CAPÍTULO 14

Para cuando llegaron a su destino, Darui y Omoi tenían el mismo aspecto fatigado que Sakura. Se había decidido que pasarían la noche en la aislada posada que Killer B solía frecuentar cuando estaba en carrera: Sakura insistió en que hicieran un rodeo para llegar, demorando el viaje en dos horas más, como precaución por si acaso los seguían.

El posadero era amigo de Killer B, y se podía afirmar que estaba más del lado de la delincuencia que del honrado, por lo tanto, nunca hacía preguntas inútiles. Si le parecía extraño que una joven dama bien vestida viajara con dos sujetos que tenían apariencia patibularia, por cierto que no lo dijo.

A Sakura le dieron la habitación del centro, en el piso de arriba, y Omoi y Darui tomaron un cuarto a cada lado. Como las paredes eran delgadas como el papel, ninguno de los dos se preocupó de que alguien pudiese irrumpir en esa fortaleza temporal. Los escalones eran tan viejos y estaban tan flojos que hasta un ratón hubiese hecho ruido. Sakura se sumergió en un baño caliente, y luego se envolvió en la bata de Sasuke. Para el momento de acostarse, estaba rígida y aturdida. Si bien la herida del disparo estaba casi por completo curada, todavía le escocía bastante.

Sakura se durmió rogando que esa noche no la visitara la pesadilla, preocupada de gritar en sueños y alarmar a Darui y a Omoi.

Durante la noche, el aire se enfrió. Sakura se sumergió bajo las mantas, y en ningún momento advirtió cuando Sasuke se metía en la cama, junto a ella. Cuando la rodeó con el brazo y la estrechó con suavidad junto a él, lanzó un suspiro quedo y se acurrucó contra la tibieza familiar.

La luz de la luna penetró por la pequeña ventana. Sasuke sonrió al ver que Sakura tenía puesta su bata. Se la quitó lentamente. Cuando terminó, sacó el cuchillo de la muchacha de debajo de la almohada y comenzó a mordisquearle el cuello.

Sakura tardó en despertarse.

—¿Sasuke? —dijo, en un murmullo soñoliento.

—¿Sí, mi amor? —murmuró Sasuke, provocándola luego con la lengua en la oreja.

Sakura comenzó a temblar, que era precisamente lo que Sasuke quería. Deslizó la mano hacia el pecho de la muchacha, trazó un círculo en torno del ombligo y luego, hacia uno de los pechos.

Sakura suspiró otra vez: él era tan cálido, tenía un aroma tan maravilloso, y... ¡oh, hacía que el frío desapareciera!

Sasuke siguió acariciándola, mientras esperaba que comprendiese quién era, dispuesto a hacerla callar si gritaba.

El despertar fue como un relámpago, y la palma de la mano de Sasuke cubrió la exclamación.

—Cariño, si gritas, tendré que herir a Darui y a Omoi cuando vengan a defenderte —susurró.

Hizo acostar a la muchacha de espaldas y la cubrió con su cuerpo.

—No quieres que eso suceda, ¿verdad?

Sakura negó con la cabeza y Sasuke le quitó la mano de la boca.

—Estás desnudo.

—Tú también —respondió Sasuke, con igual susurro—. Muy conveniente, ¿no crees?

—No.

—Sí —repuso él—. Y es agradable, ¿no es cierto?

Era maravilloso, pero Sakura no podía admitirlo.

—¿Cómo entraste?

En respuesta, Sasuke le besó la barbilla, y Sakura le tocó el hombro.

—Sasuke, ¿qué estás haciendo aquí?

—Impresionándote, querida.

—¿Qué?

—Habla en voz baja, mi amor —le previno—. No querrás despertar a los muchachos, ¿verdad?

—No son muchachos —balbuceó, sin aliento.

El vello del tórax del hombre le hacía cosquillas en los pechos, endureciéndole los pezones. Pero no quería que el hombre se apartara, y esa confesión sincera la hizo fruncir el entrecejo. «¡Señor, estoy confundida!», pensó.

—¿Estás impresionándome, Sasuke? —le murmuró—. No entiendo.

—Claro que entiendes, cariño —respondió el hombre, besándole el puente de la nariz—. Dios, adoro tus pecas —dijo, con un gemido quedo.

La besó con fuerza, largo rato, y cuando terminó, la muchacha se aferraba de sus hombros. Pero se recuperó mucho más rápido que él.

—¿Viniste a despedirte? —le preguntó, en un susurro entrecortado.

La pregunta tenía la intención de irritarlo, y Sasuke supuso que una vez más alzaba sus defensas.

—No, no vine a despedirme —respondió, decidido a no enfadarse—. Vine a hacerte el amor.

Tras la promesa, Sasuke rió entre dientes, y el corazón de Sakura comenzó a golpear con fuerza. «¡Es ese. maldito hoyuelo! —pensó—. ¡Es irresistible: tan atrayente y tan... de muchachito...!». No, tenía el cuerpo de un hombre vigoroso, de un guerrero de músculos duros y esbeltos. No podía dejar de frotar los dedos de los pies contra las piernas de él.

