasuke, Deidara parecía algo más que decepcionado: parecía dispuesto a matar a alguien. Sasuke simpatizó con él, pues cuando supo que habían destruido sus establos, tuvo el mismo tipo de reacción. Deidara hizo una aspiración profunda, y se volvió hacia Itachi, diciendo con tono plañidero:
—Acababa de terminar la última maldita habitación.
—Sí, es cierto —intervino Sakura, apoyando al hermano —. La última maldita habitación.
Sasuke cerró los ojos.
—Sakura, yo creí que todo era mentira.
—¿Qué era todo mentira? —preguntó Itachi.
—No mentí acerca de todo —dijo Sakura, al mismo tiempo.
—Sé precisa: ¿en qué cosa no mentiste? —exigió Sasuke.
—Señor, no me hable en ese tono —repuso la joven—. Sólo mentí en lo referido a que presencié un asesinato — agregó, con un gesto de afirmación—, En la precipitación del momento, fue lo mejor que se me ocurrió. Al menos, creo que sólo mentí en eso. Si recuerdo algo más, te lo diré, ¿de acuerdo? y ahora, por favor, deja de fruncir el entrecejo, Sasuke. No es momento para críticas.
—Vosotros, ¿podríais dejar la discusión para después? — exigió Deidara—. Sakura, dime cómo empezó el incendio. ¿Acaso fue un descuido de alguien?
—Fue deliberado, no por descuido —aclaró Sakura—. Quienquiera que haya incendiado tu casa sin duda sabía lo que hacía. Fueron muy meticulosos: destruyeron hasta el sótano, Deidara.
—¡Demonios, la bodega de los vinos! —exclamó Deidara.
—Creo que intentaban destruir las cartas —dijo Sakura—. Cuando saquearon la casa no pudieron hallarlas, y entonces...
—¿Saquearon mi casa? —preguntó Deidara—. ¿Cuándo?
—El día antes de incendiarla —respondió la hermana—. Oh, acabo de recordar —exclamó, lanzando una mirada en dirección a Sasuke— Mentí también al decirte que me caí por la escalera. Sí, yo...
Deidara suspiró, atrayendo otra vez la atención de la hermana.
—Cuando esto termine, reconstruiré la casa —anunció —. Sakura, ¿qué me dices de los establos? ¿Los dejaron intactos?
—Oh, sí, no los tocaron, Deidara. Es una preocupación menos.
Como Sasuke observaba a Sakura, vio que la aflicción en el semblante de la muchacha era evidente; no comprendía por qué Deidara no se daba cuenta de que aún le faltaba recibir otras decepciones.
—Es una pena lo de tu casa —dijo Itachi.
—Sí —respondió Deidara—. Pero los establos están bien. Itachi, tendrías que ver mis animales. Un caballo en particular, un potro árabe que me costó una fortuna, pero que vale cada centavo. Lo llamé Rayo.
—¿Rayo? —rió Itachi, divertido por el nombre—. Tengo la impresión de que B tuvo algo que ver en la elección del nombre.
—Así es —confesó Deidara, sonriendo—. Pero le va bien: es veloz como el viento. Espera y verás...
Deidara dejó de alardear al ver que Sakura negaba otra vez con la cabeza.
—¿Qué pasa, Sakura? ¿No estás de acuerdo en que Rayo es rápido como el viento?
—Oh, sí, Deidara, Rayo era rápido como el viento.
Deidara parecía a punto de llorar.
—¿Era?
—Me temo que tengo más noticias decepcionantes para ti, Deidara. Hubo un asalto y le dispararon a tu espléndido caballo en medio de esos encantadores ojos castaños.
Sasuke se echó otra vez hacia delante. Sólo en ese momento captó todas las implicaciones de las que Sakura le contaba al hermano.
—¿Eso significa que tampoco mentías acerca de eso?
La muchacha negó nuevamente con la cabeza.
