En algún lugar al Sudeste del continente africano, en un modesto Kraal, nace un niño ya muy formado para haber sido dado a luz de manera prematura. Él no era como los otros niños a pesar de verse como uno en un mundo bañado en maravillas. Hablaba como adulto, y a veces pensaba como tal; por supuesto, dependiendo de su temple. A este niño le llamaban: Mustafá. Y desde que era pequeño siempre retaba a los más grandes de su comunidad para ver por sí mismo que tan lejos podría llegar, solo para poner su valía por encima del miedo, y demostrar que no estaba loco o embrujado por poner su vida en situaciones innecesarias, solo y únicamente con la intención de compararse a las hazañas de los héroes en el exterior. Se dice que su propia madre no le nombró un año después de su nacimiento por el miedo de una antigua tradición que practicaba en su pueblo antes de que fuera desposada.
PRIMERA JORNADA
Era él. Era el testigo más cercano en presenciar el ascenso silencioso de lo que parecía ser un pequeño punto refulgente que flotaba por encima de la cara occidental o de la espalda del edificio más alto del centro de la ciudad y, posiblemente de toda la isla.
Los primeros segundos dieron sensaciones bastante extrañas para el muchacho, quien lo veía todo al pie de la colina artificial, desde la gigantesca fuente.
Fuente que, a su poca experiencia en otros lugares que no fueran en los municipios principales de su país natal, diría, por su impresión y su alta atención en estas, que jamás había imaginado semejante cosa en cualquier otra plaza que no fuera en los países más ricos del meridiano del continente o, ya de por sí en pensar en partes muy bendecidas de Oriente Medio; porque ni siquiera en algunas revistas de las tiendas de los pueblos rurales cercanos a su aldea tenía imagen semejante de aquella maravilla arquitectónica que desde toda la tarde le había robado tanto la atención. Pero cuando llegó el ocaso, éste algo más, lo hizo sin esfuerzo alguno.
Iba a maldecir como un adulto en sorpresa de ese punto flotante el cual se agitaba en todas las direcciones posibles en base a la nada misma; era como si estuviera encerrada dentro de una caja de cristal, aparentaba una danza como las luciérnagas que él usaba para iluminar su cuarto cuando pasaba sus noches sin electricidad. Como aquellas noches, cuando llegaba la hora en que las velas se consumían por su propia llama, y no le quedaba más opción que ir a la orilla del pozo a las afueras del Kraal, a unos metros afuera del cerco, para atraparlas con una canastilla hecha de mimbre para usarlas como lucero en su habitación sin recurrir a la fastidiosa y sofocadora opción; carbón.
Esto lo hacía él cada cierta noche, con la mayor delicadeza posible para no aplastarlas, ya que tenía la intención de soltarlas en el mismo lugar cuando llegara el momento de entregarse al sueño; porque, ahora bien, está sumergido en una duda a batallante por saber si supuestamente, o no, se encuentra sumergido en uno.
Las sacudidas inexplicablemente trasmitidas en cada parte de su cuerpo no cesaban. A medida se multiplicaban en los alrededores y se observaban ondulante en el ambiente; lo estaba cambiando todo, dejando ver una imagen distorsionada dado que la vista de casi todos se había alterado en una locura sin precedentes. Era como si toda imagen en el intermedio de sus parpados se moviera como una bandera empujada por el viento en todas direcciones en la cima de un mástil de un barco en aguas turbulentas.
Mustafá, sin conocimiento de lo que podía ser aquella chispa, consideró abandonar la plaza pues los gritos de las mujeres y los niños distorsionados resonaban en su cabeza como un mal augurio escupido por un espectro endemoniado quien cumplía y regia a algo mucho más grande y siniestro; constantemente se decía así mismo, en sus adentros, que no había oportunidad.
—¿Huh?
El susto al contrario del cómo llegó se desvaneció poco a poco, se disipaba cuando ya había quedado solo. Las madres, que habían abandonado el lugar con sus niños en sus brazos en dirección opuesta a la luz, dieron a la parte frontal del rascacielos para ocultarse dentro de esta, desplazándose por instinto, siguiendo hacia los respectivos caminos que guiaban a las puertas con el destino de resguardarse. Era tal ese miedo, que predominaba sobre la razón de todas ellas, que desgraciadamente no pudieron prever el desorden que provocarían al tratar de cruzar todas a la vez la entrada, creando sin querer un nuevo obstáculo que le impedía el acceso a la mayoría para ponerse a salvo de lo que se aproximaba.
