Un mensaje para ti
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…
Intentó hablar con Marinette sobre el regalo que había recibido el día anterior pero no consiguió nada. La chica realmente parecía no saber de lo que él estaba hablando, era como si se hubiera tomado en serio su papel de duende secreto.
Se rio de su propia locura.
La dejó en la panadería con sus padres, antes de cruzar hacia su antiguo colegio para sus clases de esgrima.
Era la única actividad extracurricular que había mantenido por sus horarios universitarios, pero también la que más provecho le sacaba, pues las actividades como superhéroes no paraban nunca.
Quitó el candado a su casillero y se preparó para su clase.
…
Cuando regresó de su actividad, notó algo raro en el candado de su casillero, casi podía jurar que estaba puesto al revés. Con sospecha, quitó el candado que había dejado abierto y cuando abrió la puerta, se encontró con otro paquete rojo pero esta vez tenía una cinta color verde.
Miró hacia la ventana imaginando que cierta superheroína había ingresado al lugar mientras no estaba.
Con una sonrisa, abrió el sobre encontrando otra vez una sola palabra escrita en ella: "ESTA"
Movió la cabeza de un lado al otro, y volteó en busca de algunas palabras extras de su santa secreto, pero solo encontró "Día dos" escrito otra vez con letras de computadora.
Bueno, no podía negar que se había esmerado.
Abrió la caja, quitando la cinta verde y cuando lo desenvolvió, encontró dentro un par de calcetas de lana. No pudo evitar reírse porque eran completamente negras con pequeños puntos verdes.
Guardó las calcetas en la caja una vez más y la metió en su bolso para cambiarse e ir por ella a la panadería.
…
Marinette estaba hablando con Tom y Sabine cuando ingresó al lugar. Ellos solían recibirlos con una enorme sonrisa en sus labios, pero hoy se notaban tensos, como si Marinette y ellos hubieran estado peleando segundo atrás. Eso fue raro, ellos no tenían problemas, al menos que él supiera.
—¿Qué tal? —preguntó, tratando de no ser imprudente.
Tom sacudió su cabeza y trató de volver a su humor habitual, al igual que Sabine, ambos lo saludaron, pero Marinette bajó la mirada y salió de la panadería, no le perdió la pista hasta que notó que caminó hacia su auto, desactivó la alarma para que ella pudiera subir.
—¿Está todo bien? —miró a sus suegros que se miraron entre ellos antes de mirarlo a él.
—Sí —afirmó Sabine—. Solo que a veces se nos olvida que nuestra pequeña ha crecido y ya es una mujer adulta.
Confundido, miró hacia el automóvil y luego, de nuevo hacia Tom y Sabine.
—No es por mi culpa, ¿verdad? —preguntó con la voz apretada. ¡Ay estaba! Su mala suerte la alcanzó finalmente…
—¿Qué? —Sabine se sobresaltó a escucharlo y se acercó a él para que la mirara—. No, claro que no.
—No, Adrien. No es así —agregó Tom, tratando de alejar los malos pensamientos de la mente del muchacho—. Son solo cosas de Marinette… ella te contará a su debido tiempo.
No estaba muy convencido, pero lo dejó por la paz.
Se despidió de ambos y se subió al auto.
—No quiero ir a mi departamento —susurró Marinette en cuanto él se acomodó en el asiento del conductor, apoyando la cabeza en su hombro. Adrien solo la miró y afirmó.
—De acuerdo.
