Esta es una adaptación de mi libro favorito del mismo nombre que quiero compartir con ustedes.
REPITO: Todos los derechos a su respectiva autora al igual que los derechos de la serie s sus respectivos creadores.
Capítulo 4
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—Discúlpeme, ¿señorita Dupain-Cheng? ¿Señorita Dupain-Cheng? ¡Señorita Dupain-Cheng! —Me sacudí y me desperté con un grito, casi me caigo al suelo desde el asiento.
El señor Monroe, el profesor de Producción, calvo y una lata, me estaba mirando, con la desaprobación escrita en la cara.
—Muchas gracias por despertarse y acompañar al resto de la clase, señorita Dupain-Cheng —dijo con desprecio.
—Lo siento, señor Monroe, no se qué me ha pasado, no quería quedarme dormida, yo…
Se me rompió la voz al mirar a mi alrededor y darme cuenta de que estaba sentada en medio de la clase, rodeada de mis compañeros, que se reían disimuladamente, con la fecha escrita en verde sobre la pizarra blanca.
11 de noviembre.
Fue como un frenazo y todo empezó a chocar a mi alrededor. 11 de noviembre. ¿Qué? La última vez que había mirado en qué día estábamos era el 9 de diciembre. Acababa de ir al funeral de Marshall Morales porque se había suicidado y luego yo… había llegado a un acuerdo con la Muerte.
Había llegado a un acuerdo con la Muerte. Marshall Morales se había suicidado y yo había llegado a un acuerdo con la Muerte para detenerlo. ¿De veras estaba sentada en la clase de Producción veintisiete días antes?
—Per-Perdón, señor Monroe. Necesito… —Me levanté, agarré mi abrigo y mi bolso y salí trastabillando hacia la puerta—. Tengo que...
¿Echarme a correr? ¿Vomitar ¿Desmayarme? Cualquier cosa sonaba mejor que quedarme ni un solo minuto más dentro de aquella clase.
Corrí pasillo abajo, todo estaba vacío, con las taquillas alineadas a un lado y otro, hasta llegar al aseo de las chicas. Comprobé los cubículos donde estaban los váteres para asegurarme de que el lugar estaba vacío de verdad, luego me derrumbé sobre la encimera, respirando con dificultad.
Abrí el grifo y me eché agua fresca en la cara, por suerte no iba maquillada.
Después, con otra respiración profunda, empecé a mirarme en el espejo sucio, esperando al menos reconocerme a mí misma.
Fue un alivio ver que todavía era yo; seguía siendo morena y teniendo los mismos ojos marrones y la nariz recta, pero tenía las mejillas tan pálidas como la cera y cara de susto. Incluso llevaba puestos unos jeans y una blusa que recordaba haber vestido semanas atrás y que vi por última vez en el suelo de mi armario.
Recordaba con claridad el aire de depresión que volaba sobre la escuela cuando nos enteramos de que Marshall se había suicidado, lo vacío y triste que había sido su funeral, y desde luego sabía que había conocido a la madre de Marshall, Regina, y a su hermana pequeña, Rosie.
Y no había forma, ni siquiera en mis peores pesadillas, de que hubiera podido imaginarme a alguien como la Muerte. Jamás podría olvidar su cara cadavérica o su sonrisa inquietante, la manera en que me miraba con esos ojos negros antinaturales, o incluso esas páginas llenas de símbolos circulares y extraños que me había visto obligada a firmar: el contrato.
—De acuerdo, Marinette—dijo mi reflejo—. O has tenido un sueño de locos o esto es real y has viajado en el tiempo sin más.
Me sentí ridícula con solo decir esas palabras en voz alta para mí misma. Por suerte no había nadie cerca para oírme hablar con mi reflejo. Salí del aseo y me apoyé en la pared de fuera, apretando los ojos. Necesitaba un plan, pero me había quedado en blanco de un modo espectacular. No era un personaje de ciencia ficción, y por lo que sabía podía haber unas cuantas leyes para viajar en el tiempo que se suponía que debía seguir. Puede que ya hubiera roto unas cuantas en cinco minutos desde que abrí los ojos.
