Esta es una adaptación de mi libro favorito del mismo nombre que quiero compartir con ustedes.

REPITO: Todos los derechos a su respectiva autora al igual que los derechos de la serie s sus respectivos creadores.


Capítulo 2

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Dos días, un breve informe y una esquela en un periódico local. Marshall Morales estaba muerto, era cierto. Detestaba la idea de que uno de mis compañeros de clase se hubiera sentido tan desesperado como para creer que acabar con su vida fuera la única salida, esa era la verdad. Más de una vez, yo misma me había sorprendido poniéndome de puntillas en el vestíbulo del instituto para ver si lo veía, pero era inútil. Siempre había estado ahí, en alguna parte en el fondo, pero ya no lo vería más.

Me quedé de pie frente al espejo de cuerpo entero de mi habitación, estirándome el bajo del vestido negro de encaje que había encontrado apretujado en el armario. Me sentía incómoda y torpe llevando un vestido cuando solía ponerme unos jeans y una camiseta, pero quería lucir algo bonito para el funeral de Marshall. En la clase, el día antes, la señora Anderson había anunciado que todos los alumnos eran bienvenidos al funeral de Marshall para presentarle sus respetos, pero la verdad es que aquello no sonaba a verdadera invitación. La esperanza de que esa noche llegaría a alguna conclusión, de que encontraría algún sentido al hecho de que no pudiera dejar de pensar en él, me superó.

Antes de prepararme, alimente a Tikki. Se me había hecho costumbre desde pequeña salvar mariquitas del patio y cuidarlas como si fueran una mascota más, Tikki era mi favorita entre todas ellas.

Tras decidir que estaba más que presentable, me puse el abrigo, tomé mi bolso y salí de mi habitación. El taxi que había pedido tenía que llegar de un momento a otro. Pensé que debería como mínimo intentar comer algo antes de salir.

Según iba por el pasillo en dirección al salón, oí una voz suave y educada que hablaba. Cuando doblé la esquina, me sorprendió ver a mi padre tumbado en el sofá, con el iPhone en la mano, charlando animadamente.

¿Qué estaba haciendo el gran Tom Dupain tan pronto en casa? Eran poco más de las seis y cuarto de la tarde. Nunca antes había llegado tan pronto. La vez que llegó más pronto que yo pudiera recordar en los últimos tres años había sido a las ocho.

—Oye, Rick, tengo que irme —dijo mientras me miraba según pasaba por delante de él—. Marinette se está preparando para salir.

Colgó y lanzó el teléfono sobre la mesita centro, poniéndose en pie y estirando los brazos por detrás de la cabeza al tiempo que bostezaba.

—¿Qué haces en casa, papá? —pregunté—. Nunca vienes tan pronto.

—Lo sé —dijo él, siguiéndome a la cocina—. Pero Rick y yo hemos cerrado el contrato para la expansión de nuestra panaderia, así que vamos a tomarnos el resto de la noche libre para celebrarlo.

—Vaya. Eso está bien.

Un silencio incómodo que podría haberme ahorrado cayó sobre nosotros mientras yo abría el frigorífico, rebuscando en su interior algo para comer.

Siempre era igual cuando me encontraba con mi padre.

Era mi padre, sí, pero por lo general estaba tan ocupado con su trabajo que en realidad nunca había tenido la oportunidad de pasar mucho tiempo con él. Una tarde en casa era una preocupación secundaria para un hombre que empezó a tomar su trabajo tan seriamente que empezaba a estar 24 horas en él.

—Sí.

Regresé del frigorífico con un puñado de uvas y una botella de agua, mirando a mi padre con el ceño fruncido, confundida.

—¿Sí?

—Sí. —Se aclaró la garganta, apoyándose sobre la encimera, con los brazos cruzados— ¿Vas a ir al funeral de ese chico?

—Mmm… sí —dije—. Al funeral de Marshall Morales.