—Mi amor, un día comprenderás cuánto me importas. Eres mi luz, mi calor, mi otra mitad. Sólo me siento vivo cuando estoy contigo. Te amo.

La besó otra vez, y murmuró:

—Un día, tú también me dirás que me amas. Por ahora, me contentaré con oírte decir que me quieres.

La muchacha movió la cabeza, y Sasuke percibió en los ojos de ella el miedo, la confusión. Le sonrió con ternura, mientras le separaba las piernas y se colocaba entre los muslos sedosos de la mujer. Frotó la dura erección contra la suavidad de ella.

—Tú me deseas, amor.

Sakura cerró los ojos, y lanzó un suspiro revelador. Sasuke le mordisqueó los labios, tironeando del de abajo hasta que logró que lo abriese, y la penetró con la lengua para entablar un duelo amoroso con la de ella.

—Sasuke, ¿qué estás...?

La acalló con otro beso prolongado, y luego susurró:

—Se llama pillaje, Sakura.

—No.

—Killer B estaría orgulloso —dijo, marcando las palabras.

Fue dejando una lluvia de besos húmedos sobre la piel sensible y suave de debajo de la barbilla, y Jade no pudo evitar estremecerse.

—Eres mía, Sakura. Cuanto antes lo entiendas, mejor para ti.

—¿Y después, qué, Sasuke?

El hombre alzó la cabeza y la miró a los ojos, y vio en ellos temor y vulnerabilidad.

—Aprenderás a confiar en mí. Y entonces, seremos felices para siempre.

—Nadie vive feliz para siempre.

—Nosotros sí.

Sakura movió la cabeza.

—Sal de encima de mí, Sasuke. Eres...

—Sólido, mi amor —la interrumpió—. Firme. No te dejaré.

Pronunció la promesa en un murmullo ferviente, y Sakura fingió no entender.

—Claro que no me dejarás: yo te dejaré a ti.

—Te amo, Sakura.

Los ojos de Sakura se llenaron de lágrimas.

—Te cansarás de mí, y yo no cambiaré por ti, ni por nadie.

—Está bien.

Los ojos de Sakura se dilataron de asombro:

—¿Está bien?

Sasuke asintió.

—Si quieres seguir siendo ladrona, está bien. Y no me cansaré de ti, hagas lo que hagas, y nunca te dejaré.

—No podrás evitarlo.

La besó en la frente y dijo:

—Ya veo que me llevará tiempo convencerte. ¿Me concederías al menos dos meses?

—Sasuke, no creo que...

—Me lo debes, Sakura.

—¿Que yo qué? —El tono de la muchacha fue indignado—. ¿Qué te hace creer que te debo algo?

—Me engañaste —explicó el hombre—. Además, me causaste infinitas preocupaciones. Y esa noche, en la taberna, yo estaba ahí, ocupándome de mis propios asuntos, cuando tú...

—También salvé a tu hermano —lo interrumpió luego.

—Claro, hay que tener en cuenta la cuestión del orgullo herido —dijo Sasuke, subrayando las palabras—. No hay que hacerle sentir a un hombre que ha sido manipulado.

—¡Sasuke, por el amor de Dios...!

—Prométeme que te quedarás conmigo dos meses más, o haré tanto barullo cuando te ataque, que Darui y Omoi vendrán corriendo.

Esa amenaza odiosa logró que Sakura le prestara toda su atención, y la expresión decidida en los ojos de Sasuke le demostró que hablaba en serio.

—Tendría que darte vergüenza.

—Promételo, Sakura. Ahora.

Lo dijo alzando la voz y, en venganza, Sakura le cubrió la mano con la boca.

—¿Puedes explicarme por qué se te ocurrió que fueran dos meses, en lugar de uno, o tres, o...?

Sasuke se encogió de hombros, y Sakura se fingió irritada:

—Y en esos dos meses, es probable que me arrastres a tu cama todas las noches, ¿verdad?

—Sí —afirmó el hombre, sonriendo— ¿Sabes?: cada vez que te veo tengo una erección. —Cambió de posición y se apretó contra ella—. ¿Sientes cuánto te deseo? Es tan grande mi deseo que me duele.

La sinceridad del hombre la hizo sonrojarse.

—No deberías decir esas cosas —murmuró—. Y yo no tendría que escucharte.

—Te gusta —afirmó Sasuke.

Le cubrió la boca con la suya y deslizó la lengua en la boca de la muchacha para saborearla una vez más. Sakura no protestó: lo deseaba demasiado para pedirle que se detuviese. Se movió contra él, pero, al sentir que la cama crujía, se paralizó.

—No podemos... —dijo, en un gemido.

—Podemos —murmuró Sasuke, en una ronca caricia.

Otro beso silenció la inquietud de la mujer, al tiempo que encendía en ella el fuego del amor. Sakura se olvidó de la existencia de Darui y Omoi, pues Sasuke la hacía arder y sólo podía pensar en hallar alivio para esa dulce agonía.

