Cayeron al suelo con un ruido sordo. Zelda vio como Link intentaba rodar para detener la caída, pero la criatura que se revolvía sobre él no se lo puso fácil. Escuchó gruñidos antinaturales, y luego el monstruo alzó una zarpa que desprendía destellos verdosos, aunque Zelda no tuvo tiempo de apreciarlo con claridad.
Recordó entonces que tenía una espada. Dudó antes de desenvainar. Link aún forcejeaba con la criatura. Le había dicho que necesitaría su ayuda, que nunca sabían qué se podían encontrar en lugares tan inhóspitos y desconocidos. Se había referido a situaciones como aquella.
«No seas cobarde —se dijo—. Por una vez que puedes hacer algo, te comportas como una cobarde.»
Apretó los dientes y desenfundó la espada. Sin embargo, llegó demasiado tarde. Solo tuvo tiempo de dar un paso antes de que la hoja de la Espada Maestra apareciera en la espalda de la criatura, que emitió un chillido que retumbó en los oídos de Zelda.
La criatura se desplomó sobre Link, y él la apartó al instante. Antes de que Zelda pudiera examinarla con claridad, desapareció en una nube de extraño polvo azulado. Ni siquiera los monstruos ordinarios desaparecían de aquella forma.
Link se incorporó, jadeante, y ella corrió a su lado. La espada cayó al suelo de piedra con un ruido sordo, pero a ella no podía importarle menos. Palpó en busca de heridas, y Link la detuvo poniendo una mano sobre su mejilla.
—Estoy bien. —Le mostró el brazo de la espada. Allí Zelda vio unos arañazos que apenas sangraban—. Solo me ha hecho un rasguño.
—¿Y si es venenoso? —preguntó Zelda—. No sabemos qué demonios era eso.
—No es venenoso. Yo ya lo habría notado. Apenas me duele, Zelda.
Ella lo besó con brusquedad. Llevaban días sin hacerlo. Habían estado ocupados buscando más indicios que los ayudaran a averiguar qué demonios estaba pasando. Ella había estado tan enfrascada como él, así que no podía culparlo.
Sintió la mano de Link en su pelo. Ella trazó la línea de su mandíbula, y él la correspondió pegándola más a su cuerpo. Zelda no se apartó. Se estremeció entre sus brazos, y estaba tan fuera de sí que ni siquiera le importó que Link viera lo mucho que le gustaba sentirla cerca.
Él parecía sorprendido cuando se separaron. Tenía los labios hinchados y las mejillas encendidas. Zelda podía verlo en medio de la oscuridad casi absoluta. Apartó las manos de su mandíbula y las entrelazó en su regazo. De pronto no podía mirarlo a los ojos.
«Cobarde», se dijo, y eso le hizo recordar lo que había sucedido unos momentos antes.
—Siento no haberte ayudado —murmuró. Su voz retumbó en la caverna silenciosa—. Sé que confiabas en mí. Me diste la espada por eso. Y te he fallado.
—No me has fallado —repuso él con el ceño fruncido.
—Claro que sí. —Estaba tan enfadada que consiguió reunir el valor suficiente para mirarlo a los ojos—. Se supone que para eso he estado aprendiendo a defenderme. Para que hagamos un buen equipo. Pero lo único que hago es ser un peso muerto y retrasar los viajes.
Él parpadeó y luego soltó una carcajada incrédula.
—¿Es eso lo que crees que pienso?
—¿Qué otra cosa ibas a pensar?
—No lo sé. Tal vez en lo afortunado que soy por que quieras mi compañía. Puede que no seas una soldado todavía, pero nadie lo es con solo unos meses de entrenamiento. Cuando te miro no veo una maldita espada, Zelda.
—¿Y qué ves? —preguntó ella, abrazándose a sí misma.
—Te veo a ti —respondió él, y Zelda soltó un bufido. Sin embargo, Link continuó—. Veo a la mujer más inteligente, fuerte y valiente que ha existido jamás. Siempre me preocupa que pienses que soy un patán. Comparado contigo lo soy. —Ella abrió la boca para replicar, pero Link no se lo permitió—. No sé cómo tu caballero escolta aguantaba las ganas de besarte, porque yo no puedo.
—Mi caballero escolta nunca me besó —suspiró ella.
—Entonces era un idiota.
Ella sonrió un poco. El Link de hacía cien años jamás le habría dicho todo aquello. Jamás la habría besado. Había estado demasiado atado al deber por aquel entonces. Igual que ella.
—Tenía un gran peso sobre los hombros —repuso Zelda.
—Sigue siendo un idiota.
Se le escapó una risita, y eso debió de infundirle valor a Link, porque siguió hablando, para su sorpresa.
—Me gusta tu pelo. ¿Sabes qué? Podrías estar cubierta de barro y me gustarías igual.
