[Canción de Hielo y Fuego, así como todo el material derivado de este pertenecen a George R. R. Martin. Escribo este fic sin ánimos de lucro. El plagio a la trama de esta historia está prohibido]


CINTAS Y HUMO

Parte I

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La primera vez que Aegon visitó la calle de la Seda fue en compañía de Daston Tyrell y Venly Lannister. Fue durante el torneo ofrecido en honor a onomástico número cuarenta y tres de su padre, grandes señores y sus vástagos vinieron de todo el reino a celebrarlo, trayendo fastuosos regalos, disfrutando de los banquetes, emborrachándose y fingiendo que la mayoría de ellos sabía qué hacer con una espada. Aegon, que ya gozaba vaciando su copa de vino hasta sentirse alegre y relajado, no le fue difícil colarse entre los grupos de nobles mayores, que al menos le sacaban un par de años, algunos incluso casados y con hijos. El único más joven que él era Cregan Stark, un alfa norteño que era demasiado solemne para su gusto y parecía más interesado en seguir a su padre que socializar con personas de su edad.

Aegon se sintió cómodo de inmediato, ya no era el príncipe alfa que toda la corte acosaba con sus expectativas, solo era un niño de catorce años que reía y charlaba con personas lo suficientemente borrachas para olvidarse de los títulos. Esa sensación de libertad la tenía muy pocas veces y con contadas personas. Estaba ansioso de perseguir cada resquicio de independencia que encontrara, de conocer y vivir la mitad de lo que sus compañeros de copas narraban, algo que bajo el yugo de su madre nunca lograría. Alicent Hightower era, sin duda alguna, la omega más aterradora del reino.

Era el segundo día de torneo cuando esas ansias tuvieron la posibilidad de ser calmadas. Era entrada la noche, y como era habitual en periodos de celebración, el castillo no dormía. En uno de los patios interiores de la fortaleza Aegon se acurrucaba al cobijo de las sombras, bebiendo sin freno vino de la mejor calidad y rodeado de varios jóvenes de alcurnia, cuando Daston Tyrell sugirió escaparse del castillo e ir a visitar los famosísimos barrios bajos de la ciudad, conocidos por su variedad sin igual y abundancia de omegas a un par de peniques. Daston era gordo y clavo a pesar de ajustar apenas la veintena, era el tercer hijo de su padre y era famoso por tener el triple de bastardos que de vástagos legítimos. Su olor era débil, como todo beta, pero a Aegon le picaba la nariz cuando lo percibía, agrío y aceitoso.

—¡Hasta que alguien dice algo con sentido en esta puta ciudad! —exclamó Venly Lannister, tan rubio como todos lo de su casa, pero con la constitución de un crío. Otro beta sin renombre, eclipsado por su hermano mayor.

Aegon se removió en su lugar, sintiendo emoción y miedo burbujeando en su estómago. Nunca se había salido más allá de las murallas de la Fortaleza Roja sin algún miembro de su familia y rodeado de los Capas Blancas. La perspectiva de escapar a hurtadillas para ir a una calle llena de burdeles encendió su libido como nunca. Desde que se presentó alfa el verano pasado su cuerpo parecía tener mente propia, en especial en lo referente al sexo, no importaba cuantas veces se satisficiera a sí mismo, nunca era suficiente. Y ni hablar de su calor, era una tortura terrible, el único alivio que tuvo fue ahogarse en vino hasta que su vista estuviera tan borrosa y su cuerpo tan adormecido que cayera desmayado en su cama. La idea de finalmente coger con algo más que su mano opacó cualquier posible consecuencia, incluida la de matar a su madre de un disgusto si se entraba.

Entre risas y comentarios tan obscenos que asombraron a Aegon planearon su viaje de placer, que en realidad era muy simple, salir por las puertas principales, embriagarse hasta caer rendidos en algún callejón y los que se mantuvieran en pie arrastraran al resto de regreso a sus aposentos temporales. Hasta que repararon en Aegon.

—No puedes salir así, todos te reconocerían, príncipe —señaló Jacar Tully deteniéndose a medio camino—. Tiene que cubrir tu cabello o la guardia real nos atrapará y tu madre nos meterá a todos en las mazmorras por corromperte —añadió el alfa.

El grupo de ebrios, incluido él mismo, se quedaron un segundo en silencio, algunos giraron solo para admirar la desordenada melena plateada de Aegon. Hasta que Theo Baratheon soltó una estruendosa carcajada y el resto lo imitó.

—Búscate una capa, principito, y regresa antes de que nos vayamos sin ti —indicó Venly socarrón.

