Disclaimer: la mayoría de los personajes mencionados son propiedad de Stephenie Meyer.

Capítulo 5

3:40 am.

Bostezo.

Caroline sigue pegada a mi pecho. Es la tercera vez en esta noche que despierta para comer, aún no logro tener los horarios determinados para amamantar. Ella puede despertarse cada dos horas, a veces cada cuatro.

Su cabecita cae hacia atrás y mi pezón está libre de su boca. Está completamente dormida.

— Te ayudo —dice Edward adormilado.

Sujeta a Caroline con delicadeza y la arrulla en sus brazos dejándola sobre su hombro derecho. Estoy agradecida con su ayuda, no importa el horario, él no ha dejado de ser partícipe desde que nuestra hija nació.

Milo también se ha despertado cada vez que lo hace Caroline. Se mantiene sentado frente a la cama y trae un peluche en su hocico.

Mis ojos se cierran. Estoy a nada de quedarme dormida.

— Duerme, amor —mi esposo me alienta— me haré cargo de Caroline.

— Ella ensuciará el pañal —le digo en medio de un bostezo— lo hace cada vez que come.

Mi bebé se queja mientras su rostro enrojece; ella ha evacuado fuertemente, se retuerce incomoda. Sucede cuando más dormida está, es injusto.

Suelta un chillido.

Edward se incorpora y camina hacia el cambiador que está en la esquina. La lámpara del buró sigue encendida, creo que ya nunca la apagamos porque hemos decidido dormir con un poco de iluminación.

— ¿Necesitas ayuda? —pregunto.

Edward sacude la cabeza, negando. Se ha vuelto un experto en cambiar pañales con tan solo días. Tiene todo resuelto cuando se gira hacia mí con Caroline en sus brazos, mi niña tiene los ojos muy abiertos.

Aún no sabemos si tendrá el color de ojos de Edward o los míos. Por el momento se ven grises.

— Parece que esta princesa no tiene sueño —murmura, sosteniendo a la bebé frente a él, la llena de besos ruidosos—. Sabes que nunca he visto a otra niña más hermosa que Caroline.

Sonrío. Ese mismo pensamiento lo tengo yo; mi hija es lo más bello que mis ojos han visto.

Es curioso porque antes pensaba que mis sobrinos eran los más bellos o los hijos de mis amigas. Sin embargo, ahora no creo que sea así, aunque mi amor por ellos se mantiene intacto.

Creo que el amor de madre es egoísta.

Niego al tiempo que despejo mis locos pensamientos sobre el amor.

Estoy casi por dormir cuando Milo deja sobre el borde de la cama su peluche: es una ardilla.

Es su peluche favorito, jamás lo comparte con nadie, pero ahora lo hace conmigo.

Lo tomo en mi mano recordando que fue el primer juguete que le compré. Milo nunca antes tuvo uno, porque era un callejerito que no obtenía ni una mirada de compasión.

Mueve la cola, emocionado.

— Caroline ahora es tu persona favorita —le digo, rascando su melenuda cabeza. Milo intenta entender porque su cabeza se mueve de un lado a otro con demasiada atención en mi rostro—. Gracias por quererla.

Milo descansa su hocico en mi mano. Su mirada dulce sigue puesta en mí y puedo sentir tanta paz.

— Mi princesa se durmió —anuncia Edward dejándola en la pequeña cuna.

Rápidamente se gira metiéndose bajo las mantas, me acerca a su cuerpo, abrazándome.

— ¿Qué ocurre amor? —articula.

Le señalo con mi mentón que nuestro peludo ha dejado el peluche dentro de la cuna.

Milo está compartiendo con Caroline por primera vez.


Estoy muy agradecida por unirse a esta pequeña historia.

Gracias totales por leer 🐾