Zelda no podía andar. Lo había intentado, pero cada paso se había vuelto más doloroso. Link había acabado obligándola a detenerse. Había inspeccionado su tobillo derecho con ojo crítico, pese a todas las protestas de Zelda. El brillo de su nueva antorcha había iluminado la hinchazón en su tobillo.
—Torcido —masculló él—. No vas a seguir a pie así, Zelda.
De modo que acabó a lomos de Leche. Había correas que aseguraban sus piernas a la silla, pero seguía balanceándose peligrosamente con cada paso perezoso que daba el animal. No montaba a horcajadas porque el lomo de Leche era más grande que sus piernas. Aquello era diez veces más incómodo que montar a caballo, pero Link había dicho que montaba sobre Leche o daban media vuelta o regresaban a la superficie. Y Zelda no pensaba volver con las manos vacías.
Se adentraron en un pasadizo que los llevó hacia arriba. Allí había más gemas luminosas e incluso una diminuta charca, y se detuvieron para que Leche bebiera. Zelda tomó algo de agua entre las palmas de sus manos y la usó para refrescarse.
—¿Crees que lo de las visiones era una prueba? —preguntó.
Link había estado ajustando la silla de Leche. Se detuvo en seco al oírla. Lo que quiera que hubiera visto lo había afectado, de eso Zelda podía estar segura.
—Estoy harto de pruebas —murmuró con gesto sombrío—. Siempre tengo que probar algo a todo el mundo.
—Es agotador, ¿a que sí? —suspiró Zelda.
—No tienes ni idea —dijo él con un bufido. Se ocupó en ajustar las correas por unos cortos instantes y luego habló de nuevo—: Yo también creo que era una prueba. No sé cómo conseguí superarla.
—Estás aquí ahora —dijo ella. Le mostró una sonrisa diminuta—. Eso significa que la has superado.
Él se encogió de hombros.
—Sigo sin saber qué demonios intento probar.
Zelda no tuvo más remedio que darle la razón. «Las civilizaciones antiguas tenían una forma de pensar distinta a la nuestra, al parecer.»
Siguieron adelante sin mirar atrás. Mientras avanzaban, la luz de la antorcha que Zelda sostenía iluminó figuras grabadas en las paredes de piedra, como habían visto en sus otras expediciones. Aquellas eran distintas, sin embargo. No mostraban símbolos zonnan. Zelda ni siquiera sabía si aquello era parte de la arquitectura zonnan, sheikah o incluso hyliana. Formaba parte del pasado remoto, fuera como fuese.
No obstante, lo que sí entendió sin complicaciones fue el mensaje que mostraba la roca.
Había un hombre a caballo. Sostenía un largo tridente, y tras él había un ejército de monstruos. Aquello era una guerra; soldados de aspecto hyliano formaban filas en el lado opuesto. Iban armados.
Zelda cerró los ojos mientras intentaba comprender lo que sentía. Desesperación. Dolor. Terror crudo, el peor que había experimentado jamás. Todo aquello formaba una mezcla peligrosa, una que la gritaba que huyera de allí. Aún estaban a tiempo.
«¿Por qué? —se preguntó mientras apartaba la cobardía—. ¿Por qué conozco a ese hombre? ¿Por qué es importante?»
No lo había visto hacía cien años. No existía ninguna figura similar en las antiguas escrituras sheikah que habían podido descifrar, y tampoco en los grabados de hacía diez mil años.
«Piensa, Zelda. Recuerda.» Su memoria volvió al siglo que había pasado encerrada con el Cataclismo. Pensó en las visiones que le había mostrado Hylia, en todo lo que había aprendido pero no comprendido. Sus recuerdos de aquella época estaban borrosos, salpicados de dolor y angustia, pero aun así un rostro regresó a su mente. Un hombre. Gerudo. Pelo rojo. Ojos llenos de odio.
Apretó los dientes. Casi podía recordar un nombre. Siguió intentándolo; era como profundizar en las excavaciones sheikah de hacía cien años. Llegar al fondo utilizando solo las manos desnudas resultaba una tarea imposible para cualquiera. Pero estaba tan cerca…
Abrió los ojos de golpe cuando escuchó el chillido de una rata. Dio un respingo al oír un susurro, como el de la brisa sobre las hojas de los árboles, solo que aquel le provocó escalofríos. Miró hacia atrás, tensa sobre la silla de Leche.
