CAPÍTULO 15
—Sakura, ven aquí —gritó Sasuke, mientras los amigos intentaban reaccionar ante la novedad que acababa de darles.
Como no respondió, Sasuke llamó a Jūgo. El mayordomo debía de estar al otro lado de la puerta, pues de inmediato se precipitó en la biblioteca. Hizo una reverencia al patrón, cosa que jamás hacía cuando estaban solos, y preguntó:
—¿Quería algo, milord?
—Trae a Sakura de vuelta aquí —ordenó Sasuke.
—Pienso que debe de haber escuchado su grito, milord —afirmó Jūgo, en ese tono altivo—. Pero la señorita declinó la invitación. ¿Quería algo más?
Sasuke sintió ganas de estrangular a Jūgo, pero se contuvo:
—Tráela. Arrástrala aquí, si es necesario, pero tráela. Eso es lo que quiero, Jūgo.
El mayordomo asintió, y partió a cumplir su cometido. Sasuke se volvió hacia los amigos. Parte de su irritación se disipó al ver la sonrisa de Naruto. Al parecer, el amigo tomaba la novedad de la identidad de Pagan mucho mejor que sir Morino: el director parecía atónito.
—¡Diablos, Sasuke, tendría que haberlo adivinado! — dijo Naruto—. Era tan tímida... sí, tendría que haberlo sabido. No eres hombre para dejarte atraer por... y Temari dijo que tendría que observar debajo de...
—Hijo —interrumpió sir Morino la divagación de Naruto —. No es momento para bromas. Estamos reunidos por un asunto serio.
Sakura abrió la puerta en mitad de la perorata de Morino.
—Estaba buscando a Deidara y Itachi, Sasuke: ¿Qué querías?
—Devuélveselos.
El tono de Sasuke parecía un disparo de pistola. Sakura fingió inocencia:
—¿De qué rayos hablas? —preguntó, apretando la mano contra el pecho en una parodia de susto, y agitó las pestañas.
Sasuke no se sintió impresionado en lo más mínimo.
—Sabes muy bien de qué estoy hablando –rugió—. Devuélveselos.
—Sasuke, no es muy cortés que me levantes la voz delante de las visitas —le indicó, en un tono una octava más agudo—. Es bastante grosero...
—Saben quién eres.
—¿Lo saben?
Se encaminó al escritorio y lo miró con expresión indignada, con los brazos en jarras:
—¿Qué es exactamente lo que saben?
—Que eres Pagan.
Sakura lanzó una exclamación ahogada.
—¿Por qué no lo publicas en los periódicos? –gritó—. Así no tendrías que perder tanto tiempo...
—Tenía que decírselo —dijo Sasuke.
—Podrías haber aguardado a que yo me marchase.
—Pero como no vas a marcharte, eso no es posible, ¿no crees?
—¡Dios mío!, ¿de modo que es cierto? —exclamó Morino, casi gritando también.
Sakura miró sobre el hombro al director, con expresión ceñuda.
—No —le espetó—. No es cierto.
—Sí —replicó Sasuke—. Lo es.
—Maldición, Sasuke, ¿acaso no sabes guardar un secreto?
Sin darle tiempo a responder, se dio la vuelta para salir.
—Sakura, te dije que se los devolvieses.
—¿Por qué?
—Ocurre que estos hombres son amigos míos —respondió—. Por eso.
—Sasuke, si no puedes robarles a tus amigos, ¿a quién le robarás?
Sasuke no halló respuesta para una pregunta tan absurda.
—Dijiste que no tenías inconveniente en que siguiera con mi trabajo —le recordó—. ¿Acaso rompiste tu palabra?
A Sasuke le pareció increíble que tuviese la audacia de adoptar ese aire indignado, y no se atrevió a levantarse, por temor a que el deseo de aferrarla y sacudirla para que recobrase un poco la sensatez fuese demasiado intenso para ignorarlo.
Sakura se volvió hacia Sasuke.
—Cuando doy mi palabra, jamás la rompo.
Sasuke hizo una inspiración profunda, y se reclinó en la silla, dirigiendo a Sakura una mirada severa y prolongada.
La muchacha se la devolvió. Con un dedo, Sasuke le hizo señas de que se acercara y, cuando lo hizo, le dijo:
—Hablé en serio. Puedes continuar con tu trabajo.
Sakura quedó perpleja.
—Entonces ¿quiero saber por qué haces tanto escándalo por...?
—Puedes seguir robando —la interrumpió—. Pero, cada vez que robes algo, yo tendré que devolverlo.
Sakura quedó tan abrumada que casi se cayó.
—No lo harás.
—Lo haré.
—¡Pero eso es... ridículo! –balbuceó—. ¿No?
Sasuke no le respondió, y Sakura se dirigió a Naruto en busca de ayuda. Pero la sonrisa del hombre le demostró que no podía esperar nada de él. Sir Morino, en cambio, parecía demasiado abrumado para intervenir.
Sakura comprendió que estaba sola, como siempre.
—No.
—Sí.
Pareció a punto de llorar.
—Ahora dales sus...
—Los cambié —anunció Sakura—. Ahora ¿puedo irme?
Sasuke asintió. Esperó a que Sakura llegara hasta la puerta y exclamó:
—Sakura, puedes irte de esta habitación, pero no te atrevas a irte de esta casa. Si lo haces, iré tras de ti. No querrás hacer que me moleste otra vez, ¿verdad?
Sakura no respondió, si bien Sasuke sabía que estaba furiosa con él. Cuando cerró la puerta tras ella, casi la sacó de sus goznes.
—¡Tiene un carácter...! –dijo Sasuke, con una sonrisa reveladora de que no le importaba en absoluto—. Morino, ¿ya se recobró?
—Sí —convino Morino.
—Pero ¿jamás se le ocurrió que...?
—No, no —repuso Morino.
Sasuke asintió, complacido.
—Es grato saber que mi superior también resultó engañado. Creo que he recuperado por completo mi orgullo.
En ese momento, entraron Deidara y Itachi en la biblioteca. Itachi se apoyaba en un bastón y en el brazo de Deidara.
—Deja de tratarme como a un niño –protestó Itachi, mientras Deidara lo ayudaba a sentarse.
—Eres un niño —dijo Deidara, arrastrando las palabras.
Colocó un taburete frente a la silla y apoyó sobre él el pie de Itachi midió con la vista a los dos hombres que lo observaban, y Sasuke hizo las presentaciones. Se estrecharon las manos, y luego Deidara se sentó sobre el brazo de la silla del amigo.
—Sakura me pidió que os preguntara la hora —dijo Deidara.
Al director le extrañó la petición y se encogió de hombros:
—Yo diría que van a ser las nueve, ¿no crees, Naruto?
Naruto fue más astuto que el superior y sacó el reloj del bolsillo del chaleco. Al hacerlo, una carcajada profunda resonó en la habitación:
—Creo que este es tuyo, Morino. Tú tienes el mío: ella nos abrazó a los dos.
Morino quedó debidamente impresionado.
—Por cierto, la juzgué mal. Sasuke, tú la viste hacer el cambio, ¿no? Por eso la llamaste.
Sasuke negó con la cabeza.
—No, no la vi –admitió—. Pero, cuando os abrazó a los dos, supe que algo se traía entre manos. Por lo general, no se muestra tan afectuosa con los extraños.
—No, es cierto —admitió Deidara.
Sasuke miró a Naruto.
—Esa mujer me hizo dar tantas vueltas. Está decidida a volverme loco.
—Yo diría que ya lo logró —dijo Deidara, marcando las palabras.
—Esto me suena familiar —dijo Naruto.
Sonrió al recordar las extrañas circunstancias que le habían conducido a su propio matrimonio.
—Temari también me hizo dar vueltas. Dime algo, Sasuke: ¿qué te pasó a ti mientras ella te hacía dar vueltas?
—Lo mismo que a ti —respondió Sasuke—: me enamoré de ella.
Naruto asintió.
—Amigo mío: que Dios te ayude. Una vez que te cases, las cosas no serán más fáciles. De paso, ¿cuándo es la boda?
—Sí, Sasuke, ¿cuándo es la boda? –preguntó Deidara.
—Por cierto que habrá boda —afirmó Itachi, mirando al hermano con expresión severa.
—Sí —confirmó Sasuke—. La habrá.
—Tengo la impresión de que no tienes alternativa, hijo —terció sir Morino—. ¿Darás el sí con una pistola apuntando a tu espalda?
—Si es necesaria una pistola, tendrá que apuntar a la espalda de Sakura, no a la mía —replicó Sasuke—. Todavía tengo que convencerla de que hablo en serio. ¡Diablos, quizá tenga que arrodillarme ante sus hombres!
Hasta Deidara sonrió ante semejante imagen.
Itachi se burló:
—Sakura no te haría arrodillarte ante ella.
—No, pero Killer B sin duda lo haría —repuso Sasuke.
—¿Quién es Killer B? —preguntó Morino.
—Deidara, explícalo tú, mientras yo voy a buscar a Sakura —dijo Sasuke.
—¿Se fue? —preguntó Deidara.
Sasuke se levantó y fue hacia la puerta.
—Claro que se fue. Deidara, nunca cometo dos veces el mismo error. Pronto estaré de regreso.
Como ya tenía los pantalones y las botas de montar, Sasuke fue directamente al corral donde estaban alojados los caballos. Faltaba la yegua manchada.
—¿Cuántos hombres la siguieron? —le preguntó al jefe de los establos.
—Tres la siguieron por la parte del fondo —respondió el criado.
Sasuke le colocó las bridas al potro, pero no se molestó con la montura: sujetó las crines negras y montó con un rápido movimiento.
La rastreó hasta la cabaña que estaba en el límite de la propiedad y la halló de pie junto al arroyo, dando de beber al caballo.
Sasuke pasó entre los árboles y se lanzó al galope.
Sakura oyó el golpeteo de los cascos, se volvió y se metió corriendo en el bosque. Sin detener la marcha del caballo, Sasuke se inclinó y alzó a la mujer en los brazos. Con rudeza, apoyó el trasero de Sakura frente a sí, hizo girar al animal y se dirigió de regreso a la casa.
No hablaron una palabra, y no aminoró el paso hasta que llegaron a su destino.
Jūgo los esperaba en la puerta del frente. Sasuke arrastró a Sakura por los escalones de entrada.
—¡Enciérrala en el dormitorio! —vociferó—. Aposta dos guardias bajo las ventanas y otros dos fuera, junto a la puerta.
Mantuvo la expresión feroz, hasta que estuvo otra vez en la biblioteca, y, cuando al fin se sentó junto al escritorio, se permitió sonreír.
—Deduzco que la encontraste —dijo Deidara.
—Así es —respondió Sasuke—. Además, la impresioné mucho. Ponme al tanto de lo que hablaste con mis amigos —ordenó.
La conversación volvió a las cartas y los hombres no terminaron la conversación hasta pasadas las once. A Morino y a Naruto les asignaron las habitaciones del ala norte, y los dos se mostraban renuentes a irse a dormir. Morino insistió en llevarse las copias de las cartas a la cama con él.
—Todavía tengo información para extraer de ellas —afirmó.
Nadie le discutió al director. Sasuke fue sin rodeos al dormitorio de Sakura. Despidió a los guardias, abrió la cerradura y entró.
Sakura estaba en la cama, leyendo. No miró a Sasuke, sino que mantuvo la vista fija en el libro que tenía entre las manos.
—Si quieres leer, necesitas más luz —dijo Sasuke—. También hay que avivar el fuego. Aquí hace mucho frío.
Sakura siguió sin mirarlo.
—Es ridículo fingir que no estoy —le dijo Sasuke, con evidente irritación.
—¿Como devolver todo lo que robo? —preguntó, concentrada en el libro.
Sasuke encendió dos velas más sobre la mesilla de noche y luego se acercó al hogar.
—¿Dónde está Jūgo? —preguntó.
—Jūgo fue a acostarse —respondió la joven—. Serías un buen mayordomo, Sasuke. Jūgo te entrenó bien.
Sasuke no picó el anzuelo.
—Estás buscando pelea, cielo, pero no te daré el gusto.
—No estoy buscando pelea —le espetó.
Cerró el libro de golpe, mientras observaba cómo el hombre colocaba otro leño grueso sobre las brasas. A la luz de las llamas, la piel de Sasuke parecía de bronce, como una estatua. Llevaba la camisa abierta hasta la cintura y las mangas enrolladas. La tela estaba tensa sobre los hombros, exhibiendo los músculos cuando él se estiró para tomar el atizador y avivar el fuego, hasta hacerlo arder en plenitud.
Sakura pensó que era el hombre más atractivo del mundo.
Sasuke se volvió, todavía apoyado en una rodilla, y le sonrió. La ternura de esa mirada le estrujó el corazón. ¡Era un hombre tan bueno, tan confiado y amoroso...! Merecía a alguien mejor que a una muchacha como ella. ¿Cómo no comprendía algo tan obvio?
Los ojos de Sakura se llenaron de lágrimas y comenzó a temblar. Fue como si las mantas se hubiesen convertido en nieve. Se sentía helada... y aterrada.
De súbito, la muchacha pensó: «Nunca permitas que te deje. ¡Haz que me quede contigo para siempre!».
¡Oh, Dios, cuánto deseaba amarlo, apoyarse en él!
Y, si así ocurría, ¿en qué se convertiría cuando él la dejara? ¡En el nombre de Dios!, ¿cómo haría para sobrevivir?
El cambio que se produjo en Sakura fue asombroso: su rostro se tornó del color del camisón blanco.
—Cielo, ¿qué te pasa? —preguntó el hombre, levantándose y acercándose a la cama.
—Nada —susurró Sakura—. No pasa nada malo. Sólo tengo frío —tartamudeó.
«Y pánico», quiso agregar.
—Ven a la cama, Sasuke.
Necesitaba con desesperación tenerlo cerca. A las palabras, Sakura sumó el gesto de apartar las mantas, pero Sasuke la ignoro. Se acerco al guardarropa, halló otra manta y la puso encima de Sakura, arropándola.
—¿Está mejor así?
— Sí, gracias —respondió la muchacha, intentando que su voz no traicionara la decepción.
—Si no estás muy cansada, quisiera hacerte unas preguntas —dijo el hombre.
—Haz las preguntas desde la cama, Sasuke —propuso—. Estarás más cómodo.
Sasuke movió la cabeza, se sentó en la silla, y apoyó los pies sobre la cama.
—Así estará bien —afirmó, conteniendo con esfuerzo la sonrisa.
Sakura lo deseaba, quizá tanto como él a ella. ¡Y por Dios, tendría que decírselo!
Sakura trató de ocultar su irritación. Ese hombre era bastante terco. ¿Acaso no comprendía lo mucho que ella necesitaba que la abrazara? Tendría que haberla tomado entre los brazos, haberla besado, y después...
Exhaló un prolongado suspiro. Al parecer, Sasuke no comprendió lo que necesitaba cuando comenzó a hacerle preguntas sobre esos estúpidos archivos.
Sakura tuvo que apelar a toda su capacidad de concentración, y necesitó mirarse las manos para que esa sonrisa arrasadora no la distrajese.
—Sakura.
—¿Qué? —preguntó, sobresaltada.
—Te pregunté si leíste los archivos de nuestros Zabuza —dijo.
—No son nuestros Zabuza —replicó.
La muchacha esperó la siguiente pregunta con una sonrisa expectante. La sonrisa de Sasuke se ensanchó.
—¿Me responderás?
—¿Qué cosa?
—Pareces preocupada.
—No.
—¿Con sueño, entonces?
—En absoluto.
—Entonces, responde a mi pregunta –insistió—. ¿Leíste los archivos...?
—Sí —lo interrumpió—. Quieres oírlos, ¿no es cierto?
—Sí, quiero. ¿Acaso quieres hacer alguna otra, cosa?
Los pómulos de Sakura se sonrojaron otra vez.
—No, claro que no. Está bien, Sasuke. Te lo diré...
En ese momento, los interrumpió un golpe en la puerta. Sasuke giró para ver a Deidara que asomaba. Al ver a Sasuke acomodado en la silla, el hermano de Sakura frunció el entrecejo.
—Sasuke, ¿qué estás haciendo aquí?
—Hablando con Sakura —respondió Sasuke—. ¿Qué quieres?
—No podía dormir —confesó el joven.
Se dirigió hasta la chimenea y se apoyó en ella. Deidara estaba descalzo y sin camisa, y Sasuke vio las cicatrices en la espalda del joven. No las mencionó, pero se preguntó cómo fue posible que sobreviviese a semejante castigo.
—Deidara, por si tienes frío, aquí está la bata de Sasuke—dijo Sakura, señalando la silla vacía, al otro lado de la cama—. Si no te abrigas, pescarás un enfriamiento.
Deidara estaba de un humor complaciente: se puso la bata de Sasuke y se repantigó en la silla.
—Deidara, vuelve a la cama —le ordenó Sasuke.
—Quiero hacerle unas preguntas a mi hermana.
Deidara había dejado la puerta abierta, y por eso sir Morino no se molestó en golpear. El director estaba ataviado con una bata azul intenso que le llegaba hasta los pies descalzos. Al ver la reunión, quedó atónito.
Sakura se subió las mantas hasta la barbilla y miró a Sasuke, para ver cómo reaccionaba ante la invasión. Parecía resignado:
—Acerque una silla, sir Morino.
—Con gusto —repuso el aludido y luego le sonrió a Sakura—. No podía dormir, ¿sabe usted? , y pensé en venir a verla y...
—Si estaba despierta, le haría preguntas —adivinó Sasuke.
—Esto no es muy correcto —dijo Morino, mientras arrastraba una silla hasta la cama.
Pero rió entre dientes, indicando que no le importaba en absoluto.
—Deidara —añadió luego—. Por favor, ¿quieres ir a buscar Naruto? Él también debe de tener algunas preguntas para hacer.
—Tal vez esté durmiendo —dijo Sakura.
—Lo oí pasearse por el cuarto vecino al mío. Querida mía, ese Tribunal nos tiene a todos desasosegados. Hay mucho que asimilar.
Deidara regresó con Naruto. De pronto, Sakura se sintió ridícula: a fin de cuentas, estaba en la cama, y sólo tenía puesto el camisón.
—¿Por qué no vamos todos a la biblioteca a conversar de esto? —propuso—. Yo me vestiré y...
—Así estamos bien —afirmó Sasuke—. Naruto, Sakura nos dirá sobre los archivos de los Zabuza.
—Sasuke, ¿tengo que repetirlos palabra por palabra? — preguntó la muchacha—. Llevaría días enteros.
—Comience sólo con los hechos más importantes — indicó Morino—. Mañana Naruto y yo volveremos a Londres y ahí leeremos los archivos del principio al fin.
Sakura se encogió de hombros.
—En ese caso, comenzaré por Momochi —afirmó—. El difunto.
—Sí, el difunto —concordó Naruto.
