—¿Quién demonios tuvo la idea de domar una vaca gigante?
Zelda jadeaba por el esfuerzo. Tiró de las riendas del animal de nuevo, y escuchó un bufido a su espalda. No miró atrás, sin embargo. Mantuvo los ojos clavados en lo que tenía delante y siguió tirando.
—Yo —masculló Link a su espalda—. Lo siento.
—No lo sientas —dijo Zelda—. Así al menos me saldrán músculos. Seré más fuerte que tú cuando todo esto acabe.
Lo escuchó reír desde detrás de Leche.
—Deja de quejarte —dijo—. Tú tienes el lado más fácil.
Zelda tiraba de las riendas, mientras que Link empujaba la zona trasera del animal. Zelda hizo una mueca y tuvo que reconocer para sus adentros que él tenía razón. No debía de ser nada cómodo estar empujando el trasero de un animal. Pero lo de domar una vaca gigante y llevársela de expedición a las profundidades del castillo había sido idea suya, así que ambos habían estado de acuerdo en que era lo justo.
—¡Creo que se ha movido! —exclamó ella al dejar de sentir tanta presión en las riendas.
—¿De verdad?
—¡Gracias a las Diosas!
Consiguieron que Leche diera un paso tras un empujón particularmente fuerte. Una vez el enorme animal estuvo al otro lado de la grieta, Zelda apoyó las palmas de las manos en las rodillas para recuperar el aliento. Escuchó a Link cruzar también. Se detuvo junto a Leche y acarició su hocico.
—No era para tanto —le dijo—. Lo has hecho bien.
Zelda soltó un bufido.
—Oh, ella lo ha hecho bien.
—Tú también has hecho un buen trabajo —dijo él, y algo en su su sonrisa hizo que el rostro de Zelda enrojeciera.
—¿No estás agotado?
Él se encogió de hombros.
—Un poco. —Frunció el ceño, y Zelda supo lo que iba a decir antes de que abriera la boca siquiera—. ¿Tú sí? ¿Quieres parar ya?
Zelda consideró sus opciones. En cualquier otro momento, habría insistido en seguir adelante sin pensárselo dos veces, testaruda como era. Sin embargo, ahora su cansancio era distinto. Los brazos y las piernas le ardían, y sentía un incómodo peso en el pecho que le impedía respirar con normalidad.
Pensó en los temblores y en las grietas que poco a poco se ensanchaban en la tierra del reino. Pensó en los inocentes que estarían asustados con nada nuevo estremecimiento del suelo bajo sus pies. Habían recuperado algo de paz, y apenas había tenido que pasar un año para que se la arrebataran de nuevo. Era injusto.
Así que apretó los dientes e intentó mostrar algo de determinación.
—Estoy bien —respondió—. Sigamos adelante.
—¿Estás segura?
—Muy segura —mintió ella. Cogió su pellejo de agua y tomó un largo trago. Al infierno con las raciones.
Link acabó obedeciendo y ambos continuaron adelante. Llegaron al final del puente al cabo de una hora que a Zelda se le había hecho eterna. Avanzaban con más lentitud que antes, pero se dijo que era lo mejor para ambos. También para Leche.
El puente parecía surcar gran parte de la mina de gemas luminosas porque al alcanzar el final se adelantaron en un largo pasillo oscuro. No era estrecho, así que pudieron seguir con Leche sin ninguna complicación. La luz de la antorcha era lo único que iluminaba su camino, y titilaba y proyectaba sombras siniestras en las paredes de roca que los rodeaban. Zelda escuchaba crujidos bajo sus botas con cada paso que daba, aunque no se detuvo a examinar el origen de los ruidos. No le haría ningún bien. De modo que se limitó a mantener la vista fija en la antorcha y a ahogar los escalofríos.
«Es solo tierra —se dijo—. Rocas.»
Sus instintos le decían que estaba terriblemente equivocada, pese a sus esfuerzos por tranquilizarse a sí misma.