¿Debería volver a la iglesia? ¿Volver al Starbucks, ver si la Muerte estaba allí y tratar de ponerme en contacto con él de alguna manera?
Y, de repente, me vino a la cabeza la respuesta, me sentía estúpida por que no se me hubiese ocurrido antes.
«Busca a Marshall».
Incluso si esto era un sueño —y de pronto deseé que no lo fuera y que Marshall estuviera vivo—, tenía que encontrarlo. Antes de que pudiera organizar mis ideas para convertirlas en acciones, me puse a caminar por el pasillo, doblé varias esquinas, hasta que llegué jadeando a la biblioteca. Google había sido inventado para algo, y yo iba a aprovecharlo.
Encontré un ordenador libre cerca de donde estaba la sección de no ficción y me senté, lo puse en marcha utilizando mi contraseña de alumna.
Mientras buscaba en Google, eché un vistazo más para asegurarme de que no había nadie que me estuviera mirando, luego tecleé: «París, Archer Morales, Defunciones».
Salieron cientos de resultados.
Revisé los primeros links, pero ninguno de los artículos o de las esquelas ofrecían la información que estaba buscando. No había titulares diciendo Trágica historia de suicido de un chico de la localidad o Misa funeral en memoria de un estudiante de instituto ni nada parecido. Me pasé unos buenos diez minutos buscando cualquier rastro de información que pudiera resultar útil, y cuando vi que no existía, salí del ordenador.
¿Y ahora qué? ¿Recorrer los pasillos y mirar en cada aula con la esperanza de encontrar a Marshall en alguna? El timbre sonó con fuerza, señalando el final de las clases.
Comprobé la hora en el reloj de pared que había a mi lado y me di cuenta de que había llegado la hora del almuerzo.
Salí de la biblioteca y seguí a la corriente de estudiantes que llenaba las escaleras y se dirigía a la cafetería. Salté a la cola de la comida detrás de un grupito de chicas de primero y me lancé sobre la primera bolsa de patatas fritas que pude.
—¡MARINETTE! ¡Aquí estás!
Me volví hacia la voz y vi a Ayla abriéndose paso por la cola hasta llegar a donde yo estaba.
—¿Dónde estuviste anoche? —me preguntó, entrecerrando los ojos—. Te llamé por teléfono y te envié mensajes, algo así como unas cien veces, ¡y no me contestaste!¿Acaso te olvidaste de que habíamos quedado para ir de compras?
—¿De veras? —Saqué el teléfono móvil del bolsillo y me puse a comprobar los mensajes. Tenía tres llamadas perdidas y diecinueve mensajes de texto sin leer—. Oh. Lo siento. Tenía que ponerme al día con los deberes y me fui a dormir pronto.
Alya levantó las cejas.
—¿Qué te pasa? Ni siquiera has venido en el autobús esta mañana.
—Esto… sí. Me he levantado tarde y tuve que tomar un taxi. Me he perdido la primera clase.
Era una mentirosa lamentable. Me sorprendió que Alya no me lo dijera.
—Vaya, vaya. —Mi amiga tomó un bol de ensalada y me siguió hasta la caja—. Porque te levantas tarde muy a menudo.
—Mira, ha sido un fallo —dije—. Lo prometo, no pasa nada. Estoy bien.
Soltarle la verdad a Alya y contarle todo lo que acababa de pasar con pelos y señales hubiera sido un alivio, pero no habría manera de que me creyera si lo hubiera hecho así.
Nadie se tragaría nunca una historia tan alocada. Ni siquiera estaba segura de creérmela yo del todo. Tenía que ver a Marshall con mis propios ojos, ver que estaba vivo y que respiraba, antes de poder considerar siquiera que esta era la nueva realidad alterada en la que me encontraba.
Alya se quedó mirándome durante un rato más, perpleja, antes de ceder finalmente, dejando escapar un fuerte suspiro.
—De acuerdo.
Entonces se sentó en un sitio que quedaba libre cerca de su actual novio, un chico que apenas le sabía el nomnre, mientras yo le daba un poco de cambio a la mujer que atendía la caja registradora y me ponía a buscar una mesa a la que sentarme. Todo había vuelto a la normalidad para Alya. Qué pena que yo no pudiera decir lo mismo.