Se apoyó contra la repisa de la chimenea y le sonrió para darle ánimos.
Sakura se apoyó contra las almohadas y comenzó el recitado.
Naruto y Morino estaban impresionados.
Cuando superaron la sorpresa inicial, se turnaban para interrumpirla, en busca de detalles acerca de ciertas misiones en las que Zabuza Momochi participó.
Cuando terminó con ese archivo, eran las dos de la madrugada. Estaba tan exhausta que no podía dejar de bostezar.
—Es hora de que nos vayamos a nuestras respectivas camas —anunció sir Morino—. Mañana comenzaremos otra vez.
El director salía tras Naruto y Deidara, cuando Sakura lo llamó:
—Sir Morino, ¿y si el Zabuza que busca no es ninguno de los tres que están registrados?
Morino se volvió hacia ella.
—Es sólo un comienzo, querida mía —le explicó—. Luego comenzaremos a cotejarlos, a leer todos y cada uno de los archivos que conservaron los jefes de cada departamento. Claro que llevará tiempo, pero indagaremos hasta llegar al fondo de la cuestión.
—¿No existe la posibilidad de que estén muertos? — preguntó Sakura.
Parecía tan esperanzada que a Morino le dolió decepcionarla.
—Me temo que no —dijo—. Alguien quiere esas cartas, querida. Al menos uno de los dos miembros del Tribunal que quedan está bien vivo.
Sakura se sintió aliviada al quedar otra vez a solas con Sasuke. Estaba agotada, y también preocupada, y lo único que quería era que la tomara en los brazos y la estrechara fuerte. Apartó las mantas y palmeó la sábana.
—Buenas noches, Sakura —dijo Sasuke.
Se acercó a la cama y le dio un horrible beso, muy casto, apagó las velas y se encaminó hacia la puerta.
—Dulces sueños, mi cielo.
La puerta se cerró, y Sakura comprobó, atónita, que se había ido. Ya no la quería más. El pensamiento era tan odioso, que lo desechó.
«Lo que sucede es que aún está enfadado conmigo porque tuvo que salir otra vez a buscarme –se dijo—. Y él también está muy fatigado», agregó para sí, con un gesto de afirmación. Había sido un día largo y agotador.
¡Maldición, se suponía que podía confiar en ese hombre!
No tuvo sueños agradables. Se ahogaba en medio de la negrura, sentía a los monstruos que la rodeaban, mientras caía más y más hacia el fondo...
La despertaron sus propios sollozos. De manera instintiva, se volvió hacia Sasuke, sabiendo que él aliviaría el terror.
No estaba. Cuando llegó a esa conclusión, ya estaba del todo despierta y temblaba tanto que no podía quitarse las mantas.
No podía quedarse en la cama, de modo que fue hasta la ventana y contempló la noche sin estrellas, mientras sopesaba su lúgubre situación.
No supo cuánto tiempo permaneció allí, afligida y acongojada, hasta que por fin se rindió: tendría que ir hacia él.
Sasuke se despertó en cuanto se abrió la puerta y, como estaba oscuro, no tuvo que disimular la sonrisa.
—No sé bailar, Sasuke —anunció la muchacha.
Tras semejante afirmación, cerró la puerta de golpe y se acercó al costado de la cama donde estaba Sasuke.
—Es conveniente que lo sepas desde ahora. Tampoco sé hacer labores de aguja.
El hombre estaba acostado de espaldas, con los ojos cerrados. Sakura lo contempló largo rato y luego presionó en el hombro:
—¿Y bien? —preguntó.
La respuesta de Sasuke consistió en apartar las mantas. Sakura se quitó el camisón y se dejó caer en la cama, junto al hombre que, al instante, la rodeó con los brazos.
Los temblores desaparecieron. Se sentía segura otra vez. Sakura se durmió esperando la respuesta de Sasuke.
La despertó poco después del alba para hacerle el amor, y, cuando quedaron satisfechos, Sakura tenía demasiado sueño para conversar. Se quedó dormida escuchándolo decir cuánto la amaba.
La vez siguiente que despertó, era casi mediodía. El que la sacudía era Sasuke, completamente vestido, y le pedía con dulzura que abriese los ojos y se levantara. Sakura se negó a abrir los ojos y trató de apartar las mantas con los pies para que Sasuke volviese a la cama, pero este insistía en cubrirla hasta la barbilla. La muchacha no comprendía por qué la contrariaba así, hasta que al fin abrió los ojos y vio a Jūgo, junto a los pies de la cama. Entonces fue la muchacha la que procuró cubrir su desnudez, sintiendo que el rostro se le ponía encarnado. Habría sido inútil disimular la incomodidad por medio de alardes.
—Oh, Jūgo, está avergonzado de mí, ¿no es cierto?
Su voz fue un gemido pero Jūgo se apresuró a mover la cabeza.
—Por supuesto que no, milady —afirmó—. Estoy seguro de que mi patrón la arrastró a la cama de él —agregó, enfatizando sus palabras con un gesto en dirección del aludido.
—¿Del pelo, Jūgo? —preguntó Sasuke, en tono seco.
—Tratándose de usted, milord, no lo descartaría.
—Eso hizo —confirmó Sakura, resuelta a que toda la culpa recayese sobre Sasuke—. No debe decírselo a nadie —agregó.
Jūgo le dirigió una sonrisa amable.
—Me temo que no queda nadie a quien decírselo.
—¿Eso significa que sir Morino y Naruto ya lo saben?
Jūgo asintió, y Sakura dirigió a Sasuke una mirada exasperada.
—Tú se lo dijiste, ¿no? ¿Por qué no lo publicas también en los periódicos?
—No se los dije —replicó Sasuke, con evidente irritación —. No cerraste la puerta cuando... —Se interrumpió, miró a Jūgo, y dijo—: Cuando yo te arrastré aquí. Al bajar las escaleras, ellos vieron tu cama vacía.
Sakura quiso esconderse bajo las mantas el resto del día.
—Sakura, ¿por qué mi platería está debajo de la cama?
—Pregúntale a Jūgo: él la puso allí.
—Me pareció un sitio apropiado, milord —afirmó el mayordomo—. Uno de sus huéspedes, el grandote del diente de oro, evidentemente se encariñó con su platería, y cuando yo le expliqué lo que significaban para usted, milady sugirió que buscase un lugar seguro para las piezas.
Sakura pensó que le daría las gracias por salvarle los tesoros, pero en cambio él rió.
—Sakura, en cuanto te hayas vestido, baja. Morino quiere volver a interrogarte.
Jūgo no salió del cuarto junto con el patrón.
—La duquesa mandó varios vestidos que eran de una de sus hijas. Creo que su talla será similar a la de usted, milady.
—¿Por qué...?
—Yo le pedí, los vestidos —afirmó Jūgo—. Cuando desempaqué sus cosas, no pude menos que advertir que sólo había dos vestidos.
Sakura pareció dispuesta a protestar, pero Jūgo no le dio tiempo.
—Están colgados en el guardarropa. La cocinera será su doncella. Iré a buscarla de inmediato.
Sería en vano discutir con el mayordomo, pues se había convertido de criado en jefe. También eligió el vestido que Sakura se pondría: uno de color marfil, con puños de encaje bordado. Tenía un aspecto tan elegante, que Sakura no pudo resistirse.
También había ropa interior, aunque Jūgo no la mencionó, sino que se limitó a dejar las prendas de seda a los pies de la cama, junto con medias delgadas como el aire y zapatos haciendo juego con el color del vestido.
Quince minutos más tarde, Sakura estaba aseada y vestida con esa ropa tan elegante. Se sentó en una silla de respaldo recto, mientras la cocinera le arreglaba el cabello. La mujer era alta y rotunda y se había cortado el cabello entrecano en rizos cortos. Atacó el cabello de Sakura como si fuese una costilla. Pero Sakura hubiese preferido soportar esos tirones el resto del día antes que enfrentarse otra vez a Naruto y a sir Morino.
Pero no podía evitar el encuentro.
—Está usted hecha un cuadro –le aseguró la criada cuando terminó de peinarla.
Le alcanzó un espejo a Sakura:
—No es más que una trenza, pero esos pequeños rizos a los costados del rostro, le suavizan la expresión. Podría haberlo sujetado en lo alto, milady, pero temí que el peso la aplastase a usted.
—Muchas gracias —dijo Sakura—. Hizo un trabajo espléndido.
La cocinera aceptó el elogio y luego volvió a la planta baja. Sakura ya no podía demorar el encuentro, pues Sasuke vendría a buscarla si se quedaba encerrada en el dormitorio. Cuando abrió la puerta, la sorprendió e indignó encontrarse con que había dos guardias apostados en la puerta. Al verla, los dos parecieron un tanto aturdidos. Uno de ellos balbuceó que la encontraba hermosa, y el otro, que parecía una reina. Los dos la siguieron escaleras abajo. Las puertas del comedor estaban cerradas, y el más corpulento de los hombres se apresuró a abrirlas para que Sakura pasara. La joven le agradeció su amabilidad y, enderezando los hombros, entró.
Todos estaban sentados ante la mesa larga, incluido Jūgo y todos, incluido ese mayordomo sinvergüenza, la contemplaban.
Todos, salvo Itachi, se pusieron de pie cuando entró Sakura, que no apartó la vista de Sasuke. Cuando este apartó la silla que tenía junto a él, la muchacha se encaminó con pasos lentos hacia el hombre.
Sasuke se inclinó y la besó en la frente. Deidara fue el que rompió el incómodo silencio.
—Sasuke, quítale las manos de encima.
—Mis manos no están encima de ella sino mi boca, Deidara —dijo Sasuke, marcando las palabras.
Besó otra vez a Sakura, sólo para provocar al hermano, y Sakura se sentó, exhalando un suspiro.
Mientras los demás hombres continuaban la discusión, Jūgo se ocupó de que sirvieran el desayuno a Sakura. Sir Morino estaba sentado a un extremo de la mesa, y Sasuke al otro. Cuando retiraron el plato de Sakura, sir Morino pidió la atención de todos, y la joven comprendió que habían estado esperándola.
—Querida mía, hemos decidido que debe usted venir a Londres con nosotros —afirmó sir Morino—. Mantendremos una seguridad estricta —añadió, lanzando una mirada en dirección a Sasuke.
A continuación, Morino tomó pluma y tinta.
—Me gustaría tomar notas mientras la interrogo —dijo.
—Sir, ¿por qué tengo que ir a Londres? —preguntó Sakura.
—Bueno, necesitamos entrar en el cuarto de los archivos. Si pido las llaves durante las horas de trabajo, quedará registrado mi nombre en el libro de entradas.
—Quieren entrar de noche —explicó Itachi—. Sin llaves.
—Usted dijo que, en una ocasión, entró en el edificio y leyó los archivos —le recordó sir Morino.
—Tres veces —rectificó Sakura.
El semblante de Sir Morino se crispó, como si fuese a llorar.
—¿Eso significa, acaso, que nuestra seguridad es tan endeble? —le preguntó a Naruto.
—Al parecer.
—¡Oh, no! —dijo Sakura—. La seguridad es muy eficaz.
— ¿Y, entonces, cómo...?
Sasuke respondió:
—Es muy buena, Morino.
El cumplido hizo ruborizar a Sakura.
—Sir Morino, entiendo que necesita discreción. No quiero que el Tribunal sepa lo que está buscando, pero creo que ya deben de saberlo. Mandaron hombres aquí, y sin duda habrán visto que usted y Naruto llegaban y habrán informado...
—De los que mandó el Tribunal, ninguno regresó para informar a nadie —aclaró Naruto.
—Pero, ¿cómo...?
—Sasuke se encargó de ellos.
La afirmación de Naruto hizo que los ojos de Sakura se dilataran.
Parecía muy seguro. Sakura se volvió hacia Sasuke.
—¿Cómo te encargaste de ellos?
Sasuke movió la cabeza, para advertir a Naruto que no diese explicaciones.
—No es necesario que lo sepas, Sakura.
—No los mataste, ¿verdad?
Lo dijo en un susurro asustado.
—No.
Sakura hizo un gesto afirmativo, y se volvió otra vez hacia Naruto. Advirtió que tenía una expresión irritada, pero hizo caso omiso.
—No los mató —afirmó—. Sasuke ya no hace esa clase de cosas, está retirado.
Quería el asentimiento de Naruto, y éste se lo dio. Al ver la sonrisa de Sakura comprendió que había acertado.
—Sakura —dijo Itachi, llamándole la atención—. Cuando llegues a Londres, puedes quedarte en casa de Temari y Naruto. Y Sasuke, desde luego, se quedará en su propia residencia.
—No —lo interrumpió Sasuke—. Se quedará conmigo.
—Piensa en el escándalo —le dijo Itachi.
—Ya casi estamos en verano, Itachi –replicó Sasuke—. La mayor parte de la sociedad no está en la ciudad.
—Sólo hace falta un testigo —musitó Itachi.
—Dije que no, Itachi. Se quedará conmigo.
La dureza del tono indicó al hermano que no siguiera discutiéndole. Itachi suspiró y, con renuencia, asintió. Sakura no estaba segura de haber entendido.
—¿Qué quisiste decir con eso de un solo testigo?
Itachi se lo explicó y, cuando terminó, Sakura estaba apabullada por el daño que podría causar un chismoso mal intencionado. Jūgo, sentado cerca de ella, le palmeó la mano y dijo:
—Contemple el lado bueno, milady. Milord ya no tendría que publicarlo en los periódicos.
Sakura le lanzó una mirada airada, pero Jūgo no se dejó intimidar. Le oprimió la mano:
—No se aflija, querida señorita. Todo está arreglado.
Aunque Sakura no sabía a qué se refería, la sonrisa del anciano le indicó que algo se traía entre manos. Pero Jūgo la distrajo señalando con arrogancia su propia taza de té vacía. De inmediato, Sakura fue a buscar una provisión nueva.
En cuanto salió del cuarto, Jūgo dijo a Sasuke:
—Los invitados de usted llegarán en media hora.
—¿Invitados? No podemos recibir a ningún huésped — vociferó Itachi.
Deidara asintió.
—Claro que no podemos. Sasuke, ¿acaso estás loco para invitar...?
Sasuke miró a Jūgo:
—Yo no invité a nadie —dijo, con un atisbo de sonrisa—. Jūgo, ¿por qué no nos dices quiénes son esos invitados?
Todos miraban al anciano con expectación.
—Me tomé la libertad de invitar a sus padres, al tío de Sakura y su cohorte, y a un invitado adicional.
—¿Para qué diablos? —preguntó Deidara.
Jūgo giró hacia él y respondió, sonriendo:
—Para la ceremonia, por supuesto.
Todos se volvieron hacia Sasuke, pero la expresión de este no les aclaró nada.
—¿Y la licencia, Jūgo? —preguntó Sasuke, en tono indiferente.
—Está preparada, desde el día siguiente en que usted firmó la solicitud —informó Jūgo.
—Sasuke, ¿este hombre no es tu mayordomo? —preguntó sir Morino.
Sasuke no tuvo tiempo de responder, pues Deidara exclamó:
—Ella discutirá ferozmente.
Itachi estuvo de acuerdo.
—Creo que Sakura aún no está en condiciones de aceptar su futuro.
—La persuadiré —dijo Sasuke.
Se reclinó en la silla y sonrió al mayordomo:
—Hiciste las cosas bien, Jūgo: te felicito.
—Claro que hice las cosas bien –afirmó Jūgo—. Me ocupé de todo —se jactó.
—¿Ah, sí? —dijo Deidara—. Entonces dinos cómo se las arreglará Sasuke para convencer a Sakura.
En respuesta, Jūgo sacó la pistola vacía que tenía oculta en la cintura y la dejó caer en medio de la mesa. Todos vieron la pistola, hasta que Jūgo rompió el silencio y se dirigió a Morino:
—Si no me equivoco, lo escuché a usted sugerir que se apuntara la pistola hacia la espalda de lady Sakura, ¿no es así?
Las carcajadas fueron ensordecedoras. Sakura, de pie en la puerta con la tetera en las manos, esperó que los hombres se calmaran.
Sirvió el té a Jūgo, apoyó la tetera a un lado y volvió a sentarse. Vio la pistola en el centro de la mesa, pero, al preguntar qué hacía allí no logró ninguna respuesta coherente, pues todos los presentes comenzaron a reír nuevamente.
Nadie dio explicaciones, y Sakura llegó a la conclusión de que alguno de ellos habría contado una broma sucia y les daba vergüenza compartirla con ella.
Sakura estaba dispuesta a reincorporarse a los planes, pero Sasuke la sorprendió sugiriéndole que volviese al dormitorio.
—¿Por qué? —preguntó—. Pensé que íbamos...
—Tienes que empacar tus cosas —dijo Sasuke.
Sakura asintió.
—Quieren seguir contándose bromas sucias —afirmó, antes de marcharse.
Todos ellos le sonrieron como ladrones que contemplaran el botín, y Sakura no supo qué pensar. Los dos guardias la esperaban en el vestíbulo, la ayudaron a cargar los vestidos que Jūgo había colocado en el guardarropa de Sasuke en su propia habitación y luego esperaron fuera mientras ella hacía las maletas. Cuando terminó, se sentó junto a la ventana y comenzó a leer el libro que, dos noches antes, había leído sólo hasta la mitad.
Poco tiempo después, se oyó una tímida llamada a la puerta. Sakura cerró el libro y se puso de pie, en el mismo instante en que Killer B entraba en el cuarto. Fue evidente que Sakura quedó atónita al verlo. El tío llevaba una docena de rosas blancas de tallo largo.
—Son para ti, chica —le aseguró, arrojándole el ramo en los brazos.
—Gracias, tío. Pero ¿qué haces aquí? Pensé que me esperarías en la cabaña.
Killer B le dio un beso en la coronilla.
—Te ves bien, Pagan —musitó, sin hacer el menor caso de sus palabras—. En este día especial, Sasuke tendría que usar mis ropas.
—¿Por qué Sasuke tendría que usar tus ropas? —preguntó la muchacha, muy confundida.
Nunca había visto al tío tan nervioso ni tan preocupado.
—Porque mi camisa es del mismo color que tu hermoso vestido —le explicó B.
—Pero ¿qué tiene que ver...?
—A su debido tiempo, te lo diré –balbuceó B.
La estrechó contra sí, aplastando las flores sin querer, y luego retrocedió.
—Sasuke me pidió casarse contigo, chica.
Tras la afirmación, por las dudas, Killer B retrocedió otro paso esperando la explosión, pero todo lo que hubo fue un delicado encogimiento de hombros. Sin embargo, advirtió que apretaba las flores con fuerza excesiva.
—Cuidado con las espinas, chica —le advirtió.
—¿Qué le dijiste, tío?