Por otro lado, Mustafá, permanecía firme, mirando de nuevo desde unos metros por debajo del desnivel de la ladera en los podados campos verdes a metros del punto brillante con nada en mente. Mustafá persiste como puede y se acerca como su voluntad le desea, saliéndose del sendero simétricamente empedrado diseñado como las fichas de los azulejos del interior de la gran fuente a su espalda, imaginando que por esta vez no había escapatoria de algo como esto, pues como toda situación planificada que no sale a lo esperado él improvisa, le habían invitado forzadamente a ejercer una apuesta. Entonces, el muchacho caminó derecho hasta lo que más pudo, envolviéndose por la luz hasta desaparecer en el manto resplandeciente sin ninguna queja o mueca de disgusto o dolor. Lo único que respondió de su boca fue:
—¿Y esto...? —dijo con la voz tranquila e imperturbable. Permaneció reacio, no sabiendo como procesar su descolocación. Fue así hasta que se enteró que perdió la vista en un prologando parpadeo. Después en un arranque rápido actuó inclinándose en cuclillas. Y agregó en serio una corta oración, poniendo sus manos frente su rostro, apretándolas una con la otra llenando los espacios de sus dedos—: Requiero más que nunca a la bendición de mí amada madre para que me proteja y aquellos otros de lo que se vendrá después; ¡líbranos! ¡Oh, líbranos...!
Cuando terminó su plegaria, el chico, en si dudaba de que la intervención divina funcionaría en alguien quien no es frecuente a dar comunicación con los altos y tampoco creía que bastaría para garantizar su propia seguridad. No cuando recurre a ello solo al momento de más necesidad. Siempre es así.
Atrás de él, desde las entrañas del edificio, el mismo en el que todos habían huido madres e hijos antes, se anunció una explosión aturdidora que terminó en la causa de un dúo asincrónico de rayos dorados y esmeradas chocando a fuerza en contra de una singular bola purpura, que aparentemente Mustafá, con su vista borrosa, alcanzó a notar solo por un breve aleteo de un colibrí, pues ya en ese momento, bajo el concepto propio del chico, ya no se encontraba dentro o parte de ese mundo. Se había dejado zambullir en el caldo luminoso, cediendo al pánico nuevamente.
Para Mustafá, su primera y última sensación fue, inmensidad. Un breve miedo a la inmensidad de las cosas y en conjunto con una sensación de vacío perpetuo bajo las plantas de sus pies. Su percepción empírica al contacto con estas nuevas formas de las fuerzas fundamentales interpretadas por su joven cuerpo era algo que no podía procesar del todo bien. Todo lo material se traducía en formas irreconocibles por la irradiación omnipresente la cual experimentaba cada parte de su ser. No había tiempo para expresarlo en un grito. El concepto tan extraño del plano en el que se encogía en ese rimbombante golpe de información era caótico, el criterio de un ser que apenas ha vivido década y media no le daba el punto de orientación suficiente para asimilarlo. Pero al igual de la fugaz mirada en aquel espectáculo que se dio a sus espaldas sin aviso alguno, fue así mismo empujado hacia afuera del manto etéreo de luz al que creía que había sido invitado. El joven Mustafá siguió arrastrado por la fuerza del empuje, que hasta el suelo mismo se abría en una colcha de mugre circular solo para él; como una fosa que estuviera esperando a ser cubierta una vez si este no se llegase a levantar.
El pliegue de tierra acumulada en los bordes del círculo en el que se encontraba tumbado el niño extranjero había cambiado notablemente la forma del lugar. Había concreto, acero, vidrio y piedras esparcidas por toda dirección. Árboles arrancados de raíz y envueltos en barro blando de tallo a cabeza, con partes de mesas y bancas brutalistas enviadas a volar al fondo de la enorme fuente que hasta ahora confirma que tan solo tenía unos metros de profundidad como para cubrirte hasta los hombros o apenas el cuello si te metieras dentro de ésta.