El almuerzo pasó en un abrir y cerrar de ojos. Yo había desconectado de Alya y de las demás chicas y devoraba mis patatas fritas. Discretamente traté de examinar a cada persona que pasaba por la mesa, y a los que se sentaban a mi alrededor, con la esperanza de que la suerte me sonriera y viera aparecer aquellos ojos color esmeralda o aquel pelo negro, los de Archer Morales. No hubo suerte.
Tan pronto como acabé el almuerzo, me acerqué a mi taquilla para sacar los libros correspondientes a las siguientes clases. Seguir como si todo fuera normal y como si nada que pudiera alterar el día a día acabase de ocurrir era lo que menos me apetecía, pero si lo que quería era localizar a Marshall, era lo mejor que podía hacer. Así que eso hice durante todo el día, y cuando digo que eso hice me refiero a que me las apañé para comportarme con la normalidad suficiente como para que la gente no notase que había algo en mí que no iba bien.
Caminé vacilante desde la clase de séptima hora hasta mi taquilla para así sacar mis cosas e irme a casa. Tenía una cita con la cama, un par de paracetamoles para acabar con el doloroso pálpito que notaba por encima del ojo izquierdo y una taza de té. Esperaba que, tras todo eso, pudiera dormir de un tirón. Si lo lograba sería capaz de pensar con más claridad y que se me ocurriera algún plan para encontrar a Marshall Asumiendo que todo esto no era un sueño,claro. Nunca antes me había dado cuenta de lo fina que era la línea que separaba los sueños de la realidad. De hecho, no era nada difícil confundir a los unos con la otra si no estabas muy bien… Y ese era, claramente, mi caso.
Metí todas mis cosas en el bolso tras abrir la taquilla, luego me di la vuelta para ir hacia el autobús y entonces me topé con alguien y me caí al suelo.
—¡Oh!
—Lo siento.
Dejando escapar un gruñido, me retiré el pelo de los ojos y miré hacia arriba a la persona con la que accidentalmente me había topado. Era Marshall Morales.
—¡Tú! —jadeé, luchando para ponerme en pie—. ¿Qué haces aquí?
Él levantó una ceja y me miró confundido.
—La respuesta a eso es que yo estudio en este instituto. ¿Qué diablos estás haciendo tú hablando conmigo, Marinette?
Era como si el cerebro se me hubiera puesto de repente en modo súper directo, y fuera incapaz de decir palabra o de actuar de un modo que no me hiciera parecer una loca. La cara que puso Marshall mientras me miraba me dejó claro que ya era demasiado tarde para eso.
Asintió con la cabeza, educadamente, y se fue pasillo abajo a buen paso. ¿Solo treinta segundos de interacción y ya estaba alejándose de mí? Desde luego, no era una buena señal.
—¡Oye, espera un segundo! —Casi tuve que echar a correr para alcanzarlo—. ¿Cómo sabes mi nombre?
No creía haber dejado tal huella en él, aparte de que me recordara por una clase de hacía dos años.
Marshall se detuvo al lado de las escaleras y se volvió para mirarme.
—Eres Marinette Dupain-Cheng, la hija de esos panaderos fracasados. Fuimos juntos a clase de Sociología de la Moda durante el primer año. Te conocen por tu amor de estar salvando el día de todos, además de tu extraña obsesión por los bichos, especialmente las mariquitas. Según los rumores tienes algunas de mascotas y estás loca por ese niñito de papi, Adrien Agreste.
«Vaya, el boca en boca», pensé al tiempo que volvía los ojos. Pues qué bien.
—Bueno, supongo que yo… Espera un momento, ¿a dónde vas?
Fui trastabillando escaleras abajo tras Marshall mientras él seguía caminando a grandes zancadas. Puede que tuviera poca experiencia con los chicos, pero no era una tonta; estaba claro que estaba tratando de poner entre nosotros toda la distancia que le fuera posible. Por desgracia para él, dejarlo a solas no era opción para mí.
—Lejos de ti —gritó por encima del hombro.
Eso acabó por confirmar mis sospechas.