Los dedos de Sasuke la enloquecieron. Ya estaba húmeda, caliente, dispuesta, y sentía que moriría por la presión que aumentaba en su interior. Clavó las uñas en los omóplatos de Sasuke, y, si la boca del hombre no hubiese cubierto la de ella, habría gritado, llamándolo. Sasuke no dejó de atormentarla hasta que Sakura lo sujetó con las manos e intentó introducirlo en ella. Entonces el hombre arrojó a un lado la manta y cayó junto con ella al suelo, con Sakura a salvo entre sus brazos. Amortiguó la caída absorbiendo la mayor parte del golpe con su propia espalda. Sakura cayó encima de él y trató de rodar hacia el costado, pero Sasuke la sujetó.

—Recíbeme en ti ahora, amor —le murmuró, apartándole los muslos para que se colocara a horcajadas de él.

Pero la mujer temblaba demasiado para cooperar, y Sasuke se hizo cargo. La sostuvo de las caderas y lentamente la hizo montarlo. Al mismo tiempo que el hombre lanzaba un gemido ronco, Sakura exhalaba un gritito de placer.

Cuando quedó profundamente metido en ella, el hombre enrolló el pelo de la mujer en las manos y la atrajo hacia él para besarla con ardor.

El ritmo del acoplamiento se adueñó de la situación, y Sasuke sintió que todo control lo abandonaba. Sus embestidas se tomaron más poderosas y resueltas.

—Sakura, llévame otra vez al paraíso —murmuró, cuando estaba por derramar en ella su simiente cálida—. Yo te cuidaré.

Segundos después, Sakura alcanzó su clímax. Se arqueó contra Sasuke, lo apretó con fuerza mientras se mordía el labio para no gritar y luego se dejó caer sobre el hombre.

Sakura hundió el rostro en el hueco del cuello de Sasuke. Los dos estaban cubiertos de transpiración. Mientras aguardaba que su corazón aquietara los latidos, la muchacha saboreó la piel del hombre con la punta de la lengua: se sentía demasiado exhausta y contenta para moverse. Sasuke la abrazaba con fuerza y Sakura sentía los latidos del corazón de él contra el propio.

—Sakura, ¿en qué estás pensando?

Como no le respondió, le tiró del pelo.

—Sé que llegaste a la plenitud. ¿Serás capaz de negarlo?

—No —murmuró la joven, con timidez.

Con un movimiento fluido, Sasuke se puso de pie, con Sakura en los brazos. Una vez que ambos estuvieron otra vez en la cama, bajo las mantas, la joven trató de darle la espalda, pero el hombre no se lo permitió y la obligó a mirarlo de frente.

—¿Y bien? —exigió.

—Bien, ¿qué? —preguntó Sakura, contemplando esos ojos oscuros que le aceleraban los latidos.

—Soy bueno, ¿no es cierto?

Ahí estaba, otra vez, ese hoyuelo en la mejilla de Sasuke, y Sakura no pudo ocultar una sonrisa.

—¿Bueno para qué? —preguntó, fingiendo inocencia.

—Para el pillaje.

Sakura asintió con gesto lento.

—¿Y te impresioné?

—Puede ser, un poquito —respondió.

Ahogó una exclamación cuando la palma de la mano de Sasuke se ahuecó sobre la unión de sus muslos.

—¿Qué estás haciendo?

—Impresionándote otra vez, cariño.

«Ese hombre cumple su palabra —pensó Sakura mucho tiempo después—. Y tiene muchas más energías que yo.»

Cuando por fin se apartó de ella, Sakura se sentía como un trapo. Se durmió abrazada a Sasuke, que le murmuraba palabras de amor.

Esa noche no tuvo pesadillas.

Hacia el mediodía, estaban de regreso en la casa de Sasuke. Darui y Omoi partieron hacia Shallow's Wharf a una velocidad imposible, pues la falta de la noche anterior los mortificaba a ambos. Era obvio que habían subestimado al marqués. Y aunque Sakura le prometió que no contaría que lo habían sorprendido, Darui estaba seguro de que no superaría la desgracia.

¡Diablos: Sasuke lo había sacudido para despertarlo y todavía no comprendía cómo un hombre tan corpulento había podido entrar en la habitación sin hacer un solo ruido!

En cuanto volvieron a casa de Sasuke, Sakura se cambió el vestido y fue al estudio a copiar las cartas. Sasuke le explicó el plan, y la muchacha discutió con cierto fervor sobre la conveniencia de confiar en Morino, pero estuvo de acuerdo en que Naruto podía guardar un secreto.

—Cuando conozcas a Morino, te agradará tanto como Naruto —le dijo Sasuke—. Y también confiarás en él.

Sakura negó con la cabeza.

—Sasuke, si bien me agrada Naruto, no es por eso que confío en él. No, no: que alguien te guste y que confíes en él son dos cosas bien diferentes.

—¿Y por qué, pues, confías en Naruto? —dijo, sonriendo ante el tono de censura de Sakura.

—Leí el archivo de él —respondió la muchacha—. ¿Sabes? en comparación, tú llevaste la vida de un monaguillo.

