Esta es una adaptación de mi libro favorito del mismo nombre que quiero compartir con ustedes.
REPITO: Todos los derechos a su respectiva autora al igual que los derechos de la serie s sus respectivos creadores.
Capítulo 5
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Estuve durmiendo durante lo que me parecieron cinco minutos cuando me desperté al sentir un dolor ardiente y muy fuerte en la muñeca. Me mordí los labios para evitar gritar; así de doloroso era. Me di la vuelta y encendí la lámpara de la mesilla, tirando de las perlas fantasma que me había enrollado en la muñeca. Notaba la piel de la muñeca más sensible según me iba sacando con cuidado el brazalete. El número 27 que había visto impreso en negro antes, había desaparecido sustituido por el número 26.
¿Así era como la Muerte iba a recordarme el poco tiempo que tenía para evitar que Marshall se suicidara?
—Esto es una locura —murmuré para mis adentros, acunándome el brazo contra el pecho.
Eché un vistazo al despertador mientras me ponía con cuidado las perlas fantasma en la muñeca otra vez, y vi que eran las 2:49 de la madrugada. Solo me llevó un momento entender lo que estaba pasando. Si perdía un día a estas horas de la madrugada, eso debía de querer decir que era el momento en que Marshall se había quitado la vida.
Me costó un rato volver a dormirme después de darme cuenta de esa circunstancia.
(~)
La lluvia caía fuera cuando volví a abrir los ojos. La frente me latía con fuerza.
Durante la noche, me las había arreglado para enredarme entre las mantas. Rodé y saqué una mano en dirección a la mesilla para buscar el teléfono móvil. Al ver la hora que era, grité.
Eran las siete menos cuarto, lo que quería decir que no me quedaban más que quince minutos para vestirme y recoger todas mis cosas si quería llegar al autobús que paraba a la vuelta de la esquina y llevaba al instituto. Una pequeña parte de mí quería creer que lo de ayer había sido en realidad una pesadilla, pero la fecha que aparecía reflejada en mi teléfono móvil decía que hoy era 12 de noviembre.
—¿Qué es esto? —grité al techo. El techo no me respondió.
Salí rodando de la cama con un gruñido y me puse rápidamente la primera prenda de ropa limpia que encontré a mano. Después metí de cualquier manera todo lo que tenía que llevar en el bolso y entré en el cuarto de baño para cepillarme el pelo y ponerme un poquito de maquillaje para estar al menos mínimamente presentable. Me comí a toda prisa una barrita de cereales y me tragué un poco de zumo de naranja. Salí a la puerta, llamé al ascensor, entré y luego, tan pronto como las puertas del ascensor se abrieron, me eché a correr por el vestíbulo para llegar al autobús que esperaba fuera.
Se me había olvidado tomar un paraguas del armario del recibidor, así que para cuando llegué a poner el pie en los escalones del autobús estaba completamente empapada.
—¡Jesús! —Ayla dejó escapar un silbido bajo al tiempo que yo me dejaba caer en el asiento que estaba a su lado—. Tienes pinta de haber salido arrastrándote de un pantano.
—Gracias —dije—. Me hacía falta que me dijeran algo así.
Cuando llegué al instituto, esquivé a mis amigos, centrada en encontrar a Marshall. Pensaba en qué iba a decirle cuando supiera dónde estaba: claramente, no lo había hecho muy bien el día anterior. No me hacía falta repetir la menos-que-amable conversación que habíamos mantenido. Tenía que ponerme las pilas y pensar en la mejor manera de acercarme a él.
No vi a Marshall en toda la mañana, y cuando sonó el timbre de la hora del almuerzo, pasé de largo la cafetería y me fui a la biblioteca. La noche anterior estaba tan cansada que me había ido a la cama sin hacer los deberes, y ahora tenía que acabar una pequeña redacción antes de la clase que comenzaba en la quinta hora. Me senté a una de las mesas que estaba en la parte de atrás de la biblioteca, una zona tranquila, y me puse a redactar mientras pensaba que escribir aquello no era ni la mitad de importante que lo que debería estar haciendo: buscar a Marshall.
Pasaron veinticinco minutos y casi había acabado la redacción. Me eché para atrás en la silla, estirando y agitando una mano para que se me quitara un calambre, cuando casi me caigo al suelo. Marshall Morales estaba sentado en un sillón que había en un rincón, pasadas las estanterías de Ficción, Q-S, junto a una mesita baja en la que había depositado sus cosas.
Esto era real. Esto era increíble y terroríficamente real. Lo de ayer no había sido un sueño. Marshall Morales estaba vivo de verdad.
Recogí mis deberes, lo metí todo en el bolso y me acerqué a él sin pensármelo dos veces. Levantó la vista del libro en que tenía metida la cabeza e inmediatamente volvió los ojos. Me apostaría algo a que estaba murmurando
«otra vez tú».
Reprimí el sonrojo y me puse a hablar mientras todavía me quedara un poco de dignidad.
—Me siento como si ayer hubiéramos acabado mal. Soy Marinette Dupain-Cheng.
Levanté la mano para dársela y la miró como si estuviera cubierta de sanguijuelas. Soltó un bufido medio carcajeándose.