«Hay algo que está mal. Terriblemente mal.»
Link, que iba a pie llevando las riendas de Leche, se detuvo también. Examinó el camino a sus espaldas. El brillo de la antorcha iluminó su ceño fruncido. Había preocupación en sus ojos. Pareció fijarse entonces en los grabados de la pared, porque se acercó a ella con lentitud, como si tuviera un animal herido delante y no quisiera asustarlo.
Zelda contuvo el aliento mientras Link examinaba el extraño mural. Él también debía de sentirlo, ¿verdad? Estaba menos unido a la Diosa Hylia que Zelda, pero él estaba tan maldito como ella. Su destino estaba sellado con el mismo lacre manchado en sangre.
Al cabo de un rato, él se volvió en su dirección con expresión sombría y con un brillo peligroso en los ojos. Compartieron una rápida mirada, una con la que se dijeron todo sin necesidad de palabras.
«Él también lo siente.»
—Odio este lugar —masculló. Luego cogió las riendas de Leche y siguió adelante sin mediar más palabra. Zelda no pudo hacer más que darle la razón.
Anduvieron en silencio durante unas pocas horas más, hasta detenerse ante un único portón. Para entonces el tobillo de Zelda palpitaba dolorosamente, aunque ella estaba decidida a no quejarse.
Link abrió la puerta con esfuerzo. Se adelantó unos pocos pasos para examinar el pasadizo, y la antorcha titilaba en medio de la oscuridad. Cuando regresó, tenía los puños apretados.
—Es demasiado estrecho para ella —dijo, señalando a Leche. Su voz sonó extraña en medio de aquella cueva, y Zelda escuchó otro susurro extraño cuando él terminó de hablar. El propio Link se detuvo también y aguardó unos instantes antes de añadir—: Tendremos que dejarla aquí.
Zelda asintió. Percibió un nudo en la garganta al bajar de Leche. El animal no se inmutó cuando Zelda abrazó su hocico.
—Quédate a salvo —le susurró.
Ayudó a Link como pudo a dejar algo de comida para Leche, aunque estaba convencida de que el animal sobreviviría por sus propios medios. Tenía agua cerca, y no le daban miedo aquellas cuevas tan siniestras. No era ninguna despedida.
Link le dio unos golpecitos en el lomo al terminar.
—Volveremos por ti pronto —le dijo. Se colgó las alforjas al hombro. No habían llevado todas su provisiones porque él había visto luz en el fondo del pasadizo. Y no era la misma luz que la de las gemas luminosas—. No te vayas sin nosotros.
Luego regresó con Zelda. Cogió su mano y la ayudó a andar por el pasadizo. Ella sentía ramalazos de dolor en el tobillo, aunque apretó los dientes e ignoró las punzadas molestas.
«Hay cosas mucho peores que un tobillo torcido.»
Se adentraron en el pasadizo estrecho. Ninguno de los dos hablaba. Zelda se sentía como si las paredes de piedra estuvieran cerrándose a su alrededor poco a poco, dejándola sin aire.
Su corazón latía muy deprisa. Su cabeza le gritaba que dieran media vuelta, que lo que había al final de aquel pasadizo iba a cambiarlo todo para siempre. Sin embargo, en el fondo sabía que acobardarse sería un error. Nadie podría ocupar su lugar si se rendían ahora.
Comprendió con un ramalazo de terror que no tenían escapatoria. Las tenazas del destino se habían cerrado a su alrededor otra vez. Quizá fuera la última.
Se detuvo de repente y besó a Link con todas sus fuerzas.
Él emitió un sonido ahogado de sorpresa, aunque no intentó separarse. Su espalda chocó con la pared del pasadizo con un ruido sordo. Zelda sintió como la mano que él tenía libre se hundía en su piel, sintiéndola. Recordándola.
Zelda trató de grabar el sabor de sus labios en su memoria. La forma en que sus ojos se estrechaban cuando sonreía. La fascinación en su mirada mientras ella le hablaba del pasado, de las antiguas leyendas. Su risa. Lo mucho que la había cuidado cuando era frágil y estaba perdida, hacía un año. La había guiado hacia un futuro nuevo. No hacia un camino que él hubiera trazado por ella, sino a un horizonte tan lleno de posibilidades como las páginas de un libro en blanco.
