«Pero no quería que la viera llorar. Era una flor tan orgullosa.»

—El Principito.

Soi Fong siempre había oído que ella parecía delicada, inocente, perfecta para representar a la ingenua damisela en apuros.

Lo había oído incluso de su propia familia, que solían hablar de ella a sus espaldas, o buscaban hacerlo a sus espaldas. Cuando se escondía detrás de las puertas para oír a sus padres oía como decían que ella no lo lograría, que no sobreviviría al cruel ambiente que eran las fuerzas especiales, decían que era muy delgada, muy pequeña, con unos ojos tan inocentes que sería blanco fácil para toda clase de engaños, demasiado expuesta a las toxinas del atroz mundo y sin ningún tipo de coraza protegiéndola en esos momentos. Aunque no entendía por completo el alcance de sus palabras, Shaolin no dudaba de que la estaban subestimando, la estaban observando bajo una especie de sesgo producto de ser la más pequeña y la única hija y sobre todo, la única Omega. Al mismo tiempo la tenían bajo una lupa que para sus hermanos Betas y Alfas no existía. Los ancianos del clan Fong esperaban verla cometer el más mínimo error para poder considerarla inadecuada y desecharla como el objeto que eran los Omegas a su parecer, para confirmar que no sería capaz solamente porque su casta era un obstáculo demasiado notorio.

Consciente de este mismo sesgo, esta presión Shaolin aún con su corta edad y dulce rostro infantil se negó a mostrar cualquier señal de fragilidad ante su propia familia, incluso el más pequeño berrinche o "no puedo hacerlo" sería un suicidio. Shaolin aprendió a llevar su cuerpo y mente al límite, dispuesta a borrar las miradas arrogantes de los ancianos y la lástima de sus padres, se obligó a llenar ella sola el vacío cada vez más grande que formaron las muertes de sus hermanos, sin permitirse jamás llorarlos aunque su fallecimiento le ardiese en el corazón como el mismo infierno, y repitiéndose una y otra vez que había sido su culpa por ser tan débiles. Una niña así de pequeña mutilándose de esa forma, obligándose a adoptar una mentalidad retorcida sólo para cumplir los estándares de su familia era algo desgarrador a los ojos de cualquiera... Pero para los Fong era algo natural, algo hasta necesario, era cosa de todos los días recibir la noticia de que un miembro cayó en una misión y de la misma manera, era natural que ese miembro fallecido fuese despreciado, ignorado por no haber sido lo suficientemente competente o perfecto para sobrevivir a una misión más.

Soi Fong tenía eso bien puesto en la cabeza; tenía que ser perfecta, tenía que ser mejor, más competente de lo que alguna vez hubiesen sido sus difuntos hermanos. Tenía que arrancarse esa fragilidad de la piel y el corazón, no importando si sangraba o sufría de agonía, no importaba si su maldito lobo le rogaba ponerse de rodillas, sólo sabía que tenía que hacerse más fuerte.

Cuando conoció a la princesa del Clan Shihouin, con ella conoció un nuevo motivo para dejar de ser delicada. Porque sería completamente imperdonable si algo le sucediera a Yoruichi estando ella presente, sería un insulto para su comandante expresar su verdadero yo tan delicado y aquél instinto tan propenso a la sumisión que no podía quitarse de encima ¿Cómo podría atreverse a ser frágil e inestable delante de Yoruichi-sama? ¿Cómo podría decepcionarla actuando como ese maldito estereotipo que existía de los Omegas? El de seres quebradizos que siempre necesitaban ser protegidos, que siempre necesitaban de una casta mayor para subsistir o ser alguien en la vida.

Poco sabía ella, que fue preciso esta fragilidad lo que cautivó a la morena.

Yoruichi también había crecido con el pensamiento de que no podía demostrar ninguna delicadeza, porque un líder y un Alfa Shihouin blando —más tratándose de la primera mujer líder—, era sencillamente inconcedible; aprendió a mantenerse firme e impasible como toda buena noble, como toda perteneciente a la casta más poderosa de todas. Nunca podía expresar piedad a sus enemigos ni aflojarse con sus aliados, las únicas personas con las que se había permitido relajarse y sacar su naturaleza juguetona natural fueron Kisuke y Tessai, el primero Alfa también y el otro un sencillo Beta. Estos habían sido testigos de como su amiga tuvo que retener sus sentimientos y pensamientos a un nivel casi inhumano, desechar cualquier remordimiento y negarle cualquier explicación a la gente a su alrededor. Lo más cercano que tenían a una hermana de sangre, la vieron crecer cada vez más inmersa en aquella coraza, tanto que llegaron a temer que ese vacío en el corazón de la morena terminase agrietando todo en ella, temieron que Yoruichi perdiese toda la calidez que ocultaba en su interior por culpa de la frialdad a su alrededor.