—Totalmente innecesario, Dupain-Cheng. —El modo en que pronunció mi apellido hizo que pareciera el remate de alguna broma—. Ya te dije ayer que ya sé quién eres.
—Yo, bien, es solo que pensaba que tal vez estaría bien que nos conociéramos mejor —dije—. Pareces un chico simpático y…
—Deja que te detenga justo ahí —dijo él, poniéndose en pie. Tuve que echar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada, él era muy alto—. No sé a qué juego crees que estás jugando, pero si fuera tú, lo dejaría mientras estuviera a tiempo. A mí no me gusta.
—¿Qué? —De momento, me quedé parada—. No estoy jugando a nada. En realidad, solo… quería que fuéramos amigos, ¿sabes? —Para mis adentros pensé en lo ridículo que aquello debía de sonar. Ojalá se me hubiera ocurrido algo mejor.
—Bien, entonces, es problema tuyo —me dijo Marshall mientras metía sus cosas en la mochila—. No soy un chico simpático y no quieres conocerme.
La verdad, yo no creía que no fuera simpático, ni tampoco pensaba que fuera esa su personalidad. Era cierto que se comportaba con tal calma que aquello me parecía que tenía que ser forzado. Entonces, ¿por qué se dedicaba a apartar constantemente a la gente de él? ¿Actuaba así con todo el mundo o solo con los que le decían más de cinco palabras seguidas?
Sonó el timbre, señalando el final de la hora del almuerzo y el principio de la quinta clase. Marshall aprovechó la oportunidad para cortar la conversación y salió caminando rápidamente a través de la biblioteca.
—¿Por qué no me escuchas solo un segundo, Marshall? —dije, corriendo tras él y agarrándolo de un brazo.
—Nunca antes habías hablado conmigo, Dupain. —dijo él, mirándome. Le solté del brazo rápidamente y di un paso atrás—. ¿Por qué has cambiado de opinión, a ver? ¿Es alguna apuesta? ¿Es que se ha puesto de moda hacerse amigo de los parias del instituto ahora?
—¡No! ¡Claro que no!
La Muerte me había dicho que no sería fácil, pero no tenía ni idea de que el chico pudiera ser tan… tan grosero.
—Déjame en paz —dijo él bruscamente—.Estoy empezando a cansarme un poco de permitir que me hagas perder un tiempo que no tengo.
«Amigo, no tienes ni idea del poquito tiempo que tienes», pensé.
—Todo lo que te estoy pidiendo —empecé a decir, respirando hondo— es que al menos tengamos la oportunidad de conocernos. Quizá podamos pasar un rato juntos una o dos veces. Lo que quiero decir es que nunca se sabe, ¿no te parece? Podríamos tener mucho en común o lo que sea.
Por la cara de curiosidad que puso, parecía como si se estuviera pensando de verdad lo que acababa de pedirle.
—¿Por qué? —preguntó al fin, poco después.
—¿Por qué qué?
—¿Por qué siquiera te importa?
Por medio segundo, estuve a punto de decirle la verdad. Que sabía que muy dentro de él se sentía suficientemente herido y desesperado como para quitarse la vida, y quería ayudarle por eso. Nadie se merecía pasar por todo eso solo.
—Porque… porque yo… —Me mordí el labio, tenía el estómago revuelto—. Bien, nadie debería estar solo. Todo el mundo necesita tener un amigo, ¿no?
Me di cuenta del error que había cometido tan pronto como esas palabras salieron de mi boca. Marshall endureció su expresión y sus labios se convirtieron en una fina línea.
—¿He dicho yo que estuviera solo? —dijo él, con las cejas levantadas—. Dime, Dupain, ¿no se te ha ocurrido nunca que me guste estar solo? ¿No se te ha ocurrido nunca que en realidad no me gusta la gente y punto?
Aquello se me había ocurrido más de una vez desde nuestro encuentro de ayer, pero de alguna manera esperaba que me estuviera tomando el pelo.
—No, pero… lo llevas escrito en la cara —dije.
Era una tontería de niños, pero nos embarcamos en una tensión épica durante un rato. La intensidad de su mirada casi hizo que me temblaran las rodillas. Si iba siempre en ese plan, ya entendía por qué la gente lo evitaba siempre como si fuera la peste.
—De verdad, no pienso que seas tan difícil como la gente cree —solté—. Podrías tener un amigo.
Estrechó los ojos y su expresión, ya hosca, se intensificó.
—Parece que a partir de ahora tendré que ser más imbécil. No puede ser que la gente vaya por ahí sin pensar que soy «demasiado difícil».
Mentalmente archivé ese comentario para otro momento. Era algo de Marshall sobre lo que tendría que fijarme más, y era el lugar perfecto para empezar a entenderle. O estaba bromeando, y eso lo dudaba, sinceramente, o de verdad apartaba a la gente de él a posta.
—Marshall, yo…
—Mira, no necesito tu compasión —dijo él en un tono de voz plano—. Guárdate tu actuación de buena samaritana y déjame en paz.
Se alejó, sin mirar atrás ni una sola vez.
Yo me quedé allí sin más, sabiendo que iba a llegar tarde a clase y preguntándome qué sería lo siguiente que debería hacer.
Iré actualizando hasta que se vaya mi bloqueo de escritor con mis historias.
xoxo.
