Lo primero que vio en su primer día en la nueva escuela fue a ella. En el mismo momento en que bajaba del autobús, ella pasaba corriendo detrás de un balón, riendo a carcajadas, el corto cabello pelirrojo despeinado por la carrera.
Su cerebro de artista calibró enseguida su altura, sus proporciones, sus piernas musculosas y brazos llenos de pecas. Lo primero que se preguntó Luna acerca de Ginevra fue si posaría para ella.
La siguiente vez que la vio fue en la cafetería. Estaba con un grupo de deportistas, chicos y chicas altos, fuertes y alborotadores que en ese momento vitoreaban a otro alto pelirrojo mientras se besaba con un compañero de piel oscura. Le sorprendió, de un modo agradable, ver a aquella chica aplaudir con fuerza, como si aquello fuera realmente una hazaña que celebrar.
Fue en ese momento, cuando Luna se quitó las gafas de lo alto de la cabeza para ponérselas y volver la atención a su ensalada, cuando Ginevra la vio.
— ¿Quién es esa? —le preguntó al amigo que se sentaba junto a ella.
Pero no recibió respuesta, porque su amigo estaba distraído observando todavía a la pareja que se besaba de nuevo con un gesto un poco amargo, así que le codeó las costillas.
— ¿Qué? — le gruñó, frotándose el punto dolorido.
— Que si sabes quien es esa —insistió.
Su amigo se subió las gafas, eternamente caídas y miró en la dirección que apuntaba la nariz de Ginevra.
— No. Será nueva.
La pelirroja soltó un bufido de frustración por la falta de colaboración de su amigo.
— No es tu tipo, Gin —comentó, aún molesto por el codazo.
— ¿Desde cuándo tengo un tipo?
— ¿Desde cuándo te interesan las artistas? — contraatacó él, señalando los libros y cuadernos de dibujo amontonados junto a la comida de la pequeña rubia.
La respuesta realista sería que nunca. A ella le gustaban las mujeres fuertes, las que dominaban el suelo que pisaban con firmeza. La capitana del equipo de baloncesto, dos jugadoras del de volleyball y otra del de tenis. Todas chicas capaces de retarla a un pulso, y no solamente en el plano físico. Le gustaban las mujeres con carácter y las alumnas del departamento de arte solían ser de otra pasta. Pero esa chica... tenía algo.
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Pensó en ella en cuanto el profesor les habló de las lecciones de dibujo anatómico. Ese día, en la cafetería, volvió a buscarla con la mirada. Estaba de nuevo rodeada de deportistas, hablando muy alto e intercambiando palmadas con el pelirrojo que se sentaba bastante pegado al muchacho con el que se besaba por los pasillos en los descansos entre clases.
— ¿La conoces? —preguntó a su nuevo amigo.
Neville lanzó una mirada tímida a la mesa de los deportistas y enseguida volvió a centrarse en su bandeja.
— Todo el mundo los conoce. Los pelirrojos son los hermanos Weasley. Él es el capitán del equipo de fútbol.
— ¿Crees que ella posaría para mí si se lo pido?
La incredulidad en la cara redonda de su amigo era incluso graciosa. La miró con ojos muy abiertos, dos largos parpadeos antes de contestar en un murmullo.
— Ellos no se mezclan con gente como nosotros.
— ¿Como nosotros?
— Lo único interesante en nosotros para los deportistas es si cabemos o no en una taquilla.
Luna volvió a mirarla. Parecía más calmada y hablaba entre bocado y bocado de manzana con el chico de gafas que se sentaba con ella.
— No me había dado vibra de ser así —murmuró un poco desilusionada.
— Bueno, que ella igual no.
— ¿En qué quedamos?
— Que es verdad que ella igual no es así, pero para mí todos los deportistas son iguales —se defendió Neville.
Volvió a mirar a Luna cuando ella le tocó con cuidado el hombro y se la encontró sonriéndole comprensiva. No había contado mucho de su anterior escuela, pero tenía la sensación de que su experiencia no era ajena al bulling.
— Eso son prejuicios, Nev —le riñó con suavidad.
— Eso es mi experiencia, Luna —se defendió, apretando la mandíbula, obstinado.
Ella siguió masajeándole el hombro con cariño, hasta que otra carcajada en el grupo de los deportistas le hizo volver a mirarlos. Era la pelirroja la que reía de algo que había hecho su hermano, que estaba mirándola muy mal con la cara más roja que una amapola. Tenía una risa fantástica.