—Eso no… En fin, yo solo…
Me resultaba imposible pensar de manera coherente. Movía los pies más rápido que el cerebro, y eso no es que fuera de mucha ayuda para causarle una buena primera impresión.
—Lo que quiero decir…, lo que quiero decir es, ¿cómo estás? —pregunté, atragantándome con las palabras—. Ha pasado bastante tiempo desde la última vez que te vi. Quería hablar contigo.
—Claro, porque las chicas como tú hablan muy a menudo con chicos como yo —dijo él con un resoplido que bien podría haber sido una carcajada.
Alcancé la puerta antes de que se me cerrara en las narices y salí.
—¿Qué quieres decir con eso de «las chicas como yo»?
—Niñas superficiales que se creen superheroínas cuando en realidad no saben nada de nada —dijo descaradamente, algo que estaba acostumbrado a hacer, si lo pensaba bien.
Me hubiera echado a reír de no haber sido porque ese comentario me dolió mucho.
—¡Oye! ¡Si ni siquiera me conoces! —le grité.
—No me hace falta —respondió. Se metió entre una multitud que caminaba por la acera y despareció de mi vista en unos pocos segundos.
Lo vi partir, sintiéndome derrotada para mis adentros. Aquello no había ido bien.
(~)
Como estaba desesperada y parecía estar pendiendo de la poca cordura que me quedaba, tomé el tren que cruzaba la ciudad para llegar hasta la iglesia donde había tenido lugar el funeral de Marshall con la esperanza de encontrar al menos alguna señal de la Muerte que probara que todo esto no era más que una pesadilla.
Las puertas de la iglesia estaban cerradas con llave y no había ni una sola alma a la vista, así que tras husmear por allí durante unos minutos y sentirme absolutamente estúpida, decidí volver al Starbucks.
La cafetería estaba llena de gente, como cada tarde. Sin embargo, sabía desde el primer momento en que me puse de puntillas para mirar por allí que la Muerte no estaba entre toda aquella gente. Hubiera dejado escapar un grito de frustración de no haber sabido que, si lo hacía, me echarían a patadas de allí. En lugar de eso, decidí pedir un café moca y volver al metro.
Me llevó una hora o así llegar por fin a casa. Me las arreglé para meterme en mi habitación, donde me eché en la cama bocabajo y me quedé dormida enseguida. No soñé con nada y, cuando me desperté, fuera estaba oscuro, yo estaba rígida y no me sorprendió demasiado ver que en mi teléfono móvil la fecha que se veía era el 11 de noviembre.
Me levanté de la cama y fui al cuarto de baño, me quité la ropa y me metí bajo la ducha caliente durante media hora. La ducha no sirvió para ayudarme a que me relajara, como hubiera sido lo normal en cualquier otra ocasión. Salí y, tras envolverme en una toalla, me sentía más tensa y ansiosa que antes.
Me acerqué al lavabo para lavarme los dientes y, al ver las rayas negras que tenía en el brazo, dejé escapar un jadeo.
Cuando me acerqué el brazo a la cara un poco más, pude ver los pequeños números que tenía dibujados de una manera torpe en la muñeca. 27.
«Te quedan veintisiete días para evitar que Marshall Morales se quite la vida».
Me froté los números con agua caliente, jabón y una esponja durante unos minutos, pero estaban como tatuados. Abrí el cajón donde guardaba mi variado surtido de bisutería y me puse a buscar hasta que encontré la ristra de perlas fantasma de los indios navajo que me había traído mi prima tras uno de sus viajes para visitar a su familia en Nuevo México. Me la puse en la muñeca y le di varias vueltas, improvisando un brazalete que fuera lo suficientemente grande como para tapar los números. Cuanto menos los viese, mejor. Según la leyenda, las perlas fantasma protegían contra los malos espíritus y las pesadillas y también contra el mal tiempo, algo que probablemente necesitaría durante los próximos veintisiete días.
Me puse el pijama una vez salí del baño y me deslicé de nuevo bajo las mantas de mi cama. No me dormí hasta bien pasada la medianoche, demasiado preocupada para cerrar los ojos y enfrentarme a lo que pudiera ver mientras soñara.
Iré actualizando hasta que se vaya mi bloqueo de escritor con mis historias.
xoxo.
