—Los controles siguen funcionando como hace un siglo —murmuró Zelda, casi para sus adentros. No estaba segura de que alguien estuviera escuchándola—. El rey dice que parpadea a veces. —Fue hacia el terminal de control y examinó los puntos brillantes. Se utilizaban para manejar a la Bestia Divina, y Zelda recordaba haber explicado el funcionamiento de cada uno a la princesa Mipha—. Creo que es seguro concluir que la Bestia sigue estando activa.

Revisó el terminal una última vez antes de asentir para sí misma y buscar su cuaderno de notas dentro del morral que había llevado consigo. Estaba a punto de escribir sus conclusiones cuando escuchó la voz de Link a su espalda.

—¿Zelda?

—¿Hmmm…?

—¿Has visto esto?

Ella suspiró, irritada. Él no se había dignado a hablar durante el rato que llevaban dentro de Vah Ruta; se había limitado a permanecer al margen, en una esquina de la habitación central, a la espera de que a Zelda terminara su análisis. Ella apreciaba el silencio y el espacio, pero se preguntaba cuándo dejaría de comportarse como un silencioso guardia real. Por Hylia, no estaba guardando las puertas de la sala del trono.

—¿El qué?

Link pareció escuchar el leve atisbo de frustración porque vaciló unos instantes antes de proseguir.

—El detector de… de malicia. ¿Se llama así?

—¿Qué le pasa?

—Parpadea.

A Zelda le llevó unos instantes comprenderlo. Frunció el ceño y fue hacia el detector, que se encontraba cerca de la esquina donde estaba Link. Todavía tenía el cuaderno entre las manos, y lo dejó en el suelo de piedra cuando se agachó para llegar hasta el diminuto sensor. Las Bestias Divinas estaban provistas de docenas de sensores distintos para poder moverse por el entorno. El detector de malicia era solo uno más. Se había probado su utilidad durante el Gran Cataclismo, cuando el monstruo se dividió para atacar cada Bestia Divina. Los elegidos perecieron al final, pero al menos habían sido alertados por aquel mecanismo.

—Es un parpadeo muy débil —murmuró para sí misma, aunque en esa ocasión estaba segura de que Link la escuchaba—. Pero el Cataclismo se ha ido. ¿Qué crees que significa?

Él se lo pensó un momento.

—Tal vez queden restos —respondió por fin. Zelda alzó la vista para mirarlo—. Aún hay monstruos. ¿Eso puede influir?

—Supongo que sí —suspiró ella, encogiéndose de hombros.

Link observó el detector, que se apagaba y se encendía con una luz azulada. Tenía el ceño fruncido, como si algo lo molestara. O como si hubiera comido algo en mal estado.

—O tal vez no signifique nada —añadió.

—Tiene que significar algo —replicó Zelda—. Las Bestias Divinas no fallan jamás. Jamás, Link. Están construidas para eso.

—Fallaron hace cien años. —Zelda hizo una mueca, pero él prosiguió, sin piedad alguna—. Puede que se hayan dañado después de un siglo.

—Tienen más de diez mil años, Link.

—Pero han pasado cien años con un monstruo dentro.

Ella se mordió el labio mientras pensaba. Diosas, no recordaba lo difícil que era investigar la tecnología ancestral. Ni siquiera hacía cien años, con un nutrido grupo de investigadores a sus espaldas, consiguieron desentrañar todos sus secretos. Zelda sospechaba que no lo harían nunca. Le parecía una verdadera pena que las maravillas de aquella tecnología fueran a perderse con el paso del tiempo, pero no podía hacer nada por remediarlo.

—Puede que tengas razón. Quién sabe —suspiró—. Es imposible que el Cataclismo haya vuelto, de todas formas. No deberíamos preocuparnos.

Él asintió en silencio, y a Zelda le pareció distinguir algo de alivio en sus ojos. Link también quería huir, como ella. Quería ser libre y convencerse a sí mismo de que todas las amenazas se habían ido por fin, después de años de lucha, y por tanto ahora ambos podían ser libres. Pero jamás sería tan fácil para ellos, por desgracia. Las deidades les reservaban más sufrimiento, Zelda podía presentirlo en su corazón. Y algo le decía que Link también podía sentirlo.

Sacó su cuaderno de nuevo para despejar su cabeza. No le hacía ningún bien tener pensamientos tan oscuros. Todos decían que el Mal se había ido. Incluso Link lo repetía constantemente, cuando ella expresaba sus dudas en voz alta. Y, si Link lo decía, debía ser verdad. Él jamás mentía.

—¿Has visto algo interesante? —quiso saber él.

Zelda sonrió sin apartar la vista de sus notas.

—¿Tú, interesándote por la tecnología ancestral? ¿Es que te han envenenado o algo así?

Vio cómo sonreía. Le gustaba verlo sonreír, no iba a mentir. Su rostro siempre se iluminaba cuando lo hacía. Zelda sentía algo cálido por dentro, algo que se extendía por su pecho hasta llegar a su corazón. Sobre todo cuando las sonrisas iban dirigidas hacia ella.

—Ya ni siquiera puedo preguntarte —masculló él, aunque sabía que solo estaba bromeando.

—Si insistes…

Ella lo tomó de la mano y lo llevó hasta el terminal de control. Empezó a hablar de lo que había descubierto sin parar, sin apenas hacer pausas para tomar aire. Cuando lo miraba, veía que el fantasma de una sonrisa permanecía en su rostro, y jamás desviaba la atención de Zelda. Como si le gustara escucharla. O como si creyera que lo que decía tenía importancia. A ella pocas veces la habían hecho sentir así, de modo que le devolvió la sonrisa a Link, intentando devolverle la oleada de afecto.