— Voy a preguntarle —exclamó de repente, decidida, poniéndose de pie.
— ¿Ahora? Delante de todos?
— Sip. Creo que es un buen momento. ¿No sientes la energía?
Neville volvió a mirarla incrédulo, pero no la perdió de vista mientras ella caminaba como dando saltitos hasta la mesa de los deportistas. Supo cuando se habían percatado de que se acercaba porque se callaron y la miraron todos con distintas expresiones de sorpresa y confusión. No pudo escuchar sus palabras entre el barullo de la cafetería, pero la vio hablar, gesticulando mucho con las manos, y a Ginevra Weasley mirarla idiotizada. Quizá no fuera una idea tan loca, se dijo a sí mismo, mientras se levantaba para devolver su bandeja y la de Luna, imaginando lo que sería tener el valor para hacer él lo mismo con cierto delantero con gafas.
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— Ginny va a posar para un retrato.
La familia entera se giró a mirar a Ron, que acababa de soltarlo en un raro momento de silencio, entre bocado y bocado de guiso de atún.
— Cállate, Ron —masculló la pequeña de la familia, metiéndole un gran trozo de pan en la boca.
Hubo una carcajada por la cara de Ron, que aún con la boca llena de guiso consiguió comerse el pan también, pero aún así Ginny no consiguió desviar la atención de sí misma.
— ¿Un retrato? —preguntó divertido su hermano mayor.
— Una de las chicas de arte me preguntó el otro día si posaría para un trabajo.
Hasta su madre la miró incrédula.
— ¿Qué? por lo visto tengo una anatomía interesante —farfulló.
Su hermano Charlie rompió a reír, coreado por los gemelos. Hasta su cuñado, que solía ser muy reservado en las comidas familiares, rio con disimulo detrás de su servilleta. Miró a su hermano Percy, la única alma sensible de la familia, buscando su ayuda.
— A mi me parece halagador —intervino Percy con suavidad— ¿Podremos ver el retrato después?
— Ni siquiera se lo pregunté —contestó, cayendo en ese momento en que se había quedado tan sorprendida que ni siquiera había hecho las preguntas básicas.
— Esa chica se acercó a la hora del almuerzo en la cafetería dando saltitos como si saliera de recoger flores en un anime de esos, toda feliciana. —Hubo otra carcajada por la imitación de Ron, que se había puesto de pie y sacudía los brazos y daba saltitos por el comedor como una Heidi desquiciada—. Se plantó delante de nuestra mesa con la sonrisa más escalofriante que he visto en mi vida y le preguntó si posaría para ella.
Ginny lo miró con el ceño fruncido y le tiró el resto del pan que aún tenía en la mano, golpeándolo justo en medio de la frente.
— Es imposible que tú vieras todo eso porque estabas muy distraído mirando a Blaise, hermano.
Un sonoro "Uuuuuuuu" emitido por los gemelos hizo sonrojar a Ron, que tomó el pan del suelo y se lo tiró a su hermana de vuelta antes de volver a sentarse a la mesa, pero ella lo cogió en el aire con un movimiento preciso y se lo tendió bajo la mesa al perro de la familia.
— Quedé en reunirme con ella el martes, supongo que me dará los detalles.
— Seguro que es una experiencia agradable —terció por fin su padre, zanjando el tema girándose hacia su silencioso cuñado— ¿Qué tal el taller, Stan?
Funcionó, su padre era el rey cortando posibles discusiones, tenía experiencia mediando entre ellos. Lo observó hablando con el novio de su hermano favorito y luego miró a Percy, que los escuchaba conversar también con una pequeña sonrisa. Le gustó ver la paz que transmitía; el primer día que había hablado de Rabastan en la comida familiar había aguantado un montón de rechiflas de sus hermanos sobre el extraño nombre. También ese día había intervenido su padre para evitar a Percy un mal rato y lo había hecho diciendo que para ser de la familia necesitaba un diminutivo como todos sus hijos y le ofreció llamarlo Stan. Así era su padre, un conciliador nato.
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Estaba un poco nerviosa cuando se reunió el martes con la chica de arte en el comedor. Ni tan siquiera había prestado atención cuando le había dicho su nombre al presentarse, así de distraída estaba. Ella, que tenía la sutileza de un rinoceronte y que era capaz de mandar a cualquier compañero a la enfermería con los tacos marcados en la espalda o el muslo, había caído un poco atontada por los saltitos y la brillante sonrisa de la rubia. Y ese pelo, ¿sería de verdad esa mata de pelo rubio?