Sasuke movió la cabeza:

—En tu lugar, yo no le contaría que leíste su archivo —le aconsejó.

—Por supuesto. Se erizaría tanto como tú cuando te lo dije —comentó Sakura—. Aunque el archivo de Naruto es tan grueso como el tuyo, él no tiene un nombre secreto.

Sasuke adoptó una expresión indignada:

—Sakura, ¿cuántos archivos leíste?

—Pocos —respondió Sakura—. Sasuke necesito concentrarme en estas cartas; por favor, no me interrumpas más.

Se abrió la puerta de la biblioteca, y Sasuke se distrajo: era Deidara.

—Sasuke, ¿por qué todavía nadie trató de llegar a ti, desde que llegaste aquí? Este sitio es muy aislado, y se me ocurre que...

—Alguien trató de atrapar a Sasuke el día en que llegamos, Deidara —dijo Sakura, sin alzar la vista.

Como Sakura no continuó, Sasuke le contó a Deidara los detalles de aquel intento fallido.

—Deidara, qué elegante estás —dijo Sakura, cambiando por completo el tema, al levantar la vista y ver la camisa y los pantalones que lucía el hermano.

—Esa camisa me resulta muy familiar —dijo Sasuke, entre dientes.

—Es tuya —respondió Deidara, sonriente—. Me queda perfecta. Itachi también tomó algunas prendas tuyas prestadas. Cuando nos tiraron al y mar, no llevábamos suficiente equipaje. ¿Por qué nadie trató de atacarte desde aquel primer día? —añadió, ceñudo.

Deidara comenzó a pasearse por la habitación como un tigre enjaulado. Sasuke siguió apoyado contra el borde del escritorio.

—Lo hicieron.

—¿Qué? —exclamó Deidara—. ¿Cuándo?

—No lo hicieron —intervino Sakura—. Si fuese así, yo me habría enterado.

—En los últimos diez días, hubo cuatro intentos más.

—¿Y? —preguntó Deidara, exigiendo más explicaciones.

—Fracasaron.

—¿Por qué no me lo habíais contado?

—No quería preocuparte —dijo Sasuke.

—Eso significa que sabías que Darui y Omoi estaban aquí —dijo Deidara.

—Lo sabía —respondió Sasuke—. Por otra parte, no me metí con ellos hasta que incendiaron los establos. En ese momento, tuve una pequeña conversación con ellos. ¿No podrías haber pensado en otra clase de plan para mantenerme ocupado mientras ibas a ver a mi padre?

Comenzaba a enfadarse otra vez, y Sakura supuso que aún no había superado lo del incendio. Jūgo le dijo que los establos eran flamantes.

—Tendría que haber sido más específica con Darui —afirmó la muchacha—. Dejé que él se encargara, y debo reconocer que fue muy creativo, y también eficaz: te entretuvo.

—Corriste un riesgo innecesario al salir sola de ese modo —le espetó Sasuke—. ¡Maldición, Sakura, podrían haberte matado!

Al terminar la frase, Sasuke ya estaba gritando.

—Tuve mucho cuidado —murmuró la muchacha, intentando apaciguarlo.

—¡No tuviste ningún cuidado! —bramó el hombre—. Sólo que fuiste muy afortunada.

Sakura comprendió que tenía que distraerlo.

—Si no me dejáis en paz, nunca podré terminar.

Se echó el cabello sobre el hombro y prosiguió con la escritura de las cartas. Sintió sobre sí la mirada ceñuda de Sasuke.

—¿Por qué no vais á ver cómo está Itachi? Estoy segura de que le encantará vuestra compañía.

—Vamos, Sasuke. Mi hermana nos está echando.

Sasuke movió la cabeza.

—Prométeme que no volverás a correr riesgos innecesarios —le ordenó a Sakura—. Sólo entonces me iré.

Sakura se apresuró a asentir:

—Lo prometo.

Fue evidente que el enfado de Sasuke se disipó. Asintió, y se inclinó para besarla. Sakura intentó eludirlo.

—Deidara está aquí —murmuró.

—Ignóralo.

Cuando apartó la boca de la de ella, el rostro de Sakura estaba encarnado y le temblaban las manos.

—Te amo –susurró Sasuke, antes de enderezarse y seguir a Deidara fuera de la habitación.

Sakura se quedó con la vista fija sobre el escritorio largo rato. ¿Sería posible? ¿En realidad la amaba? Tuvo que dejar de pensarlo, para que se calmara el temblor de sus manos. Si no, Morino y el amigo no podrían leer las cartas. Por otra parte, no importaba si la amaba, pues, de todos modos, tendría que dejarlo. ¿No?

Para cuando terminó la cena, Sakura estaba con los nervios erizados. Deidara prefirió cenar arriba, con Itachi. Sakura, Sasuke y, por supuesto, Jūgo cenaron sentados a la mesa larga, mientras sostenían un acalorado debate acerca de la separación entre la Iglesia y el Estado. Al comienzo, cuando Sasuke abogó con fervor por la separación, Sakura sostuvo lo contrario. Y cuando, adrede, Sasuke sostuvo el punto de vista opuesto, Sakura le discutió con la misma vehemencia.