Eventualmente; el camino de Yoruichi se cruzó con el de esa pequeña Omega que albergaba demasiada fuerza en su menudo y ligero cuerpo —¡Logró bloquear una patada suya!—, pero de una manera un tanto contradictoria se mostraba tan frágil y quebradiza que por un momento Yoruichi no pudo creer que alguien como ella hubiese conseguido sacar fuerzas para bloquearla, y mucho menos haber protagonizado semejante actuación en el campo de entrenamiento antes de que ella llegara. Antes de que los tontos de sus hombres actuasen de manera por completo inmadura y recurriesen en violencia innecesaria hacia la más joven, la que parecía tan indefensa en comparación.

Al parecer eso que solían exclamar últimamente los desastrosos subordinados de sus compañeros, eso de que la fuerza no depende de la casta tenía una pizca de verdad.

Interesada en aquella jovencita y el nivel de potencial que no concordaba con su aparente edad —y había que decirlo, no muchos Omegas sobrevivían en las fuerzas especiales—, Yoruichi dedicó el poco tiempo que tenía a observarla desde las sombras, viendo como ella se exigía sin descanso, como buscaba pulir sus capacidades casi como si quisiese alcanzar la misma perfección y batallaba contra sus instintos, entrenaba para poder negarse a la voz de un Alfa, para acostumbrar a su cuerpo a no someterse a un aroma ajeno. Veía que la determinación de su mirada contrastaba por completo con la tersura de su pequeño y juvenil cuerpo. Era como una especie de muñeca, pequeña y adorable, pero en su interior estaba hecha de acero. Esto se confirmó cuando la aceptó en su cuerpo de guardaespaldas. El miembro más joven en dicho círculo suyo... Y la miembro con más capacidad y compromiso que hubiese conocido.

Soi Fong era una paradoja andante; la fuerza y el talento emanaban por cada uno de sus poros, pero resultó ser tan quebradiza y sensible que con el menor descuido podría romperse.

Yoruichi jamás pudo entender cómo Soi Fong podía conservar la inocencia en su mirada y actuar, que discordaban por completo con el camino lleno de clavos que tuvo que recorrer tan sólo para hacerse un espacio en las fuerzas especiales y evitar ser rechazada por su clan, menos aún para escalar a un ritmo tan abrumador, pateándole el trasero a quien se atreviese a subestimarla debido a su casta. La timidez y la humildad que expresaba en cada uno de sus movimientos siempre que estaban juntas nada tenía que ver con la ferocidad que emanaba al pelear o entrenar hasta no poder moverse... Tal determinación y devoción la Shihouin nunca la había visto ni siquiera en sus servidores más extremistas y de castas más fuertes, no era posible que una chiquilla que tartamudeaba al hablarle y tendía a encogerse al llamar la atención pudiese ocultar tanto, tanto poder, tanto vigor.

No la entendía, tal vez por eso mismo la apreciaba cada vez más. Tal vez por no entenderla es que se convertía lentamente en todo su mundo.

Soi Fong era una flor al parecer de Yoruichi, la flor que nace en medio de las ruinas, en la punta del cactús abandonado en el desierto o la enredadera que nace tras un incendio, era el toque de belleza en medio del paisaje destrozado. Parada en silencio sin querer llamar la atención, pero estaba allí para recordarle a la morena con su éterea belleza que aún había color en el mundo, que podía ser algo más que sombras y frío.

Una flor que jamás lograría moverse de su corazón, tanto que cuando ella se marchó de la Sociedad de almas una parte su ser fue arrancada, decidida a quedarse con la muchachita de cabello negro. Una parte que Yoruichi sabía que jamás podría recuperar.

Por desgracia, pasados cien años Yoruichi se dio cuenta de que aquella flor que solía perfumar su mundo ya no era la misma de pétalos brillantes que se alzaba con orgullo; el sufrimiento que a Soi Fong le había conferido el verse abandonada por su antigua maestra a la que adoraba de manera genuina, la primera que la trató como una persona en lugar de un arma o una máquina de bebés, la primera que la hizo sentir que su esfuerzo de verdad era valorado sin importar qué casta fuera. Había provocado que esta buscase abandonar definitivamente cualquier rastro de la inocencia que había sobrevivido a la toxicidad de su familia. El corazón y la resolución de la joven, que habían sido lastimados con brutalidad por la partida de su amada maestra a favor de su "amigo" el criminal —en quien nunca llegó a confiar cabe destacar— fueron como esa enfermiza epifanía que necesitaba para demostrarse a sí misma que nunca era suficiente, que nunca sería suficiente para nadie; ni para su maestra, ni para ese mundo que la miraba de menos al percibir su aroma a ciruelas y jacintos negros.

