—¿A quién demonios se le ocurriría entrar aquí, de todas formas? —preguntó Link cuando llevaban ya lo que parecían horas andando.

El silencio allí era sepulcral. Habían llegado hasta el último punto que Zelda conocía y habían seguido adelante. Aquel lugar estaba lleno de ratas, y habían tenido que ir con cuidado por los desprendimientos. Sus pasos eran lo único que se escuchaba, además de sus intentos ocasionales de hacer conversación.

Ni siquiera había monstruos.

«Diosas Doradas —pensó Zelda, temblando no solo por el frío—. ¿Dónde demonios nos hemos metido?»

—A gente que probablemente ya lleve mucho tiempo muerta —susurró ella. Su propia voz sonaba extraña en aquel lugar. Ahogada—. Gente que tenía algo que esconder.

Link frunció el ceño.

—¿Qué tiene eso que ver con los temblores?

—No lo sé. Pero tengo un mal presentimiento. Conozco la historia de Hyrule, Link, y hay partes que siempre han estado en sombra. Ni siquiera mis instructores podían responderme. ¿Por qué el Cataclismo siempre regresa? ¿Por qué demonios somos siempre tú, yo y él? ¿Qué significa ese símbolo de los tres triángulos y por qué ha caído en el olvido?

Escucharon el chillido de una rata, que huyó asustada bajo la luz de la antorcha.

—Todo eso es muy antiguo. Puede que los escritos que tenían las respuestas se perdieran con el tiempo.

—¿Escritos tan importantes? —dijo ella, escéptica—. Los hylianos son orgullosos. No dejarían que algo así se perdiera por accidente a menos que tuvieran una buena razón para ello.

Zelda ya tenía sus propias respuestas, o al menos creía intuirlas. Tras pasar un siglo en contacto constante con Hylia, había aprendido. Había visto y había escuchado. No había comprendido muchas de sus visiones al principio, aunque con el paso de los años les había dado algo de sentido.

«Hay tantas cosas que no sabemos. —Miró a Link de reojo. Su rostro estaba iluminado por el brillo de la antorcha—. ¿Y cuánto sabrá él? ¿Cuánto habrá entendido?»

¿Sería capaz de contárselo algún día?

Tras otra eternidad, el estómago de Zelda empezó a rugir de hambre. Se ruborizó cuando los sonidos vergonzosos empezaron a resonar por la cueva en la que se encontraban. Supuso que aún quedaban vestigios de la princesa que había sido en el pasado. Contuvo una risotada al imaginarse la reacción de sus doncellas si hubieran podido oírla ahora.

Link, sin embargo, se limitó a sonreír y luego le tendió algo de comida. Zelda sabía que no les quedaba mucha, y mentiría si dijera que la idea de morirse de hambre ahí abajo, sin forma de pedir ayuda, no la asustaba. Por suerte, Link había dejado marcas por el camino por si acababan perdiéndose. Confiaba en él. Sabía moverse en entornos desconocidos mejor que nadie.

Acabaron llegado a una pared que no ofrecía salidas. Ambos se detuvieron, y a Zelda le dolían tanto las piernas que estuvo a punto de sugerir que dieran media vuelta y regresaran. Echaba de menos la luz del sol.

Sin embargo, se contuvo. Había mucho más en juego. No era la primera vez que debía sacrificarse por su reino, y sospechaba que tampoco sería la última.

—¿Ahora qué? —susurró. La idea de haber viajado hasta allí para regresar con las manos vacías y con el mismo conocimiento que habían tenido al entrar le causó una punzada de pánico en el corazón.

Link clavó la vista en la pared y encajó la mandíbula con determinación. Retrocedió varios pasos, y Zelda comprendió demasiado tarde lo que pretendía hacer.

—¡Link, no...!

De nuevo, demasiado tarde. Maldijo para sus adentros cuando su costado chocó contra la pared con un ruido sordo, seguido de un gruñido. Él se frotó las costillas magulladas, y Zelda corrió a su lado.

—¿Es que estás loco? —Palpó la pared con sus propias manos y se horrorizó al darse cuenta de lo dura que era—. ¡Podrías haberte hecho mucho daño! Reza por que no te hayas roto ninguna costilla.

—Tenía que comprobarlo —jadeó él. El impacto lo había dejado sin aire.

—Vas a matarme del susto algún día si piensas seguir haciendo locuras.