Mustafá suspira, y con una mueca de forcejeo desde el suelo mira hacia los cúmulos de tierra y polvo a su alrededor, en donde vio un enorme desastre que por un momento podía admitir que le pertenecía, pero reflexionando un poco, podía negar que toda esta devastación no era obra mayormente suya solo observando más allá de lo que mostraba el panorama. Apoyó su mano al mentón tratando reubicarlo de nuevo en su puesto; tal acción fue acompañado de un sutil gruñido breve. Luego de eso, se levantó aterrado al admirar un poco más el lugar en ruinas, que estaba rodeado con escombros, estructuras de acero sobresalientes y cristales templados enterrados por cada metro en el suelo en todo el cuadrante que ocupaba a lo que era antes el edificio más grande de I-Island.
—... Dios...— Exclamó, con la garganta apretujada y voz ronca.
Cuando a lo lejos.
—¡¿Adónde fuiste?! —intervino una voz, reiteradas veces en una lengua familiar que se oía de a poco a medida que se acercaba.
El entrecejo fruncido de Mustafá advertía una pelea perdida y se dejó en el suelo.
—¿T-Tasneem...? —le preguntó Mustafá al hombre.
—¿Adónde fuiste? —repitió.
Éste naturalmente le siguió, diciendo:
—Ni yo lo sé —respondió el joven zimbabuense, al menos intentando impostarse con voz seria y coherente—, Tasneem. Enserio que no lo sé. Lo único que... Bueno, recuerdo es que hubo una luz en medio del parque en donde estaba. Y… Y-y, hombres, mujeres y niños corrían... Todos con miedo a esa torre. Ellos... ¿Ellos están bien?
El hombre le agarró del brazo y lo haló para que se acercara y decirle:
—Puede que sí... —respondió—… Más bien no lo sé. Pero ¿y tu ropa? —le señaló—. No tienes cabello ni cejas ni pestañas tampoco.
Mustafá le miró un poco más enfocado hacia sus ojos, a pesar del malestar, no pudo mantenerse.
—Tasneem... Oh, Dios mío... Me siento muy enfermo.
—Vámonos, niño, vámonos —le insistió.
—¿Qué fue lo que pasó?
—Enfócate —le sugirió—, niño. Solo en mí voz y en el camino. No mires otra cosa que no sea al frente —le sugirió el hombre.
—Era la cosa, ¿verdad? —le preguntó secamente, esperando una respuesta.
—Estoy por confirmarlo. No sé qué pasó. Empezó a reaccionar de forma errática y atravesó todo a paso de una bala. En dirección... en dirección a ya sabes dónde.
—El tiempo le dio la razón...
—Como sea —dijo dejando de mirar por los alrededores—. Y bien. ¿Salimos?
—Guíame entonces, porque no veo el camino, llegaste aquí, ¿no? Todo es destrucción, polvo y humo por lo que siento. Muchas opciones por las cuales debemos sin duda escalar y ninguna por el cual andar, y, por como reaccionas rechinado la mandíbula, con lo poco que veo ahora, nada de esto está complaciéndote.
—Que así sea. Por donde estaba la torre iremos entonces —sugirió Tasneem quien mostró forcejeo poniendo el peso del brazo sobre sus manos, a lo que Mustafá repentinamente se exaltó—, porque, porque torturarte no me da gusto. ¡...Uhmn!—dijo forzando el rostro con los dientes afuera—... Eres muy... ¡Humn!... pesado... Niño. En este momento las redes y los noticieros mostrarán todo esto. Tu padre y tu madre...
—Madre y hermanos —insistió apático—. Solo madre y hermanos. Además, dudo mucho, Tasneem; quizá un día después les llegará la noticia, vivo en un Kraal comunal. Maíz, reses y abono. Todo allí es zona rural. No hay nada más que la radio de la mercería y la caceta comunal para enterarnos de noticias locales y las de por fuera del municipio, y tal vez las del distrito capital del país.
—Se enterarán. Esto va a ser muy internacional—exhala resignado—. Vamos, adelante. Cuidado con ese travesaño del frente y con las varillas en el suelo. —le mencionó el hombre, mientras daba el primer paso hacia adelante, hacia a una piedra para recostarlo sobre esta. Mustafá exhaló una bocana fuerte mientras se postraba en la fría roca con la mano en el pecho, se quejó un poco.
—Todo el parque. Esa fuente quedó hecha nada —espeta el joven impresionado, o más bien preocupado—. El encuentro con usted iba a ser en este lugar —balbuceó—. Tasneem... Sabes que pudo morir mi tío si hubiera estado aquí, ¿verdad?