Frunció el ceño, pensativo, por un instante.—Morales… ¿Por qué me resulta ese nombre tan familiar?

Me encogí de hombros, metiéndome un par de uvas en la boca.

—Ni idea. Probablemente haya cientos de personas en la ciudad con ese nombre.

—Quizá.

Saboreé unas cuantas uvas más, con la esperanza de que el portero automático sonara de un momento a otro, indicando la llegada del taxi, para así escapar de aquella conversación tan incómoda.

No quería hablar con mi padre sobre Marshall Morales.

Lo que de verdad quería hacer era armarme de valor para decir adiós a un chico al que casi no conocía, encontrar la manera de dejarlo ir y no sentirme tan inusualmente culpable como me sentía. Pedirle perdón por no haberle prestado más atención, por no haber estado ahí de alguna manera para echarle una mano.

—¿Alya va a ir al funeral contigo? —preguntó mi padre después de un rato.

—No, voy a ir sola —dije—. Alya está ocupada.

Mi padre frunció el ceño otra vez, mostrando su desacuerdo ante la perspectiva de que fuera a la ciudad yo sola.

—¿Estás segura? La verdad, no me gusta la idea de que salgas por la ciudad de noche —dijo—. Siempre podría mmm, acompañar...

Le corté rápido, antes de que fuera más allá con una frase de lo más innecesaria.

—Papá. Por favor. Ya sé cuáles son las normas para salir de noche por la ciudad. Todo irá bien. Te lo prometo.

—Está bien. Pero llévate el teléfono móvil,¿de acuerdo? Y no vuelvas muy tarde.

Afortunadamente, el portero automático sonó con fuerza justo en ese momento, evitando así que siguiera con aquella conversación.

—Ahí está el taxi —anuncié, bebiéndome lo que me quedaba de la botella de agua—. Tengo que irme.

—Eh, sí, claro.

Le di a mi padre un abrazo rápido y murmuré un adiós, luego salí rápidamente de la cocina, dando gracias a Dios por estar yéndome ya.

El aire era helador, me mordía la piel según salía a la temprana noche de diciembre. Hanson me concedió una sonrisa y me guiñó un ojo al tiempo que sujetaba la puerta del taxi que me esperaba en la esquina.

—¿Vas a alguna parte?

—A… un funeral —admití—. Uno de mis compañeros de clase, bueno, se ha suicidado.

Hanson se quedó en silencio durante un rato. No dijo que lamentara oír aquello, sino que me dio un golpecito en el hombro. Eso, creo, era lo que me hacía falta.

Me deslicé en el asiento, y me abroché el cinturón al tiempo que Hanson cerraba la puerta.

—¿A dónde vamos? —preguntó el taxista desde la parte delantera.

Le di la dirección de la iglesia que la señora Anderson había mencionado. El taxi salió y se incorporó al tráfico mucho más rápido de lo que debería para mi gusto. Apoyé la cabeza en el asiento y apreté los ojos, inspirando por la nariz y espirando por la boca.

No tenía ni idea de qué esperar una vez llegase. El último funeral al que había ido era algo que ya casi no recordaba. ¿Iría todo el mundo de negro y todos estarían llorando? ¿Habría música? ¿Estallaría alguna pelea entre los miembros de la familia de Marshall si alguien hablaba a destiempo o decía algo equivocado?

Cosas así parecían suceder en los funerales que había visto por la televisión, pero no pensaba que eso significase nada en el mundo real.

Cuando el taxi llegó a la parada de enfrente de la iglesia, saqué unos billetes del monedero para pagar la carrera, luego salí y me planté en la acera antes de que pudiera convencerme a mí misma de que aquello era una idea terrible y pedir que me llevara de vuelta a casa.