Horas más tarde, ambos se encontraban a orillas del embalse oriental. Era profundo, tanto que las aguas parecían negras, aunque la Bestia Divina llegaba hasta el fondo sin apenas problemas. Zelda se subió los pantalones hasta las rodillas e introdujo los pies en el agua gélida. Fue extrañamente reconfortante. Viajaban a caballo, pero eso no hacía que el dolor de piernas disminuyera.

Chapoteó con los pies en el agua. Link no tardó en unirse a ella, en silencio. Zelda se preguntó qué significaría su silencio en aquella ocasión. Tal vez estuviera pensando. Tenía aquel brillo lejano y familiar en los ojos, aunque le daba miedo preguntarle. No quería que se cerrara en sí mismo.

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo con timidez, tras armarse de valor.

—Lo que quieras.

Una ráfaga de viento le sacudió los mechones rebeldes. Ella los apartó con un bufido de frustración. El Cataclismo había causado estragos en su pelo también. Antes había sido rubio y brillante, siempre bien cuidado y limpio. Sin embargo, cuando salió del castillo se dio cuenta de que estaba sucio, e incluso había adquirido un tono cenizo, parecido al de la paja. Había estado tan débil que Zelda había temido despertarse una mañana sin los mechones dorados. Sin embargo, tras muchos baños, había mejorado.

No podía decir que estuviera como antes. Seguía estando enmarañado, porque había tenido tantos nudos tras el Cataclismo que algunos no habían desaparecido todavía. Link le había sugerido que se cortara el cabello cuando le expresó su frustración, y ella no había respondido. Nunca había pensado en llevarlo corto. No obstante, empezaba a quedarse sin opciones.

—¿Por qué el rey dijo que cuidaras de la armadura de Mipha?

Él hizo una mueca y apoyó los codos en el suelo hecho de gemas luminosas. Zelda supo entonces que no quería hablar de ello. Sin embargo, no cedió. «Esta vez no.»

—Necesito que me lo cuentes, Link. Es importante. Estoy segura de que no es tan malo.

Él titubeó durante unos instantes que se le hicieron interminables, aunque al final se rindió. Sus hombros se hundieron y clavó la vista en su regazo.

—Ella no me la dio. —Las palabras brotaron de pronto, como si hubiera estado deseoso de soltarlas. Hablaba tan deprisa que a Zelda le costó entenderlo—. Me la dio el rey Dorphan después de lo de la Bestia Divina. Al principio ni siquiera sabía lo que significaba. ¿Cómo iba a saberlo? Apenas recordaba mi nombre. —Soltó una carcajada amarga. Zelda había oído aquel sonido pocas veces, y se le encogió el corazón—. Pero acepté de todas formas. Y, cuando lo supe… Bueno, tenía que honrar su memoria de alguna forma, ¿sabes? Aunque no hubiera aceptado a casarme con ella.

El aire se volvió pesado cuando él cerró la boca. Sus hombros se hundieron un poco más. A ella le dolía verlo así, de modo que se obligó a buscar palabras que lo reconfortaran.

«Esto siempre se le ha dado mejor a él —se descubrió pensando—. Voy a hacerlo llorar antes que a hacerlo sentir mejor.»

—No es culpa tuya que no la recuerdes —murmuró por fin, estúpidamente.

—Lo sé. Recuerdo algunas cosas. Sé que no habría aceptado. Ahora lo sé. Pero no iba a negarme a tener esa armadura, Zelda. La hizo ella.

Zelda asintió y puso una mano sobre su hombro.

—Estaría orgullosa si te viera ahora. Todos lo estarían.

Le costó creer sus propias palabras, y él debió de verlo, porque sonrió un poco. Fue una sonrisa triste, sin embargo.

—Ellos también estarían orgullosos de ti.

Parpadeó para contener las lágrimas. Hacía cien años, no había suspirado por ningún caballero, y eso que tenía docenas a su servicio. No obstante, allí estaba Link. A punto de conseguir que llorara con solo unas pocas palabras. Odiaba el efecto que tenía en ella.

—Se supone que estamos hablando de ti, no de mí —masculló Zelda, dándole un golpecito en el hombro.

—Entonces hablemos de mí —sonrió él.

Zelda se atrevió a acercarse un poco más. «Despacio, no lo asustes.» Ya lo había asustado antes, y no había sido nada agradable. Link tendía a huir cuando ella le demostraba afectos, como si de pronto ella estuviera hecha de fuego y lo quemara con solo acercarse unos dedos. Pero en aquella ocasión no se apartó, para su sorpresa.

—¿Puedo pedirte un favor? —susurró.

Él asintió, con los ojos clavados en los de ella, como si se hubiera quedado atrapado. Zelda sintió como su corazón se aceleraba.

—Cuando tengas problemas o cuando algo te preocupe, ¿intentarás contármelo? —Su expresión se llenó de dudas, así que ella prosiguió—. Tú mismo me dijiste que podía confiar en ti. Que no era bueno ocultarse. Así que me gustaría que confiaras en mí un poco más. Será bueno para los dos.

—¿Me guardarás el secreto? —preguntó él con un hilo de voz.

Ella sonrió un poco.

—Todos los que quieras.

Él empezó a mirarla de forma distinta entonces. Así, supo que algo había cambiado al fin. No sabía el qué, pero esperaba que fuera algo bueno.