Fue una discusión muy vigorizante, y Jūgo terminó actuando como árbitro. A Sasuke, el debate le provocó hambre otra vez y trató de tomar la última tajada de cordero, pero Jūgo se la arrebató.

—Yo la quería, Jūgo —musitó Sasuke.

—Yo también, milord —respondió el mayordomo.

Aferró los cubiertos y procedió a devorar la comida. Sakura se compadeció y compartió su porción con Sasuke. Cuando, de súbito, resonaron en el comedor unos golpes en la puerta principal, Jūgo y Sasuke se miraron.

—Iré yo —dijo Sasuke.

—Como guste, milord —dijo Jūgo, entre bocado y bocado.

—Ten cuidado —lo previno Sakura.

—No hay problema —dijo Sasuke—. Nadie puede llegar hasta la puerta sin que mis hombres lo adviertan.

Pasaron más de diez minutos hasta que Jūgo finalizó la segunda taza de té.

—Creo que iré a ver quién vino —le dijo a Sakura.

—Quizá sea el padre de Sasuke.

—No, milady —repuso Jūgo—. Les ordené a los duques que se mantuvieran al margen. Si vinieran todos los días, despertarían sospechas.

—¿En serio, se lo ordenaste?

—Pero, por supuesto, lady Sakura.

Haciendo una reverencia formal, el mayordomo salió de la habitación. Sakura tamborileó con los dedos sobre la mesa hasta que Jūgo volvió.

—Llegaron sir Morino y el marqués de Namikaze — anunció el mayordomo desde la puerta—. Mi señor los espera a usted y al coñac, en la biblioteca.

—¿Ya? —preguntó la muchacha, asustada.

Se puso de pie, se alisó los pliegues del vestido, dorado y se acomodó el cabello.

—No estaba preparada para recibir a nadie —dijo.

Jūgo sonrió:

—Tiene un aspecto encantador, milady —afirmó—. Estos visitantes le agradarán: son buenas personas.

—Oh, ya conocí a Naruto. Y estoy segura de que Morino también me agradará.

—En realidad, no hay nada de qué preocuparse, milady.

Sakura le dirigió una sonrisa radiante:

—No estoy preocupada, Jūgo: estoy preparándome.

—¿Cómo dice? —preguntó Jūgo, siguiéndola—. ¿Para qué se prepara, milady?

—Para tener aspecto de afligida –le respondió la joven, riendo—: Y débil, por supuesto.

—Claro –admitió Jūgo, suspirando—. Lady Sakura, ¿se siente mal?

Al llegar a la puerta de la biblioteca, Sakura se volvió:

—Apariencias, Jūgo.

—¿En serio?

—Hay que preservar las apariencias. Hacer lo que se espera de uno, ¿entiende?

—No, no entiendo.

Sakura sonrió otra vez.

—Me dispongo a restaurar el orgullo de Sasuke —susurró.

—No sabía que lo echaba de menos.

—Yo tampoco, hasta que él mismo me lo dijo —repuso Sakura—. Además, son sólo hombres, a fin de cuentas. Hizo una inspiración profunda y esperó a que Jūgo le abriese la puerta. Se quedó en la entrada con la cabeza gacha, las manos unidas al frente.

Jūgo quedó tan sorprendido por el cambio que abrió la boca. Cuando Sasuke la llamó, Sakura casi saltó, como si la orden la hubiese aterrado, y luego entró con lentitud en el estudio. El tal Morino se puso de pie de un salto. Era un hombre mayor, de cabello gris, sonrisa bondadosa y vientre redondo. También tenía ojos bondadosos. Al ser presentada, Sakura hizo una impecable reverencia.

Luego se volvió para saludar a Naruto, que, al erguirse en toda su estatura, la sobrepasaba.

—Me alegro de volver a verte, Naruto —murmuró Sakura, en un murmullo quedo.

Naruto alzó una ceja, sorprendido. Sabía que la muchacha era tímida, pero estaba convencido de que ya había superado la reacción inicial que pudo sufrir al conocerlo. Sin embargo, en ese momento actuaba como si estuviese aún asustada. Semejante contradicción lo confundía.

Sasuke estaba sentado al escritorio, con el respaldo de la silla apoyado contra la pared. Sakura se sentó en el borde de una silla, cerca del escritorio, con la espalda recta como un mástil y las manos unidas sobre el regazo. Morino y Naruto volvieron a sentarse frente a ella. Sasuke observaba a Sakura, que parecía muy asustada. Pero no le creyó ni por un instante y comprendió que algo se traía entre manos, aunque no tenía más remedio que esperar para preguntárselo.

Morino carraspeó para que le prestaran atención y dijo, mirando a Sakura:

—Querida, no puedo menos que advertir que está usted muy afligida. Leí las cartas que su padre conservó, pero antes de hacerle preguntas quisiera aclararle que no la estimaré a usted menos por las transgresiones que pueda haber cometido su padre.

Aún con aire de presa atrapada, Sakura se las ingenió para esbozar un tímido gesto de asentimiento.