Le mostró una media sonrisa, aunque el dolor no tardó en asomar en sus ojos. Esperaron a que el dolor se calmara para ponerse en marcha de nuevo. La luz de la antorcha era cada vez más débil, y Zelda empezó a preocuparse de verdad entonces.

—Tenemos que encontrar una solución —murmuró mientras recogían sus cosas—. No pienso volver con las manos vacías.

—A veces hay que aceptar una derrota —suspiró él, encogiéndose de hombros.

Zelda le lanzó una mala mirada. Se puso en pie y palpó la pared de rocas de nuevo. Iluminó el suelo con la antorcha y, por primera vez, se dio cuenta de que había un camino marcado entre la roca ennegrecida. Lo siguió con los ojos y comprobó que seguía más allá de la pared contra la que Link acababa de cargar.

—Tenemos que cruzar —dijo—. La pared es sólida, pero no tanto como las demás. ¿Crees que podemos...?

Se detuvo cuando vio su sonrisa entusiasmada. Alzó una ceja, rezando por que no fuera a abrirse paso por la pared a base de cabezazos. Sin embargo, él se limitó a rebuscar en la bolsa de viaje de Zelda hasta dar con la piedra sheikah.

El brillo azulado mejoró la iluminación de la cueva. Comprobaron entonces que el techo era alto. Un animal de tamaño considerable sería capaz de atravesar aquel lugar sin muchas complicaciones.

—¿Qué piensas hacer? —preguntó.

Link presionó un módulo de la piedra sheikah, y una bomba redonda y azulada apareció en sus manos. Zelda parpadeó, y sintió una pizca de irritación. ¿Por qué se le había ocurrido a él y no a ella?

«Porque tú estás más cuerda que él», susurró una vocecita en su cabeza. A Zelda no le quedó más remedio que darle la razón.

Link dejó la bomba junto a la pared que bloqueaba su camino y luego tiró de la mano de Zelda. Juntos retrocedieron varios pasos, hasta estar a una distancia considerable.

—¿Has visto lo antiguo que es esto? —siseó ella—. Si activas la bomba, podrías hacer que todo esto volara por los aires con nosotros dentro.

Él hizo una mueca.

—¿No sería divertido? —masculló.

—Link...

Se agazaparon tras una roca caída. El brillo azul de la bomba apenas era visible en la distancia.

—Si tienes una idea mejor, adelante —masculló él. Zelda supo entonces que estaba perdiendo la paciencia. Sintió una pizca de satisfacción. «Ha dejado de esconderse de una vez por todas.»

No obstante, a Zelda no le quedó más remedio que apretar los labios y dejar que él siguiera adelante con su idea. Se agazapó un poco más tras la roca. No quería mirar, así que cerró los ojos y luego se cubrió los oídos con las manos.

—¿Preparada? —escuchó que preguntaba Link.

Ella se limitó a asentir, y esperó a que llegara lo peor.

La explosión hizo que la cueva entera se sacudiera peligrosamente, y una nube de polvo llegó hasta la nariz de Zelda, haciéndola toser y estornudar, pero eso fue todo. Sintió que Link se movía poco después. Zelda se atrevió a abrir los ojos y vio que el muy idiota tenía una sonrisa orgullosa estampada en la cara.

La ayudó a ponerse en pie y juntos fueron hacia la pared que bloqueaba su camino. Zelda se quedó boquiabierta cuando la antorcha solo iluminó los escombros y una ligera nube de polvo que seguía retorciéndose alrededor de la roca.

—Diosas —susurró ella, admirando aquel pasadizo con nuevos ojos—, esto es más robusto de lo que creía.

—Es solo una bomba —dijo Link, restándole importancia—. He hecho cosas mucho más peligrosas con bombas.

—No me apetece nada oírlas. No sé por qué.

Escuchó una carcajada, y su corazón empezó a latir con más fuerza. Se reía más que de costumbre, desde el incidente con los monstruos antes de llegar al castillo. Zelda no iba a quejarse, por mucho que la incordiara en ocasiones. Lo prefería así, hablando con libertad y sin preocupaciones, que tragándose todas sus protestas y callando sus pensamientos para sí mismo.

Zelda le arrebató la antorcha de las manos y siguió avanzando, pasando por encima de los escombros con cuidado para no tropezar.

Sin embargo, de pronto no había suelo bajo sus pies. Se dio cuenta demasiado tarde, y su primera reacción fue buscar algo a lo que aferrarse. No había nada.

Se precipitó a la oscuridad, y Link cayó con ella.