—Me lo pidió como se debe —se apresuró a afirmar Killer B—. Podría haberlo hecho hincarse sobre una rodilla —agregó, con un gesto afirmativo—. Y él respondió que, si hacía falta para que yo lo aceptara, lo haría. Lo dijo en voz alta y clara, ante todos mis hombres; sí, lo dijo.
—Pero ¿qué le dijiste? —insistió Sakura.
—Le dije que sí.
En prevención, B retrocedió un poco más. Sakura volvió a encogerse de hombros, caminó hasta la cama y se sentó, poniendo el ramo de rosas sobre la manta, junto a ella.
—Chica, ¿por qué no te enfadas? –preguntó B.
Se frotó el mentón y la observó.
—Sasuke dijo que tal vez te resistieras. ¿No estás enfadada?
—No.
—Entonces ¿de qué se trata? —preguntó.
Se tomó las manos a la espalda, y trató de adivinar las razones:
—Quieres a ese hombre, ¿es eso?
—Lo quiero.
—¿Y entonces? —la instó el tío.
—Tengo miedo, tío.
Lo dijo en un susurro casi inaudible. Y, si bien B la oyó, la confesión lo dejó tan estupefacto que no supo qué decir:
—¡No me digas!
—Sí.
Killer B movió la cabeza.
—Hasta ahora, nunca habías tenido miedo de nada.
La voz del hombre era ronca y cariñosa. Fue hasta la cama, se sentó junto a la sobrina, encima de las flores, y le rodeó los hombros con torpeza.
—¿Qué es lo diferente ahora?
«¡Oh, sí! —quiso gritar la muchacha—. Antes tuve miedo muchas veces... tantas veces que perdí la cuenta.» Claro que no podía decírselo, pues, si lo hacía, el tío creería que le había fallado.
—Es diferente, porque tendré que retirarme del trabajo —dijo, en cambio.
—Sabes que ya es el momento, pues hasta yo me retiré —repuso el tío—. Aunque lo disimulé ante mis hombres, bueno, ya no veo tan bien como antes. Les fastidiaría seguir a un pirata ciego.
—¿Y a quién seguirán?
—A Deidara.
—¿A Deidara?
—Quiere el Emerald. Después de todo, pertenecía a vuestro padre, y él tiene que ocuparse de ese pequeño asunto personal. Será un pirata magnífico, chica. Aprendió a ser realmente malvado.
—Sí, será un gran pirata —admitió—. Pero, tío, yo no soy la clase de mujer que Sasuke quiere.
—Eres la mujer que él quiere.
—Cometeré tantos errores... —murmuró.
Estaba a punto de llorar, pero, para no afligir al tío, se contuvo con valentía.
—No sé hacer todas las cosas que hace una buena esposa. No soy hábil con la aguja, B.
—Sí, es cierto —admitióKiller B con aire lúgubre, recordando la ocasión en que Sakura intentó remendar una media y la cosió al vestido que llevaba.
—No sé bailar —agregó.
Al confesarlo, adoptó un aire tan abatido que B le rodeó los hombros con los brazos y la abrazó.
—Todas las damas elegantes de sociedad saben bailar — concluyó, con un lamento.
—Aprenderás —sentenció B—. Si quieres aprender.
—Oh, sí —afirmó apresuradamente la muchacha—. Siempre quise...
En ese momento, el tono de Sakura era nostálgico, y Killer B no pudo imaginar qué pensaba.
—¿Qué? —preguntó—. ¿Qué es lo que siempre quisiste?
—Pertenecer.
Por la expresión de Killer B era evidente que no entendía.
—¿Ahora piensas que hubieses querido que yo te entregase a lady Utatane? Te habría aceptado, chica. ¡Peleó bastante conmigo! Por ese motivo nos escabullimos muy sigilosamente, en cuanto finalizó el funeral de tu padre. Yo imaginé que volvería con las autoridades y trataría de arrebatarte a mí. No olvides que yo no era tu tutor legal. No obstante, tu papá quería que te sacara de Inglaterra.
—Cumpliste la palabra que le diste a mi padre —comentó la joven—. Fuiste muy honrado.
—¿Eso significa que hubieses preferido que no fuera tan honrado?
Sakura negó con la cabeza. Por primera vez, en todo el tiempo que estuvieron juntos, percibió la vulnerabilidad de Killer B.
—No imagino mi vida sin ti, B. Nunca habría deseado que las cosas fuesen diferentes. Me quisiste como si yo fuese tu propia hija.
Killer B dejó caer el brazo al costado y adoptó un aire derrotado. Sakura le pasó el brazo por los hombros, intentando consolarlo.
—Tío, si bien lady Utatane me habría enseñado todas las reglas, nunca me habría querido como tú. Además, tú me enseñaste reglas mucho más importantes: me enseñaste a sobrevivir.
De inmediato, Killer B se pavoneó:
—Así es —dijo, sonriendo—. Pero tú tenías la fibra: en toda mi vida nunca vi a un ladrón de nacimiento, ni a un mentiroso tan genuino. Estoy muy orgulloso de ti, chica.
—Gracias, tío —respondió Sakura, sonrojándose por el cumplido.
Killer B no solía brindar cumplidos falsos, y la muchacha sabía que era sincero. Pero, al volver al comentario inicial de Sakura, la expresión del viejo se tomó amarga
—¿Y aun así, no sentías que pertenecieras a una familia?Dijiste que querías pertenecer, chica.
—Me refería a ser una buena esposa —mintió—. Eso fue lo que quise decir.
—No hablaste con claridad, muchacha —afirmó Killer B, aliviado—. En lo que a mí se refiere, yo siempre quise ser abuelo.
Sakura comenzó a ruborizarse.
—Tampoco sé cómo tener hijos —gimió.
La intención de Killer fue darle ánimos, y comprendió que había tocado el tema equivocado.
—¡Ninguna mujer lo sabe, hasta que llega el momento, chica! Dime una cosa: ¿amas a Sasuke? Él afirma que sí.
La muchacha eludió la pregunta.
—¿Y si se cansa de mí? Si eso ocurre, me dejará, Killer B –murmuró—. Sé que lo hará.
—No lo hará.
—Necesita tiempo para comprender... –Se interrumpió en mitad de la oración—. Eso es, B. Si el noviazgo es lo bastante prolongado, Sasuke comprenderá que cometió un error. –Sonrió—. Y en ese lapso, en caso de que no se haya equivocado, yo podría aprender todo lo que se me exigirá. Sí, tío, eso es. Sasuke trata de hacer lo correcto, pues es un hombre honrado...
—Vamos, chica —la interrumpió B—. Ese plan tuyo de un noviazgo largo...
—¡Oh, B, es la única solución! —lo interrumpió la muchacha, a su vez—. Insisto: tiene que ser un año. Apuesto a que aceptará de inmediato.
Estaba tan encantada con su propia decisión, que salió corriendo del cuarto. B se acomodó las gafas sobre el puente de la nariz, agarró el ramo, lo metió debajo del brazo, y salió tras la sobrina.
—Espera —le gritó.
—Tengo que hablar con Sasuke enseguida –le contestó Sakura, sobre el hombro—. Estoy segura de que aceptará.
Cuando Killer B llegó al descansillo, la joven ya había llegado al vestíbulo.
—Están en el salón —le gritó B, mientras bajaba torpemente la escalera. Sakura se detuvo bruscamente al abrir las puertas y ver la gente ahí reunida. Killer B la alcanzó y la obligó a apoyar la mano en su brazo.
—Haremos esto como corresponde, chica –le susurró.
—¿Por qué está aquí toda esta gente? —preguntó Sakura. Observó al grupo, y reconoció a todos, menos al hombre calvo que estaba de pie, cerca de las puertas ventanas. Sostenía un libro, y estaba muy enfrascado en una conversación con los duques de Uchiha.
Sasuke, sentado junto al hogar, hablaba con Naruto. Debió de percibir la presencia de Sakura, pues de pronto se volvió, en mitad de una frase, y la miró.
Tenía expresión solemne.
El semblante confundido de Sakura le reveló que la muchacha no entendía bien lo que estaba sucediendo, y Sasuke se preparó para la tormenta que sobrevendría; acercándose a Sakura, la enfrentó.
—No tuve tiempo de terminar de explicarle —dijo Killer B.
—Ya veo —dijo Sasuke—. Sakura, cielo, vamos a...
—Yo se lo diré —insistió Killer B.
Apoyó la mano de Sakura sobre su brazo de tal modo que no pudiese clavarle las uñas, y dijo:
—No habrá un año de noviazgo, chica.
La muchacha siguió contemplándolo con expresión angelical, y Killer B le oprimió la mano con fuerza:
—Pero sí habrá una boda.
Al ver que los ojos de Sakura se tomaban del color de las esmeraldas, Killer B adivinó que comenzaba a entender. Intentó retirar su mano, pero el tío la sujetó.
—¿Cuándo es esa boda? —preguntó la joven, en un susurro bronco.
Antes de responder, Killer B hizo una mueca:
—Ahora.
Sakura abrió la boca para gritar que no, pero Sasuke se le acercó y se interpuso entre ella y los demás presentes.
—Sakura, podemos hacerlo por las buenas o por las malas: tú decides.
Sakura cerró la boca y lo miró, furiosa. Sasuke percibió que estaba muy asustada, casi aterrada. En realidad, temblaba.
—Por las buenas, consiste en que camines hasta donde está el ministro y pronuncies tus votos.
—¿Y por las malas? —preguntó Sakura.
—Yo te arrastro del pelo —le dijo Sasuke.
Al decirlo, procuró acompañar sus palabras con expresión resuelta, que no dejara dudas de que pensaba cumplir.
—De cualquiera de las dos maneras, yo gano, nos casaremos.
—Sasuke...
El temor que vibraba en su voz, oprimió el corazón del hombre.
—Decide —la instó, con voz dura—. ¿Por las buenas o por las malas?
—No dejaré que me abandones —susurró Sakura—. ¡No lo permitiré! Yo te abandonaré primero.
—Chica, ¿qué es lo que balbuceas? –preguntó Killer B.
—Sakura, ¿cuál eliges? —insistió Sasuke, sin hacer caso de la protesta de la muchacha ni de la intervención de Killer B.
Sakura dejó caer los hombros:
—Por las buenas.
Sasuke asintió.
—Yo caminaré con ella hasta el pastor —anunció Killer B—. Deidara –llamó—. Tú ve detrás.
—En un minuto —ordenó Sasuke.
Mientras Sakura temblaba de pánico y Killer B le lanzaba a la duquesa miradas francamente lascivas, Sasuke se acercó a hablar con el ministro. Al terminar, le entregó una hoja de papel.
Por fin, todo estuvo dispuesto. Itachi estaba de pie junto al hermano, apoyado en el brazo de Sasuke. Sakura, al lado de Sasuke, y Killer B tenía que sostenerla.
En primer lugar, Sakura pronunció sus votos, en una ruptura de la tradición que impuso Sasuke. Mientras los repetía, Sasuke no apartaba la mirada de la novia, pero dejó que Sakura mantuviese la vista baja hasta que llegó al final de la letanía. Luego le alzó la barbilla y la obligó a mirarlo.
¡Tenía una expresión tan temerosa, tan vulnerable...! Los ojos le brillaban de lágrimas. ¡Cuánto la amaba! Ansiaba darle el mundo, pero antes tendría que ganarse la confianza de la muchacha.
El pastor cerró el libro, desplegó el papel que tenía en la mano y comenzó a leer:
—¿Prometes permanecer junto a tu esposa mientras dure tu vida? ¿Das tu palabra, ante Dios y estos testigos, de que nunca la abandonarás, hasta que la muerte os separe?
A medida que el ministro hablaba, los ojos de Sakura se dilataban de asombro. Se volvió y vio el papel que sostenía el pastor.
—Lo prometo —murmuró Sasuke, cuando Sakura se volvió otra vez hacia él—. Y ahora, lo último —le indicó Sasuke al ministro.
—Esto es muy irregular —murmuró el hombre, y dijo, dirigiéndose a Sakura—: ¿Y tú, prometes decirle a tu esposo que lo amas, antes de que este día termine?
La sonrisa de la muchacha fue radiante.
—Lo prometo.
—Puede besar a la novia —dijo el ministro.
Sasuke obedeció, gustoso, y, cuando alzó la cabeza, dijo:
—Ahora eres mía.
La atrajo a los brazos y la estrechó con fuerza.
—Nunca cometo dos veces el mismo error, cielo — murmuró.
—No entiendo, Sasuke —replicó Sakura.
Todavía estaba a punto de llorar y se esforzaba por mantener la compostura.
—¿Por qué no hiciste que el ministro me hiciera prometer que no te abandone? ¿No crees que sea capaz de honrar mis votos?
—Yo sé que, una vez que des tu palabra, no la quebrarás —le respondió el hombre—. Pero tienes que darla por tu propia voluntad. Cuando estés dispuesta, me la darás.
No tuvo más tiempo para hablarle, pues comenzaron a acercarse los presentes, a felicitarlos.
En un rincón, con sus hombres, Killer B se enjugaba los ojos con la punta del cinturón. La madre de Sasuke parecía feliz de tener a Sakura en la familia. Desde luego, ignoraba que su flamante nuera era una vulgar ladrona, pensó Sakura.
—¿Tu tío te visitará a menudo? –preguntó Mikoto, tras echar una rápida mirada a Killer B.
—Vive lejos de Inglaterra —le dijo Sakura—. Es probable que sólo venga una vez al año.
Sasuke oyó la última parte de la explicación de Sakura, vio el alivio inmediato en el semblante de la madre y rompió a reír.
—Tu tío pone a mi madre un poco nerviosa —dijo.
—Oh, no es necesario —repuso Sakura—. Killer B es realmente un hombre bondadoso. Quizá si lo conociera un poco mejor...
La propuesta apabulló a la madre de Sasuke, y Sakura no supo qué pensar.
—Hace un rato, esa fue, precisamente, la idea de Killer B —le explicó Sasuke—. Quería conocer mucho mejor a mi madre.
Como Sakura no había presenciado el momento en que B arrastraba a la duquesa por la puerta principal, no entendía por qué la mujer parecía tan horrorizada. Y tampoco entendió por qué Sasuke se divertía tanto.
—Vamos, hijo, este no es momento...
—Lo llamó hijo —balbuceó Sakura—. Y tú le dijiste «madre», ¿no es así?
—Es mi hijo —afirmó Mikoto—. ¿De qué otro modo podría llamarlo, querida? Me dio permiso.
Sakura estaba tan contenta que no podía dejar de sonreír.
—Oh, yo había entendido mal. Creí que él sólo le decía «señora», y que usted nunca le decía hijo. Yo quería que formara parte... sí, me equivoqué.
Ni Sasuke ni la madre la corrigieron y se sonrieron uno al otro.
—¿Dónde está Fugaku? —preguntó de pronto Mikoto—. Killer B se acerca hacia aquí.
La duquesa se alzó las faldas y fue corriendo hacia el sitio en que estaba el esposo, antes de que Sasuke o Sakura pudiesen detenerla.
—¿Estabas preocupada de que yo no perteneciera a la familia? —susurró Sasuke.
Sakura adoptó una expresión de incomodidad:
—Todos tendríamos que pertenecer a alguien, Sasuke, hasta tú.
Killer B le arrojó el ramo de flores.
—Chica, estas serán las últimas rosas que Omoi buscará para ti, de modo que disfrútalas.
Creyó que había hablado con aspereza y, para suavizarlo, le besó la frente. Luego se dirigió a Sasuke:
—Necesito hablar contigo acerca de los planes para el incendio del buque –dijo—. Mañana tiene que estar terminado de pintar.
—Si me disculpan, quiero hablar con Deidara —dijo Sakura.
Vio que el hermano estaba solo, en la terraza.
Sasuke, si bien escuchaba cómo Killer B delineaba el plan, no quitaba la vista de la novia. De frente al hermano, Sakura habló con él largo rato, mientras Deidara asentía a menudo, con expresión seria. Pareció asombrado cuando Sakura sacó una rosa del ramo y se la entregó.
El joven negó con la cabeza, la muchacha asintió.
Luego le sonrió a la hermana, aceptó la rosa y abrazó a Sakura.
Por primera vez desde que Sasuke conociera a Deidara, lo veía como en realidad era. En ese momento, estaba con la guardia baja, y la expresión mientras abrazaba a la hermana desbordaba amor.
Sasuke no se inmiscuyó. Esperó a que Sakura se apartara de Deidara y se acercase a él.
Killer B y sus hombres miraban a Deidara, y cuando el hermano de Sakura alzó la rosa en el aire resonó un estallido de alegría. Los hombres se acercaron a Deidara. Omoi y Darui le palmearon la espalda.
—¿De qué se trata esto? —preguntó Sasuke a Sakura.
La rodeó con el brazo y la acercó a sí.
—Le di a Deidara un regalo de bodas —le dijo la pelirosa.
Los ojos de Sakura chispeaban de picardía, y Sasuke se distrajo por el súbito deseo de besarla.
—¿Y bien? —preguntó Sakura, al ver que la miraba con tanta intensidad—. ¿No quieres saber qué es?
—Una rosa —murmuró el pelinegro, inclinándose y dándole un beso en la frente—. Mi amor, vayamos arriba unos minutos.
La ansiedad de su voz y la expresión de su rostro quitaron el aliento a Sakura.
—No podemos –susurró la muchacha—. Tenemos invitados. Y tenemos que ir a Londres —agregó, con gesto enfático.
Sasuke soltó un prolongado suspiro.
—Entonces deja de mirarme así.
—¿De qué modo?
—Como si tú también quisieras ir arriba.
Sakura sonrió.
—Sí, quiero.
Entonces el hombre la besó como tenía ganas de hacerlo, usando la lengua en el juego erótico, y, por unos instantes, imaginó que estaban solos.
Cuando Sasuke volvió a alzar la cabeza, Sakura estaba lánguida como una lechuga. ¡Señor, cómo le gustaba el modo en que la mujer le respondía!
Recordó la promesa que Sakura había hecho ante el ministro:
—Sakura, ¿no hay nada que quieras decirme? —la instó con suavidad, cuando los ojos de la muchacha se aclararon otra vez.
—Sí —murmuró—. Quiero decirte que le di a Deidara una rosa blanca.
La expresión de Sakura era tan sincera que Sasuke supo que hablaba en serio y que tendría que esperar a que estuviesen solos para insistir en que le dijera que lo amaba. ¡Maldición, necesitaba oírselo decir!
—Sasuke, ¿entiendes lo que eso significa?
El hombre negó con la cabeza.
—Le di mi nombre —aclaró la joven.
Sasuke seguía sin entender.
—Cielo, parecerá muy estúpido respondiendo a tu nombre.
—Pagan.
—¿Qué?
Al ver que Sasuke estaba dispuesto a discutir, Sakura asintió.
—Ahora, Deidara será Pagan. Ése fue mi regalo.
Pareció tan complacida que Sasuke se sintió culpable por discutirle.
—Sakura, Pagan tiene que morir, ¿recuerdas?