Pero eso no la detendría de intentarlo. De intentar callarles la boca a todos, de hacerles olvidar lo tonta que había sido una vez, de borrarse de la mente esa ocasión en la que se permitió ser debil y le costó caro.

Soi Fong comenzó a odiar su casta de una manera que nunca imaginó que lo haría, de una manera que sólo competía con el odio que le desarrollaba a la Alfa morena que desapareció sin siquiera despedirse de ella; odiaba sentirse frágil, odiaba sus caderas que sabía, estaban marcadas por la sociedad para poco más que engendrar hijos, odiaba su perfume dulzón a ciruelas y jacintos que cada tres meses se descontrolaba por completo, odiaba los malestares de sus celos que la hacían comportarse como una "zorra" ante cualquier Alfa que se le acercara, odiaba su instinto de inclinarse ante la voz de un Alfa que, gracias a los dioses aprendió a controlar y silenciar de manera casi perfecta. Y si bien llegó a aprender a utilizar todo esto como ventaja para engañar a sus víctimas, siempre quedó en ella ese deseo de arrancarse su fragancia de la piel, de sacarse esa voz en el cerebro que representaba a su loba interna, la misma que lloraba por su antigua capitana.

Odiaba todo, pero principalmente odiaba esa mentecita suya tan ingenua, tan estúpida que cayó redondo en el juego de Yoruichi, que había llegado a pensar que esa Alfa que siempre tuvo el mundo a sus pies llegaría a verla como una igual.

Soi Fong (Shaolin) avanzaba a un nivel estratosférico acorde a la velocidad en la que crecía su amargura y odio, ascendió a capitana y comandante de las fuerzas especiales y esto provocó bastante escándalo. Puesto que era una de las pocas personas que ascendió sin ser miembro del Clan Shihouin, las aún más reducidas personas que ascendían a una edad tan corta —apenas superando la adolescencia según los estándares Shinigami— y ni hablar de los comandantes Omegas, lo que era más impresionante de ser posible, era la rapidez y la eficiencia con la que se había acostumbrado a sus nuevos deberes. Estaba ansiosa por dominar, ansiosa por obtener todo lo que alguna vez le perteneció a Yoruichi, sólo para patearle el ego y echárselo en cara cuando volvieran a verse.

«¿Qué se siente que una patética Omega haya obtenido todo lo que fue tuyo, Yoruichi? Todo lo que te dieron sin que tú lo pidieras.»

Pues sólo una cosa reinaba en su mente herida, y eso era aplastar a Yoruichi, patearla en lo más bajo de su orgullo de Alfa. No sólo llevarla ante la justicia de la Sociedad de Almas, sino hacerla sufrir la humillación de haber sido derrotada por una Omega como ella. Sí, Yoruichi Shihouin sufriría la vergonzosa derrota por parte de la que alguna vez fue la tonta Omega, a la que creyó que podía darle la espalda sin más y sin recibir consecuencias.

Y se vería obligada a verla como alguien a su altura.


La primera visión de Soi Fong después de años —que no hacía falta decir se sintieron como una eternidad— fue... Agridulce por decirlo de alguna manera, aunque decirlo sería un eufemismo.

Para la ex-princesa, ver después de cien dolientes años a la Omega que alguna vez entrenó, ver cuánto había crecido sin su ayuda y saber que había podido avanzar a semejante nivel a pesar de todo el dolor que seguramente había sufrido durante la escalada —y su propia partida que, de manera dolorosa descubrió cuánto impacto había provocado en realidad— hacía que su pecho se hinchase de orgullo, orgullo de ver a esa tímida jovencita transformada en una mujer fuerte, ágil, grácil... Pero cargada de amargura y rencor.

Y ahí estaba la parte agria

Aquella inocencia que solía decantar a la Alfa ya no estaba: Había desaparecido la mirada ingenua, los tartamudeos, la sonrisa de adoración que Soi Fong alguna vez le había mostrado. Los ojos de plata de su sucesora ahora expresaban frialdad casi total, y la miraban como si esperara que sencillamente cayese muerta a sus pies.

La flor se había arruinado por su culpa, al traer sin querer el invierno a su vida. El invierno más largo y horrible que hubiese soportado jamás.

Esa batalla que se sintió como una tortura para ambas, que daba a entender la terrible brecha que entre ellas había quedado producto del tiempo, la distancia que la morena se vio obligada a poner de un día para otro. Le provocaba tanta tristeza a Yoruichi ver todo lo que se había perdido con ella: Se perdió de verla crecer y alcanzar la cima, ascender completamente sola y de manera tristemente irónica, notó que mientras más escalaba su abejita, más se hundía en su dolor, en ese dolor que quedó estancado y que aún palpitaba, rogando ser aliviado.

