Esta es una adaptación de mi libro favorito del mismo nombre que quiero compartir con ustedes.
REPITO: Todos los derechos a su respectiva autora al igual que los derechos de la serie s sus respectivos creadores.
Capítulo 3
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Cuando tenía cuatro años tuve la no muy brillante idea de saltar dentro de la piscina de mi tía a pesar de que no tenía ni idea de nadar. El golpe del agua fría impactando contra mi piel me congeló hasta el mismo centro. Cuando por fin me sacaron, me había pasado unos cuantos minutos luchando por respirar.
La misma sensación desagradable y que me atemorizó entonces era la que sentía ahora, de pie en la acera, fuera de la iglesia, mirando a los profundos ojos negros del hombre que decía ser la Muerte.
—Eh… —Cerré la boca para evitar que me castañetearan los dientes—. Mmm… Creo… Yo…
Cada fibra de mi ser clamaba para que me moviese, para que me echase a correr sin mirar atrás, pero fui incapaz de hacerlo.
Una expresión casi de diversión cruzó la cara de la Muerte.
—Debes de estar hecha de un material mucho más duro de lo que pensaba, niña. Lo que yo esperaba es que ya hubieras echado a correr gritando.
—Deme un segundo más y lo haré—conseguí decir, incapaz de ocultar un escalofrío.
—Vaya, no creo que sea eso lo que quieres hacer —dijo la Muerte sacudiendo la cabeza. Dejó caer el cigarrillo al suelo y lo pisó con la punta de las botas que llevaba—. Creo que te interesará lo que tengo que decir.
—Yo… No, no me…
—Demos un paseo, ¿te parece?
La Muerte me agarró del brazo de repente y empezó a tirar de mí en dirección al tráfico.
—¿Qué, está loco? —grité, tratando de liberarme de su agarre de acero—. ¡Nos van a atropellar!
Dejó escapar una sonrisa de disgusto, clavándome las uñas en el brazo.
—Oh, tranquilízate, ¿de acuerdo? Sé cuándo morirás, y puedo asegurarte que no será esta noche.
De alguna manera, eso no resultaba tranquilizador.
La Muerte se subió a la acera al otro lado de la calle y se puso a caminar a paso rápido, al tiempo que tiraba de mí para que lo siguiera. Traté de clavar los tacones en el suelo, al tiempo que tiraba del brazo que me agarraba, pero temía que si seguía resistiéndome acabaría por romperme algún hueso. Pensé en gritar todo lo que los pulmones me permitieran, tal vez agarrar a alguien que pasara por allí, pero ninguna de las personas que pasaban por la acera me miró siquiera.
Era como si no pudieran ver a la adolescente que estaba siendo arrastrada calle abajo por un hombre que parecía un extra de Entrevista con el vampiro.
Caminamos dos manzanas antes de que la Muerte se detuviese de repente y se inclinase para susurrarme al oído:
—Tú y yo sabemos que te agarraré y te arrastraré del pelo si tratas de salir corriendo. Así que te sugiero que me sigas la corriente, ¿mmm?
Tragué saliva con dificultad, tratando de controlar la bilis que me subía por la garganta. No me consideraba una debilucha. Era lo suficientemente mayor; podía cuidar de mí misma. Pero ¿en ese momento? No estaba muy segura de si alguna vez había estado tan asustada en toda mi vida.
—De acuerdo —dije, con la voz que casi era un grito.
—Buena chica.
Dejé de intentar escapar, aunque la urgencia de hacerlo había devenido abrumadora.
Para cuando la Muerte se detuvo al fin, me dolían los pies embutidos dentro de aquellos zapatos de tacón.
—Ya hemos llegado —dijo la Muerte, abriendo la puerta de un Starbucks con una pequeña reverencia.