—Sólo por un tiempo —replicó la joven—. Los hombres tienen un nuevo jefe, Sasuke, y Deidara quiere el Emerald. Tiene un asunto de qué ocuparse.
—¿Qué asunto?
—Tiene que ir a buscar a su novia.
Por fin, Sasuke reaccionó. Quedó atónito.
—¿Deidara está casado?
—Desde que tenía catorce años –respondió Sakura—. Por orden del rey.
—¿Dónde está la esposa?
Encantada con la perplejidad del esposo, Sakura rió:
—Ése es el asunto del que tiene que ocuparse, Sasuke.
El hombre comenzó a reír.
—¿Quieres decir que Deidara perdió a la esposa?
—No exactamente: ella huyó de él. ¿Ahora puedes entender por qué está siempre de mal humor?
Sasuke asintió.
—Mi amor, ¿cuántos secretos más tienes aún para compartir conmigo?
No tuvo tiempo de reflexionar la respuesta, pues sir Morino los interrumpió para recordarles que era hora de partir hacia Londres.
—Sakura, será mejor que te pongas la ropa de montar –le indicó Sasuke—. No iremos en el coche.
Sakura asintió, se apresuró a despedirse y fue arriba, a cambiarse. Jūgo llevó abajo el bolso y se lo dio al jefe de los establos, para que lo sujetase en la trasera del caballo.
Sasuke estaba colocándose la chaqueta cuando Sakura entró en la habitación. El hombre ya se había puesto unos pantalones ajustados del color de los ciervos y unas botas castaño oscuro. Llevaba la misma camisa blanca, pero se había quitado la corbata.
—Estoy lista —le dijo Sakura desde la puerta.
—Es una forma extraña de comenzar nuestro matrimonio —musitó Sasuke.
—Podríamos haber esperado —repuso Sakura.
Sasuke negó con la cabeza.
—No, no podíamos esperar.
—Sasuke, ¿por qué no podemos viajar en el coche?
—Tomaremos el camino de atrás, a través del bosque, comenzando en sentido opuesto y luego dando un rodeo. Tendremos que entrar en Londres a hurtadillas, cariño.
La muchacha sonrió:
—Igual que Orochimaru —afirmó.
Sasuke deslizó el cuchillo largo dentro de una de las botas, atento a lo que hacía, y preguntó:
—¿Quién es Orochimaru?
—El sujeto que me dio los latigazos —respondió Sakura—. Sasuke, no olvides la pistola.
—No la olvidaré —respondió, mirándola otra vez—. ¿Orochimaru es el canalla que te marcó?
—Sasuke, no te enfades, fue hace mucho tiempo.
—¿Cuánto tiempo?
—Oh, en aquel entonces yo tenía ocho o nueve años. Killer B se ocupó de Orochimaru. Y para mí constituyó una buena lección —agregó, al ver que la expresión del esposo se tornaba asesina.
—¿Qué lección?
—Orochimaru me sorprendió por detrás. Después, cada vez que Killer B se iba, las últimas palabras que me decía siempre eran «Recuerda a Orochimaru». Era una advertencia de que tenía que estar atenta, ¿entiendes?
«¿Qué clase de infancia fue esa?», se preguntó el hombre, procurando disimular su furia.
—¿Y con cuánta frecuencia Killer B te dejaba sola? — preguntó, en tono calmo.
Hasta se volvió hacia el guardarropa, para que Sakura no le viese la expresión.
—Oh, todo el tiempo —respondió la muchacha—. Hasta que yo tuve edad suficiente para ayudar, claro. Desde entonces, fui con él. Sasuke, es conveniente que te apresures. Sir Morino debe de estar impaciente. Iré abajo.
—Ven aquí, Sakura.
La expresión de Sasuke era solemne, y el tono, un murmullo ronco, actitudes que confundieron a Sakura. Se acercó y se detuvo frente a él.
—Sí, Sasuke.
—Además de Orochimaru, quiero que recuerdes otra cosa.
—¿Qué?
—Te amo.
—Nunca podría olvidar que me amas.
Se estiró y le acarició con suavidad la mejilla con las yemas de los dedos. Intentó besarlo, pero el hombre negó con la cabeza.
—También quiero que recuerdes algo más —murmuró—.Recuerda que me prometiste que nunca, jamás, volverías al mar.
Los ojos de Sakura se dilataron.
—Pero yo no te prometí...
—Entonces promételo ahora —le exigió Sasuke.
—Lo prometo.
Se la veía estupefacta, y a Sasuke lo satisfizo esa reacción:
—Le diré a Killer B que, si quiere verte, tendrá que venir a Inglaterra. No iremos a donde él está. También le diré que te obligué a prometerlo: eso no lo discutirá.
—¿Cuánto hace que lo sabes, Sasuke?
—¿Que le temes al agua?
Sakura asintió con timidez.
—Desde que sufriste la primera pesadilla –le dijo Sasuke, tomándola entre los brazos—. Te preocupaba, ¿no?
—Un poco —murmuró—. No, Sasuke, no un poco: estaba aterrorizada. Killer B no podría entenderlo.
Se produjo un tenso silencio, y luego Sakura murmuró:
—Sasuke, ¿me consideras una cobarde por tenerle miedo al agua?
—¿Tienes que preguntármelo? Sakura, ¿acaso no conoces ya la respuesta?
La muchacha sonrió.
—No, no me consideras una cobarde. Lamento haberte ofendido con semejante pregunta. Sucede que no estoy acostumbrada a admitir...
—Cariño, si hubiese pasado por el terror que tú sufriste, ni el mismo Poseidón querría volver al agua.
Sakura comenzó a reír y a llorar al mismo tiempo. El alivio que sintió cuando Sasuke le quitó ese peso de encima fue tan inmenso que la aturdió.
—Deidara es más fuerte que yo. Él volverá al agua.
—Mi amor, Deidara no es humano, de modo que eso no cuenta —repuso Sasuke.
—Oh, ya lo creo que es humano. Si te cuento un secreto, ¿lo guardarás? ¿No torturarás a mi hermano con...?
—Lo prometo.
—Deidara se marea.
Sasuke rió.
—¡Será un estupendo pirata, pues! —dijo, marcando las palabras.
—Te amo.
Sakura balbuceó la confesión, con el rostro oculto en las solapas de la chaqueta del hombre. La risa de Sasuke se cortó de inmediato.
—¿Dijiste algo? —preguntó, fingiendo que no la había oído.
Le hizo alzar la barbilla y la miró a los ojos.
Le llevó mucho tiempo y todo el coraje que poseía hallar otra vez las palabras.
Se le cerró la garganta, el corazón le golpeó, salvaje, dentro del pecho, y se le formó un nudo en el estómago.
Si Sasuke no la hubiese ayudado, no habría sido capaz de decirlo. El semblante del hombre estaba tan desbordante de amor, que hizo desvanecer parte del pánico.
—Te amo.
Sasuke se sintió aliviado, hasta que Jade comenzó a llorar otra vez.
—¿Tan difícil te resultó decirme que me amabas?
—Sí —murmuró la muchacha, mientras Sasuke la besaba para que dejara de llorar—. No estoy habituada en absoluto a revelar lo que guarda mi corazón. No me gusta nada.
Si no hubiese sido porque el aspecto de Sakura era tan vulnerable, Sasuke se habría reído. En cambio, la besó.
—La primera vez, tampoco te gustó hacer el amor –le recordó, antes de besar otra vez esa boca tan dulce.
Cuando se separaron, los dos temblaban. Sasuke la habría arrastrado a la cama, si no los hubiese interrumpido el grito de sir Morino.
Suspiraron al unísono.
—Vamos, cielo. Es hora de irnos.
Se encaminó hacia la puerta, llevándola de la mano. Naruto y Morino los esperaban en el vestíbulo. La hora de las frivolidades quedó atrás. En silencio, caminaron hacia la linde del bosque, donde Darui y Omoi los esperaban con los caballos.
Sasuke tomó la delantera. Lo seguía Sakura, y Naruto le cuidaba la espalda. A la retaguardia, iba sir Morino. Sasuke se mostró cauteloso hasta el fanatismo. La única ocasión en que se detuvieron para descansar, fue cuando retrocedió sobre sus pasos, para asegurarse de que no los seguían. Pero a Sakura no le molestó. Al contrario, las precauciones la reconfortaban.
Cada vez que Sasuke se alejaba, Naruto se quedaba junto a la muchacha. Y cada vez que le dirigía la palabra, se refería a su propio archivo. Era evidente que lo afligía la posibilidad de que alguna otra persona lo hubiese leído.
Sakura le sugirió que robara su propio archivo, para poder quedarse tranquilo, pero Naruto negó con la cabeza. Disimulando la sonrisa, le explicó que no sería ético. Por otra parte, podría llegar la ocasión en que alguien le preguntara sobre alguna misión. Por lo tanto, el archivo no podía ser destruido ni robado, pues la verdad constituía su protección.
Cuando llegaron a los suburbios mismos de Londres, el sol se ponía. La larga cabalgata había fatigado a Sakura, y no protestó cuando Sasuke la tomó en el regazo. Viajó el resto del trayecto rodeada por los brazos del esposo. Y todo el tiempo pensó que Sasuke era un hombre sólido, fiable, en el cual una mujer podía apoyarse.
Cuando llegaron a la casa de la ciudad, Sakura estaba adormeciéndose. Sasuke entró el primero, mandó a dormir a los criados, y llevó a Sakura a la biblioteca. En la atmósfera del cuarto aún se percibía el olor a humo, y la mayor parte de las paredes estaban ennegrecidas, pero los criados habían trabajado mucho reparando el daño. La casa estaba en condiciones de albergarlos.
Cuando Naruto y Morino se reunieron con Sakura y Sasuke, Morino dijo:
—Saldremos cuando oscurezca del todo.
—Sería más seguro si esperamos hasta la medianoche —dijo Sakura—. Hasta esa hora, hay dos guardias.
—¿Y qué sucede a medianoche? –preguntó Morino.
—Durante el resto de la noche, queda un solo guardia. Se llama Peter Kently, y cuando toma la guardia, ya está medio ebrio. Si esperamos media hora, habrá terminado la botella y estará profundamente dormido.
Sir Morino la miró con la boca abierta.
—¿Cómo lo sabe...?
—Sir, si uno quiere tener éxito, debe de estar preparado para cualquier eventualidad —le dijo Sakura.
Mientras sir Morino blasfemaba por la falta de moral de los trabajadores del gobierno, Naruto le preguntó a Sakura acerca de las cerraduras:
—La de la puerta de atrás es una obra de arte —afirmó la muchacha.
Los ojos le brillaban de alegría, pues era evidente que el tema la entusiasmaba.
—¿Una obra de arte? —preguntó Sasuke, sonriendo ante el entusiasmo de la joven.
—Difícil —aclaró Sakura.
Sir Morino se envalentonó.
—Bueno, gracias a Dios hay algo satisfactorio.
La muchacha lo miró con simpatía:
—Difícil, sir Morino, pero no imposible. No olvide que yo entré.
Pareció tan abatido que la muchacha se apresuró a agregar:
—Me llevó mucho tiempo esa primera vez. Las cerraduras dobles son bastante engañosas.
—Pero no imposibles —intervino Naruto—. Sakura, ¿cuánto tiempo te llevó esa primera vez?
—Oh, cinco... quizás hasta seis minutos.
Morino ocultó el rostro entre las manos. Sakura intentó consolarlo.
—Vamos, vamos, sir Morino. No es tan terrible. ¡Si me llevó casi una hora entrar en el refugio interno, donde se guardan los archivos cerrados!
Al parecer, el director no quería que lo consolara. Sakura dejó que los hombres hicieran planes y fue a la cocina en busca de algo para comer. Regresó a la biblioteca con un surtido de alimentos. Comieron manzanas, queso, cordero frío, pan del día anterior y cerveza negra. Sakura se quitó las botas, se acurrucó y se quedó dormida.
Los hombres hablaron en voz baja sobre el Tribunal. Varias horas más tarde, cuando Sakura se despertó, vio que Sasuke estaba releyendo las cartas que ella había copiado.
Con una concentración absoluta, tenía una expresión perpleja, y, al ver que sonreía y se reclinaba en la silla, pensó que debía haber resuelto el problema que lo preocupaba, cualquiera fuese.
—Sasuke, ¿llegaste a alguna conclusión? –le preguntó.
—Estoy llegando —respondió Sasuke, en tono alegre.
—Lo haces con lógica y método, ¿no es así?
—Es un individuo muy lógico —le dijo Sakura a Naruto y a sir Morino.
A juicio de Sasuke, lo dijo como si lo disculpase por un defecto.
—No puede evitarlo —añadió—. Por otra parte, es muy confiado.
—¿Confiado? —Naruto estalló en carcajadas—. No hablarás en serio, Sakura. Sasuke es uno de los individuos más cínicos de Inglaterra.
—Ése es un rasgo que desarrollé estando contigo —le dijo Sasuke, arrastrando las palabras.
Los comentarios de Naruto asombraron a Sakura, pues parecía muy convencido. Sir Morino también asentía. Sakura giró, le sonrió a Sasuke y dijo:
—En estas circunstancias, me honra que confíes en mí.
—Tanto como tú confías en mí, cielo —le respondió el marido.
La mujer lo miró, ceñuda:
—¿Y eso qué significa? —preguntó—. ¿Es un insulto?
Sasuke rió. Sakura se volvió hacia Naruto.
—¿Tienes idea de lo enloquecedor que es estar casada con alguien que siempre es tan lógico?
Sasuke respondió:
—No tengo la menor idea.
La joven prefirió cambiar de tema. Apoyó los pies en el suelo, haciendo una mueca pues el movimiento le causó dolor en el trasero. Si hubiese estado sola, habría lanzado un quejido muy poco femenino.
—No estoy acostumbrada a cabalgar tantas horas —confesó.
—Hoy lo hiciste bien —la elogió Naruto, volviéndose luego hacia Sasuke—. Cuando esto termine, Temari y yo haremos una recepción para vosotros dos.
—Eso sería estupendo —comentó Sasuke—. ¿Sabes, Naruto?: Temari y Sakura son bastante parecidas.
—¿Ella también es ladrona? –preguntó Sakura, sin poder contenerse, con voz desbordante de entusiasmo—. Desde el principio, nos llevamos muy bien. No me extraña...
—Lamento tener que desilusionarte, mi amor, pero Temari no es una ladrona —dijo Sasuke.
Sakura exhibió una expresión abatida, y Naruto rió.
—Sakura, Temari tampoco es muy lógica. Proviene de una familia poco común: podría enseñarte toda clase de cosas.
—¡Que Dios nos ampare! —exclamó Sasuke, que estaba muy familiarizado con la crianza poco común de lady Temari.
La esposa de Naruto se había criado en la zona salvaje de América, con una de las tribus Dakotas.
Sakura interpretó mal la reacción de Sasuke.
—Sasuke, estoy segura de que aprenderé con rapidez. Si me aplico, puedo aprender cualquier cosa que Temari quiera enseñarme.
No le dio tiempo de discutir.
—Iré a cambiarme la ropa. Pronto tendremos que partir.
Mientras salía, Sakura vio que Sasuke miraba ceñudo a Naruto. Rápidamente, se puso el vestido negro y llevó la capa. La capucha ocultaría su cabello, de color rosa tan brillante bajo la luz de las lámparas.
Caminaron casi todo el trayecto hasta la Oficina de Guerra. El edificio estaba en el otro extremo de la ciudad, pero sólo cubrieron la mitad de la distancia en un coche de alquiler. Cuando llegaron al callejón detrás del edificio, Sakura se puso junto a Sasuke. Le tomó de la mano y contempló el piso alto de la estructura de ladrillos.
—Sasuke, hay algo que no está bien.
—¿Qué? —le preguntó sir Morino, desde atrás—. Querida, ¿es su instinto o...?
—Hay luz en la tercera ventana, desde la derecha –explicó—. No debería haber ninguna luz.
—Quizás el guardia de la entrada...
—La entrada está del otro lado —lo interrumpió Sakura—. Esa luz viene de la oficina interna.
Sasuke se volvió hacia Naruto.
—Si hay alguien revisando los archivos, cuando se marche, lo hará por la puerta trasera.
—Cuando lo haga, déjenlo pasar —indicó sir Morino—. Yo lo seguiré.
—¿Quiere que vaya con usted? –preguntó Naruto—. Si hay más de uno...
Morino negó con la cabeza.
—Veré quién es el jefe y lo seguiré. Tú haces falta aquí. Nos encontraremos otra vez en la casa de Sasuke, a la hora que sea.
Se pusieron en la sombra, a buena distancia de la puerta trasera, y esperaron pacientemente. Sasuke rodeó los hombros de Sakura con un brazo y la estrechó.
—Sasuke, ¿no quieres que me quede aquí, contigo? — murmuró la muchacha cuando el apretón se hizo casi doloroso.
—No, no quiero que te quedes aquí —respondió—. Sakura, si adentro hay problemas...
—Naruto se ocupará de eso —lo interrumpió, antes de que pudiese terminar el pensamiento—. Si hace falta matar a alguien, ¡Dios no lo permita!, prefiero que sea Naruto el que lo haga. Está acostumbrado.
Naruto la escuchó y alzó una ceja, preguntándose si habría leído completo el archivo de Sasuke. De hecho, este era tan capaz como Naruto.
En cuanto la puerta trasera chirrió, cesaron los murmullos. Vieron cómo dos hombres se escabullían afuera. A la luz de la luna, Sakura les vio con claridad la cara y no pudo contener una exclamación. Sasuke le tapó la boca con la mano.
El segundo hombre se dio la vuelta y cerró la puerta con llave. «¿Cómo habrá conseguido las llaves?», se preguntó Sakura. Guardó silencio hasta que los hombres doblaron la esquina. Sir Morino fue tras ellos.
Entonces giró hacia Sasuke.
—La seguridad es deplorable —le murmuró Sakura.
—Sí —convino el hombre—. Los reconociste, ¿verdad?
La joven asintió.
—Son los dos sujetos que destruyeron el coche de Deidara. El más grande es el que me golpeó en la cabeza.
El semblante del esposo la asustó: creyó que podría ir tras ellos en ese mismo momento.
—Sasuke, por favor, sé lógico ahora. No puedes perseguirlos.
Sasuke se irritó.
—Esperaré —dijo—. Pero cuando esto termine...
No terminó la frase, sino que la tomó de la mano y la llevó hacia la puerta. Con la herramienta especial que le había regalado Killer B cuando cumplió diez años, podía abrir la cerradura en instantes. La segunda cerradura le llevó muy poco tiempo más.
Naruto entró primero, Sakura lo siguió, y Sasuke fue a la retaguardia. La muchacha apartó a Naruto y tomó la delantera. Subieron al tercer piso por la escalera de atrás. Sakura recordó el chirrido del cuarto escalón del segundo tramo de escaleras, les hizo señas de que lo evitaran, y luego sintió las manos de Naruto en la cintura. Se dio la vuelta para sonreírle, en agradecimiento.