Aegon, demasiado excitado con la noche que tenía por delante, se apresuró en ir a su recámara, por suerte, no muy lejos de ahí. A esta hora era probable que el resto de su familia ya estuviera durmiendo, así que trató de ser lo más discreto que pudo y se coló a su dormitorio para tomar una de sus oscuras capas de viaje. Sujetó su cabelló con una cinta antes de ponerse la capucha, con sus ojos amatista no podía hacer nada. Salió en silencio, corriendo hacia la entrada.

—¿Tío Aegon?

Casi gritó del susto cuando dobló la esquina y se encontró de frente con Jacaerys, ya en ropa de dormir. Maldijo para sus adentros.

—Jace, maldita sea, ¿qué haces despierto? —preguntó dándole una mirada anhelante a las escaleras que conducían a la planta baja.

—Estaba buscándote —respondió con un brillo lastimero en sus enormes ojos marrón—. Me prometiste contarme la historia de cómo robaste el cerdo de los establos que le vamos a dar al tío Aemond.

Por un segundo se quedó en blanco.

—¿Yo dije eso?

—¡Sí! —gritó dando una pataleta y frunciendo el ceño—, durante el desayuno me juraste que lo harías.

Como una chispa, el recuerdo volvió él, y Aegon esta vez maldijo en voz alta. Le dio una mirada suplicante a Jace, pero este solo extendió una mano en su dirección, dejándole claro que debía tomarla y llevarlo a su habitación para que le contara la dichosa historia. Aegon soltó un lloriqueo.

Desde que Jacaerys se presentó como omega hace dos años, días después de celebrar su décimo onomástico, Aegon desarrolló una incurable debilidad por él, una que nadie más gozaba. Aegon podía ser despreciable, irresponsable, grosero y repugnante con todo el mundo, riéndose maliciosamente de la desgracia ajena y jugándole bromas terribles a sus hermanos menores, excepto a Jace. Era una maldición, la verdad. La alegría que le generaba complacer a su sobrino mayor no era normal, como le gustaba recordarle su madre, pero Aegon no tenía, ni quería, la fuerza para negarse. Aegon era masilla en sus manos, maleable y obediente, doblegándose ante una mirada de sus ojos chocolate, suavizándose con solo pasar los dedos entre sus ondas caoba, inclinándose ante el olor madera, humo y vainilla, siendo lo último lo único que delataba su condición omega.

Solo que esta noche Aegon no estaba pensando correctamente. Sus instintos alfa, a los que normalmente no prestaba atención, había tomado el control. La idea de al fin acotarse con alguien, de terminar dentro del calor ajeno y anudar, lo llevaron al límite. El vino en su sistema solo me empujaba todavía más al borde. De haber sido cualquier otra persona quien se interpuso en su camino ya lo hubiera empujado a un lado y marchado sin mirar atrás.

—¿Y si lo dejamos para después? —ofreció haciendo un puchero y uniendo sus palmas al frente, como si rezara.

—¿Por qué hoy no? —preguntó bajando la mano y cruzándose de brazos.

Porque ya me cansé de jalármela yo solo. Por supuesto, no dijo eso.

—Tengo planes esta noche.

—Tenías planes conmigo —replicó entre dientes.

—¡Lo sé, lo sé, lo sé! —canturreó hincándose frente a él y colgándose de su cuello—, juro que te lo compensaré, si no que le caiga un rayo a Aemond —dijo restregando su cabeza contra la de su sobrino, como si fuera un gato mimoso.

Jacaerys rio, empujándolo sin éxito.

—¡Para!

—¡No hasta que me respondas! —negó Aegon.

Se levantó de un saltó, desenredando sus brazos del cuello ajeno y de un solo movimiento cargó a Jace en su hombro, que chilló en respuesta. Aegon dio vueltas sobre sí mismo, riendo ante las carcajadas y súplicas del niño, que tenía la parte de atrás de su capa sujeta en sus pequeños puños. Desde hace unos meses, como parte de su desarrollo alfa, Aegon poseía una fuerza sobresaliente, que le encantaba usar para colgar a Aemond de cabeza y levantar de sorpresa a Lucerys hasta asustarlo.

—¡Ya, por favor! —gritó sin aliento Jace—, ¡cuéntamela después, pero bájame!

—No sé —tarareó Aegon—, creo que mejor me quedo aquí y sigo con esto.

—¡No! ¡Por favor, tío, bájame! —suplicó con tono ahogado—, ¡o te vomitaré encima!

