Día 14: Resfriado

Ulquiorra miró el reloj de la pared y vio que era más de mediodía. Se encontraba sentado en el sofá de la sala que estaba pegado a la ventana, disfrutando de un rato de lectura. Orihime todavía no se había levantado y ya empezaba a preocuparse, pues aunque a veces dormía hasta tarde, la había escuchado toser varias veces durante la noche.

Dejó su libro en la mesita de centro y se dirigió a la habitación. La joven estaba todavía en la cama, cubierta hasta la barbilla con el cobertor, hecha bolita dándole la espalda a la puerta.

-¿Orihime? -Ulquiorra se sentó del otro lado de la cama y la descubrió.

Tenía la cara muy roja y su cuerpo temblaba, parecía que estaba a mitad entre el sueño y la vigía, y al ponerle la mano en la frente vio que estaba ardiendo en fiebre.

-Oh, no. Estás enferma. ¿Cómo te sientes?

-M-Me duele el cuerpo y la cabeza -murmuró Orihime.

-Sabía que no era buena idea haber jugado en la nieve ayer -exclamó Ulquiorra preocupado.

-Fue divertido -murmuró Orihime con una sonrisa. Después tosió un par de veces y Ulquiorra suspiró. Por supuesto que se había enfermado, se habían quedado afuera más de lo que deberían y todavía le había dado su bufanda al señor Piedritas.

-No te muevas. ¿Quieres comer algo? Voy a prepararte un caldo de pollo con verduras.

-Bueno, en realidad…

Pero no alcanzó a completar la frase porque Ulquiorra salió corriendo por el botiquín donde guardaban el termómetro.

-Abre la boca.

-Ulquio…

Ulquiorra le puso el termómetro bajo la lengua y no la dejó hablar. Esperó un minuto y lo revisó.

-37.5. Esto no es bueno.

-No es tan grave, sólo es un resfriado -replicó Orihime.

-Un resfriado que podría convertirse en algo peor si no tenemos cuidado.

-He tenido resfriados antes, voy a estar bien.

-Por supuesto que vas a estar bien, de eso me encargo yo.

Ulquiorra le acomodó la almohada pegada a la cabecera para que se recargara y estuviera un poco más sentada. Luego le quitó la cobija y la dejó tapada sólo con la sábana.

-Primero hay que bajar la temperatura, ya regreso.

Bajó a toda prisa a la cocina y lavó bien el pollo y las verduras, las cortó en rodajas y llevó todo a la estufa en una olla con agua para que se cociera. Después preparó un té de manzanilla y subió de nuevo a la habitación con una pastilla para el dolor de cabeza. Orihime estaba acurrucada y veía fijamente la ventana.

-Ten, tómate esto para el dolor de cabeza, te hará bien.

-Me parece que estás exagerando, no tienes que traerme todo esto a la cama…

Su voz sonaba raposa y era obvio que tenía la nariz congestionada. Ulquiorra no le respondió nada, simplemente le dio la pastilla y dejó la taza de té sobre el buró.

Orihime se lo tomó a regañadientes. Cuando se enfermaba simplemente dejaba que la enfermedad tomara su curso natural y que el virus saliera de su cuerpo. No estaba acostumbrada a tantos cuidados, y aunque lo agradecía, igual se sentía rara.

Un rato después Ulquiorra entró con un par de toallas pequeñas y una bandejita de agua fría. Orihime lo miró sin decir nada. Llegados a ese punto, era inútil convencerlo de que estaba haciendo demasiado. Lo mejor era dejarse cuidar por él, pues parecía saber lo que hacía.

Ulquiorra se sentó a su lado y le quitó el cabello de la frente suavemente, casi como una caricia, luego mojó la toallita y la exprimió bien antes de ponérsela. Se sentía bien, refrescante, y tardó un momento en darse cuenta de que no era sólo la sensación física en su piel, sino más allá, en su interior, en su pecho concretamente. Una calidez que sólo había sentido cuando Sora la abrazaba y le decía que todo iba a estar bien. Esa certeza de estar con alguien que daría todo por su bienestar. Se sentía amada.

Luego de ponerle varias veces los fomentos fríos para bajar la temperatura, Ulquiorra le dio un tierno beso en la coronilla y bajó de nuevo a la cocina por el caldo de pollo. Orihime alcanzó a limpiarse las lágrimas discretamente, abrumada por las emociones.

Despertó al sentir una suave sacudida en su hombro. Se había quedado dormida sin darse cuenta. La pastilla ya había hecho efecto y el dolor de cabeza y cuerpo eran soportables. Olfateó el aroma del caldo de pollo antes de siquiera incorporarse.

-Huele delicioso -murmuró.

-¿Cómo te sientes?

-Un poco mejor -dijo Orihime con una sonrisa.

Ulquiorra la ayudó a sentarse en la cama y le dejó la mesita portable de madera en las piernas para poner el tazón de caldo. Se sentó a su lado a verla comer hasta que estuvo llena. Recordó que cuando era niño, su madre siempre le daba caldo de pollo para los resfriados y al día siguiente se sentía recuperado. Pero Orihime no estaba acostumbrada a eso, su infancia y la de Sora había sido muy distinta a la suya.

Sin embargo, ahora que estaban juntos eso ya no importaba. Podía darle todos los cuidados que pasados, presentes y futuros y recompensar todo el cariño y atenciones de las que había carecido.