Disclaimer: Los personajes son de Stephenie Meyer, la historia es de Fyrebyrd, yo solo me adjudico la traducción, con el debido permiso de la autora.

Disclaimer: Twilight belongs to Stephenie Meyer, this story is from Fyrebyrd, I'm just translating with the permission of the author.

Capítulo beteado por Yanina Barboza

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Capítulo 15

—Esa estuvo muy buena —digo, estirando los brazos sobre mi cabeza—, no he visto A Christmas Story desde que era una niña.

—Es una tradición de los Cullen verla en Nochebuena —informa, suspirando—. Aunque no he estado con la familia durante las fiestas en mucho tiempo.

Está aplastado detrás de mí en el sofá, y ruedo para quedar frente a él.

—Eso no significa que no puedas volver al hábito. Estoy segura de que a la familia Cullen le encantaría tenerte en casa para las fiestas.

—Probablemente. —Sonríe, acercándome más fuerte contra él—. Pero van a tener que esperar. Nada podría alejarme de ti esta Navidad.

Me acurruco más profundamente en su abrazo, descansando mi cabeza contra su firme pecho.

—Estar cubierto de nieve tiene sus ventajas.

Sus dedos se arrastran desde mi cadera hasta mi costado, deslizándose debajo de la parte superior de mi pijama.

—El hecho de que estemos atrapados aquí no tiene absolutamente nada que ver con eso. Me siento más conectado de lo que me he sentido en mucho tiempo, y es gracias a ti.

—No lo sé —respondo, no queriendo confundir las cosas entre nosotros. Los dos sabemos lo que es esto, y no puedo dejar que él haga que alejarme sea más difícil para mí—, simplemente tomar la decisión de venir aquí me suena bastante conectado.

Su labio se curva, pero no es hacia mí. Lo sé porque está mirando más allá de mí con ojos nublados.

—Supongo que lo fue —accede en voz baja, arrastrando su mirada hacia la mía—. Sabía que no podía quedarme. Tanya se había vuelto insoportable. El negocio familiar es todo lo que importa, y eso significa mantener a su polla estrella a raya.

Tanya —escupo, explorando la forma en que su nombre se siente en mi lengua—. Sí. A mí me suena como el nombre de una estrella porno cachonda.

Edward pasa de sombrío a feliz en un segundo, echando la cabeza hacia atrás y soltando una sonora carcajada.

—Dios, Bella. Esto es lo que quiero decir. Sería un tonto solitario y patético si no estuvieras aquí.

—Nunca podrías ser patético —le aseguro, presionando un beso en sus labios.

Se sienta de repente, levantando un dedo.

—Un segundo —pide, trepando sobre mí—, vuelvo enseguida.

Estoy estupefacta mientras lo veo retirarse al dormitorio. No viene corriendo de regreso tampoco. Pasan unos buenos diez minutos antes de que vuelva a aparecer. No me doy cuenta al principio, pero camina hacia mí con un brazo detrás de la espalda. Solo cuando se sienta y saca un paquete en forma de rectángulo envuelto en papel plateado brillante, me doy cuenta de lo que está pasando. Estamos cubiertos de nieve. Atrapados. No hay forma de que este regalo fuera para mí.

Es aleccionador.

—Edward —le digo, suspirando mientras me siento—, no puedo aceptar esto.

—¿Por qué no? —Abre mi mano y coloca el paquete dentro, cerrando mis dedos a su alrededor—. Creo que es obvio que no lo compré pensando en ti, ya que ni siquiera te conocía, pero no puedes saber lo feliz que estoy de tener a alguien digno para dárselo. —Sonríe, indicándome que me apresure—. Casi siento que el destino intervino o algo así. Ábrelo. Por favor.

Mueve sus largas y oscuras pestañas y saca los ojos de cachorrito más asombrosos que he visto en mi vida.

—Vaya que sabes cómo hacer sentir culpable a una chica.

—Sin culpabilidad. —Coloca su mano sobre la mía para detener mi inquietud—. Es tuyo. Creo que siempre estuvo destinado a ser así.

—No tengo nada para ti.

—Sí. —Se ríe, bajo y sexi—. Lo tienes.

Mis mejillas se encienden en llamas, y como una distracción de su mirada acalorada, arranco el papel. Lo que queda es una caja larga de terciopelo.

—Ábrelo —susurra—. Una hermosa baratija para una hermosa chica.

Respiro hondo y abro la caja. Las bisagras crujen, pero el sonido no es nada comparado con mi jadeo.

—Edward —suspiro, las lágrimas me queman los ojos—, es hermoso.

—Lo será —dice, levantando el brazalete y tomando mi muñeca.

Tampoco es uno de esos cuartos de quilate de noventa y nueve dólares que ves todo el tiempo. Los diamantes son redondos y visibles, sin apenas nada de plata para que parezcan más grandes. Me quedo sin palabras cuando lo envuelve alrededor de mi muñeca y cierra el broche. Refleja las luces multicolores del árbol y las lágrimas ruedan por mis mejillas.

Edward acuna mi mandíbula y limpia la humedad.

—Feliz Nochebuena, Bella.