Se detuvieron en seco cuando se encontraron con dos gigantescas puertas de piedra que bloqueaban el camino. Había dos estatuas con forma de serpiente decorando cada estructura.
—Oh, no —susurró ella—. Otra vez no.
Link palpó cada estatua con la mano. Como si así fuera a sacar algo en claro. Ambas efigies eran exactamente iguales, o al menos Zelda no podía distinguir detalles que las diferenciaran en medio de la penumbra.
—Hay que elegir un camino otra vez —masculló él, confirmando los peores temores de Zelda.
—Siempre he sido la peor tomando decisiones. —Se volvió hacia Link, porque si seguía mirando las puertas empezaría a entrar en pánico, y no era buena idea—. Elige tú.
Él abrió mucho los ojos.
—¿Yo?
—No hay nadie más aquí.
—Pero…
—Vamos, elige. No te culparé si nos lleva directos a una trampa de serpientes gigantes. No tenías forma de saberlo.
Esbozó una sonrisa nerviosa que no alcanzó sus ojos. Luego se giró hacia ambas puertas, y pasó una eternidad examinándolas hasta tomar una decisión.
—Derecha —dijo. Zelda asintió sin más discusión y lo siguió hasta la puerta de la derecha.
Link la empujó con el hombro hasta que la estructura cedió y se abrió con un ruido sordo. Zelda contuvo el aliento, preparándose para lo peor, aunque solo vio oscuridad frente a ella. Una oscuridad infinita e inexpugnable.
Se abrazó a sí misma. «Mantén la cabeza fría. Todo irá bien.»
—No te separes de mí —le dijo él en voz baja. La seguridad en su voz la hizo sentirse mejor. Si él no tenía miedo, ella tampoco debía tenerlo.
—Tú tampoco —le susurró ella, y su voz sonó temblorosa a pesar de todo.
Se aferró a su mano con tanta fuerza que debía de estar haciéndole daño y, juntos, se adentraron en la oscuridad.
La puerta se cerró a sus espaldas, y el sonido grave retumbó en la cueva. Zelda dejó escapar una exclamación ahogada, aunque siguió caminando cuando Link tiró de su brazo.
La antorcha se apagó de golpe, como si alguien hubiera soplado para extinguir la llama. Zelda se sentía vigilada por todos los flancos, pero ahora que no contaban con luz, no podía distinguir nada en medio de la penumbra.
—Siento… siento… —Se esforzó por ordenar sus pensamientos. Su voz sonó extraña en aquel lugar. Como si estuviera rompiendo un silencio que jamás debería haberse roto—. Aquí hay algo más.
—Lo sé —susurró él también—. No tengas miedo. Saldremos de aquí.
Zelda se obligó a creer sus palabras. Cada paso era más difícil de dar. Sus piernas parecían haberse debilitado de golpe, y un sudor frío le recorría el cuerpo.
«Todo irá bien —se recordó a sí misma—. No hay nada que temer.»
De repente dejó de sentir la mano de Link junto a la suya. Se detuvo, sintiéndose enferma.
—¿Link? —dijo, sin aliento—. ¡Link!
No hubo respuesta. Leche tampoco estaba allí, aunque era difícil de determinar en medio de la oscuridad.
Su estómago dio un vuelco, y estaba segura de que, de haber tenido luz, el mundo habría dado vueltas a su alrededor. Se apoyó en la pared para no caer al suelo y perder el sentido de la orientación.
Una parte de ella —la única que no había entrado en pánico todavía— se preguntó qué podía hacer. ¿Qué habría querido Link que hiciera?
«Sigue adelante —susurró una voz en su cabeza. Una que se parecía a la de Link. se lo había repetido en incontables ocasiones durante sus entrenamientos—. Detenerse puede ser tu sentencia de muerte.»
Palpó la espada que colgaba de su cinturón e inspiró hondo para tranquilizarse. Aquel lugar no podía ser muy grande. Y él jamás la abandonaría.
«Lo encontraré. Yo…»
Unas manos frías como el hielo se cerraron en torno a ella antes de que pudiera terminar el pensamiento.
