Esta es una adaptación de mi libro favorito del mismo nombre que quiero compartir con ustedes.
REPITO: Todos los derechos a su respectiva autora al igual que los derechos de la serie s sus respectivos creadores.
Capítulo 1
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Había algo que no iba bien. No sabía decir lo que era exactamente, pero ahí estaba.
«Sí, algo no encaja», pensé mientras me apeaba del autobús y bajaba a la acera frente al Colegio Françoise-Dupont de París. El lugar tenía el mismo aspecto que cualquier otro día, con sus ladrillos rojos, sus banderolas de vivos colores colgando por todas partes y el batiburrillo de estudiantes dando vueltas por delante de las puertas principales. El centro educativo llevaba allí más de un siglo. No había nada fuera de lo normal.
Sin embargo, las nubes negras que se acercaban presagiaban algo, traían consigo un sentimiento de sospecha y de… tristeza. Una tristeza casi sofocante.
París era la ciudad del amor, el lugar de las mil caras. Pero nunca antes la había visto como la veía hoy.
—Vamos, Marinette, estás en medio.
Me desplacé rápidamente a un lado cuando , mi mejor amiga, Alya Césaire, bajó del autobús.
La primera vez que vi a Alya fue durante el periodo de orientación para nuevos estudiantes, mientras yo me dedicaba a recorrer los pasillos a solas en busca del aula que me tocaba. De ahí en adelante, ella había decidido tomarme bajo su protección porque las dos llevábamos el mismo color de camiseta, y también sería quien me enseñara todo lo que ya sabía sobre el panorama social en el Instituto de moda. Sin ella, hubiera estado perdida del todo —literalmente, de manera figurada y desde luego socialmente—. Ahora, después de dos años, seguíamos siendo amigas, y yo continuaba tan feliz a la sombra de Alya, una persona que, socialmente, era de las que iban de flor en flor.
—¿Por qué tienes esa mirada tan extraña? —me preguntó mientras las dos seguíamos a la masa de estudiantes para cruzar las puertas principales.
Miré hacia un grupo de profesores que estaban reunidos en el pasillo frente a administración, todos con las cabezas juntas, susurrando, y fruncí el ceño al mirar a Alya.
—¿Qué mirada?
Volvió los ojos y me dio un codazo.
—No importa. ¿Estás preparada para el examen que el Gobierno manda cada año? Con trabajo puedo entender lo que dice Monroe la mitad de las veces, y, además, no sirve para nada que nos sepamos incluso cuántos miembros hay en el gabinete o lo que sea, y yo… Marinette, ¿me estás escuchando?
Estaba concentrada en una pareja de policías de uniforme que se encontraban en el pasillo donde estaba mi taquilla, de pie, hablando con el director, Damocles. Por lo rígido y severo de la cara que ponían podía adivinarse que habían estado hablando de algo muy desagradable. Pero ¿qué habría traído a la policía hasta el instituto?
— Tierra llamando a Marinette, ¿acaso Adrien volvió a ocupar tu cabeza?
—Lo siento, Alya, es solo que… —Era incapaz de articular las palabras para expresar cómo me sentía—. No sé, supongo que estoy preocupada por el examen.
Alya soltó una carcajada mientras yo buscaba el libro en mi taquilla.
—¿Qué te preocupa, Mari? De hecho, tú eres la única que se las arregla para no dormirse en la clase.
—Creo que no es más que suerte. —Suerte o que tenía un padre al que le daría un ataque si no sacaba una nota decente.
Dejé a Alya y me encaminé hacia la clase, ahora sintiéndome como si alguien me estuviera pisando los talones, respirándome en el cuello. Me senté en un sitio que estaba en las primeras filas del aula y centré la atención en mantener la respiración regular, algo que conseguí hasta que sonó el primer timbre y nuestra profesora no apareció.
