Link se negó en rotundo a contarle a dónde pensaba llevarla, ni cuál era la misteriosa ayuda que les permitiría distinguir los contenidos de aquel frasco con malicia.
—No vas a conseguir nada ocultándomelo —le dijo ella una mañana, irritada. Odiaba no saber a dónde se dirigían. Confiaba en Link, pero detestaba no tener el control. Y él era muy consciente de ello.
—Es difícil de explicar —dijo él mientras rebuscaba entre sus alforjas.
—¿Difícil? Podrías empezar diciéndome a dónde vamos.
Él dejó escapar un largo suspiro y se dio la vuelta para mirarla.
—Vamos a Kakariko —dijo al fin, de mala gana.
Zelda abrió mucho los ojos, y su corazón se hundió. ¿Para qué quería llevarla a Kakariko? Seguían sin haber encontrado una respuesta definitiva al origen de los temblores. Sabían que procedían de debajo de la tierra, justo bajo el castillo. Sin embargo, no habían descubierto nada más allá de eso.
—¿Quieres hablar con Impa? —preguntó Zelda.
Su cabeza se imaginó la respuesta. Iba a hablar con Impa para decirle que ya no quería que Zelda viajara con él. Se había arrepentido de permanecer a su lado, o quizá ella nunca se había recuperado de sus años de cautiverio y retrasaba mucho sus viajes.
Pero entonces él sonrió, y los pensamientos de Zelda se detuvieron en seco.
—No vamos a hablar con Impa —dijo—. Vamos a hablar con un conocido.
—¿Un conocido? —dijo Zelda en voz temblorosa por el alivio. Se reprendió a sí misma por haber creído que iba a dejarla atrás. Link jamás haría algo así—. ¿Yo también lo conozco?
—No. Hasta donde yo sé, al menos.
Zelda frunció el ceño, pensativa. Sabía que Link había hablado con las gentes de Hyrule durante su largo viaje, antes de ir al castillo para derrotar al Cataclismo. Lo había podido ver desde el castillo en unas pocas ocasiones, aunque eso no significaba que recordara las caras de todo el mundo.
—¿No puedes decirme más? —dijo, frustrada.
Link se dio la vuelta para seguir revisando las alforjas, aunque Zelda alcanzó a distinguir su sonrisa. «Maldito seas.»
—Se llama Kilton —dijo simplemente.
Zelda forzó su memoria, intentado recordar. Sin embargo, no había nada sobre un tal Kilton. Nada de nada.
Incordió a Link con preguntas durante el resto del viaje. Zelda intentó sonsacarle información de todas las formas posibles, pero él se mantenía firme como el muro de una fortaleza. Cuando cayó la noche, acamparon fuera de la aldea, en las faldas de una de las altas colinas que rodeaban Kakariko.
—¿No vamos a pasar la noche en la aldea? Si lo puedo saber, por supuesto.
Link le mostró una sonrisa que hizo que su corazón se acelerara. Por el enfado, se dijo a sí misma.
—Vamos a quedarnos aquí hasta que sea medianoche. Entonces nos pondremos en marcha otra vez.
—¿A medianoche? —dijo ella, incrédula—. ¿No es peligroso viajar tan tarde?
Alzó una ceja, escéptica. Para sus adentros, se preguntó si aquello no sería una estrategia más de Link para permanecer despierto toda la noche. Había estado mejorando, por suerte, aunque Zelda sabía que él podía echarse atrás en cualquier momento. No obstante, el brillo de entusiasmo en sus ojos le dijo que aquello no tenía nada que ver con lo que Zelda se estaba imaginando.
—Ya lo verás —repuso, y se negó a darle más información.
Zelda intentó desesperadamente permanecer despierta, pero debió de dormirse en mitad de la noche porque abrió los ojos al notar una sacudida en el hombro. Link le tendió su capa y la ayudó a ponerse en pie.
—¿Ya es medianoche? —preguntó ella en voz baja.
Él señaló la luna, y luego señaló la cima de la colina donde habían acampado. Zelda se quedó boquiabierta. Había una enorme tienda de campaña en la cima. No, no era una tienda de campaña. Tenía forma circular, como uno de esos globos voladores sobre los que Zelda había leído hacía cien años. Se preguntó si aquel podría volar también.
—¿Cuándo...? ¿Cómo...? —balbuceó, aunque Link le dio un apretón a su mano para que lo siguiera.
—¿Lo tienes todo?
Zelda palpó su bolsa de viaje y notó la forma del frasco bajo los dedos. Asintió, y juntos ascendieron el corto trecho hasta la cima de la colina.
Al acercarse un poco más, Zelda empezó a escuchar murmullos procedentes de la tienda. No pudo ver el rostro de quienquiera que estuviera tras el mostrador, sin embargo. Zelda se detuvo junto a Link, y él carraspeó con brusquedad.