Me abrí camino en la cafetería, abrazándome fuerte a mí misma. Aquello tenía que ser alguna pesadilla rara, terrorífica; ¿un tipo que decía ser la Muerte y que había aparecido justo en el funeral de un compañero de clase acompañándome hasta un Starbucks? Las manos de la Muerte descendieron por mis hombros y me obligaron a apoyarme en el mostrador. La muchacha que atendía la caja registradora me miró con una sonrisa que desapareció en cuando puso los ojos en él.
—Eh…
—Buenas tardes —dijo la Muerte, en un tono repentinamente formal—. Querríamos dos cafés solos, por favor.
La muchacha asintió mecánicamente con la cabeza y se puso a dar vueltas en busca de las tazas agitando las manos. La Muerte dejó un billete de diez dólares nuevecito en el mostrador, sonriendo con amabilidad.
—Quédese el cambio.
—Eh… gracias.
Por el modo en que la chica se movía, a tropezones y sin mirarnos, resultaba obvio que mi plan de gritar «socorro» no iba a funcionar. Tomé las dos tazas de café cuando la camarera me las pasó y la Muerte tiró de mí hasta una mesa que había junto a la ventana, debajo de una tira de copos de nieve de papel. Se me revolvió el estómago cuando se sentó, al ver cómo la luz fluorescente que teníamos encima iluminaba su cara.
Era como mirar a un enfermo terminal; tenía la piel del color del pergamino, tirante, marcándole las facciones, y los ojos hundidos. No me sorprendía que fuera por ahí diciendo que era la Muerte. Tenía todo el aspecto. Más extrañas incluso resultaban las marcas negras que tenía por las manos, ascendían a lo largo de los brazos ocultas por las mangas de la cazadora, y luego le salían por el cuello de la camisa que vestía. Me llevó un segundo darme cuenta de que las marcas eran en realidad pequeños relojes toscamente perfilados.
La Muerte torció los labios en una sonrisa severa mientras me miraba, haciendo un gesto en dirección al asiento de la mesa donde estaba. Cuando movió el brazo, habría jurado que las manecillas de cada uno de los relojes se movían.
—Toma asiento.
Me senté con mucho cuidado, sujetando mi taza de café.
—De acuerdo. —Me aclaré la garganta, con la esperanza de reunir hasta la mínima cantidad de coraje que tuviera para pasar por aquello, fuera lo que fuese—. ¿De qué se trata?
Dejó su taza de café en la mesa y se frotó las manos, inclinándose por encima de la mesa en mi dirección.
—Creo que podríamos charlar un poco sobre Marshall Morales.
Me tragué un sorbo de café, mientras el líquido caliente me quemaba la garganta, y me estremecí al notar su sabor amargo.
—Yo no… —Agarré la taza de café de manera compulsiva—. Creo que usted es… —No sabía si no podía hablar por la situación en que me encontraba con la Muerte, o porque la Muerte quería hablar sobre Marshall Morales—. Yo… Yo creo que debería…
Me puso la mano en el hombro, forzándome a que me sentara antes de que ni quisiera me hubiese levantado.
—Escúchame con atención, Marinette, porque solo voy a decirlo una vez. Voy a ofrecerte la posibilidad de volver atrás en el tiempo veintisiete días para evitar que Marshall Morales se quite la vida.
Era bastante probable que el corazón dejase de latirme durante el silencio que siguió a las palabras de la Muerte. Quería que hiciera…¿qué?
—Disculpe, ¿qué me acaba de decir?
—Te dije que solo lo diría una vez.
—¿Se trata de algún tipo de broma? —De alguna manera, me había levantado y me estaba inclinando sobre la mesa, mirando a la Muerte directamente a la cara—. ¿Acaso le parece divertido que uno de mis compañeros de clase se quitara la vida?
Me miró con los ojos en blanco antes de echarse a reír.
Intenté contenerme. Era todo lo que podía hacer para evitar agarrar mi café y tirárselo a la cara.