Aegon se detuvo en seco y dejó a Jace sobre sus pies de inmediato. Lo último que necesitaba es que el olor a vómito le terminara obligando a pagar el doble por un omega que no soportaba la pestilencia. Pero Jace no se veía a punto de hacerlo, solo tenía una enrome y engreída que mostraba sus dientes. Aegon entrecerró los ojos, listo para atormentarlo como pago por su engaño cuando las campanas replicaron. Ya era tarde, no tenía más tiempo para juegos.

—Debo irme ahora, niño —anunció, la sonrisa de Jace se esfumó—. Te contaré esa historia después, vete a la cama, anda.

—Está bien —murmuró bajando la vista al suelo.

Aegon sintió una punzada dolorosa en el corazón ante la escena, pero la ignoró, la excitación que olvidó por jugar con Jace volvió a él y sabía que la única forma de satisfacerla era buscando alguien con quien acostarse esa noche. Su alfa estaba ansioso por bajar a la ciudad y hallar un cuerpo caliente con quien irse a la cama.

—Tío, ¿y no puedo ir contigo? Prometo portarme bien si me llevas —dijo Jace alzando la vista de repente.

Un desagradable escalofrío le recorrió la espalda y de su garganta salió un gruñido de puro disgusto.

—¡No! —gritó más duro de lo que quería—. No puedes ir conmigo, eso es definitivo.

El menor agachó la cabeza y se encogió ante el tono, pero Aegon no encontró la voluntad para disculparse. La imagen de Jacaerys, en pijamas y rostro soñoliento, recorriendo la calle de la Seda con sus inocentes ojos, siendo tocado por las alimañas de la ciudad y arrastrado a una casa del placer por prostitutas repugnantes le revolvió el estómago. Un latigazo de ira hizo que sus colmillos se molieran entre sí y sus músculos se tensara, deseoso de destrozar con sus manos a cualquiera que insinuara siquiera hacer que Jace recorriera aquella inmundicia.

Tomó una gran bocanada de aire, tranquilizándose a él y a su alfa. Debía centrarse o sería dejado atrás por tardar tanto.

—No te gustaría de todas formas —consoló poniéndose de cuclillas para estar su altura—. Mira, tengo una idea — declaró sonriéndole.

Jacaerys levantó la cabeza, curioso. Aegon se quitó la capucha y desató su cabello para recuperar el listón negro que usó, era una banda ancha de rico terciopelo brocado que las criadas empleaban para domar su melena en eventos formales. Lo dobló por la mitad y con ayuda de sus colmillos lo partió.

—Tu mano —pidió, para su alivio Jace cumplió sin dudar. Aegon rodeó la fina muñeca de con él, empezando a atarlo—. Mientras tengamos este lazo puesto significa que tenemos una promesa pendiente —murmuró dándole una sonrisa suave cuando terminó el nudo—. Así yo no olvidaré mis juramentos y tú sabrás que tienes el derecho de ordenarme cumplirlos, ¿de acuerdo? —finalizó ofreciéndole el listón y extendiendo su brazo.

Jacaerys lo vio con sus encantadores ojos, de una forma que calentó algo dentro de su pecho. Con sus cortos y torpes dedos ató la cinta en un nudo flojo, Aegon lo apretó con sus dientes, no queriendo perderlo por sus andanzas de esa noche. Se incorporó echándose otra vez la capucha.

—Ahora, Jace —llamó desordenándole el cabello—, vete a dormir. Nos veremos después.

—Buenas noches, tío Aegon —deseó recuperando su sonrisa resplandeciente.

Le dio un rápido abrazo y luego se fue corriendo en dirección de su dormitorio. Aegon se quedó en el pasillo hasta que lo perdió de vista, también esbozando una sonrisa al sentir el ligero peso en su muñeca.

Felicitándose a sí mismo por tan buena salvada se giró al fin, bajando a saltos la escalera y trotando hasta el vestíbulo, donde el grupo de nobles borrachos lo esperaba. Algunos se quejaron por su tardanza, pero pronto su buen humor volvió al cruzar las puertas de castillo y encaminarse entre tumbos al corazón de la capital.

Esa noche Aegon terminó en una casa del placer bastante cotizada, flaqueado por Daston y Venly, pues el resto se había ido por su cuenta, perdiéndose en callejón, entrando a cantinas, exigiendo las bebidas más fuertes y siendo arrastrados por los brazos de prostitutas baratas. Al saber que era su primera vez el par de hombres lo llevaron a uno de los burdeles más caros, para que tuviera calidad, aunque sea al inicio.

—¡Esta cogida la invitan los Lannister! —ladró Venly antes de empujar a Aegon a los brazos de una joven pelirroja precariamente envuelta en seda roja.