Me abracé a mí misma mientras notaba la brisa que soplaba calle abajo, levantándome el pelo por detrás. Esperaba encontrarme con una multitud fuera, compartiendo la pena, pero lo cierto es que el lugar estaba tan vacío como las estanterías de una tienda después del Black Friday. Sin embargo, el mismo sentimiento de estar siendo observada crecía en mi interior mientras subía las escaleras delanteras de la iglesia.

Entré. El olor del incienso que se había utilizado durante la misa me golpeó de inmediato la nariz. Hacía bastante desde la última vez que había entrado en una iglesia: habíamos dejado de ir cuando las carreras profesionales de mis padres despegaron. Sin embargo, la familiaridad del lugar me confortó en cierto modo.

El vestíbulo donde me encontraba ahora estaba tan vacío como las escaleras de fuera, lo que hizo que me inquietase. ¿Dónde estaba todo el mundo? Saqué el teléfono móvil del bolso para comprobar que no me había equivocado de hora.

6:58.

No podía irme ahora sin más. Inspiré hondo, sumergí los dedos en la pila de agua bendita que tenía a la izquierda, hice la señal de la cruz y luego caminé hacia el interior de la iglesia.

El altar principal estaba decorado con ramos de flores blancas y tapetes, casi como si aquello fuera una misa de Navidad, pero con un aire mucho más sobrio.

En una plataforma frente al altar se encontraba un modesto ataúd cubierto con más flores blancas.

La iglesia en sí era bonita, con vitrales y columnas de mármol, pero parecía más grande de lo que era debido a las filas y filas de bancos vacíos que había.

Solo las dos primeras estaban ocupadas. Vi a algunos profesores: el señor Gage, uno de los profesores de Matemáticas; y la señora Keller, que enseñaba Dibujo I. Y luego un pequeño grupo de gente que iba al instituto y a los que solo conocía de vista aunque no sabía cómo se llamaban.

Una parte de mí había esperado que la iglesia estuviera llena. Rompía el corazón ver que no había más gente allí para mostrar sus respetos a Marshall Morales y su familia. Mantuve los ojos fijos al frente mientras me abría paso a toda prisa hacia el centro, decidida a no encontrarme con la mirada de nadie. Sin querer llamar la atención, pues me daba cuenta de que me había presentado exactamente dos minutos antes de que empezara el servicio religioso, me senté en una de las filas vacías de atrás, apretando las manos sobre el regazo y esperando a que empezara la ceremonia.

(~)

La misa empezó oficialmente según lo previsto. Los allí congregados se pusieron en pie mientras un pequeño coro que estaba junto al altar comenzaba a cantar una melodía suave y tranquila. Un cura acompañado de dos diáconos y un monaguillo se abrió paso hacia el altar. Cuando el cura llevaba solo unos minutos hablando sobre la pérdida de una vida tan joven, empezaron los llantos.

No parecía que ninguno de los que estaban cerca de mí estuvieran llorando, pero después de un rato de mirarme a los pies, vi a una mujer en la primera fila a la que estaba sujetando el hombre que se encontraba junto a ella. Claramente, la mujer sollozaba en el hombro de él. No podía verle la cara y no tenía manera de saber quién era, pero no me costó mucho darme cuenta de que aquella mujer debía de ser la madre de Marshall Morales.

Entonces me di cuenta de que pocas cosas en la vida podían romperte el corazón como ver a una madre llorando por la pérdida de su hijo. Había muerto un chico y eso no debería haber ocurrido nunca. Después de eso, pensé que yo también podía permitirme llorar.

Empecé a derramar lágrimas rápido, con furia, mientras el señor Gage subía al púlpito para decir unas palabras sobre Marshall y lo buen estudiante que era.

Estaba llorando mientras un chico con los mismos ojos de Marshall se puso en pie y pronunció una especie de elogio sincero. Y estaba sollozando cuando me dieron una rosa blanca y luego me acerqué al altar para dejarla sobre el ataúd del fallecido.