—¡Diablos! —gritó Deidara—. ¿Quién le disparó a Rayo?
Sakura dirigió a Sasuke una mirada indignada.
—Te dije que se decepcionaría.
—Sin duda, eso no es mi culpa —musitó Sasuke—. De modo que deja de mirarme así.
—¿Acaso le disparó Sasuke? —rugió Deidara.
—No —se apresuró a decir Sakura—. Sólo que no creía que tú te decepcionarías tanto. En aquel momento, yo no conocía a Sasuke.
El hermano se reclinó sobre los almohadones y se cubrió los ojos con la mano.
—¿Acaso no hay nada sagrado? —bramó.
—Al parecer, Rayo no lo era —comentó Sasuke, con sequedad.
Deidara lo miró, ceñudo.
—Era un caballo magnífico.
—Estoy seguro de que lo era —afirmó Sasuke, para luego dirigirse a Sakura—. Si lo que me dices es verdad, eso significa que...
—Te agradecería que dejaras de insultarme, Sasuke — le espetó Sakura.
—Sakura siempre dice la verdad —la defendió el hermano.
—¿En serio? —dijo Sasuke, entre dientes—. Todavía no conozco ese aspecto de Sakura. Desde que la conocí, no hizo otra cosa que mentir. ¿No es así, cariño? Pero ahora eso cambiará, ¿verdad?
Sakura no le respondió.
—Cariño, ¿por qué no le das a Deidara el resto de las malas noticias?
—¿El resto? ¡Dios mío!, ¿hay más?
—Sólo un poco más –respondió la hermana—. ¿Te acuerdas de tu hermoso carruaje nuevo?
—¡Mi carruaje no, Sakura! —refunfuñó Deidara.
Mientras Deidara repasaba la lista de blasfemias, Sakura se dirigió a Itachi.
—Deberías haberlo visto, Itachi. Era espléndido, su interior era amplio y cómodo. Deidara hizo hacer los respaldos de los asientos en un cuero muy blando.
Itachi intentó demostrar simpatía:
—¿Era?
—Alguien le acercó una antorcha –informó Sakura.
—¿Cómo hay personas capaces de destruir un vehículo tan bueno?
Sasuke fue el que respondió:
—Tu hermana olvidó mencionar un importante detalle: sucede que ella estaba dentro cuando lo incendiaron.
Itachi fue el primero en reaccionar:
—¡Dios mío, Sakura, cuéntanos qué sucedió!
—Sasuke acaba de decirlo.
—No, dinos exactamente qué pasó —insistió Itachi—. Podrían haberte matado.
—Ésa era la intención —dijo Sakura, exasperada—. Querían matarme. Después de que destruyeron tu casa, el coche estaba preparado para partir hacia Londres. Quería encontrarte, Deidara...
—¿Cuántos hombres iban contigo? —interrumpió Sasuke.
—Hudson mandó a dos hombres para acompañarme — respondió la joven.
Sasuke movió la cabeza.
—Creo que me dijiste que hacía sólo dos semanas que regresaste a Inglaterra.
—Bueno, en realidad era un poco más —respondió Sakura, con evasivas.
—¿Cuánto tiempo?
—Dos meses —confesó la muchacha—. En eso, te mentí.
—Podrías haberme dicho la verdad.
Sasuke estaba enfadándose, pero Sakura estaba demasiado irritada para que le importase.
—Ah, ¿y me habrías creído si te decía que yo era Pagan y que acababa de raptar a Bansai y entregárselo a Deidara, y que en ese momento intentaba...? ¡Oh!, ¿de qué sirve? No me habrías escuchado.
—Espera un minuto —interrumpió Deidara—. ¿Quién es Hudson, Sakura? Dijiste que Hudson mandó a dos hombres contigo, ¿recuerdas?
—Es el mayordomo que lady Utatane contrató para ti.
Deidara asintió.
—¿Y qué sucedió luego? —preguntó.