Yoruichi ya no estaba segura de nada, cuando todo terminó y Soi Fong se terminó derrumbando a sus pies, dejando nuevamente que Yoruichi la viese frágil y maleable. No sabía si Soi Fong se había dado cuenta de su verdadero vínculo que ella misma descubrió para su desgracia, cuando ya estaba dimensiones —literalmente— lejos de su abeja, no estaba segura si había alguna esperanza de recuperar aquello tan bello que hubo entre ellas hace cien años o siquiera si el resto de la Sociedad de Almas tomaría contra ella las represalias de las que se había salvado en el pasado. Pero había algo que sí sabía.

Que recuperaría a su adorada abeja.

Después de todo el drama derivado de la deserción de Aizen, datos que tardaron un siglo entero en salir a la luz, una herida lacerante en la sociedad de almas que tal vez dejaría atrás una de las cicatrices más profundas en todo lo que llevaba operando el Gotei 13. Pasó tiempo: Después del incidente con los Bount en el que la capitana se llevó hasta los límites para vencer, después de la guerra de invierno y la guerra contra los Quincy en la que casi mueren ambas. Tantas cosas ocurrieron que apenas las dejaron verse y amarrar aquellos cabos que quedaron sueltos entre ellas. Hasta que finalmente llegó el día en el que todo les cayó sin que ninguna pudiese huir.

Llegó el día en el que la antigua noble pudo reflexionar sobre cuánto había cambiado en realidad su pequeña abeja.

Sólo que esta ya no era una pequeña abeja, tampoco era esa ingenua doncella que solía bajar siempre la cabeza a su alrededor, ya no era una niña. Se lo gritaba cada mínimo detalle en la presencia de su sucesora: Se lo gritaba su voz que una vez fue dulce y algo infantil, pero que ahora era profunda y reflejaba la madurez que tuvo que abrazar a una edad temprana, se lo insinuaban las delicadas curvas en su cuerpo firme y tonificado, por completo desarrollado que se escondían bajo su uniforme, esa misma madurez que ahora se reflejaba en su rostro pequeño y delicado, su carácter antes dócil ahora tan autoritario y rígido poco común en una Omega, pero siempre con rectitud... Y sobre todo su aroma que aún suprimido era más intenso que nunca, metiéndose en sus pulmones y entorpeciendo sus sentidos cada vez que la capitana se le acercaba.

¿Cuánto había tardado en notar esos cambios? No, mejor dicho ¿Cuánto había tardado en prestarles atención real?

La pequeña abeja a la que una vez había enseñado se había transformado en una abeja reina, que había alcanzado todo su potencial sin Yoruichi para guiarla y había logrado hacer su vida sin ella, pero a pesar de todo, la capitana seguía recurriendo a ella cuando necesitaba consejo, seguía sonriendo con su compañía y haciendo lo que estaba en sus manos para complacerla. Cosa que la verdad, confundía bastante a la morena.

¿No había notado que estaba lejos de ser una diosa? ¿Seguía profesándole ese cariño y fe ciega independiente de los gigantescos defectos que había mostrado? ¿En verdad no le guardaba ya ningún rencor? Sabía que Soi Fong había sido entrenada para servir ciegamente a su familia, pero ni siquiera los Fong podrían haberle inculcado tal nivel de fidelidad —menos aún considerando que Yoruichi era una noble caída en desgracia, ya no era su superior ni tenía ningún tipo de autoridad sobre ella—, alguien así de incondicional y protector era muy difícil de hallar o siquiera de imaginar.

—La sigo queriendo, Yoruichi-sama. Noble o no siempre la voy a querer, gracias a usted soy todo lo que soy ahora y siempre le estaré agradecida por ello.

Eso fue lo que la capitana le dijo cuando le preguntó al respecto, y ese día había terminado recibiendo burlas de Kisuke por el sonrojo que no abandonó su rostro toda la tarde después de eso.

¿Había sido aquello, habían sido todas esas horrendas situaciones que pasaron juntas o había sido otra cosa lo que provocó que la manera en la que la Shihouin veía a su antigua aprendiz empezara a cambiar, o había sido ese afecto incondicional que le profesaba su sucesora?

Después de la guerra la Omega comenzó a salir lentamente de su caparazón, probablemente impulsada por las fuertes experiencias que había vivido y las perdidas que habían enfrentado —entre las que destacaba la pérdida de la capitana Unohana, quien la misma Soi Fong había dicho que fue la única persona que siempre la protegió antes, durante y después de la huida de la Shihouin—, comenzó a acercarse cada vez más a ella y a las mujeres Shinigami restantes, comenzó a asistir más al mundo humano y ahí fue dónde la rígida comandante de la segunda división... Descubrió que le apasionaba el baile, aunque al principio este nuevo pasatiempo la avergonzaba un poco, con unas palabras de aliento de la Shihouin y las demás —y con uno que otro reto oculto, porque retar a Soi Fong era la mejor manera de motivarla—, Soi Fong terminó metiéndose de cabeza en el baile, tan dedicada como a mejorar sus movimientos en batalla y avanzando a un nivel aterrador, al punto de que ganó confianza para bailar delante de la asociación de mujeres Shinigami. Que siempre gritaban y aplaudían al verla.