— Hola.
Se sobresaltó un poco y casi tira el zumo que bebía cuando la alegre y dulce voz le saludó por la espalda. No llegó a girarse, enseguida la muchacha entró en su campo de visión con una bandeja y se sentó frente a ella.
— Hola —contestó, dejando por seguridad el vaso sobre la mesa—. Me vas a disculpar, pero no recuerdo tu nombre.
Volvió a sonreírle de esa manera que hacía que su cara entera brillara y le tendió una pequeña mano llena de anillos y manchada de pintura azul.
— Luna Lovegood.
Tomó la mano y la estrechó con cuidado. Era tan bonita y pequeña que le recordaba a las muñecas de porcelana que su madre coleccionaba.
— Ginevra Weasley, pero todos me llaman Ginny o Gin.
Luna sonrió un poco más, marcando un hoyuelo en la mejilla izquierda, y apretó su mano con fuerza inesperada.
— A mí Luna. En mi antigua escuela me llamaban lunática, pero creo que no era de cariño.
Ginny se limitó a soltarle la mano y volver a coger el vaso, sin saber qué decir.
— ¿De dónde vienes? —preguntó por fin.
— St. Joseph.
La pelirroja arrugó la nariz, haciendo que resaltaran sus pecas en el rostro bronceado.
— Ese sitio es una mierda.
— ¿Lo conoces?
Asintió, dejando el vaso con un poco de fuerza para coger el sándwich de pavo que aún no había probado.
— Mis hermanos mayores fueron allí, hasta que al tercero le metieron la cabeza en un urinario. Mi hermano Charlie le dio una paliza al responsable y los expulsaron a los dos. Ya veo que las cosas no han cambiado mucho.
— Bueno —respondió despacio mientras pelaba una naranja, haciendo sonar sus brazaletes de metal con un tintineo que a Ginny le pareció muy agradable—, a mí no me agredieron. Siento mucho lo de tu hermano, ¿luego vino aquí?
— Sí. Está mucho mejor ahora, gracias. ¿Te refieres a que no te agredieron físicamente?
— Ajam —contestó, con los ojos azules clavados en la naranja pelada mientras la separaba en gajos que colocó en círculo como una pequeña flor—. Pero mi padre se cansó de reponer mi material.
— ¿Te robaban?
— Simplemente desaparecía —contestó encogiéndose de hombros, como si sus cosas volaran por sí solas fuera de la taquilla—, hasta que un día fue mi ropa cuando salía de la ducha después de una clase de educación física.
Ginny dio un golpe con el puño en la mesa que sobresaltó a Luna y pareció sacarla de un pequeño trance.
— Pero eso ya es pasado —afirmó, con un tono más animado—. Aquí me va a ir mejor. ¿quieres hablar de tu retrato? deberíamos empezar a trabajar en eso a final de semana.
— Claro. Cuéntame —respondió apartando su bandeja y apoyando los codos en la mesa.
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1 mes después
Crisis. Tenía una crisis de ropa interior, la cosa más absurda del mundo. Había revuelto tanto el cajón que parecía una mesa de Primark en rebajas. Frustrada, se dejó caer en la cama y cogió el móvil para preguntarle a la única persona en cuyo criterio sobre ropa interior femenina confiaba a muerte.
— ¿Gin? —preguntó la voz de Percy.
— Tengo una emergencia.
— ¿Qué ocurre? —inquirió preocupado.
— No tengo ropa interior femenina.
Escuchó con toda claridad como su hermano trataba de contener una carcajada.
— Creo que no te he escuchado bien.
— Me has escuchado perfectamente.
— Igual tienes que darme más contexto.
Bufó y se cambió el teléfono de mano mientras miraba el revoltijo que era su cajón, con la esperanza de ver asomar una puntilla por algún lado.
— Luna me ha pedido que pose en ropa interior.
Hubo un significativo silencio al otro lado de la línea y pudo oír a su hermano tapando el teléfono para decirle a su cuñado que necesitaba un minuto.
— Si estás ocupado...
— No, no, tranquila. Íbamos a salir, me pillas maquillándome, pero puede esperar cinco minutos mientras aclaramos ese asunto. ¿En ropa interior?