—Al contrario, niña—dijo después de un rato, todavía riéndose—. Para mí, esto es un asunto muy serio.
Chasqueó los dedos.
Lo que siguió tenía que ser lo más extraño que jamás hubiera visto. Todo se ralentizó, como sumergido entre la niebla, y una a una, hasta la última persona que había en el Starbucks, se congeló justo en mitad de lo que fuera que estuviera haciendo. El vapor del líquido que se estaba vertiendo de una cafetera de espresso permaneció suspendido en el aire. Una mujer que estaba sonándose la nariz se detuvo con la cara congestionada y una expresión extraña. Un hombre y una mujer que entraban en el local, con un niño que iba con ellos y se frotaba las manos, se detuvieron justo en el umbral de la puerta mientras una brisa fría entraba desde la calle.
—Qué…
—Te aseguro que estoy hablando muy en serio —dijo la Muerte, apoyando la barbilla sobre las manos—. Ahora, ¿te importaría sentarte para que podamos tener una conversación racional y tranquila?
Me senté en el sillón, con las piernas incapaces de sostenerme. Quise pellizcarme, me pareció una buena idea, pero no logré hacerlo, porque ni el brazo ni la mano me obedecieron.
—¿Cómo…? —Tragué saliva otra vez, tratando de pensar en qué decir.
—¿Cómo detengo el tiempo? —acabó de decir la Muerte por mí—. Bueno, es parte de mi trabajo. —Se encogió de hombros, tomando un sorbo de café—. Es una pena, ¿verdad? Marshall Morales era muy buen chico. Pertenecía a una buena familia. Era el niño de su mamá. Quería mucho a su hermana pequeña. Y tú, Marinette, no quieres verlo muerto.
—Pues claro que no —solté.
—El regalo de la vida es valioso, algo que hay que cuidar como un tesoro —continuó diciendo la Muerte—. Y es una parodia cuando algo tan valioso se pierde tan pronto. Llevo por aquí miles de años, he visto millones de cosas, pero nunca me acostumbraré a algo tan terrible como un alma a la que se llevan cuando no debería ser así. Así que, dime, niña. Si tuvieras la oportunidad de evitar que algo malo sucediera, a pesar de tuvieras miedo de lo que pudiera pasar… ¿lo harías?
Pensé en Marshall Morales y en todo lo que había perdido. Nunca iría al baile de graduación ni terminaría el instituto ni tendría una vida asegurada a futuro, nunca conocería al amor de su vida, no se casaría, nunca tendría hijos, no vería el mundo ni tendría la oportunidad de cambiarlo.
Pensé en Regina, su madre, y en su hermana pequeña, Rosie, y en que no se había dado cuenta todavía de que su hermano se había ido. Pensé en lo mucho que le echarían de menos. ¿Cómo no iba a hacer lo que se me ofrecía? Incluso a pesar de que no estuviera más que jugando con una especie de loco que tenía el poder de detener el tiempo.
—De acuerdo.
La Muerte me echó una mirada de curiosidad.
—De acuerdo… ¿qué?
—Lo… Lo haré. Lo que sea que tenga que hacer para… para salvar a Marshall.
—¿De verdad?
Asentí con la cabeza, no estaba segura de poder contestar con palabras.
La Muerte mantuvo los ojos fijos en mí durante un buen rato mientras yo seguía sentada allí sin más, tratando de convencerme a mí misma de que aquello era real, y de que tal vez, solo tal vez, me estaban dando de verdad la oportunidad de salvar a Marshall.
—No voy a prometerte que esto vaya a ser fácil.
—No soy tan estúpida como para pensar algo así.
—Buena chica.
Se metió la mano en la cazadora de piel que llevaba y sacó un montón de papeles fuertemente enrollados que dejó sobre la mesa frente a mí.
—¿Un contrato? —Ese pequeño pedazo de cliché de película parecía de algún modo ridículo en mitad de una situación tan seria—. Pero yo pensaba…
—No me hagas reír.
