—Nos quedan provisiones para unos cuantos días más. Tres, como mucho.

—¿No puedes cazar?

—Esto es un montón de ruinas, Zelda. Los guardianes espantaron a todos los animales que intentaron vivir aquí.

—Pero ya no hay guardianes.

—No es un proceso tan fácil como tú crees —repuso él.

Zelda contuvo un suspiro lleno de frustración.

—¿Y vamos a llegar al castillo en tres días o nos moriremos de hambre antes? Creo que es importante saberlo.

Él apretó los labios, como si estuviera tragándose su propio comentario cargado de irritación. Ahí estaba otra vez. Zelda odiaba cuando ocultaba lo que de verdad pensaba.

«Maldito idiota. Dilo de una vez. Dime lo equivocada que estoy.»

—Si no hay más monstruos en el camino, llegaremos a tiempo.

Habían estado sufriendo ataques de monstruos durante su viaje a través de la llanura de Hyrule. Monstruos más fuertes de lo que ninguno había previsto. Sin embargo, Link se había hecho cargo de ellos con una rapidez asombrosa —y con algo de ayuda de Zelda, cuando él se decidía a escuchar sus súplicas y a dejarla participar o al menos acercase—. Y se habían retrasado aún más pese a ello.

—En ese caso —masculló ella—, recemos por que no haya más malditos monstruos en este infierno.

Siguieron adelante. Tuvieron que detenerse a mediodía por culpa de un temblor en la tierra. Poco después, Link los obligó a parar otra vez.

—¿Ahora qué? —dijo ella, frustrada.

Él chistó para hacerla callar. Zelda frunció el ceño, aunque obedeció y no dijo una palabra. Él parecía tener un oído más agudo de lo normal. Podía oír los gruñidos de monstruos que se encontraban a una distancia considerable, aunque no podía oírla a ella cuando discutían y Zelda le pedía que la mirara a la cara. Supuso que Link utilizaba sus capacidades de forma selectiva.

Él se llevó una mano a la Espada Maestra, aunque no desenvainó. El aire estaba en calma a su alrededor, pero Zelda solo podía revolverse con nerviosismo en la silla de su montura. No era raro que no se oyera nada en el centro de Hyrule. Aquel lugar parecía haberse quedado congelado en el tiempo, y solo las ruinas y los monstruos le recordaban que un siglo había transcurrido también para aquella parte del reino.

Uno de los caballos bufó, nervioso, y el corazón de Zelda se hundió.

—Escóndete —le susurró Link.

—No —respondió ella con firmeza—. Me has entrenado para esto. Nunca podré aprender si no me dejas poner mis conocimientos en…

—Escóndete, maldita sea —siseó él, mirándola con verdadero enfado en los ojos.

Contuvo un escalofrío. Se arrepintió entonces de haber querido que Link se enfadara con ella. No era nada agradable. Decidió entonces que no le convenía hacerlo enfadar. Incluso daba algo de miedo.

Asintió con el ceño fruncido y le dirigió una última mirada fulminante antes de ir en busca de unos matorrales lo suficientemente grandes para ocultarla, pero él le devolvió el gesto. Era la primera vez que la miraba de aquella forma en un siglo.

«Diosas Doradas —pensó ella mientras se agazapaba tras un arbusto cercano—, no lo hagas enfadar nunca más.»

Él desenvainó la espada de pronto. Emitió débiles destellos bajo la luz del sol, que ya se acercaba al atardecer. Había seis bokoblin, todos de color azul. Al principio Zelda sintió una punzada de miedo atenazarle el pecho. Había visto a soldados teniendo problemas para deshacerse del mismo número de bokoblin rojos, que, según había oído, eran sencillos de derrotar que los azules.

Pero Link no era cualquier soldado. Tuvo que recordárselo una vez más.

El primer monstruo cayó con un chillido cuando Link lo atravesó por el pecho con la espada. Dio un tirón para liberar la espada y acabó con el segundo bokoblin de una estocada. Zelda se tragó un grito cuando uno de los monstruos alzó su porra para golpearlo en la cabeza, pero él giró como un rayo y le arrebató la porra con un golpe con el plano de la hoja. Esquivó otro golpe, y fue como si el tiempo se detuviera.

