El clima húmedo de Farone ponía de mal humor a Zelda. Deseaba por todos los medios deshacerse de sus ropas para poder respirar con normalidad en aquel ambiente sofocante, pero no eran los únicos viajeros que recorrían aquel sendero. Además, Link estaba delante. Se sentía cómoda a su lado, pero no quería estropear los pocos avances que habían hecho desde el inicio de aquel año.

Él, por su parte, no parecía molesto por la humedad. Y eso que llevaba más protecciones que ella. Supuso que estaba acostumbrado a llevar ropas y armadura en ambientes poco favorables. Era soldado, después de todo.

Habían dejado a los caballos en la posta más cercana. Link decía que la jungla era un lugar peligroso para ellos; no podían avanzar entre la vegetación y corrían el peligro de hacerse daño en una pata. La jungla era difícil de atravesar a pie para un hyliano. Zelda no podía ni imaginarse cómo sería para un caballo.

Mientras desayunaban, revisó las imágenes que habían tomado de la cueva bajo el castillo con la piedra sheikah. El mapa señalaba a Farone, pero ya estaban en Farone. Solo les quedaba adentrarse un poco más en la región. Sin embargo, sus esfuerzos serían inútiles si no sabían lo que buscaban. Ojalá el mapa fuera más claro.

Se detuvo al ver un detalle que se le había pasado por alto. Acercó la piedra sheikah más a su rostro y entornó los ojos. Había espirales en las construcciones de la cueva. También aparecían grabadas en el mapa de la pared. Zelda supuso que su único propósito sería dar decoración a la cueva, pero ¿por qué habían elegido espirales? Debían tener un significado. Había aprendido, tras años de investigación, que las civilizaciones antiguas no habían dejado nada atrás a la ligera.

Las espirales eran más pequeñas en el mapa, aunque las que estaban grabadas en las columnas eran más amplias.

—¿Estos símbolos te suenan de algo? —le preguntó a Link, que se estaba comiendo las sobras del desayuno.

Él cogió la piedra sheikah y examinó la imagen con atención, como había hecho Zelda. Frunció el ceño y permaneció pensativo por unos largos instantes. Luego cerró el módulo de imágenes y eligió el mapa. Le mostró una extraña estructura cuadrada en medio del mar, al norte, que Zelda reconoció al instante.

—Los he visto grabados en los muros. Este es el...

—Es uno de los laberintos de Lomei. Lo sé —dijo ella, interrumpiéndolo. Empezó a hablar muy deprisa, entusiasmada—. Diosas, hacía tanto tiempo que no pensaba en ellos. ¿Todavía siguen en pie? Pasé un tiempo investigándolos hace cien años, aunque padre nunca me dejó explorarlos. Tampoco mandó investigadores. Decía que era peligroso y que no serviría de nada buscar respuestas allí. No revelarían nada sobre cómo derrotar al Cataclismo. —Miró a Link con los ojos muy abiertos. El corazón le latía muy deprisa—. ¿Has visitado alguno?

Él estaba sonriendo. Una pequeña parte de Zelda se preguntó qué le haría tanta gracia, pero el asunto de los laberintos le parecía infinitamente más importante.

—Estuve en los tres —respondió, encogiéndose de hombros, como si aquello fuera lo más normal del mundo.

A Zelda se le escapó una exclamación ahogada.

—¿En los tres? —repitió—. ¿Es una broma?

Link pareció ofendido.

—Claro que no es una broma. ¿Por quién me tomas?

Lo creyó al instante. No había visto aquella parte de su viaje, pero eso no era nuevo. Había días —incluso semanas— en los que había estado demasiado ocupada manteniendo al Cataclismo en su prisión para vigilar los pasos de Link.

—Tienes que contármelo todo —dijo. Sintió un cosquilleo en los dedos. Necesitaba su antiguo cuaderno de notas cerca. El mismo que se había llevado a las excavaciones y a los laboratorios sheikah, hacía cien años—. ¿Es verdad que hay un santuario al final de cada laberinto?

Él se puso cómodo contra un tronco de palmera. Zelda comprendió que estaba disfrutando la atención. Le gustaba hablar de sus viajes, como a ella. Sin embargo, no lo culpaba. Cuanto más lo entusiasmara un tema, más información estaría dispuesto a compartir con ella.

—Sí —dijo—. Están en el centro de cada laberinto.

—¿Llegaste al final de cada uno?

Fingió ofensa otra vez.

—Por supuesto que sí.