—Gracias, sir Morino —contestó, en un murmullo casi inaudible—. Es amable de su parte el no echarme la culpa, pues yo temía que me condenara.

Sasuke puso los ojos en blanco. Morino, un hombre poco inclinado a demostraciones de afecto, estrechaba la mano de Sakura. Por su aspecto, el director parecía dispuesto a tomar a Sakura entre sus brazos para consolarla.

La apariencia de Sakura era muy vulnerable. De pronto, Sasuke recordó que la noche que lo buscó en la taberna la muchacha tenía la misma expresión: en aquel momento, también parecía muy vulnerable.

¿Cuál era el juego de la joven?

—Ninguno de nosotros te condena –terció Naruto, inclinándose hacia delante y apoyando los codos en las rodillas—. Para ti fue difícil, Sakura.

—Sí, lo fue —convino sir Morino.

Sasuke contuvo una sonrisa: tanto Naruto como el superior habían sucumbido ante el embrujo de Sakura. Creyó que Naruto tendría que haber estado prevenido, pues ya conocía a Sakura. Y, sin embargo, la actitud de la muchacha en ese momento y la idea de que era tímida convencieron a Naruto de que no fingía.

—¿Está usted en condiciones de contestar unas preguntas? —preguntó sir Morino.

Sakura asintió.

—¿No sería mejor que las respondiese Deidara? Los hombres son más lógicos. Por cierto, yo haré un embrollo.

—Sakura —dijo Sasuke, en tono de advertencia.

La muchacha giró hacia él y lo miró con sonrisa trémula:

—¿Qué, Sasuke?

—Compórtate.

Morino dirigió a Sasuke una mirada ceñuda y luego se concentró otra vez en Sakura.

—Luego le haremos preguntas a Deidara. Si no le resulta demasiado doloroso recordarlo, por favor, cuéntenos qué pasó exactamente desde el momento en que llegó usted a Londres.

Sakura asintió.

—Todo comenzó con las cartas, ¿sabe usted? Mi padre le entregó a mi tío Killer B un fajo de cartas y, dos días después, mi padre era asesinado. Entonces B me llevó a su barco. Guardó las cartas y, cuando consideró que había llegado el momento, me las dio. Por supuesto, yo las leí y luego se las di a Deidara. En aquel entonces, mi hermano trabajaba con Itachi y confió en él. Bien —continuó, en tono más vivaz—: Como sin duda Sasuke ya le dijo, Itachi y Deidara sufrieron un... ataque. Los villanos supusieron que los habían liquidado, y... Pagan resolvió dejar que los asesinos a sueldo fuesen a Londres a informar del éxito obtenido.

—Una decisión sensata —comentó sir Morino.

—Sí —dijo Sakura, lanzando a Sasuke una mirada ceñuda—. El plan era muy simple. Pagan secuestró a un médico para que cuidase a los heridos, y se decidió que, cuando Itachi estuviese lo bastante recuperado para viajar, le contaría a su hermano Sasuke lo de las cartas y le pediría ayuda.

—¿Por qué este plan no funcionó? –preguntó Morino.

Sakura miró otra vez a Sasuke con indignación.

—Él lo estropeó –afirmó—. Pagan se había convertido en el chivo emisario para las muertes de Deidara y Itachi, como usted sabe, y Sasuke resolvió tomar venganza. Pero tuvo un pésimo sentido de la oportunidad. Los miembros del Tribunal que quedaban no podían correr el riesgo de que Sasuke hallara al pirata y hablase con él. Por lo tanto, sin saberlo, Sasuke se puso en peligro a sí mismo.

—No fue sin saberlo —intervino Sasuke.

Sakura se encogió de hombros.

—Itachi obligó a Pagan a prometer que no le diría nada a Sasuke, pues sabía que Sasuke... atacaría de inmediato, y Itachi, en cambio, quería explicar todo. A decir verdad, estoy convencida de que Itachi estaba repasando todo, pero en aquel momento estaba muy dolorido y parecía obsesionado en proteger a Sasuke. Pagan aceptó, sólo para aplacar a Itachi.

—En ese plan, ¿qué tenías que ver? —preguntó Naruto.

—Deidara es mi hermano —contestó Sakura—. Regresé a Inglaterra y fui a instalarme en su propiedad campestre. Conmigo iban varios de los hombres de Pagan que se turnaron para vigilar a Sasuke. Se hicieron varios intentos contra él y se decidió que yo encontraría un modo de apartar a Sasuke de la persecución. Dos días antes de mi supuesta partida, ocurrió una serie de incidentes. La primera mañana, mientras yo daba mi paseo habitual, me topé con tres hombres que excavaban en la tumba de mis padres. Me indigné tanto por lo que hacían que grité, ¿sabe? Y así atraje la atención de esos sujetos. Uno de los villanos me disparó, y yo corrí hacia la casa de Deidara en busca de ayuda.

—¿Los hombres de Pagan ya no la cuidaban? —preguntó Morino.

Sakura negó con la cabeza.