—Mira más allá —comentó haciéndose espacio a su lado—. En este caso tu tío no sería la única persona que no saliera viva de aquí por esto, si fuese dado el caso. Puede que dos décimas partes de esta Isla Artificial, la I-Island, estuvo bajo lluvia de hormigón y acero en toda esa locura, todo en un parpadeo.
—¿...Muertos? —pregunta el chico sin apartar su mirada en donde, aparentemente, antes estaba la fuente. Ahora solo era un socavón cubierto de masetas y árboles entre montones de materiales calcinados.
—Debe de haberlos.
Guardó silencio, y refunfuñó en frustración por la respuesta semielaborada.
—Cuando salí del Aeropuerto vi esas máquinas recorriendo las calles de aquí a allá, oí a mi tío decir que eran las que hacían todo el trabajo de la isla —dijo—. ¿No deberían estar aquí haciendo ya sabes qué?
—Deben estar en eso. Mujeres y niños primero, su sistema es así —aclaró—. Prioridades. Y los pocos héroes invitados ya deben estar haciendo lo que pueden. Siempre somos los últimos en la lista, siempre ha sido así. ¿Anticuado? Sí. Pero nadie se queja. La cosa no cambiará.
—Deberían estar aquí para llevarme, ¿no? —dijo— Tengo quince años.
—Lo curioso es que no los aparentas. Te ves de veinte y tantos para arriba. La inteligencia básica de las maquinas puede descartarte sin dudarlo al momento del reconocimiento, ¿sabías? Te dejaran como tarea para después si llegase a darse que un niño, de la misma "edad", esté atrapado a unos metros de ti. No lo notarían a menos que hagan una prueba de carbono, por supuesto. Lo ridículo es que lo hicieran a medio de la situación en la que agonizan ambos. Como te dije: Prioridades.
—Nací así.
—¿Inconvenientes?
—Muchos.
—Teniendo esa edad y tener un cuerpo que no te corresponde, el de un joven adulto, debe ser incómodo. ¿Jugaste con los de tu edad en tu aldea o en la escuela?
—Mi papá no me lo permitió. «Que traería problemas difíciles de explicar», me dijo él. Por razones que comprendí tiempo después puesto que, al cumplir los 5 años, mi cuerpo empezó a crecer mucho más que el de ningún otro niño.
Era notable. No era como los demás hijos de su comunidad, pues era muy alto y robusto.
—No es mi campo, pero puedo decir que es la Progeria más extraña que he visto, si es que se le puede llamar así a tu caso porque no cumples con casi con todos los síntomas físicos —señaló— obviando tu rostro, claro, y la notoria rugosidad de tu piel en la mayor parte de tu cuerpo... —le dijo, con voz apagada—. ¿Y tú madre?
Sin ser esta vez muy sutil decidió de repente desviar el tema. Mustafá le siguió de igual forma porque se sentía incómodo. Y, el muchacho sin saber porqué, continuó respondiendo a su pregunta:
—Ella obviamente se opuso. Pero como es costumbre en el día, mamá no puede hacer nada cuando la palabra de papá es soltada. Siempre lo que él dice está por encima de su opinión.
—Hmpf...—masculló el científico, fijando su mirada al muchacho— ¿Lo comprendes aún más ahora?
—Sí, y con rabia. Jugar con alguien con la situación que padezco, debe ser difícil de explicar.
—No es bien visto, sí —le dijo—, socialmente no lo es.
—Lo pasé mayormente mal. Mi padre me enseño mucho a cómo debo ser de acuerdo con mi… Con mi problema. A como debo actuar, a como debo responder. Y en qué tono y en qué tipo timbre. Lo de limitar los manierismos infantiles con lo aprendido hacia mi cuerpo fue lo más difícil.
—Si… Difícil... Difícil al igual que es sobrevivir a una explosión. Una en la que estuviste muy cerca. Una en la que el estallido es capaz de romper un muro de una presa hidroeléctrica con facilidad, pero no puede romper una simple cara hecha de carne y hueso, ¿me equivoco? —inquirió—… Dime niño, ¿cómo es que sigues aquí hablando conmigo?
—¿Eso importa ahora?
—Viendo la situación, no. Por supuesto que no.
Ambos dieron miradas a la cumbre de materiales a donde se suponía que estaba la torre, y voltearon de nuevo a la fuente al frente.
—¿Somos responsables de esto?
—Para nada. —dijo—. No.
