Partieron de Kakariko al amanecer del día siguiente, con las alforjas cargadas de provisiones y de libros y antiguos pergaminos que Zelda había encontrado útiles durante sus viajes y su estancia en Kakariko. Lo cargaron todo en las alforjas de Leche. Impa se había alarmado al ver al enorme animal, pero Link le había asegurado que era inofensiva —al parecer había decidido que Leche era hembra— y nadie había hecho más preguntas. Zelda lo agradecía.

Leche iba más rápido de lo que se esperaría de un animal de su tamaño. Sus patas dejaban huellas en los caminos embarrados de Necluda y en los antiguos senderos polvorientos y descuidados del centro de Hyrule. Los había llevado cuatro días de viaje llegar hasta allí, sorteando temblores y forzando la marcha. Leche no se asustaba con los temblores, por suerte. Era como si ya estuviera acostumbrada a ello.

A Zelda empezaba a gustarle el animal. Seguía reprendiendo a Link por ser temerario y llevarse a una criatura salvaje y desconocida como montura, pero en el fondo había tenido razón en lo de que Leche era inofensiva. Solo protestaba cuando estaba cansada y podía comer casi todo lo que le ofrecían. Zelda empezaba a preferirla por encima de los caballos. Incluso había considerado de nuevo la posibilidad de montar. Sin embargo, la voz de la razón había ganado la batalla.

Acamparon muy cerca del castillo, en medio de la Llanura de Hyrule. Las murallas de la vieja Ciudadela eran visibles en la distancia, y las torres del castillo proyectaban sombras con las luces del atardecer. Zelda tenía la sensación de que el castillo iba a caérseles encima. Se abrazó a sí misma mientras lo contemplaba, de pie sobre una de las grietas que los temblores habían producido. Tenía un aspecto mucho más siniestro que de costumbre, como si de verdad hubiera algo oscuro escondiéndose ahí abajo.

Zelda aún se obligaba a tener esperanza. La esperanza la había mantenido en pie hacía cien años, cuando estaba prácticamente sola y sin forma de avanzar, y debería mantenerla en pie ahora también. No obstante, podía sentir como desaparecía poco a poco cuanto más tiempo pasaba contemplando el castillo.

Escuchó pasos a su espalda y poco después percibió una mano sobre su hombro. Se giró para mirar a Link, y leyó comprensión en sus ojos. Zelda se preguntó si de verdad la comprendería.

«Claro que te comprende —se dijo—. Él ha perdido lo mismo que tú, si no más.»

—¿Tienes hambre? —le preguntó—. Nos quedan sobras de Kakariko.

Zelda sonrió.

—Pan duro una noche más, pues.

Estaban guardando las verdaderas provisiones para cuando llegaran al castillo. No habían visto que la comida abundara durante su primera expedición a la zona subterránea, y no querían tomar riesgos. Ya se arriesgaban lo suficiente explorando aquel lugar.

—No te lo vas a creer —repuso él con una sonrisa llena de arrogancia—, pero he encontrado un jabalí.

—¿Un jabalí de verdad? ¿Aquí? —dijo ella, incrédula. Confiaba en las habilidades de Link para cazar, pero no había esperado que fueran a encontrar animales en aquella zona tan hostil. El propio Link le había explicado que muchas criaturas habían huido a otras zonas después del Gran Cataclismo por culpa de los guardianes.

—Hoy es nuestro día de suerte, supongo.

Le mostró una última sonrisa y luego dio media vuelta para ir hacia la cacerola que se habían llevado para el viaje. Hizo un gesto para que Zelda lo siguiera, y ella obedeció con ánimos renovados.

El olor del guiso que Link estaba preparando hizo que su estómago rugiera de hambre. Habían estado racionando de manera minuciosa las provisiones que habían traído, y ambos habían sabido desde el principio que la comida no iba a abundar, precisamente. Aquello era como un banquete, después de tantos días alimentándose de dura carne en salazón, queso y pan viejo.

No comieron en silencio, por una vez. Mantuvieron una conversación amigable, lejos del pasado y del futuro incierto que tenían por delante.

—Me pidió que buscara cien grillos. Cien malditos grillos. Para una chica. —Zelda parpadeó, incrédula, y él insistió—: No estoy mintiendo. Sabes que no podría inventarme nada de esto.

Zelda se mantuvo en silencio por unos instantes más y luego estalló en carcajadas. La sonrisa de él se hizo más amplia.

—Diosas… —jadeó entre risitas—. ¿Y le llevaste los cien grillos?

—Claro que sí. —Él pareció ofenderse con la sola pregunta—. Me habían encomendado una misión. Siempre las cumplo.

Se le escapó una risotada muy poco propia de una dama, y se cubrió la boca con una mano para intentar ahogar las carcajadas.

—¿Y qué dijo ella?

—¿Qué dirías tú si un día te ofreciera cien grillos como muestra de amor?

Él fingía seriedad, y eso solo hizo que riera con más fuerza.

