Este capítulo es muy especial para mí porque siempre he pensado que Ulqui y Hime son como los dioses griegos Hades y Perséfone, si no conocen el mito se los recomiendo mucho, y también hay muchos fanarts al respecto :3
Día 9: Noche estrellada
La luz de la luna se filtraba por el espeso follaje del bosque mientras caminaba rumbo a su destinado encuentro. La noche cernía su velo por encima de ella, casi como un abrazo siniestro que ansiaba envolverla por completo, convertirla en parte del paisaje nocturno al que tarde o temprano tendría que acostumbrarse.
El ulular de un búho la hizo girar la cabeza, alerta, y el escalofrío que recorrió su cuerpo la hizo desear estar de nuevo en los brazos de Démeter, a salvo de la desdicha que le esperaba en aquel espantoso lugar. Pero había hecho una promesa y tenía que cumplirla. Irguió la cabeza y tomó una profunda inhalación que le llenó los pulmones del aire nocturno, una mezcla de los campos de jazmín con la madera de cedro y la hierba húmeda. Ignorando el frío que penetraba la delgada tela de su vestido de seda, Perséfone avanzó decidida hasta el claro que se encontraba en lo más profundo del bosque, un espacio por demás tétrico y alejado de todo, pobremente iluminado por los rayos de luna.
Todo estaba en silencio, como a la espera de algo. Pasado un rato, una figura encapuchada emergió de las sombras y se aproximó a ella, ondeando su capa negra al viento, las ramas crujiendo a sus pies con cada paso que daba. Por lo demás, parecía que el tiempo se había congelado.
Perséfone retrocedió en respuesta, como si su propio cuerpo le urgiera salir corriendo de ahí, mas su mente le decía que no había nada qué temer. Pasó saliva y permaneció quieta, consciente de que la figura encapuchada estaba salvando la distancia que los separaba y sintiendo cómo se le erizaba la piel, pero con la determinación intacta.
-Has venido -exclamó el encapuchado. Su voz era fría y dura como el mármol, apenas un susurro que quebró el silencio.
Perséfone no respondió. Era una obviedad y no necesitaba decir nada, además de que se sintió ligeramente ofendida de que hubiera dudado de su palabra y no quería que su voz la traicionara. Entonces la figura se descubrió y reveló su rostro.
Era un hombre alto y delgado, de piel tan pálida que los pómulos se pronunciaban todavía más, dándole un aspecto casi cadavérico y fantasmal. El cabello de ébano igual que las cejas, y lacio hasta los hombros, se perdía en el negro de su túnica y armadura. Los ojos eran dos esmeraldas, pero carecían de brillo natural, una mirada fría igual que su presencia; y debajo de ellos dos líneas que semejaban el llanto permanente en su rostro, el simbólico sufrimiento eterno. Los labios negros y delgados cerrados en una firme línea recta. En conjunto, el rostro inexpresivo le daba muy poca información a Perséfone sobre lo que pasaba por su mente en aquel momento.
No sabía qué decir o hacer, así que permaneció de pie en aquel lugar, a la espera de algo, cualquier cosa. Pero únicamente se prolongó el silencio.
Hades se acercó más a ella y empezó a caminar despacio a su alrededor, como observándola con mucho detalle mientras la delicada diosa mantenía erguida la cabeza.
-No temas -dijo entonces Hades.
Perséfone se dio cuenta de que sus manos estaban temblando y apretó los puños, demasiado tarde, reprochándose mentalmente de mostrarse débil ante él.
-No tengo miedo -respondió al fin, su voz suave pero firme al mismo tiempo.
Hades se posicionó frente a ella y la miró a los ojos, que eran de un hermoso color avellana, grandes y redondos, con un brillo especial que revelaba su forma de ser. La bondad exudando por cada poro de su delicada piel de porcelana. El cabello anaranjado le caía por la espalda y unos mechones le enmarcaban el rostro, sujetos por dos prendedores de flores azul turquesa, la marca distintiva de la diosa que se encargaba de la naturaleza, las cosechas y de la vegetación. Hades levantó la mano para acariciar su mejilla, pero se detuvo a medio camino y volvió a bajarla, como si temiera corromperla con ese simple toque. Entonces se hizo a un lado y le indicó el camino a seguir.
-Por aquí, el carruaje nos espera.
Perséfone asintió y respiró profundamente, mirando a su alrededor una vez más con nostalgia. Los árboles estaban a punto de perder sus hojas y las flores ya empezaban a marchitarse, el aire se volvía cada vez más gélido anunciando la llegada del invierno, y así sería durante los próximos seis meses, hasta que emergiera de nuevo y la naturaleza celebrara su regreso.
Se internaron en lo oscuro del bosque y caminaron lado a lado entre los árboles y arbustos. Finalmente, Perséfone vio el carruaje negro que era tirado por dos caballos grandes y majestuosos de pelaje negro también, los cuales se movieron inquietos al ver a su maestro. Hades abrió la puerta y extendió la mano para ayudarla a subir.
Perséfone se apoyó en él y sintió un estremecimiento al tocar su piel helada en contraste con la calidez de su cuerpo. Se sentó de frente a los caballos y Hades se posicionó en el lugar del jinete, tomando así las riendas de las bestias, pero antes de que diera un latigazo para que avanzaran, la tierra se separó y reveló un túnel que conducía a las profundidades del Inframundo, el camino que llevaba a su nuevo hogar en compañía del Dios de la Muerte…
Orihime se despertó al sentir el escalofrío en su piel y jaló las cobijas para taparse hasta la barbilla. Los retazos de su sueño se esfumaban con cada segundo que pasaba, y ahora eran sólo imágenes sueltas del bosque, el carruaje y aquel misterioso túnel. Sus ojos se posaron en la mesita de noche y vio que el reloj marcaba poco más de las 3:00 de la madrugada. Las estrellas brillaban con intensidad en lo alto del cielo, como luciérnagas pegadas a un lienzo negro; era una noche fría, lo que ocasionó que saliera un ligero vaho de su boca. Se frotó las manos y se giró en la cama de cara a Ulquiorra, quien dormía profundamente. Se dedicó un momento a observarlo y sonrió al reconocer cada rasgo; la piel pálida, el cabello de ébano, los labios formando una línea recta; su respiración acompasada y tranquila. Orihime tomó una de sus manos lentamente y la sostuvo contra sus labios, sus dedos estaban helados y trató de calentarlos con su aliento. Ulquiorra se movió sin despertarse y se acercó un poco más a su cuerpo, como anhelando ese contacto que le resultaba tan familiar, ancestral y mitológico.