—Si...—dijo—. Estoy bastante seguro de que no soy responsable esto. Ni mi tío ni la gente con la que vivo puede estar involucrada de una forma u otra, ¿no? —insistió—. Quiero oírle decirle eso cuando las cosas comiencen a alborotarse al momento en que busquen respuestas. ¿Me oyó?
El hombre de ciencia se intrigó con las palabras del chico, porque intuía lo que venía.
—Se supone que... —alcanzó a decir con un semblante frio que no delataba a una persona acorralada.
—No —Interrumpió el chico—. Eso que acaba de decir no me gusta. —agregó—. Esto es todo parte de tu trabajo.
—Hay mucha gente en esto —agregó defendiéndose y, nuevamente sin vacilar—, para buscar un solo responsable.
Una respuesta insuficiente. Esto a Mustafá le enfureció e inevitablemente, como todo adolescente que no padece su inconveniente físico, no pudo hacer más que manifestarlo arrugando su rostro—y exclamando barbaridades en voz baja—pues dada en la situación en la que estaba envuelto no dejaba ver otra faceta que le representara muy bien su berrinche al problema en que estaba metido.
—Y de la misma forma en que no me lo puede confirmar, yo supongo que no es mi problema, ¿verdad? —respondió, inconscientemente con el mismo tono estoico del científico—, yo solo vine por la cosa que se llevaron para devolverla a donde debe de estar, a mi tierra. Vine, no... vinimos por eso, nada más, y la queremos ya, con el mismo trato que les dio mi pueblo para estudiarla, un trato reciproco, así se dice, ¿no? —dijo, volvió la cabeza para mirarle— porque si no...
—¿Si no qué? —dijo levantándole una ceja.
Mustafá meditó un momento antes de responder. Y le dijo iracundamente:
—¡Si no tan solo nos perjudicarías a mí y a la gente de mi comuna como al ambiente que han alterado! —dijo mirándole con el ceño fruncido—. Pero supongo que no les importa lo que nos pase, ¿no es así, solo por la piedra? ¡La mayoría de las veces es así! ¡Vienen y sacan, y joden todo!
Le replicó al hombre de ciencia contundente, a lo que éste le respondió:
—Las cosas son más complicadas que eso niño.
—Lo complicado es que el ambiente está cambiando, Sr. Tasneem, las cosas están cambiando desde que se llevaron esa piedra, para que lo sepa de primera mano.
Tasneem en silencio, y esperó en formular una pregunta ante a la curiosa incógnita que el niño le había inmiscuido dentro de su mente. Le habló dudoso:
—¿Y cómo es eso? —preguntó un poco curioso y extrañado.
—No lo sé —respondió fatigado—. Hasta ahora no lo sabemos, pero escúcheme, señor. Áreas cercanas al rio Zambeze que no deberían estar secas se están volviendo áridas poco a poco. Los animales del Kraal ya no comen de lo que cultivamos, se rehúsan, porque lo último que nace y crece de ahí ya no es digerible, es veneno incluso para los gusanos. Tuvimos que desplazar las reses a unos kilómetros de donde cultivamos para no matarlas de hambre, y puede que no le extrañe que a nosotros también nos pase lo mismo con lo poco nos queda. ¿Es que no lo entiende, señor? Estamos enfrentando una sequía como ninguna se hayan visto. Y todo justo después de haber encontrado eso que me llevó a quién sabe dónde.
—¿Esto es lo que con urgencia venían a decirme ustedes, cierto? —le preguntó mirándolo a través de las fibras onduladas que serpenteaban desde la cabeza del muchacho—. ¿Desde que nos llevamos la roca ha pasado todo eso, y creen que es así, que hay alguna especie de relación?
—Sí —declaró con firmeza—. Creemos que es por esa cosa. Venimos acá para llevárnosla lo antes posible antes que ya no se pueda hacer nada. Usted es un hombre que se dedica a la ciencia, ¿no? Se la llevaron y al poco tiempo después vinieron los inconvenientes. Se provocó algo al llevarse la roca. No hay otra forma de no verlo así.
Tasneem suspiró para sus adentros. Y le contestó:
—Antes de arribar a Zimbabue hice mi inspección al programa geográfico y climático. El desplazamiento de tierra, las sequias y la inseguridad alimentaria al proyecto del cuidado de tierra en tu nación no es que sean una cosa rara o una novedad. Lo que ustedes piensan como causa y efecto por a habérnosla llevado, es solo una casualidad de eventos nada relacionados. Solo es la naturaleza actuando de acuerdo con el maltrato de emisiones contaminantes desde principio de siglo y a la mala gestión de sus ministerios.
