Los personajes de Saint Seiya no me pertenecen, son propiedad de Masami Kurumada y Shiori Teshirogi.


Manigoldo miró con los ojos entrecerrados a los chicos que estaban pegando varios carteles afuera del centro comercial, hasta que el guardia de seguridad se acercó a ellos y comenzó a reprenderlos. Ver a esos chicos peleando le sacó una sonrisa ya que recordó sus años de juventud con sus amigos, en especial cuando uno de ellos, un peliazul que parecía mayor, golpeó al guardia con uno de los carteles que tenía enrollado, obteniendo la distracción necesaria para que los demás escapasen. Después de pagar sus compras, salió de la tienda y, sin poder evitarlo, se acercó al cartel que los chicos habían pegado antes de escapar del guardia. Era el anuncio de un evento, una especie de evento caritativo en uno de los orfanatos de la ciudad. Le resultó llamativo, pero aburrido, tanto que al regresar a casa ya había olvidado el tema en pro de todos sus proyectos pendientes.

Todavía había muchos desperfectos que arreglar en su antigua casa, fuera de la puerta de entrada que ya había mandado a comprar, como un hoyo en una de las paredes de las habitaciones, pintura negra en las ventanas, otra ventana que no cerraba bien y manchas de algo en el techo de la cocina. Había demasiado trabajo, tanto que no pudo prestarle toda la atención necesaria a Mei cuando esté entró emocionado a la cocina, donde Manigoldo trabajaba en quitar un clavo que atravesaba un calcetín en el suelo.

—¡Papá! —se quejó el joven, logrando al fin que el hombre dejara el martillo— Voy a ir, este sábado —dijo, mostrando el cartel que había arrancado de un poste—. También deberías hacerlo, distraerte un rato…

—¿E ir a un evento snob de caridad? Demasiado pretencioso para mí gusto —desestimó Manigoldo, regresando a su tarea—. Pero tal vez vaya a tomar algo por allí, si eso te hace feliz.

Mei asintió conforme y se encerró en la que creía que era la habitación de su hermano, ninguno volvió a hablar del tema en lo que quedó de la semana, Manigoldo ya hasta lo había olvidado, hasta que el sábado llegó y Mei se fue desde temprano porque los primos de Regulus tenían pases exclusivos de entrada.

Manigoldo salió apenas inició el atardecer, sin un rumbo fijo, dejándose guiar por los transeúntes a su alrededor, hasta que notó que se acercaba a un edificio grande y viejo, con un gran letrero en una esquina que lo identificaba como un orfanato.

Sin mayores alternativas, Manigoldo alzó los hombros y entró junto con un grupo grande de jóvenes. La mayoría de los asistentes estaban trajeados, o usaba camisas bien planchadas, pantalones oscuros y zapatos limpios; la imagen lo dejó sin palabras, sin embargo, no tardó en recomponerse y volver a alzar los hombros, él no usaba nada de eso, y no se dejaría de impresionar por un montón de ovejas que buscaban empatar con otros. Así, vestido con una chaqueta negra, porque comenzaba la temporada de frío, y pantalones de mezclilla, se mezcló entre la gente, observando todo el lugar, hasta que los vió.

Sabía que tarde o temprano pasaría, era obvio, no podía evitarlos para siempre.

Dándole la espalda, varios de los que algún día fueron básicamente su familia estaban reunidos, algunos arreglados como el resto de las personas y otros no tanto. El primero al que reconoció fue a Hasgard, siempre tan alto que era imposible no verlo.

Sin que ninguno de ellos reparase en su presencia, se acercó lentamente, escuchando la conversación entre el grupo.

Hasgard era quien la lideraba, recordando lo que Aldebarán le había contado sobre el evento, sobre la gente involucrada y cómo ellos tuvieron un acceso exclusivo desde tempranas horas en la mañana.

