Disclaimer: Los personajes son de Stephenie Meyer, la historia es de Fyrebyrd, yo solo me adjudico la traducción, con el debido permiso de la autora.

Disclaimer: Twilight belongs to Stephenie Meyer, this story is from Fyrebyrd, I'm just translating with the permission of the author.

Capítulo beteado por Yanina Barboza

Grupo en Facebook: Tradúceme un Fic


Capítulo 8

La luz del sol quema la parte posterior de mis párpados mientras la conciencia se filtra. Estoy cálida y cómoda, rodeada de suaves mantas y piel caliente. Me acurruco más profundamente en el cómodo capullo, apreciando este momento de entumecimiento silencioso.

—Mmm.

El sonido va directo a mi centro deliciosamente dolorido, y me tenso cuando todo regresa a toda velocidad. No corro. No grito. No lloro. Simplemente me tomo un minuto para procesarlo, e incluso cuando me quedo corta en el departamento de razonamiento, no me asusto. Permití esto, incluso lo elegí.

Y fue espectacular.

—Puedo oírte pensando demasiado desde aquí —murmura Edward con voz áspera, enterrando su nariz en mi cabello—. Solo respira, Bella. Nada ha cambiado. Somos dos personas, unidas durante las vacaciones, que encontraron consuelo el uno en el otro.

Asiento, tomando una respiración profunda y exhalando lentamente.

—Tienes razón. —Agarro la manta con más fuerza y la sostengo contra mí mientras me doy la vuelta, atrapándola efectivamente entre nosotros. Mis músculos se estiran y gimen ante el movimiento repentino, provocando que una sonrisa secreta se eleve en las comisuras de mis labios—. Nunca había tenido tantos orgasmos en mi vida.

Él sonríe, sus brillantes ojos matutinos brillando.

—¿Qué? ¿El ex no pudo lograr cuatro en una noche?

Cierro los ojos contra el ardor de las lágrimas, avergonzada de la verdad. Cuando los vuelvo a abrir, ojos verdes preocupados esperan pacientemente.

—Más bien, aún no ha llegado a cuatro... en total.

Sus cejas vuelan hacia lo alto de su frente, pero rápidamente trata de enmascarar su sorpresa.

—Me abstendré de emitir un juicio —masculla, moviéndose hacia donde estamos pecho contra pecho con solo la manta separándonos—, pero puedo prometer convertir ese número en dos dígitos si lo deseas.

Sonrío ante su oferta, aunque una sensación de inquietud se apodera de mi estómago cuando recuerdo el motivo de su experiencia.

—No lo sé, Edward —respondo, apartando mi mirada de su mirada—. Quiero decir, fueron fantásticos. —Hago una pausa, lamiendo mis labios ante el recuerdo, y vuelvo a mirarlo a los ojos—. Pero no estoy tan segura a la luz del día como lo estaba en la oscuridad de la noche.

—Pregúntame —indica, buscando mi rostro—. Sé que tiene preguntas. —Miro hacia abajo mientras el calor quema su camino hasta mi cuello y llena mis mejillas. Edward se ríe, levantando mi barbilla—. No te sientas avergonzada. Soy un libro abierto.

—¿Tengo una enfermedad ahora? —Es una pregunta horrible, tal vez incluso fuera de lugar, pero es la primera que me viene a la mente.

—Todo lo contrario —explica, sorprendiéndome—. Me hago la prueba cada catorce días, al igual que todas las personas con las que trabajo. Hay empresas de mala calidad, pero yo trabajé para Denali House. Son la productora pornográfica de más alto nivel en cualquier parte del mundo.

—Pero ¿qué pasa si alguien contrajo una enfermedad en un bar una noche y la transmitió entre pruebas? —refuto, sin preocuparme por el decoro.

—No puedo descartarlo al cien por ciento —dice, y mi corazón se hunde—. Pero eso podría pasarle a cualquiera que sea sexualmente activo, incluidas las novias a las que engañan. —Hace una pausa, suspirando, y mi corazón hundido golpea en mi garganta—. Mira, me imagino que tu impresión de la profesión probablemente no sea buena, pero te prometo que nos tomamos muy en serio nuestra salud sexual.

—Ouch —susurro, dolida por el crudo recordatorio.

Me roza la mandíbula.

—No dije eso para lastimarte, pero es algo que deberías considerar.

Busco su rostro. Es abierto y honesto, serio. No es difícil creerle.

—Me haré la prueba tan pronto como llegue a casa.

—Chica inteligente. —Me guiña un ojo.

—¿Cuándo fue tu última prueba?

—Recibí el visto bueno justo antes de venirme para acá. —Su expresión es más dura de lo que estoy acostumbrada a ver.

Levanto mi mano y acaricio su mejilla.

—¿Qué sucedió?

Sus ojos se clavan en los míos y, por un momento, están llenos de dolor, pero lo aparta tan rápido que no estoy segura de si alguna vez estuvo allí.

—Nada —espeta con demasiada dureza para ser creíble—, el trece siempre fue mi número.

Su mandíbula está rígida, y sin pensarlo, me inclino y presiono mis labios contra los suyos. Es un beso lento y largo, destinado a ofrecer comodidad. Sonrío mientras me alejo.

—No te creo, pero está bien... por ahora.

El alivio llena sus hermosos ojos verdes.

—Gracias.