Pero el destino era cruel. Y podía arrebatarle lo que más amaba con la misma facilidad con la que se lo había devuelto.
Era injusto. ¿No habían sufrido y luchado lo suficiente? ¿No habían sangrado durante cien años por un reino que ya estaba roto? Ella estaba agotada. Y Link también lo estaba, podía sentirlo. Y, aun así, ambos seguían en pie.
Zelda se separó, sin aire, como si hubiera estado bajo el agua durante demasiado tiempo. Se tragó el nudo en la garganta.
—Nunca me lo has dicho —susurró.
—¿El qué?
—Nunca me has dicho que me quieres.
Hubo una pausa. Una larga, pero Zelda lo agradeció. No quería enfrentarse a su destino otra vez.
—Te lo diré —respondió él. Juntó su frente con la de ella—. Pero no ahora.
—¿Por qué no?
—Porque esto no es una despedida, maldita sea.
Se tragó las lágrimas de nuevo. Quería hacerse diminuta y llorar sobre su hombro. Quería salir de allí e ir muy lejos, a un lugar tranquilo. Podrían investigar la flora y la fauna y completar la enciclopedia hyliana de la piedra sheikah. Podría comer lo que Link cocinaba y dormir bajo las estrellas.
—No te mueras —le suplicó simplemente, a media voz.
Él sonrió en medio de la penumbra.
—Tú tampoco.
Cogió su mano y, juntos, avanzaron muy despacio hasta el final del pasadizo. Allí había una luz verdosa tan fuerte que Zelda tuvo que entornar los ojos. Una vez se hubo acostumbrado a la claridad, se quedó boquiabierta.
La estancia era circular, y Zelda sabía que la cueva terminaba allí. No podía ver más huecos en la pared. Una enorme estructura puntiaguda pendía del techo, y Zelda pensó en la Cámara Regeneradora. Había un artefacto similar que aportaba energía al Santuario de la Vida.
Una energía verdosa que Zelda no había visto jamás manaba de la estructura. Zelda intentó acercarse para verla mejor, pero Link la detuvo con sorprendente firmeza.
—Quédate quieta —le susurró.
—¿Qué…?
Siguió su mirada y empezó a sentirse enferma.
Había un cuerpo. O, más bien, lo que quedaba de él. Eran solo huesos unidos por fina piel grisácea, exenta de color y similar al papel. El cuerpo estaba doblado en un ángulo antinatural. Parecía llevar ropas, aunque no eran más que harapos tan grises como lo que quedaba de la piel. Zelda pudo ver joyas que desprendían destellos dorados, sin embargo. Adornando el trozo de tela desgarrado que le cubría el torso esquelético. Colgando de las orejas redondas. En su frente amplia.
«Gerudo.»
Contuvo el impulso de apartar la vista. El rostro del gerudo —Zelda estaba convencida de que era un hombre. Sus instintos se lo gritaban— miraba hacia ellos con cuencas vacías donde debería haber ojos. El largo pelo rojo rozaba el suelo, y la boca esquelética estaba abierta, como gritando una maldición silenciosa.
—¿Qué demonios es eso? —susurró Link.
La energía verde que pendía de la estructura en la que Zelda se había fijado antes se unía para formar una mano. Zelda parpadeó y se obligó a mirar con más atención, pero no cabía duda de que aquello era una mano. La energía titilaba como una vela, más parecida al azul que al verde, y joyas doradas la adornaban también, aunque no eran gerudo. Los dedos terminaban en garras poderosas que se clavaban en el pecho del cuerpo, manteniéndolo sujeto.
«Sellado», comprendió Zelda.
Y luego vio que del cuerpo manaba malicia a borbotones.
Se quedó congelada en el sitio, y solo se dio cuenta de que la malicia había llegado hasta ellos cuando el olor a quemado del cuero de sus botas alcanzó su nariz. Link tiró de su brazo para hacerla retroceder, aunque ya estaban a una distancia considerable de aquella ejecución macabra.
—Hylia, ayúdanos —susurró. Ya ni siquiera podía sentir dolor en el tobillo. Solo había terror. Uno que la atenazaba hasta dejarla sin respiración.
—Zelda… —empezó él, aunque se detuvo en seco cuando un crujido espantoso retumbó en la cámara.
Zelda comprendió, estúpidamente, que habían dicho las palabras mágicas.