Y la chica también tenía bastante talento, había transformado el baile en parte de ella, y la propia Omega solía decirle en broma que ahora sus ataques serían más "rítmicos" al momento de luchar.

Yoruichi observaba con orgullo la manera en la que Soi Fong avanzaba, veía con ternura el como Soi Fong iba dejando de lado su crianza que la llevaba a idealizarla tanto y pasaba a verla como una persona real —aunque aún nada que conseguía quitarse de encima el "sama" o que Soi Fong seguía buscando impresionarla siempre, había rastros de adoración que al parecer jamás podrían borrarse—. Con mucha pena de por medio la abrazaba a veces, tomaba su mano de vez en cuándo, cosas pequeñas pero que tenían un enorme significado para la Alfa morena.

La flor de invierno que tanto la había cautivado alguna vez empezaba a sanar. Volvía a abrirse a una nueva primavera.

Y fue cuestión de tiempo para que Yoruichi empezase a sentir algo removerse en su interior, comenzó a sentirse afectada en una medida cada vez mayor por la presencia, la apariencia, no estaba segura. Pero algo con respecto a la Omega la hacía sentir muy inquieta.

Si bien Yoruichi estaba consciente de que la abeja era su destinada y la necesidad instintiva de marcarla había sido inevitable la primera vez que se vieron —cosa que la morena no paraba de recriminarse ¡Ella era una niña, por todos los dioses!—, ni en esos tiempos que la conoció, ni en ese agónico siglo que había pasado lejos, ni en los incómodos meses posteriores a su pelea había sentido tal necesidad de estar cerca de ella. Jamás había sentido que si la soltaba al menos un poco acabaría perdiéndola para siempre, nunca antes había sentido la necesidad de gruñirle a Byakuya y a Hitsugaya, incluso a Matsumoto, sólo por acercarse a su abeja.

Si bien estaba en sus instintos ser posesiva —más si se trataba de su propia destinada—. Sabía que no sólo estaba relacionado con su caprichosa loba interna que clamaba unirse con su otra mitad, sino con otra cosa. Algo que no podía nombrar, pero que era mucho más complicado que solamente la compatibilidad entre ellas clásica de los destinados, mucho más dulce pero de una manera contradictoria, más doloroso. Yoruichi quiso pensar que sólo era un efecto secundario más de sus lazos con Soi Fong, el afecto que le tenía, el hecho de que fueran almas gemelas, incluso algún tipo de atracción o interés en la muchacha que al fin estaba dejando caer lentamente sus barreras. Aunque fue su propio amigo el que arruinó todos esos pensamientos con una frase contundente.

«El lazo entre destinados no las obliga a sentir amor, Yoruichi-san. Eso que estas sintiendo me huele mucho a amor.»

Sabía que Kisuke era muy fanático de bromear, de hacer juegos mentales inocentes. Pero también sabía que él jamás diría algo tan complejo como lo era el tema del amor sólo porque sí —aún menos a ella—, puesto que sabía que podría terminar confundiéndola incluso más de lo que ya estaba, no le habría dicho que estaba enamorada de una forma tan seria sólo porque sí. Y considerando lo bueno que era el hombre para leer a las personas... Yoruichi sabía que al menos algo de verdad debía haber en su afirmación.

Pero no fue hasta una ocasión en la que Yoruichi y Soi Fong paseaban juntas por el mundo de los vivos que Yoruichi pudo al fin nombrar —o más bien confrontar— sus sentimientos por la pequeña Omega.


La verdad es que el incidente había sido dolorosamente cliché, digno de uno de esos mangas extraños que a Lisa le encantaba leer. Al principio de la mañana había notado a Soi Fong inquieta, lo suficiente como para llamar su atención y preguntarle si estaba bien, a lo que esta había mostrado una media sonrisa y había dicho.

—Estoy bien, Yoruichi-sama. Sólo siento algo en el estómago.
—¿Quieres que busquemos un baño? —preguntó la Alfa morena.
—No hace falta, en un rato me pasa —insistió Soi Fong para luego continuar su camino, algo dudosa Yoruichi la siguió.

