Acá me inspiré en la leyenda de Krampus mezclada con el videojuego Until Dawn porque why the hell not?
Día 18: Krampus
Después de varias horas internados en el bosque, finalmente vislumbraron la enorme construcción que se erguía unos metros más adelante. El paso del tiempo la había deteriorado bastante, la mayoría de las ventanas eran ahora vidrios rotos, la pintura se había caído y una buena parte del techo estaba derruida, pero el hotel se mantenía en pie, como resistiendo con todas sus fuerzas el olvido y la destrucción inminentes.
La nevada en esa zona de la montaña era aún más intensa que en el pueblo, y el aire helado les daba de lleno en la cara, clavándose como agujas en la piel. Ulquiorra se ajustó la bufanda sobre la nariz y siguió avanzando hasta estar justo enfrente del umbral, como dudando de lo que estaba a punto de hacer.
-¿Vas a entrar? -le preguntó Orihime.
-Sólo quiero echar un vistazo. Ya llegamos hasta aquí, después de todo.
-Yo te espero aquí afuera.
-Te vas a congelar, al menos siéntate aquí cerca de la entrada. Prometo que no tardaré.
Orihime obedeció y se sentó donde Ulquiorra le dijo. El techo alcanzaba a resguardarla un poco de la nieve y pudo concentrarse en guardar el calor abrazando sus piernas contra su pecho. Todo estaba muy oscuro porque era de noche, y las linternas que llevaban no alcanzaban a alumbrar demasiado. Tan internados como estaban en lo alto de la montaña, era obvio que no había nadie cerca. La última cabaña la habían pasado un par de kilómetros atrás.
Ulquiorra entró con la linterna en mano, ofreciéndole apenas un asentimiento de cabeza a Orihime, como diciéndole que todo iba a estar bien. Orihime le sonrió de vuelta y lo observó hasta que se perdió de vista. Entonces dejó salir una exhalación. Estaba sola y lo único que se escuchaba era la nevada y el viento soplando fuerte contra los pinos del bosque, el susurro que producía al mover las ramas. El paisaje parecía antiguo, con el blanco de la nieve en contraste con el cielo negro estrellado y la cortina de copos de nieve que lo cubría todo a su paso.
El crujido de una rama la hizo levantar la cabeza. No debería haber nadie más ahí, así que descartó la posibilidad de que fuera una persona. Era una montaña, así que no sería raro que algún animal anduviera deambulando por ahí, incluso a esas horas de la noche. Sin embargo, debía ser un animal grande, tal vez un lobo o un oso, y eso era justo lo que le preocupaba. Tan alejados como estaban del pueblo, y sin nada con qué defenderse, eran presa fácil.
Orihime se levantó y aguzó el oído, a la espera de escuchar otra vez algo. Su cuerpo temblaba ligeramente y sospechaba que no se debía sólo al frío. Una sensación inquietante se apoderaba de ella, como reptando por sus piernas y su torso hasta alcanzar su nuca. Tal vez no era nada, pero nunca antes se había sentido así y le molestaba saberse tan frágil y susceptiva. Lo mejor sería esperar adentro a Ulquiorra, aunque la idea no le gustara mucho.
Antes de dar la media vuelta lo escuchó de nuevo. Esta vez fue un sonido gutural que le heló la sangre. Sus ojos se abrieron aterrados al percibir una sombra que se movía entre los árboles a tan sólo unos metros de donde se encontraba. La nevada no le permitía saber lo que era, pero su tamaño era grande e imponente. Tal vez un oso, o un alce, pues podría jurar que vio un par de cuernos saliendo de donde supuso estaba la cabeza. Dio un paso hacia atrás cuando la sombra emergió de su escondite y se aproximó.
Era una figura encorvada pero de gran altura. Los cuernos sobresalían de su frente y se curvaban hacia atrás como los de un antílope, pero eran gruesos y de color blancuzco, sucio y desgastado. Estaba cubierto de abundante pelaje negro desde la cabeza hasta las patas, que terminaban en dos grandes pezuñas como las de un macho cabrío. Donde se suponía que debieran estar las manos había un par de garras largas y afiladas, y su rostro le recordó al de una gárgola, o tal vez un demonio oriental, con colmillos grandes y amarillentos y un par de ojos rojos que brillaban a la luz de la luna.
Parecía que el tiempo se había detenido mientras observaba a la criatura. Su cuerpo no obedecía la indicación de salir corriendo, era como si su cerebro se hubiera desconectado en medio del shock. Debía ser sólo su imaginación, ¿qué clase de criatura habitaba en esa montaña y que nadie más sabía de su existencia?
-¿Orihime?
La voz de Ulquiorra resonó en su cabeza y por fin pudo salir del trance en el que se encontraba. Se giró rápidamente para verlo ahí de pie junto a la puerta de acceso al hotel, al parecer confundido. La iluminó con la linterna y levantó una ceja inquisitiva.
-¿Estás bien?
-Ul-Ulquiorra…hay algo…
Orihime se giró hacia donde estaba la criatura, sólo para encontrar que no había nada. Se había esfumado. O tal vez ni siquiera estuvo ahí, para empezar.
-¿Qué es?
-¡Había algo ahí! ¡Era un monstruo!
-¿Un monstruo? -repitió Ulquiorra, incrédulo de esas cosas.
Orihime pasó saliva y lo abrazó con fuerza, sintiéndose un poco más segura ahora que estaba con él, pero no del todo, no hasta que volvieran al pueblo.
-Hay que irnos antes de que se haga más tarde -Ulquiorra la agarró de la mano y juntos emprendieron el camino de regreso.
Al pasar por donde había visto a la criatura, no pudo evitar notar las huellas en la nieve que conducían de vuelta al bosque. Huellas grandes y definidas. Huellas de pezuñas.
Orihime se despertó con un sobresalto y se sentó en la cama para tratar de calmarse. Había sido sólo una pesadilla, pero se había sentido muy real. ¿Sería verdad que en algún punto de la tierra había una criatura como esa? El mundo era muy vasto y escondía demasiados misterios.
Se giró hacia la ventana y se quedó mirando las ramas que golpeaban el vidrio, ramas que, curiosamente, parecían cuernos.
Se levantó y cerró la cortina. No necesitaba más cosas que perturbaran su sueño.
Juro por mi vida que intenté hacer este drabble con un toque romántico al final pero la trama de terror y suspenso consumió toda la historia. Una pena (igual me encantó).