Dio un suspiró y tiró de la esquina de un sujetador deportivo, deseando que al verlo entero le pareciera un poco más sexy.
— Estas semanas anteriores ha practicado con brazos y piernas. Ya te dije que se trata de boceto anatómico.
— Sí.
— Pues me ha pedido uno de cuerpo entero, porque dice que necesita trabajar las proporciones.
— ¿Y no puede ser vestida?
— Por lo visto no. Mañana es la sesión y me acabo de dar cuenta de que solo tengo ropa interior práctica.
— Emmm, disculpame Gin, pero ¿cual es el problema? ella va a estar centrada en tu musculatura, no creo que tener encaje en la ropa interior sea significativo para su trabajo.
— Lo sé —gimió, frotándose la frente.
— ¿Entonces?
— Quiero estar bonita, Percy.
Su hermano guardó silencio y lo imaginó con el eyeliner en la mano, como tantas veces lo había visto antes de salir, y cara de sorpresa.
— ¿Te gusta Luna, Gin? —atinó a preguntar por fin con tono de sospecha.
— ¿Crees que estaría histérica por unas bragas si no me gustara? ¡acabo de depilarme partes de mi cuerpo que no había depilado nunca! —contestó con voz aguda por los nervios.
Ahí sí que Percy soltó una carcajada.
— Oh dios, hermanita, sí que es una crisis seria. Dime que te has echado luego alguna loción calmante por favor, o vas a posar con medio cuerpo irritado y eso es menos sexy que tu ropa interior de deportista.
— ¡Vete a paseo, Perce!
— Lo digo en serio. Pero volviendo a tu drama, ¿no te parece que si a esa muchacha le gustas le dará igual que tus bragas sean de algodón en lugar de puntilla?
— Yo no...
— Ponte algo con lo que te sientas tú misma, Gin, porque en serio que bastante incómoda es la irritación en la piel, si a eso le sumas la inseguridad de ponerte algo con lo que te veas disfrazada... juega tu seguridad en ti misma esta vez. Eso es más sexy que el raso, créeme.
Ginny dio un largo suspiro y volvió a mirar el cajón revuelto, deseando tener una varita mágica para devolverlo a su pulcritud y orden anterior.
— Vale. ¿Crees que mamá tendrá loción de esa?
— Seguro, es ella la que me la compra —respondió divertido.
— Voy a pedirle y a ver si está seco mi conjunto verde.
— Es un buen color. Yo voy a arreglar mi eyeliner, no es buena idea reírse mientras te maquillas. Pásalo bien mañana, el domingo me cuentas.
— Lo haré. Disfrutad de vuestra salida.
— Lo haremos. Te quiero, hermana sin puntillas.
— Y yo a ti, hermano. Saludos a Stan.
— De tu parte.
Y colgó. Con un segundo suspiro, Ginny volvió sobre la cama el cajón y comenzó a doblar con paciencia bragas y calcetines de nuevo.
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Luna dejó el carboncillo en la pequeña repisa del atril y repasó su boceto con mirada crítica. Ginny no pudo evitar añadir esa arruga que se hacía entre sus cejas cuando se ponía seria a su lista de cosas que le fascinaban de ella. La escuchó mascullar algo entre dientes y tuvo que preguntar.
— ¿Va todo bien? no pareces muy contenta.
No hubo respuesta, al menos no verbal. Vio como se recogía el pelo en un moño improvisado, con el tintineo de sus pulseras, y como giraba la cabeza hacia los dos lados, tratando de mirar su trabajo desde distintas perspectivas. Después volvió a mascullar entre dientes y arrancó la hoja, arrugándola entre sus pequeñas manos.
A pesar de la orden de no moverse, se levantó para acercarse a ella. De cerca, se apreciaba una mancha de carboncillo en uno de sus pómulos y que lo que había usado para sujetarse el moño era un lápiz sin afilar.
— ¿Necesitas un descanso?
Los ojos azules le miraron con un largo parpadeo, como si saliera de trance, y recibió una pequeña sonrisa.
— Anoche no dormí bien. Siento hacerte perder el tiempo —dijo con su voz cantarina, sentándose en la banqueta junto al atril.
Envalentonada, Ginny se acercó más y le limpió con un dedo la mancha de la cara.
— Pasar tiempo contigo no es pérdida.