El guarda no dormía en su puesto, tras el escritorio, en la oficina externa: estaba muerto. Sakura vio el mango del cuchillo que sobresalía entre los hombros y se apresuró a retroceder. De inmediato, Sasuke le cubrió otra vez la boca con la mano, pues creyó que gritaría.
A través del cristal de la puerta, vieron dos sombras. Sasuke empujó a Sakura hacia un rincón, le hizo señas de que se quedara allí, y siguió a Naruto al interior de la oficina. «Serían unos ladrones magníficos», pensó. Pero demoraban mucho. Se quedó ahí, con la espalda apoyada contra el muro frío, retorciéndose las manos mientras aguardaba. «Si algo le pasa a Sasuke –pensó—, no sé qué haré... Hasta que tenga que dejarlo, claro – precisó—. Que Dios me ayude: lo necesito.» No supo que tenía los ojos cerrados, hasta que sintió la mano de Sasuke sobre el hombro.
—Vamos, ya estamos solos.
—¿Y los hombres que estaban ahí dentro? —murmuró Sakura—. Y baja la voz, por favor. Ahora estamos trabajando.
Sasuke no le respondió. Sakura entró tras él en la oficina interna, arrojó la capa sobre el escritorio más próximo, mientras Naruto encendía una vela más.
En ese momento, vio a los dos hombres, en un rincón, y no pudo contener una exclamación.
—¿Están muertos? —preguntó.
No podía apartar la vista de los dos cuerpos tirados uno encima de otro, y Sasuke se interpuso para ocultarle el espectáculo.
—No —dijo.
El alivio de la muchacha fue evidente.
—Sakura, ¿acaso ninguno de tus hombres nunca tuvo que...
—¡Por cierto que no! —lo cortó—. Yo los habría desollado. Estaba prohibido matar. Y basta de hablar tanto, Sasuke. Tienes que darte prisa. Si se despiertan, darán la alarma.
—No se despertarán por un buen tiempo —dijo Sasuke. Acercó una silla y, con gentileza, la instó a sentarse.
—Tú descansa. Esto llevará tiempo.
—¿Descansar durante el trabajo? ¡Ni pensarlo!
Sakura pareció escandalizada ante la propuesta.
—Falta el archivo de Momochi —dijo Naruto, atrayendo la atención de los dos.
Estaba inclinado sobre el cajón del archivo, con una amplia sonrisa:
—Interesante, ¿no creéis?
—Sin duda, a los que encienden las lámparas también les parecerá interesante —le espetó Sakura—. Naruto, baja la voz.
—Sí, es interesante —dijo Sasuke en voz queda, en respuesta al comentario de Naruto.
—¿Podemos irnos ya? —preguntó Sakura, echando otra mirada a los dos hombres tirados.
—Sakura, ¿por qué estás tan nerviosa? —preguntó Sasuke—. Ya estuviste dentro de este cuarto y saliste de él varias veces —le recordó.
—En aquel momento trabajaba con profesionales.
Naruto y Sasuke sonrieron.
—Está preocupada por nosotros —dijo Naruto.
—No —replicó Sasuke—. Si fuese así, sería ofensivo...
Sakura no podía creer que, en un momento como ese, estuviera provocándola.
—Claro que estoy preocupada. Vosotros dos no sois siquiera buenos aprendices. Hasta un imbécil sabría que no es momento para charlas banales. Sigamos adelante.
—Está insultándonos —dijo Naruto, entre dientes.
Comenzó a reírse, pero la expresión severa de la muchacha lo hizo cambiar de actitud.
Los hombres se pusieron serios y trabajaron con ciertos archivos varias horas. Sakura no los interrumpió. Tampoco se atrevió a descansar, pues estaba resuelta a permanecer en guardia, por si aparecían intrusos.
—Muy bien, terminamos —anunció Sasuke, cerrando de un golpe el último archivo.
Sakura se levantó y se acercó al cajón. Sacó la carpeta de manos de Sasuke, se dio la vuelta y la colocó en su lugar. De espaldas a los hombres, en breves instantes sacó los gruesos archivos de Sasuke y de Naruto.
Giró, decidida a resolver las cosas en ese mismo momento si emitían una palabra de protesta, pero la suerte estaba de su lado, pues los dos ya habían salido a la oficina exterior.
—¿No les revisaréis los bolsillos? —preguntó, señalando a los hombres desmayados.
—Ya lo hicimos —respondió Sasuke.
Sakura envolvió los archivos en la capa. Apagó las velas y bajó las escaleras siguiendo a los hombres. Estaban solos en el edificio, y supuso que ya no necesitaban guardar silencio. Los tres se turnaron para lanzar una serie de maldiciones, y Sakura notó que las de Sasuke eran tan pintorescas como las de Naruto.
—Nunca más os llevaré a otra misión, a ninguno de los dos. No me asombraría que las autoridades estuviesen esperándonos fuera.
Ni Sasuke ni Naruto hicieron caso de sus sermones y, de todos modos, Sakura pronto se cansó.
Sir Morino los aguardaba en el callejón.
—A cuatro manzanas de aquí nos espera un coche de alquiler —les dijo, para luego darse la vuelta y guiarlos.
Sakura tropezó cuando daban la vuelta a la esquina, y Naruto la sostuvo y la alzó en brazos. La joven pensó que podría palpar las carpetas cuando la pasara a los brazos de Sasuke, pero al ver que le sonreía, se daba la vuelta y ocupaba la retaguardia, comprendió que a fin de cuentas no lo había notado.
Se quedó dormida en el coche, con la capa abrazada contra el pecho. Era un gran alivio no tener que preocuparse. En tanto Sasuke estuviese cerca, se sentía segura, protegida. Por primera vez en mucho tiempo, no tuvo que recordar a Orochimaru. Sasuke estaría alerta por los dos. Desde luego, jamás sería un buen ladrón, pero por cierto no permitiría que los Orochimaru de este mundo los sorprendiesen.
Cuando se despertó, se encontró en la cama de Sasuke, y este intentaba quitarle la capa.
—¿Están esperándote abajo? —preguntó, con un susurro adormilado.
—Sí. Cariño, deja que te ayude a...
—Puedo desvestirme sola —dijo Sakura—. ¿Me necesitas...
Estaba a punto de preguntarle si necesitaba que fuese abajo con él, pero el esposo la interrumpió.
—Siempre te necesitaré, Sakura. Te amo.
Se inclinó y la besó:
—Duérmete, cielo. Volveré en cuanto terminemos.
—No quiero necesitarte.
Se le escapó la confesión, en un tono cargado de pánico, y la sonrisa de Sasuke fue casi compasiva:
—Lo sé, mi amor, pero me necesitas. Ahora, duérmete.
Aun sin entender por qué, la aparente contradicción de Sasuke la reconfortó. Era tan seguro de sí mismo, tan confiado, que no podía menos que admirarlo por esa característica.
Sakura lanzó un suspiro. En ese momento, estaba demasiado fatigada para pensar en el futuro. Escondió las carpetas, se desvistió y volvió a caer en la cama. Pensó que quizá tuviese otra vez la espantosa pesadilla y comprendió que ya no la aterraba tanto como antes.
Se durmió acariciando la promesa que le dio a Sasuke: nunca volvería al mar.
Sasuke no volvió a la cama hasta las siete de la mañana. Sakura abrió los ojos el tiempo suficiente para ver cómo apartaba las mantas y se tendía junto a ella. La alzó contra su costado, el brazo rodeando estrechamente la cintura de la mujer, y, antes de que Sakura pudiese acomodarse otra vez, estaba dormido como un tronco. Sakura bajó alrededor del mediodía, se presentó al personal de la casa ciudadana de Sasuke y fue al comedor a desayunar.
De súbito, Sasuke apareció en la entrada, ataviado sólo con un par de pantalones de color claro. Tenía aspecto de agotado y también enfadado y cuando le hizo señas con el dedo curvado, prefirió no discutirle.
—Ven aquí, Sakura.
—Sasuke, ¿te levantaste del lado equivocado de la cama? —le preguntó, acercándose para hacerle frente—. ¿O siempre estás tan irritado cuando te levantas?
—Pensé que te habías ido.
La confesión le hizo abrir grandes los ojos, pero no tuvo tiempo de pensarlo mucho. Sasuke la levantó en brazos y la llevó otra vez arriba. Sakura comprendió lo furioso que estaba cuando vio que se le contraía un músculo de la mandíbula.
—Sasuke, no te abandoné —murrnuró, estirando la mano para acariciarle la mejilla y sonriendo al sentir el atisbo de barba—. Esposo, necesitas afeitarte.
—Es cierto: soy tu esposo —confirmó, entre dientes.
La arrojó sobre la cama, se quitó los pantalones y se tendió junto a ella, boca abajo, con el brazo aferrado a la cintura de la esposa. Sakura estaba totalmente vestida. Sasuke, desnudo.
Lo absurdo de la situación habría hecho reír a Sakura, si no hubiese comprendido a fondo lo que el hombre acababa de afirmar. ¿Cómo se atrevía a desconfiar de ella? Se puso furiosa. También le habría dicho lo que pensaba si no estuviese tan apacible, pero no tuvo ánimo de despertarlo.
La discusión tendría que esperar hasta más tarde. Cerró los ojos, eligió un libro en su memoria y lo releyó mentalmente mientras esperaba con toda paciencia que Sasuke descansara cuanto necesitaba.
El hombre no se movió hasta las dos de la tarde, y entonces estaba de mucho mejor humor. Le sonrió, y Sakura, en cambio, lo miró enfurruñada.
—¿Por qué no confías en mí? —le espetó.
Sasuke se puso de espaldas, colocó las manos tras la cabeza y lanzó un sonoro bostezo.
—Quítate la ropa, cariño —murmuró—. Luego lo discutiremos.
La mirada de Sakura lo recorrió, hasta la flagrante erección, y se ruborizó.
—Sasuke, creo que tenemos que discutirlo ahora —tartamudeó.
El hombre la puso encima de él, la besó con pasión y le ordenó otra vez que se quitara la ropa. Por extraño que pareciera, ya no le importó obedecerlo. Era un hombre muy persuasivo. También exigente. Antes de que él derramara su simiente, Sakura tuvo dos orgasmos.
Cuando al fin Sasuke se apartó, la mujer casi no podía moverse.
—¿Qué era lo que querías discutir?
No pudo recordarlo. Les llevó otra hora vestirse, pues se interrumpían para besarse. Sólo cuando estaban bajando la escalera, Sakura recordó por qué quería regañarlo.
—¿Acaso no te lo demostré? —le preguntó Sakura—. Tendrías que confiar en mi desde el fondo del corazón.
—Tú no confías en mí —replicó el esposo—. Funciona en ambos sentidos, Sakura. De lo contrario, no sirve. Dejaste sentado que me abandonarías a la primera oportunidad. ¿No es así, mi amor?
Se detuvo en el último escalón y se volvió a mirarla. Los ojos de ambos estaban a la misma altura, y vio que los de la esposa estaban llenos de lágrimas.
—No quiero hablar de eso ahora —afirmó, esforzándose por mantener la compostura—. Tengo hambre, y...
—Te pone nerviosa, ¿no es cierto, esposa?
—No entiendo qué quieres decir –repuso Sakura, con voz temblorosa—. ¿Cómo, nerviosa?
—En el fondo de esa mente caótica que tienes, yace la posibilidad de que yo podría dejarte –le aclaró—. Como lo hicieron Deidara y Killer B. Todavía tienes miedo.
—¿Que tengo miedo, dices? —balbuceó.
Sasuke asintió.
—Tienes miedo de mí.
Sasuke estaba seguro de que le discutiría, pero lo sorprendió con un gesto afirmativo.
—Sí, me das mucho miedo –admitió—. Y puedo decirte que esa sensación no me gusta nada. Me hace sentir...
—¿Vulnerable?
Asintió otra vez, y Sasuke lanzó un suspiro.
—Muy bien. ¿Cuánto tiempo crees que te llevará perder el miedo?
La expresión de Sasuke era solemne, y la voz, suave.
—¿Cuánto tiempo hasta que te canses de mí? —preguntó la muchacha, con evidente temor.
—¿Acaso me interpretas mal adrede?
—No.
—Entonces, en respuesta a tu absurda pregunta: nunca me cansaré de ti. Y ahora dime cuánto tiempo te llevará confiar en mí —repitió.
La voz ya no era suave, sino tan dura y resuelta como la expresión.
—Te dije que te amo —murmuró la mujer.
—Sí, lo dijiste.
—Ofrecí mis votos ante ti y ante Dios.
El tono de Sakura había subido una octava, y el pánico y la inseguridad eran perceptibles.
—Bueno, ¿qué más quieres de mí?
Lo dijo gritando y retorciéndose las manos, y Sasuke comprendió que todavía no estaba lista para rendirse por completo. Se sintió un ogro por intimidarla.
—Sakura...
—Sasuke, no quiero dejarte —balbuceó—. Confío en ti. Sí. Sé que me mantendrás a salvo. Sé que me amas, pero aún hay una parte de mí que...
Se interrumpió, bajó la vista y dejó caer los hombros, derrotada.
—En ocasiones, los sentimientos encerrados dentro de mí desde que soy una niña me impiden comportarme de manera lógica —admitió, después de una prolongada pausa—. Supongo que tienes razón: no soy lógica en relación con esto, ¿no?
Sasuke la atrajo a sus brazos y la estrechó. El abrazo fue más en beneficio del propio Sasuke que de ella, pues ya no soportaba la angustia en los ojos de la mujer.
—Cielo, quiero decirte algo. La primera vez que intentaste dejarme... cuando Killer B me dijo que te habías ido, sentí pánico. Hasta entonces, nunca había sentido algo así, y te aseguro que lo detesté. Ahora comienzo a comprender que tú viviste con ese sentimiento largo tiempo, ¿no es así?
Antes de responder, Sakura se enjugó las lágrimas en la camisa del hombre.
—Quizá.
—Y por eso aprendiste a resolver todo por ti misma — continuó Sasuke—. Aprendiste a no depender de nadie. Estoy en lo cierto, ¿no?
Sakura se encogió de hombros.
—No me agrada hablar de esto —murmuró, intentando que su voz sonara enfadada y no aterrada—. Te amo con todo mi corazón —añadió, cuando él la oprimió—. Y sé que tú me amas, Sasuke. Sí, estoy segura de eso.
Después por largo tiempo guardaron silencio. Sakura aprovechó la pausa para calmar los precipitados latidos del corazón. El hombre, para pensar en una manera lógica de aliviar los miedos ilógicos de ella.
—¿Y si nos damos un período breve? —propuso de pronto el hombre.
—¿Qué?
Se apartó de él para observarle la expresión, convencida de que estaba bromeando. Hablaba en serio.
—¿Quieres que nuestro matrimonio sea una unión breve? Pero acabas de decirme que me amas. ¿Cómo es posible que...?
—No, no —arguyó Sasuke—. Si nos comprometemos mutuamente sólo por seis meses, si puedes prometerme sólo que te quedarás conmigo durante ese lapso, ¿no se aliviaría parte del pánico?
Parecía tan entusiasta, tan complacido consigo mismo que Sakura comprendió que era sincero al proponerle semejante absurdo.
—Ya dijiste que nunca me dejarías. Y ahora hablas de seis meses...
—Yo nunca te dejaré —le cortó, irritado de que no aceptara el plan con el mismo entusiasmo que él—. Pero tú no crees que hablo en serio. En consecuencia, sólo tienes que prometerme que me concederás seis meses, Sakura.
—¿Y tú, esposo? ¿La promesa también vale para ti?
—Por supuesto.
Sakura se arrojó en brazos de Sasuke para que no le viese la sonrisa: no quería que pensara que se burlaba de él. Por asombroso que fuese, de pronto sintió como si le hubiesen sacado un peso de encima. Podía respirar otra vez: el pánico se había esfumado.
—Esposa, dame tu palabra.
Lo dijo en un murmullo áspero y bajo.
—Te la doy —repuso Sakura.
—No —masculló Sasuke—. No resultará. Es un lapso muy breve. ¡Diablos, si alguna vez lo olvidara... que ya te fuiste antes... quiero un año entero, Sakura! Comenzaremos desde el día en que nos casamos. No olvidaré nuestro aniversario.
Como no le respondió con bastante rapidez, le oprimió los hombros.
—¿Y bien? ¿Me prometes no abandonarme por un año entero?
—Lo prometo.
Sasuke sintió tal alivio que quiso gritar. Por fin había hallado un modo de hacerla feliz. Le había dado el sostén que, estaba seguro, Sakura necesitaba.
—Dilo, esposa —le ordenó, en tono gruñón—. No quiero malentendidos.
«Tendría que ser abogado —pensó Sakura—. Es tan lógico, tan inteligente...»
—Me quedaré contigo un año. Y ahora tú prométeme a mí, esposo.
—No te dejaré por un año —afirmó Sasuke. Le alzó la barbilla con el pulgar—. Me crees, ¿verdad?
—Sí, te creo.
—Y estás aliviada, ¿no es cierto?
Pasó largo rato hasta que Sakura le respondió. La verdad, en cambio, no llegó lentamente, sino que la golpeó como un rayo de sol, colmándole el corazón y la mente al mismo tiempo: él nunca la dejaría... y ella nunca podría abandonarlo.
Los sentimientos infantiles de vulnerabilidad encerrados en ella durante tantos años de soledad se evaporaron.
—Cielo, estás aliviada, ¿verdad?
—Confio en ti con todo mi corazón —murmuró.
—¿Ya no sientes pánico?
Sakura sacudió la cabeza.
—Sasuke, quiero decir...
—Te quité el pánico, ¿no es cierto?
Al parecer, Sasuke estaba muy complacido consigo mismo, y Sakura no quiso disminuir su arrogante satisfacción. Recordó que un hombre necesitaba mantener intacto su orgullo.
—Hiciste que todo eso escapara de mi cabeza —murmuró—. Sí, me quitaste el pánico, Gracias, Sasuke.
Se dieron un beso dulce y prolongado. Cuando Sasuke alzó la cabeza, Sakura temblaba, y el hombre pensó que era el beso lo que le provocaba esa reacción.
—Mi amor, ¿quieres ir arriba? —le preguntó.
Sakura asintió.
—Pero antes necesito alimentarme, Sasuke. Estoy famélica.
El esposo la tomó de la mano y la llevó al comedor.
—Esposo, ¿sabes una cosa?, tengo una extraña sensación en este momento.
—¿Qué es?
—Me siento... libre. ¿Lo entiendes, Sasuke? Es como si acabara de salir de un cuarto cerrado con llave. Pero eso es absurdo.
Sasuke le acercó la silla y luego se sentó él.
—¿Por qué es ridículo?