Pero mientras pasaban los minutos Soi Fong comenzaba a notarse cada vez más incómoda, miraba hacia abajo, se tocaba el vientre y a veces se inclinaba para pasarse las manos por las piernas desnudas, parecía mareada. Yoruichi la observaba de reojo con creciente preocupación y cuando no pudo aguantarse más y se giró para insistirle en que no se veía bien todo estalló: La chica de cabellos negros hubiera caído al suelo si no fuese porque la mujer de cabellos violetas la atrapó, el aroma a ciruelas y jacintos negros llenó el aire completamente descontrolado, con tal fuerza que pudo haber cubierto toda la cuadra y terminó atrayendo la atención de algunos Alfas en la calle, quienes se intentaron acercar para luego ser ahuyentados por el aroma amenazante y el gruñido de la morena. Cuando Yoruichi bajó el rostro para buscar el de la más pequeña sintió un nudo en el estómago que la hizo sentirse lo peor del mundo, puesto que la capitana le devolvía la mirada con sus ojos grises vidriosos, el rostro enrojecido hasta las orejas y nariz, comenzaba a sudar tanto que algunas hebras de su flequillo se le adherían a la frente y estaba caliente como si tuviese fiebre, tanto que la misma Soi Fong tuvo que quitarse el chaleco que llevaba pues sentía que se ahogaría en él.

El celo de Soi Fong.

Nunca antes se había desencadenado así.

—Yoruichi... Sama —la súplica jadeante de la chica de ojos grises hizo que la morena se recuperase del shock.

Sin dirigirle una segunda mirada a la Omega afectada —y rogando porque su cuerpo soportara las espesas feromonas y la seductora expresión en el rostro de Soi Fong— Yoruichi la cargó en brazos y echó a correr hacia la tienda de Urahara, cuando llegaron él y Tessai sólo necesitaron olfatear un poco el aroma de la chiquilla en el aire para entender lo que estaba pasando y por ende no tardaron en actuar, el enorme Beta arrebató a una temblorosa Soi Fong de los brazos de la Shihouin —que le gruñó de manera involuntaria pero no se resistió— y se la llevó a otra habitación para inyectarle un supresor, cerrando la puerta para intentar contener el aroma de la muchacha e impedir que enloqueciera a los Alfas de la tienda.

Pasaron minutos que para Yoruichi se sintieron como unas insufribles horas, hasta que al fin Tessai salió de la habitación cerrando la puerta con velocidad, puesto que el aroma a Omega en celo era tan espeso que alcanzó como una bofetada la nariz de Yoruichi en esos breves momentos que la puerta permaneció abierta y la hizo apretar los puños. Su loba le exigía que entrase a su habitación, le gritaba que su Omega la necesitaba y que no podía dejarla sola de nuevo en esa situación tan vulnerable... Y antes de poder comprender sus propias acciones se había escurrido en la habitación de la pequeña con su legendaria velocidad y con esa misma había cerrado la puerta, ignorando olímpicamente los gritos de Kisuke y Tessai de que Soi Fong no estaba en condiciones para verla.

—¿Yo-Yoruichi...sama?

La capitana estaba tumbada en el futón de lado, con las piernas bastante encogidas y los talones clavándose en sus muslos, como si intentase disimular el arranque de excitación que había sufrido su cuerpo hace un rato. Sus ojos seguían algo vidriosos —aunque ahora se debían al susto que había pasado— y sus mejillas rojas, pero al menos ya no parecía estar en carne viva ni en riesgo de que cualquiera —o la misma Yoruichi— la tomasen aprovechando su estado vulnerable.

La Shihouin se acercó con rapidez y se tumbó en el futón al lado de Soi Fong, que se veía insegura como pocas veces solía mostrarse, pero en lugar de abalanzársele encima y ceder a las demandas de su hambrienta loba. Yoruichi abrazó con cuidado a la jovencita, como si temiese romperla o ahuyentarla si apretaba demasiado; la acogió en sus brazos suavemente y al mismo tiempo en actitud protectora. Y para intentar reconfortarla sus propias feromonas de ambar y menta incrementaron, pudo sentir la vibración del gemido que soltó Soi Fong al notar su aroma.

—Tranquila... —comenzó a susurrar Yoruichi— Ya pasó todo, estás a salvo.
—Yo-Yoru... ¿Alfa? —la mencionada sintió que toda la piel se le ponía de gallina. Soi Fong nunca antes la había llamado así.
—Estoy aquí... Estoy aquí —susurró la ex-princesa, mientras sus manos comenzaban a acariciar con ternura la espalda y el cabello corto de Soi Fong. Se aseguró de que no llegasen más allá, para que Soi Fong estuviese segura de que no se aprovecharía de su estado tan indefenso.

Sabía que Soi Fong odiaba sentirse indefensa.