Para este momento los instintos alfa de Aegon había tomado el control, embriagado por los olores que lo golpearon con solo poner un pie en el prostíbulo, antes de que las puertas se cerraran detrás de él ya estaba duro gracias a la sinfonía de ruidos de placer que resonaban en cada rincón. La chica lo llevó de la mano a una habitación vacía, diciéndole su nombre y género en el camino, pero Aegon se quedó atascado en la parte de ella siendo omega.

Aegon nunca prestó demasiada atención a los géneros secundarios, siendo Targaryen nacer alfa era la regla, en su familia inmediata abundaban. Los omegas eran una excepción tan rara que se contaban con los dedos de la mano, Aemond y Jacaerys eran una especie de milagro. Sin embargo, desde la noche que despertó duro como una roca, gruñendo tal cual un maldito perro hambriento y exudando feromonas tan espesas que hicieron toser a los guardias, su feliz ignorancia quedó en el olvido. Ser un príncipe alfa significaban muchas responsabilidades y expectativas, una presión constante sobre sus hombros que su madre se encargaba de recordarle a cada paso que daba. Sofocaba a Aegon, arrebatándole cada minúscula gota de felicidad.

La bebida había sido un excelente escape para las palabras venenosas que su madre y abuelo le susurraban de forma inclemente. Un descanso para su mente.

El sexo, como descubrió esa noche, era el desahogo de su alfa. Él nunca se consideró un alfa excepcional dentro de su casta, Theo Baratheon, ancho y fuerte, o Jacar Tully, de presencia imponente, le parecían mejores ejemplos. Hasta esa noche.

Aegon era joven, vigoroso e incansable. Cuando terminó con la omega pelirroja le siguió una beta de piel oscura, luego un omega menudo de cabello ceniciento y al final un beta moreno de trasero redondo que aguantó hasta el amanecer. Sus feromonas inundaron cada rincón, ahogando las feromonas de los demás, el característico olor a humo de los alfa Targaryen atrajo al resto de clientes y prostitutas, pues desde el matrimonio de Daemon Targaryen con Laena Velayron ningún integrante de la casa real visitó la calle de la Seda.

Esa mañana Aegon regresó a la Fortaleza sintiéndose más como un alfa que nunca, satisfecho y deseoso de volver. Sus compañeros de juerga lo felicitaban, palmeando su espalda y recordando sus hazañas, narrándolas entre chistes y alabanzas.

Sin embargo, antes de caer rendido por el sueño, acarició el lazo negro que rodeaba su muñeca. Lo desató al inicio de su aventura, dejándolo en el bolsillo de su pantalón, por alguna razón la idea de tenerlo puesto mientras estaba con todas esas personas le desagradó. La mañana siguiente, al tiempo que se vestía, con el alba despuntando a sus espaldas, lo anudó otra vez.

Curiosamente, su último pensamiento fue el recordatorio que tenía una historia pendiente.


Para suerte de Aegon, Jace no exigió ninguna historia el resto de las celebraciones. De hecho, casi no lo vio, entre banquetes, torneos, noches calentando la cama de burdeles con desconocidos y borracheras sin fin, Aegon logró escabullirse de su familia exitosamente. Los únicos que sabían de sus escapadas eran sus sirvientes, que le preparaban agua caliente por las mañanas para lavar los restos de sus noches y que los olores que se le pegaban a la piel no lo delataran.

Su alfa casi maullaba de satisfacción por ser tan bien atendido y Aegon sentía en el paraíso. Cuando las celebraciones terminaron estaba feliz de saber que algunos de sus nuevos amigos se quedarían más tiempo en la capital. El día de las partidas oficiales vio con interés como Cregan Stark se despedía de Aemond con reverencia y un beso en la mano, todo esto bajo la gruñona mirada de Lucerys, el mocoso alfa de Rhaenyra. Trató de encontrar los ojos de Jace, que sin duda se reiría de la cara de pasmo del omega y la de disgusto de su hermano, pero este tenía el rostro girado en la dirección contraria. Aegon frunció levemente el ceño por esto, sin embargo, no reparó más tiempo en ello.

Los días volvieron a su cauce relativo, solo que ahora Aegon tenía entrenamientos separados de los niños pues su fuerza era muy superior y sus tardes de estudio grupal quedaron atrás, prefiriendo pasar esas horas con Daston y Jacar, disfrutando de los placeres de la corte que antes ignoraba. Descubrió que no tenía que ir tan lejos para satisfacerse, había docenas de cortesanos de todos los géneros dispuestos a colarse a sus aposentos. Siendo sincero no recordaba el nombre de la mayoría y prefería echarlos apenas terminaran, lo que frustraba a más de los que podría contar, pero que a él le tenía sin cuidado.