Sakura adoptó una expresión enfurruñada:
—Porque no existe una habitación de la que yo no pueda salir.
Sasuke ordenó el desayuno, y cuando Anna, la criada, salió del comedor, le pidió a Sakura que le contara algunas de las aventuras que había vivido.
—Quiero saber todo —afirmó.
—Te enfadarás —predijo la mujer.
—No, no —insistió el hombre—. Te prometo que no me enfadaré, me cuentes lo que me cuentes.
—Bueno, no quisiera alardear —comenzó Sakura—, pero, al parecer, tengo una habilidad natural para entrar y salir de los sitios cerrados. El tío Killer B dice que nací ladrona y mentirosa.
—Vamos, cielo, estoy seguro de que no quiso criticarte —replicó Sasuke.
—Claro que no —repuso la muchacha, irritada—. Eran cumplidos, marido. El elogio del tío significa mucho, pues no suele hacerlos. Dice que no está en su naturaleza –agregó, sonriendo—. A Killer B le preocupa que otros descubran la verdad sobre él.
—Y cuál es esa verdad? —preguntó Sasuke—. ¿Que, después de todo, él es un poco civilizado?
—¿Cómo lo adivinaste?
—Por el modo en que resultaste ser tú —le explicó—. Si él hubiese sido tan bárbaro, tú no serías una dama.
Sakura resplandeció de placer.
—Me alegro de que lo advirtieses. El tío es muy inteligente.
—Él fue quien te enseñó a leer, ¿no?
Sakura asintió.
—Fue una suerte, pues luego los ojos del tío comenzaron a fallarle, y yo le leía por la noche.
—¿De memoria?
—Cuando no disponíamos de libro. Killer B robó cuantos libros pudo.
—La manera de hablar —comentó Sasuke—. Eso también forma parte del engaño, ¿no es así?
—Sí —admitió Sakura—. Apariencias. Incluso cuando estamos solos, el tío no emplea la gramática correcta, pues teme que se le escape ante sus hombres, ¿entiendes?
Sasuke puso los ojos en blanco.
—Tu tío se tornó un tanto fanático con respecto a su posición de jefe, ¿no te parece?
—No —lo contradijo la muchacha—. No entiendes: él disfruta del engaño, Sasuke.
Siguió hablando del tío unos minutos, y luego volvió al tema de algunas de sus incursiones más memorables. Sasuke contuvo su reacción, pues le había prometido no enfadarse. Pero cuando la mujer terminó de contar alguno de los incidentes más tremendos, al hombre le temblaban las manos del ansia de retorcerle el cuello al viejo tío B.
Llegó a la conclusión de que no quería saber nada del pasado de la esposa.
—Creo que será mejor que me cuentes estas historias de a una.
—Eso hago.
Se interrumpió para sonreírle a la criada que ponía ante ella una bandeja con crocantes, y luego se volvió otra vez hacia Sasuke:
—Te las cuento de a una.
Sasuke movió la cabeza.
—Quiero decir que prefiero que me cuentes una por mes, o algo así. No soy capaz de asimilar más que eso. Te aseguro que estaré un buen tiempo pensando en la historia que acabas de contarme. ¡Diablos, Sakura, siento que mi cabello encanece! Podrías haber muerto. Podrías...
—No estarás enfadándote, ¿no? —le dijo, sonriendo—. Lo prometiste.
Sasuke se reclinó en la silla.
—Me parece que será mejor que cambiemos de tema. Dime cuándo comprendiste que me amabas —le ordenó—. ¿Yo te obligué?
Sakura rompió a reír.
—No puedes obligar a nadie a que te ame —dijo—. Sin embargo, creo que cuando leí tu archivo, ya estaba enamorándome de ti.
La expresión estupefacta del marido la hizo sonreír.
—Es verdad —murmuró.
—Sakura, no estoy muy orgulloso de algunas de las cosas que tuve que hacer. Leíste todo el archivo, ¿no es así?
—Así es. Y si bien eras decidido y metódico, no fuiste inhumano. En toda situación, siempre fuiste tan... confiable. Nunca abandonaste a las personas que dependían de ti. Yo admiro esa cualidad. Y luego te conocí —concluyó—. De algún modo, fuiste como Orochimaru, pues te deslizaste con sigilo y me robaste el corazón, antes de que yo supiera lo que sucedía. Y ahora tú debes decirme cuándo supiste que me amabas.
—Fue en el transcurso de una de nuestras acaloradas discusiones.
Fue el turno de la muchacha de quedar estupefacta.
—Nunca discutimos. Nos gritamos uno a otro. Esas eran peleas.
—Discusiones —repitió Sasuke—. A gritos, pero discusiones al fin.
—¿Acaso aseguras que te enamoraste primero de mi mente?
—No.
La mujer rió, encantada con la sinceridad del esposo.
—¿Tu criado no tendría que estar aquí, con nosotros? Podría resultar sospechoso que se quedara en el campo, Sasuke.
—Jūgo nunca viene a Londres conmigo –le explicó—. Todos lo saben. Jūgo odia Londres, dice que hay demasiado barullo.
—Lo echo de menos —admitió Sakura—. Me recuerda a ti: Jūgo es muy obstinado en sus opiniones, y también arrogante.
—Nadie comprende por qué lo tolero –dijo Sasuke— Pero, a decir verdad, yo no entiendo cómo él me entiende a mí. Fue un escudo para mí desde que yo era un niño. Me metí en bastantes líos, y Jūgo suavizó las cosas. Además, me salvó de la muerte en más de una ocasión.
Sasuke le contó cómo una vez casi se ahogó en un incidente de barco, y Jūgo lo salvó, para después arrojarlo de inmediato al agua y enseñarle a nadar. Cuando terminó la anécdota, los dos reían, pues la imagen del mayordomo de cara larga, completamente vestido, nadando junto a su pequeño protegido, era demasiado divertida.
Sakura fue la primera en ponerse seria.
—Sasuke, anoche, después que me fui a acostar, ¿tus amigos y tú llegasteis a alguna conclusión?
—El sujeto al que siguió Morino era Sarutobi. ¿Recuerdas que Itachi nos dijo que Sarutobi era su director y nos contó cómo confió en él?
—Sí, lo recuerdo. Deidara dijo que nunca había confiado en Sarutobi. Pero, claro, mi hermano no confía en nadie, excepto en Killer B o Itachi, y en mí, por supuesto.
—Itachi estaba equivocado, Sakura. Sarutobi sí trabajaba para el Tribunal. Ahora está a las órdenes del miembro que queda.
Antes de que pudiese interrumpirlo, Sasuke continuó:
—Estamos bastante seguros de que Zabuza Momochi era el segundo hombre. Como él está muerto y tu padre también, sólo queda el tercero. Morino está convencido de que Momochi estaba bajo el nombre de Príncipe. Por lo tanto, el que nos queda es Hielo.
—¿Cómo haremos para encontrar a Hielo? No tenemos muchos datos. En las cartas hay escasos datos personales, Sasuke.
—Lo lograremos, cielo. En una de las cartas, se decía que Hielo asistió a Oxford. También que cuando Zorro y Príncipe conocieron a Hielo se sorprendieron.
—¿Cómo averiguaste eso?
—Lo deduje de uno de los comentarios que tu padre le hacía a Príncipe en la tercera, no, en la cuarta carta.
—Lo recuerdo, pero no me pareció importante.
—Morino cree muy posible que Hielo sea extranjero.
—¿Y tú?
—No estoy muy convencido. Sakura, en esas cartas hay otras claves importantes. Sólo necesito un poco de tiempo para compaginarlas.
La joven tenía absoluta confianza en la habilidad de Sasuke para resolverlo. Cuando aplicaba su mente a un problema, era capaz de solucionarlo.
—Morino puso vigilancia a Sarutobi, pues cree que podría llevarnos a Hielo. Y, aunque es un comienzo, yo no apostaría por ello. Tenemos otras opciones. Bueno, cielo, no quiero que salgas de esta casa, pase lo que pase, ¿de acuerdo?
—Tú tampoco puedes salir —repuso Sakura—. ¿De acuerdo?
—De acuerdo.
—¿Qué haremos para entretenernos? —preguntó la muchacha con la mayor inocencia de que fue capaz.
—Podríamos leer bastante —dijo Sasuke, con lentitud.
Sakura se puso de pie y se quedó detrás de Sasuke.
—Sí, podríamos leer —murmuró, al tiempo que lo rodeaba con los brazos y deslizaba los dedos por el cuello de la camisa.
—Podría aprender a bordar —agregó Sakura—. Siempre quise aprender.
Se inclinó y le mordisqueó el lóbulo de la oreja.
—Pero ¿sabes qué es lo que más deseo hacer, esposo?
—Me hago una idea —respondió Sasuke, con el tono ronco por la excitación.
—¿Tú sabes? ¿Me enseñarás?
—Todo lo que sé, cielo —le prometió.
Se levantó y la tomó entre los brazos.
—¿Y qué haremos en materia de música? –preguntó Sakura.
Si la pregunta le resultó extraña, no lo dijo.
—Haremos nuestra propia música –prometió el hombre.
La arrastró de la mano hasta el vestíbulo y comenzó a subir la escalera.
—¿Cómo? –preguntó la muchacha, riendo.
—Cada vez que tú gimas, yo cantaré.
—¿No te parece que sería mejor el salón? –propuso Sakura.
—La cama es más cómoda —dijo Sasuke—. Pero si estás decidida a...
—Aprender a bailar –lo interrumpió—. De eso hablábamos, ¿no es cierto?
Tras semejante mentira, le sonrió con toda dulzura y esperó la reacción del esposo, convencida de que lo había atrapado con la broma. Pero Sasuke demostró ser mucho más astuto, y también más creativo. Entró tras ella en el salón, cerró la puerta con llave y comenzó a enseñarle a bailar.
Era una pena: Sakura nunca podría exhibir en público la nueva habilidad, pues Sasuke y ella habrían escandalizado a la sociedad con la forma escandalosa en que le enseñó a bailar. Y, si bien las explicaciones fueron lógicas, Sakura se negó a creer que las damas y los caballeros de la alta sociedad se desnudaran antes de bailar el vals.
Sasuke la mantuvo entretenida el resto del día, pero, en cuanto oscureció, tuvieron la primera pelea.
—¿Cómo es eso de que te vas? —gritó Sakura, al ver que se ponía la chaqueta—. Quedamos de acuerdo en que no te irías de esta casa...
—Tendré cuidado —la interrumpió Sasuke, besándola en la frente—. Amor, Naruto y Morino están esperándome. Me temo que tendré que salir todas las noches, hasta que esto se termine. Deja de preocuparte y dime que no me esperarás levantada.
—Te esperaré levantada —balbuceó.
—Ya lo sé —respondió Sasuke con un suspiro—. Pero de todos modos dime que no lo harás.
Sakura no ocultó su irritación.
—Sasuke, si te ocurre algo, me enfadaré mucho.
—Tendré cuidado.
Sakura lo siguió hasta la puerta de atrás.
—¿Recuerdas a Orochimaru?
Con la mano sobre el pomo de la puerta, Sasuke se volvió.
—Esa lección es tuya, cielo.
—Bueno, tú también podrías aprender.
—Muy bien —respondió el esposo, tratando de apaciguarla—. Recordaré a Orochimaru.
Giró y abrió la puerta.
—Sakura.
—¿Qué?
—Estarás aquí cuando yo vuelva, ¿no?
La pregunta la sorprendió y la indignó, y le habría dicho lo que pensaba de no ser porque se lo veía muy vulnerable.
—¿Eso significa que yo te volví inseguro? —preguntó Sakura, en lugar de regañarlo.
—Respóndeme —insistió.
—Estaré aquí cuando tú vuelvas.
Esas palabras de despedida se convirtieron en un ritual. Todas las noches, cuando él se marchaba, Sasuke le decía que recordara a Orochimaru, y ella, que estaría esperándolo.
Durante las horas oscuras de la noche, mientras esperaba al esposo, Sakura pensaba en la vulnerabilidad de Sasuke. Al comienzo, creyó que la causa era ella misma. A fin de cuentas, ella le habla manifestado a menudo su propia inseguridad. Pero también percibió que el ambiente en que Sasuke creció era otro motivo para esa vulnerabilidad. No podía imaginar cómo había sido la vida del esposo en los primeros años. Sir Genzō se refirió a la madre de Sasuke como una arpía, y recordó también que había dicho que la mujer intentó volver al hijo en contra del padre. Sin duda, no habían sido tiempos apacibles para Sasuke.
Cuanto más lo pensaba, más se convencía de que Sasuke la necesitaba tanto como ella a él.
Esa comprensión fue un alivio.
Lady Utatane le envió varias notas a Sakura, invitándola a visitarla. Sin embargo, Sasuke no quiso que saliera de la casa y respondió que la esposa estaba indispuesta. Al final, la querida amiga del padre fue a visitarla. El recuerdo que Sakura tenía de la mujer era, cuando menos, borroso, pero se sintió muy culpable por fingirse enferma al ver lo frágil y anciana que era la mujer. Aun así, todavía era bella, con claros ojos oscuros y cabello gris, y también tenía una inteligencia vivaz.
Sakura sirvió el té en el salón y luego ocupó su lugar junto a Sasuke, en el sofá. El esposo parecía muy decidido a participar de la conversación de las mujeres. Marido y mujer escucharon las condolencias de lady Utatane por la trágica muerte de Deidara. Sakura desempeñó bien el papel de hermana doliente, aunque odiaba el engaño, pues las simpatías de lady Utatane parecían sinceras.
—Cuando me enteré de la tragedia por los periódicos, quedé apabullada —dijo lady Utatane—. No tenía idea de que Deidara hacía para el gobierno una tarea secreta. Sasuke, debo decirle que también sentí mucho que su hermano fuera asesinado por ese pirata horrible. Claro que no conocía al muchacho, pero estoy segura de que debe de haber tenido un corazón de oro.
—Yo tampoco conocí a Itachi —intervino Sakura—. Pero Sasuke me lo contó todo acerca de él. Era un buen hombre, lady Utatane, y murió por el país.
—¿Cómo fue que Pagan se vio envuelto en esto? — preguntó lady Utatane—. Todavía no conozco los detalles, muchacha.
Sasuke fue el que respondió.
—Según lo que se pudo deducir en el Departamento de Guerra, Deidara y Itachi fueron atacados cuando estaban en camino para investigar un asunto ultra secreto.
—¿No es irónico que ustedes dos hayan terminado juntos? —preguntó la dama, en tono divertido.
—En realidad, no —respondió Sasuke—. Los dos faltamos a la ceremonia en honor de nuestros hermanos. Sakura vino a verme, pues deseaba hablar de Deidara y supongo que yo quería hablar acerca de Itachi. De inmediato, nos vimos atraídos el uno hacia el otro.
Le hizo un guiño a Sakura y continuó:
—Creo que fue amor a primera vista.
—Ya veo por qué —dijo lady Utatane—. Sakura, te has convertido en una hermosa mujer.
Negó con la cabeza y soltó un breve suspiro.
—Nunca entendí por qué el amigo de tu padre te sacó de aquí tan deprisa, tras el funeral de tu padre. Admito que pensaba pedir a la Corona que me concediera la tutoría. Siempre quise tener una hija, y también estoy convencida de que habrías estado mucho mejor conmigo. Ahora que te conozco, bueno, admito que fuiste educada correctamente.
—El tío B insistió en que nos marchásemos de inmediato —dijo Sakura—. No era nuestro tutor legal y sabía que usted pelearía por Deidara y por mí.
—Sí —admitió lady Utatane—. ¿Sabes?, me sentí responsable por la muerte de Deidara. Sí, es cierto. Si hubiese venido a vivir conmigo, sin duda yo no le habría permitido que se fuera a navegar. Era muy peligroso.
—Deidara era un hombre hecho y derecho cuando adoptó la decisión de trabajar para Inglaterra —dijo Sasuke—. Dudo de que usted hubiese podido retenerlo, lady Utatane.
—Con todo, no entiendo por qué tu padre no me tuvo en cuenta para la tutoría.
—Creo que entiendo —dijo Sakura—. Killer B me dijo que mi padre se había vuelto en contra de Inglaterra.
—No sé por qué —repuso lady Utatane—. A mí me pareció muy contento.
Sakura se encogió de hombros.
—Quizá nunca sepamos los motivos. Según B, a mi padre lo perseguían demonios que habitaban en su propia cabeza.
—Quizás —acordó lady Utatane—. Y ya basta de hablar de tu padre, Sakura. Cuéntame de tus primeros años de vida. Tenemos mucho de qué hablar para ponemos al día. ¿Cómo era la vida en una isla pequeña? ¿Aprendiste a leer y a escribir? ¿En qué te ocupabas, muchacha? ¿Tenías mucho que hacer?
Sakura rió.
—Los habitantes de la isla no eran miembros de la sociedad, lady Utatane. Muchos ni usaban zapatos. Nunca aprendí a leer ni escribir, pues B no encontró a nadie que me enseñara.
Sakura le mintió, porque Sasuke había insistido en que nadie supiera que tenía esas habilidades. Cada dato les daría una ventaja adicional a los enemigos. Si suponían que ella no sabía leer, deducirían que no había leído las cartas.
A juicio de Sakura, ese razonamiento era débil, pero no discutió con el esposo. Se concentró en inventar anécdotas divertidas de la infancia para satisfacer la curiosidad de lady Utatane. Finalizó admitiendo que, aunque por cierto había sido una época apacible, le resultaba algo aburrida.
Retornaron el terna del reciente matrimonio. Sasuke respondió todas las preguntas de la mujer, y a Sakura le sorprendió la facilidad con que mentía: era evidente que él también gozaba de un talento natural. Al parecer, la vieja amiga del padre estaba en verdad interesada, y a Sakura le resultó una mujer muy dulce.
—¿Cómo es que usted nunca se casó? –preguntó Sakura—. Sé que es una pregunta atrevida, pero usted es una mujer muy bella, lady Utatane. Estoy segura de que habrá tenido a los jóvenes rondándola, disputando por su atención.
Fue evidente que los comentarios de Sakura complacieron a lady Utatane: hasta se ruborizó. Se acomodó el cabello, y Sakura advirtió que a la anciana le temblaban las manos. Mientras aguardaba la respuesta, la muchacha pensó que eran los estragos de la edad.
—Durante mucho tiempo, deposité mis esperanzas en tu padre, querida mía. Kizashi era un hombre muy atractivo. Pero faltaba esa chispa especial. Por supuesto, terminamos siendo muy buenos amigos. Todavía, en ocasiones, pienso en él, y a veces contemplo algunos de los preciosos regalos que me hizo. Me pongo bastante sentimental. Sakura, ¿Tú tienes algo que te permita recordar a tu padre?
—No —respondió la joven—. Todo lo que pertenecía a mi padre se quemó en el incendio.
—¿Incendio?