Respondió a todas sus preguntas por un rato. Zelda confió en que su memoria fuera capaz de conservar aquella información hasta que tuviera un cuaderno cerca. Link le dijo que era una estructura grande, más que el Bastión de Akkala. Para alcanzar su tamaño debían juntar el bastión y el antiguo castillo de Hyrule. Los muros eran más altos que la muralla de la Ciudadela, y al principio podía parecer que el laberinto no tenía fin. Había guardianes patrullando, tanto desde arriba —porque los muros eran tan gruesos que podías recorrer el laberinto en la parte alta— como en el suelo. También había monstruos. Le contó cómo había llegado al final de cada laberinto, o al menos lo que recordaba de ello. Zelda lo escuchó con interés. Su voz conseguía que casi pudiera ver el interior de aquellos lugares en su cabeza.

—Suena fascinante —suspiró cuando él terminó de hablar—. Diosas, necesito ir allí de una vez por todas. ¿Me llevarías algún día?

Odió lo tímida que sonaba su voz. La sonrisa de él se hizo más amplia. Le encantaba fanfarronear. Era algo nuevo que no había mostrado hacía cien años. Al menos no ante Zelda. No llegaba a parecer arrogante, sin embargo. Y a ella le gustaba que estuviera orgulloso de los logros que había obtenido. Se lo merecía.

—Cuando quieras —respondió por fin.

Ella lo besó y luego le dio las gracias contra sus labios. Debió de ser algo brusco, porque él tuvo problemas para sostenerla entre sus brazos. No obstante, no dejó de sonreír.

Zelda recordó por qué habían acabado hablando de los laberintos de Lomei. Se aclaró la garganta y se alisó las ropas, intentando recobrar la compostura.

—Así que —dijo en tono serio de nuevo— viste el símbolo de la espiral en los laberintos.

—No solo en los laberintos —dijo él. Le mostró el mapa de nuevo y señaló la región de Farone—. También en estas ruinas.

—«Ruinas Zonnan» —leyó Zelda—. Diosas, llevaba años sin escuchar ese nombre.

Había oído las historias, por supuesto. O al menos lo que quedaba de ellas. Una antigua civilización que había desaparecido sin previo aviso y de la que apenas quedaban registros. Solo unas pocas ruinas permanecían en pie, y se concentraban en Farone. Zelda recordaba haberlas visto durante sus viajes a la Fuente del Valor. Siempre había querido investigarlas a fondo, pero tenía muy poca información y muy poco tiempo.

—He estado ahí también —dijo Link—. Esas espirales están por todas partes.

—¿Conoces las leyendas de la tribu zonnan?

Él frunció el ceño.

—¿Eran una tribu?

Zelda asintió.

—Se cree que desaparecieron hace más de diez mil años, antes del primer Gran Cataclismo —dijo—. Bueno, al menos eso es lo que yo creo. Existen tan pocos registros que he tenido que apañármelas, pero las fechas cuadran.

—¿Y por qué desaparecieron?

—Eso tampoco lo sabemos —suspiró ella—. Se dice que eran poderosos usuarios de magia, como los sheikah, aunque no existe ningún indicio de que la utilizaran en los avances de la tecnología. Desaparecieron de repente. Solo quedan esas ruinas. Los laberintos de Lomei son parte de lo poco que queda.

Él pareció sorprendido. Examinó el mapa de nuevo. Sabía que estaba mirando las ruinas zonnan. Había pasado por allí antes, eso lo sabía Zelda. Aquella zona de la jungla era la más frondosa, aunque no era del todo inexpugnable.

—No sabía nada de eso —murmuró—. Pensaba que era solo el nombre de las ruinas.

Zelda rio.

—Su nombre ha caído en el olvido con el paso del tiempo, como muchas otras cosas. —Se le escapó un suspiro de tristeza—. Los investigadores sheikah insistieron en averiguar más, pero mi padre se negó. No pensaba que una civilización desaparecida de la que no quedaban registros fuera a ayudarnos. Creía que la tecnología sheikah era la clave. Y, bueno, no le faltaba razón.

Sintió cierto resentimiento hacia su padre. Si los zonnan tenían la importancia que Zelda estaba pensando que tendrían, su padre debería haberse interesado más por preservar lo poco que quedaba de aquella tribu. Le habría ahorrado muchos problemas ahora, cien años después.

Link puso una mano sobre su hombro. Cuando Zelda lo miró, vio que estaba sonriendo.

—Iremos a esas ruinas —dijo—. Tal vez ahí encontremos algo.

—Tal vez —asintió Zelda con entusiasmo renovado.