Siempre que hablaba de Aldebarán, Hasgard lo hacía con una sonrisa; desde el primer momento habían sido sólo ellos dos por decisión de Hasgard, y eso estaba bien. No quería a nadie más que no fuera Aldebarán, desde la primera vez que lo vió, tan pequeño que podía cargarlo con un brazo, y no existía nada más que lo enorgulleciera que ver a esa pequeña criatura que atrapó su corazón convertirse en todo un hombre, responsable y trabajador.

Al terminar de narrar, Hasgard bromeó un poco con sus amigos, y después pasó al tema central de su charla. Lo que le había parecido llamativo desde la primera vez que llegó al evento, no del propio evento en sí.

Por lo general todos se consideraban demasiado mayores para estar divirtiéndose con los más jóvenes, en especial cuando sus hijos iban a estar en el mismo lugar. Kardia había iniciado con esa radical idea, varios años atrás, cuando él y Calvera asistieron a uno de los días de carnaval y vieron a su hijo mayor ser arrestado junto con Minos y Hades, y a Milo completamente ebrio bailando en medio del desfile, disfrazado de alguna estrella glam de los setenta.

—No hay venta de alcohol —dijo el hombre, con una brillante sonrisa—. Y mira a todos los chicos, parecen muy relajados y elegantes.

—Extrañamente elegantes, nunca entenderé las modas juveniles —señaló Aspros, que se mantenían cerca de su hermano menor—... ¡Papá! ¡¿Qué estás haciendo aquí?!

Tanto Aspros como Kardia miraron con sorpresa a su padre debido a que no esperaban verlo, y mucho menos tan elegante; el hombre usaba un traje color rojo oscuro y un sombrero Fedora negro, a ambos lados, dos mujeres mayores y perfectamente arregladas reían de algo que Zaphiri había comentado.

—¿Los conoces, Zaphi? —preguntó una de ellas, sosteniéndo más fuerte del brazo al hombre con una sonrisa.

—Ciertamente no, cielo. Ya sabes que algunos desamparados suelen confundirse con facilidad, víctimas de sus propias adicciones…

—Oh, eso es muy triste —murmuró la otra, negando con la cabeza—. Pobre gente.

—No te preocupes, cariño, por eso estamos aquí, para ayudarlos.

—Oh, Zaphi, ¡eres tan bondadoso! —gritaron ambas, abrazando más al hombre mientras continuaban su camino.

Aspros negó con la cabeza.

Esa no era la primera vez que algo así ocurría, por lo general, Zaphiri reconocía a sus hijos en todas las circunstancias, más de una vez cuando alguno terminó en grandes aprietos, pero ese día el señor Galanis abuelo estaba molesto con Aspros. Si bien había pasado un par de años en un centro de retiro para adultos (guiado por la curiosidad de saber cómo eran esos lugares), fiel a su estilo griego, creía fuertemente que la familia debía estar unida, todos apretados, viviendo en la misma casa. Al hombre no le gustaba ver que Aspros tenía su propia casa (relativamente cerca de la casa principal de los Galanis), y en general que se había mudado y se negaba a regresar a su verdadero hogar.

Aspros tenía sus razones, por supuesto. Con un gemelo que había pasado toda su juventud dándole la vuelta al mundo, lejos, y él acompañándolo en algunos viajes, antes de que la paternidad tocara a su puerta, había visto el modo occidental como una buena forma de tener algo de independencia. Una familia podía ser unida, sin tener la necesidad de que todos compartieran un solo lugar. Además, conocía a su familia lo suficiente como para saber que mudarse de nuevo a la casa principal sería caótico. Él prefería vivir en la misma calle, lejos pero cerca, y al escuchar de Seraphina que su esposo estaba buscando casas en la zona, sabía que Degel pensaba igual. Además de que al francés lo motivaba el desagrado que su padre sentía por ellos.

Nunca tanta repulsión había ayudado a un hijo rebelde, solía decir Defteros. Y nunca ellos habían sido tan útiles para molestar a un padre, excepto cuando estaban en la escuela y Sasha se juntaba con ellos.