La chica arqueó un poco las cejas, sorprendida. Había descubierto que cuando se concentraba, se evadía de tal manera que luego le costaba un rato aterrizar y volver a ser la criatura alegre y dulce que había conocido.
— Espero que no tuvieras algo mejor que hacer esta tarde.
— ¿Yo? no. Quizá ir al cine o a tomar algo, nada que no pueda hacer cualquier otro viernes.
— Igual aún estás a tiempo —murmuró, mirando la hoja arrugada en el suelo—. No creo que hoy sea capaz de hacer algo decente.
— ¿Es algo que estoy haciendo mal? —preguntó por fin mientras alargaba la mano para coger la camiseta que había dejado sobre su mochila en el suelo.
— ¿Tú? que va, lo estabas haciendo perfecto. —le sonrió, aunque no era tan brillante como siempre— Solo es... un mal día.
— Quizá necesites airearte tú también. Podemos ir a algún sitio.
— ¿Tú y yo?
— ¿Por qué no? —respondió con fingida despreocupación mientras se subía los vaqueros.
Luna no contestó. Se desabrochó despacio la bata que protegía su vestido azul y la dejó colgada del borde del atril. Después se agachó para coger el bolso de tela que había estado todo el rato a sus pies y esperó mientras Ginny sacaba de su mochila una chaqueta.
— ¿No llevas chaqueta? puede que ahora al salir haga fresco —comentó mientras le sujetaba la puerta del aula.
— Lo olvidé. Me suele pasar cuando salgo de casa con mucho sol, me animo tanto que no recuerdo que se irá.
— Yo tengo otra en mi taquilla. Ven, te la prestaré.
Caminaron en silencio, bastante cerca la una de la otra, pero cada una con la cabeza en un lugar diferente. Cuando Ginny se detuvo delante de su taquilla en el pasillo vacío a esa hora, Luna siguió caminando por inercia, distraída. Tanto, que la pelirroja casi tuvo que correr para alcanzarla en la puerta que daba a la calle, con la chaqueta en la mano.
— Toma.
Los ojos azules le miraron, un poco idos al principio. Luego estiró la mano para cogerla y sonrió un poco.
— Pareces realmente distraída, ¿quieres contarme? —preguntó Ginny cuando bajaron las escaleras y comenzaron a alejarse del edificio de ladrillo, consciente de repente de que había empezado a usar con ella el mismo tono que usaba cuando hablaba con Percy.
— En realidad no. ¿Podemos hablar de otra cosa?
— Emmm, sí claro.
— Háblame de tu familia, parece muy numerosa.
— Uff, demasiado. Somos siete hermanos. Mis padres, Minerva, nuestra gata, y Lobo y Hocicos, nuestros perros.
— Tiene que ser divertido —comentó, encogiéndose un poco dentro de la chaqueta, hacía más frío de lo que esperaba.
— Lo es. Sobre todo ruidoso.
— ¿Y tus padres saben que tu hermano Ronald tiene novio?
— En mi casa no hay secretos. Mi hermano Percy tiene novio también. Si mis padres sobrevivieron a la impresión del yerno expresidiario que conduce una Harley, creo que ya pueden con todo —explicó divertida.
En contra de lo que esperaba, el rostro de Luna decayó un poco. Entre eso y que la veía temblar de frío, no pudo evitar pasarle un brazo por los hombros.
— Venga, cuéntame lo que te preocupa.
— Ayer mi padre vio mi trabajo y no le gustó.
— Tu trabajo... sobre mí.
— Yo... te estuve dibujando en casa.
— No entiendo.
Luna abrió la bolsa de tela y sacó un cuaderno de dibujo que no le había visto hasta entonces y se lo tendió mientras se mordía el labio.
— Desde el primer día que te vi —le explicó mientras pasaba las páginas del cuaderno, asombrada— pensé que quería dibujarte. Hice estos de memoria en casa.
A pesar de que la luz de la calle no era muy buena, Ginny admiró una serie de dibujos a lápiz que le hicieron estallar el cerebro. Luna la había dibujado corriendo tras un balón y en la cafetería, riendo con los ojos entrecerrados o conversando con Harry. Incluso había uno peleando con Ron al que había añadido pequeños detalles de color en el cabello y las pecas. Los últimos eran de las sesiones de posado, pero no bocetos anatómicos, sino ella posando en diferentes posturas, en algunas con cara de concentración, en otras riendo. Parecía que a Ginny le gustaba su risa, era la expresión facial que le ponía más veces.