Su nuevo estilo de vida hizo que las semanas fueran pasando sin que lo notara, hasta volverse meses.

Durante este tiempo no prestó mucha atención a su entorno. Si normalmente estaba distanciado de sus hermanos, ahora apenas los veía en las comidas, sus sobrinos eran un sonido fantasma al fondo mientras pasaba junto al patio de entrenamiento o la biblioteca. Esto último era lo único que echaba en falta, en especial Jacaerys, a veces se detenía a contemplar la ahora desgastada cinta en su muñeca, el tacto no era ni de lejos tan suave como aquella noche, pero cuando la acariciaba lo reconfortaba más que nada en el mundo. Algunas jóvenes nobles, sobre todo omegas, se la pedían como regalo. Aegon, en cuanto terminaba de escuchar su petición, la saca de su cama y las vetaba de su repertorio, furioso de que creyeran que les daría algo que lo unía con Jace. Al beta que quiso quitárselo mientras dormía casi lo mata a golpes, ni siquiera pestañeo cuando fue expulsado de la casa de placer, demasiado ocupado en asegurarse que la cinta no estuviera manchada con sangre.

Su idílica vida se terminó la mañana que su madre entró, tan enojada que sus feromonas afrutadas se agriaron hasta oler como vino barato. Nunca se atrevió a decir esa comparación en voz alta, por su bien.

—¡Aegon! —rugió haciendo que los sirvientes corrieran las cortinas y abrieran las ventanas.

El alfa dio un sonoro quejido por esto y se quitó las sabanas de seda de la cara. Anoche llegó muy tarde después de beber con Daston y divertirse con unas gemelas beta.

—Estoy justo aquí, no necesitas gritar —rumió tallándose los ojos y sentándose al borde de la cama, procurando que la sabana tapara su desnudez.

—Niño insolente, ¡levántate ahora mismo! —ordenó.

Con un agarre de acero y una fuerza inusitada tomó su brazo, lo jaló hasta que tropezó fuera de su lecho. Aegon se apresuró a cubrirse.

—¿Por qué actúas así de repente? —protestó envolviéndose con la ropa de cama.

—¿De repente? —imitó Alicent sujetando su cara tan fuerte que sus anillos se clavaron en sus mejillas—, ¡he estado ignorando tu indecente y vergonzoso comportamiento por meses, esperando que recapacitaras por ti mismo! —vociferó furiosa—. Es obvio que no lo harás, así que yo tendré que hacerlo. La corte está llena de habladurías sobre ti y tus depravaciones, ¡tu ausencia ya se ha notado lo suficiente! —declaró dándole un último y doloroso apretón antes de soltarlo con un empujón—. Hoy, por si has perdido la cuenta de los días en medio de tus borracheras, es el onomástico de Rhaenyra. Se hará un banquete en su honor y tú permanecerás sobrio, no te escaparás con nadie para fornicar en un rincón como animales, ¿quedo claro? —siseó entrecerrando los ojos.

—Sí, madre —murmuró bajando la vista.

—Te sentarás junto a los niños bastardos y mantendrás la boca cerrada —indicó alejándose.

Aegon alzó la vista, reprimiendo una mueca y se aclaró la garganta.

—Iré y seré decente, pero no los llames así —pidió en voz baja.

Su madre arqueó las cejas y arrugó la nariz.

—Los llamo por lo que son, productos de las aventuras extramaritales de Rhaenyra. No lo olvides, Aegon, que el tiempo que pasaste alejados de ellos sirva de algo y zanje ese patético aprecio que sientes.

El recordatorio de su ausencia en la corte le sentó como un balde de agua fría, con un desconocido dolor punzando en su pecho y un vacío en su estómago lo hicieron removerse incómodo.

—No me alejé de ellos, solo estoy ocupado —contestó entre dientes.

—Degradar el nombre de tu familia no es una ocupación —bufó poniendo los ojos en blanco—. Y de cualquier manera es mejor así, Rhaenyra no tolerará por mucho tiempo que sus hijos estén rodeados de alguien como tú.

—¿Cómo yo? —repitió con una voz tan pequeña que lo hizo sentir un niño de nuevo.

—Una decepción, eres veneno que mata lo que toca con su depravación —aseguró dándole la espalda—. Báñate y arréglate para lucir como el príncipe que eres y no como el leproso del Lecho de Pulgas que te empeñas en parecer.