—Pensaría que te habrías vuelto loco. No voy a mentir; acabaría huyendo.

Se le escapó una risotada a él también.

—Pues ella pensó que yo estaba loco, cuando ni siquiera era culpa mía. Tendría que haber culpado al idiota que me pidió los cien grillos.

—Bueno, tú le hiciste caso y fuiste a buscar cien grillos. Y lo peor es que seguiste adelante y se los diste a ella. Pobrecilla.

Él resopló.

—Ofrecía una buena suma de rupias a cambio —dijo, como si aquello fuera una excusa—. ¿Qué habrías hecho tú? Seguramente ni siquiera te habrías negado.

—Encima lo hiciste por dinero —dijo ella con otra risita—. La historia solo mejora por momentos.

—No solo fue por dinero. También quería ayudar.

—¿La chica dijo que sí al final?

—Por supuesto que no —respondió él con una carcajada—. Después de lo de los grillos, estoy seguro de que ni siquiera pensó en decirle que sí.

—No la culpo —suspiró Zelda una vez su risa se hubo calmado.

Apoyó la mejilla sobre su hombro y dejó el cuenco de guiso sobre la hierba. Él deslizó un brazo a su alrededor.

—Mañana llegaremos al castillo, ¿a que sí? —murmuró Zelda. Agradeció que hubieran montado el campamento mirando hacia el sur. No le apetecía ver la sombra siniestra del castillo en aquel momento.

Link suspiró.

—Es lo más probable.

Zelda se incorporó para mirarlo y puso una mano sobre su mejilla.

—Gracias por acompañarme durante todo el viaje —le dijo en voz baja—. Te he estado arrastrando de un sitio a otro, y no te has quejado en ningún momento. Así que gracias por ser paciente, también.

Él sacudió la cabeza con exasperación, como si Zelda hubiera dicho algo estúpido.

—No tienes que darme las gracias —replicó—. Te acompaño porque eso es lo que quiero, Zelda. No lo hago por deber. Pensaba que ya lo sabías.

—Y lo sé, te lo prometo. —Se mordisqueó el labio inferior, incapaz de seguir mirándolo a los ojos—. Diosas, soy patética. Ahora pensarás que estoy dudando de ti, cuando no es cierto.

—No eres patética. Y te creo, Zelda.

Su nariz rozó la de ella, y Zelda cerró los ojos, inspirando su olor a leña y a bosque.

—Gracias —susurró, y luego se movió para besarlo.

Él la correspondió al instante. Zelda se sentía agradecida de los progresos que habían hecho desde el año anterior. Ninguno huía ni evadía las discusiones o las conversaciones difíciles. Sabía que había temas que no querían tocar por el momento, pero tenían un futuro por delante. Cada vez existían menos secretos y silencios incómodos entre ellos, sin embargo, y eso era bueno.

Cuando se separaron, Zelda sintió su mano sobre sus mechones más cortos. Se las había arreglado para encontrar la manera de trenzárselos como hacía cien años, porque aún le gustaba el aspecto que tenía. Seguía sin arrepentirse de haberse cortado el pelo, y dudaba que fuera a hacerlo jamás.

—Si algo me pasa ahí abajo —susurró ella sin pensar—, prométeme que seguirás adelante. Prométeme que acabarás con lo que quiera que hay allí.

Él se tensó de golpe entre sus brazos.

—¿Ocurrirte algo? ¿Por qué iba a ocurrirte algo? ¿Has tenido visiones o…?

—No —dijo en tono tranquilizador, interrumpiéndolo antes de que llegara a las peores conclusiones—. No he visto nada, Link. Pero si vamos a enfrentarnos a algo desconocido, tenemos que pensar en todas las posibilidades. ¿Lo entiendes?

—No quiero pensar en eso —murmuró él, sacudiendo la cabeza.

—Ya lo sé. Yo tampoco. Pero sé que haremos lo posible para que nada malo suceda.

—Si algo me pasa a mí —dijo él—, quiero que te cargues al bastardo que me ha matado.

—Oh, lo haré. No lo dudes. Y yo quiero que hagas lo mismo en caso contrario.

Su diminuta sonrisa desapareció cuando escuchó lo último. El corazón de Zelda se hundió, pero Link habló antes de que ella tuviera ocasión de infundirle ánimos.

—Todo irá bien —dijo, más para sí mismo que para ella—. Ya lo verás. Estaremos a salvo.

—Tenemos a Leche —añadió Zelda. Miró al animal, que pastaba tranquilamente a unos pasos de su campamento.

—Tenemos a Leche —asintió él con una sonrisa.

Ella lo besó una última vez para terminar de convencerlo, y ambos disfrutaron su última noche en el exterior. En la superficie, sintiendo la brisa fresca y la hierba bajo sus pies. Al día siguiente, se adentraron en las profundidades del castillo, sabiendo que no tendrían nada de aquello por mucho, mucho tiempo.