No te precipites en aceptar un trato que no te favorece.

Un demonio puede pasar la mayor parte de su existencia en su letargo, similar al estado de hibernación; con la única diferencia de que nadie sabe cuándo será el momento propicio en despertar.

Es una condición que puede sufrir cualquier demonio y que todos intentan evitar, pero sin duda era una particularidad propia de los omegas; únicos siete demonios confinados, se limitaron a gobernar por separado cada esfera en el infierno.

Pero el séptimo omega fue víctima de su propia inactividad: abandonado por sus alfas y guardianes, su nido saqueado y sin deltas por cuidar; no tardaría mucho en convertirse en una estrella agonizante y confinada en su pequeña realidad.

Un omega siempre fue la abeja reina del panal, hasta que su colmena muere.

Una bruma blanca y negra en el aire comenzó a materializarse en forma de hombre. Sus ojos rojos e indiferentes identificaron con prontitud a los enemigos que ocultaron sus caras bajo máscara: cuerpos claramente muertos y descompuestos por dentro, pero que siguieron hablando y moviéndose en contra de todo lo natural y lógico.

Estas criaturas rompían con todas las leyes establecidas hasta ahora.

- ¿¡Es... un demonio!?

- ¿Quién lo invitó a la fiesta?

- ¡Esos humanos son nuestros, no te atrevas a robarnos!-

- Bla, bla, bla... ¡cállense de una vez!, ¿Nunca les dijeron que deben pedir permiso antes de agarrar lo que no les pertenece?

Los captores arremetieron de inmediato contra el inesperado visitante y de inmediato obtuvieron su contraataque. El demonio aplastó sus cuerpos contra el suelo, perforando sus gargantas y pisoteandolos hasta quebrar sus huesos.

- ¡No tienen derecho a nada! Ya no son humanos como para poder hacer lo que se les antoje en este mundo, ¿verdad?- En confirmación a sus palabras, todos se levantaron sin ningún gesto de dolor o cansancio, dispuestos a lanzarse contra él sin ningún sentido de la autopreservación.

"El mundo se volvió irreconocible."

Shinpachi se sintió abrumado por el enfrentamiento monstruoso, y asustado al ver la aparente inmortalidad de sus captores.

Se movieron a pesar de sus huesos torcidos y triturados, se arrastraron aún con sus corazones arrancados, hablaron y gritaron aún con sus mandíbulas desprendidas.

La imagen del Fénix estampado en las paredes y moldeado en las estatuas, comenzó adquirir sentido.

- ¡Oi...! ¡Oi! ¡Demonio! ¡Criatura de pelo blanco! ¡Sacame de aquí!- Gritó Shinpachi, sintiéndose cada vez más débil.

El mencionado se volteó de malagana, pero aún así llegó hasta él de un salto.

-Por si no te diste cuenta, estoy muy ocupado.- Se quejó abiertamente mientras intentó arrancar y tironer los tubos de su cuerpo.

- ¡No, no, no! ¡Me haces daño! Sólo suelta mis manos...- Gimió aguantando el dolor.- Me ocuparé de sacar a los demás.

- Buena idea... al parecer no serás tan inútil como imaginaba.-

- ¡Eeeh!? ¿¡A qué viene ese comentario!?

Liberó sus manos justo cuando los atacantes se lanzaron detrás de ellos, pero con una patada arrancó sus cabezas.

Eso pareció funcionar y quedaron inmóviles en el suelo, aparentemente muertos.

Dudaron en volver a atacar, los enmascarados consideraron sus posibilidades.

- ¿¡Dónde está el conde Trancy!?
- ¡Lord Sirius no vendrá! ¡Hay que salir de aquí!

El demonio sonrió y la puerta se cerró de golpe, de aquí nadie saldría.

Shinpachi sintió el mareo en cuanto pudo ponerse de pie, no sólo por la pérdida de sangre sino también por los días que transcurrió inmóvil en una jaula. Aún así, ignoró el malestar y se apresuró a desatar a los demás.

La marca demoníaca brilló azul oscuro en cada uno de ellos, quienes desesperados por la libertad de vivir se rindieron en aceptar la entrega de sus almas. Tan sólo fue Shinpachi quien apostó por más que sólo la libertad, queriendo dejar atrás la vida normal y mediocre que había estado llevando hasta ahora.

Él siempre quiso más que eso, siempre soñó con la vida riesgosa de un espadachín.