—Estábamos en las afueras de Londres, cuando esos tres hombres nos atraparon. Obstruyeron el camino con ramas gruesas. Cuando oí los gritos, me asomé por la ventana a ver qué pasaba, y alguien me golpeó en el costado de la cabeza, Deidara. Me quitó el resuello. Aunque me avergüenza admitirlo, debo de haberme desmayado. —Se volvió hacia Sasuke—. Desmayarme no es propio de mí.
—Sakura, estás divagando —le señaló Sasuke.
Sakura lo miró, indignada, y se volvió otra vez hacia el hermano.
—El interior del coche quedó hecho trizas. Los asaltantes destrozaron el tapizado con los cuchillos. Yo olí el humo y, por supuesto, salí enseguida.
—¿Buscaban las cartas? —preguntó Itachi.
—¿Te limitaste a abrir la puerta y salir? —preguntó Deidara. al mismo tiempo.
—Sí, y no —respondió Sakura—. Sí, creo que pensaron que yo podría haber escondido las cartas tras el tapizado. No. Deidara, no abrí la puerta, pues había ramas bloqueando los dos costados. Pasé con esfuerzo por la ventanilla. Gracias a Dios. El marco no era tan sólido como pensabas. En realidad, Deidara, ahora que tengo tiempo de pensarlo, creo que pagaste demasiado por ese vehículo. Los goznes no eran nada sólidos, y...
—Sakura.
—Sasuke, no me levantes la voz —le reconvino Sakura.
—Escapaste de ese peligro por un pelo —comentó Itachi.
—Estaba muy asustada —murmuró Sakura, volviéndose a Sasuke—. No me da ninguna vergüenza admitirlo.
Sasuke asintió: el tono de Sakura lo desafiaba a que la contradijese.
—No, no es una vergüenza sentir miedo.
Sakura pareció aliviada. «¿Eso significa que necesita mi aprobación?». se preguntó Sasuke. Pensó un buen rato en esa posibilidad. y señaló:
—Ahora entiendo cómo te hiciste esas magulladuras en los hombros. Fue cuando pasaste con dificultad por la ventana, ¿no?
—¿Cómo diablos sabes que tiene magulladuras en los hombros?
Deidara lo preguntó vociferando, pues acababa de comprender el significado del comentario de Sasuke.
—Los vi.
Si Itachi no le hubiese puesto una mano en el pecho, Deidara se habría arrojado al cuello de Sasuke.
—Después, Deidara —afirmó—. Más tarde, Sasuke y tú podréis resolver la disputa. Al parecer, vamos a ser sus invitados durante bastante tiempo.
Deidara tenía una expresión como si le hubiesen dicho que tenía que nadar otra vez con los tiburones.
—Si os marcháis, tú y Itachi estaréis en peligro —dijo Sakura—. Sería demasiado peligroso.
—Tenemos que permanecer juntos –agregó Itachi.
Deidara asintió, a desgana.
—Sasuke —dijo Itachi—. Cuando comenzaste a perseguir a Pagan, te pusiste en peligro. Los miembros restantes del Tribunal no podían arriesgarse a que encontraras al pirata.
—Existía la posibilidad de que Pagan te convenciera de que no tenía nada que ver con la muerte de tu hermano. Sí, era demasiado riesgo.
—Y por eso, me mandaste a Sakura —dijo Sasuke.
Deidara negó con la cabeza.
—No la mandamos. Fue ella la que concibió el plan desde el principio al fin, y nosotros nos enteramos después de que se marchó. No tuvimos participación en esa cuestión.
—¿Cómo haremos para alejar de ti a los sabuesos? — preguntó Itachi—. En tanto seas perseguido, no puedes ayudarnos a encontrar a los culpables. —Lanzó un prolongado suspiro, y murmuró—: ¡Diablos, es todo un embrollo! ¿Cómo haremos para encontrar a esos canallas? No tenemos nada en qué basarnos.