Manigoldo también recordaba esos días, tanto que no pudo evitar sentirse incómodo por estar escuchando una conversación en secreto. Lejos de sus amigos y a la vez tan cerca. Por un momento pensó en acercarse a ellos y tal vez saludarlos, pero lo desechó de inmediato, un gemelo ya lo había golpeado, ya sólo faltaba el mayor, su hermano no gemelo y todos sus amigos, y todavía no sabía que tan bueno sería una pelea en medio de un evento público dedicado a un grupo de chicos.

Dejando de lado eso, se dió la vuelta lentamente y regresó por dónde había llegado, buscando ocultarse entre la gente. No había esperando verlos en ese lugar, pero tampoco había esperado ir, así que no tenía objeciones con el universo. Tarde o temprano sucedería, tendría que verlos uno a uno; al doblar en una esquina, dónde estaban varios puestos de comida, vió también a Sasha, era imposible no reconocerla, era la única persona que podía evitar que le dieran una paliza.

Sasha había sido de los primeros en llegar, expectante por las cualidades humanitarias del evento y todos los involucrados. Sorprendentemente, había ido debido a que Aioria la había invitado y le había asegurado que pasaría a recogerla (en el auto de Afrodita, con el susodicho, Celintha, Lithos y Deathmask). La emoción fue evidente en el rostro de Sasha, no sólo por el evento en sí, sino por la buena voluntad de su hijo para hacer alguna actividad con ella; tan emocionada estaba que no se dió cuenta del momento en que se alejó de los chicos, o ellos se alejaron de ella, y terminó deambulando por el lugar sola.

No era que fuera relevante, sabía que no podía seguir a los jóvenes para siempre, ellos querían divertirse, romper algunas reglas, estar lejos de la supervisión paterna. Ella no los detendría, así que sólo se dedicó a pasear por el evento y ver a los chicos del orfanato lucir adorables con su vestimenta formal y sonrisas emocionadas; era sencillo reconocerlos, todos caminaban en grupo, y como cualquier grupo de adolescentes eran sumamente ruidosos y tal vez algo molestos. Pensó en acercarse al más serio de todos, un chico con el cabello teñido de rojo que usaba ropa oscura y poseía el rostro más adorable que alguna vez hubiera visto pero antes de dar un paso Yuzuriha se interpuso en su camino, sosteniendo a un avergonzado Kiki de la mano.

—¡Al fin un rostro conocido! Todos dijeron que vendrían pero eres la única que hemos visto hasta ahora…

—¡Mamá! ¡Ahí están mis amigos! ¡Déjame ir con ellos! —Kiki de inmediato comenzó a moverse de un lado al otro, señalando a los adolescentes que, parecía, estaban a punto de moverse.

—¿Tus amigos? Pero, Kiki, esos chicos son mayores… —negó Yuzuriha, viendo que los chicos eran altos, estaban teñidos, usaban aretes, uno tenía los brazos pintarrajeados, simulando tener tatuajes, y todos parecían estar planeando alguna actividad mala.

—¿Y cuál es el problema? —preguntó Kiki, rebelde— Los amigos de Mū también son mayores, Deathmask, Aioros, Shura, los gemelos…

Yuzuriha soltó un leve suspiro. Finalmente había llegado a ese momento, esa época en la que su pequeño dejaba de ser su pequeño para convertirse en un adolescente rebelde que todo lo que quiere es pasar el día con sus amigos, flojeando. Ella ya había pasado por eso, o algo muy parecido; en su momento Mū también se había revelado contra sus estrictas reglas, con menos ferocidad que Kiki, pero hubo un tiempo en el que llegaba tarde a casa, se iba con sus amigos, y al parecer pintarrajeaba casas de profesores que no le agradaban.

—Ya me voy, mamá —dijo de inmediato Kiki, yéndose antes de que Yuzuriha pudiera detenerlo y que los chicos se alejaran por completo.

Sasha rió por lo bajo al ver la expresión de sorpresa en el rostro de su amiga. Sabía perfectamente cómo se sentía eso, al igual que Mine y Agasha, quienes se acercaron a ellas en medio de una charla.