La señora Anderson, la profesora de Ilustración para moda, era probablemente la persona más amable con la que jamás me hubiera topado. Casi siempre hablaba tan bajo que lo único que se oía era su respiración y siempre sonreía a cualquiera que se cruzara en su camino. Yo no tenía suficiente paciencia para aprender el dibujo—me había costado muchísimo superar los dos años obligatorios—, pero la señora Anderson era como si ululara, y hacía soportable la clase a pesar de que fuera a una hora tan ridículamente temprana.
El hecho de que la señora Anderson hubiera llegado tarde no hacía más que añadir inquietud a lo que ya sentía. La insoportable de Chloé estaba convencida de que la profesora vivía en el colegio porque siempre estaba en alguna parte del edificio con un café y un donut y atendía a todas las funciones escolares. Así que, ¿dónde había estado? Ella nunca llegaba tarde.
Pasaron más de cinco minutos antes de que la puerta se abriera y apareciera la señora Anderson entrando en clase. Tenía una mancha de café en el delantero del jersey y llevaba las gafas un poco torcidas. Dejó un montón de carpetas sobre su escritorio al tiempo que decía:
—Disculpad, he llegado tarde, lo siento, es que ha habido un… —Se le quebró la voz y se mordió un labio, al tiempo que se frotaba la mancha del jersey con una servilleta—. Ha sucedido algo… bastante desafortunado.
En los segundos que pasaron entre palabra y palabra, el corazón empezó a latirme con un ritmo desacompasado. No había manera de saber qué era ese algo «desafortunado» que había sucedido, pero por la manera en que se me retorcieron las tripas me dije a mí misma que tenía que ser algo malo.
La señora Anderson sonrió al tiempo que lanzó la servilleta en la papelera y se apoyó en su escritorio, cruzando los brazos sobre el pecho.
—Anoche, uno de los alumnos de la clase se suicidó.
Me senté en mi asiento, sintiéndome desinflada al tiempo que dejaba escapar un jadeo agudo.
«¿Qué?».
Desde el momento en que bajé del autobús hacía ahora veinte minutos sabía que algo había sucedido. Pero ¿qué? Quería preguntar quién se había quitado la vida, pero me di cuenta de que era incapaz de hablar. De repente, tenía la boca más seca que el desierto del Sáhara y la lengua como si fuera papel de lija.
—¿Quién ha sido? —preguntó Luka, un chico que se sentaba unas cuantas filas más atrás que yo pasados los primeros momentos de silencio tenso.
La señora Anderson jugueteó con el bajo del jersey.
— Marshall Morales.
Ese nombre me resultaba… muy familiar. Lo había oído antes, pero no era capaz de ponerle cara.
«Espera un momento», me dijo una vocecilla interior. El chico nuevo de la clase de Sociología y Moda. Eso es. Esa clase para nuevos alumnos de la señora Casey. Marshall Morales era el chico con quien me senté durante el primer semestre. De momento, al decirlo la señora Anderson, no me había dado cuenta porque Marshall no había pronunciado más de tres palabras en todo el año.
La voz de la señora Anderson despareció en el fondo mientras mencionaba que los consejeros de la escuela estarían a nuestra disposición durante el resto de la semana, por si queríamos hablar de lo que había sucedido. Pronto, me resultó imposible oírla, nada, tratando de recordar cualquier cosa relativa a Marshall Morales.
Había sido un chico muy silencioso que siempre iba con la cabeza gacha, o casi siempre, y seguía con diligencia cualquier texto que estuviéramos leyendo.
La única vez que le había visto bien la cara fue cuando nos obligaron a contestar una batería de preguntas sobre texturas.
Puede que hubiera sido fácil olvidar a un muchacho que rara vez hablaba, pero es que este chico era la persona que más me distraía, nunca había conocido a nadie así de raro. Me quedé casi sin poder decir palabra en el segundo en que me miró con aquellos brillantes ojos de color esmeralda que hacían que me sintiera como si me estuviera atravesando con rayos x.