Me acerqué el rollo de papeles y miré la primera página.
—A ver, ¿cómo exactamente se supone que voy a leer este contrato si ni siquiera puedo ver lo que hay escrito en él? —señalé, golpeando el papel con un dedo—. Todos estos símbolos negros tan raros no son algo que me enseñaran a leer en la guardería.
—El idioma que hablas no es el único que hay en el mundo. Este contrato no es más que una formalidad —me aseguró—. Confía en mí.
—¿Y por qué debería confiar en usted?
Se llevó una mano al interior de la cazadora que llevaba otra vez y sacó un bolígrafo. Me lo ofreció.
—Un último acto de fe.
Estaba empezando a sentir que aquello sería más que un acto de fe si lo firmaba.
— Puedo llamar a un abogado, ¿sabe? —dije—. No soy tan estúpida como para firmar sin más sobre la línea de puntos sin saber cuál es el precio.
—No hay precio —dijo la Muerte, con las cejas levantadas, como si le hubiera sorprendido, como si no pudiera creerse que se me ocurriera pensar que pudiera engañarme—. No mentiría.
Menudo sarcasmo. Sin embargo, preferí no hacer ningún comentario al respecto. Además, no sabía nada sobre la Muerte, pero era obvio que el hombre era cualquier cosa, menos humano. Su intento de tratar de convencerme de que lo era daba risa.
—Cuanto más tardes en decidirte, más difícil será enviarte al pasado. Ya hace dos días que Marshall murió.
La sola mención de Marshall fue suficiente para hacer que tomara el bolígrafo y me fuera a la última página. Pasé un momento de tensa duda antes de firmar en el espacio reservado a ello y luego le di el montón de papeles por encima de la mesa.
—Ahora, ¿qué se supone que va a suceder?—pregunté—. ¿Y por qué tengo solo veintisiete días?
No creía que veintisiete días fueran tiempo suficiente para convencer a alguien de que no tenía que acabar con su vida. No parecía que fuera a haber tiempo suficiente en el mundo para convencer a alguien de algo así.
—El tiempo estipulado en cada contrato nunca es el mismo —me dijo la muerte mientras alargaba la mano para recoger los papeles y se los guardaba en el bolsillo de la cazadora—. En este caso, veintisiete días es el tiempo que le llevó a Marshall Morales pensar por primera vez en quitarse la vida y en llevarlo a cabo finalmente.
El corazón me latía en el pecho como si fuera dando tumbos. Me costó un rato respirar hondo para no sentirme como si fuera a echarme a llorar otra vez. No quería pensar en cómo debería de haberse sentido Marshall.
—Pero tengo que advertirte —dijo la Muerte, apartándome de pensamientos tan dolorosos.
Naturalmente tenía que haber alguna coletilla, algo que se le había olvidado mencionar hasta que hube firmado el contrato.
—¿Advertirme de qué? —pregunté, dudando.
—En este mundo hay cosas que siguen… un orden —dijo la Muerte cuidadosamente, como si estuviera eligiendo las palabras—, y a veces hay… «cosas» que no resultan muy agradables cuando ese orden se ve alterado. A veces no les gusta.
Estaba claro que la Muerte no estaba más que pasando de puntillas por lo que era su advertencia, y eso no resultaba tranquilizador. Si la propia Muerte era una de esas cosas, ¿con qué más podría encontrarme?
—Debería habérmelo dicho «antes» de que firmara el contrato, ¿no le parece?
—Sí, bueno, verás, yo de ti no dejaría que esa bonita cabecita tuya se preocupase «demasiado» —repuso la Muerte—. Que tengas suerte, niña.
Chasqueó los dedos una vez más antes de que pudiera protestar y luego todo se volvió negro.
Iré actualizando hasta que se me vaya el bloqueo de escritor que tengo con mis historias.
xoxo