Al final la joven comandante no pudo evitar sucumbir a su propio impulso: Con otro gemido de por medio Soi Fong enterró su pequeña cabeza entre los pechos de Yoruichi, inhalando el perfume de la morena como si su vida dependiese de ello, se aferró con ambas manos a la ropa de Yoruichi y comenzó a frotarse débilmente contra el cuerpo contrario, tratando de buscar un alivio a ese calor que la seguía atormentando a pesar del supresor que le había inyectado el Beta. Yoruichi sólo la dejó ser, mientras seguía acariciándola con suavidad y susurrándole palabras conciliadoras.

Yoruichi mentiría si dijese que fue fácil controlar su instinto más pecaminoso, mentiría si dijese que su cuerpo no estuvo a punto de traicionarla en más de una ocasión producto de los roces del cuerpo delgado de su antigua pupila y el aroma tan dulce que despedía. Mentiría si dijese que no se había regañado a sí misma y a su loba más de una vez, pero... También mentiría si dijese que no había valido la pena a su parecer, que no se había sentido en la gloria al tenerla en sus brazos sin que se resistiera o le reclamara.

Yoruichi dejo de engañarse a sí misma, y reconoció que se había enamorado de ella.


Desde esa situación se sintió como si el tiempo hubiese pasado volando, y de una manera un tanto contradictoria se sentía como si hubiesen pasado cinco meses cuando en realidad fueron sólo dos. De un momento a otro la ausencia de Soi Fong se sentía el doble de pesada de lo que era antes y era casi dolorosa —obviamente no se acercaba al sordo sufrimiento al que fue sometida durante ese largo siglo en el que permanecieron separadas—, los días sin Soi Fong parecían verse un poco más descoloridos, más lentos y aburridos como si el otoño fuese permanente y un poco más desprovisto de la calidez que podría poseer, como si las gruesas mantas no le ofreciesen el calor suficiente, como si el chocolate hubiese perdido parte de su dulzura.

Ni hablar del invierno. Que se sintió tan frío, solitario de cierta manera incluso con la jovial compañía de Kisuke, Tessai y ese par de revoltosos que eran Ururu y Jinta, que aunque conseguían mantenerla ocupada y entretenida no lograban quitar esa especie de vacío que tenía en el interior, como si algo en ella faltase. Mismo vacío que desapareció por completo, como si nunca hubiese existido para empezar, cuando llegó el verano y Soi Fong apareció de nuevo para visitarlos.

Una tarde en especial, la Alfa morena se había dirigido a la parte trasera de la tienda para encontrarse a Soi Fong. Sólo que esta no se había dado cuenta de su presencia sino que tenía sus audífonos puestos y parecía estar ensayando una rutina de baile —mucho menos enérgica de las que solía mostrarle a ella, a la asociación o a Byakuya y Hitsugaya— sumida en su propio mundo. Yoruichi se le quedó mirando, su expresión concentrada pero a la vez soñadora con sus ojos cerrados, los movimientos de sus brazos, piernas y caderas e incluso sus dedos bailando, seguramente al ritmo de la canción que debía estar escuchando. Su ropa ligera; los shorts claros, la blusa blanca sin mangas y el cardigan de tono pardo y los pies descalzos. Bajo el sol suave del atardecer parecía la escena perfecta para una foto postal, una foto en movimiento.

Era una visión tan atrayente que la morena comenzó a acercarse casi mecánicamente, como si su consciencia hubiese sido desconectada o simplemente permaneciese atrapada en la abejita, que continuaba bailando con los audífonos puestos ignorante de su mirada. No se daba cuenta de que un pequeño rubor comenzaba a surcar su rostro, pero sí que podía escuchar su propio corazón palpitar con tal fuerza que casi le retumbaba en los oídos, y sentía un extraño cosquilleo que empezaba en su estómago y parecía extenderse hasta toda su piel.

Pero el trance se cortó cuando Yoruichi tropezó y terminó pisando un balde —que no debería estar allí— para luego caer al suelo. El impacto fue tan fuerte que también consiguió asustar a la bailarina, quien se enredó con sus tobillos y también fue a parar al suelo, sus audífonos cayeron con ella quedando en el suelo a su lado.

Ambas soltaron un quejido de dolor casi al mismo tiempo.

—¿Se encuentra bien, Yoruichi-sama? —fue lo primero que preguntó la menor sentándose derecha en el suelo, con la mano frotándose la espalda por debajo del cardigan, en donde más fuerte había sido el golpe.
—Sí... Estoy bien —con un gruñido de por medio Yoruichi también se sentó—. Lamento haberte asustado, pero no vi ese balde en el camino —miró por sobre el hombro el balde metálico con el ceño fruncido—, que por cierto no sé qué demonios hace ahí en medio.

La capitana negó: —Fue mi culpa por no estar consciente de mi entorno, Yoruichi-sama. Agradezcámosle al rey alma que era usted y no un enemigo dispuesto a atacarme.

Esta vez Yoruichi no pudo evitar soltar una carcajada.