—Todos eran necesarios para mantener a salvo a Sasuke. Además, yo contaba con Hudson, el mayordomo de Deidara, y los otros criados, para ayudarme.

—¿Y qué sucedió luego? —preguntó Naruto.

—Estaba demasiado oscuro para que los criados fuesen a las tumbas, y se decidió esperar hasta la mañana. Esa noche, la casa fue saqueada —continuó la joven—. Pero yo dormía y no me enteré de nada. Hasta mi dormitorio fue registrado.

—Deben de haberla drogado —sentenció sir Morino.

—No sé cómo pudieron haberme drogado —dijo Sakura—. A la mañana siguiente, monté uno de los caballos de Deidara para ir otra vez hasta las sepulturas, a ver si hallaba alguna evidencia. Hudson, el mayordomo de Deidara, no me creía, ¿sabe usted? , y quería convencerlo. Pero, en realidad, nunca fui hasta las tumbas pues los villanos estaban ahí, con la evidente intención de interceptarme. Mataron al caballo de Deidara y yo caí.

—¡Dios mío, podría haberse muerto en la caída! —exclamó Morino.

—Fui muy afortunada, pues sólo sufrí unas magulladuras —contó Sakura—. Volví corriendo a la casa y le conté a Hudson lo sucedido. El mayordomo envió a algunos hombres en persecución de los villanos. Cuando volvieron, dijeron que no habían hallado la menor prueba de los incidentes. El caballo había desaparecido. Sasuke dijo que harían falta más de tres hombres para alzarlo y meterlo en un carro.

Hizo una pausa, se encogió de hombros y prosiguió:

—Resolví ir a Londres con urgencia y ordené que me prepararan de inmediato el carruaje. Pero, en cuanto había llegado hasta la falda de la primera colina, el cochero gritó: «¡Fuego!» Veíamos el humo, y volví a la casa a tiempo para ver el incendio en pleno. La casa del pobre Deidara se quemó hasta los cimientos. Ordené a Hudson ya los otros criados que fuesen a la residencia de mi hermano en Londres y luego me dispuse otra vez a partir hacia mi propio destino.

—¿Cuál era? —preguntó Naruto—. ¿También ibas a la casa de Deidara en Londres?

Sakura sonrió.

—No, iba a una taberna llamada Ne'er Do Well. Tenía un plan para sacar a Sasuke de la persecución, ¿sabe?

Naruto asintió.

—No entiendo —dijo Morino—. ¿Cuál era el plan? Sasuke no es un sujeto fácil de engañar, querida mía.

—Lo explicaré después —dijo Sasuke—. Ahora, dejemos que termine con esto.

—En el camino a Londres, el carruaje fue atacado. A mí me golpearon en la cabeza. El golpe me durmió y, cuando desperté, vi que el coche estaba hecho trizas. Tuve que agrandar la abertura de la ventanilla con el tacón de mi bota, y sólo entonces pude salir.

—¿Y luego? —preguntó sir Morino.

—Caminé.

—¿Hasta Londres? —preguntó Naruto.

—No —respondió Sakura—. No todo el camino. Pude... tomar prestado un caballo en una posada del camino. Estaba abandonado. Tal vez, el dueño estaba dentro, cenando.

Sakura concluyó el relato minutos después. No mencionó que ella fuese Pagan, y Sasuke supuso que él tendría que decírselo.

¿Cuál sería el juego? ¡Cuando terminó el relato, Sakura se enjugaba las lágrimas con el pañuelo de Morino! Era obvio que el director estaba impresionado por el relato: se había reclinado en la silla y meneaba la cabeza.

—¿Sabe quiénes son los miembros del Tribunal? —le preguntó Sakura.

—No.

—Pero usted conocía a Shimura, ¿no es cierto? Tenía entendido que usted y él habían comenzado juntos.

—Sí, comenzamos juntos —convino Morino—. Pero después de unos años, querida mía, nos asignaron a cada uno una división diferente del Departamento de Guerra. Shimura tenía a muchos jóvenes bajo su dirección, y él llevaba adelante su propia sección. Yo conocí a algunos de esos jóvenes y ansiosos salvadores, pero no a todos.

—Tenemos varias claves importantes —intervino Naruto —. No creo que nos lleve demasiado tiempo descubrir la verdad.

—La primera carta estaba firmada por un tal Zabuza. Todavía no se les habían asignado nombres operativos. ¡Diablos, es uno de los nombres más comunes en Inglaterra! —dijo Sasuke—. ¿Cuántos Zabuza trabajaban para la Oficina de Guerra?

Sakura fue la que respondió:

—En realidad, en los archivos de Shimura sólo había tres.

Todos se volvieron a mirarla.

—Pagan leyó los archivos —murmuró, sonrojándose, y después añadió—: Estaban Zabuza Yashiro, Zabuza Momochi y Zabuza Tatsushiro. Los tres trabajaban para su departamento, sir Morino. Dos de ellos aún viven, aunque están retirados, pero Zabuza Momochi murió hace cuatro años.

—¿Estás segura de esos hechos? –preguntó Naruto.

