Ninguno había vuelto a hablar de lo sucedido en el monte Satoly —ahora Zelda sabía que aquel era su nombre—. Ella había tenido más pesadillas que de costumbre, por lo que le costaba conciliar el sueño casi tanto como a Link. Él dormía a ratos, aunque ella siempre lo había visto así. Era como si le diera miedo cerrar los ojos. No le sorprendería que aquel fuera el caso.

Lo observó al otro lado de la hoguera. Él no le devolvió la mirada, aunque Zelda sabía que no era tonto. Suspiró, preguntándose cómo podía ser tan valiente para unas cosas y tan cobarde para otras. Se apartó un mechón de pelo molesto del rostro.

—Creo que quiero llevar el pelo más corto.

Aquello hizo que Link se detuviera en seco. Alzó la vista con los ojos muy abiertos.

—¿Más corto?

—Mucho más corto. Incluso más que el tuyo, si es posible.

Él se llevó una mano a su propio pelo. Luego la examinó de arriba abajo, y Zelda sintió que enrojecía.

—¿Qué? —murmuró con los ojos entornados.

—Nada —balbuceó él. Carraspeó un momento después—. Solo… Me parece raro. Nada más.

—¿Te parece raro?

—Nunca pensé que lo querrías llevar tan corto.

Zelda soltó un bufido.

—Bueno, lamento decepcionarte.

—No me has decepcionado.

—Estupendo. Tampoco pensaba no cortármelo porque te hubiera decepcionado.

Sus palabras habían tenido como objetivo hacerle daño, aunque él se limitó a sonreír. Diosas, en ocasiones lo detestaba.

—Jamás intentaría detenerte, Zelda. Te conozco mejor que eso.

Enrojeció un poco más, y lo maldijo para sus adentros. «Va a acabar conmigo.»

Ambos estuvieron un rato en silencio, contemplando las llamas, hasta que Zelda inspiró hondo y tomó una decisión de la que luego podría arrepentirse.

—Quiero cortármelo ya.

Él palideció. Pudo verlo incluso a través del resplandor rojizo de las llamas.

—¿Ya?

—¿Es que vas a detenerme?

Alzó las manos en señal de rendición.

—Lo decía porque ahora está oscuro. Puede que te quede peor, Zelda.

Ella soltó un bufido de desdén y empezó a rebuscar en sus alforjas hasta encontrar el pequeño cuchillo que Link le había prestado.

—Sé lo que estoy haciendo.

Le pareció escuchar una carcajada, aunque no alzó la vista para comprobar si sus sospechas eran ciertas. Se irguió sobre la manta que tenía extendida en el suelo y, aprovechando que tenía el pelo húmedo tras haberse dado un baño en el río, acercó el cuchillo y contó hasta tres.

—¿Quieres que te ayude?

Su voz la sobresaltó. Le dirigió una mala mirada y prosiguió con su tarea.

—No, gracias.

Silencio de nuevo. Zelda acercó el cuchillo un poco más. Solo unos dedos más. Diosas, era una cobarde. Tan cobarde como él. Siempre había llevado el pelo por la cintura. Siempre. Jamás se había planteado siquiera la posibilidad de llevarlo corto. Solo ahora, después de un cataclismo y una eternidad.

—Debería ayudarte, Zelda. No podrás hacerlo sola.

—¿Y por qué no? —le espetó ella con frustración.

—Porque está oscuro —respondió—. Y no creo que te hayas cortado tu propio pelo nunca, ¿verdad?

Ella apretó los labios, aunque acabó dándole la razón a Link. Sabía que sola únicamente conseguiría estropearlo todo. Como de costumbre.

«Idiota —le dijo una vocecita en su cabeza—. No sigas torturándote con eso.»

Le tendió el cuchillo y dejó que él trabajara por ella. Cerró los ojos porque le daba miedo mirar, aunque alcanzó a atisbar como los primeros mechones dorados caían al suelo, iluminados por las llamas de la hoguera.

—¿Cuánto de corto lo quieres?

—Un poco más corto que el tuyo —respondió Zelda en voz baja.

Él trabajó en silencio por unos instantes. Solo se oía el silbido de la hoja del cuchillo al cortar sus mechones.

—¿Puedo preguntar por qué?

Zelda suspiró.

—Quiero empezar de nuevo, ¿entiendes? Dejar el pasado atrás de una vez por todas. Creo que esto… Bueno, puede que para la mayoría no signifique mucho, pero a mí me hará sentir más libertad. —Solo obtuvo el silencio por respuesta, y sintió que sus mejillas ardían de nuevo. Seguro que le había parecido ridículo—. Además, no es muy cómodo para viajar, precisamente.

—Lo entiendo, Zelda —dijo él de pronto—. De veras lo entiendo.

Ella asintió, aliviada, y decidió confiar en él. Le confiaba su propia vida. ¿Qué perdía confiándole su pelo?

—¿Tú has tenido que cortártelo tú mismo? —quiso saber ella.

—Mientras viajaba —asintió Link—. Fueron solo unas pocas veces, así que no creas que soy un experto. Y tampoco hice muchos arreglos.

—Confío en ti.

Link tardó más de lo esperado en terminar. Cuando le dijo que podía abrir los ojos, lo primero, que Zelda vio fueron los mechones rubios en el suelo, olvidados. Su corazón se detuvo, y la sensación solo empeoró cuando se dio cuenta de que su cabeza parecía más ligera. El frío nocturno le golpeaba las orejas sin piedad alguna. Link tomó una imagen con los módulos de la piedra sheikah, y Zelda se atrevió a echar un vistazo.

Se quedó sin aliento. Parecía… diferente. Extraña. No la disgustaba del todo, sin embargo. Se llevó una mano al pelo y lo sintió más esponjoso que de costumbre, como una de esas tartas de fruta que solían preparar en las cocinas del castillo. Aquello la hizo sonreír, extrañamente.

—¿Te gusta? —preguntó Link.

—Sí —respondió ella, aún sonriendo—. Has hecho un buen trabajo. Gracias, Link.

Lo besó en los labios sin pensar, y él se quedó muy rígido, aunque cuando lo miró vio que sonreía.

—Te queda bien.

Por alguna razón que se le escapaba, que a Link le gustara la hizo sentir algo más segura. Como si de verdad estuviera yendo por el camino correcto.

«Puedo acostumbrarme a esto», pensó mientras se pasaba una mano por los mechones rubios más cortos, que le llegaban unos dedos por encima de los hombros. Algunos eran irregulares, aunque Zelda no le dio importancia. Había visto viajeros con peor cabello que el suyo ahora.

Aquella noche fue incapaz de conciliar el sueño, pero al menos se entretuvo trenzándose los mechones más cortos e imaginando las caras de sus antiguas doncellas si pudieran verla.