Zelda apretó los labios y se cubrió el rostro con una mano. El Link al que había conocido hacía un año tampoco se habría atrevido a decirle todo aquello. Habían hecho verdaderos progresos desde entonces. Y Zelda nunca dejaría de alegrarse por ello.
—Oh, cierra la boca. No dices más que bobadas.
—¿Te sientes mejor?
—Supongo que sí. —Zelda lo miró a los ojos y lo abrazó con fuerza—. Te quiero —le confesó en voz baja. Él se quedó rígido por un momento, aunque luego le devolvió el abrazo. No dijo nada, sin embargo, y Zelda lo aceptó. Había sido una confesión brusca, que lo había pillado desprevenido. Entendía que necesitara tiempo para pensar. Y ella se lo daría sin quejarse.
Siguieron adelante poco después. Link no volvió a quejarse del dolor en el rasguño del brazo, así que Zelda supuso que de verdad no había sido grave. Por insistencia suya, hizo movimientos experimentales con la Espada Maestra y, según él, la herida no lo molestaba en absoluto. Zelda decidió creerlo.
Más adelante, encontraron ejemplares de aquellas vacas que habían visto en las afueras de Farone. Para sorpresa de Zelda, no los atacaron. Ni siquiera parecieron inmutarse de su presencia. Se limitaron a beber agua de una charca cercana, y Zelda se preguntó cómo demonios podían sobrevivir a condiciones tan hostiles como las de las cuevas que habían visitado. Se preguntó si migrarían de un sitio a otro; si compartirían su tiempo entre la superficie y las zonas subterráneas. Se preguntó si habría más ejemplares en Hyrule.
—¿Qué crees que comen? —le preguntó a Link en un susurro para no alertar a los animales.
Link se encogió de hombros.
—Ratas —respondió. Zelda le dirigió una mirada plana—. Aquí abajo solo hay ratas. ¿Has visto otra cosa?
Soltó un bufido, aunque supuso que debía darle algo de razón.
Encontraron también más gemas luminosas. Eran las más grandes y brillantes que Zelda había visto jamás, y se preguntó si el mito de que encerraban las almas de los muertos afectaría al resplandor de las gemas.
Pero nada de eso podía compararse con la pared que poco después tuvieron frente a ellos. Mostraba un gigantesco mural tallado en piedra, como el que se habían encontrado bajo el castillo, solo que mucho más amplio y detallado. Zelda tiró del brazo de Link para que retrocediera y luego tomó una imagen con la piedra sheikah. Los símbolos estaban bien iluminados gracias a las gemas, que rodeaban aquella pared. Era como si alguien las hubiera colocado allí intencionadamente. Zelda no pudo reprimir un escalofrío.
—¿Viste qué fue lo que te atacó? —le preguntó a Link en voz baja. Su voz retumbó en la caverna.
El rostro de Link estaba iluminado también por el brillo verdoso de las gemas. Sacudió la cabeza, y el corazón de Zelda se hundió.
—No pude verlo bien, pero sé que era feo. Uno de los monstruos más feos que he visto.
—¿Era pesado?
—No —respondió él—. Es raro, porque no era pesado, pero hacía presión.
Zelda frunció el ceño, aunque no siguió haciendo preguntas. No sacarían nada en claro.
«Cuando todo esto acabe, haré que los sheikah manden un grupo de exploradores aquí abajo», se prometió a sí misma.
Observó la imagen en la piedra sheikah. Al principio no comprendió el significado de los símbolos. Acercó la piedra a su rostro, sin embargo, y, al entornar los ojos, pudo verlo todo con claridad.
Había una figura que caía. Zelda recordó el tapiz de Impa; había un símbolo similar que representaba a la antigua princesa. Aquel era mucho más grande y detallado, y estaba muy claro que no había sido tallado por hylianos, pero Zelda pudo reconocerlo de todas formas. Al otro lado había una nueva figura; una similar, pero al mismo tiempo terriblemente distinta para Zelda. No caía, sino que ascendía, rodeada por las serpientes zonnan. Había a su alrededor unos extraños tentáculos irregulares que Zelda no había visto antes en su investigación, aunque al ver como brotaban de la figura ascendente supuso que se tratarían de malicia.
Serpientes. Había serpientes por todas partes. Se perseguían las unas a las otras, y solo dos lograban encontrarse. Zelda no consiguió descifrar el significado de aquellos símbolos, sin embargo.
Le tendió la piedra sheikah a Link y se acercó a la pared. Tocó los siete motivos con forma de espirales, aunque eran mucho más grandes y detalladas que las espirales tradicionales zonnan. Se encontraban en lo alto de la pared, cayendo a la superficie.
Zelda dio un respingo cuando vio los ojos rojos de sus pesadillas en su cabeza, aunque en esa ocasión no estaba soñando. Un rugido retumbó en sus oídos y la hizo estremecer de arriba abajo.
Abrió los ojos y se dio la vuelta para mirar a Link, que la observaba con el rostro desencajado.
—Esto es malo —dijo Zelda—. Muy malo.