El muchacho solo arrugó la frente y masculló no complacido al escucharlo. Luego, inmaduramente, hizo un ademan apretando un costado de la roca en la que estaba recostado hasta llegar a un punto de hacerla crujir, pero se detuvo. Quería continuar y discutir. Inevitablemente bostezó un par de veces antes de agregar algo. Estaba perdiendo de alguna forma su voluntad contra algo que no veía.
—Usted no me puede decir una respuesta como esa. Se supone que dedicó años de su vida para tener la mente que tiene ahora. No puedo volver a casa solo con eso, ¿me entiende? Si usted no me quiere dar una solución al problema que causaron, creo que tengo que llevarme la roca, aunque usted y sus jefes, o como se les llamen a los que dirigen esta isla no lo quieran.
—Aunque estés desesperado, te puedo decir que las cosas podrán empeorar para ti y a tu gente si llegas a hacer eso. Y, por cierto, ese conocimiento que con esfuerzo y años de mi vida que he dedicado a mi diciplina y que pones en duda, me hace ver que ustedes me están vacilando. ¿De qué otra manera podría verlo?
—¿De qué estás hablando? ¿Venimos acaso a este lugar tan lejano solo para fastidiarle con mentiras? La maldita piedra comenzó a flotar de la nada hace poco. Y trató de llevarme con ella por solo intentar agarrarla. ¿No ve usted lo obvio? ¿Es tan tonto? ¿O qué, dígame?
—¿Y tú crees que llevándotela podrás arreglar el supuesto daño que provocamos, cosa que obviamente no es así?
—Si no funciona, pues les tocará a ustedes hacer lo que hacen —dijo—, estudiar, analizar la zona para solucionarlo. Tomar la roca en donde quiera que esté y hacer lo mismo. Nada más simple que eso. Solo... solo eso, señor. Haga su trabajo como hombre de su campo. ¿O acaso tiene miedo de que la piedra se lo lleve como lo hizo conmigo cuando la agarre para sus análisis?
Esto le llamó el interés y le miró extrañado. El cambio repentino intimidó un poco al muchacho. El hombre pausadamente le dijo:
—Dime chico... Estuviste demasiado, demasiado cerca, ¿cierto? —enfatizó— ¿Qué tanto? Y te pregunto antes de la explosión a la que, de alguna manera que no quieres mencionar, sobreviviste.
—Sí. La tuve justo en frente... —respondió frunciendo el ceño somnoliento.
—¿El contacto con ésta fue tanta, niño? Respóndeme, por favor. ¿Cómo es eso de que te llevaría?
—Halarme... O, mejor dicho: terminó mandándome ahí.
—¿Dices que te empujó? ¿Viste algo exactamente?
—No... —pronunció más fatigado esta vez—... Yo... Yo no vi nada. Solo sentí que no estaba parado en el suelo, en el suelo en que... debería de estar...
—Necesito que te explayes un poco más.
—... Era como estar en el lomo de una colina y... esta se volviera arenas corredizas al momento de darme cuenta del cambio. Era... era...
—Era como si te engullera millones hormigas o granos, ¿no es así?
—Sí. Así es, como dijiste: «como si te engullera...», sí, era algo como eso.
—¿Y luego de eso?
—Luego esos millones de granos me empujaron como una prenda vieja de un almacén de ahí.
Respondió el joven, rindiéndose lentamente a cerrar los ojos, pues su voluntad le fue robada de momento por manos externas. En consecuencia, poco a poco su audición perdía finura hasta el punto de ignorar la voz del científico y del acero rechinando por tensión en la lejanía.
—¿Seria tal vez...? —pensó—; Dijiste que era como... una explosión, ¿verdad? —dijo Tasneem soltando al aire esperando una réplica a su balbuceo personal, pero no la obtuvo, hasta enterarse. Se dio vuelta para enterarse de que el muchacho se había marchado mucho antes, había abandonado su reposo sobre aquella roca en medio del desastre. En medio de la inmundicia expuesta ante el frio y la dureza de la noche tan caótica que se presentaba.
Mustafá levanto la vista y empezó a andar.
ماكومبا
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