Ahora que recordaba aquella clase, me daba cuenta de que había tratado de olvidar todo lo sucedido porque durante todo el tiempo en que trabajamos juntos, en aquella cara tan atractiva nunca vi otra cosa que no fuera una expresión de disgusto. ¿A qué chica le gustaría recordar el momento en que un muchacho dejaba claro que le apetecería hacer cualquier cosa menos mirarla?
Ahora que lo pensaba, así había sido Marshall Morales, esa había sido su actitud con respecto a todo. El Colegio Françoise-Dupont era un instituto grande, pero yo le veía de vez en cuando por los pasillos, y era fácil localizarlo, porque era alto y tenía el pelo oscuro y revuelto. Siempre se las arreglaba para estar solo, por lo que todo el mundo le daba la espalda.
Marshall Morales era o, mejor dicho, «había sido», un marginado social. Y ahora se había ido.
Me volví y me enderecé en mi asiento cuando sonó la sirena que marcaba el final de la primera clase, sacándome de mi ensoñación. Los demás ya habían abandonado sus pupitres y estaban saliendo, hablando en tono serio los unos con los otros en lugar de charlar y reírse como solían hacer. El cambio de atmósfera era ahora incluso más obvio. Me abrí camino con trabajo por los pasillos hasta el aula de Producción, aturdida, incapaz de dejar de pensar en que uno de mis compañeros de clase estaba muerto.
No es que yo conociera mucho a Marshall Morales. Ni siquiera se nos podía llamar amigos, de ninguna manera. Él no había sido más que un extraño para mí.
Entonces, ¿por qué tenía esa sensación de haber fracasado?
(~)
Para cuando salimos del instituto, la temperatura exterior había bajado, lo que hacía que el aire estuviera frío y resultara incómodo cuando me encaminé hacia uno de los autobuses de la parada. Lo que de verdad me hacía falta era meterme en la cama, hacerme un ovillo y olvidarme de que este día hubiera existido.
Me senté en uno de los asientos vacíos de atrás y apoyé la cabeza en la ventanilla, cerrando los ojos. Por suerte, gracias a Dios Alya había decidido ese día dejarme plantada para pasar tiempo con su último amor. Ninguna de las otras chicas con las que nos relacionábamos iba en el mismo autobús, así que tendría la oportunidad de pensar en silencio. El movimiento del vehículo resultaba tranquilizador, me distraía un poco de los pensamientos que me sacudían como un huracán, pero el trayecto acabó pronto, casi sin que me enterase.
Me levanté el cuello del abrigo y crucé los brazos sobre el pecho, al tiempo que empezaba a caminar hacia el edificio de apartamentos donde había vivido casi toda mi vida. El complejo estaba justo en el límite de la Ciudad, así que era un poco más ostentoso que otros edificios. Aún sigo sin acostumbrarme a la idea de mi padre de habernos mudado aquí.
A menudo me sentía sola, encerrada en casa mientras mis padres trabajaban con horarios imposibles, pero jamás me había dado tanto miedo llegar a un apartamento vacío como aquella tarde. La familiaridad de mi habitación, tan desordenada, y la seguridad de las mantas y sábanas de mi cama nunca me habían apetecido tanto.
—Buenas tardes, Marinette. —dijo Hanson, el portero, según me acercaba al edificio de cristal gris—. ¿Qué tal en el instituto?
Por unos instantes me planteé contarle lo que había pasado. Hanson era un hombre amable y siempre parecía de veras interesado en cómo me había ido el día. Pero no quería hablar de lo sucedido en voz alta, no quería decir que uno de mis compañeros de clase se había suicidado, porque todavía no quería creerme que eso había sucedido de verdad.
—Fantástico —dije al fin, mientras él me sujetaba la puerta para que entrase.