Puede que me quedase allí más tiempo del necesario, pero ¿qué se suponía que debía decir? ¿Lo siento, nunca habíamos hablado?¿Lamento que creyeras que debías acabar con tu vida? ¿Ojalá todavía estuvieras vivo?

—Marshall, soy…

—¿Conocías a mi hermano mayor?

Me volví rápidamente y vi a una niña de pie frente a mí, con unos rizos negros preciosos y unos ojos verdes brillantes, mirándome confundida. La niña no debía de tener más de cinco años, lo que, de algún modo, lo hizo todo más difícil. No sabía que Marshall tuviera una hermana tan pequeña.

—Mmm… sí —dije, secándome las lágrimas de los ojos—. Iba con tu hermano al instituto.

La niña sonrió y le vi los dientes. —Él es muy guapo, ¿verdad?

Otra oleada de tristeza me invadió al escuchar las palabras de la pequeña.

No había dicho «era». Había dicho «es». Hablaba como si su hermano siguiera vivo. No sabía muy bien qué edad tenía, pero parecía lo suficientemente joven como para no entender del todo lo que significaba la muerte. No me gustaría nada estar en el puesto de la persona que tuviera que explicarle que su hermano no regresaría a casa jamás.

Me esforcé lo que pude por devolverle una sonrisa.

—Desde luego.

—Soy Rosie —dijo la niña, dándome la mano como si fuera un adulto.

—Hola, Rosie —dije, dándole la mano—. Soy Marinette.

—Mamá dice que no debo hablar con extraños, pero como conoces a Marshall y eres hermosa, creo que le parecerá bien —dijo Rosie de corrido.

—Vaya —dije, sin saber muy bien cómo continuar—. ¿Gracias?

—Vamos, ven. ¡Tienes que conocer a mi mamá!

Rosie me agarró de la mano y tiró de mí para llevarme hacia donde estaban los bancos, donde un grupo de gente se había congregado y hablaba.

—¡Mamá! ¡Mamá! —gritaba la niña, colándose por entre las piernas de la gente—. ¿Conoces a Marinette?

Una mujer de pelo largo y negro, teñido con unas cuantas mechas de gris y con unos ojos enormes de color esmeralda se apartó de la mujer mayor con la que había estado hablando y se volvió hacia Rosie con una mirada de reprobación.

—Rosie, ¿cuantas veces te he dicho que no te pongas a correr? —le regañó, con la mano en la cadera—. ¡Me sacas de quicio cada vez que lo haces!

La pequeña pareció olvidarse de eso y me miró.

—Mamá, ¿conoces a Marinette?

La mujer se volvió hacia mí sorprendida.

Tenía algo que me resultaba vagamente familiar a pesar de que estaba segura de no haberla visto nunca antes.

En realidad, era bastante guapa, pero tenía ojeras y los ojos rojos. Por su mirada parecía que no hubiera dormido nada durante días.

—Marinette, ¿verdad? —Sonrió un poco y alargó el brazo para darme la mano—.Gracias por atender a mi hija.

—No hay problema —dije rápidamente Ningún problema. Yo solo…

—¿Ibas al instituto con Marshall?

—Mmm. Sí. —Me aclaré la garganta, nerviosa, mientras ella me miraba. Era una mirada inusualmente amable a pesar de lo cansada que parecía estar—. Fuimos juntos a clase de Sociología de la Moda en el primer año.

—Qué bien —dijo con suavidad—. Soy Regina, la ma-madre de Marshall.

La voz se le rompió al decirlo, pero inspiró hondo al tiempo que levantaba a Rosie del suelo, la tomaba en brazos y le daba un beso en la mejilla, obviamente tratando de distraerse. Pues claro que me resultaba familiar. Sus ojos. Era difícil olvidar unos ojos así.

Regina Morales debía de ser la mujer más fuerte del mundo. Su hijo acababa de morir y a pesar de todo trababa de sonreírle a su hija. No había nada que pudiera decirle. Ninguna palabra de condolencia que pudiera pronunciar serviría para nada. Así que, a pesar de que era una completa extraña, le di un abrazo. No pareció molestarle.