Otro crujido retumbó en la cámara. Y luego otro. Del cuerpo brotaron motas grisáceas que cayeron al suelo con un susurro. Zelda observó con horror como el brazo decrépito empezaba a temblar hasta moverse hacia arriba. Realizó más movimientos erráticos hasta que los dedos largos y esqueléticos se cerraron alrededor de la energía verdosa que sellaba su cuerpo.
Y, luego, con un crujido que resonó en la cueva y en la cabeza de Zelda, la criatura dio un tirón y se liberó del sello.
Por un maravilloso instante, nada se movió. Y luego la cabeza esquelética se giró hacia ellos por completo con otro crujido, y en las cuencas vacías de sus ojos apareció un brillo rojo como la sangre, lleno de odio.
Zelda gritó. Link maldijo en voz bien alta.
La energía estalló a su alrededor con un estruendo ensordecedor. Zelda sintió, de lejos, como Link tiraba de ella para esconderse tras un pilar derribado. La tierra temblaba con violencia bajo sus pies.
—¿Qué demonios es eso? —dijo Link. Tuvo que alzar la voz para hacerse oír por encima de los rugidos—. ¿Y por qué demonios está vivo?
—N-no lo sé —susurró ella. El hedor a podrido la abrumaba—. No lo sé…
Él apretó los dientes. Se asomó por encima de la columna, pero volvió a agacharse cuando un rayo verdoso pasó muy cerca de su cabeza. Chocó con una de las paredes de la cueva.
—Hay que salir de aquí.
—Pero…
—Siempre dices que no sea temerario —dijo con firmeza—. Estoy siendo prudente ahora, Zelda.
Ella estaba demasiado asustada para discutir, así que asintió. Los ojos de él se endurecieron.
—Espera aquí. —Desenvainó la Espada Maestra, que desprendía un brillo plateado y cegador. Zelda solo la había visto así el día en que Link se enfrentó al Gran Cataclismo—. Dejaré el paso libre.
—P-puedo ayudarte —dijo, aunque ni ella misma se lo creía. Sus manos temblaban demasiado para sostener cualquier arma.
—Estás herida —dijo él—. Seré rápido, te lo prometo.
Le dio un beso casto, silenciando todas sus protestas, y se puso en pie de un salto. Se apoyó en la roca para no perder el equilibrio a causa de los temblores. Luego echó a correr.
No llegó muy lejos, sin embargo. Zelda logró ver como alzaba la Espada Maestra para detener un tentáculo de malicia que iba directo hacia él. La sustancia viscosa y oscura chocó con la hoja con un siseo y desapareció casi al instante.
Link no tuvo tiempo de moverse. Zelda no pudo más que observar mientras tentáculos de malicia y de energía verdosa cargaban contra él. Utilizó el plano de la hoja para detener la extraña energía, que chocó con la espada con un chirrido agudo. Zelda hizo una mueca ante el impacto, y Link retrocedió unos pasos. El tentáculo retrocedió también, estremeciéndose con violencia. Luego volvió a abalanzarse sobre Link, y él giró, deteniendo un tentáculo de malicia, que ardió de golpe.
El aura del Cataclismo rozó su brazo, y Zelda escuchó como maldecía. El brillo de la Espada Maestra se hizo más fuerte, tanto que Zelda podía oír a la hoja cantar. Susurraba. Era la primera vez que oía la voz de la espada desde la derrota del Cataclismo.
Su corazón se hundió.
Link acabó convirtiéndose en un borrón azul y plateado que se movía muy deprisa para los ojos de Zelda. La energía verde se abalanzó sobre Link de nuevo, aunque en esa ocasión esquivó la Espada Maestra y rodeó a Link. Zelda frunció el ceño. ¿Qué demonios era eso?
La malicia tenía un comportamiento más predecible. Link sujetó la Espada Maestra con ambas manos y la hundió en un tentáculo particularmente sólido. Desapareció poco después. Él giró sobre sus pasos y hendió la espada en el aire para deshacerse de más aura oscura.
La energía verdosa chocó con la Espada Maestra por tercera vez. Zelda vio como Link abría mucho los ojos, y escuchó a la Espada Maestra chillar por el impacto. Link se apartó un momento después y se tambaleó hacia una roca. Un tentáculo de malicia cayó de lleno sobre su brazo.
—¡Link! —gritó ella.