A Agasha le habían tocado dos adolescentes con comportamientos diferentes. Afrodita había sido uno bastante sociable, mientras que Deathmask fue uno más bien del estilo problemático, ambos opuestos, lo que hizo que tanto ella como Albafica tuvieran que cambiar constantemente sus tácticas de educación, en especial cuando se unían para sacar provecho de alguna regla no tan rígida.

Mine solo tuvo que controlar a uno. Pero Shura no fue exactamente un chico bueno. Apenas empezó a crecer comenzó a revelarse en contra de Cid, sus estrictas reglas y sus altas espectativas. Si Cid decía que Shura debía sacar buenas calificaciones para asegurar un lugar en una buena universidad, entonces Shura se encargaba de estar apenas por encima del promedio mínimo; si Cid clamaba que quería a su hijo en casa justo después de la escuela, Shura perdía la tarde con Deathmask y Afrodita y regresaba bien entrada la noche, o la pasaba con su tío Izo, en su departamento no tan lejos del de ellos.

—Por eso no tuve más hijos —dijo Mine en cuanto Sasha terminó de contar su anécdota más reciente.

—Es justo lo que dice Seraphina —concordó Yuzuriha—. Hablando de ella, ¿dónde está? ¿Hoy vamos a separarnos de sus esposos?

—¿Lo dices solo para no ver a tu ex querido? —preguntó Mine con una sonrisa burlona.

Manigoldo alzó una ceja al escuchar eso. Al menos como él lo recordaba, Yuzuriha y Yato todavía estaban juntos, incluso parecía que el pequeño pelirrojo, que no se parecía en nada a Yato, era de ambos; pero las declaraciones eran por demás llamativas y él volvió a sentirse como un entrometido dentro de la vida de otros.

Otros que antes habían estado con él, hasta que él lo echó todo a perder.

Volviendo a sentirse como un intruso, Manigoldo se alejó lentamente y comenzó a caminar sin rumbo fijo, ya sin fijarse si estaba cerca o no de aquellos que compartieron tanto con él. Sin saber cómo, llegó casi a las puertas del edificio, y escuchó un par de sonoras carcajadas de adultos que lo sacaron de su momento de reflexión. Mirando de un lado al otro para asegurarse de que no había nadie cerca, caminó alrededor del edificio y al dar vuelta a la izquierda se encontró con Alone, Tenma y Asmita, los tres sosteniendo vasos de unicel con alguna bebida humeante y terminando de reír por un comentario de uno de ellos.

—... de verdad estaba molesto, no podía creer que ese pseudo experto se atreviera a insultar una de las obras de Alone sólo porque era una pintura de verdad y no una de esas cosas feas de arte moderno que hacen los "artistas" actuales —gruñó Tenma.

—Tenma, ya te he dicho que no es necesario insultar el trabajo de los demás —lo reprendió Alone, antes de darle un sorbo a su bebida.

—Sin embargo, y si me memoria no me falla, Tenma tiene un buen punto, todavía recuerdo cuando llevé a Shijima y Shaka al Museo de Arte Contemporáneo… apenas entramos ambos pesaron que habían olvidado algunos escombros en el lugar.

A pesar de que Alone intentó mantenerse serio, no pudo evitar sonreír. Intentó justificar su mala acción al alcohol que estaban bebiendo. Estaban en una institución dónde vivían jóvenes, en medio de un evento a favor de ellos; el alcohol estaba prohibido, pero cuando él y Tenma se encontraron a Defteros y Asmita en ese lugar apartado de la gente, y el mayor les ofreció un inocente café caliente, se supo perdido. De inmediato había identificado el olor a alcohol en la bebida, pero Tenma ya le había dado un trago y Asmita iba por su segundo vaso.

Eso, por supuesto, no lo sabía Manigoldo, que estaba a punto de irse hasta que sintió que alguien lo miraba, fijamente. Al mirar hacia atrás se encontró con Defteros detrás de él y con una expresión de sospecha; el mayor sostenía dos charolas con vasos y se acercó lentamente.

—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó molesto, llamando la atención de los otros tres— Tienes prohibida la entrada.

—¿Así? ¿Según quien? —preguntó retador Manigoldo, siguiendo al gemelo menor hacia dónde estaban los demás.

