Esta es una adaptación de mi libro favorito del mismo nombre que quiero compartir con ustedes.

REPITO: Todos los derechos a su respectiva autora al igual que los derechos de la serie s sus respectivos creadores.


Capítulo 6

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Fue un alivio escapar de la clase para almorzar.

La larga presentación del señor Monroe sobre me había provocado un dolor de cabeza, y era un milagro que no me hubiera dormido otra vez. Dejé mis cosas en la taquilla y regresé a la biblioteca. Esta vez no tenía deberes que acabar, pero esperaba que Marshall estuviera en su escondrijo y poder hablar con él otra vez.

Me sentía como si fuera una acosadora, merodeando por ahí en busca de Marshall Morales, espiando su calendario de clases para saber dónde iba a estar. Caminé con rapidez a través de la biblioteca, mirando entre las estanterías, pero no lo vi ni a él ni a ese ceño permanentemente fruncido que siempre ponía por ninguna parte. Tal vez hoy había decidido tomar el almuerzo y acudir a la cafetería como cualquier otro alumno del instituto.

Bajé a la cafetería, me colé en la fila donde la gente esperaba para la comida, y compré una ensalada y unas patatas fritas, para luego plantarme en lo alto de las escaleras cerca del salón senior e intentar localizar a Marshall. Alya no había venido hoy al instituto: me había enviado un mensaje anoche para decirme que pasaría el día visitando la ciudad con sus abuelos, así que no almorzaríamos juntas.

Marshall estaba sentado solo al fondo de la cafetería, a una pequeña mesa, con un libro abierto frente a él. Me las apañé para abrirme paso hasta él y me senté enfrente, abrí la tapa del bol de la ensalada y pinché un poco de lechuga y tomate con un tenedor, como si fuera normal que Marshall y yo tomásemos el almuerzo juntos cada día.

La mirada de sorpresa que se dibujó en su cara dio paso rápidamente a otra de enfado mientras me miraba por encima del libro.

—¿Qué demonios estás haciendo? —preguntó.

—Almorzar —dije—. ¿Qué si no?

Se atrevió a sacudir las manos ante mí en un gesto de rechazo.

Hundí el tenedor en la ensalada y entrecerré los ojos para mirarlo.

—Puedo sentarme donde quiera, ¿sabes?

Marshall tomó su libro otra vez y lo abrió, señalando obviamente que nuestra conversación había terminado.

Alargué el brazo sin pensar y le arrebaté el libro.

—¿Qué estás leyendo? —Eché un vistazo por las páginas, manteniendo el libro lejos de él ya que intentó recuperarlo inmediatamente.

—¿Romeo y Julieta? —dije sorprendida, mirándolo de nuevo—. ¿Estás leyendo Romeo y Julieta? No te tenía por uno de esos tipos a los que les gusta Shakespeare.

—No sabes nada de mí, Dupain. —me soltó. Me sorprendió ver que las mejillas se le ponían ligeramente coloradas. ¿Le daba vergüenza que hubiera descubierto que estaba leyendo Romeo y Julieta?—. Tengo que tomar notas para un curso de Literatura. Devuélvemelo.

Volví a mirar la página que tenía delante, en la que se narraba el primer beso que se habían dado Romeo y Julieta durante la fiesta en casa de los Capuleto. Al margen, con mala letra, había una nota sobre Romeo:


"Romeo es un idiota. Está ciego de amor por una chica que casi ni conoce. No se da cuenta que el amor será su perdición. Sería mejor que en adelante dejara de pensar en Julieta. El amor nunca acaba bien para nadie."


Después de leer aquello, no supe qué pensar.

No era una fan de aquella historia de amor tan tontorrona, pero parecía como si Marshall la detestara. Me preguntaba si aquel muchacho tendría una idea pesimista y equivocada del amor y si en realidad estaba perdiendo la paciencia con Shakespeare.

Le devolví el libro y lo guardó en su mochila, y mientras lo hacía todavía le quedó tiempo para lanzarme una mirada asesina.

—¿Sueles ser siempre así de amargado? —protesté—. Solo intento conocerte. Lo que quiero decir es, a ver, fíjate en lo que tenemos ya en común: a ninguno de los dos nos gusta Shakespeare, a los dos nos gusta la carne con patatas fritas. Imagínate qué más podríamos tener en común si saliéramos.

—Qué convincente —dijo él con sarcasmo.

—Pero es algo por lo que empezar —señalé.

Me miró con dureza durante un buen rato. Seguro que tenía la cabeza llena de ruedas dentadas dando vueltas, casi podía verlas, las ruedas y los dientes de las ruedas.

«Por favor, intentémoslo», pensé.

Fue como si hubieran pasado meses antes de que dijera algo. Su voz me pareció entrecortada y firme al tiempo que sopesaba cuidadosamente sus palabras.

—Muy bien. De acuerdo. Solo para que veas que no tenemos nada en común. Así dejarás de hacer el experimento social que sea en el que estés embarcada y me dejarás en paz.

—¿De acuerdo? —repetí. No me enteré de la última parte acerca de que lo dejara en paz—¿De verdad?

Una ligera sonrisa curvó su boca al tiempo que se echaba hacia atrás en su asiento, cruzando los brazos sobre el pecho.

—A no ser que ya no quieras. Personalmente, espero que ese sea el caso.

—¡No, no, no lo es! —dije a toda prisa—. Yo solo… Estoy sorprendida, eso es todo. Sorprendida de que hayas aceptado, la verdad.

—Aceptar es una palabra muy fuerte —dijo con frialdad—. Nos vemos fuera, frente a la puerta de entrada, cuando suene el último timbre. Y date prisa. No voy a quedarme ahí esperándote.

Tan pronto como acabó de hablar, sonó el timbre. En un segundo se puso en pie, colgándose la mochila del hombro, y yo hice lo mismo.

—Entonces —dije—, te veo después de clase, ¿no?

Ladeó la cabeza y me echó una mirada más o menos confusa.

—De acuerdo. Lo que sea —dijo.

Salió y rápidamente desapareció entre el gentío de estudiantes que salían de la cafetería. Parecía que me esperaba una tarde poco agradable.

— Ay, Marinette. —murmuré para mí misma, masajeándome las sienes—. ¿En qué lío te has metido?


Iré actualizando hasta que se vaya mi bloqueo de escritor con mis historias.

xoxo.