Zelda siempre se había preguntado cómo lo haría. Nunca lo había hablado con Link, aunque tenía sus propias suposiciones. Todos los elegidos habían tenido una habilidad, y él no iba a ser menos.

Zelda parpadeó y de pronto solo quedaban dos monstruos en pie. Link le asestó una patada a uno de ellos, y luego giró y alzó la espada por encima de su cabeza para librarse del otro de un solo golpe que estuvo a punto de partirlo en dos. Zelda hizo una mueca y se contuvo para no apartar la vista. Había visto escenas más macabras que aquella.

Él acabó con el último monstruo y luego se detuvo unos instantes para recuperar el aliento. Limpió la espada en el cuerpo de un monstruo cercano y fue en dirección a Zelda.

—Puedes salir —le dijo en voz baja.

Zelda obedeció y emergió de su arbusto con lentitud. Él estaba cubierto de manchas de hierba y de sangre oscura de monstruo. Ella no pudo evitar palpar sus costados para asegurarse de que estuviera entero.

—No me han tocado, Zelda —murmuró él. Cuando ella alzó la vista, se dio cuenta de que estaba sonriendo. Sus mejillas enrojecieron, muy a su pesar—. Estoy bien.

Ella entrelazó las manos ante su regazo, aunque consiguió sostenerle la mirada. Había algo terriblemente atractivo en él cuando estaba cubierto de sangre de monstruo. Era atractivo siempre, pero ahora era distinto. No quedaba ni rastro del brillo peligroso que había aparecido en sus ojos mientras luchaba contra aquellos monstruos, unos instantes antes. Ahora la miraba expectante. Como si no supiera cómo seguir.

—No esperaba menos —dijo ella.

Él hizo una mueca.

—He tardado demasiado.

—Si un maldito parpadeo es demasiado para ti…

—Es más que de costumbre.

Ella soltó un bufido, pero sabía que él estaba bromeando. No solía bromear frente a ella. Había algo en sus ojos. Algo distinto, que la invitaba a acercarse un poco más. Link ya no se asustaba cuando ella decidía estar cerca, así que puso una mano sobre su túnica llena de sangre de monstruo, y dio un paso al frente. Un estremecimiento la recorrió con solo tocarlo. Se dijo que estaba siendo ridícula, pero aun así… aun así…

Fue a decir algo, pero sus palabras quedaron ahogadas contra los labios de él. Zelda odiaba que la interrumpieran, pero en esa ocasión decidió dejarlo estar. Lo que quiera que hubiera estado a punto de decir no habría sido nada comparado con la suave presión que ejercían sus labios contra los de ella ni con el tacto de sus manos ásperas en sus mejillas. Ella rodeó sus hombros y le devolvió el gesto, invitándolo a continuar.

Cuando se separaron, ella no abrió los ojos, y sintió como él juntaba su frente con la de Zelda.

—Apestas a monstruo muerto —susurró ella, aun sin abrir los ojos.

—Tú también —replicó él, y Zelda pudo sentir su sonrisa sin siquiera verla—. Y es culpa mía.

Ella abrió los ojos y le asestó un empujón, y él rio, y el sonido hizo que su corazón cantara.

«¿Por qué no puede ser así siempre? —se preguntó—. Él también se merece ser feliz.»

—Siento lo de antes —dijo con un rubor en las mejillas—. No tendría que haberte gritado.

—¿Gritarme? —repitió ella con una carcajada—. ¿Qué demonios es gritar para ti, Link?

Él se pasó una mano por el pelo sucio, con la vista clavada en el suelo.

—Estuvo mal de todas formas.

—Tendría que haberte hecho caso desde el principio —admitió ella, y las palabras estuvieron a punto de quedarse atascadas. No estaba acostumbrada a reconocer que se había equivocado—. Tú eres el experto en mantenerme a salvo, al fin y al cabo.

Él se acercó un poco más, y ella no pudo evitar contemplar sus labios con un estremecimiento. Odiaba lo que le hacía.

—No te obligaré a esconderte la próxima vez —le prometió en voz baja—. Dejaré que estés a mi lado.

Zelda abrió mucho los ojos, y sintió una punzada de entusiasmo recorriéndola de arriba abajo.

—¿De verdad?

—De verdad —asintió él—. Así que ya puedes empezar a entrenar más a menudo. —Miró hacia el castillo con una mueca—. Nunca se sabe lo que te vas a encontrar.