Algo de color verde chocó con lo que quedaba de la columna tras la que ella estaba escondida y acabó de romperla.
Zelda se quedó muy quieta por un momento. Luego echó a correr. La energía verdosa golpeaba las paredes tras ella, persiguiéndola. Se ocultó tras una roca, con la respiración acelerada. La adrenalina apenas podía ayudarla a ignorar el dolor en el tobillo. Percibió los ataques haciendo estremecer la roca y buscó a Link con la mirada.
—¡Escóndete! —le gritó él. Ya no había malicia en su brazo, aunque la manga de su túnica estaba ennegrecida. Aquel era el brazo de la espada. Él estaba rodeado de energía oscura y verdosa al mismo tiempo. Había angustia en sus ojos—. ¡Quiere hacerte daño a ti, Zelda!
Ella lo comprendió de golpe, y su corazón se hundió. Buscó un escondite, pero no encontró nada. Las rocas más grandes habían sido destruidas, y no quedaban columnas. Vio con horror que estaba cerca del extraño cuerpo demacrado. Tenía los ojos rojos clavados en ella. Su mano se movía de forma errática, pero Zelda supo que estaba señalándola.
—Zelda…
Su boca no se movía, aunque Zelda podía oír la voz fría. Rota. Tan llena de odio como sus ojos. La dejó clavada en el sitio.
—Tú… —La voz sonaba cada vez más clara, como si aquel monstruo estuviera volviéndose más fuerte—. Zelda…
—¡Zelda!
Algo chocó con ella y la hizo caer al suelo. Cuando Zelda abrió los ojos, vio que Link estaba frente a ella y que el aura verde impactaba en la hoja de la Espada Maestra de nuevo. La energía era poderosa, y Zelda no tardó en ver como las rodillas de Link empezaban a temblar por el esfuerzo. Él susurraba algo. Súplicas, comprendió Zelda. Le suplicaba a la Espada Maestra, que volvía a chillar.
—¡Déjalo, Link! —le dijo—. ¡Estaré bien!
Él apretó los dientes, pero no se movió. Los pensamientos de Zelda iban a toda velocidad, buscando soluciones. No tuvo tiempo de encontrar nada, sin embargo, porque de pronto una fuerza invisible los separó de golpe. Zelda rodó por la cueva. Todos sus músculos protestaban, y sería un milagro que no tuviera nada roto. Cuando su visión se aclaró, vio que el cuerpo de aquella criatura ya no estaba doblado en un ángulo antinatural, pero su postura le produjo escalofríos. Tenía los brazos alzados hacia el cielo, y la cueva rugía a su alrededor.
Zelda vio que la energía que había intentado atacarla estaba en el suelo. Se había vuelto líquida. Link no se encontraba muy lejos y trataba de ponerse en pie.
«Piensa —se dijo—. Tiene que haber una explicación. Una forma de salir de aquí…»
—Tú… —Aquella voz de nuevo. Los ojos de Zelda se cruzaron con los mismos ojos rojos que los de sus pesadillas—. Tú…
Zelda quería correr. Quería huir tan deprisa como sus piernas le permitieran para alejarse de aquel monstruo. Ojalá nunca se hubieran interesado en los temblores. Ojalá todo hubiera sido distinto.
—Zelda…
Sus ojos parecían llamas. Zelda quería dejar de mirar. Estaba convencida de que iba a vaciar el estómago si seguía contemplando aquel cuerpo consumido y lleno de agujeros.
«Un sacrificio», comprendió. Se apoyó en una pared para mantener el equilibrio.
—Hylia...
Link saltó sobre aquel monstruo de pronto. Zelda solo lo había visto saltar tan alto durante la batalla con Ganon. Se encaramó a su espalda y hundió la Espada Maestra en el pecho grisáceo de la criatura con tanta fuerza que la hoja lo atravesó.
Nada se movió por unos momentos. La energía verdosa giraba muy cerca de Link, y los tentáculos de malicia se habían detenido. Zelda podía oír la respiración acelerada de Link, que seguía con una bota sobre el hombro del monstruo.
Oyó un crujido. Y luego otro. La cabeza consumida del monstruo se movió, poco a poco, hasta quedar en un ángulo antinatural que le produjo escalofríos a Zelda. Giró casi por completo para mirar a Link.
—Héroe.
Movió un dedo, y Link voló por la cámara como si fuera una mota de polvo. Chocó con la pared con un ruido sordo. No se levantó.