—Asmita, dile.

—Manigoldo, hace algo de frío, tómate un café con nosotros —Asmita le dió un sorbo a su nuevo vaso de café. Después hizo una mueca de disgustos y alzó su vaso hacia el frente—. Esta cosa no sabe a nada.

—Siempre olvido que no debo darte alcohol, eres un borracho—murmuró Defteros, sacando del interior de su abrigo una petaca para servirle a Asmita—. Y no me refería a eso, a Manigoldo no le toca porque no tiene café. —Le refunfuñó Defteros a Manigoldo, volteando justo en el momento en el que Tenma le daba su vaso al intruso— ¡Tenma!

—¡Defteros! No seas un amargado, tú ya lo golpeaste.

—Sobre eso debo decir que Sasha golpea más fuerte —señaló Manigoldo, dándole un sorbo al café—. Tkss, esto es alcohol barato.

—¿Qué?

—Defteros, ¿cómo le puedes dar a estos hombres de paladar fino algo tan barato? Hay una tienda de licores por aquí, caballeros, si me permiten, les compraré algo bueno.

Alone y Asmita asintieron de inmediato, emocionados con la idea.

—Nunca nadie se había preocupado tanto por mi alcohol —dijo Tenma antes de sollozar por lo bajo. Su esposo, sentado a su lado, pasó un brazo por sus hombros y le besó la frente.

Defteros rodó los ojos y empujó a Manigoldo con el hombro, indicándole que comenzara a caminar en búsqueda de ese elixir para el trío de borrachos que estaba cuidando; él tenía que ir y asegurarse de que ese alcohol fuera del gusto del exigente paladar de Asmita y Alone, Tenma una vez alcoholizado, era capaz de conformarse incluso con alcohol antiséptico.

En el camino de salida, Defteros y Manigoldo hablaron sin muchas trabas, sobre algunas cosas que les habían ocurrido en ese tiempo y en el pasado, sus anécdotas conjuntas. Era un pequeño paso, pero por primera vez desde su regreso, Manigoldo sintió que todo regresaba a su cause.


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Dos notas informativas importantes:

*El Museo Nacional de Arte Contemporáneo de Atenas (EMST) comenzó a funcionar propiamente en el 2000. En la actualidadestá ubicado en la antigua cervecería FIX, cuya reconstrucción se completó en febrero del 2014; antes de la reconstrucción de la antigua cervecería, el Museo estuvo alojado en diversas sedes. Fue fundado en 1997, supervisado y subvencionado por el Ministerio de Cultura y Deportes de Grecia. Desde 2003 hasta 2008, el EMST realizó exposiciones y actividades en la Sala de Conciertos de Atenas, la Escuela de Bellas Artes de Atenas y en espacios públicos. A partir del 30 de septiembre de 2008, se alojó en secciones del edificio del Conservatorio de Atenas, y a partir del 2014 ya tuvo su sede permanente. Esta es información directamente sacada de su página de Internet. El Museo tiene talleres y da clases relacionadas con su tema central, además de que, si no me equivoco, también permite la especialización en museología, historia y teoría del arte contemporáneo griego e internacional.

*Las petaca son botella de bolsillo para llevar alcohol, al menos así se les conoce en México, que yo sepa. No sé si existan más formas de nombrarlas, porque, por ejemplo, al menos que yo sepa, aquí una petaca también puede ser una maleta o, muy coloquialmente, su plural hace referencia a los glúteos.

La primera vez que escribí sobre este universo omití a este grupo porque consideraba que no se les daba el suficiente amor a los personajes de ND, así que había decidido cambiarlos, y todavía no tenía establecido que me extendería tanto o cómo todos los personajes se relacionarían entre sí. Me alegra que, después de tanto tiempo, por fin pueda meterlos en un especial de esta naturaleza, en especial sabiendo lo importantes que son; dentro de este universo, básicamente gracias a ellos es que nuestros héroes principales (los dorados clásicos) se conocen y todos conviven dentro de esta ficticia Atenas.