—¿Cómo fue que Pagan accedió a nuestros archivos? — exclamó Morino, desconcertado—. Por Dios, nadie puede atravesar nuestra seguridad.

—Pagan lo hizo —dijo Sasuke.

Entonces participó de la conversación, explicando con más detalle cómo el pirata lo había protegido. Les contó como Deidara y Itachi estuvieron a punto de morir, devorados por los tiburones. Cuando terminó, durante un buen lapso nadie dijo nada. Sakura se retorcía las manos, y ya no era un gesto fingido, pues el recuerdo de los tiburones siempre la alteraba.

—Tres jóvenes ansiosos, resueltos a salvar al mundo — murmuró Morino—. Pero la avidez de poder se tomó más importante.

Sakura expresó su acuerdo con un gesto de asentimiento.

—Señor, ¿advirtió usted que las primeras cartas iban firmadas con la frase: «por el bien de Inglaterra», pero, a medida que pasó el tiempo, se volvieron más audaces y cambiaron esa frase?

—Lo noté —musitó sir Morino—. Ponían: «Por el bien del Tribunal», y eso lo dice todo, ¿no es verdad? No hay modo de interpretarlo mal.

—El padre fue asesinado por los otros dos cuando se negó a aceptar los planes de ellos, y luego fue asesinado Shimura —dijo Sasuke.

Morino asintió.

—Tenemos que hallar a los otros dos —murmuró—. Señor, son muchas cosas para asimilar —Lanzó un suspiro de fatiga y añadió—: Bueno, al parecer, gracias a Dios Pagan está de nuestro lado. Cuando imagino todo el mal que podría hacer con esos archivos, se me hiela la sangre.

—Oh, Pagan es muy honorable —se apresuró a decir Sakura—. Casi todos los ladrones lo son, señor. No se preocupe de que esa información caiga en las manos equivocadas.

—¿Acaso ese miserable leyó mi archivo? —preguntó Naruto.

Sasuke no le respondió, pues no consideró que hubiese ningún motivo para compartir esa información con el amigo. No haría más que alterarlo.

—El solo hecho de que hubiese tiburones en esas aguas... —murmuró Morino, cambiando de tema—. ¿Comprenden ustedes el coraje que se requiere para...?

—¿Terminó con sus preguntas? —interrumpió Sakura.

De inmediato, el director se estiró y le palmeó la mano.

—La hemos agotado, ¿no es así, querida? Me imagino lo abrumador que debe de ser para usted.

—Gracias por su consideración –murmuró Sakura.

Se levantó y no protestó cuando sir Morino la abrazó.

—Le prometo que hallaremos a los culpables —le dijo.

Sakura ocultó las manos en los pliegues del vestido y se acercó a Naruto. Este se puso de pie al instante, y la muchacha se apoyó contra él.

—Gracias por ayudamos, Naruto. Por favor, saluda de mi parte a Temari. Estoy impaciente por visitarla otra vez.

Se volvió hacia Morino y lo abrazó otra vez.

—Me olvidé de darle las gracias a usted también —le dijo. Se apartó del director, hizo una reverencia y giró para salir de la habitación.

—Sakura.

—¿Qué, Sasuke?

—¿De qué se trató todo esto?

Sakura se dio la vuelta y le sonrió:

—Dijiste que el orgullo es importante para un hombre, ¿no es así?

—Así es.

—Además, dijiste que el orgullo de un hombre sufre desmedro cuando se lo manipula o engaña.

—Lo dije —afirmó Sasuke, inclinándose hacia delante—. ¿Y?

—Bueno, si otros también fueron... engañados... amigos que representaban leyendas y que gozaban del respeto de Inglaterra, el golpe sería menos doloroso, ¿no?

Al fin, Sasuke entendió y le dirigió un guiño perezoso y una sonrisa arrogante.

—Iré a decirles a Itachi y a Deidara que se reúnan con ustedes ahora —anunció Sakura, antes de salir del estudio. Luego salió y cerró la puerta con suavidad.

—¿A qué se refería? —preguntó sir Morino.

—Un asunto personal —respondió Sasuke.

Luego, se volvió hacia Naruto:

El amigo llenó la copa de coñac y luego respondió:

—Sigue siendo muy bella –dijo—. Pero pienso que es demasiado tímida. Debe de ser el resultado de estar contigo.

Sasuke rió.

—¿Otra vez piensas que es tímida?

—¿Qué es lo que no sé? —preguntó Naruto, en verdad perplejo—. ¿Qué es lo que te parece tan divertido?

—Dejad ya esta conversación sobre mujeres —ordenó Morino—. Y ahora, hijo, tienes que prometerme algo.

—¿Señor? —preguntó Sasuke.

—¿Ya conoció usted a este compañero de Pagan?

—Sí.

—Cuando esto termine, tendrá que hallar el modo de que yo lo conozca.

Sasuke se reclinó en la silla. Sakura tuvo razón: le había devuelto su orgullo.

—Tengo que conocer a Pagan —insistió sir Morino.

Sasuke asintió.

—Sir Richards, acaba de conocerlo.