—¡Link! —gritó ella. Se puso en pie, y el monstruo volvió su cabeza hacia ella.
Se irguió un poco más y alzó las manos. Zelda veía rojo por todas partes. El hedor del aire era asfixiante, y Zelda intentó respirar por todos los medios. El monstruo cerró las enormes manos alrededor de la hoja de la Espada Maestra y tiró. Ni una gota de sangre brotó de su piel ennegrecida.
«Está muerto», pensó Zelda estúpidamente.
Vio como la hoja de la Espada Maestra se marchitaba poco a poco. Dejó de brillar, y el filo empezó a desaparecer, como si fuera polvo. El espíritu gritaba, y Zelda contuvo las ganas de gritar también.
La tierra comenzó a estremecerse de nuevo. La energía del sello voló hacia Link, y los tentáculos de malicia la siguieron. La Espada Maestra se deslizó del cuerpo del monstruo, que la lanzó con un movimiento de los dedos. Zelda escuchó un sonido metálico en el fondo de la cueva.
Comprendió, horrorizada, que estaba sola. Era la única que permanecía en pie.
Desenvainó la espada, que desapareció de su mano al instante y se quebró al impactar con una pared cercana. La tierra temblaba con tanta violencia que empezó a agrietarse. Zelda corrió hacia Link, sin pensar en lo que hacía. Tal vez la Espada Maestra le permitiera empuñarla. O lo que quedaba de la Espada Maestra.
Se detuvo cerca de Link. Él se incorporó y abrió mucho los ojos. Gritó algo, pero Zelda no pudo oírlo. Todo se detuvo cuando vio que una enorme grieta la rodeaba. Y luego, con un crujido estremecedor, el suelo desapareció bajo sus pies.
Por un instante, caía, y su estómago dio un vuelco. Y, al siguiente, una mano se cerró en torno a la suya con fuerza.
Vio a Link sobre el borde, colgando del agujero que acababa de abrirse en el suelo. Zelda sintió alivio. Él nunca la dejaría caer. Estaba a salvo.
Entonces vio como la malicia resbalaba por el brazo con el que Link se agarraba al borde y no pudo detener las lágrimas en sus ojos.
Zelda se arriesgó a mirar abajo y vio una oscuridad profunda. Se le escapó un sollozo, aunque la voz de Link la devolvió al presente.
—Mírame a mí —le dijo—. No mires abajo.
Zelda asintió. Él tenía los dientes apretados. Zelda sabía que estaba sufriendo. Sus dedos estaban quemados, y no quería ni imaginar cómo estaría el resto de su brazo. Sin embargo, Link no flaqueó. Resistió a los temblores.
Era consciente de que sería difícil sacarla viva de allí. Sabía que debía pedirle que la dejara caer o ambos saldrían perjudicados. Pero la caída la mataría, sin lugar a duda, y Zelda no quería morir. No así. Esa era la cruda verdad.
—No me sueltes —le suplicó.
Zelda vio que él también lloraba.
—No te soltaré.
Zelda se aferró a su brazo con la mano libre también. Link intentó encontrar salientes en la roca donde apoyar las botas. Ella hizo lo mismo, y escuchó sus gruñidos de dolor al intentar sacar fuerzas para poner su propio cuerpo a salvo al tiempo que tiraba de Zelda.
—Link…
—Tengo que llevarte a las fortalezas Lomei, ¿recuerdas? —dijo entre jadeos.
Aquello le arrancó una sonrisa amarga, pese a todo. Él gimió de dolor, aunque no desistió. Pareció encontrar la forma de ponerlos a salvo porque Zelda sintió que empezaba a moverse hacia arriba, muy despacio por los temblores en la tierra. Las manos de ambos estaban húmedas a través de los guanteletes, y Zelda percibía los dedos entumecidos. Los de Link estaban ensangrentados.
Empezaba a albergar algo de esperanza cuando la mano hecha de aquella energía verdosa se cerró en torno al brazo quemado de Link, el que se aferraba al borde del abismo. Zelda vio como las garras se hundían en su carne, y él gritó de dolor.
Link soltó su mano entonces.
Zelda jamás olvidaría la expresión de su rostro. Surcada por lágrimas, rota y llena de horror. Ella gritó mientras caía, pero no sirvió de nada. La oscuridad la engulló de todas formas.