— Esto es... asombroso, Luna.
Los menudos hombros se encogieron un poco, todavía se mordía el labio.
— Mi padre cree que estoy un poco obsesionada y que eso no es bueno.
— ¿No serán prejuicios porque soy una chica?
Luna negó con la cabeza y estiró la mano para recuperar su cuaderno. Lo guardó en su bandolera y empezó a caminar de nuevo.
— Mi madre era obsesivo compulsiva. El solo teme que yo...
Ginny entendió. Despacio, volvió a pasarle el brazo sobre los hombros y siguieron caminando sin rumbo un buen rato.
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— ¿Qué le pasa a Weasley?
Luna miró a Neville, distraída, y luego siguió su línea de mirada. A unos metros, Ginny estaba de pie con una bandeja y parecía indecisa.
— El viernes le dije que igual no era buena idea que siguiera posando para mí —respondió, sonriéndole con timidez.
— ¿Ha pasado algo? ¿Se ha metido contigo? —inquirió preocupado mientras la pelirroja se dirigía hacia ellos.
— ¿Qué? No, no, eso no... ¡Hola Gin!
Aún había incertidumbre en la cara pecosa cuando los miró a los dos, delante de la mesa.
— ¿Puedo sentarme?
Neville abrió mucho los ojos y boqueó como un pez. Luna le dio un toquecito en el hombro y luego sonrió un poco más antes de decir con bastante entusiasmo "Por supuesto" y señalar el banco frente a ellos dos.
— ¿Qué tal vuestro fin de semana? —preguntó Ginny, más que nada para romper el silencio reinante.
— Bien. Salí a pintar cerca de mi casa, al parque.
Luna apretó un poco la pierna de Neville por debajo de la mesa, para que hablara, pero seguía boqueando.
— ¿Tú tenías partido?
— Sí. verdad es que fue un ...
Se cortó en seco porque vio a Neville ponerse más pálido todavía y bajar la mirada hasta clavarla en su regazo, a la par que alguien golpeaba su espalda.
— ¡Qué pasa Weasley! ¿Te has equivocado de mesa? esta es la de las mariposas —exclamó una voz un poco gangosa.
Se giró un poco hacia el lado, con la mandíbula apretada.
— ¿Qué tal la expulsión, Goyle? me han dicho que tu madre estuvo gritando todo el camino hasta el coche.
La expresión habitualmente cruel de su compañero de equipo empeoró mientras enrojecía de furia.
— ¿No vienes a comer entonces con nosotros? —intervino detrás de él el otro gorila, deteniendo el posible estallido de su amigo.
— Creo que podéis encontrar solos el camino. ¿O queréis que os haga un mapa?
Los dos jugadores de fútbol miraron a Neville, que seguía con la cabeza gacha, y luego a Luna, que les sonrió con sus maneras apacibles. Después se marcharon pisando fuerte.
— Gracias, Weasley —dijo el chico, poniéndose de pie con su bandeja, las manos temblando visiblemente— Si me disculpáis, necesito... un momento.
Las dos lo siguieron de la mirada mientras salían de la cafetería.
— Me contó que había deportistas que se metían con él, que le habían metido varias veces en una taquilla —le explicó con suavidad.
Asintió, tomando su botella de agua y desahogando su enfado con el tapón.
— Por algo así los expulsaron. No aguanto a esa gente, son un par de memos descerebrados que solo saben sentirse más grandes a costa de otros más inteligentes. Siento lo de tu amigo.
Las dos comieron un rato en silencio, hasta que Ginny apartó la bandeja, apoyó los codos en la mesa y le habló con seriedad.
— No quiero dejar de posar para ti.
Luna jugó con la cuchara, siguiendo con cuidado con el borde el perfil de la bandeja de aluminio.
— ¿Y si mi padre tiene razón? —preguntó con los ojos un poco cristalizados.
Ginny se levantó con decisión y se sentó junto a ella en el banco corrido. Estuvo tentada de pasarle el brazo por los hombros pero al final le tomó la mano bajo la mesa.
— No creo que la tenga. Egoístamente prefiero pensar que te gusto y por eso me dibujas. —confesó con una sonrisa traviesa.
Los ojazos azules se volvieron hacia ella, llenos de luz.