—Te equivocas, Itachi —dijo Sasuke—. Tenemos bastante información para empezar. Sabemos que Shimura, el director del Tribunal, era un jefe de departamento legítimo. Los tres hombres que reclutó eran Hielo, Zorro y Príncipe. Ahora sólo viven uno o dos, ¿cierto? y uno, o ambos, son directores de Sarutobi. De paso, Sarutobi debe de estar llevando una doble vida. Debe de estar trabajando tanto para el gobierno como para el Tribunal.
—¿De qué lo deduces? —preguntó Deidara.
—Cuando nos enteramos de vuestras muertes, mi padre y yo enviamos archivos en los que figuraban algunas hazañas menores que, supuestamente, habíais realizado en favor de Inglaterra. Itachi, Sarutobi se guardaba las espaldas, y ninguno de los archivos tenía información importante que pudiese comprobarse. Por supuesto, se dio como excusa la seguridad. De paso, a vosotros dos se os concedieron medallas al valor.
—¿Para qué? —preguntó Itachi.
—Parar apaciguar —respondió Sasuke—. Itachi, nuestro padre es duque. Sarutobi no podía simplemente dejar que desaparecieras, pues se harían demasiadas preguntas.
—¿Y qué hubo con respecto a Deidara? —preguntó Itachi—. ¿Por qué se tomaron la molestia de honrarlo después de muerto? El padre ya estaba muerto, y no había ningún otro Haruno de Waikefield con título. ¿Querían apaciguar a Sakura?
Sasuke hizo un gesto negativo.
—Olvidas que Deidara tiene muchos otros títulos: también es marqués de St. Kamiruzu, ¿recuerdas? El Tribunal debe de haber considerado todas las consecuencias que habría si esa pandilla entraba en sospechas.
—Olvidé a los St. Kamiruzu —dijo Itachi, volviéndose hacia Deidara con una sonrisa—. No hablaste mucho de esa rama de la familia, Deidara.
—¿Tú lo harías? —repuso, con sequedad.
Itachi rió.
—No es momento para ligerezas —musitó Sakura—. Además, estoy segura de que todos esos rumores acerca de los St. Kamiruzu son pura exageración. Bajo toda esa rudeza, son hombres muy bondadosos. ¿No crees, Deidara?
Fue el turno de Deidara de reír.
—Si los miras con un ojo cerrado...
Sakura lo miró, ceñuda, por el exceso de sinceridad, y volvió su atención a Sasuke.
—¿Fuiste a la ceremonia en la que se honraba a Itachi y a Deidara? —preguntó—. ¿Fue agradable? ¿Había flores? ¿Había un público numeroso...?
—No, no asistí a la ceremonia —la interrumpió Sasuke.
—¡Qué vergüenza! Homenajeaban a tu propio hermano, y te perdiste...
—Sakura, yo estaba demasiado indignado —volvió a interrumpirla—. No quería escuchar discursos, ni recibir medallas en nombre de Itachi. Dejé que se ocupase mi padre. Yo quería...
—Venganza —intervino Itachi—. Como cuando fuiste a buscar a los hermanos Maboroshi.
Tras ese comentario, Itachi le relató el incidente a Deidara.
Sakura se impacientó una vez más:
—Me gustaría volver al tema original. Sasuke, ¿se te ocurrió ya alguna solución?
El aludido asintió.
—Creo que tengo un buen plan para apartar a esos chacales de mi huella. De cualquier modo, vale la pena probar, aunque existe una dificultad: todavía tenemos que preocuparnos por Sakura.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Itachi.
—Itachi, estamos considerando dos temas diferentes. De acuerdo: yo soy uno de los blancos. Tenemos que tener en cuenta que lo saben: yo no dejaré de buscar a Pagan, que es para ellos un chivo emisario.
—¿Y eso qué tiene que ver con Sakura? —preguntó Itachi—. No es posible que sepan que es Pagan.