—¡Tampoco seas tan fatalista, Soi Fong! —exclamó divertida— Tampoco te infravalores tanto a ti misma, que si de verdad hubiese sido un enemigo seguramente lo habrías destrozado antes de que se te pudiera acercar —la mujer de cabellos violetas sonrió ampliamente cuando, como siempre Soi Fong enrojeció de golpe y apartó la mirada rascándose el cuello con una mano. Yoruichi fijó sus ojos en los audífonos de la de ojos grises que seguían en el suelo— Te vi bailar ¿Qué estabas escuchando?
—E-Era My sea de IU —contestó la capitana.
—¿Y esa coreografía? —volvió a preguntar la Alfa, a lo que Soi Fong se sonrojó más de ser posible.
—N-No tiene coreografía —confesó con pena—. Sólo era yo moviéndome con la música.

La sonrisa de Yoruichi creció, y de alguna manera se dulcificó.

—Entonces deberías sólo moverte con la música más seguido. Lo estabas haciendo muy bien.
—¡No sea aduladora, Yoruichi-sama! —dijo Soi Fong nerviosamente llevándose las manos al rostro, que ahora nada tenía que envidiarle a un tomate maduro.

Pero de repente la morena guardó silencio tan sólo unos momentos, volvió a mirar los audífonos y ella misma los recogió con una mano, y la otra la dirigió a las muñecas de su antigua pupila para descubrirle el rostro, su mirada había cambiado.

—No estoy siendo aduladora, Soi Fong —dijo en un susurro que pareció remover algo en la aludida—. Te estoy diciendo la pura verdad, eres una luchadora increíble, una bailarina increíble y no hay persona que esté más orgullosa de ti que yo.
—Yoruichi-sama —musitó la Omega.
—Me alegra demasiado que al fin estés saliendo de tu caparazón —continuó Yoruichi, al mismo tiempo su mano abandonó la muñeca de la capitana para dirigirse a su rostro, apartando algunos mechones que le entorpecían la vista de sus ojos, ya no parecía que fuese consciente de sus acciones o lo que estas podrían provocar en Soi Fong—. Me alegra que no te hayas estancado en el dolor y hayas encontrado tu propio camino, que puedas ser tú misma ahora... Me alegra pero a la vez me hace temer... Que un día puedas olvidarte de mí.
—Yoruichi-sama... —Soi Fong sujetó con sus pequeñas manos la muñeca de Yoruichi, pero no apartó la mano de su rostro— Jamás podría olvidarme de usted, usted me enseñó todo lo que sé, gracias a usted soy todo lo que soy ahora... Nada fue lo mismo desde que se fue, y ahora que ha vuelto siento que el color en mi vida ha regresado.

A partir de ahí se sintió como si ya no tuviesen más palabras para intercambiar, como si cualquier otra frase fuese innecesaria y sólo consiguiese hacer el momento incómodo. Hasta parecían haber olvidado que seguían en el suelo luego de un tremendo tropezón, ambas se negaban a apartar la mirada o a moverse de la posición en la que estaban. Hasta que sus rostros comenzaron a acercarse tan lento que era difícil darse cuenta, al mismo tiempo que sus ojos se iban cerrando, hasta que sus labios finalmente se encontraron. Encajando como si hubiesen estado destinados a unirse, al sentir el sabor dulce de la otra, ambas sintieron que algo sonó en sus corazones. Cálido, algo burbujeante, encantador y que parecía haber estado siempre ahí, dormido.

Era amor.

Los labios de ambas comenzaron a moverse con más confianza, y aún en el suelo se removieron tan sólo para abrazarse y tenerse más cerca. Los audífonos cayeron pero ni siquiera parecieron notarlo, y sus aromas se intensificaron a la vez y llenaron el aire como si estuviesen entrelazados. Contentos de encontrarse por fin.

La flor de invierno había vuelto a nacer.

Y la nevada en sus corazones derivada de su separación se había removido finalmente para hacerle paso a la cálida primavera.


¡Hola hola! Sé que es una estupidez que esté publicando esto considerando que tengo el Tober pendiente xD pero en mi defensa, al igual que buena parte de estos borradores lo tenía hace mucho tiempo en mi mente, una idea estancada a la que no lograba darle forma hasta mucho tiempo después. De la misma manera lo volví un Omegaverse porque casi no he visto de estas historias con Yuri, y bueno, influencia de un amigo mío jsjsjsjsjs

Podría entrar en la categoría de Song-fic, elegí precisamente la canción porque bueno, Younha es la cantante original de Houkiboshi —canción de la que hicieron cover Satsuki y Hoko, las seiyuus de Yoruichi y Soi Fong como ya sabrán— y me pareció que encajaba bien con ellas (sobre todo con Soi Fong) y una bonita referencia a los "inicios"

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