—Lady Utatane, tal vez esto la desilusione: la hermosa casa que usted ayudó a Deidara a renovar fue incendiada. Todo se destruyó.
—Oh, pobre querida mía —murmuró la dama—. Fue duro para ti, ¿no es cierto?
Sakura asintió.
—Por supuesto Sasuke fue un consuelo. Dudo de que hubiese podido soportar este último mes si no hubiera sido por su compañía.
—Sí, fue una suerte —afirmó lady Utatane, apoyando la taza sobre la mesa—. ¿De modo que no tienes ningún recuerdo de tu padre? ¿Nada? ¿Ni una biblia familiar o un fragmento de una carta?
Sakura negó con la cabeza. Sasuke le tomó la mano y se la oprimió.
—Cielo, te olvidas del cofre —le dijo, en voz suave.
Sakura se volvió hacia Sasuke, preguntándose cuál sería el juego, pero su expresión no reveló la más mínima confusión.
—Ah, sí, el cofre –respondió.
—De modo que, a fin de cuentas, tienes algún recuerdo de tu padre —dijo lady Utatane, haciendo un gesto afirmativo—. Pensaba ir corriendo a mi casa a buscar entre mis cosas algo para ti. Una hija debe tener un par de chucherías del padre. Recuerdo una encantadora estatuilla de porcelana que tu padre me regaló cuando cumplí dieciséis años...
—Oh, no podría aceptarla.
—No, no podría —dijo Sasuke—. Además, tiene el cofre, aunque todavía no tuvimos ocasión de mirar qué es lo que contiene. Estas últimas semanas Sakura estuvo enferma, con una fiebre que me preocupó mucho.
Se volvió para sonreírle a Sakura.
—Querida, ¿qué te parece si la semana que viene vamos a la casa de Deidara? Si estás en condiciones de salir – agregó—. Todavía tenemos que ocupamos de los asuntos del hermano —le dijo a lady Utatane.
Sakura creyó que Sasuke se había vuelto loco. Sonrió, para disimular su propia inquietud, y esperó la siguiente sorpresa. No tardó en llegar.
—¿Le gustaría acompañarnos a casa de Deidara y mirar con nosotros el contenido del baúl? —propuso Sasuke.
Lady Utatane declinó la invitación. Insistió en que Sakura fuese a visitarla y se marchó. Sasuke ayudó a la frágil mujer a subir al coche. Hasta que regresó Sasuke, Sakura se paseó por el salón.
—¿De qué se trata todo esto? —preguntó, en cuanto lo vio entrar.
Antes de responderle, el esposo cerró la puerta, y entonces Sakura vio que reía entre dientes, muy complacido consigo mismo.
—Sasuke, no me gustó nada mentirle a esa querida mujer —exclamó—. Por otra parte, en esta familia la mentirosa consumada soy yo, no tú. Por el amor de Dios, ¿por qué le dijiste que había un cofre? ¿Acaso quisiste hacerla sentir mejor, para que no tuviese que desprenderse de sus preciadas posesiones? Ahora que lo pienso, no me gusta nada oírte mentir. ¿Y bien? —preguntó, cuando tuvo que interrumpirse para respira r—. ¿Qué tienes que decir en tu defensa?
—Fue una mentira necesaria —comenzó Sasuke.
Sakura no lo dejó continuar.
—«Ninguna mentira es necesaria» —citó de memoria—. Hace unos días, tú me lo dijiste, ¿recuerdas?
—Mi amor, ¿en verdad te aflige que yo haya mentido? — le preguntó, asombrado.
— Por cierto que sí. Llegué a confiar en tu sinceridad, Sasuke. Pero si dices que la mentira fue necesaria, tengo que suponer que tienes un plan. ¿Acaso piensas que lady Utatane podría hablarle a alguien del cofre? ¿Es eso?
La muchacha estaba convencida de haberlo descubierto todo.
—No —respondió Sasuke, sonriendo al ver que su respuesta provocaba un gesto enfurruñado.
—¿No? En ese caso, tendrías que avergonzarte de haberle mentido a una mujer tan anciana.
—Si me dejas explicarte...
La mujer cruzó los brazos sobre el pecho.
—Será mejor que la explicación me convenza, señor, o le daré una buena reprimenda.
A juicio de Sasuke, en ese momento se parecía al tío Killer B, pues la actitud escandalizada de Sakura lo llevó a esa conclusión. Rió, y tomó a la enfurruñada esposa en los brazos.
—¿Y bien? —murmuró la muchacha, contra la chaqueta del esposo—. Por favor, explícame por qué le mentiste a una buena amiga de la familia.
—No es una buena amiga de la familia —le dijo Sasuke, con evidente exasperación.
—Claro que lo es —protestó Sakura—. Ya la oíste, esposo: conservó todos los regalos que le hizo mi padre. ¡Lo amaba!
—Ella lo mató.
Transcurrió un momento largo y silencioso hasta que Sakura reaccionó. Alzó lentamente la vista, miró a los ojos al esposo y negó con la cabeza. Sasuke asintió. A Sakura se le aflojaron las rodillas y, cuando se derrumbó sobre él, Sasuke la sujetó.
—¿Acaso intentas decirme que...? —comenzó, con un hilo de voz—. ¿Dices que lady Utatane es...?
—Es Hielo.
—¿Hielo?
Sacudió otra vez la cabeza.
—No puede ser Hielo —exclamó—. ¡Sasuke, por el amor de Dios: es una mujer!
—¿Y las mujeres son incapaces de asesinar?
—No —respondió la joven—. Quiero decir sí, supongo...
Sasuke tuvo piedad de la confusión de Sakura.
—Sakura, todos los indicios coinciden. Siéntate y déjame que te explique.
La muchacha estaba demasiado atónita para moverse. Sasuke la llevó hasta el sofá, la empujó suavemente para que se sentara y se acomodó junto a ella.
—En realidad, es muy lógico —comenzó, rodeándole los hombros con el brazo.
Una sonrisa curvó la boca de Sakura, que comenzaba a recobrarse de la sorpresa.
—Sabía que sería lógico.
—Sospeché cuando releí las cartas. Y yo nunca cometo dos veces el mismo error, ¿recuerdas, mi amor?
—Lo que recuerdo, mi querido esposo, es que te gusta jactarte de ello en toda ocasión posible. Explícame cuál es el error que no repetiste.
—Pensé que Pagan era un hombre. Jamás se me ocurrió que podía ser una mujer. Cuando emprendí la caza de Hielo, no cometí el mismo error.
—¿Estás convencido de que lady Utatane es Hielo? ¿Cómo llegaste a esa conclusión?
Sasuke no estaba dispuesto a cambiar de tema.
—Sakura, ¿se te ocurrió alguna vez que Hielo podía ser una mujer? Dime la verdad —le dijo, con ese tono arrogante que a la muchacha tanto le gustaba.
Sakura suspiró:
—Te envanecerás.
—Sí, sin duda.
Los dos sonrieron.
—No, no consideré esa posibilidad. Ya está: ¿estás contento?
—Mucho.
—Sasuke, todavía no me convenciste –le recordó—¡Señor, me cuesta creerlo! Hielo mató gente y amenazó con matamos a Deidara y a mí. ¿Recuerdas esa carta en que él le dijo que si no se devolvían las cartas nos mataría?
—Él no, mi amor, ella —le replicó Sasuke. Lanzó un prolongado suspiro y agregó—: Hay mujeres capaces de matar.
—Oh, lo sé. Pero no es propio de una dama.
—¿Recuerdas que, en una de las primeras cartas, cuando les otorgaron los nombres secretos, Hielo admitió que ese nombre le había disgustado mucho? Ese comentario despertó mi curiosidad. A pocos hombres les habría importado, pero a una mujer sí, ¿no crees?
—A algunas.
—Claro que existen indicios aún más sólidos. Utatane contrató a todo el personal de la casa de campo de Deidara. Eran hombres de ella, leales a ella. El hecho de que hubiesen saqueado la casa me indica que buscaban algo. Y adivina dónde apareció Hudson, el mayordomo de Deidara.
—Está en la casa de la ciudad de Deidara, ¿no? Está cuidándola hasta que vayamos a cerrarla.
—No: está de manera permanente en la residencia de lady Utatane. Y me imagino que en este momento encontraremos la casa de tu hermano dada vuelta.
Sakura no hizo caso de la sonrisa del esposo.
—Nunca confié en Hudson: quería obligarme a tomar el té. Apuesto a que estaba envenenado.
—Sakura, no dejes que te domine la imaginación. De paso, todos esos incidentes tan confusos fueron los que delataron a Hudson. En efecto, cavaron en la tumba de tus padres, por si encontraban allí las cartas y también borraron todo rastro.
—¿Fue Hudson el que mató al pura sangre de Deidara?
—No, lo hizo Sarutobi.
—Se lo diré a Deidara.
Sasuke asintió.
—Hudson se ocupó de borrar las pruebas. y ya que estamos, tú tenías razón: emplearon un carro para llevarse el cuerpo del caballo. Deben de haber hecho falta siete hombres fuertes para cargar al potro.
—¿Cómo lo supiste?
—Estás impresionada conmigo, ¿no?
La obligó a contestar.
—Sí, Sasuke, estoy impresionada. Ahora cuéntame el resto.
—Mis hombres estuvieron deduciendo los hechos, de modo que no puedo atribuirme todo el mérito. Hallaron el caballo en un barranco, a casi tres kilómetros y medio del camino principal.
—Espera a que se lo cuente a Deidara —repitió Sakura.
Sasuke le palmeó el hombro.
—Puedes contarle todo cuando esto termine, ¿de acuerdo?
Sakura asintió.
—Sasuke, ¿tienes algo más para contarme?
—Bueno, cuando llegué a la conclusión de que Utatane era la candidata lógica, busqué en su pasado. En la superficie, todo parecía normal, pero, cuanto más investigaba, más cosas extrañas aparecían.
—¿Por ejemplo?
—Para ser mujer, viajó mucho —señaló Sasuke—. Por ejemplo —agregó, antes de que Sakura pudiese interrumpir—, fue y volvió de Francia al menos siete veces, que yo sepa, y...
—¿Y eso te parece extraño? Quizá tenga familiares...
—No —replicó el esposo—. Además, Sakura, la mayoría de los viajes los hizo en tiempos de guerra. Y había otras claves significativas.
—Creo que estoy casada con el hombre más inteligente de la tierra –lo elogió—. Sasuke, esto comienza a tener sentido para mí. ¿Qué opinan sir Morino y Naruto de tu descubrimiento?
—Aún no se lo dije. Quería estar completamente seguro, y, después de las preguntas de Utatane, ya no me quedan dudas. Se lo diré esta noche, cuando nos encontremos en casa de Morino.
—¿Cuál de las preguntas que formuló te hizo sospechar?
—Te preguntó directamente si sabías leer, ¿recuerdas? Teniendo en cuenta que la mayoría de las damas bien educadas de Inglaterra saben hacerlo, es una pregunta significativa.
—Pero ella sabía que yo fui criada en una isla —arguyó Sakura—. Por eso preguntó, Sasuke. Intentaba averiguar si yo fui bien educada sin decirlo directamente, y...
—Tenía demasiado interés en saber qué te había dejado tu padre.
Sakura dejó caer los hombros.
—Pensé que era sincera.
—Tenemos que estrechar la red en torno de la casa de Deidara en la ciudad —señaló Sasuke—. En este momento, sólo hay dos de nuestros hombres vigilándola.
Le sonrió a Sakura.
—Antes de que esto termine, a tu pobre hermano le quemarán la casa de la ciudad hasta los cimientos.
—No tienes por qué alegrarte tanto —le dijo Sakura—. Por otra parte, Hudson ya tuvo tiempo de sobra para averiguar que no hay ningún cofre. —Lanzó una exclamación queda—. Te daré otra desilusión, Sasuke: lady Utatane supo que mentía cuando le dije que no sabía leer. Creo que lo preguntó para saber si estábamos tras su huella. Oh, sí, creo que esta vez la embrollamos.
Sasuke dejó de sonreír.
—¿De qué hablas? ¿Por qué piensas que Utatane sabe que mentiste?
—Hudson me vio leyendo casi todas las noches —dijo precipitadamente—. Después de cenar, yo iba al estudio de Deidara y leía hasta que me daba sueño. Había muchos libros magníficos que todavía no había memorizado. Hudson encendía el fuego en el hogar. Estoy segura de que se lo dijo a lady Utatane.
Le acarició la mano para suavizar la decepción.
—¿Qué harás? —le preguntó, convencida de que en poco tiempo se le ocurriría un nuevo plan.
Sasuke era demasiado lógico para haberse olvidado de cubrir todas las alternativas.
—En su momento, podremos comparar la escritura, cuando tengamos las cartas que están en el Emerald.
—Tenemos una muestra aquí —dijo Sakura—. Lady Utatane envió dos notas invitándome a visitarla. Lamento decepcionarte, pero la escritura no me resultó familiar en absoluto.
—Dudo de que ella haya escrito las notas —repuso Sasuke—. Tal vez sea vieja, Sakura, pero aún no se volvió descuidada. No, es probable que alguno de sus ayudantes haya escrito las cartas.
—¿Quieres que las robe...?
—Quiero que te quedes aquí día y noche —afirmó el esposo.
Fue más una orden que una sugerencia.
—Antes de que termine, esto se tornará escabroso. En realidad, todos los datos que reuní son evidencias circunstanciales para una corte, Sakura. Todavía tengo cosas que hacer. Prométeme que no te irás.
—Lo prometo —respondió la joven—. Marido, ten un poco de confianza en mí. Sabes que, una vez que doy mi palabra, la sostengo. Por favor, dime qué planeaste.
—Naruto está impaciente por presionar a Sarutobi, y yo creo que ya es hora de que lo haga. Hasta este momento, Sarutobi no fue nada complaciente. Esperábamos que nos guiara hasta Hielo, pero se mantiene oculto tras las cortinas todo el día. Sí, es hora de que sostengamos una conversación con él.
—No me agrada que salgas todas las noches, Sasuke. Hasta que quemen el barco y llegue a Londres el rumor sobre la muerte de Pagan, creo que tendrías que quedarte en casa. Te diré una cosa: si en la ciudad celebran mi muerte, me sentiré muy decepcionada.
Sasuke le dirigió una sonrisa tierna.
—Harán el duelo —le prometió—. De todos modos, nunca lo sabremos, pues ya no es necesario quemar el barco.
—¿Por qué?
—Porque ya sé quién es Hielo y sé que no dejará de perseguirme, pues sabe que queremos atraparla.
—Sí —respondió Sakura—. Si no me hubieses hecho mentir con respecto a que no sé leer, no nos perseguiría. ¿Te das cuenta? Ésa fue una mentira inútil.
—Mi amor, no te envanezcas tanto.
—Killer B se pondrá contento al saber que no tiene que quemar el barco —le dijo, sin hacer caso del comentario —. Enviarás a alguien a decírselo, ¿verdad?
—Sí, enviaré a alguien a Shallow's Wharf. Tendrás que indicarme dónde está, Sakura. Es un nombre operativo, ¿no es cierto?
Sakura se acurrucó contra el esposo.
—Eres tan inteligente —murmuró—. Tendrás cuidado cuando salgas, ¿no? Por cierto que esa mujer está contra nosotros. Sasuke, no quiero que le des la espalda a nadie. Aprendí a depender de ti.
—Y yo de ti —respondió el hombre, con sonrisa significativa—. Me parece bastante equitativo.
—Es equitativo. Pero, si te hace sentir mejor, puedes fingir que no lo es.
Sin hacer caso del comentario, Sasuke le hizo cosquillas en el cuello, y Sakura se estremeció.
—¿Tienes ganas de recibir otra lección de baile ahora?
—¿Tendré que ponerme otra vez de rodillas?
—¿Te gustó, mi amor? Me pareció que sí. Tu boca fue tan dulce, tan...
—Me gustó —se apresuró a decir Sakura.
—¿Podemos?
—Oh, sí.
La voz de Sakura fue un suspiro.
—¿Arriba o aquí?
—Arriba —susurró la mujer.
Se levantó y lo tomó de la mano.
—Pero esta vez, yo seré el jefe, Sasuke.
Pasaron el resto del día uno en brazos del otro. Fueron momentos maravillosos, que terminaron demasiado pronto. Antes de que lo advirtiese, Sakura estaba diciéndole que recordara a Orochimaru, y Sasuke le pedía que prometiese que lo esperaría hasta que regresara.
Sakura estaba tan agotada que durmió profundamente hasta una hora antes del amanecer. Se despertó sobresaltada, y rodó de costado para abrazar a Sasuke. No estaba. Sakura corrió escaleras abajo para mirar dentro de la biblioteca, pero Sasuke aún no había regresado. Como nunca había tardado tanto, comenzó a preocuparse.
Pasó otra hora, y Sasuke no regresó, y Sakura se puso frenética.
Todo su instinto le hacía una advertencia: algo muy malo sucedía. En la boca del estómago sintió el familiar dolor, como en los viejos días, cuando un plan salía mal.
Tenía que estar preparada. Sakura se vistió en pocos minutos, se guardó una daga en el bolsillo, una hebilla especial en el cabello, y volvió a pasearse.
Sasuke había dejado dos guardias para que la protegiesen. Uno estaba en la sombra, junto a la puerta principal, y el otro cuidaba la puerta de atrás.
Sakura decidió hablar con Cyril, el que cuidaba la entrada principal. Quizás él supiera qué hacer. Abrió la puerta, justo para ver a un hombre que le entregaba un papel a Cyril y salía corriendo.
Cyril subió de dos en dos escalones.
—Es una carta para usted. A esta hora de la noche, no pueden ser buenas noticias, milady.
—Espero que sea de Sasuke —balbuceó—. Entre, Cyril, y trabe la puerta. Algo anda mal —agregó, mientras rompía el sello del sobre—. Hasta ahora, Sasuke nunca tardó tanto.
Cyril refunfuñó un asentimiento.
—Sí, lo siento en las tripas.
—Yo también —murmuró Sakura.
En cuanto desdobló el papel, Sakura palideció: de inmediato reconoció la letra. La nota estaba firmada por Hielo.
—¿De qué se trata, milady? —preguntó Cyril. Habló en tono bajo, cosa rara, pues Cyril era corpulento y tenía una voz resonante, en armonía con su persona.
—Sasuke está en problemas —murmuró Sakura—. Tengo una hora para ir a un edificio de la calle Lathrop. ¿Sabe usted dónde es?
—Si está en la calle Lathrop, es un depósito —respondió Cyril—. Esto no me gusta: huelo una trampa. ¿Qué pasará si no vamos?
—Matarán a mi esposo.
—Iré a buscar a Alden —afirmó Cyril.
Fue hacia la puerta trasera, pero Sakura lo llamó, y él se detuvo.
—No iré.
—Pero...