La figura se dio la vuelta, y Zelda dio un respingo al verlo. Hasta que se dio cuenta de que no era un monstruo, pese a los dientes afilados que mostraba y los enormes ojos vacíos. El hombre —o al menos Zelda supuso que era un hombre por el timbre de su voz— solo llevaba una máscara. Una máscara oscura que le trajo malos recuerdos.
«Diosas Doradas, es solo una maldita máscara.»
—Tú —dijo el hombre con cierta alegría. Sus ojos no se movían en la tela de la máscara, así que Zelda supuso que estaba mirando a Link—. ¿Has encontrado algo interesante? Llevo casi un año sin verte por aquí.
Zelda contempló a Link con el ceño fruncido. ¿Qué relación podía querer tener con alguien como aquel hombre?
—Creo que tengo algo —respondió.
Kilton —o al menos Zelda suponía que se trataba de Kilton— dejó escapar una exclamación ahogada.
—Espléndido —dijo—. ¿Quién te acompaña hoy? No sueles traer a nadie.
—Zelda —dijo ella, extendiendo una mano antes de que Link pudiera hablar—. Viajo con Link.
—Bonito nombre —dijo Kilton, aunque su tono sonó frío. No aceptó la mano de Zelda, y ella se apartó al instante, con el ceño fruncido. Solo había intentado ser cordial. Amigable. Sabía de buena tinta que en Hyrule todavía se estrechaban las manos cuando se iba a hacer negocios—. Me dedico a comprar y vender partes de monstruo.
—¿Partes de monstruo? —repitió Zelda con una ceja alzada.
—Todo lo que venga de esas criaturas. Me resultan fascinantes.
Zelda abrió la boca para replicar, aunque al final decidió no seguir insistiendo. Era cierto que los monstruos podían resultar fascinantes sujetos de estudio. Ella misma había leído unos cuantos libros sobre aquel tema antes del Gran Cataclismo. Sin embargo, a juzgar por las decoraciones que aquel hombre tenía en su tienda, lo de Kilton era una obsesión, no una simple fascinación.
Link carraspeó otra vez.
—Hemos estado viajando —dijo—. ¿Has sentido los temblores?
—Por supuesto que los he sentido. Es difícil no hacerlo. No sé cómo los resistís vosotros, los hylianos, con esos cuerpecitos tan frágiles.
Se rio de su propio comentario. Zelda entornó los ojos, preguntándose qué demonios sería aquella criatura. Tal vez fuera un monstruo. El olor nauseabundo lo sugería, desde luego.
Link hizo un gesto, y ella sacó el frasco de su bolsa. Luego él se lo tendió a Kilton, y Zelda sintió una pizca de irritación al ver cómo le arrebataba el preciado frasco con unas manos que parecían garras. ¿Y si no se lo devolvía?
—Lo encontramos cerca del castillo hace poco —dijo Link mientras Kilton examinaba los contenidos del frasco—. Al principio pensábamos que era malicia, pero luego nos dimos cuenta de que parecía distinto.
Zelda le dirigió una mala mirada. La historia no era así, pero no pensaba ofrecerle detalles a la criatura que tenían frente a ellos.
Kilton murmuró para sí mismo y luego acercó el frasco a una extraña luz violácea que descansaba sobre el mostrador. Zelda abrió mucho los ojos, fascinada a su pesar, y se tragó la pregunta que luchaba por salir.
«¿De dónde demonios ha sacado una luz así?»
Kilton abrió el frasco de pronto, y al ver como vertía parte de los contenidos en un recipiente, la fascinación de convirtió en horror muy deprisa. Link debió de percibir su alarma porque puso una mano sobre su brazo.
—Sabe lo que hace —le susurró al oído.
Zelda alzó una ceja, pero no dijo nada más. No quería arriesgarse a que Kilton los escuchara. Desconocía las capacidades auditivas de aquella criatura.
Kilton abrió otro frasco, uno de color morado, y vertió varias gotas sobre la supuesta malicia que Zelda había encontrado. La mezcla empezó a humear, y Kilton estuvo un buen rato olisqueándola.
Hasta que, por fin, dejó escapar una exclamación ahogada.
—No, amigo mío —dijo—. Esta no es la sustancia proveniente del Cataclismo a la que estamos acostumbrados. —Los invitó a acercarse, y Zelda solo lo hizo cuando Link se hubo adelantado unos pasos—. Es... peor aún. O mejor, depende de cómo se mire.
—¿Por qué? —preguntó Zelda.
—La esencia es mucho más intensa. Incluso más antigua. —Olisqueó la mezcla de nuevo—. Sí, está claro que es más antigua. —Alzó la cabeza para mirarlos a ambos con los ojos vacíos de la máscara—. ¿Podría investigarlo por unos días más?