Alicent se fue, dejándolo de pie en medio de la habitación. Aegon, por primera vez en su vida, maldijo a su madre. Sintiéndose profundamente desanimado, soltó que la sabana cayera a sus pies y se puso su bata. Se acomodó en el alfeizar de la ventana, que daba al interior del castillo, y observó distraído el patio de entrenamiento. Paso la yema de los dedos por el terciopelo desgastado. Lo cierto es que, desde el día del nombre de su padre y su despertar sexual, hizo su vida lejos de su familia y el castillo, tan metido en su desenfrenado intento de libertad que dejó que su reputación y nombre se mancharan hasta no ser más que lodo después de una tormenta.

No era el primero y ni el último noble que se era hechizado por el deseo y el vino, de hecho, como alfa, era considerado natural, parte de su desarrollo. Sin embargo, ninguno de ellos tuvo a Alicent Hightower como madre, que no se cortaba en señalar cada una de sus fallas y defectos desde que tenía memoria. Su madre y su abuelo lo criaron con el objetivo de hacerlo un alfa tan digno que de arrebatarle el trono a su hermana nadie se opusiera, demasiado deslumbrado por el poder de Aegon como para protestar.

Un plan sin futuro, pues Aegon se veía claramente a sí mismo, y él era una decepción. No era tan fuerte, inteligente o encantador como debía serlo. Rhaenyra era una alfa brillante, la heredera perfecta. Sabía que no había competencia entre ellos, una sola sonrisa de Rhaenyra valía toda la existencia de Aegon.

¿Cómo su madre no podía ver la clase de inmundicia que era? No puedes hacer pasar a un penique por un dragón de oro.

Acarició de forma casi frenética la cinta en su muñeca, persiguiendo una calma que no podía alcanzar. Recordó la promesa hecha hace meses en el pasillo contiguo, un dolor sórdido se instaló en su pecho al rememorar los ojos suaves y esperanzados de su sobrino, lo dócil y dulce que fue, ese último abrazo que compartieron. Pronto Jacaerys sería capaz de verlo realmente, de revocar un amor que no merecía.

Se preguntó por un segundo que fue del cerdo y la broma que nunca realizó. Suspiró y comenzó su día.


El banquete fue espectacular, como siempre. Tuvo lugar en los jardines del castillo, aprovechando el fantástico clima que la primavera estaba dejando. No era ni de cerca tan grande como los festejos en honor al rey, esta vez solo asistan los nobles locales y adinerados comerciantes, sin embargo, la comida era espectacular, diga de una fiesta ofrecida por la realeza, trovadores y compañías actorales acudieron de toda la región para entretener a los comensales mientras estos se atiborraban de manjares y vino.

Tal como su madre ordenó, Aegon se había bañado, vestido y peinado para la ocasión. Permaneció en la mesa principal, rodeado de niños y lejos de sus amigos, que se emborrachaban unos puestos más allá. Era la primera vez en un largo tiempo que se sentaba con la familia al completo y el distanciamiento de todos los menores lo hizo evidente. Antes hubiera disfrutado lanzándole comida al cabello de Aemond, robando los bichos de Helaena para prendérselos al primer despistado que encontrara, burlarse de que Lucerys aun no alcanzaba los cubiertos correctamente e inclinarse sobre Jacaerys para contarle chistes y burlas que lo partieran de risa. Nada de eso pasó. Jace lo encontraba sus ojos ni por error, Lucerys y Aemond se mantenían uno alrededor del otro, metidos en su propio mundo y su hermana menor estaba tan idea y extraña como siempre. La comida le pareció eterna, platillo tras platillo servido en medio de un incómodo silencio.

Cuando estaban a punto de servir el postre, tarta de limón, Aegon no aguantó más en silencio.

—Oye, hermanito —llamó sintiendo una sonrisa tirando de sus comisuras.

Aemond levantó la vista de su postre con recelo. Aegon notó que su cabello ondulado y usualmente desarreglado, ahora estaba tejido en intrincadas trenzas que se arremolinaban en patrones antes de caer sobre sus hombros, notó pequeñas flores azules y rojas contrastando contra el plateado de las hebras.

—Jacar cazó un oso en su último viaje al norte —dijo de manera casual—, ¿debería pedirle la piel para un abrigo ahora que te vas al norte con el lobito estirado?

El poco color de las mejillas de su hermano desapareció, sus ojos de inmediato se dirigieron a Lucerys, que estaba sentado a su lado, al notarlo este clavó el tenedor con saña en la tarta. Aemond frunció el ceño en su dirección.

—Eres un idiota —escupió—. Llevas tantos días borracho que te volviste estúpido.

Aegon parpadeó desconcertado, era la primera vez que su hermano le respondía de esa forma. Abrió la boca, con una réplica venenosa en la lengua, que se vio interrumpida.

—Tío Aemond tiene razón —murmuró Jacaerys con los ojos clavados en su plato—, y no es como si supieras nada de nosotros ahora, Aegon.