—No puedo irme. Tengo que quedarme aquí, Cyril. Esto puede ser una trampa, y le di mi palabra a Sasuke. No, tengo que quedarme. ¿Sabe hasta qué hora está abierto Whitte's?.
—Sin duda, a esta hora está cerrado.
—Sasuke puede haber ido a hablar con un tal Sarutobi. ¿Sabe dónde vive?
—Lo sé —respondió el guardia—. Vive a seis o siete cuadras.
—Mande allí a Alden. Naruto y Sasuke pueden haber hecho una visita al traidor.
—¿Y si no están?
—Mientras Alden va a la casa de Sarutobi, quiero que usted corra a la residencia de Naruto. Si Naruto no está en la casa, vaya a la de sir Morino. ¿Sabe dónde viven ellos?
—Sí —dijo Cyril—. Pero ¿quién cuidará la casa mientras yo busco a Sasuke? Usted quedará sola.
—Correré los cerrojos —prometió—. Por favor, dése prisa, Cyril. Antes de que pase una hora, tenemos que encontrar a Sasuke. Si no podemos encontrarlo, tendremos que deducir que la nota no es una trampa.
—Nos daremos prisa —prometió Cyril, mientras se dirigía hacia el fondo de la casa.
Sakura estrujó la carta y se quedó de pie en el centro del vestíbulo, largo rato. Luego subió las escaleras, fue al dormitorio y cerró la puerta con cerrojo.
Los golpes comenzaron en la puerta principal, minutos más tarde. Sabía que no era Sasuke: por supuesto, él tenía llave. Luego oyó ruido de cristales rotos.
¿Acaso, sin advertirlo, había caído en manos de ellos? ¿Estarían tan seguros de que había mandado a los dos guardias en busca de Sasuke? Sakura se consoló con esa posibilidad, pues significaba que, a fines de cuentas, no estaba cautivo.
Rogó estar en lo cierto y que Dios no se enfadara con ella. Era probable que pronto tuviese que matar a alguien, a juzgar por el sonido de los pasos de hombre en las escaleras.
Sakura aferró la pistola del cajón de la mesilla de noche, del lado de Sasuke, apoyó la espalda en un rincón y apuntó. Decidió esperar hasta que rompiesen el cerrojo y disparar al primero que entrase en el cuarto.
La mano estaba firme y la invadió una calma mortífera. La puerta se abrió de golpe y una silueta oscura llenó el vano. Siguió esperando, pues quería estar completamente segura de que fuese el enemigo y no uno de los hombres que Sasuke había contratado para que la cuidasen.
—Enciende una vela —gritó una voz—. No puedo ver a esa perra.
Sakura oprimió el gatillo. Debió de acertarle por el medio, pues el sujeto soltó un alarido de dolor y se dobló en dos, cayendo al suelo con un fuerte golpe.
«Gané esta vuelta —se dijo—, pero la batalla, es para Hielo.» Sakura estaba rodeada por tres hombres, y, cuando el primero trató de agarrarla, le cortó la mano con el cuchillo. El segundo le arrebató el arma, mientras el tercero le estrellaba el puño en la mandíbula. El golpe la hizo caer al suelo, desmayada.
Sakura no se recobró hasta que la llevaron al interior de un edificio oscuro y húmedo. Había pocas velas iluminando la zona, pero fue suficiente para que Sakura viese las canastas apiladas junto a las paredes de piedra. Al final de un largo corredor, estaba de pie una mujer vestida de blanco: lady Utatane la esperaba.
Al llegar junto a la jefa, el hombre que cargaba a Sakura la dejó caer, y la muchacha se tambaleó. Se frotó la mandíbula magullada, mientras observaba a la adversaria.
La mirada de esos ojos era escalofriante.
—Ahora entiendo por qué la llamaron Hielo —se oyó decir—. Usted no tiene alma, ¿verdad, lady Utatane?
La recompensa fue una bofetada que cruzó el rostro de Sakura.
—¿Dónde están las cartas? —preguntó Utatane.
—A buen recaudo —respondió Sakura—. ¿En verdad cree que robar las cartas la salvará? Hay demasiadas personas que saben lo que hizo. Demasiadas...
—¡Estúpida! —gritó Utatane.
Esa voz tenía tanta fuerza, tanta crueldad que de pronto Sakura creyó estar en presencia del demonio y tuvo que contener las ganas de persignarse.
—Conseguiré esas cartas, Sakura. Son la prueba de todos los hechos gloriosos que realicé. Ahora nadie podrá negarlo. Nadie. En los años venideros, el mundo comprenderá lo que mi Tribunal podía lograr. Si yo hubiese decidido seguir la tarea, podríamos haber gobernado Inglaterra. Recobraré las cartas y quedarán en lugar seguro hasta que sea tiempo de revelar mi genio.
Estaba loca. Sakura sintió que se le erizaba la piel de los brazos. Hizo esfuerzos desesperados por hallar un modo de razonar con esa mujer, hasta que al fin llegó a la conclusión de que estaba más allá de la razón.
—Si le devuelvo las cartas, ¿dejará en paz a Sasuke? —le preguntó.
Lady Utatane soltó un resoplido desdeñoso.
—¿Sí? ¿Acaso no tienes idea de quién soy? Sakura, no puedes decirme que no.
—Oh, sé quién es usted —respondió Sakura—. Es la mujer que mató a mi padre. Es la mujer que traicionó a su país. Es la horrible criatura del demonio. Es la demente...
Otro golpe de Utatane le interrumpió el discurso. Sakura retrocedió y luego enderezó los hombros.
—Utatane, suelte a Sasuke y yo le daré las cartas.
En respuesta a la promesa, Utatane se dirigió a uno de sus subordinados.
—Encierra a nuestra invitada en el cuarto trasero —ordenó.
Luego se volvió hacia Sakura:
—Querida mía, serás mi carnada para atraer a Sasuke. Él morirá —añadió, canturreando—. Después de que me entregue las cartas, por supuesto. Luego también te mataré a ti, pequeña Sakura. El verdadero traidor fue tu padre, pues me dio la espalda. ¡A mí! ¡Oh, cómo me habría gustado estar presente cuando su hijo murió! Pero tú, querida, querida mía, me compensarás por eso, pues morirás por mi mano muy lentamente... ¡Sal de aquí! —concluyó Utatane, casi gritando.
Sakura tuvo ganas de sollozar de alivio: después de todo, no habían capturado a Sasuke. Supo que iría a rescatarla y que aún había peligro... pero por el momento estaba a salvo.
En realidad, sonrió mientras la llevaban a su encierro temporal. Creyeron que la tenían atrapada. «No tienen que atarme las manos», se dijo. Comenzó a gemir, para que los captores creyesen que estaba asustada.
En cuanto abrieron la puerta, se precipitó dentro, se dejó caer al suelo, en el centro de la habitación, y comenzó a llorar.
La puerta se cerró con un golpe. Siguió gimiendo hasta que el sonido de los pasos se desvaneció. Luego hizo un inventario. La luna entraba por la ventana polvorienta. La apertura estaba a casi cinco metros de altura. Había un solo mueble un destartalado escritorio con sólo tres patas, y sin duda sabían que no podría llegar a la ventana, aunque trepase al escritorio.
Sí, pensaron que la tenían atrapada. Sakura lanzó un suspiro de placer.
Se quitó la hebilla especial del cabello que usaba para esas ocasiones y se puso a trabajar en la cerradura.
Como estaba tan desesperada por llegar hasta Sasuke antes que los secuaces de Utatane, no fue tan rápida como hubiese sido en circunstancias más tranquilas. Le llevó más de diez minutos abrir la cerradura.
En el interior del depósito mismo, estaba oscuro como la pez. Y, aunque Sakura estaba segura de que Utatane se había llevado a todos sus hombres con ella, salió tan silenciosamente como pudo. Cuando llegó a la calle, estaba por completo desorientada. Corrió en una dirección dos manzanas, hasta que se tranquilizó y comprendió que había ido en sentido equivocado.
En ese momento, el terror de Sakura fue absoluto. Supo que le llevaría al menos quince minutos más llegar a la casa. Mientras corría, hizo varias promesas fervientes al Creador. Le dio su palabra de que no volvería a mentir ni a robar, si Sasuke se salvaba.
—Señor, sé que me otorgaste esas destrezas especiales, y tú sabes que, una vez que doy mi palabra, la cumplo. Tampoco seguiré la senda de mi padre. Sólo déjame vivir lo suficiente para demostrarlo. ¡Por favor, Dios! Sasuke me necesita.
Tuvo que detenerse, pues el escozor en el costado se intensificó.
—Señor, si me das un poco de energía extra, no volveré a maldecir.
Por extraño que pareciera, el escozor del costado pasó. Y pudo recuperar el aliento. Llegó a la conclusión de que la última promesa fue la que el Creador esperaba oír.
—Gracias —murmuró, mientras se levantaba las faldas y seguía corriendo.
No se detuvo hasta llegar a la calle en que se encontraba la casa. Mientras se acercaba a la escalinata de entrada, se mantuvo en la sombra. Cuando divisó a tres hombres cargando la litera de la mujer, comenzó a correr otra vez. Los hombres no estaban en condiciones de atacarla, pues parecían inquietos, con su paso forzado.
Era evidente que Sasuke había llegado a la casa.
Sakura no pudo recordar la cantidad de hombres que Utatane tenía y comenzó a afligirse otra vez. No sabía si tenía que entrar con sigilo por la puerta trasera o irrumpir con audacia en el vestíbulo y tratar de enfrentar a Utatane una vez más.
Al oír el grito de Sasuke, su duda quedó resuelta.
—¿Dónde está ella? —vociferó Sasuke por la puerta.
La angustia que resonaba en la voz del esposo oprimió el corazón dé Sakura. Abrió la puerta y se precipitó dentro. Estaban todos en el salón. Sasuke vio que Naruto sujetaba a Sasuke de los hombros. Utatane estaba frente a los dos. Sir Morino, cerca de ella. Cyril y Alden, detrás del director.
—Morirá de hambre antes de que la encuentres —gritó Utatane, lanzando un resoplido de regocijo—. No, nunca la encontrarás. Jamás.
—Oh, sí.
Al oír la voz suave de Sakura, Utatane soltó un chillido, y Naruto y Sasuke giraron con brusquedad.
Sasuke se limitó a quedarse ahí, sonriéndole. Sakura vio las lágrimas en los ojos del esposo y comprendió que los suyos también estaban mojados. Naruto parecía tan atónito como Morino.
—Sakura, ¿cómo pudiste...?
Sakura respondió mirando a Sasuke:
—Me encerraron.
Pasó un minuto entero antes de que alguien reaccionara. Naruto fue el primero en reír.
—La encerraron —le dijo a Sasuke.
Sakura siguió sonriendo hasta que Sasuke caminó hacia ella. Cuando se acercó y le acarició la cara con las yemas de los dedos, rompió a llorar y corrió escaleras arriba. Fue al primer dormitorio, cerró la puerta de un golpe y se tiró sobre la cama. Sasuke estaba detrás y la tomó en los brazos.
—Mi amor, ya terminó todo —le murmuró.
—No te abandoné. Me quedé aquí, hasta que entraron y me sacaron por la fuerza. No falté a mi palabra.
—Cálmate, Sakura. Nunca pensé...
—Sasuke, estaba tan asustada —sollozó contra el pecho del marido.
—Yo también —le susurró, abrazándola con fuerza, y agregó—: Cuando Cyril me dijo... pensé que estabas... Oh, Dios, maldición, estaba muy asustado...
Sakura se secó los ojos con la chaqueta del esposo y dijo:
—Ya no puedes decir más «maldición». Ya no podemos blasfemar, Sasuke. Se lo prometí a Dios.
Le dirigió una sonrisa colmada de ternura.
—Entiendo.
—Habría prometido cualquier cosa para que te salvaras —murmuró—. Te necesito mucho, Sasuke.
—Yo también a ti, mi amor.
—Ya no podemos robar ni mentir —le dijo—. Prometí eso también.
Sasuke puso los ojos en blanco.
—¿Y tus promesas valen para mí también?
Disimuló la sonrisa, pues Sakura parecía sincera, y tampoco se molestó en recordarle que él jamás había robado.
—Sí, claro, mis promesas son también tuyas —respondió la esposa—. Se supone que compartimos todo, ¿no? Sasuke, en este matrimonio somos socios igualitarios.
—Somos iguales —confirmó el hombre.
—Entonces, ¿mis promesas valen también para ti?
—Sí —respondió Sasuke.
De pronto, la apartó, con expresión de evidente preocupación:
—No renunciaste a ninguna otra cosa, ¿verdad?
Su expresión revelaba que temía la respuesta, y Sakura adivinó de inmediato en qué estaba pensando.
—¿Como por ejemplo, bailar?
—Como hacer el amor.
Sakura rió, con una risa desbordante de dicha.
—¿No es lo mismo?
—Sakura, no es tiempo para bromas.
—No, Sasuke, no renunciamos a bailar, ni a hacer el amor. Nunca haría una promesa que no puedo cumplir—agregó, citando las palabras de él.
Sasuke quiso arrancarle la ropa y hacerle el amor en ese mismo instante. Pero no podía, pues todavía tenían que arreglar el destrozo del piso bajo.
En los dos días que siguieron, no tuvo mucho tiempo de estar con la esposa. Sasuke y Naruto estuvieron ocupados en dictar sus descubrimientos para los registros de los superiores. Lady Utatane fue encerrada en la prisión de Newgate. Circularon rumores de que sería trasladada a un asilo cercano, pues la Corte había decretado que estaba loca. Sakura estaba por completo de acuerdo.
Por fin, Sasuke quedó libre para cumplir su otra promesa a Sakura. Se dedicaron a vivir una vida apacible los dos juntos.
Y, tal como había predicho, vivieron felices por siempre jamás.
Sin embargo, siguió estando muy inseguro, cosa que preocupaba a Sakura. En la mañana del primer aniversario, Sasuke le pidió que le prometiera quedarse un año más.
Sakura consideró la petición bastante inoportuna, pues estaba en mitad de una dolorosísima contracción. Rechinó los dientes para soportar la agonía.
—Sasuke, vamos a tener a nuestro hijo.
—Lo sé, mi amor.
Se colocó de costado y le frotó el abultado abdomen.
—Lo advertí hace tiempo —agregó, para provocarla, y se inclinó para besarle la frente húmeda—. ¿Tú también estás acalorada Sakura?
—No, estoy...
—Dame tu promesa —la interrumpió, mientras apartaba las mantas—. Luego puedes volver a dormirte. Estuviste muy inquieta durante la noche. Creo que te quedaste hasta muy tarde conversando con Naruto y Temari. Por supuesto, me alegró verlos, y me alegra que Temari haya ofrecido su ayuda para cuando llegue el momento, pero insisto en que tiene que haber un médico, Sakura.
Sakura estaba demasiado exhausta para discutir. Toda la noche había tenido contracciones esporádicas, pero no despertó a Sasuke. Seguía el consejo de la amiga. Temari le sugirió que sería mejor si no molestaba a Sasuke hasta el último momento. Los maridos se derrumbaban con mucha facilidad, le explicó.
Desde la noche en que Sakura le entregó el archivo de Naruto y le dijo que lo guardara en un lugar seguro, Temari la consideraba su hermana de sangre. Las dos mujeres confiaban por completo una en la otra y pasaban horas contándose las historias de sus respectivos pasados.
Sasuke codeó con suavidad a la esposa.
—Quiero que me des tu palabra ahora.
En cuanto se disipó la nueva contracción, Sakura le respondió:
—Sí, te lo prometo. Sasuke, tendremos a nuestro hijo ahora. Ve a despertar a Temari.
El niño que, según Sakura, estaba a punto de llegar, no apareció hasta tres horas después.
Durante la intensa labor, Sasuke permaneció tan calmo, sólido y confiable como Sakura esperaba. Pensó que Temari se había equivocado: no todos los hombres se derrumbaban con tanta facilidad.
Cuando las contracciones de Sakura se hicieron insoportables, Temari mandó a Sasuke a la biblioteca. Pero Sasuke sólo aguantó cinco minutos en ese sitio y estuvo junto a Sakura sujetándole la mano y pidiéndole perdón por hacerla sufrir ese espantoso dolor.
Claro que fue más una molestia que una ayuda, aunque no se dejó dominar por el pánico durante el parto, y, minutos después, sostenía en sus brazos a su hermosa hija.
Jūgo no pudo contenerse. En cuanto oyó los vigorosos berridos de la recién nacida, irrumpió en la habitación. De inmediato, arrebató la niñita a Sasuke, afirmó que era magnífica y procedió a darle el primer baño.
Temari se ocupó de Sakura. Sasuke la ayudó a cambiarle las sábanas y el camisón, y, cuando Temari le dijo a Sasuke que ayudaba con eficacia, hasta logró sonreír.
Sasuke estaba pálido, le temblaban las manos, tenía la frente empapada en sudor y no podía emitir una palabra coherente, pero se mantuvo entero.
No obstante, cuando el trauma acabó, el control lo abandonó.
Temari acababa de salir de la habitación para dar la buena nueva a su propio esposo.
Jūgo acunaba en los brazos a la nueva habitante, y Sakura estaba demasiado débil para sostener al esposo.
—¿Estará bien? —le preguntó Sakura a Jūgo.
No tuvo fuerzas ni para mirar sobre el borde de la cama.
—Se desmayó.
—Sé que se desmayó —repuso Sakura—. Pero ¿está bien? No se golpeó la cabeza con algo cortante, ¿verdad?
—Está bien —afirmó Jūgo.
No se molestó en mirar al patrón al decirlo, sino que siguió contemplando a la hermosa niñita, con expresión arrobada.
—Levántelo —murmuró Sakura.
Se mordía el labio para no reír.
—Me parece que todavía no está listo para levantarse — aseguró Jūgo—. Ahora la que necesita toda mi atención es la pequeña. Usted lo hizo muy bien, milady, en verdad muy bien. Cuando se recupere del desmayo, estoy seguro de que el marqués opinará lo mismo.
Sakura resplandeció de satisfacción, y los ojos se le llenaron de lágrimas.
—Nunca revelará lo que sucedió, ¿no es cierto, Jūgo?
En ese momento, Sasuke gimió.
—No tenemos que contarle a nadie que se desmayó, pues se moriría de vergüenza.
—No se aflija, milady —repuso Jūgo—. No se lo diré a nadie, lo prometo.
Por la chispa en los ojos del mayordomo, Sakura tendría que haber comprendido que no cumpliría la promesa. Tres días después, leyó en el periódico algo acerca del desmayo de Sasuke.
El pícaro del mayordomo lo había publicado en los periódicos.
El marqués de Uchiha no lo tomó a mal. No le molestaron en lo más mínimo las bromas de los que acudían a felicitarlos.
Nada podía irritarlo. A fin de cuentas, su misión había tenido éxito: había cazado al infame pirata... y ahora ella le pertenecía.
El cazador estaba satisfecho.
FIN