(~)

Quince minutos después, salí de la iglesia. Hacía tanto frío que podía ver el vaho dibujando nubes frente a mí cada vez que exhalaba. Sorteé el bordillo y sacudí al aire una mano, tratando de parar un taxi. Los que vi pasaban zumbando, ninguno mostraba signos de frenar.

—Una chica joven como tú no debería andar sola por la ciudad a estas horas de la noche, ¿no te parece?

Me volví hacia el sonido de aquella voz fuerte y profunda que acababa de hablar justo detrás de mí.

La luz de la farola que quedaba a pocos metros de donde yo estaba no parecía lo suficientemente brillante como para iluminar la escalinata, pero pude ver la figura de un hombre sentado en el último escalón, con las piernas abiertas.

¿Cómo podía no haberlo visto antes? ¿Estaba ahí cuando bajé las escaleras?

Las palabras me salieron a trompicones.—¿Quién…? ¿Qué…? ¿Qué quiere?

—No mucho.

Tropecé hacia atrás cuando el hombre se puso en pie, entrando bajo la luz de la farola.

Al mirarlo hacia arriba deseé no haber salido nunca de mi casa esa noche. Era alto y tenía el pelo oscuro y pegado a la cabeza. Llevaba una cazadora de piel negra, jeans y botas de media caña con cordones. No podía distinguir sus rasgos faciales, pero con aquellos ojos hundidos y aquella cara tan chupada, parecía no haber comido en toda su vida.

Eso no era lo más raro, no obstante. Lo más extraño eran sus ojos. Esos ojos negros y profundos que me miraban hacían que me sintiera como si él pudiera conocer cada pensamiento que hubiera cruzado mi mente hasta el momento.

—Yo… Yo no busco problemas —dije, incapaz de evitar el temblor en mi voz—. Creo que usted…

—Oh, no estoy aquí para causarte ningún problema, Marinette Dupain-Cheng. —dijo el hombre, dejando escapar una sonrisa que me provocó una punzada de miedo en la columna vertebral.

¿Quién era ese tipo?

—¿Cómo…?

—¿Cómo sé cómo te llamas? Lo sé todo, Marinette. Digamos que es algo que forma parte de mi trabajo.

Puede que yo no fuera un genio, pero sabía lo suficiente para entender que era algo de fuera de este mundo y podía decir que había algo extraño en él. Algo muy extraño.

—Mire, no sé quién es usted —dije incómoda—, pero será mejor que se aleje de mí.

El hombre se puso a rebuscar en sus bolsillos y sacó un cigarrillo, que encendió de inmediato para luego darle una profunda calada. No pude hacer otra cosa que taparme cuando el humo acre me llegó a la nariz.

—Y si no lo hago, ¿qué? —dijo, levantando una ceja—. ¿Te pondrás a gritar?

El corazón me latía tan aprisa que pensé que me vendría abajo y me desmayaría. Calculé rápidamente las posibilidades que tenía de salir corriendo, o al menos de correr y atrapar el primer taxi que pasara, pero como llevaba tacones, las probabilidades a mi favor no eran muchas. Dudaba que pudiera quitarme los zapatos lo suficientemente rápido como para empezar a correr sin que me atrapasen con facilidad. ¿Qué se suponía que debía hacer?

—¿Quién es usted? —pregunté.

Otra sonrisa amplia y misteriosa curvó la boca de aquel hombre al tiempo que daba una segunda calada a su cigarrillo. Encogió un hombro.

—Se me conoce por muchos nombres diferentes, en realidad. La Parca. El ángel Azrael. Mefistófeles. Pero supongo que, para simplificar, puedes llamarme simplemente la Muerte.


Iré actualizando a medida en lo que pueda mientras saco el bloqueo de escritora para mis historias originales que debo.

xoxo