Antes de responder, Sasuke suspiró:
—Comencemos desde el principio. Es obvio que los otros dos miembros del Tribunal saben que Zorro conservó las cartas. Como no pudieron hallarlas, hicieron lo mejor que se les ocurrió a continuación. Emplearon a su hombre, Sarutobi, para reclutarte a ti, y Deidara, pues era el mejor modo de mantener vigilado a tu padre.
No esperó respuesta de Deidara, y continuó:
—Me imagino que tus habitaciones en Oxford fueron registradas más de una vez, ¿no es cierto?
Deidara asintió.
—Tenían que asegurarse bien de que tenías las cartas y, por un tiempo, tú fuiste el candidato lógico. Tu hermana era muy pequeña, y B ya se la había llevado. Ahora bien —agregó, con un gesto afirmativo—. Nadie podía creer que Zorro le hubiese confiado las cartas a Killer B: su mismo aspecto llevaría a cualquiera a esa conclusión. Tampoco podían saber que hacía tiempo que Zorro conocía a B.
Sakura quiso lanzar un suspiro de alivio, pues Sasuke razonaba con una lógica impecable. Sintió como si les hubiesen sacado a todos ellos un peso de encima, y por la expresión de Itachi, supuso que Deidara sentía el mismo alivio.
—¿Y? —lo instó Deidara, al ver que Sasuke guardaba silencio.
—Esperaron –respondió Sasuke—. Sabían que, llegado el momento, las cartas saldrían a la superficie. Y eso es precisamente lo que sucedió. Killer B le entregó las cartas a Sakura, ella se las mostró a Deidara, y éste compartió la información contigo.
—Todo eso ya lo sabemos —exclamó Deidara.
—Cálmate, Deidara —susurró Sakura—. Sasuke analiza las cosas de manera metódica y no tenemos que estorbar su concentración.
—Cuando Itachi le contó a Sarutobi lo de las cartas, este, desde luego, fue al Tribunal.
—Y por eso nos sancionaron —dijo Itachi—. Confié en el hombre equivocado.
—En efecto: confiaste en el hombre equivocado.
— Todavía están buscando las cartas –dijo Deidara.
Sasuke se apresuró a asentir:
—Exacto.
Itachi se irguió en el asiento.
—Deidara, ahora que creen que estamos muertos, sólo puede haber otra persona que posea la maldita evidencia. —Giró hacia Sakura—: Saben que tú las tienes.
—No tienen modo de estar seguros —argumentó Sakura—. En caso contrario, ya me habrían matado –agregó—. Por eso todavía buscan, por eso destruyeron tu hermosa casa, Deidara, e hicieron trizas tu coche...
—Sakura, ya no tienen dónde buscar. Les queda sólo un camino —intervino Deidara.
—Intentarán atraparla —predijo Itachi.
—Sí —acordó Deidara.
—No dejaré que nadie se le acerque –afirmó Sasuke—. Pero no estoy convencido de que estén seguros de que ella tiene las cartas. Existe la posibilidad de que supongan que uno de vosotros las escondió, antes de que os atraparan. Con todo, debe de volverlos locos esperar que las cartas reaparezcan. Me imagino que se desesperarán
—¿Y qué podemos hacer? —preguntó Itachi.
—Primero, lo primero —dijo Sasuke, volviéndose hacia Sakura—. ¿Recuerdas lo que me pediste cuando fuiste esa noche a la taberna?
Sakura asintió con lentitud:
—Te pedí que me asesinaras.
—¿Qué? —exclamó Deidara.
—Me pidió que la asesinara —repitió Sasuke, sin apartar la vista de la muchacha.
—Pero él se negó —explicó Sakura—. Por supuesto, yo sabía que se negaría. Pero ¿esto qué tiene que ver con tu plan?
Sasuke le sonrió, y el hoyuelo reapareció en su rostro:
—Es muy simple, mi amor. Cambié de idea: decidí complacerte.