Esta vez se quedó en blanco. Ni una sola vez, Jacaerys se había puesto en su contra y mucho menos lo llamó por su nombre a secas, ahora no se dignaba a encontrar su mirada. Aemond volvió a ignorarlo, esta vez su mano libre tomaba la de Lucerys, que era el único que le prestaba atención, aunque solo para verlo con molestia, luciendo por primera vez como un alfa y no como un niño.

Se removió incómodo y sintiéndose fuera de lugar, echando en falta el vino más que nunca. Le dio una mirada anhelante a la mesa donde Jacar y Venly se embriagaban sin control, riendo estruendosamente y coqueteando con las criadas que servían los platillos.

Aegon terminó el postre en un par de bocados y se paró decidido. Su madre, sentada al lado del rey, le envió una mirada de advertencia, pero no le prestó atención, Aegon prometió comportarse durante la comida y está ya había terminado. Sin despedirse se retiró de la mesa para ir a donde sus compañeros de juerga, que lo recibieron con alegría y una copa de vino, que bebió con deleite.

La tarde murió y con ella llegaron los espectáculos de fuego, Aegon, que ya estaba achispado y feliz, admiró a los cirqueros escupir fuego en medio de complejas coreografías. Él, al igual que toda su familia, se encontraban fascinados con la escena, en cada celebración Targaryen había fuego de alguna clase, escuchó una vez que uno de sus antepasados hizo un espectáculo entero sobre su dragón para deleitar al actual rey y sin quererlo mató un par de personas del público, pero el soberano quedó tan encantado que no lo castigo por ello. Cuando Aegon era niño pensó tontamente que él podría hacer algo así el día de su boda, después de todo, su dragón era el más hermoso de la historia.

La conmemoración terminó entrada la noche, la mayoría de los invitados estaban borrachos y no había niños a la vista. Su madre más de una vez lo reprendió con la mirada, pero como se mantuvo razonablemente ebrio y no movió de su mesa para esconderse en algún rincón a coger, no pudo reprocharle gran cosa. Para su suerte, ella se retiró unas horas después del anochecer en compañía del rey. Era medianoche cuando Jacar y Venly lo convencieron de bajar a la ciudad, animados por el alcohol.

A estas alturas ya daba igual quien reconociera su cabello plateado, todo el mundo sabía que Aegon Targaryen visitaba con frecuencia y alegría los prostíbulos de la calla de la Seda.

Estaban cruzando la explanada de las puertas principales cuando Aegon lo vio de reojo, notó Jace escondido entre las sombras, viéndolo directamente con el ceño fruncido y los brazos cruzados, luciendo más furioso que nunca. Aegon se detuvo en seco.

—¿Qué pasa? —preguntó Jacar al notar que se quedaba atrás.

—Adelántense, ahora los alcanzó —dijo girándose hacia su sobrino.

—¡No tardes mucho o te ganaremos todas las buenas! —rio un pelirrojo del que no recordaba el nombre, pero se unió a ellos en el banquete.

Aegon los ignoró y fue directo hacia el menor. Seguía usando la misma ropa de la fiesta, a pesar de que hace horas se marchó con su hermano a sus aposentos por órdenes de Rhaenyra. La luz cálida de las antorchas que iluminaban el patio arrancaba destellos de sus grandes ojos marrones, el fuego hacía cosas encantadoras contra su piel clara y dibujaba la sombra de sus espesas pestañas. Aegon sonrió ante la vista, solo un ciego no notaría la belleza del omega.

—Jace, no sabía que…

—¡Eres un mentiroso! —cortó su sobrino.

Aegon parpadeó confundido.

—¿Qué?

—Han pasado seis meses —dijo Jacaerys entre dientes, sin perder el ritmo—, y aún no cumples tu palabra.

Le llevó un par de segundos entender de qué hablaba, y al hacerlo, una punzada de arrepentimiento lo golpeó.

—Mierda, Jace, lo siento, he estado ocupado y no…

—¡Nos abandonaste! —gritó dando un firme paso en su dirección. El delicado olor de su sobrino se agrió—. Ya nunca estás con nosotros, solo con tus amigos y emborrachándote —acusó—. ¡Eres un mentiroso! ¡Rompiste tu palabra!

Su garganta se cerró al notar los ojos de su sobrino brillando con lágrimas sin derramar y su pequeño cuerpo temblando. Era una imagen devastadora que dejó a Aegon sin aire.

—Jace… —murmuró extendiendo la mano en su dirección, sin saber que iba a hacer, pero desesperado por consolarlo.

—¡Te odio, Aegon! —aseguró con voz rota.