Una vez liberó a todos los cautivos, se volteó para buscar la protección del demonio, pero se sorprendió al ver que el salón ya estaba limpio, sin los hombres extraños ni sus vísceras esparcidas.

El demonio yació sentado en la cabecera de la mesa, con sus piernas cruzadas y semblante holgazán. Y con un simple gesto los invitó a sentarse.

- La cena está servida, disfruten el festín.

Todos se maravillaron ante la proeza de su salvador, sintieron por fin el alivio y la seguridad que tanto habían estado deseando. Aunque un poco prudentes y tímido, se fueron acercando de a poco y eligieron una silla lejos del mayor.

Shinpachi con atisbo de valentía fue el único en sentarse a su lado, observando cómo el demonio parecía estar contabilizandolos de a uno en uno, con mueca insatisfecha.

Todavía no son suficientes.

- ¿Cuál es tu nombre? ¿o cómo debería llamarte?- Lo abordó finalmente, ganando su atención.

Ante la distracción, los niños comenzaron a servirse con desesperación y hambruna.

- ¿El gran jefe? No.- Pensó para sí mismo. - ¡El Presidente!... ¿O es un término muy moderno? Tal vez... ¡El emperador!- Imaginó las posibilidades.

- ¡Me refiero a un nombre, no un título!- Se exasperó bastante por el extraño comportamiento.

Pensó por varios minutos una respuesta.

- Gintoki...- Decidió por fin, informándoles a todos.- Maestro Gintoki, o ¡Gintoki-sama!-

- Gin-san, ¿te parece bien?- intentó bromear.

- Breve y conciso, de acuerdo.- Aceptó indiferente.

- Disculpa, señor... ¿Qué cosas eran esas personas?- Se atrevió a preguntar una joven, sentada cerca de ellos.

Gintoki no pudo encontrar una respuesta.

- Ni idea, y no me importa.- Aquello desconcertó a todos. - Lo que me interesa ahora decirles...

Se puso de pie amenazante.

- ...pueden marcharse cuando quieran, no los detendré. Regresen a sus hogares si así lo desean, pero en el momento en que exiga mi pago, no podrán negarse ni escapar de mí, ¿lo entienden?- Sonrió contento.

Gintoki podría esperar un poco más hasta que se desarrollen como adultos, en la edad que tenían no le servían para nada.

- Permíteme quedarme a su lado.- Intervino de repente Shinpachi, con semblante serio.

El mayor se sorprendió ante la audacia, el niño había perdido todo el sentido del peligro, contagiado por la locura de su experiencia.

- Aunque quisiera, no podría dejarte ir. Prometiste ser mi espada, ¿verdad?

Él asintió en convicción, sosteniendo sus palabras sin vacilar; pero el demonio se acercó a su oído.

- Luego no te arrepientas cuando te rompa en mil pedazos.

En la lejanía de la tétrica mansión pérdida, un carruaje se detuvo a mitad de su viaje.

Quizás fue por el cambio brusco en la dirección del viento, pero el conductor fúnebre sabía mejor por su instinto sobre aquella peligrosa presencia en el aire.

Seguir por ese camino ya no era seguro.

- ¿Qué sucede ahora, Undertaker?- Preguntó el muñeco desde dentro del carruaje, y junto con él yacía también el joven Trancy.

- He~he~he... Parece que hoy no habrá ninguna divertida fiesta, señores.

- ¿¡Qué estás diciendo!? Fuimos muy cuidadosos y discretos, nada debería estar mal.- Alois sacó la cabeza, sin querer creerlo; y de manera escandalosa comenzó a gritar. - ¡Claude! ¡Claude! ¡Claaaaude!

Insistió en llamar aunque sin respuesta pronta; y Undertaker contenía su risa por lo ridículo que se veía.

Y finalmente, luego de unos segundos, la silueta oscura de su mayordomo cayó sobre el techo.

- My king... me temo que el funerario tiene razón, puedo sentirlo en el cielo. Y sin duda, se trata de un demonio.

- ¿¡El de Ciel Phantomhive!?

Se supone que el conde estaba fuera del país, no debería saber ni sospechar nada de lo que estaba ocurriendo. Todavía no era tiempo de salir a la luz ni de exponerse cuando Lord Sirius se encontraba en un estado tan delicado.

- No estaría tan seguro hasta que lo vea.

- ¿¡Entonces qué esperas!? ¡Averigua lo que está ocurriendo!

- De inmediato, my lord.

.

.

.

Próximo capítulo: "Prohibido meterse en el nido del dragón."