—Recuerdo cuando yo iba al instituto —dijo Hanson mientras yo atravesaba el umbral de la puerta—. En el momento en que dejes ese lugar, el mundo te parecerá un lugar mucho mejor.
Tenía mis dudas, pero me gustó que me dijera aquello.
Crucé el vestíbulo, revestido de mármol y con una fuente, en dirección a los ascensores y subí hasta la séptima planta. Caminé por el pasillo, fastuosamente decorado, saqué las llaves del bolso y abrí la puerta 7E.
A pesar de lo que muchos decían, mis padres nunca habían sido lo que podría llamarse «humildes». Nuestra casa estaba llena de muebles de piel brillantes, alfombras de color crema y fotos de buen gusto de la ciudad colgadas de las paredes, que complementaban los ventanales que iban del suelo al techo que perfilaban el salón y el comedor. La cocina, a la última, era de color cromo y casi era una obra de arte en sí misma. Mi madre pasaba muy poco tiempo en ella, así que resultaba increíble que hubiera tenido el suficiente para decorarla, eso para empezar.
Mis padres eran panaderos, así que tenían unos horarios de trabajo muy exigentes y rara vez se lo pensaban cuando dejaban la ciudad para lograr más contactos para atraer clientes y yo siempre me quedaba atrás sola, a veces una semana entera o incluso más. Cuando eso sucedía, mi vecina de ochenta y siete años, la señora Ellis, venía de vez en cuando para asegurarse de que yo estaba bien, pero eso no era lo mismo que tener a tu madre y a tu padre contigo.
Sabía que era más que afortunada por vivir en un sitio tan bonito y tener dinero a mi disposición, pero todo eso de ser "independiente" me hacía sentir un poco incómoda, de verdad, incluso aunque fuera algo que había sabido desde siempre.
Mis padres no habían ganado siempre unos sueldos estelares. A veces echaba de menos la sencilla casita donde vivíamos antes de que promocionaran a mamá y de que papá se encargara de la dirección del trabajo. Al menos entonces pasábamos tiempo como una familia y cenábamos juntos cada noche.
Suspiré aliviada una vez entré en mi habitación y cerré la puerta con llave.
Me gustaba mi habitación, era alegre. Las luces de Navidad se encendían en el balcón, las paredes estaban decoradas con entradas de espectáculos de Broadway y con un panel de corcho, colgado sobre el escritorio, en el que estaban clavadas las fotos de Alya y de nuestro grupo. Tenía hileras e hileras de DVDs y CDs que había ido coleccionando a lo largo de los años… Mi habitación era el escape perfecto por contraposición al sofocante mobiliario de piel y las fotografías profesionales de la ciudad, que mis padres habían comprado en alguna galería del SoHo, que dominaban en el salón.
Medio descorazonada intenté memorizar algunos temas de la asignatura de Producción, pero pasados cinco minutos lo dejé, tiré el libro de texto contra la pared y me eché bocabajo en la cama.
Me sentía como si una parte de mí me faltara, ahora que Marshall Morales estaba muerto y había desaparecido de la faz de la tierra. Eso hacía que deseara desesperadamente que todavía estuviera aquí, a pesar del hecho de que él y yo solo habíamos intercambiado unas cuantas palabras. De alguna manera no podía entender por qué estaba ayer y hoy ya no… Se había ido para siempre. De nuevo, no tenía mucha familiaridad con la muerte. Había ido al funeral de mi abuela Louise cuando tenía seis años, pero esa había sido la única vez que había vivido el hecho de que una persona a la que conocía, al menos un poco, se hubiera ido. Recuerdo que no me gustó nada ver su cuerpo en el ataúd de la misma manera que no me gustaba la idea de que Marshall estuviera ahora mismo yacente en algún sitio frío.
Me metí en la cama y enterré la cara en la almohada. Luego, me puse a llorar.
Iré actualizando en medida que vaya pensando ideas para mis obras.
xoxo