Aegon trató de alcanzarlo, pero Jace dio un paso hacia atrás. Con movimientos bruscos rebusco dentro del cuello alto de su jubón, Aegon observó que debajo de este se encontraba una gargantilla negra. Jacaerys se la arrancó y se la lanzó antes de salir corriendo sin mirar atrás.

Aegon, todavía congelado por la sorpresa, solo atinó a atraparla torpemente. Bajó la vista a sus manos. Era la cinta de aquella noche, solo que ahora estaba conectada por una fina cadena que se cerraba con un broche delicado, el metal de los remaches seguía tibio por el calor de Jace.

El corazón de Aegon se encogió. Se llevó la ahora gargantilla al pecho, tratando de calmar la voz en su cabeza que le gritaba que era una decepción, que era un ser despreciable por herir a una de las personas que más amaba. Solo de recordar esos grandes ojos marrones acusándolo, odiándolo, las piernas de Aegon se volvieron débiles y fue un milagro que no cayera de rodillas al suelo.

De alguna forma estúpida pensó que la ausencia de Jace a su alrededor era buena señal. Aegon al fin estaba viviendo algo de libertad y Jacaerys se mantenía lejos de su mala influencia, como tanto le gustaba recordarle su madre. Aegon era mayor, sus pensamientos estaban lejos de jugar aún a las escondidas, tontear alrededor del castillo o robar postres de las cocinas, desde el onomástico de su padre ya ni siquiera se consideraba un niño, su mente estaba inundada de deseo carnal y necesidad de vino. Disfrutaba siendo un alfa incansable, un príncipe venerado, un Targaryen aclamado.

Y, sin embargo, el despreció de Jacaerys convirtió en ceniza esa alegría.

—Mierda —susurró enterrando el rostro entre sus manos.

Todo deseo de pasar la noche afuera desapareció. Ahora lo único que quería era escabullirse a la habitación de Jace y arrastrarse por su perdón. Se descubrió el rostro y dirigió la vista hasta el Torreón de Maegor, ubicando fácilmente la ventana del cuarto de su sobrino, podría entrar sin que nadie lo descubriera por los pasadizos secretos que conectaban toda la fortaleza. Dio un paso vacilante, si era rápido hasta podría llegar antes que Jace.

…eres veneno que mata lo que toca con su depravación…

Aegon se detuvo. Apretó en su puño la cinta en su mano, hasta que el metal se clavó en su palma. No. No podía hacer eso. Contaminar a Jace, arrebatarle su inocencia y arrastrarlo a su pozo particular de suciedad era inaudito, inimaginable, un pecado en el que Aegon nunca caería. Era mejor que lo odiara, al menos así lo mantendría alejado.

Aegon dejó salir un suspiro inestable, que lo hizo temblar. Llevó la gargantilla a sus labios, acariciando la suave textura con ellos, saboreando el olor de Jace que quedó impregnado. Humo, madera y vainilla. Una vez escuchó que una tierra lejana, los dioses que la gobernaban se alimentaban de algo llamado ambrosía, que era la mayor delicia creada y solo con comerla vivirían hasta el fin de los días. Cuando Aegon aún creía que los Targaryen eran lo más parecido a deidades que podían existir, juró que encontraría su propia ambrosía, algo digno de su familia. Se rindió a los meses, pues era claro que no eran más que cuentos de niños.

Pero justo en ese instante, con el olor de Jacaerys embriagando sus sentidos, Aegon supo que su deseo se había cumplido. No existía fragancia más exquisita que esta. Con solo saborearla en la punta de su lengua sería suficiente para vivir una eternidad, solo para adorarla.

Y es por eso por lo que con dedos trémulos ajustó el lazo a su cuello y se alejó en medio de la noche. Algo tan magnífico no debía ser arruinado por sus manos.

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Hoy, después de muchísimo tiempo, he caído en la tentación de escribir de nuevo, y todo es culpa del fandom.

Llevo semanas alimentando mi obsesión por el Jacegon y Lucemond con el contenido de los grupos de FB y los edits de Tiktok y pensé que era hora de aportar algo a esta bella comunidad. La idea original era diferente y se supone que era solo un one-shot larguito, pero una cosa llevó a la otra y evolucionó a esto.

La mayor parte tendrá a los chicos siendo niños como en los primeros capítulos de la serie, aunque con las edades un poco cambiadas a mi conveniencia: Aegon (14), Aemond (13), Jace (12) y Luce (10). Además, que no seguirá del todo el canon.

Por cierto, no tengo beta reader así que yo sola me corrijo, si alguien nota algún error por favor díganmelo sin pena. Se los agradecería mucho.

Espero que les guste y gracias por leer :)