— Tienes una energía especial, ¿sabes? —le murmuró, apretando un poquito sus dedos bajo la mesa—. Mi madre creía mucho en eso, en energías afines.
— ¿Y crees que nuestra energía es afín? —le contestó en el mismo tono, acercando un poco más la cara a la de Luna.
— Lo sentí la primera vez que te vi. Pero ya no sé si me puedo fiar de mi misma, Gin.
Le acarició la cara, limpiando de paso una lágrima que escurría despacio por el pálido pómulo.
— Yo puedo hacerlo por las dos, si crees que en mí sí puedes confiar.
— Mi madre se parecía a mí. Era feliz, o yo creía que lo era, pero las obsesiones solo fueron el principio, después hubo más cosas y acabó... abandonándonos porque la vida era demasiado. ¿Estás segura de que puedes confiar en mí?
La pelirroja le respondió eliminando la distancia y dándole un beso suave, uno de esos que pega un chispazo y hace subir un golpe de calor desde el estómago.
— Ya lo hago. Y si crees que necesitas saber si vas a ser como ella, buscaremos ayuda. Pero mientras tanto, quiero seguir posando para ti.
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Epílogo: exposición de fin de curso.
Luna miró a Ginny, que paseaba arriba y abajo por el pequeño dormitorio. Toda ella era un derroche de energía nerviosa en ese momento. A decir verdad, ella siempre era energía, solo la había visto relajada durmiendo.
— ¿Por qué estás inquieta? —le preguntó por fin con voz apacible mientras la veia cambiarse por tercera vez de camiseta.
— ¿No se te hace raro pensar que toda la escuela me va a ver en ropa interior?
Soltó una risita y se acercó hasta ella, poniéndose a su lado delante del espejo.
— Aún puedo llamar y pedir que quiten ese en concreto.
— No, no puedes —protestó Ginny, mirándose de perfil antes de darle el visto bueno al conjunto— Es un gran trabajo y estoy orgullosísima de que lo hayan elegido para la exposición de final de curso.
— Pero te da vergüenza que todo el instituto te vea en ropa interior.
La pelirroja movió la cabeza negativamente y la tomó por la cintura, apoyando la frente en su hombro.
— Realmente no sé porqué estoy nerviosa. Igual es más bien porque va a venir mi familia y mis amigos. No sé —gimió, apretando más la frente contra su hombro.
Comprensiva, Luna acarició la nuca que ella misma había rapado la tarde anterior.
— Deberíamos irnos —le murmuró cuando el abrazo se alargó un poco—. Le prometí a tu madre que llegaríamos pronto y debe llevar abajo esperando como diez minutos ya.
Ginny se enderezó, soltó aire y le tendió la mano para bajar las escaleras.
Decir que Luna se había integrado con facilidad entre sus hemanos sería decir poco. Ginny estaba convencida de que los había conquistado a todos, del primero al último , a los diez minutos de llegar a la primera comida familiar, cinco meses después de que empezaran a salir. Aún así le pareció enternecedor que sus hermanos entraran a la sala rodeándolas como una escolta, preparados para contestar a cualquiera que se atreviera a criticar el trabajo de Luna. O a la modelo, claro.
No fue necesario. La calidad de sus trabajos había sido alabada por los profesores en general y los tres que le habían elegido para la muestra, incluido el desnudo de Ginny, estaban recibiendo numerosos elogios de los visitantes de la exposición. Ni tan siquiera los compañeros de equipo de Ginny, o al menos los que eran sus amigos más cercanos, tuvieron nada que decir. O lo reservaron para meterse con el otro modelo del equipo, habilmente retratado por Neville también sin ropa.
Hubo un momento en el que Luna miró a su alrededor. Abrazada por detrás por Ginny, con su padre charlando con el señor Weasley a unos pasos, y el resto de sus nuevos amigos a su alrededor, decidió que había merecido la pena la incertidumbre del cambio de instituto. Sonrió ampliamente cuando vio unos pasos más allá a Neville hablando en murmullos con Harry, justo antes de recibir un beso.
— Por fin se ha lanzado —le dijo Ginny al oído.
— Neville necesitaba su tiempo. Son bonitos juntos —le contestó.
— ¿Buena energía?
— Excelente.
— Genial —comentó Ginny, cerrando más fuerte el círculo alrededor de la estrecha cintura con sus brazos musculosos.
— Sí —respondió con un suspiro, apoyándose más en su pecho.
